martes, 21 de mayo de 2013

“Norteamérica profunda” de Juan Carlos Márquez

Estábamos equivocados. Buscábamos donde no era. Leíamos a los escritores creyendo que serían ellos, y no. Olvídense de Franzen, de Eugenides; olvídense de Wallace, de Roth, de María Santísima… olvídense de ellos porque en ellos (en sus libros) no encontrarán la (puta) Gran Novela Americana que todos andan buscando como locos. Y es que La Gran Novela Americana ya ha sido escrita. La ha escrito un español. De Bilbao, claro. Su nombre: Juan Carlos Márquez. Razón: aquí (abajo). 

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Lo primero de todo es aclarar esta insignificancia: “Norteamérica profunda” no es, como se afirma por ahí, una colección de relatos, sino una novela fragmentada. Esto es importante. A mí me jode más que a nadie pero es lo que hay. Recordarán algunos que Márquez escribió hace un par de años un librito (pequeño, también, como todo lo suyo) llamado Tangram compuesto por grupo de relatos que se creían novela sin serlo realmente. Se adivina pues, en Márquez, una querencia a llevar la contraria. El día que se aventure en el microrrelato (que lo hará) le saldrán unos poemitas maravillosos. 

Dejen que les explique lo de la Gran Novela; intuyo que no me creen. Los cinco supuestos relatos que la componen son cinco estampas tan –en su mayoría- típicamente americanas que es todo uno mirarlas y creer estar viendo una película de John Ford o una fotografía de Robert Adams. Vean, vean: En DELAWARE, el primero, unos colonos ocupan una tierra que hasta ese momento pertenecía a los indios; indios que, furiosos e indignados, se dedican a acosar por las noches a unos invasores que a su vez se sienten atacados. En el segundo, llamado MEMPHIS, tenemos un negro grandote y bonachón cumpliendo condena por asesinato. Esto es, directamente, más americano que la hamburguesa. Y un poco topicazo. También lo de ser amigo del carcelero y de la incapacidad de adaptarse a la vida en libertad. En BLOOMINGTON la viuda y el hijo de un hombre que muere en Vietnam ven como el estado calamitoso en que se encuentran da un giro de 180º cuando un amigo del difunto se hace cargo de ellos a cambio de llevárselos a un páramo desierto de Bloomington. En SAINT-RAPHAEL un aristócrata en decadencia invita a una familia amiga a pasar unos días con él en Saint-Raphael, precisamente, un lugar muy bonito de Francia, que no sé qué narices tiene que ver con la Norteamérica profunda. Quizá es que me he perdido algo. O quizá simplemente es un relato que se coló para rellenar y evitar así que quedase un libro demasiado ridículo. Hoy me he levantado generoso: vamos a creer que el relato trata sobre la aristocracia en decadencia como referencia al lastre en que se ha convierte Europa para América a pesar de tanto pasado en común. Pilladito por los pelos, pero que no se diga que no he puesto de mi parte aunque sea mintiendo más que escribiendo. 

En CHURCHILL, el último de los relatos —probablemente el que más me ha gustado—, un joven matrimonio se marcha al norte de acampada. Ella se está muriendo, pobrecita y él no sabe qué decir, ni qué hacer, ni cómo reaccionar y es todito un saco de miedos varios. Lo de tener que lidiar con la inseguridad del amante desde la entereza del moribundo o la diferencia entre no tener nada que perder y perderlo todo. Esto se acompaña de bellas estampas nacionales: “No había más de ocho o diez personas dentro del restaurante y la mayoría eran hombres con la cara tiznada y las botas sucias de tierra. Devoraban fuentes de huevos revueltos y hamburguesas con queso y sorbían tazones de café humeante sobre la barra. Pedimos un surtido de salchichas, dos mazorcas de maíz y un par de ensaladas a una ascendiente de Matusalén y nos sentamos a una mesa tras una cristalera. Las vistas daban a un parque. Era un parque solitario sin un solo árbol. Con el suelo de arena, columpios y un pequeño y poco tendido tobogán de metal oxidado.” 

Fot. Robert Adams

Que estas secuencias tan típicamente americanas resulten más comunes y reconocibles que los páramos desolados de la “Intemperie” de Jesús Carrasco lo único que demuestra es que importamos demasiada televisión. Pero en cualquier caso el resultado es el mismo: para algunos América es esto y poco más. Márquez lo recoge en cinco cuentos, cuando otros lo hubieran hecho en cuarenta, lo cual es mucho de agradecer porque así te da tiempo a ver el telediario antes de cenar. En cualquier caso si la gran novela americana es aquello que representa o traza un relato de la América inmortal no veo porqué no puede ser esta colección una candidata al puesto. Yo me limito a dejarlo caer. 

Al respecto de los mencionados (relatos) y al margen de lo más o menos interesantes que puedan resultar, Norteamérica Profunda es Márquez haciendo de las suyas pero en relajado, esto es, sin el peso de los talleres de escritura y sin tener que demostrar que él la tiene más grande (la prosa, se entiende) que muchos otros que van del mismo palo, dando como resultado unos relatos bastante decentes para lo que me estoy encontrando últimamente si no le tenemos muy en cuenta cosas esos pecadillos de poeta reprimido tipo "la metralla silbándoles su melodía de muerte en los oídos" que se le escapan de vez en cuando y que dan a entender que en el fondo es, Márquez, un alma sensible luchando por florecer en el océano de los versos con resaca. Que a nadie le extrañe si algún día empiezan a salir fotos de su pasado acompañado de narcotraficantes del amor. Resumiendo: interesantes en la medida que prescindibles, siendo esto algo que se parece bastante a un cumplido sin serlo necesariamente pero sin descartarlo tampoco.

Sepa Márquez, en cualquier caso, que seguimos, sus groupies, a la espera de una novela que tenga forma de novela. Que no desesperamos, que sabemos que llegará, aunque tarde cuarenta años, aunque se oculte tras algún formato autobiográfico de memorias literarias preferentemente (si podemos elegir) de corte dramático y sangriento.


viernes, 17 de mayo de 2013

“Como amigo” de Forrest Gander

Algunas tonterías que se dicen durante el ejercicio de la crítica son como para enmarcar. Así como no hay mayor ciego que el que no quiere ver, supongo que no hay peor crítico que aquel que abusa de las lentes de aumento. No hay duda de que, si uno quiere, puede ver que un libro como el de las luces y las sombras del sátiro Grey toca muchos temas, del mismo modo que, si uno se siente generoso (no es mi caso) también puede ver en Angeles y Demonios o El código Da Vinci, un profundo análisis de la cuestión religiosa y los mecanismos del poder en el Vaticano o un alegato feminista o un reclamo de los principios básicos del cristianismo, por no hablar de una bellísima historia de amor o la eternamente irresoluble confrontación entre el bien y el mal. Qué sé yo. Pero esto de ver en una historia, digamos, sencilla, modernilla, a su modo experimental, el germen primero y el fin último de la creación es como pasarse un poco bastante. Me explico: me estoy refiriendo a lo que dice Mario S. Arsenal, crítico literario, para “La tormenta en un vaso” sobre esta novela de Forrest Gander: 

Este libro escrito con una inspiración indiscutible, se detiene en la dualidad de la vida como pocos han conseguido hasta el momento, hablando sin cortapisas de los escondrijos más oscuros del alma humana; de la aniquilación devastadora de los tópicos; de las capacidades benefactoras del arte; de nuestra incapacidad por entender el devenir del mundo; de la libertad que sólo las vidas apresadas pueden conocer; del alcance del amor más allá del cuerpo; de cómo el castillo de naipes no debe desmoronarse tras la muerte; de lo fatídico en ocasiones del recuerdo; de los límites de la amistad; del carácter de las ideas; de la magia de la cultura.” 

Me parece fascinante, honestamente, que uno, para dejar bien un libro, tenga que recurrir al truco barato de acusar a la literatura de no haber sido capaz de hablar, sin cortapisas (esto es fundamental), de los escondrijos más oscuros del alma. ¿En serio? Yo a veces peco de bruto, pero hay que tenerlos muy bien puestos para decir tamaña barbaridad y quedarse tan ancho y no perder el empleo o la vida o la mujer o algo. Todo lo demás es también de juzgado de guardia porque de lo contrario tendríamos que estar frente a la mejor novela de los últimos, digamos, veinte años. O más. Y no es el caso. Sin querer desmerecer la novela más allá de lo que se pueda desmerecer ella solita, la cosa no es para tanto ni remotamente. Pero de todo esto tiene la culpa la habitual y siempre excesiva tontería del poeta y la subsiguiente tontería de un crítico buenista capaz de decir que un libro está escrito con “una inspiración indiscutible”. Indiscutible, dice. Veremos. 

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La primera parte de esta novela es la secuencia de una joven dando a luz. La cosa —que acaba en niño cabezón casi estrangulado, adopción y a otra cosa mariposa— una vez que salta a la vista que en ni la prosa ni en la historia hay nada del otro mundo, si acaso los dejes propios de la traducción al mexicano y los dolores propios del ponerse a parir, es un tanto absurda. Un parto. ¿Cómo preludio de algo? Pues igual. De la segunda parte, quizá. O de la tercera. O de la cuarta. 

En la segunda parte (paciencia) el narrador, un compañero de trabajo de Les —el silencioso y auténtico protagonista de esta historia y niño cabezón de la primera parte— sufre la cosa del amor no correspondido. Se centra en la exaltación de las virtudes físicas e intelectuales de Les, que se asoma a estas páginas como una bestia parda del amor: casado y con amantes varias, Les hace gala de una virilidad enervante que provoca los celos de quien quisiera ser su hombre (el narrador) y no lo consigue y de ahí ese abrupto final de rosarios y auroras boreales. 

La tercera parte (que no última) es su mujer ("El primer hombre a quien se la mamé. Sabías a agua de pozo") hablando de Les una vez éste se ha muerto. Se pueden imaginar: era un ser maravilloso. Pues esto, así, en verso prosado, durante chorrocientas páginas de echarlo de menos seguramente sea la razón de la desmesura del crítico anterior y de muchos otros que, como él, llevan días plagando la red de entusiastas reseñas. La poesía es lo que tiene: a poco que te guste encontrarás en ella la justificación de todas cuantas maravillas sean posibles. Les regalo unas citas para que se hagan una idea:

No envejeces. Otros me verán envejecer a mí.
Voy caminando, invisiblemente mutilada, hacia el espejo.
Ya sea que esté de pie o sentada o vaya a la tienda en coche, tal parece que sólo dejo en claro una incoherencia.
El azul amatista de tus ojos, dijiste alguna vez.
Despierto exhausta todas las mañanas.
Si tan sólo la rutina arrojara la sensación a un lado.
Y el zureo de las palomas.
Y yo sigo aquí. Innumerables quienes han sobrevivido a cosas peores.
Hay muchos acontecimientos peores que una sola muerte. ¿Quién soy yo para detenerme? ¿Para ni siquiera querer sanar? ¿Para no dejar crecer la piel sobre la llaga? Seguir adelante es seguir sin nada. Yo, un espectro.

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Que a mí no me guste la poesía no hace mala una novela, evidentemente; la hará incompatible con mis gustos personales y poco más. Con todo, no necesito dejar la bebida para no perder el norte respecto al argumento, sus intenciones, sus posibilidades o consecuencias. 

La novela, breve en grado sumo, es un ejercicio en el que se mezclan distintos estilos y que giran en torno a un personaje que suponemos fascinante sin acabar de creérnoslo realmente por falta de desarrollo. Esto, así, te tiene que encantar si eres aficionado a los versos de amor desatados y ves sentimientos donde otros sólo mariposas. Tengo la sospecha de que incierta gente está aprovechando la oportunidad que les brinda una novela de estas características para exaltar las virtudes de aquello que, de otro modo, no tendría, ni remotamente, la misma difusión; porque la novela —y ya se puede poner el mundo como quiera— es una historia, sencilla hasta la desesperación, de una madre gritando, un hombre suspirando, una mujer llorando y un protagonista que, ajeno al sulibello de sus perjúmenes, se toma según qué cosas demasiado a la tremenda. 

El resultado es una novela a ratos absurda, a ratos original, a ratos desesperante —a ratos interesante, también— que juega a disimular, encubrir, colar —con poco acierto, visto lo evidente del truco— un extenso poema entre otros dos (tres, en realidad) bloques narrativos, como si de un vulgar bocadillo se tratara. Así es que luego pasa lo que pasa y pasa que los reseñistas se dan de bruces contra la dificultad de recomendar algo que no saben si lo merece o no, pero que creen necesario dignificar simplemente por el hecho de ser extraño, como si ser extraño fuese una garantía y no un truco. A modo de ejemplo, he aquí unos fragmentos de la crítica del blog de Granite & Rainbow, firmada por la siempre magnánima Ainize Salaberri: “Repito mi afirmación anterior: “Como amigo” es un libro tremendamente extraño que creo no haber comprendido en toda su magnitud.” O, un poco más adelante: “No es fácil recomendar un libro como el escrito por Forrest Gander.” Y, finalmente: “Es imposible escribir una reseña de este libro. O se lee o no se lee, definitivamente.” 

Efectivamente: se lee o no se lee. (#verdadescomopuños).


lunes, 13 de mayo de 2013

“Bajo el influjo del cometa” de Jon Bilbao

Entusiasmado (vamos a dejarlo así) con el que iba a ser el primer monográfico de la nueva etapa de la revista Quimera dedicado al relato, decidí regalarme una quincena monotemática que ahora que le he cogido el gusto me resisto a interrumpir. Pero como siempre que ocurre igual pasa lo mismo, me encontré frente a una oferta imposible: seis millones de cuentistas, diez millones de libros, antologías para aburrir y la triste realidad de comprobar, en las reseñas ajenas, que los mejores son, siempre, TODOS. ¿Por dónde empezar? Ante la reciente publicación de la nueva novela de Jon Bilbao (“Shakespeare y la ballena blanca”, Tusquets) lo elegí a él, un poco por aquello de ir haciendo boca. Ya, ya... he tenido ideas mejores. 

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Me planteo esta maratón de relatos como un simple entretenimiento. Afronto su lectura del mismo modo que afronto las lecturas nocturnas de los cuentos infantiles: como esa cosa inmediata, de placer efímero, que sucumbirá, supongo que inevitablemente, a la avalancha de más y más cuentos, los cientos de cuentos que estan por venir. Hay un número infinito de ellos esperando ser leídos, devorados y —a excepción de diez, veinte, treinta— probablemente olvidados. Afronto la lectura, pues, con la esperanza de que entre estos de hoy haya uno, sólo uno, que recompense el esfuerzo de los demás. No sé si ha podido ser, honestamente. 

El recopilatorio incluye ocho relatos de diferente extensión. A saber: el primero, “Los espías”, me ha parecido, con diferencia, el mejor. Trata sobre aburrido matrimonio que se obsesiona con sus nuevos vecinos, unos personajes que hacen cosas tan raras como rezar, hablar, besarse en el jardín, tomar el sol o ver la televisión. Ese volvernos completamente miserables como único modo de darle alguna razón a nuestra existencia. A pesar del tópico, estupendo. “Belígero” es un bailando con lobos sin indios que no merece el tiempo dedicado. “Una victoria parcial”, en cambio, ayuda a olvidar el anterior. Una pareja en crisis va a pasar unos días a una pequeña cala dónde en un tiempo fue feliz. Hoy, años después, con su matrimonio en crisis, llevan sillita de niño (con niño) en el coche y una vez allí se encuentran, varada en la arena, una ballena. Lo que me gusta de ese cuento, y mucho además, es la sorpresa de reconocer que ese componente fantástico (la ballena varada) lejos de parecer un absurdo refuerza el sentido último del relato, aquello de ser anodino, vulgar, infeliz e incapaz de tomar decisiones. Fingir que es perfectamente normal dormir junto a una ballena varada. 

Y a partir de aquí, todo cuesta abajo: 

Soy dueño de este perro” es un relato de corte fantástico sobre un perro extremadamente inteligente que quiere vengarse de sus anteriores dueños. Un auténtico peñazo de cuento. Suena a ya visto mil veces y además no aporta mucho a la literatura de perros asesinos. Quienes hemos leído Cujo creemos saberlo todo sobre este tema y seguro que nos equivocamos, pero desde luego no será este relato el que nos abra los ojos. “El mejor regalo posible” o “Ha desaparecido un niño” fueron lecturas diagonales de las que sólo es culpable el desinterés. “Un padre, un hijo”, sigue la línea descendente de los anteriores. En este caso tenemos una road movie paterno-filial que habla de amores nuevos, amores viejos y amores inevitables. Echo de menos el tiempo invertido en su lectura; veinte minutos que podía haber dedicado a cualquier otra cosa (y no me refiero sólo a follar). 

El último, “Bajo el influjo del cometa”, funciona algo mejor, supongo que porque, al ser el último, se coge con más ganas. Se repite el esquema de los demás cuentos: una situación perfectamente normal que se ve interrumpida por un acontecimiento extraordinario. Así como en los anteriores teníamos ballenas, perros asesinos, zorros amistosos, vecinos religiosos o padres enamorados aquí tenemos un cometa que, al pasar, provoca un inmenso apagón del que una población en concreto no acaba de salir. Hay una película por ahí (“The tigger efect”, David Koepp, 1996) que cuenta más o menos lo mismo: a qué nos conduce la situación extrema de no poder ver la televisión durante una semana. 

Me gusta, de Jon Bilbao, el ejercicio de centrarse en lo importante o ese deslizarse por el cuento como si realmente se tratase de tal y no de un ejercicio académico, pero lamento profundamente (es un decir) no haber abandonado la lectura de estos relatos cuando estaba quedando medianamente claro que no hacerlo iría en detrimento de nuestra prometedora relación autor/lector nacida durante la lectura de la estupenda “Padres, hijos y primates”. Ahora ya es tarde y este hecho extraordinario con forma de recopilatorio ha levantado el muro de la sospecha que sólo podrá derribar su nueva novela, de inminente lectura en este blog.