jueves, 24 de mayo de 2018

“El asco” de Horacio Castellanos Moya

En qué momento, pregunto, se le ocurre a uno la genial idea de imitar la escritura de otro para hacerse un libro a medida y llevarse una gloria que no le corresponde aplicando la excusa del sentido homenaje o la manifiesta admiración o mierda por el estilo. 

Me inclino a pensar que Moya era joven y un poco lerdo y otro poco listo, no sé si de menos o de más, cuando, en 1997, escribió y le publicaron una novela que parecía salida de la pluma de Thomas Bernhard hasta extremos que rozaban cuando no directamente se sumergían en lo inconfesable, no digamos ya vergonzante no digamos ya oportunista

«San Salvador es horrible, y la gente que la habita peor, es una raza podrida, la guerra trastornó todo, y si ya era espantosa antes de que yo me largara, si ya era insoportable hace dieciocho años, ahora es vomitiva, Moya, una ciudad realmente vomitiva, donde sólo pueden vivir personas realmente siniestras, o estúpidas, por eso no me explico qué haces vos aquí, cómo podes estar entre gente tan repulsiva, entre gente cuya máximo ideal es ser sargento, ¿los has visto caminar, Moya?, yo no lo podía creer cuando vine, me parecía la cosa más repulsiva, te lo juro, todos caminan como si fueran militares, se cortan el pelo como si fueran militares, piensan como si fueran militares, espantoso, Moya, todos quisieran ser militares, todos serían felices si fueran militares, a todos les encantaría ser militares para poder matar con toda impunidad, todos traen las ganas de matar en la mirada, en la manera de caminar, en la forma en que hablan, todos quisieran ser militares para poder matar, eso significa ser salvadoreño, Moya, querer parecer militar, me dijo Vega. Me da asco, Moya, […] 

Cierto: nadie odia como Bernhard. Cierto: si vas a escribir una novela que refleje tu odio a una sociedad, a un país entero, Berndard, como referente, es impecable. Ahora bien, de ahí a plagiarlo (en el sentido que tiene “apoderarse de algo ajeno”) media un abismo por más que incluyas nota de autor no tanto de disculpa como de reconocimiento aka admiración aka kaka

Leyendo esta novela es inevitable pensar en Bernhard, a no ser, como como el propio narrador explica, que la supina ignorancia de los salvadoreños («Mi nombre es Thomas Bernhard, me dijo Vega, un nombre que tomé de un escritor austriaco al que admiro y que seguramente ni vos ni los demás simuladores de esta infame provincia conocen».) les impida acusarlo de otra cosa que cabrón. 

Que fue básicamente lo que pasó. 

Al igual que ocurrió con los salzburgueses de Bernhard, los salvadoreños de Moya se levantaron en armas, prácticamente quemaron sus libros y se rasgaron todas cuantas vestiduras tenían. Gritaron, despotricaron, se mearon en las tumbas de sus antepasados. Amenazaron de muerte a mamá. Estaba yo fuera, en Guatemala, dice Moya en la Nota de Autor que cierra la reedición que Random House ha hecho ahora de este libro y que veladamente utiliza para vender Moronga, su nueva novela, también de RH, por supuesto no regresé a El Salvador. El Salvador no es Austria. Y en un país en el que sus propios camaradas izquierdistas asesinaron en 1975 al más importante poeta nacional, Roque Dalton, bajo la acusación de ser agente de la CIA, más valía largarse que jugar al mártir

No hay mejor publicidad de que un buen drama. 

Es con esta novela que Castellanos Moya se viene arriba y todo porque alcanza la gloria (entendiendo “la gloria” a salir del anonimato para ocupar primeras páginas de algo, lo que sea, siquiera una vez en la vida); gloria que no le corresponde y de la que igualmente presume pese a que el resultado no pasa de mera replicación de estilo. Moya, que se queda en la superficie de lo que es Thomas Bernhard, se limita y contenta con odiar a todos y a todo, como si esto fuera suficiente, como si Bernhard en El Salvador no hubiera sido capaz de más, mucho más que la mera verborrea de un don nadie demasiado impresionable. 


lunes, 12 de marzo de 2018

“El hombre del revés” de Fred Vargas

Perdonen que entre directamente en materia. 

Me ha llamado mucho la atención lo polarizadas que están o parecen estar las opiniones respecto a Fred Vargas. Me encuentro a quienes no la soportan y me encuentro a quienes la adoran y en menor medida me encuentro también a quienes ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario. No tengo nada contra con las opiniones extremas, sobre todo cuando suscitan debates, si no apasionantes, sí, al menos apasionados, ligeramente apasionados, si quieren, pero es que ni siquiera. Tú dices me gusta Vargas y nadie te insulta. Ni en twitter. Menudo desastre. Y además, por qué, me pregunto. Qué es eso que molesta tanto a quienes molesta tanto. Puedo entender qué guste lo que gusta a quienes gusta, tal vez porque si yo fuese balanza me inclinaría por esto, pero ese no soportarlo de verdad que no lo entiendo. Y además me cuesta creerlo. 

Pero yo no quería hablar bien de Fred Vargas. No de una forma tan genérica, al menos. 

El hombre del revés es la segunda o tercera novela protagonizada por el comisario Adamsberg. La primera era, es, El hombre de los círculos azules que leí y de la que ya hablé hace poco más de dos años. Lo que dije entonces fue más o menos lo mismo que pienso ahora de ésta: que bien, que vale, pero que, bueno, en fin, no era para tanto. Entretenimiento, todo; ahora bien, aceptando pulpo como animal de compañía desde el momento que la intuición del bueno de Adamsberg se cepilla mitad y un cuarto de investigación. 

Pero me estoy adelantando y lo hago porque mientras escribo estas bellas palabras leo La tercera virgen, séptima novela del comisario de marras que me han dicho que es buenérrima y no sé qué y donde sí, es verdad, la intuición y la casualidad tienen un protagonismo que roza lo intolerable. 

Pero no no no. Me niego. No es de La tercera virgen de lo que quiero hablar, sino El hombre del revés

Yo si quieren les cuento de qué va la novela pero de verdad que no tiene maldita importancia. 

En una región de Francia de cuyo nombre no logro acordarme empiezan a morir primero ovejas y luego seres humanos. Todo hace pensar primero en un lobo, después en un licántropo. Esto parece una estupidez, pero es lo que hay. Casi toda la novela son unos cuantos detrás del lobo dichoso buscando pistas y dando por hecho demasiadas cosas. A Adamsberg esto lo coge ocupado en otros menesteres tipo esconderse para que no lo castre la loca de turno que quiere vengar la muerte de su nosequién (sujeto caído en desgracia al topar con el comisario), aunque no tardará, movido por la curiosidad y azotado por el azar, en unirse a los cazadores en una búsqueda más propia de horizontes lejanos que de sierras gascuñas o similares. 

Sé que esta forma de contar las cosas no es seria, pero también que transcurridos unos días de la lectura ustedes harían/harán, grosso modo, exactamente lo mismo. O parecido. 

Lo que más me ha gustado de Adamsberg es ese punto extravagante que atenta contra la lógica detectivesca, una ilógica que lo aleja de los habituales y manidos estereotipos de novela americana que tanto nos gusta reproducir aquí cambiando Boston por Teruel o la quinta avenida por la calle Real y que Vargas se atreve a subvertir ligeramente. Es decir, que lo que me ha gustado es que no sea la misma mierda de siempre. Básicamente. También las relaciones entre los personajes, lo personajes mismos y esa querencia que demuestran algunos por actuar en clave de estoy-como-una-puta-cabra

Tiene ese punto que es hoy mi punto. 

Y mañana ya veremos.


viernes, 2 de marzo de 2018

Menos que una reseña de “Kanada” de Juan Gómez Bárcena

Atentos. 
I Premio de las Letras Ciudad de Santander 
XXXIX Premio Tigre Juan (Finalista) 
Premio Cálamo "Otra Mirada 2017" 

Es público y notorio que incluso estos insignificantes premios (en unos casos) o finalismos (en otros) suelen ser medio de juguete y probablemente también medio pactados. Y esto en twitter bien, que ya sabemos cómo se las gastan allí en odios y chupapollismos, pero fuera de las fronteras de la red social de turno tampoco son como para ir tirando cohetes. Con esto quiero decir que a mí me vendes tu novela con esta faja y lo mismo te la tiro a la cabeza. Ahora bien, “me han dado tres premios” es lo mejor que le puedes regalar a tu abuelita en Navidad. Y sigue así, guapiño

Pero a lo que íbamos. 

Mis prejuicios: 
Prejuicio número uno: joven 
Prejuicio número dos: escritor 
Prejuicio número tres: español 
Y prejuicio número cuatro: narración en segunda persona. 
En definitiva: asquísimo
No estoy a favor del genocidio selectivo pero algunos parece que se lo estén buscado. 

Entiendo que se pregunten por qué, a pesar de las señales, he acabado leyéndolo. Yo qué sé. Supongo que pudo la presión. Era abrir la boca tener a cinco recordándote que no has leído a Bárcena, puta maravilla, pierdes el tiempo leyendo mierda, eliges mal, dejas pasar la LITERATURA. Obviando a Chirbes, ninguneando a Bárcena… Y ya. Y, o sea, NO. Pero a mí esto no me vuelve a pasar, lo juro por éstas

Ahora debe ser cuando el listo de turno viene a decirme que tenía que haber empezado por El cielo de Lima, como si eso nos fuera a llevar a una realidad alternativa donde JGB fuese un escritor con talento y no un simple artesano en plena floración. 
Pues bien, ahórreselo. 

Dicho lo cual, hablemos de la novela antes de que se nos borre completamente de la memoria porque ya han pasado algunos días y esto amenaza Amnesia Perdurable

La acción (es un decir) de la novela tiene lugar en Hungría. 
Hungría, como todo el mundo (especialmente Acantilado) sabe, está a reventar de maestros de las letras. Tú le das una patada a una piedra húngara y ya tienes a cinco genios efímeros y supuestamente olvidados haciendo cola en tu Goodreads. Que JGM haya situado la acción allí obedece a dos razones fundamentales: no pilla cerca de Teruel y no habrá reseñista que se olvide de mentar a Kafka. 

Abro paréntesis: instrucciones para leer reseñas de Kanada. Coja un martillo, arranque el ordenador, empiece a leer reseñas y si en alguna de ellas aparece la palabra Kafka golpee el ordenador con el martillo hasta dejarlo completamente inutilizado o bien busque al reseñista por la calle y pártale la cara. 
Ruego disculpen este momento incitación al odio
Cierro paréntesis. 

De qué hablábamos. Ah, sí, de Hungría. Que digo que la acción tiene lugar en Hungría porque de otro modo no pasamos del premio Qué Leer, ejemplo de patetismo máximo. Esto (es decir, lo de Kafka y Terurel) no estoy en disposición de jurar que sea cierto pero encaja tan bien en la Hipótesis que justifica mi actitud abiertamente hostil de hoy que lo voy a proclamar Hecho Consumado desde ya. 

Perdonen que me ande con chorradas pero es que me estoy reservando para el párrafo final que es donde ya saben que se corta el bacalao. 

Hablábamos de Hungría. 

Esto es uno que vuelve a casa, se la encuentra medio rota y aun así se queda a vivir. Si hacemos caso a las señales (cambio de moneda, estado de ánimo, etcétera) debe ser 1945 ergo regresa de un campo de exterminio. Ha salvado el pellejo y siendo ahora como es un tipo de pocas palabras decide recluirse en su viejo hogar, gestionado en su ausencia por un vecino que lo alquila por igual a particulares y revolucionarios, motivo por el cual ya se pueden ir olvidando de callejeos, paisajes otoñales y todo lo que no sean monólogos, interiorismo, imprentas clandestinas y bocadillos de atún. 

La novela —que si no parece conducir a ninguna parte es porque no lo hace— no suscita el menor interés, a poco que uno tenga bueno gusto. Durante la lectura asistí entre estupefacto y resignado a la autodestrucción de un personaje que resultaba irritante en grado sumo de puro hueco. Implicar al lector a golpe de tú no tiene demasiado sentido si te vas a pasar doscientas páginas tirado en un colchón sin plumas dejando pasar las horas mientras el pasillo es un hervidero de vida y subversión. 

JGB es un escritor correcto, podría incluso decir que mejor que la media siempre y cuando no entremos en mucho detalle, no hagamos demasiadas preguntas y el jamón sea ibérico, pero lamentablemente (aquí rompemos a llorar como sauces) peca de lo mismo que tantos y tantos antes que él: aburre. Aburre por la historia, que en ningún momento arranca; aburre por el tono lastimero y melancólico, pero también y sobre todo, aburre por esa eterna y lamentable costumbre de dejarlo todo en manos de la empatía, las amistades y el respaldo editorial.