Estábamos equivocados. Buscábamos donde no era. Leíamos a los escritores creyendo que serían ellos, y no. Olvídense de Franzen, de Eugenides; olvídense de Wallace, de Roth, de María Santísima… olvídense de ellos porque en ellos (en sus libros) no encontrarán la (puta) Gran Novela Americana que todos andan buscando como locos. Y es que La Gran Novela Americana ya ha sido escrita. La ha escrito un español. De Bilbao, claro. Su nombre: Juan Carlos Márquez. Razón: aquí (abajo).
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Lo primero de todo es aclarar esta insignificancia: “Norteamérica profunda” no es, como se afirma por ahí, una colección de relatos, sino una novela fragmentada. Esto es importante. A mí me jode más que a nadie pero es lo que hay. Recordarán algunos que Márquez escribió hace un par de años un librito (pequeño, también, como todo lo suyo) llamado Tangram compuesto por grupo de relatos que se creían novela sin serlo realmente. Se adivina pues, en Márquez, una querencia a llevar la contraria. El día que se aventure en el microrrelato (que lo hará) le saldrán unos poemitas maravillosos.
Dejen que les explique lo de la Gran Novela; intuyo que no me creen. Los cinco supuestos relatos que la componen son cinco estampas tan –en su mayoría- típicamente americanas que es todo uno mirarlas y creer estar viendo una película de John Ford o una fotografía de Robert Adams. Vean, vean: En DELAWARE, el primero, unos colonos ocupan una tierra que hasta ese momento pertenecía a los indios; indios que, furiosos e indignados, se dedican a acosar por las noches a unos invasores que a su vez se sienten atacados. En el segundo, llamado MEMPHIS, tenemos un negro grandote y bonachón cumpliendo condena por asesinato. Esto es, directamente, más americano que la hamburguesa. Y un poco topicazo. También lo de ser amigo del carcelero y de la incapacidad de adaptarse a la vida en libertad. En BLOOMINGTON la viuda y el hijo de un hombre que muere en Vietnam ven como el estado calamitoso en que se encuentran da un giro de 180º cuando un amigo del difunto se hace cargo de ellos a cambio de llevárselos a un páramo desierto de Bloomington. En SAINT-RAPHAEL un aristócrata en decadencia invita a una familia amiga a pasar unos días con él en Saint-Raphael, precisamente, un lugar muy bonito de Francia, que no sé qué narices tiene que ver con la Norteamérica profunda. Quizá es que me he perdido algo. O quizá simplemente es un relato que se coló para rellenar y evitar así que quedase un libro demasiado ridículo. Hoy me he levantado generoso: vamos a creer que el relato trata sobre la aristocracia en decadencia como referencia al lastre en que se ha convierte Europa para América a pesar de tanto pasado en común. Pilladito por los pelos, pero que no se diga que no he puesto de mi parte aunque sea mintiendo más que escribiendo.
En CHURCHILL, el último de los relatos —probablemente el que más me ha gustado—, un joven matrimonio se marcha al norte de acampada. Ella se está muriendo, pobrecita y él no sabe qué decir, ni qué hacer, ni cómo reaccionar y es todito un saco de miedos varios. Lo de tener que lidiar con la inseguridad del amante desde la entereza del moribundo o la diferencia entre no tener nada que perder y perderlo todo. Esto se acompaña de bellas estampas nacionales: “No había más de ocho o diez personas dentro del restaurante y la mayoría eran hombres con la cara tiznada y las botas sucias de tierra. Devoraban fuentes de huevos revueltos y hamburguesas con queso y sorbían tazones de café humeante sobre la barra. Pedimos un surtido de salchichas, dos mazorcas de maíz y un par de ensaladas a una ascendiente de Matusalén y nos sentamos a una mesa tras una cristalera. Las vistas daban a un parque. Era un parque solitario sin un solo árbol. Con el suelo de arena, columpios y un pequeño y poco tendido tobogán de metal oxidado.”
Que estas secuencias tan típicamente americanas resulten más comunes y reconocibles que los páramos desolados de la “Intemperie” de Jesús Carrasco lo único que demuestra es que importamos demasiada televisión. Pero en cualquier caso el resultado es el mismo: para algunos América es esto y poco más. Márquez lo recoge en cinco cuentos, cuando otros lo hubieran hecho en cuarenta, lo cual es mucho de agradecer porque así te da tiempo a ver el telediario antes de cenar. En cualquier caso si la gran novela americana es aquello que representa o traza un relato de la América inmortal no veo porqué no puede ser esta colección una candidata al puesto. Yo me limito a dejarlo caer.
Al respecto de los mencionados (relatos) y al margen de lo más o menos interesantes que puedan resultar, Norteamérica Profunda es Márquez haciendo de las suyas pero en relajado, esto es, sin el peso de los talleres de escritura y sin tener que demostrar que él la tiene más grande (la prosa, se entiende) que muchos otros que van del mismo palo, dando como resultado unos relatos bastante decentes para lo que me estoy encontrando últimamente si no le tenemos muy en cuenta cosas esos pecadillos de poeta reprimido tipo "la metralla silbándoles su melodía de muerte en los oídos" que se le escapan de vez en cuando y que dan a entender que en el fondo es, Márquez, un alma sensible luchando por florecer en el océano de los versos con resaca. Que a nadie le extrañe si algún día empiezan a salir fotos de su pasado acompañado de narcotraficantes del amor. Resumiendo: interesantes en la medida que prescindibles, siendo esto algo que se parece bastante a un cumplido sin serlo necesariamente pero sin descartarlo tampoco.
Sepa Márquez, en cualquier caso, que seguimos, sus groupies, a la espera de una novela que tenga forma de novela. Que no desesperamos, que sabemos que llegará, aunque tarde cuarenta años, aunque se oculte tras algún formato autobiográfico de memorias literarias preferentemente (si podemos elegir) de corte dramático y sangriento.



