Mostrando entradas con la etiqueta Cristina Fallarás. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cristina Fallarás. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de mayo de 2012

Una de arena (Catálogo de buenas lecturas)

En los comentarios de un post anterior me hicieron la siguiente pregunta: "¿Serías capaz de nombrar tres BUENAS novelas de tres escritores españoles menores de cincuenta años?" A quién me lo planteó le di una respuesta que por falta de tiempo quedó a medias, algo que trataré de enmendar en un minuto. Antes de empezar quisiera aclarar no leo tanta narrativa española ni desde hace tanto tiempo como para dar con semejante lotería. En los dos últimos años han sido unos cien [libros] muchos de los cuales parecen haber sido elegidos directamente con el culo y de ahí la media tan baja: Mora, Bonilla, Barba, (Miki) Otero, (Pablo) Muñoz, Sabadú, (Javier) Moreno, (Marc) Pastor, Piña, Albero, Vilas… Bueno, en fin, que me lo he buscado. Tampoco quiero hablar de BUENAS novelas sino de buenas lecturas, esto es, aquello que me siento a leer y leo si esfuerzo o sin cagarme en el escritor cada cinco putos minutos o que simplemente cumple las expectativas que me he creado yo solito. De ahí a que algo sea bueno media, en algunos casos, un abismo. Pero ese es un detalle en el que me niego a entrar.

Tirando de listado, por aquello de certificar que efectivamente, tal como sospechaba, no podía ofrecer tres de tres (de menos de cincuenta tacos, recuerden) me encuentro con que no es así por los pelos. Hay un escritor que lo ha logrado: Antonio Orejudo. De Orejudo me ha gustado todo, lo que menos lo primero (“La nave”) y lo último ("Un momento de descanso"), pero aún así aprueba con nota. Digamos que le da la media. Celso Castro le anda cerca gracias a las geniales "el afinador de habitaciones" y su segunda parte "astillas". (Cuando escribo estas palabras acabo de sacar dos libros más de la biblioteca.) (Cuando escribo estas otras otras los he devuelto sin leer.) El bronce está por ver. Sospecho que no será para Marta Sanz por culpa de que “Animales domésticos” ni fu ni fa aunque con “Black black black”, con todo lo light que es, me reí bastante. A Sanz le pasa lo que a Castro: tengo por leer un tercero que será determinante pero que en su caso, al ser más de lo mismo, supongo que se quedará en simple mención. Me refiero a “Un buen detective no se casa jamás”, recién publicada y que ya tengo metidita en el Kindle para cuando me regale diez o quince días de novela negra. No soy mucho más fan de Marta Sanz de lo que pueda serlo de Alberto Olmos, de quien he disfrutado, con reservas, tres de las cuatro novelas que le he leído ("El estatus", "Trenes hacia Tokio" y "Ejercito Enemigo").  

Viajando al pasado, entre lo mejor de los últimos dos años estaría “Providence” de Juan Francisco Ferré del que me hubiese gustado leer algo más. Lamentablemente su producción anterior está descatalogada y yo ya me he cansado de buscarla. Otra de la novelas que recuerdo con más cariño, por razones que no vienen al caso, fue “Los bosques de Upsala” de Alvaro Colomer, que no sé a qué cojones está esperando para sacar algo más. Nunca le hice reseña y lo merecía; hoy ya es tarde, tendría que volver a leerlo y no estoy por la labor. También quiero incluir aquí a Ernesto Pérez Zúñiga por “El juego del mono” y a Isaac Rosa por la estupenda “El vano ayer”. 

Otros escritores que me parecieron INTERESANTES por diferentes motivos fueron: Pablo Gutiérrez, con la historia de “Nada es crucial” que aun pareciéndome floja, me enganchó (después volvería a intentarlo con “Rosas, restos de alas” pero ya no); Jon Bilbao -un escritor al que siempre digo que volveré y nunca lo hago- por la ya reseñada “Padres, hijos y primates”; Cristina Fallarás por esas novelas tan viscerales, tan cristinafallarás ("Las niñas perdidas", "Últimos días en el puesto del Este") y Javier Calvo (El jardín colgante”). Y puestos a incluir, aunque con la boca pequeña, gracias, seguramente, a que hace demasiado tiempo que los leí: Germán Sierra (“Inténtelo con otras palabras”) o Mercedes Cebrián (por “La nueva taxidermia” y eso a pesar de que la segunda nouvelle de las dos que incluye tiene demasiada pinta de ser un plagio descarado de Residuos de Tom McCarthy). No quiero dejar de mencionar a Victor Balcells Matas, Marina Perezagua, quizá Pilar Adón (a quienes castigo por ser escritores de relatos) y, si me apuran, Fernando San Basilio

Mención especial fuera de concurso para dos de las novelas más divertidas que he leído este año: la segunda (atendiendo al orden de lectura) es "Una comedia canalla" de Iván Repila y tendrá su propia reseña en unos días. La primera la leí hace unos meses. Está escrita por un completo desconocido para todos aquellos que no acostumbren a pasarse por los comentarios de este blog. Su nombre: Quique; el de su novela: "El empujoncito". Se la recomendaría pero está inédita y no serviría de mucho. 

Esto es todo. Seguro que me dejo alguno o estoy siendo injusto con muchos o me he pasado de buenismo con algún otro, pero me he jurado un post corto, que no llegue a las mil palabras y bueno, no sé... por ahí andará. Seguramente la lista fuese muy diferente si hubiese podido elegir entre escritores no españoles que escriban en castellano o nacionales de cualquier edad pero la pregunta que da origen al post no la formulé yo y esto es lo que ha salido, que bastante me parece ya.


jueves, 10 de noviembre de 2011

"Últimos días en el Puesto del Este" de Cristina Fallarás

Admito ser incapaz de evitar ver en las protagonistas de sus novelas a la propia Cristina (o de la imagen que me gusta hacerme de ella a cada momento). Esto tiene una razón de ser que es al mismo tiempo un cumplido a la escritora: personajes fuertes y duros a la vez que más sensibles que la nuca de un recién nacido; madres amantísimas, esposas ejemplares… Personajes cuyo único defecto reside en el exceso de celo de sus pasiones casi siempre contenidas en silencios de un lirismo –lo siento- agotador. 

Yo no sabía que en esta novela había tanto, tanto amor. Quizá de saberlo no me hubiese metido con el mismo entusiasmo porque yo para estas cosas soy de minidosis aunque esto no quiere decir que me arrepienta (al fin y al cabo no es caminar sobre cristales) porque no deja de ser una novelita que se lee en poco menos de dos horas. Esto lo digo porque me estoy dando cuenta de que la crítica se va hacia dónde no quiero. Decía que hay mucho amor, sí, y mucha pasión, mucho sexo, mucho sentimiento “a flor de piel”, que diría aquel. Demasiado de todo. Pero demasiado de todo aquello que a mí más me espanta en una novela, pero eso no quita que no sepa apreciar su belleza y buen hacer (voluntariamente ambiguo, esto) porque si hay algo cierto es que Cristina sabe escribir y si nuestras almas no acaban de fundirse es simplemente porque no toca donde más me duele. 

Lo peor que puedo de decir de la novela es lo que insinué un poco más arriba y es que parece que se infiltre demasiado de la propia Cristina en la historia de otra (siendo “otra” la protagonista) y ese indefinido transitar entre el género apocalíptico y de amor, pulsión sexual incluida. Entiendo que Cristina habla de los sentimientos, de la pasión amorosa en todas sus formas, como la mejor manera de luchar contra nuestro yo más salvaje, el que habita y nos define (no siempre) en las situaciones extremas pero para ser una novela tan corta pasa que se me cuentan demasiadas cosas (o pocas  demasiadas veces) como para que no acabe por sobrarme una mínima cantidad de ellas. Y es de cajón que no puede ser bueno que me sobren páginas en algo así de pequeño. 

Y ahora la parte de los besos. 

Como amante de la cosa apocalíptica no puedo evitar el entusiasmo al leer sobre el fin de los tiempos again. En esta enésima revisión del Mad Max de turno que en esta ocasión viene, oh felicidad, de la mano de la santa madre iglesia, aquí la madre más ramera de todas, una grandísima hija de puta que le da a la novela un punto entre premonición, falso documental o ficción política (no lo tengo claro). El apocalipsis cristiano a pesar de todo y por encima de todo. La última guerra santa. Y no estoy hablando de las elecciones sino del argumento: en una casona convive un grupo de gente que espera a su capitán que no acaba de volver de una incursión en el campo enemigo en que se ha convertido el mundo entero por culpa de la fe de unos pocos. Cuando la desesperación campa a sus anchas entre los escasos habitantes del Puesto del Este, la mujer del capitán trata de mantener el tipo y la vida de sus hijos mientras lo que se oculta tras las murallas se siente como un precipicio. 

Luego está lo de los niños. Joder, los niños. Qué puta manía con los niños. “Plop” (de Rafael Pinedo) es soportable porque los niños son como tojos pero aquí hay una madre y mucho amor y un abandono y soledad y un cerco dentro de un cerco y sólo un modo de librarse de él que es el mismo modo de librarse de todos los cercos y claro, así no hay manera porque te imaginas a los niños y el dolor de sus miradas y el frio de sus cuerpecitos y el no tener qué llevarse a la boca, que a mí todo esto me toca mucho la moral y no digamos ya la fibra. El final, que se veía venir -porque el fin del mundo conocido es lo que tiene- no es el final y ahí Cristina la caga un poco, con perdón, porque el final finalísimo es una coda -lo que viene siendo el epílogo de toda la vida de dios- que a mí personalmente me sobra por dos razones: porque cambia radicalmente de estilo (no sé a qué viene tratar el asunto como un artículo periodístico) y porque no aporta nada a la historia salirse de la primera persona para saber lo que ocurrió en un momento muy concreto fuera de las murallas cuando ya suponemos que aquello está plagado de hijos de puta y de qué cuerda son. 

En general, y sin tratar de salvarle la vida a nadie (es un decir) es una novela que se deja leer y se lee con cierto placer; que está bien escrita (aquello del sentimiento desatado) pero que peca de contar más cosas de las que yo personalmente necesito o me interesa conocer. A mí me gusta la escritura más directa, menos afectada -esto es defecto del animal- y hubiese preferido unos diálogos que no fuesen como versos encadenados máxime cuando ya sea follando o matando lo que pide el cuerpo es nada más que gemir.



lunes, 18 de abril de 2011

Tres apuntes sobre “Las niñas perdidas” de Cristina Fallarás





Miren, les voy a decir la verdad, hoy me levantado un poquito hijo de puta, pero por el cariño que les tengo a ustedes (que ya sabrán infinito) y el respeto que me inspira Cristina Fallarás (que por ahí le andará) voy a contenerme y toda la mierda que pensaba escupir (sin motivos realmente justificados) me la voy a reservar para la crítica de algún libro de, no sé, Rosa Montero, por ejemplo, que seguro que se lo merece mucho más. Y mientras llega ese día si les parece bien podemos hacer algo de tiempo analizando obras más ligeras, de menos calado. Nada que nos vaya a arreglar la vida, vaya. Y se me ha ocurrido que como vengo un poco salvaje podemos hablar, por ejemplo, de libros de mujeres que escriben sobre hombres malvados que descuartizan niñas. A continuación, con todos ustedes, tres breves apuntes sobre el librito canibal de Cristina  Fallarás; tres apuntes que tratarán temas tan apasionantes cómo: 

1º Lo buena, mala o impersonal que sea o no Cristina como escritora. 

De lo único que me voy a ocupar en este apartado es de decirles a ustedes que no tienen nada que temer; que si leen esta novela no se van a encontrar con la típica mierda de escritura automática de las tropecientas novelas de asesinos y asesinados que pueblan el panorama literario internacional, incluidas Lackberg´s y Larsson’s (especialmente Lackberg’s y Larsson’s). Se aprecia una huella, hay un poso de muchos años de escritura (y de vida, me temo); un estilo que ya en su momento me pareció entrever en, por ejemplo, su blog personal (no, ya ven que no le he seguido mucho la carrera). Digamos que si la veteranía es un grado con la de Cristina uno se puede llegar a colocar; sin perder el sentido, vale, pero sí, un puntito sí que lo tiene. (Aquí había pensado incluir un montón de citas a cual más singular como demostración palpable de lo defendido pero he pensado en usted, lector, que estará deseando llegar al final y me he contenido y por eso lo voy a dejar a su imaginación. También se puede leer el libro para salir de dudas, que casi será lo mejor.) 

2º Las precauciones a tomar durante su lectura. 

¿Saben lo que es el miedo? ¿El miedo de verdad? El miedo de verdad, ya se lo digo yo, es leer “Las niñas perdidas”. Y lo es porque durante toda la novela permanece una sensación de que en cualquier momento recibiremos una patada en los huevos, lo merezcamos o no. Parece una chorrada, pero esto es muy importante. No sé a los demás pero a mí personalmente esta sensación de leer con cierto acojone me produce un extraño placer que no es este el momento de tratar y mucho menos con ustedes pero me sirve para explicarles que durante esta lectura no me ha abandonado en ningún momento la sensación de que Cristina estaba arreglando (a través de la novela) pequeños asuntos pendientes, no sé si con hombres, con mujeres o con el mundo (seguramente esto último). Esta agresividad, que no se atenúa de ningún modo -ni con la lírica de la prosa- dota de una fuerza inusual todo el texto a la vez que sirve para descartar ciertas dudas que se han ido sembrando a lo largo y ancho de cuantas entrevistas he leído: que “Las niñas perdidas” no puede ser una novela social, como creía yo en su momento, es una de ellas. Tampoco una novela negra, como nos promete la editorial. Podría ser, en el mejor de los casos, un ensayo sobre la violencia, sobre las distintas formas de ejercerla, percibirla y ser objeto. La propia Cristina, en la página 88, pone algunos ejemplos cuando dice que, dependiendo de quien la ejerza, la violencia puede ser “delicada, líquida, elegante, propia de un mundo de formas y piel de melocotón que ya hemos perdido definitivamente. Violencia muelle. Pequeña molicie criminal”. También, continúa, puede ser “química. […] Violencia adquirida por desarraigo […] viene del íntimo dolor y del pasmo”. Y por último “la violencia del mundo navaja, afilado, puntiagudo. Nace de la pérdida total, no conoce las formas ni guarda información genética al respecto. […] Es una violencia ejercida por el otro con toda su bestia actuando.” 

Lo que quiero decir con todo esto es que la violencia de la novela está tanto dentro como fuera de sus páginas: la escritura lírica, elegante, violenta; la trama, tanto en el origen de la misma como en su final pero también en los movimientos de los protagonistas, agotados de reacciones convulsas, a un paso del vómito permanente. 


3º De lo que la novela no es. 

Se acabaron los besos. Miren, sospechen de todo aquel que les diga que la novela de Cristina es la pera limonera del género porque les estará mintiendo. La novela de Cristina está bien. Punto. La novela de Cristina cuesta 15 euros que es lo máximo que yo estaría dispuesto a pagar por ella (que ya no está mal). Además, ese premio de barrio que le han dado, a pesar del ruido, tiene pocas nueces. ¿Saben porque lo sé? Porque la novela de Cristina, se lo acabo de decir, no es negra. Ni negra, ni social, ni erótica (es decir, que si se ponen ustedes cachondos durante lectura lo más probable es que lleven un psicópata dentro. Mírenselo, hagan el favor). Y cuando digo que no es Negra me estoy refiriendo a la negrura de su acepción más primaria, la que definió Raymond Chandler en su momento. Eso no me supone ningún problema -aunque entiendo que pueda parecer que lo esté planteando como tal- porque el 99% de la novela supuestamente negra que se publica actualmente no lo es ni remotamente. Es otra cosa: un thriller de intriga, una novela de suspense, una de tiros. Lo que ustedes quieran; menos negra, lo que quieran. Y en esa nueva categoría, en ese género inventado, evolucionado, es donde podemos ubicar estas niñas perdidas, con su violencia, con su detective embarazada; con sus traficantes y su Barcelona yonki. 

Si me obligasen a explicarles porque me molesta tanto que se considere (esta novela) del género que no le corresponde -a sabiendas de que a mí el sometimiento de la literatura a los géneros me parece una forma como cualquier otra de menospreciar el trabajo del escritor de la obra en cuestión (la que sea)- les diría que es porque no ha cubierto las expectativas formales que (yo) había puesto en ella. Esperaba una mujer fatal, o en su defecto, un hombre fatal; esperaba un caso complejo, una investigación más retorcida, con más vericuetos, con más trucos y trampas mortales; esperaba personajes más elaborados, villanos menos estereotipados, esperaba UN villano, sólo uno y no dos, o tres, o cien, como aquí (pobre truco, éste el mío, para no desvelar secretos argumentales); esperaba una violencia diferente, más vulgar (aunque soy consciente de que esto último es más un elogio que una patada). Lo que no esperaba, ni me ha gustado, honestamente, es el recurso de apelar continuamente a lo extremo de la violencia ejercida sobre las niñas protagonistas (“Mira, Santo, he visitado el lugar donde una niña pasó un paquetón de horas, y un minuto ya sería demasiado tiempo, donde le hicieron cosas que no quiero saber y donde murió en una agonía de vómito. Pero esa sólo es una de las dos niñas a las que busco. Me falta su hermana. Si no me equivoco, su cuerpo estará ahora en un lugar semejante a aquel, espero que muerto, porque así habrá cesado su sufrimiento”) porque lo único que consigue es difuminar las fronteras entre los géneros que me he empeñado en defender a pesar de odiar y que lo que parece importar no es tanto el caso a resolver como lo repugnante del caso en sí.



Y esto es todo lo que tengo que decir al respecto. Las conclusiones las sacan ustedes como buenamente puedan o quieran. Personalmente soy de la opinión de que lo mejor para juzgar es leer (de ahí que me trague cada año tanta basura) pero también soy consciente de que la oferta literaria es inmensa y que es muy difícil apostar por una novela como esta, de una violencia tan evidente, tan miserable, en unos tiempos en los que, como me decía un amigo el otro día, "a la gente que le gusta la mierda y la basura ya está harta de mierda y basura de barrio y quiere mierda y basura imperial y no barriobajera, quiere mierda de políticos, reyes, magnates, países destrozados y millones de muertos". 





Mi relación con la escritora: a poco que la conozcan ya se imaginarán que he escrito esta reseña con una pistola apuntándome a la cabeza y que si no soy suficientemente elogioso (que ya se ve que no) en cuanto haga clic en "Publicar entrada" moriré por impacto de bala en el occipital.  

Clic.



viernes, 15 de abril de 2011

"Rapsodia in Black": un proyecto


Les voy a contar pequeño proyecto que se me ocurrió el fin de semana pasado. Fue mientras leía la novela de Cristina Fallarás, "Las niñas perdidas" y lo más probable es que acabe llevándolo a cabo en unas condiciones completamente diferentes a las planteadas inicialmente. La idea consistía en demorar unos días (unas semanas, en realidad) la reseña de la novela de Cristina con la (sana) intención de que sirviese de colofón de una sucesión de artículos dedicados al género Noir, ya saben, el de lasmujeres fatales y las pistolas humeantes. Algo así como un especial donde la "estrella" (por llamarlo de alguna manera) sería “Las niñas perdidas”, no tanto por su calidad –de la que no me ocuparé ahora, ni para bien ni para mal- como por haber sido la precursora del proyecto. Un proyecto, que dicho sea de paso, no deja de crecer día a día. 

La primera de un total de tres entradas empezaría comentando de El simple arte de escribir” de Raymond Chandler con el único objetivo de poder sentar las bases de lo que se considera Novela Negra desde más o menos el principio de los tiempos; a saber: que la resolución del misterio no sea el objetivo principal, que las divisiones entre el bien y el mal estén bastante difuminadas y que la mayor parte de sus protagonistas sean individuos derrotados, en decadencia, que busquen encontrar la verdad por encima de todo y siempre –o en la medida de lo posible- a través de la violencia. Después de éste, en la misma entrada, comentaría varias novelas, tres, seguramente, dos de las cuales estarían inscritas en dicho género por ser fieles a las mencionadas normas. La primera podría ser “El largo adiós, también de Chandler y la segunda Cosecha Roja” de Dashiel Hammett. La tercera en discordia, 1280 almas” de Jim Thompson, serviría de ejemplo para mostrar cómo los parámetros del género noir fueron ampliados en su momento (no éste) para dar cabida a muchas otras novelas, que sin serlo, pudiesen ser consideradas como tales. Resultaría difícil, por no decir imposible, ubicarlas en cualquier otro sin arriesgarse a que antes o después los márgenes se difuminasen. 

La segunda entrada de este pequeño festival hablaría de dos novelas relativamente actuales que también se consideran inscritas en el género –sin estarlo; no al menos completamente. Por un lado estaría “Sólo el silencio” de R. J. Ellory, editada el año pasado por RBA y que he elegido por varias razones entre las que destaca que el escritor, al contrario que la editorial, no se considera un especialista en el género y porque al igual que las otras dos que iban (y van) a ser incluidas (“Todo lo que muere” de John Connolly y más adelante el libro de Cristina Fallarás) utiliza la infancia como motor argumental. En un principio tenía la intención de concluir con una revisitación (ver entrada anterior) a “Vicio Propio” de Thomas Pynchon, pero a estas alturas creo sinceramente que no viene mucho a cuento. La segunda, ya lo han visto, era “Todo lo que muere” de John Connolly, una novela por la que siento una especial debilidad y que no solo me sirvió para conocer al escritor sino que me hizo pasar uno de los mejores momentos del año pasado. Uno, que es poco sádico.

La tercera entrada -la última- hablaría de la novela de Cristina Fallarás, "Las niñas perdidas", que sin ser novela negra al uso (en su sentido más puro) sí podría entenderse como una versión moderna de la misma, tal como ocurre con las de Pynchon, Ellory o Connolly. 

El motivo por el que este pequeño proyecto aún no se ha materializado es que todavía está en marcha y me tengo que leer casi todo lo mencionado. Aunque llevo buen ritmo: he terminado “1280 almas”, tengo a medias “Cosecha Roja” y sería más que probable que en dos semanas pudiese dar cuenta de todo lo previsto, pero lamentablemente, tal como dije al principio, el proyecto no deja de crecer día a día alterando las condiciones planteadas inicialmente. Es pronto para saberlo pero en cualquier caso lo que venía a decir con todo esto es que el motivo por el que mi siguiente entrada será, en contra de lo previsto, la novela de Cristina es porque me parece injusto que habiendo sido la novela detonante de este giro radical en mis hábitos de lectura (esto no es necesariamente un cumplido) sea la que más tenga que esperar para ser reseñada. Tampoco quiero que, a la vista de la calidad de algunas de las novelas elegidas, el tiempo juegue en su contra y pueda ser vapuleada donde iba a ser simplemente comentada. 


lunes, 4 de abril de 2011

Calendario de Lecturas: ABRIL 2011

En la primera entrada de este mes -la que resume mis lecturas de febrero- me propusieron hacer una entrada, también mensual, en la que hablase de las expectativas que tenía de cara al mes en curso en lo que a lecturas se refiere. Me pareció una idea genial; todo lo que sea llenar esto de palabras me parece bien. El que la propuso, no contento con limitarse a la idea me sugirió también la estructura que podría tener. También eso me pareció bien, sobre todo porque es la que ya tenía. Esto es, por lo tanto, lo que se van a encontrar a continuación: 

Dividiré la entrada en tres partes; tres zonas que llenaré con los libros que, en principio, planeo leer durante los siguientes treinta días. Cada zona irá plagada de expectativas, unas mayores, otras no tanto y algunas, las menos, directamente injustificables. Les adelanto que soy una persona muy poco disciplinada y que la lista que propongo puede llegar a tener poco o nada que ver con el resultado final. Prometo tratar de ajustarme a lo planeado. 


[Zona Cálida

Espero mucho de Thomas Pynchon. Quizá no debería, podría acabar odiándolo, como la mitad del planeta, pero tengo un grado de tolerancia alto y un gusto bastante bueno y por eso creo que “Vicio Propio” me gustará. Otro grande del que lo espero todo y que también sé que no fallará es Salinger y su “Levantad carpinteros, la viga maestra y Seymour, una introducción”. Sí, ya sé que arriesgo poco. ¿Qué quieren? Si puedo elegir elijo lo creo que me va a gustar. A ustedes no sé pero a mí no me pagan por leer (todavía). Y con el tercero tampoco me la juego: Houellebecq.  El libro elegido será “Plataforma”. -Aquí iba a ir “Corrección” de Thomas Bernhard, pero en mi biblioteca habitual lo han extraviado o descolocado y parece que voy a tener que pasar sin él.- 



[Zona Templada

Aquí, en esta zona, voy a hacer trampa y voy a meter alguno que debería estar arriba, pero ya lo aclararé llegado el momento. El primero de los nominados es “Las niñas perdidas” de Cristina Fallarás (si llega a tiempo, claro). La iba a poner arriba, en la zona alta, pero me parecía cruel. A mi Cristina me parece una mujer muy simpática –motivo por el que me voy a leer su libro- y las primeras páginas (ver entrada anterior) de esta novela fueron prometedoras pero aquí hablamos de expectativas y yo del único autor de novela negra del que espero lo máximo que se puede esperar de un escritor es James Ellroy. Del resto, Cristinísima incluida, me conformo con que me hagan medio feliz con muchos muertos y mucha sangre y una trama que no de vergüenza ajena. Tampoco espero mucho más que divertirme con “Wendolin Kramer” de Laura Fernández, si es que la desiderata que me aceptaron el tres de marzo se hace realidad de aquí a fin de mes, cosa que dudo. Luego hablamos de suplencias. El tercero del que espero lo justo tirando a mucho (es que no quería abarrotar la zona cálida) es Don Delillo y su “Punto Omega”. Seguro que me encanta, pero al menos en este caso prefiero pecar de prudente. No les cuento el porqué me apetece leer este libro porque hay autores para los que no hacen falta justificaciones. Y por último un libro que han hecho llegar esperando mi (creo que) sincera opinión. Se trata de una colección de relatos llamada "Un hombre cae de un edificio" de Raúl Quirós. 

[Suplentes: Permítanme una aclaración: puesto que tanto “Wendolin Kramer” como “Punto Omega” son desideratas y “Las niñas perdidas” depende del correo postal y las buenas intenciones, voy a dejar un par de libros más a modo de repuesto por si los anteriores no pueden cumplir. Podrían ser: “Cut & Roll” de Oscar Gual, que está siendo injustamente demorado un mes tras otro y “Las vírgenes suicidas” de Eugenides, porque siempre le tuve muchas ganas y porque "Middlesex" me gustó mucho cuando lo leí en su momento (además es un préstamo y quiero devolverlo pronto). Por no comprometerme demasiado lo vamos a dejar aquí y en caso de ir bien de tiempo puedo continuar con “La Pantalla Global” de Lipovetsky o "El gran asombro" de Jeanne Hersch



[Zona Fría

Este es fácil. Parece mentira, pero lo es. Facilísimo, ya verán. El primero en ocupar esta zona es mi libro de cabecera en este momento (quizá por eso me noten algo triste estos días): “Nocilla Dream” de Agustín Fernandez Mallo. Ya tendremos tiempo la semana que viene para hablar largo y tendido sobre él pero a 80 páginas del final ya sé lo que me puedo esperar y no es mucho. Quizá parezca injusto, que después de “El guardián entre el centeno” cualquier cosa desmerece, pero lo de este libro es de juzgado de guardia, ya se lo adelanto. El siguiente truño que me voy a tragar dentro de muy poquito (porque será un truño y porque me lo voy a leer se pongan como se pongan) será el “Richard Yates” de Tao Lin. Sé que parece que voy con prejuicios (je), pero no es cierto. Bueno, sí que lo es. Lo que pasa es que de este libro se ha hablado mucho o yo he leído demasiado y quienes lo critican negativamente son en su mayoría santos de mi devoción mientras que los que hablan bien, genial o simplemente regular de él acostumbro a hacerles poco o ningún caso porque su opinión me parece partidista, sesgada o directamente fraudulenta. Me puedo equivocar, pero lo dudo, porque para según qué cosas o seres humanos tengo un ojo infalible. (Esto excluye a la editorial, que entiendo que simplemente defiende un producto y lo menos que espero por su parte es objetividad. Aunque la sea (objetiva) no me interesa, porque no me la voy a creer). 

(*)

[Mi relación con los escritores. De momento ninguna, pero yo espero que a lo largo del mes se vayan poniendo en contacto conmigo para proponerme algún trato del que podamos extraer, al menos yo, algún beneficio. Si puede ser económico mejor que si es anímico y vayan descartando el intercambio de fluidos porque yo esta clase de favores no se los hago a nadie. Arriba, en mi perfil, encontrarán mi dirección de correo. Pueden escribirme a cualquier hora del día o de la noche que ya les contestaré yo cuando me venga bien.]


(*) Al cierre de esta edición -uno no escribe cuando quiere sino cuando puede- "Nocilla Dream" es historia y "Richard Yates" mi nuevo libro de cabecera que espero terminar esta misma noche. ¿Recuerdan lo que dije del truño y el ojo infalible? Pues lo confirmo.


lunes, 14 de marzo de 2011

Primeras páginas de "Las niñas perdidas" de Cristina Fallarás



Es cuando dejo la lectura de la biografía de J.D. Salinger escrita por Slawenski para echarle un vistazo a la nueva futura novela de Cristiana Fallarás, “Las niñas perdidas”, que me doy cuenta de que estoy demorando otra vez (y van...) la lectura del “Todo está perdonado” de Rafael Reig. Es todo muy confuso. De Salinger espero mucho, animado por el contagioso entusiasmo de Jordi Corominas mientras que de Rafael Reig espero poco, (aún así) quizá demasiado, tras la amarga experiencia que fue en su momento “Sangre a borbotones”. De Cristina Fallarás no sé que esperar, la verdad, porque no la conozco de nada. 

De hecho esta reflexión previa a la lectura del libro surge exactamente de esa incertidumbre y de que me dé por preguntarme por qué todos los comentarios o reseñas a un libro se hacen una vez leídos. Porque no podemos compartir, que es al fin y al cabo de lo que se trata, las expectativas que nos genera determinada novela. De tratar, en primera instancia, los motivos que “nos conducen a” y más tarde afrontar, si lo merece la novela, sus inmediatas consecuencias. 

De eso va esto.

Hace muchos, muchos años, hubo una época en que yo leía mucha novela negra o lo que entonces se consideraba negra, que era más bien gris, porque novela negra, negra chamizo, se escribe poca. (No voy a perder el tiempo en establecer aquí los parámetros en los que inscribe el género porque no me interesa la discusión por lo que me limitaré a tratar como tal aquella de detectives, investigadores y/o ladrones o asesinos y las cosas que pasan cuando cada cual se dedica a lo que mejor se le da, con los muertos y los robos que esto supone). Decía que por entonces leía mucho de todo esto; todo lo que encontraba de James Ellroy, John Grishman, Henning Mankell, Sue Grafton, Steve Martini, Michael Connelly, Kathy Reichs, Scott Turow, Laurie R. King, Brad Meltzer, David Baldacci, Minnette Walters, Thomas H. Cook, y un largo etcétera. Lo que quiero decir es que sé de lo que hablo. Luego me harté y cuando hubieron pasado un par de años y repasaba los títulos de mi estantería comprendí que me había pasado demasiado tiempo con demasiado de lo mismo y que ya no había forma humana de distinguir unas historias de otras. Salvo contadas ocasiones tenía la sensación de haber leído lo mismo una y otra vez. Por eso tardé tantos años en volver. Por eso no volví hasta el año pasado cuando me harté de otras lecturas de las que hablaré cuando venga más a cuento. 

Todo empezó cuando el “Shutter Island” de Denis Lehane volvió a meterme el gusanillo en el cuerpo y me resucitó las ganas de muertos y crímenes irresolubles y detectives listísimos o no tanto. Así fue como llegué al islandés Arnaldur Indridason, que me enamoró de su mujer de verde; a Don Winslow, John Connolly, Ian Rankin, Jonathan Kellerman, Sebastian Fitzek o Richad Pryce por poner sólo algunos ejemplos. De todos ellos, los presentes y los pasados, me quedo con Ellroy y Connolly. Porque ahora, cuando quiero negro, lo quiero negrísimo. Ni rebajado con leche ni con azúcar. Quiero sangre y un montón de muertos y uñas rotas y brazos partidos; quiero poco o ningún realismo; quiero un rastro de cadáveres sin fin porque de lo otro, de los niños que desaparecen para siempre, de las mujeres violadas o maltratadas e injustamente vengadas, de los ladrones de joyerías de barrio o cooperativas agrarias, están los telediarios llenos. Yo lo que quiero es quedarme a gusto, que los buenos ganen siempre que puedan, siempre que no los maten y que dejen en el proceso un incontable rosario de almas disfrutando de un sueño eterno. Será que tanta narrativa mediocre me está tocando los huevos, pero yo lo que quiero es, en definitiva, el infierno en la tierra. 


…y fue con la primera escena, la del gordo calvo detrás de una mesa frente a un ventanal con vistas al muelle que me acordé inmediatamente de una antigua pasión: Daredevil y los guiones negro-satánico de Brian Michael Bendis que de la mano de Alex Maleev reinventó a uno de los mejores villanos de la historia, un Kingping calvo, bajo y tan hijo de puta como siempre. El mismo que parecía esconderse detrás de la mesa de Fallarás. Luego llegaron los cuerpos ensangrentados, las uñas y los dientes arrancados, las niñas regaladas y la Barcelona suburbial. Y todo antes de llegar a la página diecinueve, que es cuando nos enteramos que Victoria González, la detective protagonista, está embarazada de seis meses. 

Al margen del recurso fácil que es colocar a una mujer en estado en semejante situación, que las desaparecidas y torturadas sean niñas y que Barcelona resulte más amenazadora que nunca, mis expectativas son grandes. Y contenidas, eso sí, porque ya supongo que no se va a poner la buena de la mujer a pegar tiros a diestro y siniestro ni arrastrar pistolas humeantes y mafiosos rusos al fondo del muelle. Aunque en vista del comienzo tampoco lo descarto. 


Ahora sólo falta esperar que el resto del libro caiga en mis manos para ver si Cristina es o no es lo que  esperábamos los amantes del género negro. Para comprobar si efectivamente se hacen, con ella, realidad nuestros deseos. Hasta entonces tendremos que esperar, me temo. Ustedes y yo. Y tratar de no morir mientras tanto. 





Mi relación con la escritora: ella me ha dicho que me adora y que sin mí no puede vivir pero lo he dicho que no, que ni hablar, que si quiere nos veremos en París dentro de unos años, pero ahora no, porque tengo demasiados casos por resolver. El crimen no descansa, ya saben.



martes, 1 de marzo de 2011

El Wikilit de Quimera (o la perversión de la verdad)



Que Quimera es el suplemento mensual de cierto sector de la blogosfera literaria es algo que ya sabíamos. Que sus listas son las listas más listas del mercado, también. Que es una revista que se pasa de cultureta se ve a la legua. Pero lo del WIKILIT es de nota. Yo creía haberlo visto todo, pero se ve que no. [ESTO ES ASQUEROSAMENTE CIERTO] Veréis. 
(Un apunte aclaratorio para no iniciados en artes oscuras: Quimera es una revista literaria de corte partidista –como todas, sí- que presume de lo que carece –idem- y que no contenta con ello saca una encuesta haciendo las dos preguntas objeto de esta entrada a algunos colaboradores habituales, quizá temiendo que si se lo preguntan a otros vayan a decir lo que piensan). 
El día que conseguí hacerme con la edición de febrero (a saber: el 26 del mismo mes) fue casualmente el día que logré resolver todos mis problemas con el Outlook –que eran muchos y variados- y por extensión el mismo que recibí y pude leer el correo de Jaime Rodríguez Z., director de la susodicha, solicitando mi colaboración en la encuesta. [ESTO NO (ES ASQUEROSAMENTE CIERTO)]. Puesto que no pude contestar cuando debía por los ya mencionados problemas técnicos me voy a dar el gusto de hacerlo ahora, a toro pasado. Porque mirad: me lo he pasado tan bien, me he reído tanto con el artículo, que me parece de ley compartirlo con el resto de los seres vivos para que todos lean y gocen en la medida que yo lo hice. Que gocemos todos, incluso Quimera. Y a ver si tiene tanto sentido del humor como el que nos presupone a nosotros, sufridos compradores. [5 EURAZOS DE REVISTA, PARA QUIEN NO LO SEPA] 



[LA PRIMERA PREGUNTA] ¿Qué crees que pasaría si por un día todos los que formamos parte del mundo literario español nos dijéramos públicamente toda la verdad?

Voy a NO HACER dos cosas. Primero: voy a pasar por alto el "formamos" y el "nos dijéramos" (luego dirán que la revista no la hacen para ellos) y haré como que no he leído que la propuesta es decir la verdad: ojo; no es "decir lo que pensamos" sino "la verdad"; es decir: que no es que callen, es que mienten. Habitualmente, vaya; tampoco digo que lo hagan de forma permanente. La segunda cosa que NO voy a hacer es ponerme en plan estadístico pero sí tengo que decir que la respuesta más leída fue algo tipo: no pasaría nada, porque todos sabemos cómo va esto. ¿Lo sabemos? ¿Quiénes lo sabemos? ¿Los editores? ¿Los escritores? ¿Los periodistas? ¿Los becarios? ¿Sus mascotas? ¿Quiénes? Porque yo no. Ya sé que sólo soy un lector, pero ojo: soy el lector de la revista que publica un artículo con dos preguntas que supone que me importan y que (siento ser tan pesado con el tema) me cuestan un buen dinerito que me gano trabajando. El caso es que da igual porque seguimos sin-enterarnos-de-nada. No al menos mientras la encuesta la respondan los amigos de los que formulan las preguntas, que a su vez son amigos de otros que parecen no tener nada que ver con Quimera pero que estarían encantados, llegado el momento, de salir en todo lo que tenga letras y se venda en quioscos. Lo que yo sí creo que pasaría es que se iba a montar un dios de cuidado. Si los unos (críticos) tuviesen que decir lo que realmente piensan de los libros de otros (escritores) lo más probable es que los segundos se vengasen cuando llegase el momento de invertir los papeles (que se invertirán; seguro: todos invertidos de aquí a cinco años) y entonces nadie sería amigo de nadie y el único que saldría ganando es el lector, que vería por todas partes criticas geniales de puro sádicas. Eso durante los seis primeros meses. Luego supongo que los escritores pondrían en marcha la máquina de pensar en escribir libros de verdad; libros que mereciesen ser leídos; libros en los que valiese la pena gastarse el dinero; libros que demostrasen que detrás de esta fachada artística hay algo más que intereses de egos y dineros; libros que demuestren que hay realmente una generación que valdrá la pena incluir en las enciclopedias dentro de veinte o treinta años y que no se verá condenada a ser objeto de burla de los escritores daneses (otra panda de listos) que es exactamente lo que está ocurriendo ahora. Yo no digo que tengan que ser todos Franzens , Pynchons o FosterWallaces, pero no estaría mal que de una vez dejásemos de ser los herederos de Cervantes y nos hiciésemos nuestro propio hueco en este mundillo tan rastrero. 

En definitiva, que yo sí creo que pasarían cosas y que el movimiento se demuestra andando y que si los que responden “no pasaría nada” creyesen realmente en ello no lo dejarían ahí. Contestarían. Dirían la verdad y así veríamos todos cuán llenos de razón están. Pero no lo hacen. Se callan (cobardes, cobardicas) por muchos motivos tras los cuales se esconde siempre lo mismo: E-G-O. Y así, haciéndose los tontos, pasan a la siguiente pregunta. 

(Esta entrada me está quedando un poco larga pero eso es porque la verdad ocupa espacio y como esto es gratis escribiré hasta que me aburra. Si costase cinco euros no; entonces mediría mis palabras. A ver si va a ser por eso… 

El caso es que mientras escribo voy llegando a mis propias conclusiones y me pregunto si es realmente interesante (que no legítimo) que los escritores sean también críticos literarios. Si no es eso lo que al fin y al cabo lo pervierte todo). 


[LA SEGUNDA PREGUNTA] "Haz un esfuerzo de honestidad y revela un dato concerniente a la industria que nunca te hayas atrevido a revelar"

Uhhhh, que miedo. A estas alturas del correo debían estar todos entrando en pánico total. Voy a obviar el insulto que me parece que un alguien le pida a otro alguien un esfuerzo a la hora de ser honesto (tela!) y me voy a centrar en lo que me importa aquí. A saber: sólo se pide un dato. (1, para los que sean de ciencias). Un simple dato. Ni veinte ni treinta. Una sola cosa que se suponga que nadie sabe. (Un “nadie” que podría perfectamente ser, por ejemplo, yo (aprovechando mi insignificancia y mi ignorancia supina en casi todo)). Un dato que yo no sepa. Respuesta mayoritaria en el Wikilit; atentos: "bueeeeeno -con voz de escritor que se hace de rogar- que los premios están amañados". Joooder, qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte. Así, sin  anestesia. Directo como un puñetazo e igual de efectivo. ¡Quién lo iba a decir! Y yo pensando que Boris Izaguirre era uno de los mejores escritores de este pedazo de península! En fin. Corramos un tupido velo. Otros hablan de sexo, lo cual es genial pero también terrible. Genial porque en mi fuero interno temía que los escritores no hiciesen otra cosa que leer y escribir, algo que vería bien si esto fuera Corea del Norte, pero no esta España, con tantas libertades y tantos bares por habitante; y terrible porque significa que los mismos escritores (que ya hemos visto que no trabajan todo lo que debieran porque están siempre de copas y follando) pueden reproducirse. Como lo oyen. Y nosotros no queremos que eso ocurra, verdad? Noooo!! Lo que nosotros queremos es que alguno de ellos ponga orden; que se suba a un pedestal (si no estaba subido ya, que seguramente) y diga bien alto y bien claro: “Bien, chicos. Dejemos ya de chuparnos las pollas y pongámonos a escribir obras maestras”. Y luego lo que salga, claro. La intención es lo que importa y la inteligencia no nos trata a todos por igual. Yo, por ejemplo: soy menos imbécil de lo que aparento, lo que pasa es que hay que conocerme un poco para notarlo. 

Pero no hay como los ejemplos. Veamos algunas de las respuestas que dan los entrevistados a esta segunda pregunta: 
  • Luna Miguel, que es poeta, nos cuenta una que ríete tú de Inception. Si creías que no habías entendido el argumento de la película verás cuando leas esto: “[…] me parece muy feo ese mal rollo que se ha creado entre autores y personajes literarios como P, A y E por culpa de la entrevista que I hizo a P para una revista digital”. Cágate lorito. Luego lo desarrolla, pero no mejora. Al contrario. También es mala suerte que a LM (mira, como el tabaco con el que me hacía los porretes de chaval) le parezca feo precisamente lo único que podría salvar este artículo. 
  • Marc Caellas, es gestor cultural (que debe ser el mejor trabajo del mundo) y nos descubre el por qué los venezolanos no tienen mucho más éxito en nuestro país: por orgullo. ¿A que no lo sabían? Pues sí. Y lo justifica de la siguiente manera: una chica escritora quería conquistar a un chico escritor (de Venezuela) prometiéndole orgasmos y premios literarios (aunque no necesariamente por ese orden) y éste le dijo que no. Y de ahí la conclusión. Por eso cerraron CNN+: no estaba a la altura. Yo me siento fatal conmigo mismo porque hasta que Marc dijo lo del orgullo pensé que, una de dos, o la muchacha era fea como un erizo y no había por donde “cogerla” o el muchacho era un poco bastante gay. Gracias Marc por tu valiosa aportación.
  • Cristina Fallarás (un apellido de los que condicionan) es la que ve a todos los “artistas” (se lo vamos conceder) siempre con los pantalones bajados, o borrachos o arrimados al váter de algún bar o todo al mismo tiempo: borrachos, desnudos y en el váter de un bar. Ella no habla de mear, porque ya sabemos todos como están los aseos de los bares y que hay que ir meadito de casa. Follar tampoco los ve, Fallarás, a nuestros genios de las letras (segunda concesión). Se ve que se le escapan. No me extraña, tanto acoso y tanta leche. Luego dice que no sabe cotilleos. Ja! ¿Acaso se quedan mudos los escritores borrachos? ¿Y qué hacen todos desnudos? ¿Es Cristina Fallarás uno de los personajes de la última novela de Orejudo? ¿Aquella que coleccionaba fotografías del glande de los escritores que se encontraba? (¿A que ya tiene mejor pinta la novela de Orejudo? Si es que lo que venda un buen glande...) 
  • La Fiera Literaria es un fanzine que necesita vender para sobrevivir –como todos los fanzines- y por eso va a su rollo. Empieza citando Orwell (cómo no podía ser de otra manera, porque Orwell en todo esto tiene mucho que ver) y luego a tropecientos escritores más como forma de quejarse de lo partidista de las listas que sacan los periódicos. Vale, muy bien. Cualquier momento es bueno para darse a conocer. Viva la revolución! A ver cuándo empiezan a pegar carteles es las estanterías de El Corte Inglés. 
  • Oscar Gual pasa de todo. No miente pero tampoco cuenta. Se inventa una película. Cómo es escritor… Una pena. Este tiene pinta de listo y seguro que sabe cosas. Se lo vamos a perdonar porque está de promoción, pero la próxima, Gual, te toca mojarte. Correrte no, Gual; mo-jar-te. (Es que los dejas solos y…) 
  • Alberto Olmos dice que tampoco sabe nada. Aquí nadie sabe nada. Si Olmos no sabe nada es que nadie sabe nada. Anda que tengo que leer cada cosa... 
  • Y acabo. Este último me gusta mucho porque creo que es el único que no miente. Será porque me siento muy identificado. Dice Antonio Jiménez Morato, a la sazón escritor, tallerista y crítico literario, que nunca puede leer un artículo completo de Quimera. ¡Lo mismito que me pasa a mí! Excepto éste del Wikilit, que me hizo mucha gracia hasta que me cansé, que vino a coincidir con el punto final. 

Y nada más. Acabé. Yo lo siento en el alma, de verdad. Ya sé que esta entrada además de larga puede parecer un poco borde pero nada más lejos de la realidad. Se trata de divertirse. Quimera se ríe (no sabemos si es con o de nosotros) de esta situación tan surrealista que ella misma provoca, exigiendo tácitamente nuestra complicidad, algo con lo que personalmente no tengo ningún problema. Del mismo modo el texto inmediatamente anterior también quiere reírse (no sabrán si es con o de ellos) de la misma surrealista situación, también con un tácito acuerdo de complicidad. Todos cómplices, todos amigos y sin dejar de reír. La crítica literaria como terapia humorística. ¿No es maravilloso? De todos modos confieso que estoy poco o nada preocupado con los sentimientos que pueda herir con esta entrada que ya supongo más bien pocos, porque independientemente de lo que diga y el tono que use, a los escritores lo que les gusta es que se hable de ellos. Si no se habla de ellos se ponen tristes, se bajan los pantalones y se encierrarn en los váteres públicos de los bares para llorar, quizá esperando que venga algún alma caritativa a hacerles una mamadita. Yo mamadas no hago, ya lo digo ahora. Dar por culo sí, todo lo que quieran, pero mamadas no, ni una.




Mi relación con los escritores, editores o gestores culturales mencionados: regularcitas, la verdad, ya se pueden imaginar. Por lo menos desde hoy.