lunes, 14 de abril de 2014

“El cadillac de Big Bopper” de Jim Dodge

“El cadillac de Big Booper” es una curiosa novela que podríamos enmarcar —por aquello de hacer con ella lo que hacemos con todas— dentro del género de las novelas a las que hay que querer como son

No es mal género. Para sí lo quisieran muchos.

El caso:

Esto va del típico tirado que tiene un accidente de coche y llama a la grúa, con tan buena suerte que el conductor que lo viene a recoger es como una versión edulcorada del Michael Landon de Autopista hacia el cielo. Que ya es difícil. El caso es que aprovechando la intimidad que proporciona la cabina del camión, el tipo le cuenta la historia de su vida o parte de ella, al menos.

“El cadillac de Big Bopper” es, por tanto, la historia del conductor, no del parado de larga duración. He ahí el primer sorprendente giro. Ja. 

La parte carnosa empieza cuando el pollo, que es un poco delincuente y brazo ejecutor de un estafador de seguros, acepta el encargo de escojonciar un cadillac que una virgen de noventa años quiso regalar a Big Bopper (a la sazón cantante de un éxito fugaz) por culpa de un orgasmo que tuvo una tarde escuchando la radio. El auto en cuestión quedó sin entregar porque Bopper se dio una hostia tal que tiene hasta entrada en la wikipedia.

El entonces futuro gruista, que es más romántico que ver Pretty Woman el día de los enamorados, decide rendir un homenaje al amor y la música prendiéndole fuego al coche sobre la tumba del cantautor, para lo cual desatiende órdenes directas del matón de barrio, un hijo de puta al que lo mismo le da romperle los dientes de una mano que los dedos de la boca.

Y ya toda la novela es él recorriendo América, escuchando vinilos de 45 en un Hi-Fi portátil y recogiendo autoestopistas tan majaras que si no fuese porque se dan nombres de ciudades y gasolineras creeríamos que el tipo se pasa la novela dando vueltas a un psiquiátrico con un cochecito de los playmobil. Y luego está lo de las drogas. No se ven tantas pastillas ni trabajando en la Bayer. Es un no dejar de meterse desde el minuto cero, con puntuales paradas para mear y comprar chuches. 

Total, que muy bien.

La pregunta: ¿qué hay de ese parecido razonable con “En la carretera” de Kerouac? Bueno, pues a excepción de los coches, nada, y eso que aparecen por ahí un par de nombres y que el mismo protagonista saca a colación el tema pero sólo lo hace para burlarse de los gafapastas esos y poner en evidencia de consustancial estupidez de algunos fans. Para que nos entendamos: en “El cadillac de Big Bopper” hay, desde los títulos de crédito, una intención clara que no tiene tanto que ver con vivir como si no hubiera un mañana como la idea romántica del poder vivificante de la música y el amor y todas esas cosas que hicieron grandes los musicales de la Metro, ideales incluidos.

Quitando el último tramo, que cae en el delirio durante demasiado tiempo, el resto es una suerte de homenaje road movie rollo beat pero a ritmo de Rock n’ Roll. Divertida y alocada “El cadillac de Big Bopper” recoge personajes decadentes e infelices, pobres como ratas y dibuja con ellos lo parece el fin de una época, esa en la que ir directo a la locura estaba considerado un valor en alza, en la que la idea romántica de ganarse un tiro por nada era mirado con la ternura de ver nacer un corderito.

Ahora viene la parte en la que todo el mundo me dirá que debo leer Stone Junction. Ya les adelanto la respuesta: que sí, que sí… cualquier día de estos.



jueves, 10 de abril de 2014

“Matar a un ruiseñor” de Harper Lee

O venir a descubrir la pólvora.

Se pregunta uno qué sentido tiene, a estas alturas de la película (valga la redundancia) recomendar o simplemente comentar clásicos reconocidos como este. Si vale realmente la pena perder el tiempo en la obviedad de quitarse el sombrero.

Pero sí, claro.

Por ser de sobra conocido no deberíamos perder el tiempo con el argumento, pero aquí tenemos nuestras manías a la hora de escribir reseñas. La acción tiene lugar en el sur de Estados Unidos durante la época de la depresión (treinta, treinta y pico). Ya saben: polvo, hambre, racismo, clasismos, nuestro señor Jesucristo. La narradora es Scout, una niña de unos seis años de edad, que tiene una visión ácida, divertida y extremadamente inteligente de lo que sucede a su alrededor. (Seguramente demasiado ácida, divertida e inteligente para una niña de su edad, pero he ahí el truco del almendruco y, supongo, parte de la razón del éxito de la novela: esa mezcla de memorias que se escriben desde la madurez adoptando el punto de vista infantil; ese ir de narrador inocente pero no hacer el menor esfuerzo por disimular.)

«Para Maycomb […] era típico de un negro huir de pronto, corriendo. Típico de la mentalidad de un negro no tener plan, no haber formado un proyecto para el futuro, sin correr ciegamente a la primera oportunidad que se le ofrecía.»

Y qué sucede a su alrededor. Pues a su alrededor sucede, básicamente, la vida y puesto que aquí no tenemos tiempo para contarla toda, vamos a simplificar y a hablar de una novela que tiene el fin de la infancia como tema principal y, de fondo, uno de corte racial. ¿O era al revés, el racismo como tema y la infancia a modo de acompañamiento? 

«—¿Cómo han podido hacerlo; cómo han podido? —No lo sé, pero lo han hecho. Lo hicieron en otras ocasiones anteriores, lo han hecho esta noche y lo harán de nuevo, y cuando lo hacen... parece que sólo lloran los niños.»

Cualquier persona con dos dedos de frente ha leído esta maravilla de novela. Cualquiera con uno, ha visto la película. Yo, ahora, soy de los primeros. Ahora. No tengo otra excusa que la peor, ya saben: si he visto la película para qué voy a leer el libro. Ese tipo de estupidez. Hay otros libros sometidos al mismo castigo o similar. No es un mal año para ponerle remedio.

Confesiones a un lado y volviendo a la reseña, hablábamos (y si no lo hacíamos lo hacemos ahora) de racismo, que es un tema siempre de rabiosa actualidad. Otros temas de rabiosa actualidad que también están en la novela: la infancia, ya lo dijimos, magníficamente representada en una primera parte cargada de elementos nostálgicos, con su imaginación, sus miedos, sus hazañas, sus cosas del día a día, esa guerra que es el patio del colegio, ese micromundo plagado de cataclismos. Más cosas: apariencias de clase; integridad. Personajes con valores enfrentados a otros absolutamente amorales, la cultura frente a la ignorancia (de hecho los protagonistas, personajes honestos y tolerantes, son lectores apasionados, diríase voraces).

Pero al margen de afinidades espirituales o la simpatía que uno pueda tener por determinadas historias, hay un ejercicio de estilo absolutamente genial, hay un libro cómplice, que se deja querer, que es todo empezar y no saber dejarlo. Y hay, sobre todo, una cosa que no suele verse: un personaje evolucionando de un modo natural.

«La Mansión Radley habla dejado de aterrorizarme, pero no era menos lúgubre, menos helada debajo de los grandes robles, ni menos repelente.»

«Todos los niños de los Estados Unidos leen el libro y ven la película en sus primeros años de secundaria y escriben redacciones al respecto», dice Wikipedia que dice la viuda de Gregory Peck. Y será verdad, aunque eso no quita para que luego se criminalice igualmente la raza, que parece que no siempre germine la semilla de la tolerancia. Y, bueno, en fin, que sí, que mi voto por incluirlo como lectura obligatoria a los doce o trece o los que sea siempre que no sea demasiado tarde. Y ya luego lo que sea, que tampoco será plan de echarle la culpa del hijoputismo a una mala lectura de la novela de Harper o a que no te gusten las películas en blanco y negro.


Bromas aparte, una más que magnífica novela.



viernes, 4 de abril de 2014

“Esta noche arderá el cielo” de Emilio Bueso

Esto va de dos viejos amigos y amantes, un motorista llamado Mac y una motorista llamada Perla (como la amiga ballena de Bob Esponja) que un buen día, uno por el calentón y la otra por cambiar de aires, se echan a la carretera nada más que para hacer kilómetros. Eligen la Trans-Taiga, que es una carretera canadiense de casi 700 kilómetros que cruza un paraje desolado ideal para quemar goma sin temor a cruzarte con los de tráfico. 

Y bueno, por no fastidiar el intríngulis, un poco va de esto: dos despistados que pasaban por el peor sitio en el peor momento posible, que es un poco la base de literatura y el cine de tiros.

La novela es como de terror. O como de acción. Como de acción de terror, digamos, pero sin tener ni mucha acción ni dar puto miedo. Es un poco una mezcla de La isla del doctor Moreau, Donde viven los monstruos y, ya puestos, Easy Rider, pero esta última la incluyo sólo por citar algo de motos. Seguro que hay mejores ejemplos, pero ahora mismo no se me ocurre ninguno. 

“Esta noche arderá el cielo” tiene a favor el estilo de Emilio Bueso, que es muy de andar por casa y parece que más que leyendo te la esté contado él mismo en una terracita mientras os tomáis una cerveza. También la ligereza o esa pretensión de nada más que entretener y conseguirlo. Esto es un poco como ir al cine y tener que elegir entre “Nebraska” o “El capitán América”. Pues esta es la del Capitán América.

Venga una cita.

«Pero allí estaban, marido y mujer, plasta y pelma, fornicando como dos lavadoras con distintos programas. Pim pam pim pam. Zumba zumba. Naca ñaca. Nigu ñigu. Y todo eso.»

Jo, me parto.

Pero no, oye, bromas aparte (el párrafo está elegido con muy mala hostia) muy bien, en serio, ese desenfado. Y conste que lo digo como un cumplido. Como El Cumplido, casi, que ya carga un poco leer tanta literatura trascendental sobre escritores haciendo terapia. 

Después tiene algunas cosillas que, bueno, en fin.... El final, por ejemplo, que se ve venir desde Estocolmo; que tarde un poco en arrancar; que parezca un episodio de Alpha Flight; que tenga momentos de cierto aburrimiento (que estarán muy bien para dotar de contenido la historia de amor, pero aquí hemos venido a lo que hemos venido y mariconadas las justas); que se líe a contarnos secretos de familia pasada media novela nada más que para rellenar. Que no acabes nunca de sentir "cariño" por los personajes tampoco puede ser bueno (ni necesariamente malo); que ya no es que te dé igual lo que les pase, es que estás deseando que les den una paliza o que los viole un puerco espín o algo. 

No sé. Se echa de menos algo más de… ¿tensión? o lo que sea que justifique la compra de palomitas. Y no me refiero al “oh, pobres, cuántos sufren” sino a algo mucho más sencillo tipo “¡anda coño!”. Con sólo un andacoño (más) ya le hubiese calcado una estrellita más en Goodreads, que es donde realmente se mueve el bacalao. 

Lo que quiero decir con todo esto es que si les gustan las bebidas sin azúcar o son amigos de dejar una lucecita puesta por la noche, bien, pero si les va más el rollo de hacer explotar ranas con petardos, casi mejor se leen otra cosa. 

Si es que ya no hay moteros como los de antes. 

Y, con todo, el caso es que no lo he pasado del todo mal, que será lo que tiene de bueno: la sensación esa tan rara de haber encontrado más o menos lo que buscabas. O casi.