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martes, 3 de junio de 2014

“Autopsia” de Miguel Serrano Larraz

«¡Ah, los poetas! Ellos y sus arrobados circunloquios, esos cuencos de mendigo en los que pueden verterse los sentimientos de cualquiera, que luego serán bebidos por el propio bardo, ya tibios y empozados». (“Edipo en Stalingrado”, Gregor von Rezzori)

O sea, super-superfan de este señor.

“Autopsia” de Miguel Serrano Larraz es un ejemplo perfecto de esto que dice el amigo Gregorio: de cómo un poeta (Miguel lo es) y sus circunloquios de autoconsumo pueden cargarse una novela, novela que sin los mencionados circunloquios no sería –atentos al chiste- NADA.

Ser tan poca cosa, apenas prosa.

Querrán ejemplos. Yo se los doy. Es más, así como Pedro fundó, sobre una piedra, una iglesia; así como Miguel Serrano Larraz creó, a partir de una anécdota infantil, una novela; pues así yo, sobre un par de citas, construiré una reseña. Ea.

«A mis pies descansa una maleta negra llena de vinilos y cedés, la maleta de Hans (un maletín de piel de cocodrilo, ha dicho Hans poco antes, regalo de mi tío y tutor el cónsul Tienappel), la maleta resplandece con un violeta eléctrico, inevitablemente pop, me gustaría abrirla y tocarla, rozarla al menos, acariciarla con la mano, con la yema de los dedos, pero sé que no lo voy a hacer, la golpeo con la punta del zapato para comprobar que es real, que existe (para comprobar que existo yo, que existe la realidad), le doy golpecitos así, toctoctoctoc, como quien llama a una puerta sin estar seguro de si allá dentro, en la habitación en penumbra, alguien descansa o duerme o piensa».

Todo esto para decir que un señor toca una maleta con punta del zapato. Toctoctoctoc. Es el sonido de un tronco vacío al ser golpeado.

Bueno, pues así toda la puta novela. To-da. 

Que sí, en serio. Miren, les dejo otro fragmento. Este es un poco largo para lo que viene siendo habitual en este tipo de reseñas, pero sinceramente creo que es bastante representativo del estilo que el escritor utiliza en esta, digamos, novela de inacción y recogimiento:

«No sé nada de vosotras, queridas, y cuando digo nada quiero decir nada, absolutamente nada. ¿Querría saber algo más? Me gustaría saberlo todo, todo, es lo único que desearía ahora mismo, lo único que barrería esta pena que me recorre, ver cómo habéis madurado, cuáles son vuestras decepciones y vuestras esperanzas actuales, qué queda en vosotras de vuestra infancia y vuestra adolescencia infernales (¿cómo te atreves a juzgar así, con ese adjetivo vacío, pretencioso?) Laura, Beatriz, ¿pensáis en nosotros alguna vez? Me gustaría saber a qué se dedican vuestros padres (si es que todavía viven), dónde tenéis vuestra casa, en qué barrio, en qué ciudad, en qué país, cuánto medís, cuánto pesáis, si tenéis hermanos, si tenéis sobrinos o hijos, si habéis ido a la universidad, si habéis viajado, qué libros os gustan (si es que os gusta alguno), qué películas, qué música, qué drogas habéis probado, cuántas veces os habéis emborrachado y en qué circunstancias y a qué precio, si os habéis enamorado, si se han enamorado de vosotras, qué habéis estudiado (si es que habéis estudiado algo), en el caso de que no hayáis ido a la universidad, dónde trabajáis, haciendo qué, a qué precio, cuánto cobráis, a qué dedicáis el tiempo libre, cómo es vuestra vida sexual, si tenéis orgasmos o deseos ocultos, qué enfermedades habéis sufrido, qué dolores, cómo fueron los partos, si es que hubo partos, si alguna vez habéis practicado el sexo oral o el sexo anal o el sexo en grupo, si os masturbáis, y en ese caso pensando en qué, en quién. Me gustaría saber todo aquello por lo que nunca mostré ningún interés cuando compartía mi vida con vosotras, en cierto modo».

Lo que yo decía: toctoctoctoc.

Querría saberlo todo, dice. ¿No era suficiente con eso? Todo es todo, coño, Miguel, sexo anal incluido. ¿A qué viene, entonces, la agotadora enumeración? Les voy yo a decir a qué viene: a nada. A no saber frenar, a eso viene; a, no teniendo nada que decir, decir, igualmente, algo, lo que sea, y así, a lo tonto a lo tonto, ir llenando páginas y más páginas de frasecitas, de signos de puntuación, de setecientas formas de hablar de uno mismo o de aquello que no tiene maldito interés («Se llevó los folios en el bolso, un poco combados, aunque sin doblar del todo»), como si fuese, el autor, un ávido observador de lo inútil y no un vulgar mentiroso: 

«[…] no me importaba no ganar aquellos concursos (aunque creía, sin duda, que lo merecía, sin motivo aparente, pues carecía de criterio), no ser llamado, citado, reconocido o convocado, solo quería que alguien me leyera, no a mí (mi cuerpo, mis humildísimas entrañas expuestas como ahora sobre la mesa de un funcionario: qué dañina es la ingenuidad, qué peligrosos los sobreentendidos), sino aquello que me había sucedido, necesitaba que alguien creyera que lo que yo narraba había ocurrido de verdad, en cierto modo, en algún lugar, que creyera en ello durante unos minutos, el tiempo exacto de la lectura, y no más, ni un segundo más, la verdad tal y como yo la contaba […].»

A este ritmo pego el libro entero.

Pues esto, así, durante 400 páginas total para esto:

Se supone que el protagonista es el propio escritor. Pero no. Lo sé porque lo ha dicho en una entrevista. En la novela finge que sí, por aquello de hacerlo creíble, por aquello de añadirle algún valor. Porque la ficción es lo que tiene. Personalmente me trae sin cuidado, pero ahí dejo el dato, por si les interesa. 

La novela intercala varias narraciones: al pasado lejano le sucede el pasado cercano; al presente, otro pasado… bueno, da igual, varias. Se van alternando, ya que, de otro modo, sería un libro de relatos sobre la infancia y la madurez y eso no vende, que está muy visto y no es plan de saturar el mercado. Total, que muy moderno todo.

¿De qué hablábamos? Tanto divagar… Ah, sí, del argumento.

No hay. Es decir, son recuerdos, cosas que han pasado, que se cuentan, eso sí, por una razón. «Todo comienzo es involuntario». Sí, ya, claro, a otro perro con ese hueso, Miguel.

Y aquí la cuestión:

Parece ser que Miguel, de niño, fue malo. Llamaba Caca purulenta a una compañera de clase. Era, en general, ya digo, malote, cruel, de esa crueldad infantil de mutilar lombrices. De mayor se arrepiente por algo que no puedo contar porque se supone que es una sorpresa, pero se arrepiente. También se ha hecho mayor, ha tenido un hijo o una hija, y bueno, quieras que no, esas cosas te hacen pensar y caer en la cuenta de lo crueles que podemos llegar a ser. Unos dicen “vaya” o “caramba”, otros lo tiene como tema durante una tertulia con amigos; otros escriben una novela. Miguel es de los últimos.

Y oye, que muy bien, en serio, cada uno con su tiempo hace lo que le place. Yo, por ejemplo, me he leído el libro entero. Lo que sí puedo decir es que no ha valido la pena el esfuerzo. Citando al autor, «la información entraba en mí y volvía a salir con la misma facilidad, sin dejar ninguna huella, ningún sedimento». Esta es la mejor frase de la novela.

Toctoctoctoc: hora de cerrar.

Termino con una cita ilustrativa de lo que pasa cuando a uno le gusta demasiado leerse. 

«Fonzo me llamó una tarde y me preguntó que por qué no quedábamos a echar una cerveza (fue, efectivamente, una pregunta, y formulada como tal: Oye Miguel, ¿por qué no quedamos a echar una cerveza?)»

Y así.

Si a ustedes también les gusta leer más o menos las mismas naderías chorrocientas veces, este es su libro y Miguel Serrano Larraz, su nuevo autor de cabecera.

Gocen. Si pueden.