martes, 21 de octubre de 2014

“El patrón” de Goffredo Parise

Hoy les voy a tocar la moral. 

No miento (y créanme: no lo hago) si digo que la palabra “moral” se repite, de un modo u otro, más de un centenar de veces a lo largo de la novela. Y corto me quedo, seguramente. Pero puesto que es esta novela es una novela sobre el mundo laboral, se trata de una moral inmoral o, si quieren, una inmoralidad moral, que seguramente sea lo mismo.

He recogido citas por valor de más de dos mil palabras pero vamos a simplificarlo mucho: se trata de aceptar lo que uno es, ni más ni menos. Ser patrón o marinero. No hay otra. Saberlo, aceptarlo, aprender a vivir con ello y no andar jodiendo con que si los derechos, que si los sindicatos, que si las obligaciones de la patronal …

«Yo soy el patrón aquí dentro, ¿está claro? ¡Soy el patrón, el patrón, el patrón, estoy harto de ser el siervo de mis empleados, estoy harto de tener que vérmelas con los listos, con los zorros, con los erizos, con las comadrejas de la empresa. Ya no puedo más, os voy a echar a todos..., vuestro comportamiento da asco, yo os pago y exijo respeto. No es por el dinero, me importa un bledo el dinero, podría pasar muy bien sin él, es por una cuestión moral. Y todo esto es inmoral, inmoral, inmoral, ¿lo habéis entendido? Por desgracia, no os va a fulminar Dios, pero lo haré yo si es necesario, ¿habéis entendido? ¿Lo habéis entendido? ¿Lo habéis entendido?»

¿Está clarito? Bien, así me gusta. No se vayan a subir los bancos a las banquetas.

Nuestro héroe de hoy es un mierdecilla que huyendo del campo llega a la gran ciudad para ocupar un prometido trabajo. Es su primer día y ya le van a presentar al doctor Max.

¿Qué quién es el doctor Max? El doctor Max es El Patrón. 

Al mierdecilla le dan a elegir (el mierdecilla se pasará la novela fingiendo que puede decidir algo, pero no, qué va): trabajar en los despachos del nuevo edificio, ocupado por “empleados más o menos iguales sobre los que el ojo del patrón puede vagar como si se tratara de una sola persona: son los administrativos, mecanógrafos y, en general, todo el aparato de la facturación y de la venta a crédito” o bien en la zona vieja, en el área comercial, teniendo por despacho nada menos que el aseo personal del doctor Max, toda vez que éste considerará, así, de repente, inmoral disponer de un aseo para sí mismo. 

«¿Ha visto el edificio de la nueva sede? Una locura, una verdadera locura de la que no le voy a contar nada, pero que es una locura inmoral. Todo ese equipamiento mecanográfico, otra inmoralidad, otra locura. Por lo demás, está claro que el mundo se encamina hacia la completa demencia, una inmoral locura. […] La vida práctica es lucha, por lo demás, inútil, escúcheme bien. Es sumamente inmoral. Ese edificio acristalado que ha visto es inmoral, como es inmoral que yo lo posea. ¿Qué necesidad había de una nueva sede? ¿El aumento de la producción? Sin embargo, todo eso es necesario, incluso más que necesario, es un deber o, mejor dicho, corresponde a una moral negativa. Claro que, bien mirado, la cosa más inmoral de todas es la propiedad. Perdone que le diga estas cosas, pero ¿usted por qué quiere ocuparse de proyectos comerciales? No le he entendido bien...
—Realmente, siempre me ha gustado..., ha sido algo espontáneo».

Este doctor Max, elemento caprichoso, irascible y moralizante como todo buen jefe que se precie, defiende por encima de todo la idea de una empresa propietaria de las almas que la forman y entiende que el sometimiento a la causa superior no puede ser cuestionado por mentes inferiores. Aceptar un puesto de trabajo es o debería suponer esa mutua aceptación de las condiciones laborales aunque el doctor Max, que no es del todo imbécil, entiende que, de todo esto es mejor darse por enterado que andar por ahí pregonándolo.

«—En su opinión, ¿qué es lo mejor moralmente?
—Sería moral que esta gente se diera cuenta de que es de mi propiedad y yo puedo hacer con ellos lo que quiera. Si se diesen cuenta de eso, sería suficiente.
—Pero para eso se necesita poco, poquísimo. […] Tan poco que no es preciso hacer nada. Porque esta gente, como todo lo demás que hay aquí dentro, es realmente de su propiedad. Que luego ellos se den cuenta o no, no tiene ninguna importancia.»

El resto de la novela juega, desde el humor (absurdo humor), con la idea del empleado sometido voluntariamente a los caprichos del patrón, que lo mismo le baja el salario, que lo despide, que lo readmite al día siguiente pero que, a cambio, ese patrón, sufre lo indecible por no poder ser moralmente consecuente. No es un mal precio a pagar.

«Discúlpeme, pero ya se habrá dado cuenta de que soy un histérico. No exactamente un histérico, pero es que son muchos, muchísimos, los pensamientos y las preocupaciones. Sobre todo las morales. Cuando se está en mis condiciones, se vive en un eterno dilema. Ser hombres y al mismo tiempo dueños no es cosa fácil. También ése es un problema moral, porque las dos condiciones presentan problemas morales contradictorios».

Mientras tanto, el mierdecilla, el mismo que trabaja en el aseo del doctor Max y se somete a absurdas inyecciones de lo que parecen ser vitaminas o aguanta pacientemente los continuos cambios de humor de su jefe, se siente feliz por no tener que tomar la iniciativa, por ser parte de una masa inerte que no asume grandes riesgos. Que acepta que su vida esté cortada, y valga la redundancia, por el mismo patrón: “¿Es tan difícil de entender que la del empleado es una elección moral y no una imposición?”:

«[..] formaré parte de la empresa, trabajaré y ganaré dinero, me casaré y formaré una familia, tendré una casa con muebles modernos, radio, televisión, frigorífico, lavadora y todo lo que necesite. Me iré de vacaciones en verano los veinte días que me correspondan, si me corresponden, como todos, como todos los hombres de este mundo. No me moveré de aquí. Apretaré los dientes y no escucharé las palabras de nadie, y en todo caso, repito, seré coherente conmigo mismo. Ahora soy del doctor Max y es él quien va a decidir por mí, no yo. Tengo que quedarme aquí y hacer lo que hacen todos los demás, todo lo que hay aquí dentro: hombres, mujeres, muebles, máquinas de escribir y todas las demás cosas...»

Todo esto planteado desde un absurdo tal que supera con creces la realidad. El empleador como tirano que debe fingir ante la sociedad tener remordimientos por los continuos abusos de poder que ejerce a diario sobre esos hombres que, maldita sea su estampa, son de su propiedad, al menos ocho horas diarias y que deben todo lo que tienen y todo lo que son al trabajo, no que realizan, sino al que les permite, el santo patrón, realizar. Esto es así aquí y en Pekín y si no se grita es, como dice el doctor Max, por simple pudor.

Pero está bien, no pasa nada, al fin y al cabo sólo serán ocho horas al día. O diez. O, bueno, tal vez doce. Pero aceptadas voluntariamente. Que nadie se engañe: se puede aguantar eso y más. De bien nacidos es ser agradecidos y bastante es, ya, que te hagan un contrato. Además, piénsenlo bien, la recompensa es grande. Nada menos que LA FELICIDAD.

«Cada cual desea transmitir sus propios caracteres individuales al hijo que le sucederá. Así que espero que en vez de ser como yo, un hombre con algún indicio de razón, sea […] feliz en la pura beatitud de la existencia. No utilizará las palabras, pero tampoco sabrá nunca lo que es moral y lo que es inmoral. Le deseo una vida parecida a la del tarro que en este momento tiene su madre en la mano, solamente así nadie podrá hacerle daño».

miércoles, 15 de octubre de 2014

“Ominosus” de Bear, Kiernan y Barron [y Fata Libelli]

Probablemente lo mejor que una editorial puede conseguir con la publicación de una antología de relatos es (además de recuperar la inversión) que el lector ocasional (descartemos incondicionales, para no contaminar esta frágil teoría) se interese por alguno de los autores que participan en ella. 

En ese sentido, Ominosus es impecable. Si te gusta el terror, claro. Pero citando a uno de los personajes de estos relatos, empecemos por el principio. No nos dejemos nada.




El continente

Dos chicas un poco frikis montan un puesto de libros digitales y le llaman Fata Libelli. Les gusta el terror, la ciencia ficción, lo fantástico y a tal se dedican en cuerpo y alma. O eso parece. No he querido profundizar demasiado, no fuera a enamorarme. El resultado son una serie de libros de relatos que pueden ver haciendo clic aquí. Hay un poco de todo pero en general flota la intención de arañar títulos y autores de sus géneros favoritos poco o nada conocidos en nuestro país, al menos por quien esto escribe.

Y ya está. Tampoco hay porqué dedicarles un monográfico.



El contenido:

Tres relatos tres ocupan el espacio vital de este libro que se supone una suerte de sentido homenaje o guiño a ese escritor llamado Lovecraft. 

El primero se llama Shoggots en flor y está escrito por Elisabeh Bear. He buscado, sin grandes esfuerzos, otras cosillas de Bear publicadas en España pero fuera de Fata Libelli no he encontrado ni un triste prólogo. 

Perdón, ya me centro.

Los shoggots son un bichitos tirando a grandes –o sea, bicharracos—de cuerpo gelatinoso y forma informe que tienen bastante protagonismo en En las montañas de locura. He ahí el guiño (este ha sido fácil). El relato —fuera de esta anécdota, el menos interesante de los tres— narra la peripecia de un investigador que trata de entender qué cosas son esas, los shoggots, que viven aislados del mundo, sin molestar a nadie a cambio de no ser molestados. 

«Los shoggoths fueron creados mediante ingeniería genética. Y sus creadores no les permitieron pensar, salvo para lo que se les antojase a ellos. El más vil de los esclavos al menos es libre en su cabeza, pero no así los shoggoths. Fueron peones, obreros de la construcción, tropas de asalto. Fueron armas aterradoras en sí mismos y esclavos obedientes. Inmortales, simplemente iban transformándose para adaptarse al cometido de cada momento».

Pues esto un poco sobre un fondo de racismo, empatía animal y ansias de libertad.

Regulín. No aburre pero tampoco llama especialmente la atención.

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El que sí me ha gustado, y bastante, ha sido Casas bajo el mar, el relato de Caitlín R. Kiernan, escritora que descubrí no hace tanto a raíz de La joven ahogada, publicada por Insomnia, el nuevo sello de Valdemar y que reseñé, sin mucho entusiasmo, por aquí. El relato me ha gustado lo suficiente para plantearme seriamente —todo lo seriamente que yo me planteo estas cosas— releer el librito dichoso aprovechando que estos días ha ido ganando enteros en el recuerdo, que de todas las formas de ganar enteros es la más tramposa pero también resultona.

«No es cometido del escritor «contarlo todo», ni siquiera decidir qué dejar, sino decidir qué quitar. Lo que queda, la exigua suma de esa profana escisión, es la quimera bastarda que llamamos «historia». No estoy construyendo, estoy recortando. Y todas las historias, ya se anuncien como verdad o se reconozcan como falsedad, son ficciones, escindidas de cualquier hecho objetivo por la ya mencionada acción de recortar. Medio kilo de piel. Un montón de serrín. Fragmentos desechados de mármol de Carrara. Y los despojos.
Un hombre condenado en un almacén vacío».

Sin ánimo de destripar demasiado el argumento (para variar) les diré que la cosa va de ciudades abandonadas en fosas abisales (nuevo guiño a las montañas de la locura) y mujeres que creen a pies juntillas en otras formas de vida. Hay altares, invocaciones, fanatismo y suicidios colectivos, que siempre es un recurso muy agradecido. Al margen del interés en la propia historia, está el modo de contarlo, de dosificar el misterio y de tensar la cuerda que sostiene el intríngulis lector. Kiernan insiste (ya lo hizo en La joven ahogada) en hacer que el terror venga del mar (o habite en él) y que el personaje femenino se lleve el Oscar a lo mejor de la novela. El resultado es relato muy interesante que mantiene la tensión en todo momento y que, al contrario que el anterior (el de Bear) que tenía intención continuista, este sí es capaz de utilizar las ideas de Lovecraft para crear algo más personal o, al menos, no tan dependiente de.

* * * * * * *

El tercer y último relato se llama El don de la oportunidad. El autor: Laird Barron. De este señor podemos encontrar un libro recientemente editado por Valdemar, también, como el de Kiernan, en su nuevo sello Insomnia (lo que nos lleva a fantasear con relaciones eroticofestivas entre ambas editoriales) llamado El rito que si no lo tengo entre manos cuando lean ustedes estas líneas, estaré a punto de hacerlo. O ya lo habré hecho. Ay, no sé, ya les contaré.

El cuento, sí, es verdad.

El cuento va de unos leñadores que se meten en un bosque que da miedísimo para poder cenar venado y se encuentran con un pueblecito de pirados adoradores de monstruos devoradores de algo. Grosso modo, esto. En el relato hay un grupo de gente que no deja de correr y otro grupo de gente que no deja de gritar y un montón de ellos que se mueren quiero pensar que para siempre. Por el camino se nos cuenta el cuento de Rumpelstiltskin, que ya es como para mearte de risa, pero asombrosamente la tontería, al final, tiene, si no sentido, gracia, y además da una idea aproximada de cuál es el origen de los traumas infantiles del autor. Para ello no hay más que leer el comienzo de esa novela (El rito) que acabo de mencionar y que no es otro que este:

«La versión popular del espléndido cuento de hadas sobre la hija del Molinero y el Enano que la ayudó a hilar la paja para convertirla en oro tiene un final feliz. No puede decirse lo mismo de los sucesos que inspiraron la leyenda.
El Espía, hijo del Molinero, se embarcó en una arriesgada misión que lo llevó a las Montañas del Oeste. Las huellas de carros y los rastros de caza que siguió eran tortuosos, se internaban en bosques sombríos de ladrones y toda clase de animales salvajes».

¿Ven?: enanos, bosques… La hija del Molinero. Una infancia difícil, sin duda. No por nada la profesión de escritor es el refugio de los suicidas cobardes.

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Total, que, en general y bromas aparte, bien. Interesante. Una editorial y unos autores a los que tener en cuenta. Yo ya no pido más.



viernes, 10 de octubre de 2014

“La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías” de Colectivo Juan de Madre [o la reinvención de la Nocilla]

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Todavía no sé por dónde empezar pero ya sospecho que esto se me va a ir de las manos. Sean pacientes.

Lo primero supongo que debería ser preguntarse qué clase de padre pone a su hijo el nombre de Colectivo Juan de Madre. Menudo cabrón. Bromas aparte, esta entidad u organismo se define como un colectivo artístico multidisciplinar, igualito que un aula de plástica de niños con déficit de atención.

El caso es que han escrito un libro. Sería lo que tocaba ese mes. El libro es este que hoy nos ocupa. Va de lo siguiente:

Premisa: Parece ser que el 15 de febrero de 1916 un eminente físico llamado Ricardo Zacarías desapareció misteriosamente sin dejar otro rastro que el de sus estudios (algo sobre la mecánica cuántica, dicen). Cinco años después, en un hotel de Manhattan un hombre apareció asesinado en una habitación completamente cerrada. El misterio, también en esa ocasión, quedaría sin resolver, al menos hasta hoy, que llegó el Colectivo y puso las cartas, marcadas, sobre la mesa.

La insólita reunión… es una ficción que trata de dar respuesta a estos dos sucesos o bien de dar respuesta a uno de ellos utilizando el otro como palanca, que para el caso es lo mismo. Una explicación, dicen, tan buena como cualquier otra, sobre todo si crees en máquinas del tiempo, los cuentos de Iker Jiménez, la teoría de cuerdas y la relatividad. 

Ricardo Zacarías —a ver si me centro— es un señor que tiene una máquina del espacio/tiempo (los detalles no son importantes). La mecánica es la siguiente: el sujeto tiene dos chismes, uno la coloca en el punto de origen (A) y otro en el destino (B). Si hace lo que tiene que hacer puede ir desde su casa a la panadería todos los días a la misma hora para ver salir a la dependienta. Pues algo así: decide viajar a la misma habitación de un hotel a un momento muy concreto del futuro. Y lo hará todos los quince de febrero en nueve ocasiones entre 1905 y 19016. El resultado no es complicado: se trata de meter a nueve Ricardo Zacarías en una misma habitación a ver qué cara ponen.

«El problema me acecha cuando en nueve ocasiones, a lo largo de mi vida, decido viajar a un mismo instante, donde se encuentran nueve Ricardo Zacarías, llegados de nueve años distintos. Y el lenguaje se convierte en una trampa para explicar sin trabas lo sucedido. Por eso, supongo, decidí escribir nueve veces lo que allí ocurra, una por cada oportunidad en que yo lo viva. La reunión sólo sucederá una vez; seré yo, que la viviré en tantas ocasiones».

Muy interesante. Lo digo completamente en serio. Piensen en ello un minuto: viajan al futuro y ven a sus otros yo, cada vez algo mayores, haciendo algo, porque algo hacen, no van a estar todo el rato sentados mirándose como gilipollas. Observen a su yo del año que viene y ahora pregúntense: ¿es posible cambiar el destino? ¿Puedo obligarme, el año que viene, a hacer algo completamente diferente lo que me he visto hacer? ¿Me interesa hacerlo?

Pues, básicamente, de eso trata.

Al Sr. Colectivo Juan de madre le gustan un poco bastante las notas auxiliadoras y es por ello que ha plagado de ellas todito el libro. Durante la lectura uno se encontrará letras o números que deberá seguir si quiere ampliar información respecto a lo leído o simplemente no faltarle el respeto al escritor. Siguiendo el hilo, dará con breves ensayos, comentarios o anécdotas varias que se supone que tienen relación con el asunto de referencia («[…] se intercalan otro tipo de textos con la trama. Son breves ensayos y artículos que deben ampliar o desarrollar temas apuntados en las páginas del diario personal de Ricardo Zacarías»). 

Va un ejemplo: 

En un momento equis se habla de “concebir el universo como un instante eterno” y se nos invita a seguir la llamada 18 que está al final del capítulo (y no al final del libro, como hubiera más práctico, claro que se trata no de ser práctico) y que recoge citas de Warhol, Borges, Philip K Dick o Arthur Nersesian, citas que hacen referencia a la incompatibilidad entre el sentir y el contar, entre el observar y el narrar y la maldita limitación del lenguaje. De hecho esta es una fantasía erótica del amigo Colectivo que, ya en las primeras páginas, nos hace partícipes de la (su) particular frustración de verse sometido a las limitaciones de las leyes universales como si la dinámica posmodernista consistiese únicamente en llevar la contraria a todo el mundo:

«Este volumen, lejos de ser una cuerda, aspira a ser una red. Su lectura ideal consistiría en una lectura totalizadora, leyendo todas sus páginas a la vez, sin jerarquías, ni pirámides; comprendemos que es una aspiración imposible, ya que leer es un acto secuencial. Por lo que finalmente, cada lector deberá decidir el recorrido por dicha red: trazar una trayectoria según sus deseos, priorizar unos nodos, saltar sobre otros o regresar a los que dejó atrás, y de tal manera ensamblar su propio libro: su propia máquina del tiempo».

Falso, en mi opinión (es decir, falso sin más). No es cierto que la novela esté pensada para una lectura totalizadora. La novela está estructurada como una novela de toda la vida de Dios y pensada para un lector con forma y maneras de ser humano: los capítulos se desarrollan a lo largo del tiempo y el lector asiste, con el protagonista, a los descubrimientos que tiene lugar día a día y de hecho hay un misterio que consiste en saber qué ocurrirá al final, lo que directamente desmonta la idea de novela cuartodimensional. Ahora, ¿que suena bien? Sí, claro, mucho. Y moderno, ni te cuento lo moderno que suena.

Y conste que estoy a favor de la masturbación mental pero al pan, pan.

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2

Y ahora vamos a complicarlo un poco más.

Volviendo a la idea de las citas y dejando a un lado esa reseña oculta en una digresión, la putada de todo esto es que aunque algunas de esas citas, ensayos y/o comentarios sí tienen una razón de ser (o simplemente un interés compatible con nuestra santa paciencia) hay muchas otras —descubrirán, terminado y reposado el libro, que son la mayoría— que no sirven absolutamente para nada o que directamente parecen una tomadura de pelo, como puede ser el caso de colar, a modo de chiste privado, un par de veces a Eloy Fernández Pinchadiscos Porta, artista afterpop-up del ensayo-error español de penúltima generación:

«(27) Por último, el escritor Eloy Fernández Porta24 tomó el escenario para recitar sus canciones elegidas [se refiere al evento El pop també es llegueix que pueden ustedes buscar en google si les place], torció el cuerpo y emuló el gesto adolescente de aquel Jonhy Rotten de los primeros Sex Pistols, forzando la voz hasta alcanzar un falsete infantil e insoportable. El público asistente se debatió entre aplaudirle o golpearle».


Se habrán fijado, y si no lo han hecho ya se lo digo yo, que junto a su nombre, así como quien no quiere la cosa, figura otra llamada (la 24) que nos lleva a un artículo que trata sobre la artista multidisciplinar (la etiqueta no es mía) Violeta Gómez. Pues bien, la cita que he puesto es, a su vez, una nota que viene de, adivinen, otra nota. Esta: “(ñ) […] ¿Recuerdas cuando nos conocimos? Fue bajo la estatua de la Libertad 27…”. Bueno, da igual. El caso es que la mencionada llamada 24 hace referencia a un evento que, como se nos recuerda en el libro (faltaría más), organizó Fernández Porta entre el 9 y 11 de octubre de 2008 (el mismo año que el escritor publicó el famoso Homo Sampler, que ya es casualidad también) y al que asistieron –a excepción de Vicente Luis Mora, que no pudo ir— todos estos señores: Jordi Carrión, Javier Moreno, Alberto Santamaría, Francisco Ferré, Gabriele Wiener, Robert Juan-Cantavella, Manuel Vilas, Agustín Fernandez Mallo… y un largo etcétera.

¿Me siguen? Bien. Pues no me pierdan de vista; ya termino.

El plan de ese congreso era el siguiente (sigo robando citas del libro que hoy nos ocupa): «empezar a redefinir el espacio literario del nuevo siglo» que traducido del chino quiere decir: «hágannos sitio que queremos volver». 

Nos ha jodido. 

X años después nace el colectivo artístico multidisciplinar Colectivo Juan de madre. No quiero de dar a entender que este grupo (si acaso es tal cosa) esté formado por los arriba mencionados, pero dado el secretismo y viendo como florecen las casualidades en esta primavera de nuestra incertidumbre creo que tampoco deberíamos descartarlo toda vez que, para más inri, Aristas Martinez edita trabajos de, entre otros, Javier Calvo, Jordi Carrión y Laura Fernández o antologías en las que colaboran Francisco Ferré, Vicente Luis Mora, Antonio J. Rodríguez, Julio Fuertes Tarín, Oscar Gual o Robert Juan-Cantavella (otra vez, entre otros).

Señores, la Nocilla ha vuelto. Y lo ha hecho para quedarse. O eso creen.

Me puedo equivocar, pero sería la primera vez.