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sábado, 31 de agosto de 2013

Un vistazo a la rentrée 2013

El otro día alguien me veía entusiasmado con la rentrée de este año y no, qué va, para nada. Lo que pasa es que no se consuela el que no quiere y después de este verano tan aburrido (y aquella primavera tan floja) cualquier novedad es bienvenida. Lo cierto es que hasta hace dos días no había pensado mucho en la cuestión –aquello quedaba tan lejos— pero arranca septiembre y hay que empezar a decidir en qué nos gastamos el dinero, en qué se lo hacemos gastar a papa estado y en qué no vamos a perder ni medio minuto. 

El dinero no me lo quiero gastar en nada, y menos en libros, que al final sólo sirven para coger polvo, pero si tuviera que hacerlo desde luego no sería en la biografía de Salinger que Seix Barral sacará dentro de nada y que parece nada más que un vehículo de promoción de las nuevas novelas del escritor que, dicen, podrían ver la luz en 2015. Y hablando de biografías, tampoco parece especialmente interesante la de David Foster Wallace (Debate) que también será convenientemente resucitado el 5 de septiembre con “El cuerpo y lo otro” (Mondadori), la que suponemos será su última colección de ensayos, por lo menos hasta que alguien limpie algún cajón y dé con material para otros doce volúmenes.

Una compra segura de noviembre será el resultado de la nueva traducción de “Los hermanos Karamazov” de Dostoievski que está llevando a cabo Alba Editorial. Conociendo a Alba y al ruso es de suponer que la broma saldrá por un buen pico, pero esto es mucho más que una vulgar tentación y tampoco hay que pensárselo mucho.

Mientras escribo este post recibo una par avances editoriales. El primero es de Eterna Cadencia que dice que edita, entre otros, “El traductor” (“relato de un genio casi desapercibido”) de Salvador Benesdra y “Padre contra madre” del también genial escritor brasileño Machado de Assis. Todo lo editado por estas pequeñas editoriales es absolutamente genial, no reconocido en su momento o bien algo que tiene que ver con la estrechez de miras de unos y el ojo extremadamente atento de otros. Todo es siempre lo nunca visto y luego resulta que la mitad es reedición. El otro avance es de, Automática editorial, que arranca su segundo año de vida con más rusos (les gustan mucho los rusos a esta gente), en este caso con Yura Buida y “El tren cero”, una novela que no tiene mala pinta sobre un misterioso tren y la gente que vigila su paso por un páramo desolado y que incluye párrafos tan espantosos como este: “El coronel se cuadró para saludar al tácito convoy, y mientras este se alejaba raudo hacia la noche, las lágrimas recorrían sus tersas mejillas, dos veces afeitadas”. Habrá más de Gorki (empezaron reeditando sus memorias) y, oh sorpresa, “Las enseñanzas de Don B”, del gran Donald Barthelme, libro que, desde ya, algunos esperamos con ilusión.

Ahorrar, lo que se dice ahorrar no he ahorrado, pero lo que sí he hecho (llevo en ello dos días) es pedir por esta boquita, a mi biblioteca habitual, lo siguiente: De Seix Barral, “Ha vuelto” de Timur Vermes, una novela que resucita a Hitler para reírse de él (una actitud que recuerda mucho a la de Román Piña en “El general y la musa” (Sloper), donde éste “repescaba” a Franco y lo ponía a tocar jazz en Mallorca o no sé qué fumada). También he pedido “La habituación oscura” de Isaac Rosa, claro que después del anterior no sé yo. Esta es un poco más o menos la misma infundada sospecha que tengo con Torné, que repite en Mondadori con “Divorcio en el aire”. Más de Mondadori: a corto plazo, “La infancia de Jesús” de Coetzee del que ya ha leído opiniones lo bastante contradictorias como para sentir de curiosidad y a largo plazo (nos metemos en noviembre) lo nuevo de McCarthy (“El consejero”), Dave Eggers (“Un holograma para el rey”), Dennis Johnson (“Hijo de Jesús”) y los polémicos Jeremías Gamboa con “Contarlo todo”, la novela que dicen que Vargas Llosa leyó del tirón, de puro interesante, sentado junto al buzón al que le llegó y Daniel Gascón, el eternamente hijo disimulado de Antón Castro, al que persigue la cruz de pésimo narrador, un sambenito que todavía no he podido verificar y que publica “Entresuelo”. En cualquier caso nos alegramos por él y ese salto a las ligas mayores, aunque sea Mondadori, esperando que así no sea tan difícil llegar a sus libros. 

Otra que da un salto (aunque éste lo suponemos al vacío) es Ainhoa Rebolledo, conocida en este blog como la mujer que escribió la peor novela de 2013 (con permiso de Fresy Cool): “Antropología de la noche madrileña” (sigueleyendo), una aventura en la que veíamos a la joven Ainhoa sentar la cabeza tras los excesos propios de la edad. (Reseña aquí). Pues bien, ahora, un año después, la muchacha sigue el ejemplo de los osos perezosos y se sienta a tricotar. El resultado es “Tricot”: “Unas chicas desencantadas se reúnen para aprender a tricotar y así calmar su angustia. Sin comerlo ni beberlo terminan fundando en Barcelona un club de tertulia literaria y calceta creativa: las Tejedoras del Metal. Sin embargo, en un ajuste de cuentas, Leopoldina Roble, Crisis Carballo y Elena Rebollo deciden fundar La Liga de las Mujeres Extraordinarias con el único y ambicioso plan de sobrevivir con elegancia. Tricot es la historia de un fracaso.” (Esto último ha sonado a premonición). Lo editan unos valientes, Principal de los libros, que por alguna razón creen que ganar dinero con esto (jajaja) no equivale a perder la dignidad.

Cambiando de tema. No he visto nada especialmente interesante en Caballo de Troya. Quizá “La visita” de un tal José González, un libro que según la contraportada (que parece escrita por el mismísimo Paulo Coelho) servirá para darnos cuenta de que aquello que nos define está en las pequeñas cosas. En fin. Me agarro a un clavo ardiendo pero es que el chaval es de Lugo y la tierra tira. También de Lugo (¿qué coño pasa en Lugo?) es Manuel Darriba, que con “El bosque es grande y profundo” reescribe Hansel y Gretel en clave de relato de supervivencia y apocalipsis. Cosas del efecto Carrasco, supongo.

Siguiendo con el apocalipsis (vean con qué elegancia voy encadenando temas) Alpha Decay ya tiene preparada para el 14 de octubre la vuelta de Blake Butler, el autor de Nada, con una “sorprendente novela en forma de relatos” (que es una cosa que aquí no hemos visto nunca) llamada “El atlas de la ceniza” donde unos pocos sobreviven al fin del mundo y tal. Pero la gran estrella de la temporada es la co-publicación con Pálido Fuego (quien parece guardar en celoso secreto sus novedades) en noviembre de “La casa de hojas” de Danielewski, un libro que pide a gritos una versión en 3D.

Lumen publica mucho (he contado 16 libros de aquí a noviembre) pero me quedo, de todo, con “Butcher´s Crossing” de John Williams, el autor de “Stoner” o “Por si se va la luz” de la desconocida joven Lara Moreno, uno de esos fichajes que mantiene viva la esperanza entre la juventud y fomentan la escritura. Maldita seas, Lara Moreno. Pediré también, por vicio, aunque con la boca pequeña, lo nuevo de Jorge Edwards, “El descubrimiento de la pintura” y la segunda parte de la trilogía napolitana de la misteriosa Elena Ferrante, si acaso algún día me decido a terminar el primero. 

Por ir cerrando temas, de Anagrama sólo hay tres cosas que, de momento, me llaman la atención: “Librerías” es el ensayo finalista del Herralde en el que Jorge Carrión “crea una posible cronología del desarrollo de las librerías y su representación artística”, signifique eso lo que signifique; “Canadá” de Richard Ford (sobre el que publicó Babelia un extenso artículo el pasado fin de semana) y “El camino de Ida” de Ricardo Piglia. Alfaguara cuenta con “El héroe discreto” de Mario Vargas Llosa, que ya le dará para hacer el agosto y “Las reputaciones” de Juan Gabriel Vásquez, que apunto únicamente por no dejar desangelada esta parte del párrafo. Sobre cualquiera de estas dos editoriales encontrarán más información en cualquier parte. 

No como Sexto Piso, que quitando alguna mención pasa un poco desapercibida. La he dejado para el final por la siguiente razón: es la que publica el libro que, con diferencia, más me apetece leer. Seguramente sea, junto con “Butcher´s Crossing” de John Williams (Lumen, octubre) o “Sermón sobre la caída de Roma” de Jerome Ferrari (Mondadori, septiembre), lo único por lo que siento sincero interés, diría que hasta inquietud, diría que hasta un asomo tolerable de locura. Todo lo demás… bah, todo lo demás, todo eso de Anagrama, Debate o Alpha Decay, todo eso es puro entretenimiento de una tarde con ganas de escribir algo para el blog. Súmenle a esto una reedición de “Memorias del subsuelo” de Dostoievski en su sección de Ilustrados con unos magníficos dibujos de Jorge González y no le pidan más a la vida. Termino la sección Sexto Piso con un par de apuntes más: “Frankenstein” de Mary Shelley (también ilustrado); algo de David Grossman que tiene que ver con abrazos, o una novela donde las minúsculas parecen tener bastante importancia llamada “Del color de la leche” de una tal Nell Leyshon. En el apartado Realidades —del que me he declarado fan en numerosas ocasiones— Thomas Frank, que dicen uno de los mejores escritores de izquierdas de EEUU y es autor de la apetecible “La conquista de lo cool” (Alpha Decay, 2011), publica “Pobres magnates” donde seguramente se ponga a parir a alguien. Harry Browne hace lo propio con “Bono, el hombre del poder” un libro que viene a acabar con la imagen que el mundo tienen del Bono bueno, una propuesta absolutamente genial para leer un sábado por la tarde con “The Joshua Tree” de fondo.

* * * * * * * * 

Fin del resumen. Sé que me dejo un montón de libros y, lo que es peor, un montón de pequeñas (y grandes) editoriales como pueden ser Salamandra, Gadir, Errata Naturae, Blackie Books, Acantilado, Alfabia, Impedimenta, Navona, Nevsky, Nórdica, Rayo Verde, RBA, Salto de página, Lengua de trapo y un largo y aburrido etcétera, pero desde este rincón del mundo y únicamente con Google como herramienta de trabajo (y enganchado como estoy a la última temporada de Breaking Bad), servidor no puede, ni quiere, hacer mucho más. Si algún día recopilo suficiente información prometo repetir la experiencia. Hasta entonces, sean felices y no se lo gasten todo en libros.


(¿Continuará?)


viernes, 20 de enero de 2012

"Pobre Gente" de Fiodor Dostoievski (2ª parte)

(*)
 "¿Cuántas veces le diré a usted que no necesito nada, absolutamente nada; que nunca podré retribuirle las amabilidades que usted me prodiga? ¿Y por qué me ha enviado estas flores?... ¡Qué flores tan bellas! De color carmesí, en pequeñas cruces. ¿Dónde consiguió un geranio tan hermoso?” 

Esto lo dice Várvara, la coprotagonista de Pobre Gente. Devushkin se desvive por ella; se arruina, literalmente y todo por un amor que jamás será correspondido. Nunca le dice “te amo”, pero la ama. Nosotros lo sabemos y ella lo sabe pero Devushkin preferiría morir antes que admitirlo. Uno de los ejercicios más “impresionantes” de Dostoievski en esta epistolar es la aparente facilidad con que logra transmitir y desvelar los sentimientos de estos dos personajes que sin llegar nunca a decir muchas cosas se hacen entender perfectamente llegando a importar mucho más lo que no se dice que lo que sí. 

En esta segunda y última parte de la reseña quisiera detenerme en los personajes, poner un foco sobre ellos y tratar de evidenciar qué fue eso que los hizo en su momento tan especiales, cuáles fueron sus antecedentes pero por encima de todo quisiera descubrir si es verdad que Dostoievski quiso en esta novela desmarcarse de Gogol a pesar de la manifiesta admiración que sentía por su obra. 

* * * * * * * * 

Devushkin es en apariencia un tipo sencillo, bastante vulgar, bastante ignorante; un pobre infeliz que, tal como comentaba antes, aunque vive con el convencimiento que su amor no será correspondido se conforma con esos pequeños instantes de felicidad que son las cartas de su amada y las breves visitas que le hace muy de vez en cuando por aquello de evitar el qué dirán. En el camino asistimos a su lucha por conservar la dignidad y ese sueño inconfeso de rebelarse contra todo y contra todos para proteger su amor. Várvara en cambio es mucho menos complicada. Es una niña grande que se debate entre el sentimiento de culpa por arruinar la vida de un hombre al que no puede amar y la felicidad de ser el objeto de los presentes que éste le hace. 

Insertadas en la historias de estos dos personajes están las de otras pobres gentes, todos ellos bastantes miserables que viven y sufren (sobre todo esto) en la misma pensión. Sobre todos destaca una familia que vive arrendada en una pequeña habitación y a quienes a pesar de tener hijos jamás se les escucha quejarse, pero tampoco reír. Esto nos permite situar a Devushkin en un punto intermedio entre el típico personaje gogoliano –a su manera cómicamente grotesco (luego ampliaremos esto)- y otros, como la mencionada familia, de un patetismo insalvable. Lo que quiero decir con esto es que efectivamente hay un “desmarque” respecto a los típicos personajes de Gogol. En un momento determinado Devushkin le dice a Várvara: “El hombre pobre es exigente; tiene una visión diferente del mundo de Dios, y observa con recelo a todo el que pasa por su lado y le dirige una mirada inquieta; se fija en cada palabra, preguntándose si acaso la gente no estará hablando de él, si no estarán diciendo que es feo, especulando qué estarán diciendo exactamente […]”. Para Joseph Frank está muy claro: “Esta "diferente visión del mundo de Dios", el mundo visto más desde abajo que desde arriba, constituye la principal innovación de Dostoievski frente a Gógol, cuya compasión por sus humildes protagonistas nunca es lo suficientemente fuerte para superar la condescendencia implícita en su enfoque narrativo.” 

Quizá fuese esta la razón por la que Belinski veía en Dostoivski la imagen que tradicionalmente se tiene de él: “Era el poeta de los insultados y vejados; de los humillados y oprimidos; el compasivo cronista de la vida de "la pobre gente" de San Petersburgo, triturada por la miseria y por el peso demoledor de un orden social inhumano.” No es cierto. Pobre Gente es mucho más que eso, pero para entenderlo quizá sea necesario tratar de analizarla en relación con la tradición literaria rusa algo que Dostoievski nos ofrece en bandeja en la propia novela. 



DOS CUENTOS 

En “Pobre Gente” se habla de literatura y se habla de literatos pero ni uno ni otro sale demasiado bien parado. En la pensión en la vive Devushkin vive también un supuesto gran escritor (así se considera a sí mismo y así lo considera también, en su infinita ignorancia, nuestro protagonista) que en realidad no es más que un pobre diablo que escribe como ya no se escribía en Rusia: "Vladimir temblaba, y su pasión se agitaba furiosamente dentro de él, y su sangre hervía... '¡Amo con éxtasis, con furia, enloquecidamente!' [gritó]... 'Un obstáculo trivial [el marido] no puede contener el destructor fuego infernal que atormenta mi pecho exhausto...".  Este estilo tan alambicado le sirve a Dostoievski para parodiar las novelas románticas de la alta sociedad que escribía Marlinski así como para burlarse de los imitadores baratos de Walter Scott pero sobre todo para establecer el nivel cultural del protagonista (y ya puestos para burlarse un poco de sus contemporáneos).

Sí, en Pobre Gente se habla de literatura. Los protagonistas intercambian en varias ocasiones libros que de un modo u otro les han impresionado (entendiendo esto como afectarles o simplemente llamarles la atención). Devushkin, tal como acabamos de ver, demuestra cierta ignorancia (cuando afirma que apenas ha leído tres libros) así como carecer de criterio al declararse admirador de los textos que escribe el personaje mencionado en el párrafo anterior, mientras que Várvara, quizá por ser más joven, apuesta por lecturas más “modernas”. De estos intercambios “bibliotecarios” surgen algunos pasajes muy interesantes que ayudan a entender la ideología a la que se adscriben los personajes y por extensión el propio autor. Es decir, que Dostoievski no contento con revolucionar el género epistolar decide apostar también por lo novedoso que supone incluir la literatura en la propia obra como una herramienta enriquecedora motivo por el cual sería (es) necesario conocer el argumento y la importancia de las obras referenciadas para saber hasta qué punto nos está hablando a través de ellas. 

Dos de los libros que Várvara presta a Devushkin -y sobre los cuales éste hace una interesante crítica- son “El jefe de posta” de Alexander Pushkin y “El capote” de Nikolai Gogol. Cuando yo decía más arriba que para entender realmente la importancia de Pobre Gente había que tratar de analizarla en relación con la tradición rusa me refería precisamente a esto. 


El Jefe de Posta” de Pushkin (1

Citaré a Joseph Frank para ahorrarme el esfuerzo de resumir el argumento del relato: “Samson Virin es el jefe de estación que, por su buen carácter y por su docilidad respetuosa hacia sus superiores, permite que un joven noble seduzca a su hermosa hija y se fugue con ella. Incapaz de reconquistar a su hija perdida, el viejo ahoga su desesperación en el alcohol y muere de tristeza. La historia es narrada de manera sobria y sencilla, sin ninguna de las burlas manifiestas u ocultas típicas de Gógol; la figura del viejo con el corazón roto, impotente para hacer valer sus derechos frente al todopoderoso noble, es presentada por Pushkin con auténtica simpatía o compasión por su sufrimiento.” 


“El capote” de Gogol (2

Citando a Nórdica libros: “El capote, escrito por Nikolái Gógol entre los años 1839 y 1841, y publicado en 1842, nos presenta a uno de los más conmovedores personajes de la Literatura: Akaki Akákievich Bashmachkin, un funcionario de la escala más baja de la administración civil, que se ve ultrajado por las injusticias sociales y la indiferencia egoísta de los fuertes y ricos, y cuyo destino es el de ser un «hombre insignificante». Akaki, para protegerse del gélido invierno de San Petersburgo, necesita un capote nuevo, pero cuando por fin lo consigue seguirá notando frío, el frío gélido que habita en los corazones de las personas que le rodean.


Devushkin llora amargamente ante el relato de Puskin (3), con el que se siente identificado probablemente porque sospecha su triste futuro con (sin) Várvara.: "Sí; es natural..” –le dice a ella- “¡Es algo vivo! Me he visto en él a mí mismo, se refiere a mí". Lo más importante a tener en cuenta es la forma que tiene Pushkin de acercarse al personaje de Samson Virin: lo hace con compasión por su sufrimiento, sin utilizar en ningún momento el tono de burla con que Gogol dibujaba habitualmente al chinovnik, que es como se conocía al escribiente burocrático de San Petersburgo. 

La interpretación que Devuskin hace del texto de Gogol es en cambio muy diferente a la anterior (4) ya que deriva de la costumbre que existía en primera mitad del siglo de tratar al mencionado funcionario como material satírico para facilitar la anécdota burlesca. Gogol se dirige al lector tal como lo haría un amigo a otro, desde una perspectiva muy superior a la del protagonista del cuento (por más que trate de arreglarlo -tarde y mal- con la inclusión en la historia de un joven compasivo, empleado en la misma oficina, que considera a Devuskin un “hermano”.) 

Obviamente Dostoievski era seguidor de ambos pero más especialmente, por la temática, de Gogol, hasta el punto de que parece ser que sus contemporáneos lo consideraban un “continuador” de su obra. El desmarque de Dostoievski respecto a ellos se produce al elegir a un desastroso chinovnik como protagonista de una epistolar sentimental logrando una perfecta integración entre el tema “filantrópico” y la forma. Joseph Frank considera que Devushkin hubiese preferido, en el cuento de Gogol, un relato sentimental con moraleja (edificante) final y aunque Dostoievski no se adapta a la “exigencia” sí es verdad que en cierto modo se mueve en la dirección que desea su personaje. “[Dostoievski] conserva el "naturalismo" del detalle, y el decor (la escenografía) asociados con la tradición cómica de la descripción del chinovnik, pero lo une al tono lacrimoso del sentimentalismo ruso que se remonta a Karamzin; y esta fusión creó una corriente artística original dentro de la escuela naturalista.” 


EN RESUMEN... 

En resumen -y dejando muchas cosas en el tintero- creo que a estas alturas es más que evidente mi opinión sobre Pobre Gente. Considero que es mucho más que la simple epistolar de amores imposibles que pueda parecer a primera vista (sin dejar de serlo, por otro lado) pero lo que quiero destacar por encima de todo es que no se trata de un relato de los bajos fondos petersburgueses nacidos de la experiencia personal del escritor (algo siempre tan de moda). Espero haber logrado acercarles a los engranajes de esta pequeña novela y haber transmitido adecuadamente las razones por las que creo (y no soy el único) que Pobre Gente es en realidad un pequeña obra maestra que ha sido elaborada con un cuidado extremo. Cuando muchas veces sentimos (me incluyo) la tentación de comprender (entendiendo esto como disculpar) las limitaciones propias de las primeras novelas de según qué escritores convendría echar la vista atrás y recordar estas otras y pensar que si unos pudieron los otros también deberían. O no. Puede que no. Seguramente no. 





(*) Hacer Clic en la foto para leer la primera parte de la reseña.

(1) Deduzco que este cuento se puede encontrar en la edición de “Historias de Belkin” bajo el nombre de “La parada de Postas” editado por Nevsky Prospects (de ahí la elección de la portada). Me consta que también está disponible en “Narraciones Completas de Pushkin” editado por Alba aunque la versión que yo leí la bajé directamente de internet y está traducida por José Laín Entralgo. 

(2) La portada corresponde a la edición que Nórdica Libros publicó en 2008, traducida por Victor Gallego e Ilustrada por Noemí Villamuza aunque es fácil encontrar el cuento por internet. 

(3) Ver CITA COMPLETA (Se me ha ocurrido que puede ser buena idea acompañar la información de las reseñas con algunas citas, más completas de lo habitual, del asunto al que hago referencia. Para evitar obligarles a una lectura prescindible (sí, acaso, conveniente) he creado un blog cuya función será específicamente la de servir de contenedor de esa información motivo por el cual no aceptará comentarios y carecerá de cualquier otro acompañamiento (gadget) habitual de los blogs. Siguiendo el enlace que da comienzo a este párrafo llegarán a él. Espero que les resulte a ustedes tan interesante como útil me lo parece a mí.) 

(4) Ver CITA COMPLETA 


miércoles, 21 de diciembre de 2011

"Pobre Gente" de Fiodor M. Dostoievski (1)


Pobre gente(1) es la primera novela de Dostoievski. La primera. De Dostoievski. El mismo Dostoievski que más adelante escribirá “Crimen y Castigo”, “Los Hermanos Karamazov” y toda esa mierda sobrevalorada, que diría aquel (que dicen “aquellos”). El caso es que esta fue su primera novela. 

A principios de invierno de 1845, de pronto comencé a escribir Pobres Gentes, mi primera novela; antes de eso, nunca había escrito nada. Cuando terminé la novela, no sabía qué hacer con ella, ni a quién dársela a leer”, dice Dostoievski. Se coge antes a un mentiroso que a un cojo, decía mi madre, y Dostoievski miente como un bellaco. Todos los escritores mienten respecto a su primera novela. Es una convicción que tengo y que se fundamenta nada más que en la desconfianza; el envilecimiento natural fruto de tantas horas dedicadas a la lectura. El caso es que Dostoievski sabía perfectamente lo que haría con ella: lo comentó en una carta que a principios del otoño de 1844 (un año antes de la cita anterior; un año) escribe a su hermano Mijaíl en la que le pone al corriente de sus apuros económicos: "Tengo una esperanza. Estoy terminando una novela aproximadamente del tamaño de Eugenia Grandet. Una novela bastante original. Estoy empezando a pasarla en limpio, y recibiré alguna respuesta acerca de ella hacia el catorce. Se la daré a Noticias de la Patria. (Estoy satisfecho con mi trabajo.) Acaso obtenga cuatrocientos rublos, y ésas son todas mis esperanzas." En la biografía del escritor añade Joseph Frank respecto a este asunto: “Es evidente que Dostoievski destinaba su novela, desde el principio, a Noticias de la Patria, y que escribía con toda la intención de satisfacer las nuevas exigencias impuestas a la literatura rusa por Belinski”. Belinski, al fin Belinski. A Belinski quería yo llegar. Belinski pues. 

EL CRITERIO DE BELINSKI 

Belinski fue, resumiendo muy mucho, la mayor potencia crítica de la literatura rusa de la época que nos ocupa. Con esto no quiero decir, obviamente, que fuese un vulgar crítico con una columna en algún periodicucho de la zona ni que a la par que escritor tuviese algo así como un blog. No me refiero a ese tipo de crítico, sino a uno de verdad. Era la clase de crítico con el poder suficiente –presten atención, es importante- para cambiar el rumbo de la literatura. Esto es, que lo que Belinski abrazaba era lo que abrazaría el resto del país. A ese tipo de crítico me refiero. Pues bien, más o menos en 1840 a Belinski le cambia el gusto. Esto simplificando. Se había ido a vivir a San Petersburgo y probablemente las nuevas amistades, amantes de todo lo francés, le llevaron a desdeñar las preocupaciones sociopolíticas (disculpen que no me extienda en este punto) para sumergirse en una fogosa defensa de las nuevas teorías sociales francesas (ni en este). “En el otoño de 1841 –nos dice Joseph Frank– le escribe a su amigo V. P. Botkin que "la idea del socialismo" se ha vuelto para él "la idea de las ideas, el ser de los seres, la pregunta de todas las preguntas, el alfa y el omega de la fe y del conocimiento. Para mí, todo ha fusionado, la historia, la religión y la filosofía". Es evidente que, sea lo que fuere lo que el "socialismo" significaba para Belinski, era infinitamente más que la mera adopción de un nuevo conjunto de ideas sociopolíticas. Cuando trata de hablar de ello con más detalle, nos damos cuenta de que lo que más le ha impresionado es el aspecto apocalíptico y mesiánico de todas las teorías socialistas utópicas; la idea, particularmente fuerte en las prédicas de George Sand y Pierre Leroux, de que el socialismo es el cumplimiento o la realización final sobre la tierra de las auténticas enseñanzas de Jesucristo”. 

Pues en estas es en las que estaba el bueno de Dostoievski escribiendo su “Pobre Gente”. El sí había abrazado hacía tiempo la literatura de Victor Hugo, Balzac y George Sanz -la misma gente por la que Belinski (y por extensión media Rusia) dejaría de venerar a Goethe, Walter Scott, Schiller o Hoffman- y se encontraba en la situación ideal de presentar su primera novela. Con esto no quiero decir que el mérito de Dostoievski fuese únicamente haber estado en el momento adecuado en el lugar correcto, que también. Ya veremos más adelante que a su novela le sobraban razones para destacar sobre el resto. 

Cuando Dostoievski acaba de escribir “Pobre Gente” se lo da a leer a su amigo Grigoróvich, que a su vez se lo pasa al también escritor y editor Nekrasov. Ambos, tras llorar por el triste destino de los protagonistas (perdón por insinuar el final) van a celebrarlo con él. Más tarde el mismo Nekrasov se la llevará a Belinski, el gran crítico, que no sé de dónde saca los cinco minutos para leerse el libro del mindundi que era entonces Dostoievski. Cuenta la leyenda que antes incluso de terminarla ya estaba colgado del balcón de su estudio gritando a todo pulmón que él, Belinski, estaba entusiasmado, que aquello no era normal, que qué maravilla y tal y cual. Esto, más o menos: “Es el primer intento de novela social que jamás hayamos tenido y, además, hecho de la manera como por lo general hacen su trabajo los artistas; quiero decir, sin ellos mismos sospechar cuál será el resultado.” Y continúa contándole el argumento: “[…] se refiere a algunos simplones de buen corazón que suponen que amar a todo el mundo es un placer extraordinario, y un deber de todos. No pueden comprender nada cuando la rueda de la vida con todas sus reglas y normas les pasa por encima, y les rompe los huesos sin una palabra. Eso es todo... ¡pero qué drama, qué tipos!”. 

POBRE GENTE 

Dejen que se lo amplíe: Makar Devushkin es un copista que roza los cincuenta y se hospeda en una pensión de mala muerte. Vive enamorado de Varvara Drobroselova, una joven suponemos que hermosa que no le corresponde en ese amor y que a su vez malvive muy cerca de Makar (de la que, por cierto, es familiar lejano, sin llegar esto nunca a aclararse). Estos dos pobres infelices se apoyan en la desdicha y se escriben una carta tras otra que es lo que nosotros leemos y el modo en que nos vamos enterando de sus miserias pero es Makar quien lleva la peor parte ya que al ayudar (sostener) económicamente a Varvara, que no tiene un rublo la pobre infeliz, se ve obligado a hipotecar su vida y a someterse a un día a día humillante. Todo por amor, maldito amor. Digo esto porque llega un día que a la niña se sale un pretendiente, un terrateniente bastante gilipollas pero podrido de pasta que nada más que la quiere para hacerse un hijo a medida. La buena gente del campo. Total, que estos dos dan más pena que ver matar un conejo y al final casi se le saltan a uno las lágrimas de pura pena. Y yo, necio de mí, riéndome de la reacción de Grigoróvich y Nekrasov. 

Bien, esta es la parte en que podemos suponer que todo lo que nos cuenta Dostoievski es una ficción basada en la observación de esos pobres seres que son la clase baja de la sociedad petersburguesa pero eso sería simplificar demasiado y no justificaría, ni remotamente, el éxito que tuvo la novela, que ya les adelanto notorio. Breve, pero notorio. Ya hemos visto que el relato, contrariamente a lo que dice Dostoievski, es el fruto de una cuidada elaboración y que él mismo era en cierto modo consciente de estar haciendo algo importante. Esto lo sabemos por muchas razones. La primera es la temática elegida: era la primera vez que los protagonistas aún siendo de “segunda fila” no eran tratados con el estilo burlesco habitual, más propio de Gogol, uno de los más importantes referentes de Dostoievski cuando escribe esta novela. De algún modo es un paso al frente hacia el que luego sería considerado el “naturalismo sentimental”, que numerosos imitadores convirtieron en un movimiento independiente que nunca llegaría a despuntar: “La novela de Dostoievski Pobres gentes —escribe Vinográdov— fue el primer acto en la materialización artística de una tendencia, visible entre los ideólogos de la [escuela naturalista], en el sentido de la unificación de la forma gogoliana con el sentimentalismo (en especial, en aquel aspecto del sentimentalismo que renació en la literatura francesa 'filantrópica')”. 

Otra de las razones que hacen especial esta novela está en su estilo. Aunque ahora estemos acostumbrados a leer toda clase de géneros literarios lo cierto es que en aquel momento escribir una novela de esta manera resultaba bastante arriesgado por lo, en apariencia, anacrónico del resultado. Cito nuevamente a Joseph Frank, que lo explica mejor que yo: “A lo largo del siglo XVIII, este tipo de novela fue la forma en que ejemplos de virtud y sensibilidad, […] volcaron sus elevados sentimientos y nobles ideas. Así pues, la novela epistolar se volvió un vehículo para los desbordamientos del sentimiento romántico, y sus personajes principales fueron siempre ejemplares desde el punto de vista de la educación y del ambiente familiar en que se criaron, aunque no aristócratas, en el sentido estricto. En realidad, el subyacente impacto social de este género estaba dirigido a demostrar la superioridad moral y espiritual de sus protagonistas, en su mayoría burgueses, frente al mundo corrupto de la clase privilegiada en el que vivían." Dostoievski arriesga mucho cuando decide que los protagonistas sean personajes de una clase social inferior por mucho que el fin último sea el mismo. El mérito adicional está en el riesgo que asume desde el momento en que dibuja a Desvushkin como un simple escribiente (un chinovnik), la clase de personaje que hasta el momento era utilizado como objeto de burla. Es cierto que ya por entonces se había iniciado un movimiento de protesta frente a la injusticia de caricaturizar y menospreciar a este personaje de lo cual es un ejemplo perfecto el relato "El Capote" de Gógol. Quienes no han leído la novela no sabrán que aquí se produce una coincidencia que medio me obliga a escribir una segunda parte de esta reseña que me sirva para analizar la importancia de este novela en relación con la tradición literaria rusa y más concretamente con el ya mencionado cuento de Gógol y otro de Pushkin.

Continuará, pues.




(1) Leída la edición de ALBA Clásica (2010). Traducción: Fernando Otero Macías y José Ignacio López Fernández. Encuadernación: Rústica. ISBN: 97884-84285526. Páginas: 224.