La política [de este blog] de este año no está siendo tanto evitar las reseñas “malvadas” como las malas lecturas. Si el anterior fue el año de leer novedades a costa de todo (y todos) este es el de cuidar mínimamente la selección (sin dejar de darme el gusto de cometer algún pecadillo menor), regresar a los clásicos populares, pasear por la postmodernidad… En la variedad está el gusto. Pero como no sólo de pan vive el hombre y sabiendo que uno no puede ir contra la propia naturaleza más de tres meses seguidos sin perder la cabeza, me estoy regalando quince días de novedades más o menos novedosas, más o menos conocidas, un poco por cambiar de aires y no acabar hasta los huevos de las circunstancias. Esta es la reseña de una de esas novedades que iré comentando a lo largo del mes.
Déjenme que matice el párrafo anterior para que vean que no es una reflexión tan peregrina como parece: no ha pasado el tiempo de leer novedades sino el de leer novedades infumables, esto es: se acabó hacer determinados "esfuerzos” para llegar a la última página y de ahorrarme también el esfuerzo de compartir la experiencia. Al grano: el libro de Rengel lo empecé y lo terminé. Me duró dos días. Este es el mejor cumplido que puedo hacerle. De hecho este es casi el único cumplido que puedo hacerle.
* * * * * * * * * *
"El asesino hipocondríaco" trata, adivinen, sobre un asesino a sueldo, un hombre de una extricta moral kantiana (así se define él) que es, para más inri, hipocondríaco. Tachán. Así de apasionante, así de original. Nuestro protagonista tiene el encargo de matar a un completo desconocido, tarea a la que dedica demasiado tiempo por culpa de sus múltiples enfermedades que son como piedras en el camino de la profesionalidad. Quienes tengan algún hipocondríaco en la familia o entre sus amistades ya sabrán cómo va esto: son seres muy divertidos cuando se observan desde la distancia pero ya dormir con ellos cada noche de cada día es otro cantar. La novela de Rengel es divertida por eso: porque hay un tipo que padece chorrocientos males haciendo el ganso todo el rato que dura la novela que por cierto está construida a base de capítulos cortos en los que se intercalan breves biografías médicas –que acaba siendo casi lo mejor de la novela- de algunos escritores populares (Voltaire, Tolstoi, Proust, Descartes, Kant, Poe, Byron, Swift, etcétera) o el detalle de equis enfermedad cuando esta se presta a la comedia (o no): “El embarazo imaginario no es algo como para tomárselo a broma. No es nada de lo que burlarse, ni que pueda parecer divertido a nadie, y mucho menos a un profesional de la salud. Se trata de un trastorno somatomorfo, que tiene su origen en anomalías neurológicas en la zona cerebral responsable de la interocepción, y que conlleva dolencias somáticas múltiples en diversos sistemas orgánicos, incluidos algunos que se encuentran bajo el completo control del sistema nervioso vegetativo. Un trastorno somatomorfo puede afectar a sistemas como el cardiovascular, el gastrointestinal o el respiratorio. Y si su causa última se encuentra en una efectiva alteración fisicoquímica a nivel cortical, no entiendo por qué razón puede mover a la risa.”) Como la wikipedia pero en currado, vaya.
Y ya está. Esta tiene que ser, por fuerza, una reseña breve ya que en la novela apenas ocurre nada que no sea seguir a un señor, lamentarse, volver a seguirlo, meter la pata, meter la pata, meter la pata, lamentarse, hablar de escritores, describir dolencias varias, etcétera, etcétera, etcétera y de ahí que haya estado a un tris de compartir este espacio con la reseña de otra novela también bastante chorras, que he acabado dejando para otro momento. “El asesino…” no se mueve, no conduce a ninguna parte, está ahí, disecada, en plan monotemático la mayor parte del tiempo abusando de sí misma. Es como un larguísimo monólogo del club de la comedia a la que se le ha añadido un final bastante previsible para no dejarla, además de tonta, coja. Resumiendo: la hilarante (a ratos sí a ratos no) historia de un tipo al que no le sale matar porque cada día es su último día y así no hay quien se concentre. Recomendada para tiempos muertos, visitas al baño y amantes de lo insustancial.

