lunes, 27 de junio de 2016

Fe de lecturas JUNIO 2016 y anuncio de ausencia

Ayer.

El tres de agosto hará seis años (¡seis!) de la primera entrada de este blog. Recuerdo, porque lo tengo anotado, que aquel mes de junio de 2010 leí la friolera de 13 libros. Venía yo de una de larga e involuntaria sequía; me estaba desquitando. El junio siguiente fueron catorce. El siguiente, diecisiete. En 2013, diez. En 2014, doce. En 2015, seis (culpen a Giles, el niño cabra). En 2016 han sido tres. Sí, tres. Puede sonar increíble pero lo cierto es que llevo desde que terminé la novela de Marlon James, Breve historia de siete asesinatos (concretamente el 10 de junio) sin saber qué leer. He probado de todo: clásico, moderno, género, comics… pero nada, ni modo. Por pura desesperación rescaté de una pila Estrómboli, una colección de relatos de Jon Bilbao editada por Impedimenta que terminé por puro masoquismo. Pecados sin cuento, de Richard Ford, del que leí nada más que los tres primeros relatos, me sacó de mi error. Ford impresionaba, apasionaba, Ford me aportaba aquello que en otros no encontraba. Ford provocaba algo; Bilbao no.
Los relatos de Bilbao me parecieron tan flojos y aburridos como correctamente escritos y tan inofensivos como un petardo sin pólvora. En un principio asumí la culpa. Sería yo, que estaba de no, pensaba. Y probablemente sí, una parte, al menos. Pero

Pero sin duda era yo, el menos, ya lo he dicho, en parte. Me he pasado el resto del mes buscando. Lo intenté con Franzen (Pureza); con Henry James (Las alas de la paloma); con Eleanor Catton (Las luminarias)… Siempre primeras páginas y siempre la misma desgana. Fuese lo que fuese lo que buscaba, no era nada de aquello. 

Me pasé al género. Español, para más señas. Concretamente La polilla en la casa de humo, de Guillem López, novela de la que hasta entonces sólo había escuchado maravillas. Adivinen: nada. O casi nada. Abandonada por la mitad y retomada un poco por orgullo y otro por aburrimiento, La polilla se demostró, ella también, totalmente inofensiva y en modo alguno original. La reseña llegará pronto, cuestión de días. 


Eso ayer.

Hoy:

Pese a que no me vuelve loco, ni mucho menos, Narcisa, de Jonathan Shaw, editada hace nada por Sexto Piso, parece haberme sacado de este tonto aturdimiento, de esa incapacidad para avanzar en novela alguna. Admito haber puesto de mi parte pero es que este inmovilismo me estaba matando. La historia, de amor y descenso a los infiernos, no es precisamente nueva, ni los personajes especialmente atractivos, pero tiene algo. Las páginas vuelan. De no poder leer, a ventilarme 50 de una sentada. 200 en tres días. Con todo, no las tengo todas conmigo. Ya veremos en qué queda la cosa. 

* * * * *

Este lastimero post viene a cuento de algo, claro. Viene a cuento de justificar mi desaparición, una desaparición que espero y supongo (porque me conozco) temporal. Pero desaparición al fin y al cabo.

Con gran dolor de mi corazón es hora de que este blog y yo pongamos tierra de por medio. Para reconciliarnos, recuperarnos, redecorarnos, reencontrarnos, reinventarnos… qué sé yo, lo que sea.

Y digo con gran dolor de mi corazón porque este mes, pese a no haber llegado todavía a su fin, ya ha hecho historia: récord de visitas. Ahí es nada. Conste que se veía venir. Inexplicablemente la tendencia de los últimos meses estaba siendo esa (los dos inmediatamente anteriores ya figuran entre los cuatro con más visitas), pero con todo le coge a uno un poco por sorpresa esta repentina pasión por La Medicina. Lo cierto es que casi da pena no aprovechar el tirón para…, no sé, para lo que sea que sirve tener un blog.

Gracias, en cualquier caso, por este regalazo y disculpen el silencio que se les vendrán encima una vez haya publicado las cuatro o cinco reseñas que guardo en un cajoncito de la mesilla de noche (a saber: Volt, Estrómboli, La polilla en la casa de humo e, inevitablemente, Narcisa y creo que alguna más). Espero volver con fuerzas renovadas. 

Nos vemos cualquier día de estos. 

Prometido.

Sean malos (si se atreven).



* * * * * * 

«Pero mi pasión ha cedido un tanto
Me he vuelto un poco escéptica
Hacia lo que nos llega del escenario
Antes no lo era
Ahora me pregunto
Si todavía sirve de algo
Si no debiera cancelar mi abono
Todo se repite
Lo hemos visto ya todo
Visto todo y oído todo
Lo que viene de la escena.
[…]
Quién dice
Que quiero ver lo nuevo
Quizá no quiera ya lo nuevo
Porque he tenido bastante»
(En la meta, Thomas Bernhard)


jueves, 23 de junio de 2016

‘Breve historia de siete asesinatos’ de Marlon James

Dejé de leer a James Ellroy hará cosa de, no sé, diez años. Fue poco antes de publicar Sangre Vagabunda, la novela que cerraba el ciclo de los bajos fondos de EEUU. Razón: ninguna. O sí, todas. Nunca era un buen momento: o no era lo que me pedía el cuerpo, o era demasiado largo,… qué sé yo; siempre, a lo largo de estos diez años, he encontrado alguna excusa para demorarlo, para no rescatarlo de ese menosprecio que ya daba por permanente, y eso pese a que, tantos años después, sigo recordando los nombres y los apellidos de los personajes principales, que tampoco es algo que me pase todos los días.

Pero todo eso, hasta ayer.

Marlon James —y tengo que decir que, aunque no el único, este es el mejor cumplido que se va a llevar— me ha devuelto no sé si la ilusión o las ganas o simplemente me ha recordado qué era aquello que tanto me gustaba de Ellroy y qué fácil es, si te lo propones, ventilarte 700 u 800 páginas de intrigas, asesinatos y otras cosas de matar. Porque Breve historia de siete asesinatos, de ley es reconocerlo, tiene mucho de James Ellroy con algunos años de menos y algunas rastas de más. 

«En el gueto no existe la paz. Sólo existe una realidad: que lo único que puede frenar tu poder para matarme a mí es mi poder para matarte a ti. En el gueto vive gente que lo único que puede ver es cómo son las cosas dentro. […] El mundo no es un gueto y el gueto no es el mundo. La gente del gueto sufre porque hay gente que vive para hacerla sufrir. Los buenos tiempos también son malos para alguien». 

Breve historia de siete asesinatos es esto:

En la novela Bob Marley es el Cantante, «un hombre capaz de hablar con Dios y con el diablo y conseguir que hagan las paces, siempre y cuando ninguno de ellos tenga mujer»; un hombre que, pese a no decir una palabra, consigue que toda la novela gire en torno a él. O, si no toda, la mitad. La premisa está basada en un hecho real: el intento de asesinato que sufrió días antes de un concierto por la santa paz de su país en su santa casa, y eso que «todos los caballeros grandilocuentes, todo el mundo de Copenhagen City, de Eight Lanes, de Jungle, de Rema, de los barrios altos y de los bajos, todos saben que al Cantante no hay que sacarle una pistola». Siete pistoleros siete, hasta las cejas de tranquimazin, entraron, se liaron a tiros y salieron dejando un rastro de sangre, que no de cadáveres. Quién dijo que matar era fácil. Sobre esta base, sobre ese momento concreto de la historia jamaicana, Marlon James teje una ficción, una red de intrigas varias, de asesinos a sueldo, drogadictos, agentes de la CIA, mafiosos, mafiosillos, mierdecillas, fumados, guerras locales, políticos corruptos y meados en la cara… bueno, qué coño, prácticamente todo lo que pueden ustedes encontrar en América o en Seis de los grandes, otras novelas del amigo Ellroy, pero situando la acción en una Jamaica convulsa no, lo siguiente, y no buscando matar a un Kennedy si no a un trovador que prometía cambiar el mundo o al menos la parte de mundo que creía poder cambiar, que no era poca.

La novela es coral por una razón que Marlon James explica, poniendo las palabras necesarias en boca de uno de los personajes, casi al final del libro:

«Bueno, llega un momento en que hay que desarrollar la historia. No puedes limitarte a centrarla en una sola cosa, hay que darle perspectiva. Las cosas no pasan en el vacío, hay efectos y consecuencias y siempre hay un mundo entero alrededor que sigue con su vida, da igual lo que estés haciendo. Si no, acabarás escribiendo un simple informe de un suceso y eso lo puedes encontrar en las noticias de la noche.»

Y es ahí donde encontramos justificación para la voz de una joven enamorada de un cantante; un periodista enamorado de Jamaica; un traficante enamorado sí mismo, una bestia parda de antología, un clásico intemporal y otros dos capos, a cual más bestia, más triste, más viejo y prácticamente arrepentido. Y un agente de la CIA pagado de sí mismo a la vez que un perfecto inútil… Incluso un muerto. Pero sobre todo, lo hemos dicho, JAMAICA. Jamaica como cuna de, como el comienzo y como fin de todo y de nada, como un país que se cuece y enriquece según avanza la novela:

«He estado preguntando por el tal Papa-Lo. Fraudes, extorsiones y cinco acusaciones por asesinato, de las que sólo una llegó a juicio y fue absuelto. Gobierna un barrio de chabolas llamado Copenhagen City. Así que ahí estaba el Cantante, acompañado de dos mafiosos de un partido político al que se supone que él no apoya y tan coleguitas como si hubieran ido juntos a la escuela. En los días siguientes, además, lo vieron por ahí con Matasheriffs, que es el padrino de Eight Lanes, un barrio controlado por el otro partido, el otro bando. Dos capos mafiosos en una misma semana, dos tipos que en buena medida controlan las dos mitades en lucha del centro de Kingston. Es posible que el Cantante sólo esté trabajando por la paz. Al fin y al cabo, no es más que un cantante. La cuestión es que estoy empezando a darme cuenta de que en Jamaica nadie es sólo lo que es. Algo se está cociendo y yo ya empiezo a olerlo. ¿He mencionado ya que dentro de dos semanas se celebran elecciones?».

Tras una primera parte (cuatrocientas páginas para narrar escasos dos días, ahí es nada), llega la decepcionante segunda parte, momento que la novela elige para bajar el ritmo; nada preocupante, no teman, de hecho hasta se le puede perdonar si uno tiene un buen día. A partir de ahí, vuelta al ruedo. Jamaica y sus demonios se expanden y llegan al mismísimo New York en otro de esos momentos vergonzantes de su historia, a menos para el lugar en que ocurre, allá en Bushwick, un lugar que más parece un campo de batalla que otra cosa.

«Los únicos dos edificios que quedan en la manzana a los que nadie ha prendido fuego o que no se han quemado por accidente. Ahora hay uno en casi cada manzana o calle de Bushwick, una casa o un apartamento o un edificio de ladrillo rojo que alguien ha quemado hasta los cimientos para cobrar el seguro porque en Bushwick es imposible vender una sola casa».

En definitiva: una correcta, puede que incluso más que buena novela. Interesante, intensa, a ratos frenética, a ratos (los menos) no; con una de esas galerías de personajes que gustan tanto a los amantes de género negro, antihéroes de moral retorcida o directamente amorales, grandes conspiraciones y batallas campales. Incluso un episodio carcelario que hará las delicias de casi todos. Y Jamaica. Y lo peor de Nueva York. 

Realmente sí parece un momento perfecto para rescatar al amigo Ellroy o, cuando menos, retomar el negro como color de fondo.


lunes, 20 de junio de 2016

‘La fórmula Miralbes’ de Braulio Ortiz Poole

Fe de lectura

Fe de lectura. Y casi ni eso. Cómo estará hoy de mal la cosa que ya no hay ni ganas de poner a parir.

La fórmula Miralbes es una novela absolutamente prescindible, eso para para empezar. Está escrita por tal Braulio Ortiz Poole, otra de las apuestas de esa editorial subsidiada que es Caballo de Troya.

Vayamos al grano.

Cito la contra:

«La fórmula Miralbes recurre al falso documental para tratar el caso —no tan improbable— de un plagio literario que un autor fracasado endosa a un escritor eminente. Testimonios, fotografías y documentos de archivo hábilmente entremezclados por Braulio Ortiz Poole nos muestran las entrañas del mundo cultural español, donde ni editores ni autores ni periodistas pueden permitirse decir todo lo que saben».

El principal atractivo o reclamo de esta novela es ese supuesto desvelo de las entrañas del mundo cultural español (ahí es nada); es esa promesa nunca formulada pero en cualquier caso insinuada de que ya nos vamos a enterar de una puta vez qué mentiras son esas, qué miserias y qué miserables siembran en ámbito cultural de esta pequeña nación de corruptelas y doble moral.

Lo sé: ñam, ñam. Bueno, pues olvídense, porque de eso nada, ni la primera mención a pecado alguno, ni un triste secreto inconfesable. Nada que no estemos hartos de saber, nada que no hayamos visto cien veces.

¿Un famoso haciendo uso de un negro para escribir? Anda, por favor, no me jodas. Lo sorprendente sería encontrar un famoso que supiese hacerlo.

Claro, en este caso, la trampa es otra. Se supone que la escritora que hace su trabajo es una figura ejemplar, maestra en el arte de escribir, la caña de España. Imagínense pues, no sé, a una Matute decadente tirando de negro para cerrar una novela que no tiene más que heridas abiertas. Está ella que quiere cerrar trato y no quedar en evidencia ante una legión de lectores ávidos de costumbristas dramas humanos, esto es, que tiene «miedo de perder a su público»; está el editor que quiere un huevito más antes de la muerte natural de la gallina; y por último está el negro de noche que es un blanco de día, esto es, escritor de lo suyo que no acaba de colocar libro y ve en todo esto posibilidades varias hasta que un día, recién estrenado el delito siente punzada de dolor y, cuchillo en mano, sopla la causa fatal al oído de un imberbe periodista, becario para más señas, que ve en todo esto la oportunidad de hacer olvidar el enchufismo que lo colocó en el periodismo cultural.

Aquí todo son intereses, ya ven, y una pobre tonta cayendo en desgracia y pagando el pato en pleno brote de alzhéimer.

La novela (o más bien, falso documental) y pese a su corrección estilística (poco o nada que objetar, pero tampoco que ensalzar) es una pequeña tontada que no tiene mucho que rascar si no es para quitarle todo lo que le sobra, que no es poco, y buscar lo que le falta, que es bastante. Por ejemplo: nos faltan miserias que den contenido a la promesa, toda vez que, ya lo hemos dicho, lo del negro y el error informático es algo que ya no es ni digno de mención. Quiero decir:

«Al parecer, los retrasos en la redacción del libro por parte de la autora extremeña habían exasperado a los directivos del sello y recurrieron a un colaborador para que completara la obra aunque no constara su autoría, una práctica frecuente en el sector editorial».

¡Una práctica frecuente en el sector editorial! ¡Toma puñalada! Ser joven y publicar en pequeñas editoriales es esto, señores, ¡es irreverencia! Que no quede sin morder la mano que te da de comer.

Tendría que haber algo más. No lo hay. La novela juega, como se ha dicho, a ser falso documental y de ahí el acercamiento cámara oculta en mano, a diferentes momentos en la vida de esa lesbiana que no merece el reconocimiento recibido, que ha perdido su derecho a la gloria literaria prometida: 

«¿Puede la autora de joyas con tantas aristas como Ejecución del ángel y La garganta de la soprano mirarse al espejo sin sentir vergüenza, tras haber mandado a su editor un manuscrito tan demagógico y anodino como El ombligo de Midas? ¿Se reconoce la señora Miralbes en las fotografías del pasado, cuando su mirada se prometía un halagüeño horizonte sin similitud alguna al paraje, tan yermo de talento, que ahora habita?».

Así se derriba una torre.

Lo siguiente sería salir por patas pero a estas alturas ya todo nos importa muy poco y tampoco es un esfuerzo “tiránico” seguir adelante unas páginas más, no vaya a ser que la liebre se haya ocultado en el tramo final. Craso error. La novela, llegado el momento en que sabe que no tiene nada que aportar, se dedica a pasear por jardines ajenos, hecho este que no sabe uno muy cómo tomarse o si lo sabe pero calla por educación. Por alguna razón el negro cobra protagonismo. El negro es el señor que ha escrito las partes del libro que plagian la obra de un australiano. Lo digo por si habían perdido el hilo. El negro se arrepiente, claro, porque es un negro bueno y se marcha a Londres (creo que era a Londres) y se reencuentra con una vieja amiga y toman un tecito en su casa de revolucionaria domesticada y acaban como uno espera que acabe una novela que no tenga nada que ver con esta que nos ocupa hoy, que ya me dirás tú qué nos importa los polvos de los escritores de tercera: 

«Ella articuló un movimiento a modo de respuesta: extendió la mano hacia los pantalones de él, a la altura de su sexo. Entendía aquella maniobra lúbrica de Margot, aquella voluptuosidad súbita y desesperada. Sólo les quedaba el consuelo de lo tangible, la evidencia estremecedora de la carne. Entregarse a un cuerpo ajeno les reportaría aquella inusual sensación de seguir vivos».

Ya, yo tampoco lo entiendo, pero es lo que hay.

Lo mejor de la novela, si me lo preguntan, son las posibilidades que ofrece y no aprovecha. Lo peor, su adscripción a la marca España: la mediocridad de su existencia, su conformismo, su prosa de academia de escritura creativa, su falta de personalidad y esa mala costumbre de irse por las ramas continuamente sólo para buscar historias toda vez que la propuesta no da mucho de sí.

Resumiendo: una novela más.

Una novela menos.