miércoles, 27 de mayo de 2015

‘El niño que se desnudó delante de una webcam’ de Jose Serralvo

Justin Berry sale en la wikipedia. Quiero decir que es un ser humano; que existe. Cuanto tenía unos doce años Justin Berry se compró una webcam con la que empezó a hacer amigos. No tardó en desnudarse; tampoco en ganar dinero o en ver satisfecha su lista de deseos de Amazon, que para el caso es lo mismo. Creció. Le fue bien. Económicamente, al menos. Cuando lo pillaron (ese momento en el que la inocencia ya no sirve de excusa) lo dejó. Denunció. Ya no más regalitos, ni más posturitas ni más pajitas a deshoras. Ahora Justin Berry lucha contra estas terribles prácticas. El bueno de Justin.

El niño que se desnudó delante de una webcam va exactamente de lo mismo, sólo que entrando más en detalle y añadiendo pimienta a las heridas. Se novela una vida que podría perfectamente haber sido la Justin. Al fin y al cabo la novela nace cuando el escritor lee esta noticia y decide hacer algo con ella.

La historia: niño puteadito de doce años en busca de amor da con mar de pollas. Es decir: compra webcam que instala en portátil y ya tiene más amigos que destapando diez cajas de donetes. Uno de ellos, de esos amigos, es especialmente especial. Se dice cienciólogo (nada que objetar, no somos racistas: nos daría el mismo asco si se tratase de un sacerdote católico con wifi por cuenta del incauto ciudadano defensor a ultranza de marcar la x en la casilla de la declaración de la renta) y parece taaaan buena gente que casi da cosa no meterse en la cama con él. El tema es que le levanta el ánimo al bueno del niño un día sí y otro también y le explica cuatro cosas que no sabía. El nene, que se deja querer, descubre en mala hora que las lecciones no eran gratis. Ya llega, ya llega. Quítate la camiseta, quítate el pantalón, acaríciate los pezones, date la vuelta, agáchate, métete un dedito por tu infante culito.

Recuerden: doce años. Piensen en sus hijos, sobrinos, hermanos.

Pero eso es sólo el comienzo. El amigo tiene amigos y la deuda es grande. Se le enchufan veinte en hora punta: haz esto lo otro lo de más allá. Humillaciones, todas; no les cuento más, no quiero hacerles vomitar. Ahora bien, clin clin. Ahora soy tu esclavo, ahora soy tu socio y a los quince nos franquiciamos.

Estoy pensando que no sé si ahora toca hablar de las novelas denuncia. 

Qué remedio, supongo.

Las novelas denuncia suenan a coñazo monumental, no me digan. Cuando supe de qué iba, esto fue lo primero que pensé: ahí viene un coñazo monumental. Este es mi prejuicio y de él no me bajo: en mi imaginario particular las novelas denuncia están más o menos a la altura de las autobiografías de enfermos (terminales o no) esperanzados y luchadores o de padres que desahogan la muerte siempre injusta de sus hijos compartiendo su dolor. Yo sé que suena bestia pero para pasarlo mal prefiero leer a Javier Marías. Lo que quiero decir es que yo, por lo general, paso de estas cosas.

Ahora bien, el libro me cayó en las manos. ¿Qué iba a hacer? Empezarlo. Y bueno, mira, quitando la necesitad del autor de provocar la arcada del lector a golpe de escatología humorística (manía de recordarnos que comía bocadillo de escupitajo verde o cucaracha al aire de primavera), el primer capítulo está lo bastante bien como para seguir adelante, que no es algo que uno pueda decir ni de todos los libros ni todos los días. Por lo menos se comprende a qué viene eso de enseñarle la pilila a un desconocido, que es algo que personalmente me cuesta bastante entender. Tenía su lógica, sin ser el dinero la excusa; ya saben: familia humilde, padres violentos, válvula de escape.

El truco para evitar la espantada del lector que pueda pensar que se la han vuelto a meter doblada (valga la redundancia), esto es, que se encuentra precisamente frente a lo que trataba de evitar —un drama humano de proporciones pélvicas o un nene llorando desconsolado por razones harto evidentes— está en el tono elegido por el autor para contar esta historia. El narrador y a la vez protagonista rebaja el dolor de un discurso inevitablemente crudo a fuerza de situarse a cierta distancia de sí mismo y los actos que tuvieron lugar, como si aquello fuese una cicatriz más que la herida abierta que cabría esperar. Una lección de la vida, en definitiva.

«Todo cuanto estoy diciendo es que quién somos nosotros para afirmar que padecer un incesto, o ser abusado o violado o lo que sea, cualquiera de esas cosas, no puede tener a largo plazo sus consecuencias positivas para un ser humano. No digo que necesariamente las tenga todo el tiempo, pero ¿quién somos nosotros para afirmar, maquinalmente, que nunca las tiene? No digo que alguien deba ser violado o abusado, ni que no se trate, mientras está ocurriendo, de algo totalmente terrible y negativo y erróneo, sin duda. Nadie insinuaría algo así. Pero eso es sólo mientras está ocurriendo. El abuso sexual o la violación o el incesto, mientras están ocurriendo. ¿Qué hay del después? ¿Qué hay del más adelante, qué hay de la imagen de conjunto, de la forma en que su espíritu lidia con lo que le ocurrió, se ajusta para lidiar con ello, y el incidente mismo pasa a formar parte de lo que ella es? Todo cuanto estoy diciendo es que no resulta imposible que, en ciertos casos, lo ocurrido pueda hacerte crecer. Hacerte más de lo que eras. Un ser humano más completo».

Más allá de esto, nada, a parte del acojone de pensar que le pueda pasar a los tuyos. Es decir, “hoy” pueden ustedes abrir la edición digital de, no sé, El país, por ejemplo, y encontrarse más o menos lo mismo en formato noticia de quinientas palabras: sin ir más lejos la de uno de veinticinco que captaba menores a través de Instagram: los chantajeaba para obligarles a hacerse fotos y más tarde mantener relaciones sexuales con él en vivo y en directo. Depredador sexual es el eufemismo de grandísimo hijo de puta. 

Lo que Serralvo quiere decir con este libro es que se anden ustedes con ojo, que ser moderno no es incompatible con tener cuidado; que sobran organizaciones espontáneas de seres humanos de esas que les llevan muchos años de ventaja en esto de conocer los puntos débiles de su IP. Organizaciones locas de deseo por levantarles la falda a sus hijas. La crudeza de lo narrado se compensa con la ausencia de dramatismo (pese a lo salvaje de alguna de las escenas), algo de humor y la idea de que a los catorce uno ya sabe lo que es un paja y que masturbarse frente a un desconocido no es exactamente lo mismo que aceptar un helado de tu vecino, por más que este parezca venido del inframundo. A la novela del Serralvo se le ve el truco mucho antes de fingir que lo muestra (no quiero entrar en este detalle) pero eso está bien. En este caso, al menos, está bien. Digan NO al valor literario de la lágrima fácil.

Les voy dejando, no quiero interrumpirles; supongo que querrán ustedes hacer otra cosa tipo, no sé, revisar el historial de navegación del nene, por ejemplo. 


martes, 19 de mayo de 2015

‘Al salir del infierno’ de John Franklin Bardin

He aquí una novela que no da para una reseña. Si acaso para una chiquitita, una simple mención, un pequeño resumen. Trescientas palabras, no más; ochocientas si somos generosos con las citas (lo seremos), MIL en el mejor de los casos y ya hablando hasta del tiempo, exactamente lo que hago ahora. Ya, ya lo dejo. 

El tema.

Bueno, el tema… no sé, por aquello de jugar a etiquetar, digamos novela de intriga. Engaña, ojo, la definición, que esto empieza con una loca saliendo de un sanatorio y ya se sabe que estas cosas pueden acabar de cualquier manera. No se nos dan muchas pistas de la razón del ingreso: digamos, por decir, por no estar callados, que se dejó vencer por el lado oscuro. Pero no es una novela de ciencia ficción.

«Su conflicto había estado siempre en su interior, y a ello achacaba el doctor Danzer el origen de su crisis, y no al alcohol: ese conflicto estaba hoy tan oculto como siempre, y precisamente ese conflicto, según intuía Ellen, era el meollo de su personalidad. ¿Cómo sería posible sondear aquellas plácidas honduras y encontrarlo? ¿Dónde estaría la clave, la llave que diera entrada a su secreto, la cuña mediante la cual sería posible forzarlo?»

Lo de las honduras es importante, parece. Lo digo porque se repite como diez veces. O más. Que si las honduras de la noche, que si hondura de las tinieblas, que si remolino de negrura, que si vacío del abismo… ¿Terror? Pues igual. Y más llamándose Al salir del infierno, aunque ya se sabe que estos títulos se ponen para engañar. 

Lo que importa es que allí abajo ha pasado algo, seguro. Y que nos vamos a enterar, también. Y que será al final, ya no cabe duda. Guión sin sorpresas con sorpresa final. Qué sorpresa. Libros que sueñan con ser estrellas de cine. Pero ya llegarnos a esto.

Ahora, a lo que íbamos.

La loca, que ya no está loca, sale pitando del centro con su marido, director de orquesta de perfil cumplidor y facilón, lo que sea que le reporte éxito. Un poco lo que fue en su momento Luis Cobos, para que nos entendamos. Salen y se van a casa y ella se muere por tocar el piano, que es pianista ella, y muy buena, mucho mejor que el mierda de su marido, dónde va a parar:

«Basil —pensó—, te quiero. De todos modos, querido, jamás te he considerado un músico. ¡Oh, por descontado que sabes dirigir! Puedes obligar a cien hombres a tocar tal como tú quieres que toquen, pero eso, en tu caso, es puro negocio, un medio de alcanzar la fama y engrosar tu fortuna; una posibilidad de abrir el camino y hacer que los demás te sigan, pero en modo alguno se trata de un arte. Creo que hojeas la sinfonía de D. con detenimiento, tarareas tal o cual pasaje, pero no para descubrir de qué se trata, no para apreciarla y aprender algo nuevo de ella, sino para averiguar, caso de que te sea posible, hasta qué extremo puede ser eficaz, hasta qué extremo puedes desvirtuarla y darle un determinado giro con el fin de poner de relieve tu personalidad, tal como busca un político las frases más llamativas, las consignas, dentro de un discurso. Creo, querido Basil, que lo que quieres de la música (y lo que tienes que conseguir de ella) es una sensación de poder personal. Te mides contra la orquesta y contra el público, y también contra el compositor. Te plantas en el podio, a su merced, y los esclavizas a todos con un simple movimiento de tu cabeza dorada, con un sencillo e inquieto reajuste de los hombros, con una mirada airada, con un toque de atención. ¿Y yo? Pues claro, querido, claro que me gusta verte: admiro tu destreza, tu dominio de los trucos, y me dejo seducir por ti. Claro, Basil, que nuestra relación no es de carácter musical...» 

Esto ella, sin exteriorizarlo, todo para dentro, reconcomiéndola: «Debes hablarle de ello, Ellen. Estoy segura de que es lo mejor. Si no le dices nada, todo esto crecerá dentro de ti, y este miedo destruirá vuestra vida en común». Aquí la Yoda, amiga y la vez mentora.

Novela romántica tampoco es, ya lo digo. 

Pero sigamos buscando esa etiqueta; tiene que estar por alguna parte. 

«¿Habría algo, algo que aún no hubiese descubierto y que yaciese bajo la superficie de su mente, oculto salvo cuando se producía alguna asociación accidental que le daba carta blanca para emerger a la conciencia, como si fuese un monumento sumergido sobre unos cimientos desconocidos del todo, una piedra angular de su trastorno? ¿Y qué habría podido sacarlo a la luz esta vez? ¿Las azules profundidades del cielo? ¿El recuerdo de la ventana enrejada? ¿La negrura del pasado?»

El caso es que la novela se enreda con viejos amores que vuelven, con mucho recuerdo sangriento de origen incierto, con ella luchando por superarlo y no dando pie con bola. Pasados tormentosos, presentes confusos, futuros tenebrosos. Ese tipo de endiablados puzles.

El final me lo voy a callar por respeto a los muertos pero ya les adelanto que es de esos que levantan suspiros de asombro y que piden a gritos ser interpretados por una resucitada Kim Basinger en algún telefilme mediodiario. 

Novela, pues, de consumo rápido y tensión creciente, a ratos un poco Hitchcok, a ratos también, con todo lo que tiene esto de poco original por tantos años de cine pero sí es verdad que resulta fácil imaginar todo cuanto ocurre en glorioso blanco y negro, tal como era cuando fue escrita (1947). Es lo que tiene, su mejor baza: que a pesar de lo previsible de su imprevisibilidad huele a clásico moderno injustamente olvidado y perfecto para rescate menor de editorial de segunda con poco donde elegir.

Y ahora déjenme que cuente las palabras que tiene este post, a ver si hemos ajustado bien esa extensión. Una, dos… ¡Zasca! Fenómeno: mil.


lunes, 18 de mayo de 2015

‘La silla’ de David Jasso

Esta mañana (siendo esta mañana la mañana en la que escribo esto, no la mañana en la que decido publicarlo) mientras desayunaba y el café hacía su efecto (qué literario, todo, eh) leí el final del libro que hoy nos ocupa. Me refiero a las últimas treinta páginas, más o menos. Siendo fiel a la costumbre un tanto integrista de no leer ni las instrucciones de un armario de Ikea durante el fin de semana, lo último, lo inmediatamente anterior, las primeras ciento setenta páginas las había leído, casi del tirón, el pasado viernes (siendo el pasado viernes… etcétera ectétera).

Sé lo mucho que les interesan estas intimidades, pero en esta ocasión me lo van a tener que perdonar ya que tiene su importancia. El tema es que durante el fin de semana no me pude quitar de la cabeza el dichoso libro. La bicha engancha. La historia que cuenta la novela es la típica historia que tienes que terminar sí o sí, y hacerlo cuanto antes, por lo que La silla es el típico libro que uno, en circunstancias normales, devoraría de una sentada no especialmente larga.

Tenemos, pues, una novela de terror, una historia absorbente y adictiva. La pena es que también tenemos un par de incómodos peros.

Vamos a ello.

El argumento es sencillo. El protagonista, un poco dulce amapola de jardín pese a escribir novelas de terror, es un escritor que quiere sufrir —por aquello de dar cierta credibilidad a la novela que escribe actualmente— lo mismo que sufrirá uno de sus personajes: estar atado a una silla. Atado y amordazado. Le dice a su mujercita querida del alma, a su vez también dulce amapola del mismo jardín («No era una mujer despampanante, más bien lo contrario, tiraba a pequeñita, pero era todo un cielo») que lo ate, por favor, a una silla:

«—Tiene que tener cuatro patas —proseguí—. Has de atarme cada pierna a una de las patas delanteras. Voy a traer una de las sillas del salón.
Comencé a salir del estudio.
—No, no, espera Daniel. ¿Por qué no usas una de las de reserva, de las que están guardadas arriba?
Quedé pensativo. ¿Una de las de reserva? Ah, sí, caí. Cuando las pasadas navidades nos congregamos bastantes personas en la casa, descubrimos que las sillas de las que disponíamos eran insuficientes y algunos tenían que sentarse a la mesa de forma incómoda en banquetas más altas de lo adecuado, o en los grandes sillones que tanto espacio ocupaban. Así que compramos seis sillas plegables, de manera que siempre estuvieran retiradas, pero pudiéramos utilizarlas cuando fuera necesario».

Ese tipo de silla (y ese tipo de narrador, también).

Su mujer diligente, consiente y cumple (pese a no estar en modo alguno de acuerdo con tamaña chorrada porque ella es del tipo de mujer que no disfruta con estos sadismos, que la sacas del misionero y la estás llamando puta).

Tienen un hijo. Daniel adora al cielito lindo de su mujer y a su tierno y todavía gateante querido vástago: «amaba al niño con toda mi alma, era una preciosidad, veía a Irene reflejada en él y hubiera dado mi propia vida por ambos sin dudarlo un solo instante. Cada vez que lo cogía en brazos mi corazón se ensanchaba» porque Daniel es –me duele insistir en este punto— el tipo de hombre que dice preciosidad sin asomo de rubor y cuenta además con un corazón que amenaza con no caberle en el pecho.

A él no le va del todo mal, sus novelas se venden relativamente bien (aquí un guiño al género fantástico: el escritor que vive de su obra) y eso les permite ciertos desahogos: vivir en una linda casita en las afueras de todo, por ejemplo. El típico sitio en el que, si te pasa algo, te puedes dar por jodido si no tienes móvil, coche o un poco de iniciativa. Ya ni te cuento si además estás atado a una silla, amordazado y tu mujer se ha abierto la cabeza por accidente mientras tu hijo gatea peligrosamente cerca del fuego encendido de la cocina.

Ese tipo de premisa.

La novela es una novela de un terror que tiene un punto de tensión muy claro: el niño. Mientras el padre está encadenado a una silla y la madre descansa a pierna sueltísima sobre el frío linóleo, el crío las pasa fenomenalmente putas, algo que pueden ustedes perfectamente imaginar solitos. La indefensión de un niño. ¿Quién no sufriría por algo así? Ese es el drama, no otro. Que el imbécil del protagonista muera de hambre, sed o le caiga un meteorito en la cabeza es algo que nos trae completamente sin cuidado. Sus peripecias para tratar de salvar a su hijo son párrafos que se quieren saltar. 

Esto, que parece el argumento de un episodio de Alfred Hitchcock Presenta, se dilata en exceso demasiadas veces (la anécdota del motorista, la historia de amor paralela) y se recarga de adjetivos y prosa lastimera siempre. Lo que nosotros queremos es que alguien ponga a la pobre criatura a salvo, de ahí que media novela se la pase uno cagándose en todo por tener que aguantar tanto pensamiento, tanta reflexión y tanto recuerdo. El estilo de Jasso, lejos de gustarme, me ha parecido en demasiadas ocasiones forzadamentente literario, (me ha parecido intuir demasiadas veces la búsqueda del sinónimo perfecto) lo que sumado a la manía de pararse a contar chorradas (léanse nuevamente las razones por las que el matrimonio había comprado las sillas plegables y denme la razón) lastra continuamente una narración que probablemente hubiese ganado enteros planteada como un relato largo, aunque esto es algo que se dice mucho y con mucha alegría (demasiada, en mi opinión) no siendo ni remotamente cierto. No es el caso.

En cualquier caso ha sido un interesante descubrimiento. Seguiremos a Jasso, que además se pone medio de moda ahora con la publicación de una novela en Valdemar (Disforia).