“El argumento siempre me ha interesado más bien poco en las novelas” escribe Javier Moreno en la página 30. Se nota. Dicen que decía Wittgenstein que hay una gran diferencia entre los efectos que produce un escrito que puede leerse fácil y fluidamente y uno que puede escribirse pero no puede descifrarse fácilmente: “En él se guardan bajo llave ideas, como en un cofre", concluía. Partiendo de esta máxima les diré que esta novela es asombrosamente fácil de leer. Por si no ha quedado claro: esto no ha sido un cumplido.
Ya no se escriben libros como los de antes. Al menos no de la misma manera, ni probablemente con el mismo esfuerzo. Este, por ejemplo. "Alma" empieza así:
"Recuerdo haberme masturbado una vez pensado en mí mismo y no haber obtenido placer alguno. Mis uñas no tienen aristas y brillan como si estuvieran pintadas de laca. Me gusta la cocina china, la cocina hindú, la cocina italiana, la cocina japonesa y la cocina mexicana".
Y eligiendo otro libro cualquiera, un poco al azar y otro poco no, pero que también esté narrado en primera persona, digamos, por decir, “El Extranjero” de Camus, nos encontramos el siguiente comienzo:
“Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí un telegrama del asilo: «Falleció su madre. Entierro mañana. Sentidas condolencias.» Pero no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.”
No sé cómo lo ven ustedes pero yo lo veo clarísimo. Cristalino. La diferencia entre uno y otro es la diferencia entre el prestigio de uno y el futuro que le espera al otro que es poco más o menos la diferencia que hay entre construir un personaje a base de “lo que tengo”, “lo que me gusta” o “lo que hago a cada minuto” durante tropecientas páginas o hacerlo con un simple esbozo en apenas cuatro líneas. No, definitivamente ya no se escriben libros como los de antes. Bueno, vale, estoy exagerando: todavía quedan buenos libros, sí, y buenos escritores, alguno incluso joven. Pero no es tan descabellado lo que estoy diciendo. Piénsenlo, tiene su lógica: hoy en día es difícil que una persona se dedique exclusivamente a escribir, por lo tanto los infelices que lo intentan han de hacerlo superando los cienes y cienes de inconvenientes que surgen en el camino; me refiero al trabajo pero también al sexo, Facebook, Twitter, Myspace, los videojuegos, las series de televisión, el cine, los programas del corazón, las revistas de corazón, el aeromodelismo, la cocina y otras pajass tipo congresos, cursos, cursillos, blogs, páginas webs o reuniones de antiguos alumnos. También hay mas cafeterías que antes y bares y pubs y restaurantes y centros comerciales y hacer la compra lleva mucho más tiempo que hace cincuenta años. Ser escritor y tener insomnio es una bendición de dios, visto lo visto, pero puede que ni eso valga la pena si no se está a lo que hay que estar.
Esto que acabo de contar es lo que provoca que la mitad de los escritores sufran déficit de atención y deban recurrir a narraciones desestructuradas o tramas inexistentes cuando no directamente al microrrelato o la poesía. Esto no por malo es poco conocido. Javier Moreno lo sabe y en cierto modo lo justifica:
Creo que ya lo he dicho pero hay cosas que no me cansaré de repetir: me fatigan los argumentos. Los acontecimientos de la vida apenas duran unos pocos segundos; a lo sumo, algunos minutos. Una línea o una página deberían ser suficientes para describirlos. El resto –la trama- no son sino extrapolaciones. La vida es una suma de acontecimientos carente de trama. Como mucho, podría hablarse de pequeñas convergencias que procuran la ilusión de sentido. (Pag.31)
Ojo, no dice “los argumentos son fatigosos” sino “me fatigan los argumentos”. Está bien localizar el problema y admitirlo o nunca podremos curarlo. Como terapia invertida Javier Moreno nos regala 140 páginas de extrapolaciones. Por el camino siembra un línea argumental: una novela que le hubiese gustado escribir; la historia de amor de una mujer llamada María que escanea cosas y las archiva en una carpeta del Windows llamada “Alma” y se las envía a su amigo Eduardo que es más raro que un perro verde. Esto (las extrapolaciones con telenovela de amor incrustada) sin respirar durante mucho, mucho tiempo. Y cuando estamos bien hasta los cojoncillos, allá por la página 57, nos cuela la primera foto, supongo que para descansar la vista.
Me estoy pasando, lo sé; la novela no merece tantos golpes como le estoy dando pero es que hay cosas que claman al cielo, por ejemplo la apasionante retrato íntimo de María: de modelo estelar a imagen difuminada, como aquella película de Woody Allen (¿Desmontando a Harry?) en que Robin Williams tenía que vivir desenfocado. Sus usos y costumbres (los de María) son un ejemplo a seguir: “La manera en que María se seca después de hacer pis es tomando tres pliegues de papel higiénico, doblándolos por la línea de puntos y plegando el conjunto de nuevo por la mitad.” Yo hago casi lo mismo cuando meo de pie, pero sin respetar la línea de puntos porque con una sola mano no puedo plegar el papel y si utilizo las dos temo salpicarme los pantalones, pero si no se lo he contado antes fue nunca imaginé que algo así pudiera interesarles.
Esta novela no es tan mala como la hago aparentar, en serio. Tiene su “aquel” aunque sólo sea como experimento. El problema es que esto no es un colegio ni yo un profesor por mucho que la mitad de los escritores de este país sean estudiantes (no es el caso de Javier, ojo). Esta novela debería durar la mitad de lo que dura e incluirse en un recopilatorio de relatos de la nuevas y prometedoras voces de menos de cuarenta años que Granta saque por navidad para animar el whislist de la Fnac. Pero convertirlo en novela me parece un exceso, honestamente. Esto es literal, lo juro: en la página setenta supe que ya tenía suficiente. Aún así, insisto, le reconozco el mérito que tiene tratar de hacer algo diferente por mucho que el resultado no me haya convencido. Además, admitámoslo, este estilo difícilmente podrá ser repetido, ni por el propio Javier, sin arriesgarse a caer en el hartazgo, el aburrimiento, en el “esto ya lo he visto antes” o en el “a Javier se le han acabado las ideas”.
LA CRÍTICA DICE…
Una última cosa. He leído unas cuantas reseñas de esta novela, casi todas de blogs y me ha sorprendido enormemente descubrir que no hay ni una sola que no caiga rendida a sus pies. Desde Agustín Fernandez Mallo diciendo en El Cultural que “Alma es un buen ejemplo [de la depurada intuición que tiene el autor a la hora de establecer un equilibrio entre las fuentes arcaicas, pasadas por las helénicas y enchufadas directamente en contenidos científicos contemporáneos]; de cada 3 frases podría hacerse una poemario entero o una novela entera, concatenación de intuiciones audaces, exigentemente poéticas, inteligentes, en absoluto pretenciosas ni forzadas” pasando por una del ABC que afirma que “en este tiempo de obras de supuesta valentía que, simplemente, aportan gotas de modernidad a lo mismo de siempre alivia el hallazgo de una obra auténticamente kamikaze.” Por el camino, ya lo dije, blogs y más blogs a reventar de citas y aplausos. Todos en la misma línea: el reconocimiento a la valentía de crear un novela con una trama tan minúscula (algunos hablan incluso de la consecución de un proyecto frustrado de Flaubert) que se sostiene por sí misma a golpe de frases minúsculas. A mí esto no me parece meritorio en absoluto, sinceramente. Sí me lo parece, en cambio, ser capaz de dedicar tanto tiempo y esfuerzo a escribir algo completamente intrascendente que será olvidado antes de que acabe el año por mucho que se empeñe todo el mundo en hacer de ella una obra maestra.

