miércoles, 2 de septiembre de 2015

“Los ojos de los peces” de Rubén Abella











El ocho de septiembre hará dos años que publiqué por primera vez el siguiente post. Hasta hace poco aparecía en la columna de la derecha, esa en la que se relacionan los artículos más visitados del blog. La razón de su desaparición fue (es) sencilla: fue denunciado (por segunda vez) por vulnerar no sé qué derecho de propiedad intelectual. (Intelectual, nada menos, como si la inteligencia pudiese guardar relación con este libro.) La primera vez no dije nada: con la elegancia que me caracteriza edité y eliminé las citas y lo restauré en su fecha original para no molestar a nadie y que nadie se fuese a molestar. Meses más tarde me arrepentí y volví a dejar las citas tal cual estaban. De ahí la nueva denuncia, supongo. De modo que aquí estamos, otra vez, ni indignados ni sorprendidos, editando un post que ya nadie visitaba y a nadie interesaba. En esta ocasión, y por aquello de no pecar otra vez de lo mismo, lo publicaré como novedad. Que no se diga que no pongo de mi parte.
Si alguien, quien sea, se avergüenza de lo que ha escrito (Rubén Abella), editado (Fernando Valls) o publicado (Menoscuarto), puede estar tranquilo: he vuelto a eliminar las citas. Eso sí, por no dejar cojo el post, en esta ocasión las he sustituido por breves resúmenes comentados. No será aquí donde se ponga nuevamente en evidencia a este selecto grupo de profesionales: a tan insigne editorial, a tan insigne editor y a tan brillante escritor.

* * * * * * 

Leo este libro por leer algo de la editorial Menoscuarto antes de morir. En mi biblioteca habitual esto era lo más reciente que tenían de ellos. Maldita la hora. Pero seguro que ha sido mala suerte. Seguro que Menoscuarto está repleto de obras magníficas. Estoy convencido de que Fernando Valls, el responsable de este desastre, es un hombre más que capaz de encontrar, entre los escombros de la literatura breve, escritores hechos y derechos que puedan darle al microrrelato un poco más del prestigio que merece. Los ojos de los peces no es un buen ejemplo. De hecho es, de todos los ejemplos posibles, seguramente el peor.

(La cita que ocupaba este espacio y que ha sido eliminada para no herir sensibilidades, contenía un microrrelato completo que hablaba de un hombre que, en el desvarío de la anestesia, cantaba la ubicación de un maletín con un millón de euros en billetes de cien. El cirujano, el anestesista y la enfermera se pusieron fácilmente de acuerdo: al salir de quirófano informarían de la muerte accidental del paciente.
Esto… este microrrelato es perfecto para poner en evidencia el sistema médico medicinal. No salgan de casa sin él.
)

La tentación de llenar esto de citas es grande porque así la reseña se escribiría sola. Rubén Abella es perfectamente capaz de descalificarse él solito. Me conformaré con ir dejando caer una por aquí y otra por allá para que se vayan haciendo una imagen mental de lo quiero decir. (NOTA: las citas son de microcuentos completos; aquí no hay trucos, nada de elegir fragmentos para sacar la cosa de contexto o de quicio o de donde crean algunos que sacamos las cosas en este blog.)

Entrando en materia

Los microrrelatos de este recopilatorio son una sucesión de chistes sin gracia y reflexiones más propias de un estudiante de segundo de la ESO con mucho tiempo libre que de un señor de cuarenta y tantos a quien se le suponen mejores cosas que hacer. Que digo yo si no tendrá Abella algo que pintar en casa, algún mueble que barnizar, alguna puerta que lijar, alguna mujer que tomar. El cine también es una buena opción si no tienes mesa de trabajo o atributos físicos destacables. Hay muchísimas cosas que hacer. Muchísimas. Honestamente, no sé quien le ha dicho a este señor que lo suyo es la nanoliteratura. Si ha sido Fernando Valls entonces Fernando Valls merece muerte por lapidación. O dejarlo a secar como un pimiento en un campo minado de aforismos. Y desde luego esterilizarlo. Bromeo, claro. Claro. 

Pero hablábamos del libro.

En la portada de Los ojos de los peces aparecen unos pescados. No sé si esto quiere decir algo, seguramente sí, pero a mí personalmente se me escapa el chiste y mira que yo para estas cosas tengo buen oído. De la totalidad del libro esto es lo que más me ha dado que pensar. Imagínense el resto. O, mejor, no se lo imaginen, que ya se lo resumo yo: 

En Los ojos de los peces se reflejan, dicen otros reseñistas, grandes cuestiones concentradas en pequeños instantes, como si de un famoso bombón se tratara. Ojear estos ojos de pez, dice Fernando Conde para ABC, es meter los dedos en el enchufe de la buena literatura. Uno esperaba, quizá porque acababa de leer a Lydia Davis, fogonazos de ingenio y humor a raudales y aún sabiendo que era mucho esperar lo que desde luego no esperaba era darse de bruces con la cruda realidad de no encontrarse nada más que — déjenme insistir en este punto— reflexiones de preescolar en relatos protagonizados por personajes que las más de las veces parecen deficientes mentales. [Y sigo poniendo poniendo ejemplo para que mi digan si estoy loco o qué]. Aquí un ejemplo:

(Esta cita, eliminada, también, por amor al prójimo, hablaba de un hombre que trabaja mucho, pero mucho mucho para poder pagar la hipoteca. Es un hombre que, a pesar de no ver a su familia y tener con su pareja una relación casual, se siente orgulloso de poder decir que es dueño del techo bajo el que duerme. El mensaje es claro: mais samba e menos traballar.)


A esto hay que añadirle el típico suicida y un señor que pasa a su lado y unas veces lo empuja y otras no y otras qué sé yo, que debe ser la reflexión en torno al egoísmo o el mal humor o la gente que se suicida y la que no lo hace. Un niño que pinta un dibujo en la pared y hasta que se descubre el pastel hay quien ve en el muro a Basquiat redivivo, vendría a ser la reflexión en torno al arte, como si no hubiera ya suficientes. Un señor que afirma que sólo es él mismo en carnaval, sería sobre la identidad. Un hijo que le dice a su padre que todo va bien cuando en realidad vive en la indigencia, supongo trata del orgullo o la vergüenza o, ya puestos, la crisis. Y un demasiado largo etcétera. Estamos en lo de siempre: si vamos a reducir el microrrelato a una chispa ingeniosa unas veces, vergonzante otras, tratemos al menos de hacer menos evidentes nuestras carencias.

Gracias a que me he leído todo el libro puedo imaginarme perfectamente a Rubén partiéndose de risa con la elección de los nombres (Crisóstomo, Virgilio, Melquiades, Dante, Zenón…) y creyendo que esto es una demostración más de su ingenio, esa cosa que, si nadie pone remedio, se desarrolla como un tumor. El ingenio adopta formas caprichosas; el de Rubén, si acaso no es una ilusión, tiene esta:

(Otra cita eliminada; otro corazón salvado. Cuando un viejo, buen padre y mejor esposo muere sus hijos descubren que en el fondo del armario guardaba látigos, revistas guarras de hombres copulando y cositas de cuero varias. Microrrelato diseñado para demostrar que, por muchas veces que le cambies el pañal, nunca llegarás a conocer a tu abuelo.)

Bien por Rubén Abella y bien por Fernando Valls y bien por el editor jefe de Menoscuarto por su nunca-suficientemente-reconocida-labor-editorial porque al fin y al cabo esta literatura no sólo hace grande cualquier otra sino que alimenta la esperanza de que todo lo que uno escribe, aquí o en cuarto de baño, desde el chiste más zafio a la chorrada más infame, será susceptible, antes o después, de ser editado, publicado y lo que es más importante, alabado. Porque del mismo modo que siempre hay un roto para un descosido, parece que siempre hay un microrrelatista apoyando a otro y el que no se consuela es porque no ha escrito un microchiste. No deja de ser gracioso que un género literario como el del microrrelato (y con permiso de la poesía), siendo tan poca cosa, tenga esa capacidad para concentrar semejante desvergüenza y falta de talento. Y es que da la impresión de que para dedicarse a esto hay que ser un poco bastante inútil.


(En esta ocasión son tres los micros eliminados. El editor puede volver a sonreír.
El
primero nos habla de un hombre que para evitar la rutina decide hacer algo diferente cada día.
Ya está. Es esto. Tiene 21 palabras. Más no se puede decir.
El
segundo es un señora que compra la lotería todos los días pero no se lo dice a su marido no vaya a ser que le toque. La lotería, digo, no su marido.
Es un profundo análisis matrimonial que no tiene igual en el panorama literario.
En el
tercero una señora cocina. Se nos cuenta, paso a paso, la receta. Cuando está listo sirve la comida en su plato y en el de un marido que no está.
De este no sé qué enseñanza extraer, honestamente, supongo que es un microrrelato comodín: vale para todo. Yo me hice un cocido con él.)

martes, 1 de septiembre de 2015

Resumen de lecturas AGOSTO 2015

A continuación, el habitual resumen de lecturas del mes de agosto, un agosto irregular tirando a positivo en el que la participación española, como viene siendo habitual, se lleva casi todos los palos. Lo peor: Garduño, Basabe y una cosa de Malpaso. El resto va desde lo normalito (Cañadas y Connolly), lo interesante, por inesperado (Néspolo), un entretenimiento de calidad (otra vez Connolly) y lo realmente bueno (Nabokov y Carpenter). De todo, como en botica. 

Lo dicho, ahora, el resumen y en algunos casos y muy pronto, reseña entrando en detalle.


Pronto será de noche de Jesús Cañadas

El tercer o cuarto episodio de la segunda temporada de The Walking Dead arranca con un flasback: un atasco fenomenal en una carretera de mierda cuando todo está más o menos empezando. La gente huye de la ciudad para evitar que los caminantes se los coman. El caso es que aparecen algunos personajes, que más tarde compartirán desdicha, estableciendo los primeros contactos únicamente por una cuestión de proximidad. Pronto será de noche también arranca con un atasco fenomenal. La gente huye, de algo, lo que sea y se establece una relación entre un grupo de personas por aquello de estar próximas unas a otras. El protagonista, en ambos casos, es un señor con una placa y fuerte sentido de la ética que trata de conservar la humanidad en ese caos que invita a romper los códigos morales. 

Pues a este tipo de cosas me refiero cuando hablo del daño que está haciendo The Walking Dead a la imaginación colectiva.



El límite inferior de Nere Basabe

Novela sobre la crisis. Yo no sé si es por esto que se habla tan bien de esta novela o sólo porque es aburrida. De verdad que no lo sé pero el caso es que hay un tedio que se respira de puro denso y un montón de críticos y amigos aplaudiendo con las orejas y celebrando el nacimiento de otra estrella en el firmamento, como si no hubiera ya suficientes. Terminé la novela, no sé cómo ni por qué, pero la terminé. No me siento orgulloso pero prefiero decírselo yo y no que se enteren por otros. 

Seguro que hay muchas y muy buenas formas, formas incluso brillantes, de explorar la crisis matrimonial, personal o económica o como en este caso, un poco de cada. Esperamos con ansia esa novela porque esta, desde luego, no es.

Reseña escrita y lista para salir en tres…



Risa en la oscuridad de Vladimir Nabokov

Brillante. De lo mejorcito que he leído este año. Pero claro, NABOKOV. Risa en la oscuridad es una historia de amor sin amor. O historia de odios, que es otra forma de amar. Lo que sea. Genial. Contiene algunas secuencias absolutamente brillantes, tan visuales, tan potentes, que no entiendo qué ha podido ocurrir para que haya caído tanto en el olvido esta novela. 

Habrá reseña. Ya la hay, de hecho. Pronto en sus pantallas.



Cosas raras que se oyen en las librerías de Jen Campbell

Hay cosas que no entiendo y esta es una de ellas. Libro de anécdotas, no sé hasta qué punto reales. Situaciones con querencia al absurdo en las que un señor, un librero (varios, de hecho, porque son varias las librerías que se toman como ejemplo) pone en evidencia la supina ignorancia de algunos clientes escogidos, ocasión que aprovecha para situarse permanente en una posición prepotente y elitista demostrando, también, una anormal querencia al chascarrillo y a tener la última palabra (una dinámica, esta, que, si nos fiamos de este libro, parece habitual en los libreros). Dos, tres… vale, hasta diez pueden hacer gracia. Doscientos no, sobre todo cuando el mismo chiste con variaciones se repite como catorce veces demostrando que igual no son tan raras, como se da a entender, las cosas que se oyen en las librerías. 



Con el sol en la boca de Matías Néspolo

Sorpresa. Sin volarme la cabeza, que es una cosa que, he visto, le pasa a mucha gente, que leen un libro (y si es un colega ya ni te cuento) y les vuela la cabeza o les deja el culo torcido, pues sin que pase esto tampoco pasa lo contrario. Ya no me quejo porque la verdad es que las primera páginas, con una prosa de frases exageradamente cortas, no invita precisamente al entusiasmo. Pero insisto, agradable sorpresa. Novela correcta, buen ritmo, más o menos interesante…. Bueno, no está mal. Néspolo ya es un nombre a tener en cuenta. Tiene una novela anterior que parece que lo puso en el candelabro que habrá que leer en algún momento.

Este agosto he trabajado mucho y bien por lo que SÍ, hay una reseña escrita que no debería tardar en salir. Perdonen, pues, que no entre en más detalle.



Dura la lluvia que cae de Don Carpenter

Don Carpenter es un fenómeno. Lo demostró con Los viernes en Enrico´s (novela magnífica de la que, caigo ahora mismo en la cuenta, no llegué a publicar reseña pese a haberla escrito, error que no tardaré en subsanar) y lo vuelve a demostrar con Dura la lluvia que cae. Sin tener un argumento que invite a tirarse de cabeza, Carpenter se demuestra un narrador tan hábil, tan correcto, tan elegante y la vez “corriente” (en el mejor sentido de la expresión) que el placer de la lectura reside precisamente en la lectura. Tengo la impresión de que podría pasarme la vida leyendo a Carpenter y no me cansaría nunca. Y eso no tiene precio.



Y pese a todo… de Juan de Dios Garduño

Hablamos hace muy poco de ella. Reseña aquí. Nada que añadir, realmente. Lo que venía a decir entonces era que me parecía un insulto a la inteligencia publicar algo como esto. Existe la idea de que una novela que entretiene ya vale la pena, tanto el esfuerzo de escribirla, como el de publicarla, como el de comprarla y leerla. Y no es cierto. No lo es desde el momento que lo único que ofrece es un entretenimiento argumental, es decir: qué bien, unos señores matando monstruos que parecen zombies, qué bien lo pasamos viendo lo mal que lo pasan ellos. Del mismo modo que no es lo mismo un Die Hard rodado por McTiernan que uno rodado por Harlin, tampoco es lo mismo una de zombies escrita por Garduño que una escrita por, no sé, Max Brooks, por ejemplo (cuando digo esto pienso en Guerra Mundial Z). La de Garduño parece la versión Torrente de Rio Bravo. Más clichés que donde se fabrican.



El ángel negro de John Connolly

Los atormentados de John Connolly

Los hombres de la guadaña de John Connolly

Por no eternizar el post voy a unificar estos comentarios. 

Recupero una vieja costumbre: leer a Connolly. Y más concretamente la serie de Charlie Parker que abandoné hace tiempo pese a que me gustaba bastante. NO hay mucho que decir, los seguidores de la serie sabrán de qué va la cosa y el resto debería ir mirándoselo. Cosa de investigadores con malos malísimos y presencias fantasmales que, a medida que avanza la serie, van cobrando protagonismo. 

El ángel negro me parece el más flojo de los tres. Los atormentados cuenta con un “villano” muy atractivo que levanta la novela desde el comienzo y en Los hombres de la guadaña cobran protagonismo los que hasta ahora eran secundarios. Esto me preocupaba un poco pero lo cierto es que al Connolly le ha quedado una novela “de acción” más que entretenida, lo que viene a significar que muere mucha gente.

Actualmente estoy leyendo Los amantes, otra de esas novelas que rompe el ritmo de la serie y en la que Parker investiga sobre su pasado. 



Y EL MES QUE VIENE…

Ah, no sé, ni idea. Ya veremos. Cuando empezó agosto lo último que esperaba era que iba a recuperar a John Connolly y mira. De modo que paso de hacer planes. Lo que tenga que ser, será. El cuerpo es soberano, que decida él. Yo le voy a proponer un libro Harold Brodkey llamado Primer amor y otros pesares que de hecho empecé hace unos días y me sorprendió muy gratamente (y estamos hablando de relatos); algo de Henry James (incluido en el tomo Nueva York); más Connolly; un libro de Guillem López que tengo por terminar (Challenger) y, probablemente, alguna otra cosilla de Nabokov (Ada, Pnin o Pálido Fuego) y Bernhard (Relatos autobiográficos, si no todos, alguno). Seguro: American Noir, que tengo empezado y merece ser terminado.



Pero lo dicho: ya veremos.

jueves, 27 de agosto de 2015

‘Giles, el niño-cabra’ de John Barth

«El lector debe comenzar este libro haciendo un acto de fe y terminarlo haciendo un acto de caridad. Le rogamos que confíe en la sinceridad y la veracidad de este prefacio y declaramos, como retribución, que tiene derecho a mostrarse escéptico con respecto a todo lo que sigue».

He agotado las excusas para no escribir esta reseña y tras varias semanas de dura o directamente titánica lucha interna debo rendirme a la evidencia: ni sé por dónde empezar, ni sé qué decir, ni tengo la menor idea de cómo llevar esto a buen puerto. Giles, el niño-cabra es, para que nos entendamos, un algo inabarcable que uno aspira a comprender pero que en el fondo sabe demasiado genial para hacer nada más que disfrutar del viaje que propone y supone: una experiencia que ni las mejores y más alucinógenas drogas pueden igualar, no digamos ya superar. Y con efectos secundarios. 

Pero tal vez debería empezar disculpándome (seguramente sí) por algo que les dije hace tiempo, y no una ni dos ni tres… sino puede que hasta seis veces. Puede que seiscientas. Si lo pienso no recuerdo haber hecho otra cosa que repetir una y otra y otra vez la misma cantinela. ¿Qué cantinela? Esta cantinela:

Les recomendé a John Barth y les recomendé a William Gaddis. Y lo hice con un entusiasmo que rozaba lo enfermizo. Les dije: lean a Barth, lean a Gaddis; les dije “putos genios”, “obras geniales”, “obras maestras”… ¿Qué sé yo? Lo que se me iba ocurriendo. Quería convencerles. Qué quieren, uno tiene sus altares y tampoco es que ustedes pongan mucho de su parte. Casi la tengo con Cátedra (y con algún alarmista más) por culpa de Barth, con lo educado que yo he sido siempre, cuando, toda vez que se negaban a reeditarla, llegué al extremo de defender la piratería como única solución (solución, dicho sea de paso, que entonces no existía) o, si lo prefieren, como el único modo de leer aquel Plantador de tabaco que tantas alegrías nos dio. Les dio. Les hubiera dado caso de haberlo leído. Espabilen, por el amor de Dios.

A lo que iba: hoy vengo a desdecirme. 

Miren: no lean a Barth; no lean a Gaddis. Total para qué. Total para acabar comparándolos con todo cuanto libro acabe en sus manos. Doy fe. Oh, esto no es Gaddis, dirán. Oh, dónde está Barth, dónde sus ecos. Oh, oh, oh. Y lágrima fácil tras lágrima fácil. Se ponen los listones por las nubes y luego no hay Dios que los baje, que tiene que uno arrastrarse por tolstois o similares para no cortarse las venas. Porque una vez descubiertos, Barth, Gaddis, una vez descubiertos ya nunca es lo mismo, saben. Ya nunca más JR, ya nunca más Ebenezer. Ya nunca más yo. Ya nunca más tú. 

Me puedo equivocar, pero sería la primera vez.

Porque, ya entrando en materia y centrándonos en el caso que nos ocupa, estamos hablando de una novela DIFERENTE (las mayúsculas son mías). Eso de entrada. No la promesa, no la posibilidad remota, de una novela diferente sino la certeza, el hecho consumando, de estar frente a una novela diferente. Y este tipo de novelas suponen siempre un problema: no sabemos hablar de ellas, no podemos vivir sin ellas, no tenemos valor para comentarlas, no digamos ya entenderlas, valorarlas, hacerles justicia. Las enfrentamos (especialmente cuando, como es el caso, superan holgadamente las mil páginas, las novelas, más que ser leídas, son enfrentadas) como enfrentamos una escalada (los que escalan, sabrán de qué hablo; los que no, hablamos de oídas); lo hacemos, además, sin pertrechos, cuerdas, sin un triste asidero. Alguno incluso con los ojos cerrados. Fue mi caso. Lamentablemente, la mayoría no lo hace; ni con cuerdas ni sin cuerdas. Miro las estanterías; las librerías; las bibliotecas; los escaparates de las bibliotecas, de las librerías; los muros de Facebook (mis propias estanterías, mi propio muro) y siento un asco que roza el vómito: elogios desmedidos a libros que no aportan nada, que se escriben para satisfacer un ego, para cuatro lectores, novelas inofensivas, literatura desactivada. Basura. Yo lo sé y ustedes lo saben. Ba-su-ra. Y el Barth, muerto de risa en un cajón. Porque, claro, pesa mucho o porque tiene muchas páginas o porque quién es Barth o porque es demasiado viejo pero no lo bastante antiguo. Excusas, excusas. Mucho mejor, claro, leer a Zutanito, que por lo menos él interactúa en twitter. Bah. ¡Suspendidos todos!

«¡Suspendidos, suspendidos, suspendidos! Miro a mi alrededor y por todas partes veo suspensos. Viejos moralistas, jóvenes lameculos, escritores sin éxito; viejas glorias, jóvenes promesas, negados absolutos; artistas suspendidos, editores suspendidos, académicos y críticos suspendidos; esposos, padres, amantes suspendidos; mentes suspendidas, cuerpos suspendidos, corazones y almas suspendidos. ¡Ninguno de nosotros ha aprobado, todos hemos suspendido!»

Pero bien, es lo que hay. 

Recibí emocionado (loco de emoción, sería más correcto) esta novela de Barth de la que no sabía nada. Nada. Es decir, NA-DA. Pero era Barth. BARTH. Es decir, B-A-R-R-R-R-T-H. ¡El padre del plantador! Ya sólo con eso... PRIMER ERROR: Giles no es Ebenezer. Más quisiera Giles. Con todo: más quisieran los demás. No todos opinarán igual: otros dirán: ya quisiera Ebenezer, pero tampoco nos vamos a zurrar por un debate condenado a terminar no sé si en tablas o en un tablao. Chiste fácil.

Al lío.

Giles es la historia de un viaje (interior, también, si quieren, que sé que les gustan) en el que un hombre, un hombre-cabra debe abandonar su hogar y a sus padres (tanto uno como otros suelen ser adoptivos), el mundo luminoso y conocido de la realidad consciente y todo lo que constituye su identidad; debe atravesar el territorio crepuscular de las formas oníricas y las categorías porosas, apoyándose en ciertos guías y ayudantes, y empleando sus intuiciones, trucos y secretos, debe enfrentarse a acertijos y pruebas de iniciación y a las monstruosidades ficticias (pero no irreales) del inconsciente; debe conseguir, al final, a la princesa o el elixir: un conocimiento sin mediador, óntico, en el oscuro, inconsciente e innominado centro de las cosas, en su fondo».

No se corran todavía, aún hay más. 

Sitúense: El mundo como un inmenso tablero de juego y una alegoría de aquellos cincuenta, de aquellos sesenta: el mundo como una universidad: profesores, alumnos, batallas campales, guerras disciplinares, acuerdos de paz, aprobados o suspendidos… Campus del Este vs Campus Occidental. Primera Revuelta Intercampus. Segunda Revuelta Intercampus, un tendido eléctrico… Y, presidiendo, el ORDACO, terrible ORRDACO: 

«—¡Oh, Bill, el ORRDACO ese! —me dijo entonces con gran emoción—. ¡Menuda crriaturra! Yo no lo constrruí; no lo constrruyó nadie: es tan antiguo como la mente, y bien se podrría decirr que se constrruyó a sí mismo. Su fuerrza es la misma que mantiene el campus en marrcha, no te lo voy a explicarr ahorra, perro eso es lo que es. Y la fuerrza que prroporrciona... eh, Bill, es la prrimerra enerrgía de la Univerrsidad: ¡la fuerrza de la mente, sin la que no podrríamos vivirr ni un minuto! Lo que te dice a ti que hay un tú, que es diferrente de mí, y lo que separra las cabrras de las ovejas... Como el calorr de la vida, que significa que no estamos muerrtos sino que nuestrra prropia casa es su combustible, y nos quemamos a nosotrros mismos parra mantenerrla caliente... ¡Ay, ay, Bill!»

Esto es, Guerra Fría al canto, con todos sus detallitos: que si el recuerdo de holocaustos pasados, que si cazas de brujas…

«En todas partes, los estudiantes más reflexivos temían que cualquier tontería, imprudencia o descuido pudiera provocar la Tercera Revuelta Intercampus, que sin duda supondría el fin de la estudiantía; pero cualquiera que protestara era llamado «aprendiz de condiscípulo» o «pedagogo de banderín progre». Las «cazas de magos» sindicalistas estudiantiles llegaron a ser uno de los principales deportes intramurales; ningún liberal estaba a salvo de él».

No quiero desanimarles pero tampoco engañarles ni arrastrarles por este entusiasmo mío. La cosa tiene su miga. Mucha miga. Pero mucha. Levantas una piedra, miga; el paquete de tabaco, miga; la suela del zapato, miga. Esto hay que masticarlo bien, que si no se hace bola y no baja. Parece un chiste pero no lo es. Si van a leerlo (digan: sí, vamos a leerlo y créanselo): prudencia. No corran. Hagan paraditas para mear. Beban. Hidrátense. 

Pero les estaba contando.

Giles, hijo del ORDACO y una mujer llamada Virginia (Virginia, lo pillán), es abandonado en el establo para cabras de la universidad universal y criado y educado en la caprinidad mas absoluta por un viejo profesor retirado llamado Max. Un buen día Giles descubre que no es cabra sino humano y se convence de que su des(a)tino es convertirse en el Gran Maestro del Campus Occidental, ergo está «destinado a rescatar a la estudiantía de la tiranía de su propio invento». Dice Giles: «mi tarea, tal como yo la concebía, no era aprobar o suspender a nadie, sino indicar el camino hacia las Puertas de la Graduación, que yo mismo debía descubrir antes de poder guiar a otros hacia allí».

Grosso modo. (Me niego a resumir mil páginas. Podría ahogarles en citas pero me odiarían y bastante se nos está yendo de madre, ya, esto).

Total que Giles se echa a la calle a vivir mil aventuras en mesiánica actitud. Le acompañará Max, que actuará como una suerte de Virgilio (ya no sabe uno si agarrase al Quijote, a la Eneida o al Ulises para acabar de entender la obra o si es mejor soltarse y dejar que sea lo que dios quiera en este totum revolutum de referencias de todo menos veladas) iluminando el camino. La decisión es todo lo firme que puede ser una decisión de este tipo. Giles lo sabe. Cuenta, también, con que el amor, eterna piedra en el camino, pueda desbaratarlo todo. 

«No hacían falta ni troles ni dragones para aniquilarme. Bastaba con contratar a alguna chica que hubiera ido a un colegio mixto para que se levantara el vestido y por ese exiguo beneficio yo sería capaz de estropear cualquier relación decente que hubiera establecido con mis compañeros; podría abusar, atacar, matar; podían tener la certeza de que no sólo renunciaría a mi lamentable existencia sino también a la pretensión de ser un Gran Maestro y a la misión que creía que se me había encomendado. Toda la estudiantía podía languidecer sin graduarse, incluso coMErse viva a sí misma, sin que yo ni por un momento me planteara dejar de lado mi salacidad por una cuestión de principios».

Pues este… despropósito, este… loco y delirante viaje es Giles, el niño-cabra. En él encontrarán todo lo que necesitan y mucho más de lo que esperaban (zonas rocosas, también, y espesos bosques y campos de amapolas). Encontrarán humanos, moisianos, sigfridistas, nikolayanos, caprinidades para aburrir, cantos de sirena, holocaustos, inteligencias artificiosas, batallas campales, cazas de brujas, monstruosos frankensteins, mesías hasta en la sopa, falsos profetas, vírgenes, putas, volcanes en erupción, sexo para aburrir al más sátiro… Y humor, eso sí, sobre todo eso: toneladas de humor. Quintales de felicidad.

«Ella siguió siendo ella; yo seguí siendo yo. Se abría ante nosotros todo un campus de posibilidades, y dormitamos y jugamos dulcemente, y nos satisficimos. No todos los días pueden ser el Día de la Graduación. De almorzar, como de desayunar, nos abstuvimos».

Giles, el niño cabra, y ya voy terminando, es una novela que se sumerge en el absurdo sin caer en el ridículo, que pone en evidencia la condición humana, que nos recuerda página sí, página también, que no podemos ser más tontos ni queriendo. Que acabamos de llegar, que somos jóvenes, que tenemos tanto que aprender, tanto que estudiar, tanto que aprobar. Una novela asquerosamente lúcida y, sí, a ratos agotadora e irritante pero estimulante y salvajemente divertida como terapia frente a tanta novela tonta, breve, complaciente y demoledoramente aburrida.

Combatan el tedio. Refúgiense en Barth.

¿Lo digo? Lo digo: Giles es una obra GENIAL.

Y ustedes se la están perdiendo. 









("Giles, el niño-cabra" de John Barth. Sexto Piso. 2015. Sé de uno, de apellido Peyrou y profesión traductor, que se ha vuelto a ganar el cielo. ¡99 vírgenes para él!)