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viernes, 26 de octubre de 2012

“Paraíso” de Donald Barthelme


BARTHELME: UNA INTRODUCCIÓN

Para los desinformados: Barthelme, después de haber leído “El padre muerto” (y al igual que me ocurrió con Gaddis tras leer “Gótico Carpintero”), ocupa un espacio destacado en mi Olimpo particular. Con-un-solo-libro. Esto así porque es así, no porque yo quiera. Los dioses no se eligen: se nos imponen desde la infancia o se nos aparecen en zarzas ardiendo. Tanto con Barthelme como con Gaddis esto es exactamente lo que ocurrió: ambos escribieron novelas que fueron como zarzales que combustionaron espontáneamente al entrar en contacto con la parte del cerebro que sea que se ocupa de conectar la lectura con la inteligencia.

Hace ya algún tiempo publiqué una reseña de "El padre muerto". Lo digo por si la quieren leer. (Clic) Fue una reseña elogiosa, evidentemente, ya que esta novela, no me duelen prendas decirlo, la tengo en un altar con su terciopelo, sus velitas perfumadas y toda la parafernalia habitual. Y esto sin haber entendido una puta palabra. Exagero, ya saben. Lo que quiero decir con esto es que Barthelme no es para nada un escritor fácil. Todo lo contrario. Barthelme es posmoderno y por lo tanto experimental, irónico, heterogéneo y un largo etcétera así como aquello de lo que más tiendo a escapar: fragmentario. Pero si huyo de lo fragmentario no es porque no me guste lo fragmentario sino porque normalmente lo que se presenta como fragmentario es en realidad una puta mierda troceada.

Hasta aquí la introducción. Les he contado todo esto para que no se lleven a engaño: Barthelme es un escritor que se las trae y será por ello seguramente que es tan bueno y será también por ello que no se reedita y de ahí que tenga uno que dejarse los huevos para conseguir cada uno de sus libros. Y conste que yo no me quejo, que bastante fácil me lo ha puesto la providencia, tan divina ella.



PARAISO: UNA RESEÑA

Vaya por delante que Paraíso es una novela, en mi opinión (esto siempre, claro) bastante inferior a El Padre Muerto lo cual no quiere decir absolutamente nada pero debería servir de aviso a aquellos navegantes que busquen puerto en el que atracar. Pero: Paraíso, con todo, es una novela estupenda, ágil, inteligente y muy divertida. Garantizo risas continuadas. Dos horas felices, eso garantizo.

El argumento le va a encantar al público masculino: Simon es un arquitecto moderadamente atractivo de cincuenta y pocos años. Padre de una hija universitaria y en pleno proceso de separación de su mujer, Simon acoge un buen día en su apartamento de soltero a tres jóvenes y estupendas veinteañeras que conoce una noche en un bar y que hasta quedarse en paro venían ejerciendo el noble oficio de la pasarela. Sí, modelos, y de las estereotipadas, además. Esto es: antes morenas, después rubias, siempre lozanas, fogosas y tontas del bote. La fantasía sexual de cualquier hombre, no me digan.

El caso es que Simon, en un gesto de generosidad sin límites, les abre las puertas de su casa, les compra unas camas y pone la nevera a su disposición. No hay exigencia de ninguna clase. Allá cada cual que haga con su cuerpo lo que le plazca: beber, comer, llorar, reír, cantar, hablar… Follar.

Cuando se preguntaba a sí mismo qué estaba haciendo en un apartamento elegantemente desnudo de Nueva York, sin muebles, viviendo con tres mujeres jóvenes y hermosas, Simon tenía que admitir que no lo sabía. Estaba escuchando, suponía. Aquellas mujeres eran taciturnas como cowboys, sólo respondían a preguntas concretas y probablemente ignoraban en qué siglo estalló la Segunda Guerra Mundial. No, estaba siendo injusto, lo que ocurría era, más bien, que sus conocimientos eran caóticamente enciclopédicos, una especie de ragut de Spinoza con un sorbete de William Buckley flotando en el centro. Una tarde, cuando llegó a casa, se las encontró a las tres en el comedor, de rodillas, con el trasero alzado hacia él. Obviamente, lo que se supone que debería haber hecho era bajarles sus tejanos y atacar a las tres a vez, pero se trataba de algo tan obvio como quimérico.

Esto, bien montado, podría perfectamente pasar por el paraíso si no fuese por un pequeño y algo machista inconveniente: tres mujeres, por muy buenas que estén, e independientemente del grado de sumisión, no dejan de ser tres mujeres y Simon un hombre, solo, además, obligado por las circunstancias a vivir con ellas bajo el mismo techo. ¿Dónde se ha visto orgía semejante que no conduzca al caos? El problema viene con la convivencia. Llega un momento, es inevitable, en que salta la liebre del feminismo, que es una liebre más difícil de matar que la del machismo. Pero no nos pongamos trascendentales.

El libro incluye algunas escenas de sexo (lametones, frotamientos, embates, arañazos, seis pezones alineados, ochenta dedos a pleno rendimiento) pero se las voy a ahorrar para no turbarles el sueño. No es necesario que me lo agradezcan. Pero el sexo no hace de cualquier novela una buena novela o en buena hora estaríamos poniendo a parir la cosa esa que es “Cincuenta sombras de Grey” y que apesta desde la primera línea. Una buena novela necesita más ingredientes que los flujos y reflujos vaginales de una virgen sin reparos.

Me llega, mientras escribo esta líneas, un email que me anuncia el estreno de una novela con las siguientes características: “Con una escritura magnífica, de estilo preciso y estupendo ritmo y con un delicioso sentido del humor, el escritor zambulle al lector en un…” y luego ya se imaginan ustedes lo que quieran. (La reseña es el último de Guelbenzu.) Sabemos perfectamente que esto es mentira. Algunos somos mayores para que nos la metan doblada tantas veces. Pero hubo un momento (muchos momentos) en el que esto fue cierto, en el que algunas novelas eran exactamente lo que prometían las críticas elogiosas (caso de haberlas). En ese tiempo, en esos momentos, ser escritor parecía significar algo más que ahora. Lo que trato de decir con esto es que no se apuren, frente a las miserias del presente, siempre nos quedarán los libros de Barthelme a aquellos que estamos realmente interesados en escritura magnífica, estilo preciso, estupendo ritmo y delicioso sentido del humor.

Dos de ellas se la chupaban al amanecer, por turno, a las cinco, a las seis de la mañana, mientras él bebía vino blanco, un vino más bien malo, y fumaba. Duró una eternidad. De vez en cuando una ponía en posición a la otra y empezaba a lamer arriba, entre las piernas, cerca del sexo, muy cerca del sexo, mientras Simon le acariciaba las nalgas, deslizaba sus manos de la cintura a las nalgas con embates moroso y apreciativos, rastrillándolas con las uñas, pero con suavidad, clavándoselas, pero con suavidad. La carne es algo tan delicioso, dijo Dore. O tal fue Anne quien lo dijo. 

jueves, 22 de marzo de 2012

Anexo a la reseña de “El Padre Muerto” de Donald Barthelme

Rescato del tintero una anécdota sin importancia que tiene que ver con “El Padre Muerto” (ver reseña anterior).

[Modo Resumen On] “El Padre Muerto” trata sobre el traslado de un monumental Padre (no del todo) Muerto con objeto de enterrarlo en un lugar lejano. Es un viaje largo que ha de hacerse a pie, cruzando muchos territorios, no todos amistosos. El Padre Muerto hizo grandes enemigos en vida. [Modo Resumen Off] Uno de esos territorios es el de los wend. Los wend son unos personajes muy interesantes:

“Permitidme que os hable de los wend, dice el wend. Los wend no somos como los demás. Los wend somos nuestros propios padres. 
¿De veras? 
Sí, dijo el wend, somos eso que todos los hombres han deseado desde los orígenes. 
Asombroso, dijo Thomas. ¿Cómo se hace? 
Se hace siendo un wend, dijo el líder. Los wend no tienen esposas, sólo tienen madres. Cada wend empreña a su propia madre y así se engendra a sí mismo. Todos estamos legalmente casados con nuestras madres. 
Thomas se puso a contar con los dedos. 
Eres escéptico, dijo el jefe. Eso es porque no eres un wend. 
No entiendo la mecánica del asunto, dijo Thomas. 
Confía en mi palabra, dijo el wend, no es más difícil de entender que el cristianismo. El caso es que no estamos acostumbrados a tener padres grandes y violentos que nos fastidien. No nos gusta. En realidad, tenemos profundos prejuicios en contra. Por eso no queremos ese enorme esqueleto en nuestro territorio, ni siquiera temporalmente. Podría contagiarnos algo.” 

Ruego me disculpen: les estoy llevando por el camino equivocado. En realidad lo que quiero destacar no es esta patada de Barthelme a las deidades sino el resto de esta historia que paso a explicarles a continuación: los wend son un ejército muy numeroso. Numerosísimo. Miles y miles de soldados armados hasta los dientes que se niegan, ya lo han visto, a dejar pasar por sus tierras al Padre Muerto (un viejo enemigo por razones obvias). Thomas, el hijo, se empeñado en llevarlo por allí y no acepta dar ningún rodeo. Combatir no es una opción ya que el grupo de nuestros protagonistas es sólo de veintitrés personas (Contando a Edmund). Sólo queda, pues, negociar. Los wend estarían dispuestos a ceder si El Padre Muerto estuviese algo más muerto (troceado y guisado, afirman, sería lo ideal) pero se conforman con dejarlo todo un día hirviendo. Thomas se niega en rotundo alegando no estar “preparado para tanto” pero les convence de que será más que suficiente cortarle “una pierna y asarla a la brasa como prueba de buena fe y garantía de que no hay contaminación.” 

Esto que acabo de contar no tiene especial importancia, ya lo he advertido; es sólo un episodio (cinco páginas) de los muchos que tiene la novela. Lo que ha ocurrido, en realidad (la razón de este post) es que el otro día me acordé de él leyendo un fragmento de uno de los ensayos de Montaigne y me llamó tanto la atención el paralelismo entre ambas historias que no me he querido resistirme a comentarlo. 

“Bartolomé de Alviano, general del ejército veneciano, murió sirviendo en sus guerras en el Bresciano y, para trasladar el cadáver hasta Venecia, había de atravesar el Veronés, tierra enemiga. La mayoría del ejército era favorable a pedir a los veroneses un salvoconducto para el transporte. Pero Teodoro Trivulzio no estuvo de acuerdo, y prefirió pasarlo a viva fuerza al azar del combate. No era apropiado, dijo, que quien en vida jamás había temido a sus enemigos, demostrara temerlos una vez muerto. A decir verdad, en un asunto parecido, según las leyes griegas, quien reclamaba al enemigo un cadáver para su inhumación, renunciaba a la victoria, y no se le permitía ya erigir un trofeo por ella. Para aquel que recibía la petición, era un título de victoria.” (1) 



(1) LOS ENSAYOS según la edición de 1595 de Marie de Gournay. Extracto de “Nuestros sentimientos se arrastran más allá de nosotros” (Libro I, Ensayo III).   (El resto del ensayo pueden leerlo AQUÍ



lunes, 19 de marzo de 2012

“El Padre Muerto” de Donald Barthelme

"Un escritor es alguien que puede hacer un enigma
a partir de una respuesta." 
Donald Barthelme citando a Karl Kraus 

A Donald Barthelme, quienes lo conocen, lo comparan con Barth, Pynchon, Gaddis, Vonneguth, a ratos Kafka y especialmente Beckett. "Su obra" –dice la editorial- "ha sido a menudo identificada como una vertiente renovadora del surrealismo y del dadaísmo y asociada con el movimiento de autores posmodernos de la talla de" algunos de los recién mencionados. En cambio si le preguntásemos a él (previa resurrección o rescate de alguna vieja entrevista) cuáles son sus referentes nos diría sin dudarlo que, aunque está orgulloso de ser incluido en ese grupo con el que, obviamente, se identifica, confiesa su querencia por Perelman y Hemmingway, Kierkegaard y Sabatini, Kafka y Kleist, Rabelais y Grey Zane (el emparejamiento es suyo). También el Dostoievski de "Memorias del Subsuelo"; una docena de ingleses; los surrealistas (pintores y poetas) y en cine, Buñuel. Ahora quiero que cierren los ojos y se imaginen la clase de novelas que debe escribir semejante personaje. Pues en esas estamos. 

La novela cuenta la historia del viaje de un hijo que conduce a su padre a la tumba. Le acompaña su mujer, el imbécil de su hermano, diecinueve hombres y otra joven llamada Emma. Los hombres son necesarios para tirar del cable de acero que arrastra la plataforma sobre la que “descansa” el Padre Muerto ya que el traslado ha de hacerse a pie, no en tractor ni tirado por bueyes. Diecinueve hombre son muchos hombres únicamente si no tenemos en cuenta que la longitud del padre es de 3200 brazas (unos 6000 metros al cambio). Traten de no imaginar el despropósito sugerido y recuerden que hablamos de surrealismo. Se lo traduzco: en el momento en que se imaginen el cadáver gigantesco de un vejestorio arrastrado por unos tipos vestidos con traje y corbata y dirigidos por una suerte de Peter Pan con espada y lo ambienten en alguna época retoma, Barthelme le dará la vuelta y verán que el padre, orgulloso propietario de una inmensa pierna ortopédica que oculta una magnífica maquinaria quien sabe si en parte administrativa, escapa corriendo. Verán que: el Padre Muerto habla, grita, corre, asesina sinfónicas y se baña en sangre de inocentes. El Padre Muerto es en realidad un hijo de puta que no acaba de estar del todo muerto ni del todo vivo. De hecho cree, en todo momento, que este es un viaje para recuperar su juventud perdida y volver a las andadas con más fuerza que nunca. 

Este es, tomado con pinzas, algo que quisiera ser un argumento. El libro es breve pero de algún modo Barthelme se las arregla para hacer del viaje una pequeña gran odisea en la que los protagonistas absolutos son los padres y por extensión los hijos y la lectura es una suerte de ejercicio mental que consiste en retorcer una idea, trocearla y volver a fundirla sin que llegue a perder completamente el sentido, lo cual, créanme, es todo un logro a la vez que un placer. (Esto incluye las tres largas conversaciones que mantienen las dos mujeres del grupo -que son de cortarse las venas- y de las que, a pesar del esfuerzo, no he sacado mucho en claro ni espero hacerlo en los próximos cincuenta años.)  

Ya que me lo preguntan les diré que sí, tengo una teoría para, si no todo, al menos parte de la obra. Se me ocurrió la misma noche en que lo terminé, mientras mataba un tiempo muerto leyendo a Vila-Matas (algún día les contaré la historia de cómo esto me dio la clave para entenderlo –o creer entenderlo-). Quiero pensar que este viaje, que ha sido acusado de sátira picaresca de la paternidad o de alegoría posmoderna de una titubeante ley patriarcal, es (en parte) el “viaje” interior de un hijo desde el momento exacto de la muerte física del padre al entierro, figurado, de su influencia como tal. Esto no justifica ni una cuarta parte de la novela pero ayuda y en cierto modo, consuela. Desde luego lo único que queda claro es que trata las relaciones entre padres e hijos: hijos que no pueden ser padres, padres que nunca han sido hijos, padres sin padres,… bueno, es algo complicado, pero les garantizo que también muy divertido… Y es que el humor, un tanto "peculiar", sostiene en gran medida el peso de la novela: “[…] no ofrezco suficiente emoción. Esa es una de las razones por las que la gente viene a la ficción, y no se equivocan. Me refiero a la emoción de la mejor clase, difícil de conseguir. Además, no puedo resistirme a hacer bromas…” (la traducción es casera). Barthelme sabe que sus chistes cortocircuitan la emoción pero por otro lado no cabe imaginar una lectura como esta sin esos pequeños salvavidas. 

Me dejo mucho en el tintero. Me dejo, por ejemplo, lo mejor: las veintitantas aproximaciones a la paternidad que se relatan en la historia que ocupa el centro de la novela (el plato fuerte) en el llamado “Manual para hijos”, que contiene alguna de las mejores descripciones que se han hecho nunca de los diferentes tipos de padre que existen y que vienen a confirmar la teoría de que no hay padre bueno. 

Los padres son como bloques de mármol, cubos gigantes bien pulidos, con venas y costuras, plantados en el camino. Obstruyendo el paso. No se pueden escalar, ni se pueden sobrepasar de costadillo, ni relegar al pasado. Los padres son “el pasado”, y muy probablemente sean el propio acto de relegar, si es que por relegar se entiende la maniobra que uno hace para salir indemne sin ser visto. Si intentas rodearlos o sobrepasarlos de costadillo verás que otro bloque de mármol (guiñando un ojo al primero) aparece misteriosamente para cerrarte el paso. O puede que sea el mismo, que se ha movido a la velocidad de la paternidad. 

Resumiendo (para los lectores amantes de últimos párrafos) esta reseña imposible (lean la novela y entenderán por qué) sepan que "El Padre Muerto" es una novela más que interesante. Divertida, extraña, diferente, absolutamente genial, delirante. Inolvidable.



El Padre Muerto” de Donald Barthelme; Traducción de Catalina Martínez Muñoz; 2009; 192 págs; ISBN: 978-84-96867-54-3; Editorial Sexto Piso. Nota: Libro de cortesía editorial elegido, con muy buen criterio, por un servidor.