miércoles, 4 de mayo de 2016

‘Siete casas vacías’ de Samanta Schweblin

Yo he sido defensor (y, es más, yo he recomendado y gracias a me consta que se han vendido ejemplares varios) de la novela de Samanta Schweblin, Distancia de rescate, pero, con todo, no quiero ni oír hablar de obra maestra, ni siquiera de obra excepcional, magistral o lo que se les ocurra que tenga que ver con altares menores. Que ni les pase por la imaginación, vaya. Distancia… es una novela entretenida, que se lee de una sentada y hace pasar un rato estupendo. Y punto. Porque también es una novela muy tramposa que nunca llegará a nada en la vida precisamente por eso, por mentirosa (porque las trampas sólo están permitidas siempre que no le salten a uno a los ojos durante la lectura; todo lo más, horas después, minutos incluso, y no es el caso). 

Pero no estamos aquí para hablar de Distancia de rescate.

Mi problema (es decir, “problema”) con Siete casas vacías, que tampoco negaré haber disfrutado moderadamente, es que es casi más de lo mismo. Es que no me ha entusiasmado.

Esto, dicho así, e inmediatamente después del párrafo anterior o meses después de la reseña de marras publicada en este mismo blog y escrita a dos manos por un servidor de ustedes, suena inevitablemente bien. Tan bien suena, de hecho, que me los estoy imagino, a todos ustedes, corriendo presurosos a comprar librito.

Refrénense. Primero, hablemos.

No les haré perder mucho tiempo. Lo cierto es que realmente no tengo gran cosa que decir ni demasiadas ganas. Aquí es que somos mucho de extremos y cuando no los hay, cuando la novela se sitúa en un insípido ecuador, nos aburrimos a nosotros mismos y nos odiamos por no estar haciendo cualquier otra cosa mucho más divertida tipo leer las entrevistas y las reseñas de unlibroaldia blogspot etcétera.

Al lío.

Nota importante: la Samanta de este recopilatorio (que ganó un premio y tal, pero quién no lo hace hoy día; ganar algún premio, digo, si ya parece, en ocasiones, que no haya otra forma de publicar) es exactamente la misma de Distancia. La mismísima. Esto ya dice mucho. Todo, probablemente. Quiero decir, que si les ha gustado Rescate, fenómeno, a gastar capital; qué no, fenómeno también, lo que se ahorran. 

Resumiendo: esperen sorpresas cero.

Samanta es una escritora hábil para crear atmósferas –pese a que todas las atmósferas acaban siendo bastante parecidas, hijas de la misma madre—, y para mantener una tensión a golpe de ocultar información al lector o exponiendo a sus personajes a situaciones de un estrés de origen incierto, que para el caso es lo mismo. Por ejemplo, la típica señora que, en su vejez y desde algo parecido a un enfisema pulmonar, se siente acosada por el hijo del vecino y va de acá para allá jugándose el pellejo y recordándonos tanto a nuestra dulce abuelita... O la señora (cuántas señoras) que se dedica a invadir hogares ajenos ante el estupor, la indignación y el histerismo de una hija que la acompaña allá donde vaya y que la disculpa y la saca de berenjenales varios. O la nena que se deja “secuestrar” por un completo desconocido que la regala ropa interior toda vez que la suya se ha perdido de una forma un tanto surrealista y absurda a más no poder. O…. Y así hasta siete, de ahí el título.

Los relatos de Samanta se dejan leer (no vuelvo a decirlo) pero tienen una sola cara. Son pildoritas de intriga, monodosis de suspense marca acme. Artificios tan efectivos como ligeros e insustanciales.

Si aceptamos que un relato deba ser, sea o, incluso, qué demonios, pueda ser (ahora bien, jamás única y exclusivamente) un instrumento de placer instantáneo (porque, las cosas como son, tampoco hay necesidad de trascender cada cinco putos minutos) y siempre y cuando atienda a las normas básicas de, uno, no aburrir (imperativo, esto) y, dos, no impresionar únicamente a golpe de prosa; pues siendo así, es decir, suponiendo o aceptando que un relato sea el equivalente a un episodio cualquiera de una temporada cualquiera de un serie cualquiera (una serie no especialmente abyecta, al menos) o lo que es lo mismo, un objeto que nos entretenga exactamente el tiempo que dure su lectura y la subsiguiente cerveza, entonces sí tendría que reconocer que los relatos de Samanta Schweblin no están del todo mal. ¿Que yo espero más de un relato? Sí, lo hago, pero también es verdad que cada vez menos.

Al final, es verdad, tenían ustedes razón: basta con bajar el listón un par de metros para que todo sea mucho más happy.

Creo que estoy empezando a entrar por el aro. Lo noto.



En nada estoy presentando libros.

jueves, 28 de abril de 2016

Resumen de lecturas ABRIL 2016

Muy brevemente. Esta vez, sí, de verdad; lo juro. Y, ya puestos, lo hacemos un poco diferente. Para empezar, foto de grupo:



Mes de muchas lecturas y pocas reseñas. Hay meses así. Sirva este resumen para poner un poco de orden.

ABRIL fue, en gran medida, un mes que sucumbió al verano ruso, algo que se veía inevitable tras leer Guerra y Paz. Fueron cinco las novelas (todas editadas por Alba), cuatro si aceptamos que una de ellas es más bien relato (lo es) y todas de Turguenev: Rudin, fue la primera que escribió y es interesante no tanto por la historia como por el personaje que incorpora a la literatura y que será una constante (evolucionada) en obras posteriores. Le siguió Nido de nobles, notablemente mejor que Rudin pero todavía lejos de Padres e hijos, una obra maestra indiscutible de la literatura que recién ha reeditado Alba para regocijo de muchos, ya que la traducción que había hasta ahora era bastante mala y no se dejaba leer con felicidad (por no decir que directamente no se dejaba leer o al menos yo no pude tras un par de intentos). No se la pierdan, por favor. De esta quisiera hacer reseña, espero encontrar un momento. Después llego Diario de un hombre superfluo, novelita menos de escaso interés que leí más por completismo que otra cosa. Humo es también una obra ligeramente menor a Padres e hijos (estaría al nivel de Nido de nobles), pero muy interesante también. Pero tiene de bueno a una mala bellísima, un personaje maravilloso de puro egoísta que se come literalmente la novela. Lo que menos me ha gustado de Humo es que se fuerza demasiado la inclusión de las ideas que Turgeniev quiere hacer evidentes por alguna razón (su occidentalismo, fundamentalmente) y que provocaron su enemistad con Dostoievski (rusófilo de pro).

Con todo, el nivel, en general, es bastante alto. Recomiendo encarecidamente leer a Turguenev; cualquiera de sus novelas pero, si han de quedarse con una, que sea Padres e hijos

A todo esto, en mayo Alba edita, también de T., una nueva traducción de En vísperas. Compra segura. Lectura inminente, diría inevitable.

Las últimas cuatro novelas de un mes que, como ya dije, acabó en manos del relato, fueron Un vaso de cólera de Raduan Nassar (Sexto Piso), intensa novela sobre una acalorada discusión, un libro (muy breve) que quiero releer antes de comentar (todo porque sospecho que me he dejado cosillas en el camino); El paseo de Attila Bartis (Acantilado), una novela de corte dickensiano que tiene una primera mitad magnífica pero que acaba cayendo en la repetición y con ello en el desinterés de quien esto escribre; Satin Island de Tom McCarthy (Pálido Fuego) es una muy buena novela difícilmente catalogable pero en cualquier caso muy recomendable de la que supongo hablaremos en breve. Por último, La fórmula Miralbes de Braulio Ortiz Poole es la apuesta de Caballo de Troya para el mes de junio (creo que me he adelantado un poco). Novelita menor, corta y alargada en exceso que no aprovecha en modo alguno las posibilidades que ofrece su argumento o que promete la contraportada, algo que no le echaremos en cara toda vez que sabemos que las contras mienten por sistema. Hablaremos de ella en breve.

Y ahora vamos con los relatos.

De Guardar la formas de Alberto Olmos ya hemos hablado tanto y hemos dicho (unos más que otros) tantas tonterías que hemos acabado resecando a la pobre burra. Su libro sirvió, eso sí, para encarrilar el mes (en cierto modo) y devolver o, más bien, despertar de nuevo nuestro vago interés por el relato, un género que nunca tuvo mucho protagonismo en este blog porque aquí somos muy caprichosos. 

De Siete casas vacías de Samanta Schweblin hablaremos la semana que viene. No ha estado mal, pero desde luego ha estado lejos de todo lo bien que se vende por ahí, que parece que le hayan dado el Nobel cuando sólo ha sido el IV certamen Ribera del Duero, premio, si no me equivoco (hablo de memoria), en el que Guardar las formas quedó finalista. Juro que la decisión de leer ambos libros el mismo mes fue puro azar (mezclado con unas gotas de mala leche).

Y Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enríquez. Precisamente ahora estoy con la reseña. No quiero adelantar acontecimientos pero tampoco quiero callar lo que muero por decir: me ha encantado. Sí, señores, yo, que no soy mucho de relatos y muy poco de género de terror, he sido seducido por esta mujer tras la lectura de un único libro que tiene mucho de ambas cosas. Pero ya hablaremos. De momento, tomen nota del nombre.

Hubo otros. Relatos, digo, pero al no haber leído el libro completo, prefiero guardar silencio. Hubo un poquito de mucho: Stevenson (Historia de una mentira); Henry James (un par de relatos incluidos en 13 cuentos de fantasmas); Joseph Conrad (Amy Foster) y Heinrich von Kleist (Michael Kohlhaas) y algún otro que me dejo seguro.


* * * * * * 

PRÓXIMAMENTE...

Da mala suerte hacer planes (después no cumplo ninguno) pero me gustan las listas. Aquí va una:

Actualmente leo, con una calma que no sólo yo sé exasperante (aproximadamente 100 páginas en una semana), al maestro Gaddis y Su pasatiempo favorito, lo último que me queda por leer del escritor y por lo tanto un libro que conviene demorar en la medida de lo posible. También ocupo mi tiempo con Diez de diciembre, de George Saunders, un libro que compruebo ahora con algo de vergüenza que descarté con demasiada ligereza en su momento.

Ya he dicho también que caerá En vísperas de Turguenev, que edita Alba con una nueva traducción (pasa lo mismo con Los demonios de Dostoievski, pero esta tardaré un poco más en leerla) y tengo grandes planes de fin de semana para El cuaderno perdido de Evan Dara (Pálido fuego) y El fantasma en el libro de Javier Calvo.

Al azar (o no) puede ir (o no) lo siguiente: La magia de los días de Antonio Baez; La máquina natural, de Ignacio Fernández; El estado natural de las cosas, de Alejandro Morellón; La polilla en la casa de humo, de Guillem López; Volt, de Alan Heathcock; Lancha rápida, de Renata Adler; Los bosques imantados, de Juan Vico y, finalmente, Informe sobre la víctima, de Marina Sanmartín, otra de esas pequeñas maravillas a las que no acabaremos nunca de acostumbrarnos.

Y cierro este post primero disculpándome por, una vez más, no haber sabido ser todo lo breve que quería y, segundo, confesando que todo esto que acabo de planear puede quedar en nada si finalmente me entrego, como es mi intención, a Marlon James y la que dicen que es la novela del año: Breve historia de siete asesinatos (Malpaso) y a los relatos de Joseph Conrad que en nada estrenará Valdermar. De estos, como de Gaddis, no tengo duda: de mayo no pasa. Ja.

lunes, 25 de abril de 2016

‘Andarás perdido por el mundo’ de Oscar Esquivias

Nos enfrentamos, una vez más, a la eterna cuestión: ¿por qué leemos lo que leemos [y no lo que deberíamos leer]? 

No es mi caso pero este libro podría llegar a ser leído por las siguientes razones: 

Porque dice un tal Ignacio Sanz (crítico de la tormenta en un vaso) que cuando lee a Oscar Esquivias siente, por la razón que sea, hormigueos, pero no dice dónde y yo tampoco soy mucho de preguntar. En un principio creí que la portada tenía algo que ver (a mí me ocurrió que me desangré en cuanto la vi) pero quedó descartado cuando, inmediatamente después, da medio a entender no está del todo mal, que, de hecho, va muy bien con una idea que se le pasó por la cabeza en no sé qué momento, algo que no tiene la menor importancia, al fin y al cabo no todo el mundo puede tener mi buen gusto. Lo realmente interesante viene cuando dice, porque lo dice, que en este colección de relatos pueden ustedes encontrar (ahí vamos) personajes inolvidables. Lo voy a repetir: inolvidables. Vale. Personajes inolvidables en la literatura hay dieciocho, de los cuales seis deben estar aquí.

Más cosas que invitan a la lectura: Ignacio habla de, atentos, “dominio absoluto de la escritura” o del “estilo poderoso” o del “fluir torrencial sin desbordamientos” del gran Esquivias, contra el que (ya se lo adelanto) no siento el menor rencor por haberme hecho perder el tiempo.

Para los incrédulos, he aquí una demostración (elegida al azar, I promise) de dominio absoluto, estilo poderoso y fluir torrencial en la prosa de Esquivias: «Aprendí a nadar el verano que mis padres se separaron. Aquel año no fuimos de vacaciones a San Vincenzo (donde vivían mis cuatro abuelos) y permanecimos en Florencia. Mamá nos apuntó a mi hermana Stefania y a mí a un curso de natación en la piscina Le Pavoniere, que está en una suntuosa villa del Parco delle Cascine, escondida entre enormes árboles, en el lugar más umbroso y frío de la ciudad. Nuestro monitor se llamaba Davide y trabajaba de socorrista. Mi hermana decidió ya el primer día que era el hombre más guapo del mundo y que debíamos casarle con mamá». Yo creo que el entusiasmo de Nacho debe tener algo que ver con la utilización de la palabra “umbroso”, pero no las tengo todas conmigo.

Pero se dicen más cosas, por ahí; cosas que podrían perfectamente invitar a la lectura.

Mi estimado David Perez Vega nos habla desde su ciudad sin cines de cuentos magistrales. Magistrales, eh. Pues eso. Alguno le gusta menos (los más cortos, de hecho) pero esto, dice, es posiblemente (posiblemente) una cuestión de apetencia personal. Entiendo que el resto de la crítica tiene un carácter mucho menos caprichoso. Bromas aparte, me gustan mucho dos cosas en la reseña de David: una, que muchos comentarios (hace uno por relato) los termine, en un ejercicio de honestidad que le honra, con un comentario que roza la negativo o lo no-demasiado-positivo o, en cualquier caso, no-lo-suficiente; y dos, que cierre la reseña dejando claro que, pese a ello, Andarás perdido… le parece el mejor libro de Esquivias y él uno de los mejores escritores de cuentos españoles. Que ya tienes que escribir bien, para que te digan algo así.

Esto último me gusta, sobre todo, porque yo hago mucho caso a David y si David dice que este es su mejor libro yo ya no vuelvo a leer a Esquivias en mi puta vida.

* * * * *

Tengo que decirlo: David fue uno de los culpables (a Ignacio lo descubrí después, minutos antes de sentarme a escribir esto de hoy) no de que yo leyese a Esquivias sino de que eligiese leer a Esquivias, que es muy diferente. 

Me explico.

Por lo general, ustedes lo saben, no soy mucho de relatos. Y precisamente por ello. 

Verán, este ERA el plan: leer (intentarlo), cada día, uno, ni necesariamente novedad ni necesariamente nada. Un relato de un autor diferente, de diferentes libros o del mismo libro o del mismo autor o, yo qué sé, lo que pidiese el cuerpo, como siempre, y después, no sabía cuándo, el viernes, por ejemplo, o el sábado, publicar comentarios, sacar conclusiones precipitadas, emitir reseñas parciales, sesgadas y cargadas de prejuicios, un poco como son las mejores reseñas.

Esto incluiría relecturas, reinterpretaciones y declaraciones de intenciones varias. Sería un juego. Cada semana, una antología de andar por casa, un agravio comparativo tras otro y un permanente prejuzgar lo que quedase por leer.

Y así un mes. O dos. O tres. Yo qué sé. O quince días. Dudo que más. Ya se vería. 

Y ver qué salía.

No pudo ser. Sí han caído relatos diarios, pero no ha habido tiempo para comentarlos. 

Lástima.

* * * * *

Retomando.

Yo quería hacer una reseña en condiciones pero lo cierto es que Esquivias me ha dejado un poco literalmente sin palabras, para qué voy a engañarles. De hecho, no pensaba escribir nada pero tampoco me parece justo dejar que se gasten ustedes el dinero en tonterías pudiendo comprar revistas del corazón. Esta es mi opinión (sincera, honesta, ejemplar… ya saben): no puedo con él. Con Esquivias, digo. Me supera. Y mira lo he intentado, eh. Es más, leyendo el primer relato creía sinceramente estar frente a un escritor con algo que decir. Me duró diez minutos, eso también es cierto. Menudo susto. 

Esquivias es convencional. Donde unos ven dominio absoluto no hay más que corrección; donde estilo poderoso, convención; donde fluir torrencial, paja mental.

Los relatos de Esquivias, que se sitúan en Rusia o Estados Unidos como podrían situarse en Burgos, no pasan de narrar vulgares anécdotas que, por buscarles algo en común, están protagonizadas por seres vulgares, anodinos y bastante cobardes. Podría hablarles de ellos. De los relatos, digo. Podría hablar, si no de todos, de algunos. Podría hablar de los mejores. Elegir dos que salvar de la quema, ponerlos en buen lugar y dejar, después, que viniese el de turno a decir que si Tongoy dice esto de, es que deben ser la hostia o parecido. O también puedo hacer aquello que me pide el cuerpo, que no es otra cosa que putear a la más fea.

Hagamos eso.

Hay un relato muy tonto llamado Mambo del que quisiera hablarles. En él, un hombre anodino y vulgar y un poco cobarde trabaja en un banco al que, cada mes, llega una mujer insoportable (he aquí otro ejemplo de estilo poderoso de Esquivias: «Aparenta unos cuarenta años, muy mal llevados, erosionadísimos (uno se imagina su vida sentimental como un páramo recorrido por vientos helados), pero bajo estos escombros se puede descubrir un rostro más o menos agradable, con unos ojos muy expresivos, casi de actriz de cine mudo») por culpa de ese juego tan de jubilada consistente en mover dinero entre cartillas y pagar recibos y demás zarandajas de primeros de mes. Para más inri, son vecinos. Coinciden en el ascensor; nunca saben qué decirse. Ella es como es y él un poco imbécil. Una noche de cita doble ella se sube al piso un maromo. Él también. Ella, la tonta del bote, pobre infeliz, se lo pasa entre fenomenal y descacharrantemente en tanto que él, en el piso de abajo, sufre incómodos silencios entre plato y plato hasta que su churri de esa noche lo saca a bailar el mambo un poco demostrando que ellos no son menos que los vivalavirgen del piso de arriba. 

No sé, claro, yo veo buena intención y uno siempre hace lo que puede con los medios de que dispone pero me llena de asombro y estupor y temblores; me duele el alma pensar que hay por ahí un hombre que cree que algo como esto es digno de escribir y otro que cree que es digno de publicar. Es un relato que, no contento con rozar el microrrelato, se mete de lleno en el ridículo más absoluto. 

Esquivias o, si lo prefieren, su libro, puede ser muchas cosas y de hecho lo es (mediocre sería una de ellas) pero lamentablemente es también la única que no podrá ser jamás perdonada por quien esto escribe: el libro de Esquivias es aburrido a dolor. Y desde luego de magistral no tiene ni la i.