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jueves, 22 de septiembre de 2011

"Bajo este sol tremendo" de Carlos Busqued



Bajo este sol tremendo” no va de nada; parece que sí, pero no. El protagonista, argentino de profesión, ve documentales y pasma moscas. Esto literal. Tampoco es que tenga nada mejor que hacer. En general todos los personajes son seres de bastante poco moverse. De todos los posibles Busqued ha elegido tres, no los más guapos ni los más listos ni los menos amorales, y los ha ubicado en una población argentina en la que el calor y la podredumbre se lo comen todo. Sus nombres: Cetarti, Duarte y Danielito. El primero es imbécil, directamente: invierte las horas en ver la vida pasar, condenándose a una existencia bastante miserable si no es por la intercesión de los demás. Dar la voz cantante de la novela a una persona sin iniciativa debería haberme dado una idea de lo que vendría a continuación. El segundo, Duarte, es genial de puro cabrón y el tercero, Danielito, un poco hijo de los dos: un tonto a las tres que hace lo que se le dice  sin analizar lo conveniente o no de sus actos y no digamos ya sus consecuencias. 

La historia son estos tres pasando calor unas veces, maquetando aviones otras y dando mucho asco y mucho miedo siempre. De fondo: sexo, violencia y documentales; también casas ruinosas, síndrome de Diógenes y un pez. Por lo general a mí este tipo de cosas me predisponen siempre a favor y de hecho disfruté durante bastante tiempo de la satisfacción de haberme dejado recomendar tan bien por más que la historia sea más vieja que el universo porque uno también tiene sus vicios y entre ellos están estas historias tan chungas. El problema (que ya veremos que no fue tal) es que llegó un momento en que empezó a joderme no saber a dónde quería llegar Busqued con todo este circo de apatías. No se me ocurrió pensar que no quería ir a ninguna parte porque no había ninguna parte a la que ir. Feliz idea que llegó tarde, cuando por aquello de indagar se me ocurrió leer la contraportada que hasta el momento había evitado porque esta lectura estaba siendo una cuestión de fe más que una visita guiada. La susodicha decía, entre otras cosas, lo siguiente: 

Es una novela poderosa, sin reflexiones psicológicas ni demasiados datos concretos del porqué de la anestesia emocional de sus protagonistas, que recuerda el territorio de algunas películas de los hermanos Coen. Está construida desde el relato de las acciones de estos outsiders casi absolutos, sin guiños generacionales ni discursos éticos o políticos sobre la tortura, el crimen, la culpa, el vacío existencial o la historia reciente del país. Y, sin embargo, estos temas asoman en la trama, golpeando la narración como chocan los insectos contra el parabrisas de los coches que conducen Cetarti, Duarte y Danielito en sus viajes a la nada. 

Dejen que les oriente: la clave está en “sin guiños generacionales ni discursos éticos o políticos sobre la tortura, el crimen, la culpa, el vacío existencial o la historia reciente del país” y sin embargo, sí, efectivamente todo eso está en la novela, lo cual es todo un logro visto la extensión de la misma. No es como otras veces que nos prometen el oro y el moro y luego no hay nada o cuando callan y se encuentra uno con demasiado. Al fin una advertencia sincera y voy yo y me la salto. 

Por ir acabando, que tengo cadáveres que enterrar: apruebo las formas sin dudarlo, me gusta mucho cómo escribe de clarito Busqued, el sereno fluir de la narración; me encantan sus diálogos (lo mejor, con diferencia); su forma de ir a la esencia de las cosas aunque por momentos se le vaya la mano con nimiedades y por encima de todo el personaje de Duarte tan salvajemente natural, tan hijo de puta y tan encantador. Y la brevedad: no dedicar nada más que lo imprescindible a contar nada más que lo interesante. Tampoco estoy seguro de echar en falta el discurso ético del que habla la contraportada porque ya está la cosa bastante clarita mirando a estos tres tan faltos de contenido. Me gusta que la aparente superficialidad del texto sea intencionada pues la novela funciona perfectamente como transmisor de miserias y reflejo de miserables de ese repugnante suburbio argentino y no necesita nada más que eso para satisfacer las necesidades lectoras en una tarde cualquiera especialmente si son ustedes un poquito sádicos y gustan de ver sufrir.