lunes, 1 de septiembre de 2014

“Leche” de Marina Perezagua

No soporto reseñar relatos. Creo que ya lo he dicho alguna que otra vez. No sé porqué me empeño, a qué viene esta insistencia mía, esta permanente necesidad de sufrir. De verdad que no. Pero bueno, ya que estamos.

Durante unos minutos, unos 3.000, hace un par de semanas —o un mes, dependiendo de lo tarde en publicar esto—, llegué a creer que me estaba aficionando a los relatos; que lo mío, ahora, iba a ir por ahí. Se lo juro. Fue terrible. Qué mal trago. Culpen al verano si quieren. O no. Afortunadamente, gracias a Marina Perezagua, se me ha pasó rapidito la tontería.

No quiero dar a entender que el libro de Marina Perezagua sea tan malo que obligue a quien se acerque a él a renunciar de por vida a todo un género, por más que este sea breve. No. Mis paseos entre relato y novela son cíclicos y con “Leche” terminó uno. Saquen ustedes, con esta reseña, la conclusión de si tuvo o no tuvo la calidad del libro, parte de culpa.

Pero hablemos de los dichosos relatos. (¿Les he hablado ya de la pereza? Ains.)

Si me viese obligado –por amenazas a mi integridad física, por ejemplo— a opinar qué tienen en común los relatos de Marina Perezagua incluidos en este recopilatorio tendría que hablar de la búsqueda de lo bello en los terrenos del horror. Y no estoy hablando de follar en cementerios sino de sacar, de algo terrible, infame, despreciable o triste, algo hermoso, y obligar al lector a enfrentar la mirada, con una mueca de desagrado, a lo que está ocurriendo y obligarlo también a no apartarla y a no saber exactamente qué hacer, si reír, gruñir, masturbarse o qué. Aceptando que esta sea la intención de la escritora, que no lo sé, el valor de los relatos, fuera del “interés” que uno pueda sentir por lo narrado o por la forma de hacerlo, debería residir, al menos en parte, en el resultado del ejercicio, es decir, en si realmente Perezagua logra crear esa atmosfera de terror, que el lector sea incapaz de apartar la mirada y que, para rematarlo, agradezca el viaje. Muchas cosas.

La leche de cosas.

«A medida que pasaban los años, la pérdida corroía cada vez más a H., y un día pensó que quizá el contacto con otras madres en una situación similar la aliviaría, en el calor de aquellas que lloraban, en el campo enemigo, la muerte de un hijo. Así surgió la idea. Me dijo H. que al buscar nombres para la asociación ninguno le convino mejor que aquél con que los norteamericanos habían bautizado a la bomba, y así la llamó: Little Boy».

Pues sí, algo así: ponerle el nombre de bomba a la asociación que has montado por culpa de aquella cosa que te privó de un derecho, tiene ese punto que roza el masoquismo más cruel. El fragmento corresponde a uno de los mejores relatos: “Little boy”, un relato que nace de una Hiroshima en sus peores momentos. Sin entrar en mucho detalle, trata sobre bombas y maternidades y lo que resulta de combinar ambos desastres.  

Dentro de lo puramente anecdótico, aunque no por ello menos cansino, es el continuo (ab)uso de los animales para dibujar las metáforas o imágines:

«una explosión parece referirse a un estallido cualquiera, al del calamar que en la sartén toca el aceite demasiado caliente», «Más de veinte mil conejitos folladores y pirómanos», «como abdómenes de araña secretando su hilo», «Pensaba en él como en la cola que, separada de la lagartija», «como un lagarto sin ojos.», «sintiendo el desamparo de un reptil que extraña el coleteo del mismo rabo que desprecia», «tan delicada como la de esos insectos plateados que habitan en las humedades», «en sus pestañas, que recogen partículas que, como escamas, se le desprenden de los párpados», «me gustaría que esta harina de pelo de perro, de barro en los zapatos, de alas de mosca, le aportara algún nutriente», «El buitre que, ignorante de su vuelo, vive pendiente de la carroña.», «Es como la piel interior de una cáscara de huevo», «Años después, te casarías con una mona. Así la llamabas tú: la mona; aquella mujer tan baja se pasaba el día rascándose la cara y los brazos» ,«Duele el lagarto sin la piel de su palabra.», «Mejor guarda tu palabra para la siesta frente a la televisión de la familia cerda.», «Me deslizo desde mi esquina hasta la tuya como una serpiente con patas», «una agitación de hormigas deseantes que empezaron en los talones», «como si aplastara una nube de mosquitos persistentes,»

Y lo que es peor: un largo etcétera.

“Leche” es irregular. Lo mismo toca el cielo de las bombas que baja al infierno de las aves de corral. “Blanquita”, por ejemplo. Blanquita va de una mujer que cocina un pato o una oca (una oca) que es como de la familia (buena, guapa, hacendosa, una niñera excepcional) y se la da a comer a su hijo, aprovechando que es medio lelo y no se va a enterar de que hasta ayer mismo aquello era su juguete. Para empezar “Blanquita” es un microrrelato engordado, en la forma y en el fondo, lo cual ya lo va poniendo en su sitio. Para terminar, Blanquita tiene un final horrible, que no suena ni a chiste ni suena a nada y que parece el típico cuento que se idea en el metro, se escribe en el avión y se revisa en el taxi. Decepcionante. Mucho.

«Qué crueles habían sido. La madre observaba a su hijo comer y, para aliviar el nerviosismo que le provocaba esa imagen, apartaba de vez en cuando la mirada buscando los ojos del padre. El era cómplice de aquella culpa, que durante los primeros cinco minutos de la comida impidió a la madre probar bocado. Pero qué crueles, pensaba la mujer cada vez que el pequeño se llevaba a la boca el tenedor pinchado con un trozo de Blanquita, la oca que ellos mismos le habían regalado hacía tres años».

Llegados a este punto uno ya no sabe a qué atenerse, lo cual tiene su gracia, pero es que venimos de leer cosas que tampoco es que nos hayan vuelto locos: 

En “El alga” una mujer que finge su propia muerte recibe la visita de un misterioso visitante; en “El” hombre hecho ceniza es cuidado por una emocionada y paciente mujer que no tardaré en descubrir algo terrible. Con “La tempestad” sólo puede en diagonal. En “Aniversario” una mujer visita al cabrón de su padre para celebrar el aniversario de su separación: «Hoy es un día de celebración. Hoy es nuestro aniversario y tenemos que estar contentos. Anda, toma esta copa de vino y brinda conmigo por Frances Haslam, que pidió perdón a sus hijos por morir tan despacio.»

«Van llegando. Les oigo. Son todavía un coro de suspiros y susurros indistinguibles en el muelle. Disimulo y espero. Tengo curiosidad por escuchar esas cosas que sólo se dicen a los que ya no oyen. Tumbada bocarriba, inmóvil en el balanceo de la barca, el graznido de las gaviotas empieza a adquirir otro sentido. Ahora cantan. Las gaviotas son las sirenas del marinero muerto, pienso». (El alga)

Y más. Siempre cosas terribles, en ocasiones rozando el fantástico, que es, me atrevería a decir, cuando se obtienen mejores resultados (excepción que debe hacerse al aburrido Homo Coitus Ocularis: «Los registros dicen que sólo quedamos dos. Somos las últimas personas. Yo y tú, mujer y hombre, el final de una cadena que decidió colectivamente, por el bien de las demás especies, la extinción voluntaria»). Un ejemplo de acierto sería “Aurática” o el devastador efecto de una puerta mal cerrada o “MioTauro”, donde una mujer enamorada descubre algo terrible. No sé qué tiene Perezagua con las mujeres enamoradas que las obliga siempre a dar con los huesos en tierra. 

También la infancia es una constante, pienso, pero eso es un arma de doble filo. Hacer sufrir a un niño siempre es garantía de éxito si lo que buscas es provocar la arcada, pero precisamente por eso, por lo fácil que resulta, levanta muchas sospechas, algunas probablemente injustificadas. Cuando digo esto pienso en “Las islas”. En “Las islas” un padre se obsesiona con llegar, con un hinchable con forma de islote, hasta otro hinchable con mujer incluída que divisa allá a lo lejos, para lo cual desatiende de forma continuada a los niños que solo quieren jugar con la puta arena. Caigo en la cuenta de que los relatos de Marina Perezagua están llenos de hijos de puta. Pero bien, ese padre terrible, que para alcanzar su objetivo ha de sacrificar a sus niños, tiene también su final terrible (¡Finales terribles para padres terribles ya!), obligando a la justicia a tener un curioso proceder. 

«La atracción era tan irresistible que pensé en el canto de las sirenas y, de la mano de ese pensamiento, vino otro, que me dio el motivo de la imposibilidad de continuar el rumbo: el verdadero canto de las sirenas no es una melodía, no es una voz ni un coro. El verdadero canto de las sirenas es el silencio».

Hay más, pero tampoco quiero aburrirles.

El recopilatorio se cierra con otro gran relato (el que le da el título), que tiene, como el primero, rostro asiático. En “Leche” también hay niños. Pero además de niños (niños hambrientos) hay soldados crueles, mujer desesperadas y sucias y enormes pollas. Eso es el horror. Pero tal como comentamos más arriba, en los relatos de Marina Perezagua el horror se mezcla con la belleza y en ocasiones, como en este caso, para conciliar ambos estados se necesita un estómago fuerte.

Ese es el logro y a la vez la condena de este libro: la de Marina es una voz hipnótica unas veces e interesante otras; en ocasiones brillante, incluso, pero perfectamente capaz de resultar al mismo tiempo insoportablemente lírica, aburrida y adormecedoramente peligrosa (de cuántos relatos estuve a nada de salir corriendo es algo que me llevaré a la tumba). Se adivina en Marina Perezagua un alma de poeta con problemas para adaptarse al verso, por más que éste pueda ser libre, pero se adivina también una intuición para llevar al lector a un estado de terror que tiene por fantasmas la propia familia. 

«Cuando nadie en la plaza, excepto tú, podía todavía olerme el deseo, intenté enfriarme en el pensamiento del castigo que me amenazaba si cedía a las ganas, pensar que estaba a tiempo. Pero resultó demasiado tarde, nos movíamos ya en una danza incorpórea, espejo de aquella noche que me dio un niño mitad yo y mitad tú; mitad animal, mitad hombre y mujer, ligando pases en un fraseo amatorio que, finalmente, abrió mis aguas a tu fuerza».

jueves, 28 de agosto de 2014

Resumen de lecturas AGOSTO 2014

Un mes curioso, este agosto. Ha habido lecturas de todo tipo. Ha habido relatos, biografías encubiertas, algo de ciencia ficción, un clásico inmortal, un alemán inmisericorde, escritores misteriosos, italianos kafkianos, dramas lacrimógenos y perfectos inútiles. En la variación está el gusto y aunque ha sido un mes de calidad bastante irregular el balance general ha sido positivo. Es lo que tiene terminar con buen sabor de boca. 

Vamos con ello.

“Muero por dentro” de Robert Silverberg


Ciencia ficción. Va de un chaval que puede leer las mentes. Hay una reseña escrita que saldrá en breve que dice, entre otras cosas, lo siguiente: “La novela, protagonizada por un ser triste, aburrido y cargado de remordimientos por un don que no ha pedido, se centra en analizar con detalle la angustia de ser diferente, preguntándose (y tratando de dar respuesta a) cómo es posible que alguien con la capacidad de conectar con las mentes ajenas no pueda evitar hundirse en el aislamiento y acabar siempre más solo que la una. Lo que viene siendo pasar demasiado tiempo en Facebook, para que nos entendamos.”



“Pistola y cuchillo” de Montero Glez

También de esto hay una reseña escrita y pendiente de salir. Septiembre se las promete terrible. “Pistola y cuchillo” va de Camarón, el cantante, cenando, bebiendo y fumando en un bar y tratando de decidir si va a dejar o no va a dejar que un gallo cante al amanecer. Suena raro pero es la pura verdad. Es una novela muy condicionada. Te tiene que gustar Camarón, Montero o la sopa de ave con fideos. Si ninguna de los tres, lo mejor es darse a la bebida.



“La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías” de Colectivo Juan de Madre

Bueno, esto no va a ser fácil. Esta novela recuerda mucho a “La casa de hojas” del amigo Danielewski —por razones equis en las que no entraremos ahora—, y por lo tanto se arriesga a llevar palos por todas partes. Al mismo tiempo y al igual que ocurre con “La casa…”, viene acompañada de reseñas varias, todas elogiosas, que es algo que siempre levanta muchas sospechas. Vamos, que lo tiene todo. Quiero dejar claro que la leí libre de prejuicios, que ya es raro también. Respecto a la reseña… bueno, de eso hablaremos en septiembre pero les adelanto que ya hacía tiempo que no disfrutaba tanto “comentando” una novela. 



“Entresuelo” de Daniel Gascón

Malo. Malo, pero malo, malo, malo. Hay libros que no merecen ser editados; editores que merecen ser apedreados y escritores... escritores que… no sé, de verdad, ya, qué hacerles. Este es uno de los peores libros que he leído en toda mi vida. Que ya es decir. Que Mondadori se preste a sacar esto a la calle da una idea aproximada de muchas cosas, entre ellas el respeto que merece. La reseña ya está escrita y pendiente de ser publicada. Tal como he dicho, será un mes duro.



“Leche” de Marina Perezagua

Colección de relatos de la artista revelación del año… del año que sea en que publique. Ja. No me hagan caso. Son relatos y como tales no es fácil emitir un “juicio” general. Los hay mejores, los hay peores. Los hay muy buenos; los hay horribles. También hay reseña. Hablamos en… septiembre, eso es, y diremos cosas como esta: "Durante unos minutos, unos 3.000, hace un par de semanas —o un mes, dependiendo de cuánto tarde en publicar esto—, llegué a creer que me estaba aficionando a los relatos, que lo mío, ahora, iba a ir por ahí. Se lo juro. Fue terrible. Qué mal trago. Culpen al verano si quieren. O no. Afortunadamente, gracias a Marina Perezagua, se me ha pasó rapidito la tontería."



“Sobre el acantilado y otros relatos” de Gregor von Rezzori

El pasado sábado (23 de agosto) se publicó en Babelia una lamentable reseña en la que el crítico aseguraba que de los tres relatos incluidos en este recopilatorio, el tercero, que no estaba a la altura, podía el lector “ahorrárselo”, directamente. Bueno, en fin. Babelia. Una cosa es que no esté a la altura, pero de ahí a considerarlo tan malo como para no leerlo media un abismo. Quitando esta puntualización, todo lo que quise que decir de este libro lo dije aquí: clic.



“El patrón” de Goffredo Parise

La cosa va de trabajar, trabajar, trabajar. No, no es cierto. La cosa va de trabajo, trabajo, trabajo. Que es muy diferente porque en esta novela, lo que es trabajar, se trabaja muy poco. Ahora bien de trabajo se habla un rato. De hecho no se habla de otra cosa. El Patrón tiene un gran comienzo: un hombre, un joven del campo, llega a la gran ciudad para empezar a trabajar en una empresa. Hasta aquí todo normal o todo lo normal que es encontrar trabajo hoy en día. En el momento en el que el protagonista cruza la puerta, todo se vuelve surrealista. Lo gracioso de todo esto es que, cuanto más surrealista, más realista. No se lo van a creer, pero la reseña saldrá en septiembre.



“Edipo en Stalingrado” de Gregor von Rezzori

Edipo en Staligrando representa el exceso. Tengo un problema con esta novela. Disfruté con ella tanto como la odié. Entiendo y valoro la intención del escritor pero me pregunto si era necesario pasarse, a veces, tantos pueblos. Edipo es un crítica salvaje que, como tal, siempre será bien recibida pero Rezzori, a veces, agota. De momento, no hay reseña pero todo se andará. O eso espero.



“Tom Jones” de Henry Fielding

Una de las mejores lecturas del año. Grandísima novela. Puro divertimento que acabo de terminar cuando escribo estas palabras. Tom Jones, la gran novela. ¿Qué decir que no haya sido dicho ya? Nada, seguramente. Ignoro si habrá reseña. Debería.






“El hombre que amaba a los niños” de Christina Stead

Cuando escribo estas palabras estoy a setenta u ochenta páginas de terminar esta novela y, teniendo en cuenta que supera las 700 yo creo que algo ya puedo decir. Y digo esto: “El hombre que amaba los niños” es una novela absolutamente maravillosa a la vez que demoledoramente triste. Si la van a leer, prepárense a pasarlas putas. 

Magnífica. Durísima. Inolvidable.





* * * * * * * * * 

Y eso ha sido todo, que ya no está mal. 

En septiembre no sé qué leeré, la verdad, el cuerpo me pide ladrillos. Tolstoi, me pide. Pynchon. Ya veremos. De momento, casi seguro, Mercedes Cebrián (“El genuino sabor”), Augusto Cruz (“Londres después de medianoche”) y Mrozek (“Baltasar, una autobiografía”) por aquello de que ya los tengo en casa. Seguramente también Lázaro Covadlo (“Nadie desaparece del todo”) y Emilio Bueso (“Extraños eones”), por aquello de que los tengo pedidos. Tal vez Eugenides o Ford o Lehtem, por aquello de refugiarme en un clásico moderno.

Eso en lo que se refiere a novedades. Saliendo de ahí, debería caer Fielding, Sterne, Saroyan, Vonnegut, Barthelme, Faulkner,… Pero ya veremos. Poco a poco. En un mes, salimos de dudas.



jueves, 21 de agosto de 2014

“Rascacielos” de J.G.Ballard

Póngase un edificio de, no sé, no recuerdo, digamos 40 plantas. Llénese de gente. Aíslese. Agítese. Déjese explotar. 

El resultado: “Rascacielos” de J.G Ballard.


“El edificio de apartamentos estaba creando un nuevo tipo social, una personalidad fría y cerebral impermeable a las presiones psicológicas de la vida en un rascacielos, con necesidades mínimas de intimidad, y que proliferaba como una avanzada especie mecánica en esa atmósfera neutra. Era el tipo de gente que se contentaba con no hacer otra cosa que estar sentada en el costoso apartamento, mirar la televisión con el sonido apagado, y esperar a que los vecinos cometieran algún error.”


Argumentemos

En un gran edificio, equipado con todas las comodidades habidas y por haber (“era un modelo de todo lo que la tecnología había desarrollado, haciendo posible de este modo la expresión de una psicopatología auténticamente «libre»”), tantas que han llegado a favorecer el (re)nacimiento de las diferencias de clase (a mayor altura, mayor estatus), se produce un incidente equis en la piscina de la décima planta. Algo insignificante, creo, pero hablo de memoria. Este incidente será la chispa que inicie un incendio que prometerá arrasar con la acomodada situación de los habitantes del monstruo de cemento al movilizar a quienes, hasta el momento, habían sentido una inclinación natural a la inacción. O sea, todos.

“Para Helen, por supuesto, era una cuestión de nivel social, mudarse a una «vecindad mejor», lejos de este suburbio de clase baja, a un piso alto en elegantes distritos residenciales entre los pisos quince y veinte, de corredores limpios, donde los niños no tenían que jugar fuera, y la tolerancia y la sofisticación civilizaban el aire.”

La novela tiene tres protagonistas: el representante de la clase “baja”, el de la “media” y el de la “alta”. El segundo es la sumisa observación; es un hombre que se adapta a las circunstancias y que incluso las disfruta ya que eso le permite librarse de las ataduras de las convenciones sociales más estrictas. Es realmente entre las clases baja y media (quienes viven, más o menos, por debajo del piso quince y por encima del treinta y cinco) donde se produce el mayor enfrentamiento. Y estoy utilizando el sentido estricto del término. Tiene lugar una auténtica batalla campal en la que el logro está en ir subiendo, poco a poco, avanzando por terreno y apropiándose tanto de las viviendas como de sus habitantes. 

Todo esto viviendo de espaldas al mundo. Lo que ocurre en el edificio, se queda en el edificio. Fuera,  hombres de gris, corbatas de seda; dentro, taparrabos y bates de béisbol.

“Ahora el nuevo orden había aparecido, y toda la vida del rascacielos giraba en torno a tres obsesiones: seguridad, comida y sexo.”

Y es que al final se trata de eso. La involución, la bestialización. Ya saben, lo de dar rienda suelta al animal que llevamos dentro. Se pacta, sin contratos de por medio, el todo vale. Se negocia una pausa con el progreso, dentro de ese microcosmos, y se olvida y se desprecia todo aquello que favorece la convivencia. Quién no ha jugado alguna vez a los indios.

“En el futuro, la violencia se transformaría sin duda en una valiosa forma de cohesión social.”

Esta novela forma parte de la trilogía urbana de Ballard (la otras son Crash y La isla de cemento, cuya reseña pueden leer aquí) por lo que conocer las anteriores puede ayudarles a hacerse una idea de la intención del escritor. Al margen de lo mejor o peor llevada que esté la novela (se echa en falta una visión más global y menos centrada en unos protagonistas cuyas acciones acaban resultando un tanto repetitivas) está el hecho de entender al ser humano como un animal civilizado que fantasea con la idea de abandonar la urbe y volver a la libertad del campo y la cueva (exactamente lo que ocurría con La isla de cemento pero con algo más ritmo), donde la superviviencia depende de la habilidad para la caza y no de la capacidad para entender los mercados financieros.

El fracaso de ponerle una corbata a Tarzán.

Los amantes de las comunidades de vecinos están de enhorabuena, al fin una novela que retrata fielmente lo que deberían ser este tipo de reuniones. Ídem de lienzo para los que opinen que cualquier tiempo pasado fue mejor o para los que prefieran hacer las barbacoas directamente en el suelo. 

Lejos de apasionante, “Rascacielos” es un interesante reflexión sobre lo que somos y sobre lo parecemos pero sobre todo, sobre lo que nos gustaría ser si nos dejasen un ratito, sólo un ratito, a solas en un edificio con veinte como nosotros. Menuda fiesta.