martes, 16 de diciembre de 2014

Reseña de “La mala puta” de Dalmau y Piña: [1. El Problema]

En La mala puta, en el capítulo dedicado a Las Librerías, se dice lo siguiente: «La mala puta no pretende ser un texto de memorias literarias, aunque uno vaya traicionando a ratos su propósito. Se concibió más bien como una sesión clínica encaminada a establecer un diagnóstico y de paso deslizar alguna advertencia. En el fondo no hay nada que no sepamos, pero conviene recordarlo».

En el fondo no hay nada que no sepamos. Efectivamente. He ahí el quid de la cuestión. Si de algo no puede presumir este libro es de contar secretos inconfesables. Su ámbito se circunscribe más bien al de los secretos a voces. Esto se traduce en una lectura serena, amena, divertida y plagada de aseveraciones por parte del lector; lector que, a medida que avanza, toma conciencia del despropósito en que unos cuantos han convertido y cada día convierten esa mala puta llamada Literatura Española. 

Bien mirado, acaba todo resultando bastante deprimente.

Entrar en mucho detalle sería, literal y literariamente, imposible, de ahí que tengamos que conformarnos (conformarse, en realidad, aquellos que de ustedes no lo hayan leído) con un vistazo a vista de pájaro. No se preocupen que ya les cuento yo lo más importante, a saber: esto está fatal. Tenemos de todo y no tenemos de nada: tenemos: falta de talento, falta de escritores serios y entregados, falta de críticos serios, falta de honestidad, falta de solidaridad, falta de voluntad. Lo único que nos sobra son editores, escritores mediocres y otras gentes de mal vivir.

Dalmau, cuando no se lamenta de lo amargo de su condición, (condición que lo lleva a escribir este libro que, dando respuesta a la pregunta formulada en el post anterior, les diré que pese a nacer de la amargura y el resentimiento no invalida sus argumentos, si acaso favorece a quienes, por intereses equis, buscarán desacreditarlo o restarle valor), cuando no se lamenta, decía, de lo amargo de su condición, pone en evidencia todos los males que aquejan a su tan amada literatura, un antro ahora poblado de indeseables, gente de escaso o nulo valor, que como decía Ortega, terminan siendo los de mayor influencia: «En un país donde la masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración a lo superior, se dan todas las probabilidades para que los únicos escritores influyentes sean los más vulgares; es decir, los más fácilmente asimilables; es decir, los más rematadamente imbéciles».

Esto explicaría el continuo auge del betseller, siendo betseller esa cosa que se puede programar, como bien demostró en su momento la editora de Dolores Redondo, que antes de colocar el libro en la calle (la trilogía detectivesca de moda) ya hablaba de cantidades ingentes de traducciones o adaptaciones cinematográficas con una desvergüenza ejemplar, similar a la desvergonzada sinceridad de la que hacía gala no hace mucho Ken Follet cuando afirmaba que el número de páginas de sus libros no obedecía a una necesidad argumental sino al gusto de unos lectores acostumbrados a disfrutar con el adormecedor sonsonete del material de relleno en el que se especializado. Sin embargo Dalmau no culpa al lector, que se deja engañar, sino al escritor, que no se esfuerza por ofrecer un producto digno probablemente porque no tiene la capacidad para ello

«La pregunta se impone: ¿por qué no nos dejamos de tonterías? ¿Por qué no nos encerramos de una vez, como hizo García Márquez, doce horas diarias, y no volvemos al mundo hasta haber escrito algo definitivo e inolvidable? Muy simple. Porque no sabemos, porque no queremos, porque no podemos».

y al editor, que consiente, día sí día también, este circo; que ya no ejerce de tal; que se ha convertido en un eslabón más de una cadena mercantilista que no tiene en cuenta la calidad y que trata al escritor como a un res

«Al final tu editor no es exactamente tu editor sino un empresario que publica esporádicamente algunos de tus libros. En nuestro país son muy pocos los autores que pueden presumir de que una editorial haya apostado por ellos hasta la muerte. No me refiero a los autores comerciales, claro, sino a aquellos que han consolidado una respetable carrera literaria en un mismo sello».

motivo por el cual no es difícil encontrar autores que estrenan editorial cada vez que publican un libro. Para que se hagan una idea del desprecio de Dalmau hacia la casta editorial, uno de los capítulos se titula Razones para detestar a Gimferrer.

«[…] existían figuras que, sin ser editores ni dueños de ninguna editorial, gozaban de un poder omnímodo gracias a su presunto olfato literario. Algunas empresas los fichaban para crear un catálogo, recuperar el prestigio perdido o bien modernizarse. O todo a la vez. Entre ellos quizá nadie gozó de tanta influencia como el poeta catalán Pere Gimferrer que entró en la legendaria Seix y Barral al poco de que ésta fuera absorbida por el grupo Planeta. Este hecho fue decisivo para nuestras letras por razones que no son las que se creen habitualmente sino por otras que no han sido analizadas hasta hoy. Generalmente se admite que Gimferrer hizo una tarea notable en el descubrimiento de autores que han brillado en la democracia como Antonio Muñoz Molina o Julio Llamazares. Un acierto. Pero lo que no se cuenta es el rechazo que impuso a gran parte de los novelistas emergentes de Barcelona que escribían en castellano. Me refiero a Javier Casavella, Jesús Ferrero, Javier García Sánchez, Ignacio Martínez de Pisón, Marcos Ordóñez, Ignacio Vidal Folch, Enrique Vila-Matas, Pedro Zarraluki y yo mismo, entre otros».

Otro de los factores, dice Dalmau, que han afectado gravemente a nuestra literatura ha sido

«el desembarco continuo de latinoamericanos en nuestro mundo editorial. Este flujo migratorio de presuntos talentos que arribaban a nuestras costas, como en patera, ha alterado definitivamente el viejo ecosistema y de paso las relaciones. Ya no llegan, ay, garcías márquez, ni siquiera bolaños. Pero siguen ocupando nuestro sitio, como autores o colaboradores de las editoriales de mayor prestigio. Aunque algunos expertos sostengan lo contrario, es fácil comprobar que dicho flujo sigue muy activo: basta ver los últimos catálogos y los últimos premios. En relación a ello yo no tendría nada que oponer si mis libros —y los de mis compatriotas— pudieran ser editados y acogidos en México, Venezuela, Perú, Argentina o Uruguay con el mismo entusiasmo. Pero aún no he conocido a ningún autor español que haya sido descubierto en Latinoamérica ni a ningún editor de allá que se la haya jugado por un autor nuestro inédito o poco conocido en España».

¡Y la crítica! Casi se me pasa y eso que es apartado al que dedica más espacio. Menuda mierda, la crítica. Y menudos seres despreciables, los críticos. Panda de vendidos. Se comenta el caso Echevarría, ya saben, cuando estaba en El País y le dieron la patada, a él, que era el rey de mambo, el azote de los malos escritores, la última esperanza de la literaltura. Aquello, asegura Dalmau,

«[…]tuvo a la larga un efecto nocivo sobre nuestra literatura. Es cierto que al principio muchos escritores y editores respiraron tranquilos ante la promesa de un futuro sin atropellos ni demoliciones. Pero nadie cayó en la cuenta de que la caída de Echevarría intimidaba de algún modo sutil e inconsciente a los demás críticos. Si alguien con tanto poder había sido coaccionado, ya nadie estaba a salvo. […] Y cuando los periódicos comenzaron a defender los buenos modales como valor principal de la crítica, al final se reprimió en parte la esencia del discurso. Mejor dicho, la crítica literaria aceptó el riesgo de volverse mansa y excesivamente respetuosa, como si los críticos hubieran aprendido de pronto el placer de la gentileza. Pero no era del todo así. En el fondo el cambio de actitud obedecía a causas más inquietantes que no estaban previstas. A raíz del vuelco en el ciclo económico, el sector editorial entró en crisis y se sintió en peligro de muerte. Y aquí seguimos. Se leía cada vez menos, se cerraban editoriales, revistas, distribuidoras y librerías, y en ese contexto apocalíptico la crítica salvaje era un lujo que nadie se podía permitir».

Y continúa, casi concluye:

«Al convertirse en el brazo “ideológico” de las editoriales y hasta de las campañas de promoción, la crítica perdió quizá su principal razón de ser. Separar el grano de la paja. Esto produjo un relajo general en la exigencia que no ha hecho ningún bien, salvo a los malos editores y a los escritores mediocres o superventas». 

También habría que añadir el compadreo. La redes sociales, los congresos, las presentaciones de libros como pago de favor, el propio título de escritor (el más alegre de todos los títulos), el corporativismo, en definitiva, editorial o social ¡o de clase! y la insana costumbre de los escritores de hacer de críticos de otros escritores, amigos o no pero siempre colegas, está acabando con la credibilidad, la escasa o nula credibilidad que les quedaba, a semejante especie humana. Si no hemos dicho esto mil veces no lo hemos dicho ninguna. No es extraño encontrarse en Qué leer o Quimera críticas de amigos, conocidos, colaboradores y socios editoriales, transformando aquellos espacios reservados a la crítica en meros espacios publicitarios, siempre bajo la atenta mirada de unos redactores que prefieren hacerse los tontos y fingir que no se dan cuenta o que directamente gustan de pecar. 

Ejemplo: No hace mucho, creo que en noviembre, un crítico (provisionalmente vamos a considerarlo tal cosa) me reconocía en las redes sociales haber rebajado la nota de la novela de un colega y/o amigo y/o conocido —colaboradores ambos de la revista Quimera— de cinco a cuatro tinteros (sobre un máximo de cinco) por recomendación/imposición/invitación de los redactores jefe de Qué leer ya que los cinco tinteros estaban reservados a las Obras Maestras. Es interesante comprobar, por un lado, la casi total ausencia de amor propio de un crítico que se pliega a los injustificados criterios de un editor que, sin haber leído el libro del escritor reseñado —o habiéndolo leído e imponiendo su propio criterio sobre el del crítico—, se permitió y supongo “se sigue permitiendo” la licencia de corregir al susodicho, negando, además, con ello (aquí llega lo mejor) la posibilidad de que una novela de género de un escritor español pueda alcanzar la categoría de obra maestra. Es decir: se asume la incapacidad del escritor español para crear obras de referencia. Nenes, ya sabéis lo que os queda: segunda fila forever o refugio en revistas especializadas tipo Presencia Humana.

Todo queda en casa. Qué leer, decide. El crítico se pliega. Es dúctil, el crítico; maleable. Es una vulgar marioneta en manos del escritor (a quien teme ofender), el redactor (a quien teme perder) y los intereses editoriales (que algún día podría necesitar). ¿Cómo podríamos, visto lo visto, respetar a esta gente? ¿En qué cabeza cabe que los escritores puedan ejercer la crítica nacional?

Y eso sólo es la punta del iceberg: convendría mirar cuánto mamoneo se traduce en periodistas que no leen otra cosa que producción nacional de bajo nivel, diseñada para adormecer los sentidos, rebajando —si acaso es posible rebajar lo ya casi extinto— su nivel de exigencia, sus defensas naturales frente a la basura. No es difícil, entonces, encontrar, como hemos visto más arriba, al crítico de turno asegurar que el libro de su buen amigo — detalle éste que siempre se les olvida mencionar—, publicado por una editorial menor, es uno de los mejores de los últimos años en la categoría de loquesea. Y lo que es peor: ¡creérselo! No sé qué prefiero, honestamente: que lo crean o que lo finjan. Miénteme, Pinocho, miénteme.

«Dado que a menudo no podemos obtener cómodamente lo que queremos, comenzamos a mover hilos para establecer alianzas. Pero estas alianzas rara vez redundan en beneficio del grupo sino de intereses particulares: la publicación de algún libro mediocre, una crítica favorable, la invitación a un congreso e incluso un premio. Yo te doy, tú me das. Pero todo queda entre nosotros. Es la ley. En este juego de compadritos la calidad de la obra es totalmente irrelevante. La única condición es que nos hagamos favores y que nadie se olvide de las deudas. En relación a ello es de lamentar que no haya un control regular de nuestras llamadas telefónicas ni de nuestros correos electrónicos. Así conoceríamos la verdad, todo ese carnaval de chismorreos, manejos y conspiraciones que llenan nuestras vidas».

La crítica remunerada (ya sea en cash (Qué leer o suplementos culturales) o en especie (Quimera)) tiene o debería tener una responsabilidad. Todo lo no sea eso (es decir, casi todo) tiene un nombre, pero nos lo vamos a callar, no vaya la camarilla de turno a sentirse insultada, menospreciada, vilipendiada. Aburre tanto victimismo, tanto rasgarse las vestiduras. 

«Pero además esta mala praxis crea alrededor un fenómeno aberrante: la exclusión de todo aquel que no se pliega a las reglas del juego. Vivimos en una época donde nadie se impone exclusivamente por su talento. Si no posees contactos o la mejor dirección te quedas fuera».

El resto del libro, y ya voy terminando esta primera parte de la reseña (que no quería ser una primera parte de nada, pero ya veo que no me va a quedar otra si quiero comentar dos o tres cosillas más), se dedica a comentar el éxito inexplicable de las agencias literarias («quinientos pardillos siguen mandando cada año sus manuscritos desde el Canadá hasta la Patagonia. ¿Pueden llegar tan alto las agentes?») o el daño que hace la televisión («no debemos olvidar nunca que el gran enemigo de la literatura ha sido y sigue siendo la televisión.»).

Venga, va: se han ganado un párrafo resumen final.

En líneas generales, el ensayo de Dalmau destaca por su cercanía. Dalmau, ángel caído, se alinea con el lector preocupado con el patético panorama actual y evita caer en la pontificación en aras de resultar más creíble. No es un texto del tipo Gregorio Morán (El cura y los mandarines), esto es, profuso, rico en datos y referencias sino subjetivamente objetivo, personal y fruto de un arrebato, de una ira controlada, de un hartazgo. Es verdad que en ocasiones peca de victimismo pero también es verdad que sabe reconocerlo, a su manera, por más que esto, al final, sirva de poco toda vez que el mal ya está hecho. En cualquier caso, y desde su modestia con la está escrito, La mala puta es un interesante recordatorio resumen que invitaría a un debate sobre el estado de la narración si la gente estuviera interesada en debatir, así como una lectura divertida para todos aquellos a los que nos hace feliz que nos den la razón.


De las “soluciones” aportadas por Dalmau, de otras cosas que tienen que ver son eso y con la crítica destructiva (autocrítica en construcción) y sobre la aportación de Piña Valls, hablamos, si les parece, en unos días, que hoy ya estoy un poco harto de escribir.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Una aproximación a “La mala puta” de Miguel Dalmau y Román Piña


Hoy vengo a sembrar una duda [razonable].

La mala puta arranca con una advertencia de Miguel Dalmau: «Dado mi perfil solar este libro pude parecer un rapto de indignación». El rapto de indignación al que se refiere el autor tiene que ver con un par de asuntos que lo llevaron, en su momento, por la calle de la amargura. El primero (el segundo, si no me equivoco, cronológicamente hablando) fue por una biografía de Cortázar escrita por él y “censurada” por otros, dando al traste con lo que parecía que iba ser un éxito de ventas que lo sacaría de no sé qué arroyo. 

“[…] el origen de La mala puta obedece al desencanto motivado por el veto sutil impuesto a mi biografía de Julio Cortázar. Tras varios años de trabajo todo parecía a punto para la salida del libro, pero desde el momento en que la prensa anunció que su autor andaba tras el rastro del genio argentino comenzaron los problemas. La suma de esos problemas me introdujo en un callejón sin salida y condenó mi libro. Sin embargo, desde los callejones se ve una perspectiva única de la basura del mundo, la que genera el Poder. También la que forma la literatura y quienes la frecuentan. Por eso escribo.”

Los detalles no son importantes o no deberían serlo aunque no estaría de más tener en cuenta un par de cosillas: uno, que la Agencia Literaria Carmen Ballcels tuvo, parece, casi toda la culpa y dos, que todos ustedes, escritores y periodistas que se llenan la boca hablando de Cortázar, también. Por su silencio, básicamente, porque «este asunto debería haber generado algún tipo de respuesta más contundente en el mundo literario.» Y no ha sido así. Y porque no ha sido así es por lo estamos hoy aquí hablando de lo que estamos hablando y no follando, que es lo que deberíamos.

«Obviamente este libro no pretende ser un ensayo sobre el Poder […] pero sí aspiro a señalar unas situaciones abusivas que se producen también en el campo de la literatura, generadas desde la cúpula, y que afectan negativamente al escritor y su obra».

Ahora es cuando tenemos que decidir qué grado de credibilidad damos a aquello a lo que el amigo Dalmau dedicará las siguientes 170 páginas. Es decir, ¿esta pataleta se basada en hechos reales, tiene peso, fundamento, o es un acto de venganza (merecida o no, da igual) que pretende únicamente hacer daño a esa mala puta que es, en palabras del Ernest Hemingway, la literatura española y quienes la habitan?

«Todo lo que me ha sucedido con el libro de Cortázar es una señal. Pero no para que me doblegara ante el poder editorial sino todo lo contrario, es decir, para ponerme en pie y alzar mi voz contra aquello que ha falseado y prostituido nuestra literatura...»

Por aquello de calentarles un poco más la cabeza de cara a la futura reseña les diré que el otro asunto del que hablaba al principio, aquello del rapto de indignación, tiene mucho que ver con la biografía que el propio Dalmau escribió sobre Gil de Biedma (Jaime Gil de Biedma, Retrato de un artista, Ediciones Circe, 2004) y que fue más que duramente criticada por un montón de gente del medio, entre los que se encontraban Jordi Gracia o Javier Pérez Escohotado. Este último acusaba a Dalmau de haberle robado la idea y, además, de haberlo hecho fatal: 

«En ningún caso la obra de un creador puede confrontarse con la vida sin trazar los puentes que permitan la interpretación y la valoración de esa obra. Este Retrato no propone ninguna clave social, histórica ni filológica aceptable, y cae a menudo en un provinciano anecdotario de prensa del corazón que no facilita la lectura de la obra poética y crítica de Gil de Biedma, que es lo que, al final, queda. Verba volant». (Escohotado, aquí)

Es divertido poner en google las palabras “dalmau, escohotado, biedma” y, siguiendo la trayectoria que marca una infantil biografía del rencor, encontrarse como en 2010, estando Dalmau nominado al Goya al mejor guión adaptado de la película basada en la vida de Gil de Biedma (El cónsul de Sodoma, basada en el libro de Dalmau), Escohotado se paseaba por la blogosfera en modo troll poniendo a partir al escritor y pidiendo a voz en grito que no le diesen el premio, que no le diesen el premio, que no, que no. Jodidos críos.

Estas canalladas las sé no porque yo sea muy listo o esté muy al corriente de las puñaladas traperas que se gastan los poetas sino porque el propio Dalmau se encarga de recordárnoslo como setecientas veces a lo largo del libro, motivo por el cual se acaba viendo obligado a terminar su intervención del siguiente modo: «Es probable que algunos lectores sigan creyendo que este libro es fruto de un rapto de indignación. Allá ellos.» Allá ellos, dice. Ni que nos dejase opción. Ese último capítulo, por cierto, se acompaña de un baño de realidad que flaco favor le hace: 

«A consecuencia de este affaire, tuve que abandonar un ático confortable en el centro de Palma de Mallorca y me fui de la ciudad. Ya no tenía dinero para pagarlo y busqué refugio en el centro de la isla. Gracias a la generosidad de un amigo pude instalarme en un viejo caserón de pueblo que pertenece a su familia.»

Pero insisto: lamentaciones al margen («lamento descender al plano personal», «pero hay un momento de la vida en que ya no tiene sentido seguir lamentándote», «me había propuesto que no caería en lamentaciones») pronto tendremos que decidir qué nos creemos o qué no nos creemos; si nos creemos todo o nada o parte o si mejor nos damos a la bebida. Yo, que ya he terminado de leer la parte de Dalmau, ya he tomado mi decisión. En unos días, hablamos y vemos si es para tanto la cosa o si, una vez más, quedará todo en nada.

«Encendamos las lámparas, afilemos el bisturí, abramos dulcemente las carnes...»


viernes, 5 de diciembre de 2014

“Los últimos” de Juan Carlos Márquez

Que en este país tenemos un problema con la calidad, empieza a ser evidente; que lo tenemos con la imaginación, parece que también. 

La novela que hoy nos ocupa trata sobre la lucha por la supervivencia, que es una cosa tan original que lleva de moda como setenta años en la literatura y cien mil en la naturaleza. Si no te cae un meteorito, se llena el planeta de tierra, polvo, ceniza o hielo o se te mueren las lechugas y si no es eso es un virus que deviene en pandemia o los muertos que reviven o que se retrasa otra vez la edad de jubilación. En alguna parte hay un catálogo de desgracias al que los escritores de género recurren cada vez que piensan publicar un libro; esto da como resultado tropecientos mil novelas idénticas en las que lo único que cambia es el nombre del barco en el que los protagonistas se refugian para echar el polvo de las tres. Curiosamente, por alguna misteriosa razón (de esas que tanto les gustan a ellos) toda esta gente a la que, en un arrebato de generosidad, llamaremos escritores, no se acusan los unos a los otros de plagio, no se denuncian ni se dan palizas por la calle. Al contrario: aceptada su falta de originalidad, se reconocen mutuamente los méritos, caso de haberlos. Dicen: gracias a fulanito, zutanito y menganito que han sido fuente de inspiración, ayuda y ha dirigido, desde el cielo en que habita, mis pasos. Y después llega el listo del editor y menta, en la faja o contraportada (ya no las distingue uno, la mitad de las veces) a la madre del cordero y a Philip K Dick, Ballard o John Windman. Y tan anchos. Después sólo queda esperar que suene la flauta y, promoción editorial mediante, se te haga el libro famoso, que del resto ya se ocupa la falta de criterio de la gran mayoría de los lectores de género y la ignorancia del vendedor de libros (casi se me escapa la palabra librero) de El Corte Inglés, como aquel que, recomendaba hace apenas unos días los libros de Dolores Redondo como lo mejor que se hacía actualmente en materia detectivesca: vea, si no me cree, decía, que van por la 24ª edición, que como prueba de la estupidez general es irrefutable. Pero hablábamos de Juan Carlos Márquez y su último libro: Los últimos que, como prueba de falta de imaginación, también.

La cosa, ya se imaginarán, va del fin de mundo. 

Algo hace bluf o chis o paf o fiu, una luz cegadora (un disparo de nieve), fulmina todo lo que pilla al sol del membrillo, dejando como únicos supervivientes aquellos a los que ese día no les tocaba sacar el perro. Siendo yo chaval había un comic en el que esto mismo, o parecido, le pasaba a quienes en determinado fatídico momento no tenían la suerte de estar bajo el agua. A partir de ahí, en la novela de Márquez, la vida ni es vida ni es nada y andan todos con bombonas de oxígeno y mascarillas y peceras en la cabeza. Y todo bien hasta que mal, que es más o menos cuando los humanos empiezan a mutar y acaban todos zombies perdidos dándose al canibalismo más extremo. De ahí a correr delante de los walkingdead de turno y rendir tributo a Cormac McCarthy hay un único paso que el amigo Márquez da con una ligereza pasmosa. Como estará de mal la cosa que nuestro grupo protagonista pone rumbo al planeta Marte, toda vez que éste se ha convertido en la última esperanza de la exigua humanidad. Allí también pasan cosas, pero si cuento más detalles me denuncian fijo.

La novela tiene forma de diario. El protagonista deja por escrito, unos días sí y otros días no, aquello que puede ser de interés general para generaciones venideras. Por ejemplo: 

«La radio dejó anoche de emitir. No hubo consejos ni listas de supervivientes. Solo la repetición de Have I told you lately that I love you, de Van Morrison. La misma canción una y otra vez. Tras eso, silencio».

Y gracias que no era Camela. Pero no, claro, esto (siendo esto la acción) está necesariamente ambientado en Estados Unidos o a estas alturas ya estaríamos sin novela, que aquí naves espaciosas no tenemos. Esa es otra: como estará de mal la literatura en este país que no la queremos ni de música de fondo.

El caso es que siendo como es la novela un visto y no visto (pocas páginas, entradas cortas de diario y otras cosas tan-de-ir-al-grano) el resultado es inevitablemente una producto ágil que juega a satirizar el género de la ciencia ficción, llevando al extremo de lo [in]creíble todas aquellas posibilidades a las que otros muchos escritores dedican, han dedicado y sin duda dedicarán cientos y cientos y miles y millones de páginas. Esto lo digo como un cumplido. Si no vas a aportar gran cosa, al menos no obligues al lector a perder demasiado tiempo. 

Pero.

Pero mezclar argumentos, por más que estos pongan en evidencia o ridiculicen los tópicos del género, no demuestra imaginación sino cierta habilidad para la macedonia.

Resumiendo: novela entretenida, más bien gracias a su estructura que a su argumento, que deja al lector unas veces con ganas de más y otras veces con ganas de menos pero que en general pasa por el cerebro lector sin pena ni gloria, siendo el entretenimiento de un sábado noche a la vez que una pieza, un engranaje más de esa inmensa maquinaria que se retroalimenta y fabrica subproductos y genera, también, residuos en forma de reseñas que hablan de escritores de referencia y novelas ejemplares y otras cosas, sí, del querer.