“El héroe discreto”, la última novela de Mario Vargas Llosa trata de un señor que no se deja amedrentar por unos chantajistas que le quieren cobrar equis dinero al mes a cambio de no amargarle la existencia y de otro que quiere tocarle los huevos a los barandas de sus hijos, que son unos impresentables. Dos hombres hechos y derechos luchando contra la adversidad; una excusa como cualquier otra para hablarnos de lo mucho que ha cambiado Perú.
Decían dos críticos el otro día en Culturas —el minúsculo suplemento de La Voz de Galicia— en la misma página, columna con columna, lo siguiente (atentos al nivel, Maribel):
(1) “El héroe discreto no es La guerra del fin del mundo —así que conviene anotarlo, porque tampoco hace falta que militemos en la rendición incondicional todos los días—. Pero, de todas formas, es un libro magnífico”.
(2) “El héroe discreto no es Conversación en la catedral. Pero tampoco hace falta que lo sea. Porque Conversación en la catedral es una novela que Vargas Llosa había publicado ya. Y El héroe… […] viene a recordarnos muchas cosas que no deberíamos olvidar jamás. Entre ellas, que hay que mantener la cabeza alta. Y, por supuesto, que siempre nos quedará la literatura”.
Incluso Joaquín Marco, en El Cultural (13/09/2013) dice que “no es exactamente una novela de tesis y está lejos de sus primeras obras. Se trata de una gran broma barroca que intenta demostrar el papel del azar en la vida o las complejidades que puede depararnos el azar”. Azar, azaroso azar.
Hay consenso, pues, sobre la insuficiente calidad de la novela y si algo queda claro, es lo que "El héroe discreto" no es. ¿Y que es? Pues un culebrón, mayormente, con un punto de intriga (atentos amantes del género), que parece haber sido escrito por aquello de escribir algo y no estar todo el santo día jugando al dominó en el bar de la esquina. Yo, que he leído el 30% de la novela, puedo decir y digo que es un peñazo tamaño monumental, como corresponde a un Nobel. Dice Pilar Reyes, su editora, que en El héroe discreto “aparece el Vargas Llosa más juguetón y relajado”. Relajado, dice. Soporífero, más bien. Lo de “juguetón”, si se lo preguntan, no es porque en esta novela se folle bastante (que se hace, lo cual es siempre motivo de alegría sobre todo por lo que viene siendo la cuestión documental) sino porque entre los personajes aparecen unos viejos conocidos de otras novelas de Vargas Llosa: Lituma, el de los Andres y Rigoberto, el de los cuadernos. Esto a la crítica parece haberle encantado; yo personalmente no veo que tenga mayor interés, de hecho si te paras a pensarlo, parece un truco para despistar bastante pobre.
Yo me rindo más o menos en la página 115 pero me reservo el derecho de continuar. La novela no es nada especial y personalmente no podría interesarme menos ni hablando de futbol, y más sabiendo como sé, por culpa de Joaquín Marco, que “Nada queda al azar” (lo de este chico es una obsesión) “y el final feliz convierte la novela [..] en un canto al optimismo”. Qué ganas de joder la marrana, de verdad.
Novelita para incondicionales y gente con mucha paciencia. Puede que, tal como dice su editora, Vargas Llosa escriba gran literatura pero desde luego no es la gran literatura que uno espera de Vargas Llosa.
Novelita para incondicionales y gente con mucha paciencia. Puede que, tal como dice su editora, Vargas Llosa escriba gran literatura pero desde luego no es la gran literatura que uno espera de Vargas Llosa.
