martes, 5 de septiembre de 2017

“El archivo de atrocidades” de Charles Stross (Trad. Blanca Rodríguez)

El volumen El archivo de atrocidades editado por Insólita Editorial contiene dos novelas: El archivo de atrocidades, de unas trescientas páginas y la ganadora del premio Hugo, La jungla de cemento, que andará por las cien. Se trata de la primera y segunda parte de Los expedientes de La Lavandería (subtítulo que no sé por qué no se incluye en la portada, honestamente) una serie, si hacemos caso de la editorial, “de culto […] una fascinante combinación de techno-thriller de espionaje, comedia y horror lovecraftiano”. Fue precisamente esta, digamos, indefinición, lo que más me llamó la atención en su momento aunque también es verdad que ese premio Hugo y el hecho de ser una serie “de culto” tuvo mucho que ver en la decisión de leerlo.

Un poco de historia: cuando terminé la primera parte corrí a Facebook para compartir con el mundo el párrafo inmediatamente anterior y dejar meridianamente claro (y sin duda prematuramente) que sí, que efectivamente, que “El archivo…” combinaba «con acierto el techno thriller de espionaje con la comedia y el horror lovecraftiano, convirtiéndose Insólita con ello en la primera editorial que no sólo no miente en la contra sino que tampoco exagera un ápice». «Me he enganchado desde la primera página», decía, literalmente a renglón seguido, «me he divertido y al terminarla he querido (o sea, estoy queriendo) más y más (no estoy diciendo con esto que no le haya visto ningún defecto, pero es demasiado insignificante y, en perspectiva, perdonable como para ser tenido en cuenta hoy; si acaso, tal vez, dentro de unos días, en la reseña, esos actos de pura maldad, pero ya veremos)».

Medio bite después incluí una larga parrafada del propio autor que los editores tuvieron a bien incluir a modo de epílogo en el que se habla de «Deighton y Lovecraft y de la absurda costumbre que tenemos de ir por la vida etiquetando a lo loco, equivocándonos con ello como imbéciles». La parrafada en cuestión la pueden ustedes leer en el primer comentario de este hilo.

Inmediatamente después de terminar la segunda novela, esto es, La jungla de cemento, la ganadora de un Hugo, volví a mismo sitio de antes a decir más o menos las mismas chorradas, a dejar mi entusiasmo por escrito y la celebrar esta maravillosa intuición que tengo que me ahorra tantos gastos y disgustos.

Respecto a la novela, poco más puedo hacer que recomendarla a todos los amantes del género y la literatura en general pese a que a primera vista pueda parecer excesivamente… específica, digamos. Lo digo por el argumento, que gira en torno a un tipo tirando a anodino sin serlo ni remotamente que trabaja en La lavandería, que es algo así como la versión inglesa de los Men in Black, con ligeras diferencias, (además de la calidad) que incluyen una lucha a muerte contra la burocracia más elemental e irritante y un punto muy loco y muy divertido que tiene mucho que ver con Doctor Who. 

«Nadie se había fijado en mí hasta que descubrí el método de la iteración de la curva geométrica para invocar a Nyarlathotep y casi borro Birmingham del mapa sin querer. Entonces vinieron a ofrecerme un puesto de agente científico sénior y dejaron claro que entre las respuestas aceptables no estaba la palabra «no». Resulta que la destrucción de Birmingham anula el requisito de una investigación con resultado positivo, así que me dieron el certificado de fiabilidad y ahora tienen que cargar conmigo. »

Aquí, al contrario que aquello de Will Smith y su humor de garrafón, no se enfrentan con invasiones extraterrestres ni universos concentrados en gotas de agua, sino con monstruos extra dimensionales y “todo tipo de seres de pesadilla” aficionados a abrir vasos comunicantes donde menos te lo esperas.

«El mero hecho de resolver determinados teoremas causa alteraciones en el supraespacio platónico. Si se envía un montón de energía a través de una red cuidadosamente calibrada según los parámetros adecuados (que se derivan naturalmente de la curva geométrica que acabo de mencionar y que, a su vez, se deriva sin dificultad del teorema de Turing) es posible amplificar estas alteraciones hasta abrir unos agujeros aparatosos en el espacio-tiempo que permiten la fusión de segmentos congruentes de dos universos que normalmente no estarían en contacto. De verdad que no os gustaría estar cerca de la zona cero cuando eso ocurra.
Y por eso existe la Lavandería».

Donde unos tienen pistolas y escudos y vainas tecnológicas varias, estos llevan amuletos y saben de memoria conjuros para casi todo, incluyendo caer en el olvido, y nos regalan un sucesión de parrafadas ininteligibles sobre procesos matemáticos e informáticos que en según qué casos pueden invitar a una espantada del todo inmerecida. La mezcla es extraña, cierto, pero también efectiva y altamente adictiva y la propuesta, en general, estimulante.


miércoles, 23 de agosto de 2017

“Transcrepuscular” de Emilio Bueso

Porque no sé por dónde empezar es por lo que voy a empezar por aquí: yo les cuento muy someramente y con rigor cero el argumento, ustedes precipitan juicios a placer y luego sacamos conclusiones y al troll que llevamos dentro. Atentos.

Esto empieza con uno que roba una baratija y otro que lo persigue. El primero monta una serpiente y el segundo una libélula granate. Te meas. Juegan a la pilla hasta el fin de mundo conocido, cuando el malo se escapa cruzando un abismo insondable —que de todos los abismos son los mejores— y el otro no porque es medio planta de interior y aquello le supera por todos lados. El ladrón se ha llevado una reliquia de valor incalculado que nadie sabe qué es pero que probablemente lo mismo pueda salvar el universo que preparar huevos con chistorra. Le gente, pese a su confesa supina ignorancia, se enfada más que en twitter y prometen lapidaciones y degüellos a tumba abierta por el robo motivo por el cual tres personajes, inocentes como corderitos, salen por patas, por listos y por huevones.  

Ahora —y si voy a entrar en detalle que ya les adelanto que sí— viene la parte en que les cuento aquello que, mientras dibujo las frases en mi cabeza segundos antes de plasmarlas en el papel, me lleva a preguntarme en qué demonios estaba yo pensando mientras leía y no dejaba esta novela y si no será mucho acto de fe tanto acto de fe en según quién.

Asumo la contradicción y sigo. 

Los tres estos, es decir, el soldado Inmaculado, un pedazo de imbécil como no se ha visto en la literatura desde Frodo; la ejecutiva estresada y el mismísimo Gandalf redivivo, una suerte de Virgilio desorientado, recorren los varios círculos de la tierra media siguiendo la vía del tren en busca de la entrada al inframundo al que se han llevado la Piedra Filosofal (mero MacGuffin de esta primera parte) para lo cual tendrán que cruzar minas Tirith, entre otras maravillas de una naturaleza hostiable como pocas. Completan el ka-tet el marionetista loco, también llamado Miyamoto el Cabrón (que ya me dirás tú si no había nombres mejores), josiño el trampero y la novia ninfómana de Conan. Y todos con caracoles en la cabeza, porque en este mundo, en este Círculo Crepuscular del Tren Chuchú, la simbiosis lleva tiempo de moda siendo los moluscos lo más: inteligentes, divertidos, terapéuticos, rejuvenecedores (baba de caracol: un clásico de la cosmética); el complemento perfecto para el hombre del mañana, que unidos a la babosa telégrafo, el milpiés locomotora, la oruga quitanieves o la avispa guardián son como para no salir de la charca en la puta vida. 

O sea, TE MEAS.

La novela es básicamente otra puta novela sobre tres, cuatro o cinco que van en busca de algo que como poco salvará el mundo para lo cual han de cruzarlo (el mundo, digo) de punta a punta viviendo en el durante mil aventuras, saliendo de apuros varios y descubriendo el amor, el valor de amistad y la intemperie.

Puestos a buscarle defectos, la novela adolece por todas partes de consistencia —no siendo las más de la veces una suerte de viaje trasnochado y psicodélico que obliga a aceptar caracol como animal de compañía— además de ese mínimo exigible que sería, más que un correcto worldbuiding que cree saber hacer cualquiera que haya jugado un par de veces al Age of Empires, una correcta construcción de personajes que sean algo más que estereotipos y que directamente no tengan la profundidad de un plato de sopa porque luego llega el clásico momento Comunidad del anillo y no te dan las cuentas, ni las razones de peso para justificar tamaños sentimientos en semejante unión. 

(Ni malditas las ganas, dicho sea de paso, de seguir justificando, por mucha Cuestión de Gusto que sea, un exceso tal de coloquialismo en la prosa que más parece una manera de disimular carencias varias que un estilo macarrónico propio, íntimo y personal).

Con todo (ahora, los besos) la propuesta, en general, es sugerente (en particular ya no tanto, al menos durante una torpe y casi diría juvenil (infantil, incluso, me temo, en más de una ocasión) primera parte frente a una segunda donde a Bueso, toda vez que ya ha presentado personajes y situaciones, se le nota más relajado y centrado en la historia). No soy experto en literatura fantástica española pero así a bote pronto diría que esto se acerca bastante a la idea que personalmente tengo de Propuesta Ambiciosa (todo lo ambiciosa que pueda ser una propuesta como esta, se entiende) (y lo digo como un cumplido desde el momento que la literatura —literatura en general, no exclusivamente la de género, que, como digo, desconozco— que se practica en este país lleva demasiados años anclada en el conformismo, la apatía y la ausencia total de, insisto, ambición). Le habrá salido mejor, le habrá salido peor, le habrá salido para menores de quince (he aquí, en mi opinión, su mayor y peor defecto; que quisiera yo hablar de un Bueso duro de roer y me tengo que joder, morder la lengua y llevar el libro a la estantería de mis hijos), pero ahí está.

(Me he saltado la parte que tiene que ver con la promoción del libro, esa que trata el tema de la varias ediciones más o menos limitadas y las portadas más o menos variadas —con diferencia lo más divertido del asunto— por varias razones pero fundamentalmente por una cuestión de tiempo y espacio y por no abusar de su santa paciencia y…, bueno, mira, porque cada uno hace con su dinero lo que quiere, desde comprarse un iPhone para mandar whatsapps a comprarse un libro numerado y forrado con pan de oro o firmado con sangre y semen del autor).


miércoles, 16 de agosto de 2017

“Hombre” & “Que viene Valdez” de Elmore Leonard

Porque sé que o bien están casi todos ustedes muertos, hartos o de vacaciones, hoy seré anormalmente breve. Llevo un mes recomendando westerns, ya no insisto más. Prefiero que lo sepan por mí: han tenido tiempo más que suficiente para hacerme caso, si no ha sido así no he fracasado yo, sino ustedes, por no hacerme caso y perderse con ello con todo lo que se están perdiendo. 

Hoy, otra vez, Elmore Leonard. Si están pensando que lo correcto hubiera sido probar con otros autores, otros estilos u otras historias es porque no conocen a Elmore Leonard o sea que, chitón.

Hombre es la historia de... pues de un hombre medio indio que por circunstancias ajenas a su voluntad, que era pasar el resto de su vida cagando de campo, ha de subirse a una suerte de diligencia para ir a qué importa dónde a qué importa qué. El caso es subirlo a la diligencia con los sujetos A, B, C, D y E. Esto es un clásico de todos los tiempos: meter a cinco o seis personajes en un armario y obligarlos a enfrentarse a un conflicto externo que será el que sea y que nos llevará a conocer no digo ya la naturaleza humana sino diferentes motivaciones para hacer según qué cosas, cosas que iremos descubriendo con relativo asombro. 

Aquí la obviedad: novela corta fenomenal. Ejemplo de ritmo, de montaje, de tensión. No hay momento de respiro ni, a estas alturas, exceso de originalidad (arrastramos una historia demasiado larga de plagios y remakes) pero tampoco absolutamente nada que haga pensar que uno ha perdido el tiempo con su lectura, que no es una cosa que pase todos los días, y lo saben.

La segunda novela, Que viene Valdez la empecé con cierto miedo y toneladas de entusiasmo: pese a que lo había pasado rematadamente bien leyendo Hombre, me extrañaba que el mismo autor fuese capaz de superarse a sí mismo. Bueno, pues la primera en la frente.

Mejor y más entretenida y más todo lo que quieran. Con un protagonista de antología, esta segunda novela corta de Leonard es, una vez más, claro ejemplo de lo que se debe esperar siempre de una novela de estas características. 

Sin entrar en muchos detalles, Valdez representa, al igual que el Marlowe de Chandler, un ideal de integridad y valor. Aunque sin el sentido del humor de aquel, su eficacia está garantizada. Valdez, que de entrada parece la clase persona a la que no le confiarías una vaca, demuestra ser todo y más de lo que se espera de un héroe de Leonard. Él sólo quiere justicia, justicia, en este caso, con una india a la que le han matado al marido (voy a pasar muy de puntillas por todo para no destrozarles nada) por una tontada tipo ser negro en el lugar y el momento equivocado. A partir de ahí, la búsqueda de justicia llevará a Valdez a enfrentarse a uno de esos villanos que, de tanto que gustan en Hollywood, han acabado por agotarlo. Con todo, la novela es de las de no levantar los ojos del libro hasta que termina. Una vez más, ejemplo de trama (con todo lo sencilla que es), de diálogos, de ritmo, de tensión… bueno, lo habitual.

Estoy convencido de que esta novela —a la que, una vez más, llego tarde— la ha leído mucha gente pero también estoy convencido de que no la suficiente. Si yo tuviese algo que decir en esto de la educación la impondría (es un decir) de obligada lectura en el colegio. Qué Greguerías ni qué oscuras golondrinas ni que hostias. ¡Valdez! Y ya verían ustedes qué recreos tan fenomenales.

Pero claro, Western.

Miren, a la mierda todo: o se quitan de una puta vez el prejuicio o aquí va a arder Troya.

Aviso.





(Traducción de J.A. Santos y Marta Lila)