viernes, 23 de enero de 2015

‘Extraños eones’ de Emilio Bueso

El Cairo, El’Arafa, la ciudad de los muertos. Difícil encontrar mejor emplazamiento para una novela de terror de ese que dicen cósmico, como es el caso. Otra cosa tal vez no, pero a Bueso hay que reconocerle que sabe elegir las postales que dibujan el fondo de sus novelas: que si la Trans-taiga, que si un castillo draculauro…

Pero bien, a lo íbamos. O a lo que veníamos. 'Extraños eones'. Han pasado ya unas cuantas semanas desde mi lectura de esta novela, por lo que me van a tener que perdonar que me tome licencias de más o que me haya olvidado de algunos detalles pero así también nos quedamos en la fundamental. Al final una novela vale lo que queda de ella.

Extraños eones es un poco el Cuenta conmigo de la novelas de terror cósmico. Yo sé que esta comparación apesta pero no he querido evitarlo, al fin y al cabo Extraños eones arranca con unos niños un tanto inconscientes enfrentados a la adversidad y viviendo aventuras sin fin en un descomunal cementerio (mitad arroyo/mitad vivienda) al que llega, un día cualquiera, un grupito de señores feos como polillas en un coche de escaso o nulo consumo. 

Dejen que se los presente: están los malos y están los buenos. Los buenos son los niños, que además de bellísimas personas son pobres como ratas y dan muchísima pena. Alguno está enfermo y medio en las últimas y hasta yo, que no soy mucho de llorar, he sentido como se me arrugaba el corazón en un par de ocasiones. Pero es lo que hay: los buenos están para sufrir y si además son menores, doble ración. Por si esto no fuera suficiente hay también una mujer, casi una niña, a punto de dar a luz, que ya es mala suerte. En general la cosa de los personajes es un poco de manual y no es difícil imaginar ni qué pasará con el puto crío enfermo ni cuándo dará a la luz la buena de la mujer, esto es, en el más in-oportuno de los momentos (oportuno o inoportuno según seas ejecutor (narrador) o víctima (personaje)). Entre ellos está el líder, carismático y valiente como un príncipe de cuento infantil en camello y dos de Barcelona que pasaban por ahí y gracias a los cuales la novela tiene cincuenta páginas más de las necesarias aunque en ningún momento llegue a hacerse larga. Pero así enredamos la trama, que es algo que, como dice el otro, da mucha calidad a las novelas.

«Porque Benipé tiene un empleo. Es limpiabotas, y cuando vives en El’Arafa eso sí es un empleo. Benipé tiene trabajo y tiene casi quince años, su voz está comenzando a sonar adulta. Cuando la levanta todos los demás se callan.
Van caminando los tres y se les une Khaldun. Khaldun en árabe quiere decir inmortal, pero Khaldun tiene una tos que hace pensar que no llegará a cumplir los dieciséis. Camina tirando de una cuerda que ha atado a los cojinetes de su viejo monopatín, sobre el que descansa un banasto cargado de moniatos, estropeados casi todos. Eso es comida para varios días. Sus amigos le reciben con una algarada y hasta Benipé le regala una sonrisa. Islam le inserta un Camel en los morros y Khaldun se lo agradece con su espantosa tos».

El caso es que los malos quieren destruir el mundo o acabar con el mundo y su sistema bancario tal como lo conocemos abriendo una puerta a un malo malísimo que nos dominará y hará de nosotros sucedáneo de esclavitud. Para que se hagan una idea: es más malo que el malo de el señor de los anillos y tiene en común con él que ambos tienen que cruzar un portal que previamente hemos de abrirle los humanos o seres demoníacos con forma humana tipo abogados y tal.

Y hasta aquí puedo leer.

Sé lo que están pensando: yo también creo haber visto un par de remakes de la película. La pregunta que se estarán haciendo es si realmente vale tanto la pena como dicen por ahí, porque ya les adelanto que por ahí dicen que vale mucho la pena, que es lo mejor de Bueso y un largo etcétera de cumplidores cumplidos tipo que si Lovecraft redivivo o no sé qué. Bueno, en fin, ya saben cómo es la gente. Aunque sí, yo también creo que es lo mejor que he leído del autor hasta el momento, sin que esto signifique necesariamente que le vayan a dar el Nobel el año que viene. Aceptamos (ya tenemos una edad, ya podemos hacerlo) que es más que probable que el argumento no sea el más original del mundo ni la trama la más sorprendente pero tampoco se espera y dudo mucho que se pretendiese. Lo que sí tiene es la virtud de entretener, de no dar demasiadas vueltas antes de empezar (no hagan caso de los frikinabos que reclaman un arranque algo más breve), de mantener el ritmo casi todo el tiempo, de manejar un buen puñado de personajes sin llegar a ser del todo confuso y de incluir un guiño a los cuentos infantiles que, por lo que leo últimamente (y que me estoy encontrando en las novelas editadas en este sello, probablemente mi único vehículo de acercamiento al género) que es algo muy socorrido para arrancar guiños de complicidad.

En una novela de aventuras de corte fantástico como esta que tenemos hoy entre manos me conformo con que no me tomen el pelo ni me aburran ni se vayan demasiado por la ramas porque ya doy por hecho (sería del género idiota no hacerlo) que visitaremos un buen puñado de lugares comunes y caeremos en docenas de tópicos.


lunes, 19 de enero de 2015

‘El balcón en invierno’ de Luis Landero

Leer a Landero, al menos al de esta novela, es algo parecido a echarse una de esas siestas fugaces propias de los jubilados en las sobremesas, siestas de sentarse frente al televisor antes de bajar a echar la partida, siestas de cabecear al principio, de caer con todo el equipo después…, de rezar para que un martillo neumático te arranque de ese permanente sopor, esa pesadez, ese embotamiento general de los sentidos.

La historia arranca con Landero queriendo escribir, un buen día, una novela de ficción (hay que andarse con ojo con esto, que ahora Cercas ha (re)inventado la no-novela o, como él la llama, la novela sin ficción y conviene dejar las cosas claras):

«Ayer comencé a escribir mi nueva novela, y aunque al principio las cosas iban bien, e incluso me abandoné a deliciosos raptos de euforia por la facilidad con que despachaba los primeros compases del relato, luego, al apurar la tercera Mahou de la mañana y al leer de un tirón lo que acababa de escribir, y según leía, me fui poniendo cada vez más y más triste, hasta que al llegar al final me sentí profundamente abatido, como nunca en mi ya larga vida de escritor».

Me fui poniendo cada vez más y más triste. Me sentí profundamente abatido. Lo de no saber beber, vaya. La imagen de Landero como un Bukowski ibérico, poniéndose ciego a cervezas a las diez de la mañana me gusta mucho, pero mucho mucho. No lo hacía yo tan gamberro, tan outsider. Pero se ve que sí.

«Y no, yo no quería ser oficinista, ni casarme ni echar barriga sentado ante una mesa, yo quería ser vagabundo y poeta, o marino mercante, o maquinista de tren, cualquier cosa menos oficinista».

Y míralo ahora, qué pena, echando barriga (cervecera, además), detrás de una mesa, frente a una pantalla o una máquina de escribir o, no sé, tal vez un bolígrafo (no sería el primero), peleando por sacar adelante los frutos de su desbordada imaginación. Pero no todo son peros, pues tiene, la tristeza de Landero, una razón de ser, un sentido pleno y justificado ya que la novela que escribe, que se niega a continuar y de la que nos deja un exteeeeenso fragmento, es tal que así de horrible:

«Por las tardes, después de la siesta, salía a dar un largo paseo por la ciudad. Siempre iba limpio, bien afeitado y bien vestido. A veces iba por Cuatro Caminos hasta la plaza de Castilla, otras tiraba hacia la Puerta del Sol, o hacia el Manzanares, o se desplazaba hasta las barriadas del extrarradio, aprovechando su abono gratis de transporte [¿tienen los jubilados ahora abono gratis de transporte? Preguntar a mi madre o en el bar Asturias]».

Lo que quiero decir, y con esto pretendo justificar este desatino, es que es imposible escribir semejante cosa (tendrían que leer el resto para hacerse una idea) y no morir de tristeza o de asco o de algo. O apedreado. O sin amigos. Es imposible escribir esto y no evadirte; imposible no pensar en tu madre en el balcón, por ejemplo, o volver a tu infancia y creer que tu vida, comparada con esa cosa que has escrito, tiene algo de especial o algo que aportar a la literatura.

Pero estoy divagando. ¿En qué estábamos? Ah, sí, reseñando.

Se destaca, en esta obra, el lirismo («La poesía me hizo fuerte y me asignó un lugar en el mundo»), como si esto fuera algo positivo, pero es que además es falso. Puestos a poner etiquetas, podríamos hablar mejor de documental novelado o una novela documental porque a pesar de que sí hay momentos en lo que el poeta que hay Landero muestra su colorido plumaje, también hay otros demasiados en los que recurre al más podre de los estilos, a saber: 

«Comíamos casi a diario garbanzos con repollo, tocino y morcilla, gazpacho, migas, y a veces bacalao con arroz, con patatas, con tomate, frijones, sopa de fideos con hormigas, sopa de tomate, sopa sorda de poleo, sopa de trapos, guisos de caza, ancas de rana, pan con aceitunas, pan con tomate, pan con quesadilla de cabra, pan con queso de oveja, queso de oveja con café negro portugués, aceitunas con troncho de col, buche, cachuela, pestorejo, chanfaina, chorizo de oveja modorra, caldereta, peces de la rivera, perrunillas, bolluelas, rosquillas, dulces recios y nutritivos hechos en homo de leña, pepitas tostadas de melón».

Debe suponer Landero que está su lector ávido de conocer, no ya los detalles de su lejana vida privada sino también la de sus familiares, conocidos y vecinos del Club Gastronómico Amigos del Sintrón o el Club de Fotografía “Tengo una foto para ti” o el de la Memoria Histórica A Corto Plazo:

«Muy bien expuestos tras las amplias y luminosas vitrinas acristaladas de los mostradores, había cortes maravillosos de ternera asada, de rosbif, de chuletas de Sajonia, de salami, de sobrasada, de butifarra, de jamón de Parma y de Virginia, de asado de gallo relleno de bogavante, de mortadela, de pavo con melocotones, con pistachos, con arándanos, con bayas de mirto, con trufas, con ciruelas y piñones, con setas, y había todo tipo de salchichas, de Viena, de Frankfurt, de Lyon, de Bolonia, de hígado con hierbas, y todo tipo de pasteles y hojaldres, de carne, de merluza, de berberechos, de langosta, de pulpo, de aguacate con gambas, de sesos de liebre, de mollejas de alondra, de fricasé, de sardinas con salsa de ostras, y una sección sola para los encurtidos, y otra para los quesos, […]»

Y sigue, ojo, pero tampoco es plan de subirlo todo; con uno que se aburra es suficiente. Bromas aparte (o no) esto debe ser lo que Landero entiende por “hacer evolucionar un personaje” o tal vez son trucos para modificar el contexto histórico y demostrar cuánto han mejorado las cosas (el primer corte corresponde a los recuerdos de 1950 y el segundo a los de 1964), para dar sensación de movimiento.

«Por lo demás, todos en mi familia vestían más o menos igual, los hombres chaqueta, chaleco y pantalón oscuros, de pana, de dril o de cutí, camisa clara de rayas, sombrero rígido de fieltro, pelliza en el invierno, y botines de becerro color caoba hechos a medida por los dos o tres maestros zapateros que había en el pueblo por entonces».

Zzzzzz.

Lo que más asco da, y me van a perdonar la agresividad, es que luego tenga uno que aguantar babosadas tipo las del The Huffington Post diciendo que «cualquiera con un mínimo de sensibilidad literaria gozará con esta travesía por la vida del autor» o que «No se sale indemne de su lectura». O a los de El placer de la lectura asegurando que El balcón en invierno es, agárrense, «un excepcional ejercicio de metaliteratura». No, a ver, igual no se sale indemne de los diarios de Ana Frank o de los delirios de Anna Karenina, pero de los recuerdos de Landero se sale más que indemne, se sale pitando y con ganas de hacer cualquier otra cosa. 

Y es que tenemos tanto que perdonarle a la poesía…: «Y luego, un día, no sé de qué manera, dejé de creer en Dios y me encontré creyendo en Gustavo Adolfo Bécquer».

Y todo esto sin mencionar a Paco. Que ya, si nos metemos a analizar lo de Paco, la tenemos seguro. ¿Cómo que qué Paco? ¡Este Paco!:

«[…] un día se presentó en Madrid mi primo Paco, al que yo tanto admiraba desde muy niño. Mi primo Paco, el escultor, el pintor, el inventor, el guitarrista, el torero, el zahori, el cazador y el pescador, el electricista, el mecánico, el que todo lo sabía y todo lo podía, el versado en misterios, el que no se cansaba nunca de soñar y vivir».

Paco es media novela sin ficción, medio balcón, ya se adelanto: que si Paco esto que si Paco lo otro o lo de más allá, que si ahora toca la guitarra que si ahora se hace torero. Paco y el déficit de atención o Landero y el déficit de interés o Tusquets y el déficit de rigor o Babelia y el déficit de grado superior o todos y sus déficits. Paco no era nadie, si acaso uno que le llenaba al joven Landero la cabeza de pájaros y alocadas iniciativas flamencas y al que parece ir dirigido este libro que ya podía haberse quedado en correo electrónico.

«Pero ¿cómo vas a dejar ahora la Central, un puesto tan bueno y tan seguro, para dedicarte a la guitarra? En la voz de mi madre había ya sin embargo un tono de rendición ante lo inevitable. Hablaba sin dejar de coser, aunque cosiendo más despacio. Ya sabía yo que ese Paco no tardaría en llenarte la cabeza de pájaros».

‘El balcón en invierno’ no es una travesía (si acaso por el desierto) ni un ejercicio de metaliteratura ni nada que se le parezca. Es Landero en pleno ataque de nostalgia y falta de ideas y falta de ganas y falta de interés y falta, supongo, también, de capital. Ya le puede dar Landero gracias a diosnuestroseñor por contar en este país con críticos en edades próximas a la suya y por lo tanto, queremos suponer y vamos a suponer, con recuerdos similares y similares también ataques de nostalgia de veranos de vendimias y graneros de festivas masturbaciones colectivas y ganas de joder a personal con tanto buenismo y tanta bondad y tanta alabanza de aldea y alpargata y tanto elogio de abuelo y tanta chochez y tanto volver la vista atrás y no ver nada más que siegas, hogazas de pan con tomate, verbenas o el deseo inconfesado de volver a cagar de campo y sodomizar gallinas a escondidas. A ver si deja de ser de una puta vez la nostalgia, la afectada nostalgia de lo propio, una forma de salir del paso para tanto escritor sin imaginación. 

«Era una época de libertad, casi de impunidad. Los días eran largos, las noches claras, había mucha gente yendo y viniendo por los caminos y veredas, las cuadrillas de segadores se desplegaban con sus camisas blancas y sus grandes sombreros de paja por los trigales amarillos, y uno podía vivir a su albedrío, subirse a los árboles, bañarse en la alberca, cazar ranas y grillos, perseguir perdigones, correr y correr sin cansarse jamás, incluso bajo el sol implacable de la siesta, el joven corazón invencible enamorado de la vida como quizá no volvería a estarlo ya nunca...»

lunes, 12 de enero de 2015

Javier Cercas, ‘El impostor’

Todo lo que de bueno pudiera tener esta novela se va directamente a la mierda en (incluso, si me apuran, a partir de) el octavo capítulo de la tercera parte. Son cuatro, las partes; es decir, que llegando al final aunque tampoco es que el resto sea ninguna maravilla.

Dejen que se lo explique. 

Verán, desde el comienzo del libro Cercas va arrastrando un discurso de esto no es una novela esto es una novela sin ficción un relato real, porque, asegura, ese es el único vehículo posible para contar la historia de Marco, ingrata tarea que jura y perjura imposible al tratarse de una historia a la que no se puede llegar «a través de la ficción sino sólo a través de la verdad»: 

«Me dije que Marco había contado ya suficientes mentiras y que por lo tanto ya no podía llegarse a su verdad a través de la ficción sino sólo a través de la verdad, a través de una novela sin ficción o un relato real, exento de invención y de fantasía, y que intentar construir un relato así con la historia de Marco era una tarea abocada al fracaso».

Pues bien, después de darnos la paliza con esto durante no menos de trescientas cincuenta o cuatrocientas páginas, el bueno de Cercas, tal vez aprovechando que llevaba tiempo sin salir en la foto, se saca de la manga un capítulo, el ya mencionado capítulo o episodio octavo de la tercera parte, que reproduce un diálogo imaginado (¡nada menos que imaginado!, esto es, ¡no exento de invención y fantasía!) entre él y el protagonista o el que debería ser el protagonista o el que venía siendo hasta ese momento el protagonista de la no novela o novela sin ficción o relato real, relato exento de invención y fantasía, como bien se ocupa de recordarnos tantas veces como trece a lo largo de esta novela sin ficción, este relato real, este relato exento de invención y fantasía. Pues bien, este diálogo, que parece creado única y exclusivamente para darle a la novela una entidad que no tiene, una doble intención que no se esperaba o para justificar una extensión que no requiere, es, en realidad, un instrumento al servicio del escritor, una vía para su propio injustificado lucimiento pero también, inevitablemente, una demostración de lo bajo que se puede caer, de los niveles de patetismo que se puede alcanzar para nada más que dar algo de qué hablar toda vez que la novela se desinfla a media que avanza.

«Dios —(dice un imaginario Marco a un imaginario Cercas)—, cómo se esfuerza usted, qué horror de vida la suya, infinitamente peor que la mía o que la que la gente creía que era la mía antes de que me descubrieran: cada mañana levantándose casi de madrugada y escribiendo durante todo el día para mantener la impostura, para que no le pillen, para que nadie se dé cuenta, leyendo lo que escribe, de que es usted una farsa de escritor, un escritor sin talento, sin inteligencia y sin nada que decir, cada día fingiendo que no es usted un fantoche, un descerebrado, un personaje lamentable, un hijo de puta completamente asocial y un auténtico sinvergüenza».

¿Y todo esto total para qué? 

Pues todo esto total para nada porque esta novela sin ficción o relato real, relato exento de invención y fantasía trata, en realidad, o debería tratar (o eso nos promete, Cercas, una y otra vez y otra puta vez hasta que decide unilateralmente pasárselo todo por el forro) sobre Enric Marco, que fue un señor que hace unos años se hizo mundialmente famoso al saltar la noticia de que era un mentiroso compulsivo. O lo parecía. Mentiroso, seguro, reconocido; compulsivo, está por ver, probablemente sí.

La novela, decíamos, trata sobre Enric Marco. Javier Cercas, tras años sin decidirse (o eso dice), se lanza a escribir la novela sobre este señor que aseguraba haber sido siempre un luchador por la libertad y no pasó de oportunista, de vulgar mentiroso. Conviene no olvidar esto, tenerlo muy presente y también sus consecuencias, mínimas todas ellas. Cercas, para contar su historia, utiliza un estilo muy parecido al de Carrère (otro aficionado a salir en las fotografías ajenas) en ‘El adversario’, con una diferencia fundamental: Carrère no necesita 430 páginas para contar la historia de una mentira, mucho más interesante en mi opinión (a pasar de su menor repercusión mediática), que la Enric Marco, que al fin y al cabo no pasa de ser un jeta, por más que Cercas se empeñe, en un intento un tanto ridículo de engrandecer su vida, obra y milagros, en impregnarlo todo de una épica normalidad, si acaso tal cosa es posible:

«Marco es lo que todos los hombres somos, sólo que de una forma exagerada, más grande, más intensa y más visible, o quizás es todos los hombres, o quizá no es nadie, un gran contenedor, un conjunto vacío, una cebolla a la que se le han quitado todas las capas de piel y ya no es nada, un lugar donde confluyen todos los significados, un punto ciego a través del cual se ve todo, una oscuridad que todo lo ilumina, un gran silencio elocuente, un vidrio que refleja el universo, un hueco que posee nuestra forma, un enigma cuya solución última es que no tiene solución, un misterio transparente que sin embargo es imposible descifrar, y que quizás es mejor no descifrar.»

No es este momento, el de la entrevista imaginada, el único en el que Cercas ejerce de innecesario y molesto protagonista. Y no estoy hablando de todos los momentos en los que Cercas narra cómo llega a escribir la novela, al fin y al cabo son dudas que sí piden a gritos ser llevadas al papel desde el momento en que la historia de Marco ha de ser juzgada, al menos por el escritor, como más o menos interesante. A él, evidentemente, se lo parece y a otros muchos, seducidos ya sea por el estilo (esa falsa —ahora la sabemos— novela sin ficción, etcétera etcétera), ya por el propio escritor, ya por la propia historia, ya por haber sido víctimas (o haberse sentido víctimas, que es parecido pero no lo mismo) de la impostura de Marco, también. Y esto a pesar de que, lo siento mucho, no lo es. Interesante, quiero decir. O a mí no me lo parece, quiero decir, a regañadientes. La historia de Marco es la historia de un mentiroso. De un mal mentiroso. Y la traducción que hace Cercas es una mala traducción que no logra su objetivo ni a golpe de repeticiones o de establecer odiosas comparaciones (prepárense para la aberración) entre el personaje del Marco Inventado o el Marco Real con Don Quijote o Alonso Quijano, según el momento, comparación ésta a la que no duda en recurrir en demasiadas ocasiones y en repetir, una vez y otra vez y otra puta vez, la misma cantinela:

«A punto de llegar a los cincuenta años Alonso Quijano dejó de llamarse prosaicamente Alonso Quijano y empezó a llamarse poéticamente don Quijote de la Mancha, dejó los cuidados cotidianos de su ama y su sobrina por el amor imposible y radiante de Dulcinea, dejó las rutinas insípidas de su casa por las sabrosas incertidumbres de los caminos y las ventas de España y dejó su pobre vida de hidalgo por la vida pródiga en aventuras de un caballero andante; de igual modo, poco después de llegar a los cincuenta años Marco dejó de llamarse Marco y empezó a llamarse Marcos, dejó a una inmigrante mayor, andaluza y sin cultura, por una joven culta, elegante y medio francesa, dejó un suburbio obrero de Barcelona por un suburbio burgués y dio de lado su vida tediosa de mecánico por una vida apasionante de líder sindical y paladín de la libertad política, la justicia social y la memoria histórica. ¿Más? Más. Como Marco, don Quijote está hambriento de fama y gloria, ansioso de que sus hazañas perduren en la memoria del mundo, impaciente por que hombres y mujeres hablen de él, lo quieran y lo admiren y lo consideren excepcional y heroico; como Marco, don Quijote es un mediópata, un adicto a salir en la foto.»

¿Pasamos por alto que Don Quijote es un loco y no es un vulgar mentiroso y un egoísta y un oportunista como sí lo era Enric Marco? Venga, va, pasémoslo. Total, ¿qué más da?, si, total, de lo que se trata es de dar a un hombre, ya sea este héroe o villano, la categoría de extraordinario y qué mejor manera de hacerlo, de lograrlo, que compararlo, un vez y otra vez y otra puta vez con el amigo Quijano.

No se dejen engañar: en ‘El impostor’ no hay hombres extraordinarios, no hay héroes, ni dentro ni fuera de libro, por más que Javier Cercas se quiera anotar ese tanto:

«—[…] pensé que a estas alturas por lo menos una docena de escritores españoles habrían escrito ya sobre Marco. Pero no hay ninguno, me parece.
—No que yo sepa —confirmó Santi—. Bueno, creo que alguno lo intentó, pero se asustó enseguida. ¿Te extraña? A mí no. En la historia de Enric todo el mundo queda como el culo, empezando por el propio Enric, siguiendo por los periodistas y los historiadores y acabando por los políticos; en fin: el país al completo. Para contar la historia de Enric hay que meter el dedo en el ojo, y a nadie le gusta eso. A nadie le gusta ser un aguafiestas, ¿no es cierto? Y menos a los escritores españoles.
Santi debió de temer que yo tuviese una reacción gremialista o patriótica, porque enseguida se disculpó, vagamente. Le dije que no tenía por qué disculparse.
—No, ya lo sé, es sólo que... En fin. —Una sonrisa traviesa alargó sus labios por debajo de su bigote ralo, que se había manchado de café—. ¿Sabes? Me gusta mucho la literatura, leo bastante, también la española; pero, para serte sincero, los escritores españoles de ahora me parecen un poquito insustanciales, por no decir cobardones: no escriben lo que les sale de las tripas sino lo que les parece que toca escribir o que va a gustar a los críticos, y el resultado es que no pasan de la ornamentación o el esnobismo».
La historia de Enric Marco —inofensivo mentiroso, le pese a quien le pese— que por sí misma no daría, como de hecho no dio, para mucho más que unos artículos de opinión durante dos semanas, un especial en alguna revista o un documental, es desarrollada, hipervitaminada y mineralizada por Javier Cercas a lo largo de nada menos que cuatrocientas y pico páginas gracias a su buen hacer, es decir, gracias a su facilidad para repetirse, repetirse, re-pe-tir-se, meterse en la novela, a él, a su hijo, a su terapeuta; para inmiscuirse sentimentalmente, como hace Carrère en ‘El adversario’ o Capote en ‘A sangre fría’ (las comparaciones no son mías, sino de Cercas que se cuida muy mucho de recordarnos qué otros referentes debemos tener en cuenta a la hora de leer su genial y ¡original! novela sin ficción o relato real, relato exento de invención y fantasía); para sacar a colación (bendita entrevista imaginaria) la cuestión de la Memoria histórica, esa ley que tanto debe a Soldados de Salamina y por extensión al propio Cercas. Y tantas cosas más.

«—Y ahora dígame otra cosa: ¿quién había oído hablar en España de la memoria histórica cuando se publicó su novela [Soldados de Salamina]?
—¿No me estará diciendo que la apoteosis de la memoria histórica ocurrió por culpa de mi novela? Soy vanidoso, pero no tonto.
—Ocurrió por culpa de su novela y de otras cosas, pero por culpa de su novela también. ¿Cómo se explica si no el éxito que tuvo? ¿Por qué cree usted que tanta gente la leyó? ¿Porque era buena? No me haga reír. La gente la leyó porque la necesitaba, porque el país la necesitaba, necesitaba recordar su pasado republicano como si lo estuviese desenterrando, necesitaba revivirlo, llorar por aquel viejo republicano olvidado en un asilo de Dijon y por sus amigos muertos en la guerra, igual que necesitaba llorar por las cosas que yo contaba en mis charlas sobre Flossenbürg, sobre la guerra y sobre mis amigos de la guerra: sobre Francesc Armenguer, de Les Franqueses, sobre Jordi Jardí, de Anglès...»

‘El impostor’ de Javier Cercas es la inofensiva y dilatada historia de un también inofensivo Enric Marco, un mentiroso de profesión que debe agradecer a una impostura sus cinco minutos de gloria y gracias al cual contará Cercas con su dosis anual de vanidad proporcionada por todos esos críticos o no tan críticos adoradores de la ornamentación y el esnobismo y a las novelas sin ficción o relatos reales, relatos exentos de invención y fantasía.