jueves, 24 de abril de 2014

“La benévola” de Laird Hunt

Dice, la contra: “La benévola es una novela histórica porque está ambientada en otra época”. Y bueno, en fin… Una advertencia para los amantes de las novelas históricas: eso no es exactamente así. A ver, sí, hay un contexto histórico que invita a cierto entusiasmo pero las cosas como son: esta es una novela sobre la venganza ambientada en la América de la esclavitud que tiene de histórico lo justo y necesario y poco más. Personalmente lo prefiero a cualquier clase magistral sobre lo que era ser esclavo o esclavista o consorte de tal.

Conviene aclarar que leí esta novela hace por lo menos cuatro meses; que hablo, por lo tanto, de memoria; que es una memoria frágil, que he olvidado mucho pero recuerdo bastante. Que esto ha de contar como cumplido.

La cosa va de una niñata en edad de rebelarse y hacer el tonto que un día conoce a un listo del que cree enamorarse perdidamente sólo porque asegura tener una mansión y terreno para aburrir en mismísimo Kentucky, ese campo de sueños que puede alejarla rápidamente de sus padres, esos señores que coartan su libertad. De la misa la media. Ni tanta mansión (si acaso choza) ni tanto terreno (si acaso terruño) ni tanta ambición (si acaso cuento). Lo que si tiene es mano de obra barata y una hermosa fusta y la horrible costumbre de meter a las lindas negritas en cintura a base de bien. Ellas son dos y se amigan con la joven, insegura, descreída y tirando a infantil ama y aquí es donde, más o menos, tiene lugar la historia. Espera uno gestos heroicos o huídas a campo abierto o la demostración de que la amistad todo lo puede y lo que se encuentra, en cambio, es algo bastante diferente, algo que tiene más que ver con el hijoputismo contagioso o con compensar los errores propios con el dolor ajeno. 

No voy a entrar mucho en detalle, ya he dicho que esto tiene que ver con la venganza. Saquen ustedes sus propias conclusiones o directamente léanse la novela. Personalmente tengo que reconocer que ha sido una agradable sorpresa no tanto por el estilo —un ejemplo del cual pueden ustedes leer a continuación (pido disculpas por haberlo robado de no sé qué blog, pero es que no sé dónde diantres he metido el libro)— como por la historia, que, sin alardes ni efectismos, logra aprovechar el tan histórico tema de la esclavitud para hablar de una violencia no diremos inherente al ser humano pero sí como recurso liberador.

Interesante.
«Una vez en mis primerísimos días un niño se perdió y cayó en un estanque, y cuando lo encontraron, no era más que una chaqueta azul y unos pantalones rojos flotando bajo un palmo de hielo boca abajo. Mi padre salió con su hacha para ayudar a sacarlo. Todos los hombres, provistos de hachas, formaron una especie de reloj en el hielo y por turnos descargaron golpes de hacha. Las hachas descargaban un golpe tras otro en torno al reloj, y los trozos de hielo saltaban hacia los lados y volaban por el aire, reflejando el sol que iluminaba el cráter que estaban creando. Yo tenía cinco años. El niño había sido mi compañero de juegos. Parecía que estuvieran sacándolo del ojo de una joya. Cuando ya lo tenían fuera y lo envolvían en la orilla, me acerqué a la joya que crujía en torno al agua negra y me arrojé dentro. Fue mi padre quien me sacó. Después de llevarme a casa y secarme y abrazarme, me dio una azotaina hasta que vi las mismas estrellas que había visto alrededor de esa joya en el estanque, y luego me azotó un poco más porque cuando me preguntó si ya había tenido suficiente, sonreí.» (p. 128)

domingo, 20 de abril de 2014

“Un hombre al margen” de Alexandre Postel

Alexandre Postel tiene 31 años, es francés y en 2013 le dieron (le dieron o lo ganó, vaya) el premio Goncourt. El Goncourt a la primera novela para ser exactos, que tampoco es como ganar el de verdad. Seguro que todo esto tiene mucho mérito pero aquí servidor lo leyó porque el tema le parecía interesante. 

La novela cuenta la historia de un profesor de filosofía de mediana edad, viudo, tímido, buena gente, un filusmillas, un mindundi, al que un buen día acusan de bajarse fotos guarras de niños. El tipo se jura y perjura inocente pero la policía tiene pruebas (rastros en su ordenador) que no dejan lugar a dudas. En el juicio se declara, por consejo de su abogado, culpable (esto es difícil de tragar, pero recuerden en su condición de mierdecilla verse superado por los hechos es determinante a la hora de seguir los consejos de un mal abogado): la idea es salir en dos años y no en cinco, que es lo que ocurriría si se negase a “colaborar” con la justicia. 

“Un hombre al margen” no es muy sutil a la hora de dejar claro el tema que va a tratar y no me refiero a la pederastia y sus efectos devastadores en la infancia, etcétera, etcétera, o en cómo una situación como esta puede destrozar la vida de un hombre, que también, claro, qué remedio, sino en la culpa, esa ramera. La novela se sostiene mucho en las reacciones de las personas más o menos afectadas: estudiantes, amigos, vecinos, familia. Ya saben: me acarició la cabeza, me invitó a su casa y nos quitamos los zapatos, me miró las tetas, qué haces con una foto de tu sobrina en bañador hijo de puta. Y tal. La segunda parte es ya el hombre destrozado y encerrado y nunca más reinsertado. Mismo personaje, mismo problema y la situación radicalmente diferente, pero la culpa… ah, la culpa. Y la presunción de culpabilidad, esa ni te cuento.

Y he aquí el quid de la cuestión: cuando la sociedad, desde su miopía habitual, ha decidido que eres culpable, todo lo que hagas o digas o cómo mires la televisión o cómo te sientes en el autobús o cómo te la cojas para mear, todo, absolutamente todo, será una prueba irrefutable (una prueba irrefutable más) de culpabilidad. 

La culpa es una mancha que no se quita.

La novela, que se lee en una patada, tiene de interesante, a falta de dobles lecturas, lo que tiene de interesante el tema tratado, y de provocador lo mínimo imprescindible (es decir, nada). Postel parece un tipo correcto que ha querido hablar sobre la pederastia y gracias a lo cual le han dado un premio por el que nos alegramos igualmente, pero se hubiese agradecido una crítica más feroz toda vez que a los pederastas no queremos disculparlos y a los inocentes no podemos hacer otra cosa que compadecerlos.




lunes, 14 de abril de 2014

“El cadillac de Big Bopper” de Jim Dodge

“El cadillac de Big Booper” es una curiosa novela que podríamos enmarcar —por aquello de hacer con ella lo que hacemos con todas— dentro del género de las novelas a las que hay que querer como son

No es mal género. Para sí lo quisieran muchos.

El caso:

Esto va del típico tirado que tiene un accidente de coche y llama a la grúa, con tan buena suerte que el conductor que lo viene a recoger es como una versión edulcorada del Michael Landon de Autopista hacia el cielo. Que ya es difícil. El caso es que aprovechando la intimidad que proporciona la cabina del camión, el tipo le cuenta la historia de su vida o parte de ella, al menos.

“El cadillac de Big Bopper” es, por tanto, la historia del conductor, no del parado de larga duración. He ahí el primer sorprendente giro. Ja. 

La parte carnosa empieza cuando el pollo, que es un poco delincuente y brazo ejecutor de un estafador de seguros, acepta el encargo de escojonciar un cadillac que una virgen de noventa años quiso regalar a Big Bopper (a la sazón cantante de un éxito fugaz) por culpa de un orgasmo que tuvo una tarde escuchando la radio. El auto en cuestión quedó sin entregar porque Bopper se dio una hostia tal que tiene hasta entrada en la wikipedia.

El entonces futuro gruista, que es más romántico que ver Pretty Woman el día de los enamorados, decide rendir un homenaje al amor y la música prendiéndole fuego al coche sobre la tumba del cantautor, para lo cual desatiende órdenes directas del matón de barrio, un hijo de puta al que lo mismo le da romperle los dientes de una mano que los dedos de la boca.

Y ya toda la novela es él recorriendo América, escuchando vinilos de 45 en un Hi-Fi portátil y recogiendo autoestopistas tan majaras que si no fuese porque se dan nombres de ciudades y gasolineras creeríamos que el tipo se pasa la novela dando vueltas a un psiquiátrico con un cochecito de los playmobil. Y luego está lo de las drogas. No se ven tantas pastillas ni trabajando en la Bayer. Es un no dejar de meterse desde el minuto cero, con puntuales paradas para mear y comprar chuches. 

Total, que muy bien.

La pregunta: ¿qué hay de ese parecido razonable con “En la carretera” de Kerouac? Bueno, pues a excepción de los coches, nada, y eso que aparecen por ahí un par de nombres y que el mismo protagonista saca a colación el tema pero sólo lo hace para burlarse de los gafapastas esos y poner en evidencia de consustancial estupidez de algunos fans. Para que nos entendamos: en “El cadillac de Big Bopper” hay, desde los títulos de crédito, una intención clara que no tiene tanto que ver con vivir como si no hubiera un mañana como la idea romántica del poder vivificante de la música y el amor y todas esas cosas que hicieron grandes los musicales de la Metro, ideales incluidos.

Quitando el último tramo, que cae en el delirio durante demasiado tiempo, el resto es una suerte de homenaje road movie rollo beat pero a ritmo de Rock n’ Roll. Divertida y alocada “El cadillac de Big Bopper” recoge personajes decadentes e infelices, pobres como ratas y dibuja con ellos lo parece el fin de una época, esa en la que ir directo a la locura estaba considerado un valor en alza, en la que la idea romántica de ganarse un tiro por nada era mirado con la ternura de ver nacer un corderito.

Ahora viene la parte en la que todo el mundo me dirá que debo leer Stone Junction. Ya les adelanto la respuesta: que sí, que sí… cualquier día de estos.