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lunes, 27 de octubre de 2014

Resumen de Lecturas OCTUBRE 2014 [Versión extendida] [1ª parte]

Por razones que no vienen al caso pero que tienen que ver con las prioridades, de los últimos 25 libros leídos apenas he reseñado cuatro. Cuatro. Que ya hay que ser vago. Porque me conozco y sé que, salvo puntuales excepciones, lo más probable es que no llegue a escriba nunca, voy a dejarme la piel en una suerte de reseñas tan breves que por sí solas no justificarían una entrada en el blog pero que agrupadas le darán cierto contenido en estas horas bajas. Calculo que serán cuatro, los posts; tres, en el mejor de los casos. De modo que casi mejor voy empezando, a ver si nos da tiempo a terminar de aquí al domingo.



Noches blancas de Dostoievski

Dostoievski. Como para que no te guste. Como para decir que no te gusta. Que no es lo mismo, eh. Bueno pues gustar, lo que se dice gustar, mucho no me ha gustado, la verdad, para qué nos vamos a engañar. Pero esto ya lo sabía o lo suponía o lo intuía o algo. Creo, estoy bastante seguro, que Noches Blancas fue lo primero que leí de Dostoievski, hace tantos años que me da bajón pensar en ello. 

Hay una reseña empezada que me da mucha pereza terminar (porque yo para leer saco tiempo pero para escribir ya no tanto) y que empieza tal que así:

«Que dice Frank, Joseph Frank, biógrafo de Dostoievski, que este encantador relato es, junto con El doble, la segunda obra de arte menor que escribió el ruso después de Pobres gentes, su alabado debut.

Bueno, yo puedo entender que uno le vaya cogiendo cariño al biografiado, especialmente si se trata de un alma gentil, pero de ahí a hablar de obra maestra, media un abismo.

Con todo, juzguen ustedes mismos:

La cosa va de un soñadorEl soñador, si es necesario definirlo con más precisión, no es un hombre, sino, si quiere saberlo, un ser de género neutro. Se ubica generalmente en algún rincón inaccesible, como si se escondiera del mundo, y se introduce en él apegándose a su rincón como un caracol, o al menos pareciéndose mucho a ese curioso animal que es casa y animal a la vez, como la tortuga»] que un día se echa a la calle para admirar una noche blanca petersburguesa. Ya saben, la clásica noche blanca petersburguesa. El caso es que este personaje, un tanto melifluo, un tanto infantil, un bastante atormentado, tiene problemillaas serios para relacionarse con el resto de la raza humana y en no sé qué momento de su vida ha decidido que lo suyo es más de frenopático que de taberna irlandesa:

«También conozco las casas. Cuando voy andando, parece que cada una de ellas sale corriendo delante de mí por la calle, me mira con todas sus ventanas faltándole poco para decirme: «¡Hola! ¿Cómo está? ¡Yo también, gracias a Dios estoy bien de salud, y en el mes de mayo me van a añadir una planta más!». O bien: «¿Cómo está? ¡A mí mañana me empiezan a hacer obras!». O incluso: «¡Casi me quemo! ¡Qué susto!», etc. De todas ellas, hay algunas casas por las que tengo predilección y con las que también tengo algo de amistad. Una de ellas está dispuesta a curarse este verano bajo la dirección de un arquitecto. ¡Pasaré por allí a propósito todos los días para ver si le hacen alguna chapuza! ¡Que Dios la ampare».

Esa clase de “soñador”.

El caso es que un día da con una buena mujer y claro, se enamora perdidamente. Cómo no se va a enamorar, si recién sale del cascarón. También es verdad que ella se lo pone fácil:

«He perdido la costumbre de tratar con las mujeres; quiero decir que nunca he tratado con ellas, soy un solitario... Si ni siquiera sé cómo hablarles. He aquí que no sé cómo dirigirme a ellas. Tampoco sé ahora mismo si le habré dicho alguna tontería. Dígamelo directamente; se lo aseguro, no soy de los que se ofenden...
–No, nada, nada, al contrario. Y si usted exige que yo sea sincera, entonces le diré que a las mujeres les gusta este tipo de timidez; y si desea saber algo más, le diré que también a mí me gusta, y no le echaré de mi lado hasta llegar a casa».

Y hasta aquí.



¿Le gusta ser malvado? de Peter Hamm y Thomas Bernhard

De esto hay una reseña. No sé si la han visto. Igual no. La gente no lee las reseñas sobre buenas novelas o sobre cosas que tienen que ver con buenos escritores que no tienen la culpa de un desaguisado equis. Lo sé. Ejemplo, aquí. La gente lee sobre monos con lápiz o sobre lo que hacen los monos cuando encuentran un lápiz o sobre los lápices que tienen la mala suerte de caer en manos de un mono, que para el caso es lo mismo. Podríamos pasar el día haciendo combinaciones. En fin, a quién quiero engañar: yo disfruto con esto más que nadie. Decía que haciendo clic aquí, pueden leer la reseña pero porque ya supongo que lo de hacer clic da pereza, les hago un resumen: Peter Hamm admira a Bernhard. Mucho. Es superfan. El caso es que lo conoce. Ignoro los detalles de su relación. Un día quedan para que Hamm haga preguntas y Bernhard las responda. El resultado es un completo desastre (como ya sabrían, vagos, si hubiesen leído la reseña) que el mismísimo Bernhand (especialmente él) despreciaba tan bernhardianamente: 

«Querido Peter H.: En pocas palabras: todo el texto (¡horriblemente mecanografiado!) de nuestro único (¿y singular?) experimento resulta totalmente inservible y no se debe aprovechar ni una línea de él. Me pongo casi malo al pensar en un libro sobre mi obra; sólo puede resultar otra monstruosidad más… Desde hace años leo únicamente estupideces nauseabundas y no puedo evitar vomitar ante esas fantasías (¿?)».


Todo un personaje.



Washington Square de Henry James

Washington Square es una película maravillosa. También es una novela, cierto, pero ante todo es una gran película. Estoy hablando, para que quede claro, de la versión de William Wyler. Inmediatamente después de verla (estamos hablando de hace media vida, de modo que lo de inmediatamente después tiene algo de relativo) leí el libro que resultó ser asombrosamente fiel a la película. Qué buena, de verdad. 

La historia es absolutamente genial, y, si no genial, estupendísima. La edición de Sexto Piso, que es la que utilicé para esta relectura, no está nada mal. Tiene dibujitos, que es una cosa que siempre se agradece si tienes que hacer un regalo.

La historia, por si les interesa, es una historia de amor en la que el amor brilla por ausencia: chica fea y buen partido no pilla cacho (que ya tienes que ser fea para que no te quieran ni por tu dinero) hasta que un joven guapo inteligente y oportunista ve que esta es la suya y se tira de cabeza total para darse de bruces con el padre de la criatura que, consciente de la fealdad de su insulsa y poco amada hija, trata por todos los medios posibles (incluyendo viaje por Europa a todo tren, que ya quisiera yo ser así de feo) de evitar que la incauta incaute no tanto por ella como por el destino que pueda tener su capital. No hay modo. Ella está tonta perdida, que son muchos años sin mojar, y el chaval plata no pero planta la tiene buena. No les cuento el final para no hacerles llorar y porque seguro que ya la conocen (y si no la conocen, deberían) pero déjenme que les digan que es un final tan de cine, tan de mujer cerrando una puerta y apoyándose en ella… Ya no hay finales como los de antes. Y novelas ni te cuento.


(Continuará)


lunes, 11 de noviembre de 2013

“Dostoievski: los años de prueba, 1850-1859” de Joseph Frank

Este es el segundo tomo de la extensa biografía que Joseph Frank dedica a investigar la vida, obra y milagros de Dostoievski. Hablamos de cinco tomos que suman un total aproximado de 3000 páginas. Obviamente no espero convencer a nadie de su lectura máxime cuando la broma sale por casi 200 euros pero aquí uno se ha propuesto leerlo y se niega a dejar de comentarlo.

Resumidísimamente este volumen se ocupa de los 10 años que Dostoievsky pasa en Siberia, primero en una prisión de trabajos forzados y más tarde, cuatro años más tarde, ocupando el más bajo escalafón del ejército. 

En prisión acabó por algo, claro. A principios de los años cuarenta el clima sociocultural ruso pasó del romanticismo al realismo social y, tal como Herzen escribió cinco años después de la publicación de la primera novela de Dostoievski (que recordemos [enlace] que había sido considerada por Belinski, el crítico literario más importante de la época, como “la primera tentativa de novela social”), las obras se vieron “imbuidas por inspiraciones y tendencias socialistas”. Estas tendencias, dice Frank, “habían requerido bastante tiempo para surgir en Rusia, y tal vez puede afirmarse que fueron inicialmente estimuladas por las escandalosas injusticias cometidas con la servidumbre, institución que durante largo tiempo perturbó las conciencias de los mejores miembros de la sociedad rusa culta, y suministró uno de los motivos para la abortada sublevación de los decembristas, en noviembre de 1825”. (1) Es decir, que la cosa venía de lejos y Dostoievski, que además de haber tenido contacto personal con las brutalidades infligidas a los campesinos estaba también muy afectado por la lectura progresista, humanitaria y vagamente utópica literatura socialista de autores como Victor Hugo, George Sand o Eugene Sue, entre otros, hizo algo más que limitarse a escribir novelas sociales de inspiración socialista o participar en un movimiento exclusivamente literario: “a partir del invierno de 1848 empezó a asistir regularmente a las reuniones del círculo de Petrashevski, formado por un grupo de hombres jóvenes que se reunían en la casa de Mijail Butashevich-Petrashevski para discutir todos los grandes temas del día que la amordazada prensa rusa tenía prohibido mencionar.

El zar Nicolás I ordenó la detención de círculo Petrashevski y con él al joven Dostoievski. Todos fueron juzgados y condenados a muerte, una pena de muerte que sería conmutada enseguida aunque igualmente, a modo de escarmiento, se organizó el fusilamiento. Sólo antes de apretar el gatillo, cuando los presos estaban frente al paredón, se les informó de que sus penas habían sido rebajadas en diferentes grados. Dostoievski, condenado inicialmente a ocho años de trabajos forzados, vio reducido este período a cuatro años, después de los cuales tendría que servir en el ejército ruso durante tiempo indeterminado. Así fue como acabó en Siberia. Dostoievski, en una la carta que escribió a su hermano Mijail el 22 de febrero de 1854, apenas una semana después de haber sido liberado del campamento de condenados, le cuenta, entre otras muchas cosas, detalles del lugar:

"Vivíamos apretujados, todos juntos en una sola barraca. Imagínate una construcción de madera, vieja y ruinosa, que se suponía debía haber sido derribada mucho tiempo atrás, que ya no era adecuada para usarse. En verano había una intolerable proximidad; en invierno, un frío insoportable. Todos los pisos estaban podridos. La mugre en los pisos tenía casi tres centímetros de espesor. Uno podía resbalarse y caer. Las ventanitas estaban tan cubiertas de escarcha que era imposible leer en ningún momento del día. Casi tres centímetros de hielo en los cristales. Goteras en el techo, corrientes de aire por todas partes. Nos hallábamos apiñados como sardinas en lata. En la estufa cabían seis leños, pero no había tibieza (el hielo dentro de la barraca casi no se derretía), sino sólo insufrible humo. Y esto duraba todo el invierno. Los reos lavaban en la barraca su ropa, y todo el lugar estaba salpicado con agua. No había espacio para darse la vuelta. Desde el anochecer hasta el amanecer era imposible no comportarse como cerdos porque, después de todo; 'somos seres humanos vivientes.' Dormíamos sobre tablas desnudas y se nos permitía únicamente una almohada. Extendíamos sobre nuestros cuerpos el abrigo de piel de oveja, durante la noche permanecían descubiertos nuestros pies. Temblábamos toda la noche. Pulgas, piojos, cucarachas, a montones. En invierno usábamos abrigos cortos de piel de oveja, con frecuencia de la peor calidad, que casi no proporcionaban ningún calor; y en nuestros pies, botas de media caña."

Gran parte del resto del tomo lo dedica Joseph Frank a relatar todo aquello que tuvo lugar en prisión y que perfectamente nos podemos imaginar. Podía ser un buen momento para hablar de “Apuntes de la casa muerta”, la novela donde Dostoievski pone en boca de una tercera sus propias experiencias, pero el autor del ensayo prefiere dejar para el tomo siguiente el análisis literario de la obra, ya que esta fue escrita algún tiempo después. Esto es debido a que otro de los castigos sufridos fue la prohibición de escribir ni una coma, por lo que producción fue casi nula, a excepción de un pequeño relato bastante mediocre y una comedia con muy poca gracia que escribió al final de este ciclo un poco de mala gana y tras haberse comprometido con la que sería su dinámica habitual: pedir un anticipo: “No se puede escribir lo que se quiere escribir, y se escribe algo sobre lo que ni siquiera se desea pensar, si no se necesitara dinero. Y debido al dinero me veo obligado a inventar relatos intencionalmente. Ser un escritor necesitado en un oficio asqueroso." Es importante destacar que lo que ocurre durante esos años es de una importancia vital, ya que es aquí dónde Dostoievski cambia de actitud -no podemos decir que radicalmente, ya que venía apuntando maneras- y sienta las bases del pensamiento que más adelante se reflejará en su obra. 

También tiene lugar su famosa conversión religiosa, un tema al que Frank dedica muchas páginas y que insisten en relacionar con los ataques epilépticos que desde su encierro se multiplicaron alarmantemente. Frank no cuestiona la verdad o falsedad de las creencias que intervienen en la conversión pero sí sostiene la teoría de que las “penalidades de la vida carcelaria, a pesar de lo bien que pudo haberse adaptado a ellas con el tiempo, lo sometieron precisamente al tipo de tensión que conduce a la desorganización de las funciones cerebrales” lo que unido a las teorías neuropsiquiatricas que analizan los mecanismos piscofísicos de los cuales se obtienen las conversiones, da una idea de qué es lo que el autor cree que le llevó al cambio a esa religiosidad, una religiosidad que, según Wrangel (compañero de armas) “parece haber sido muy personal, vagamente deísta y con una pincelada de panteísmo, pero al mismo tiempo centrada en Cristo”. (2)

En cualquier caso y cuestiones de fe al margen, Dostoievski sale de prisión convertido en otro hombre. Son demasiados temas y demasiado complejos como para poder resumirlos en mil palabras, que era la intención inicial de este post, pero quédense con la idea de un Dostoievski que pasa de occidentalista a eslavófilo por culpa de un contacto directo con los siervos, en los que encuentra a la verdadera madre patria:

“Pueden ustedes haber tenido contacto durante toda su vida con los siervos—dice el narrador de “La casa de los muertos”—, pueden haberse asociado con ellos día tras día durante cuarenta años, de manera oficial, por ejemplo, de acuerdo con las regulaciones administrativas, o, simplemente, en forma amistosa, como benefactores, o en cierto sentido, como padres; pero, a pesar de todo, jamás los conocerán realmente. Será una ilusión óptica y nada más. Sé que todos los lectores pensarán que exagero. Pero estoy cabalmente convencido de esta verdad. He llegado a esta convicción, no mediante libros, no mediante teoría abstracta, sino mediante la realidad, y he tenido abundante tiempo para comprobarla"

* * * * * * * * 

Este segundo tomo es, tal como ocurría en el anterior, un exceso de información imposible de resumir, ya que además de profundizar en la psique del escritor en busca de todo aquellos que de un modo u otro pudiese llevarlo a pensar de esta u otra manera, da muchísima importancia al contexto histórico. Esto se traduce en ciento de páginas de información sobre lo que ocurría dentro del marco social y político ruso. Así es como llega, en la última parte del libro, al conflicto surgido por culpa de Chernishevski con la publicación de su tesis doctoral –después de otros muchos artículos periodísticos— llamado “La relación estética entre el arte y la realidad” donde atacaba la llamada “religión del arte”: 

“Los idealistas estéticos (Hegel y F. T. Vischer) consideraban el arte como una función del deseo humano de enmendar las imperfecciones de la naturaleza en nombre del ideal. Chernishevski, aportando el punto de vista opuesto, afirmaba categóricamente que "belleza es vida", y que la naturaleza, lejos de ser menos perfecta que el arte, constituía la única fuente de placer verdadero, y era infinitamente superior al arte en todo sentido. De hecho, el arte existe únicamente porque le es imposible al hombre satisfacer siempre sus requerimientos reales. Por consiguiente, el arte es útil, pero sólo como un substituto mientras lo genuino se obtiene.”

Esta encendida polémica, este “reto a la hegemonía moral-espiritual de los intelectuales liberales de la pequeña nobleza”, mantuvo entretenido al mundillo literario durante toda la década de 1860-1869, y dando a luz una serie de obras de los escritores más notorios de la literatura rusa. “La víspera” y “Padres e hijos”, de Turguenev; “Los hombres superfinos y el bilioso”, de Herzen; “¿Qué hacer?”, de Chernishevski; y “Memorias del subsuelo”, de Dostoievski fueron el resultado de este combate. Al finalizar la década, el debate fue finiquitado por “Los demonios”. Pero de todo esto ya hablaremos más adelante, durante los tomos tres y cuatro de esta biografía.

* * * * * *

Resumiendo: independientemente del cariño que uno le tenga a Dostoievski y de lo más o menos que interesen sus obras, este volumen mantiene el nivel de calidad del anterior, que ya no es poco, y a pesar de lo aparentemente aburrido de la premisa de la que arranca (el pormenorizado relato de los diez años más improductivos del escritor) el resultado es un texto apasionante unas veces, repetitivo otras pero siempre interesante.

El tercer volumen se ocupará del regreso de Dostoievski a primera línea con obras como “Humillados y ofendidos”, “La casa de los muertos”, “Memorias del Subsuelo” o “Crimen y castigo”, novelas estás que habrá que ir leyendo unas y releyendo otras y comentando con la calma que merecen.


(3)



(1) Salvo que se indique lo contrario, todas las citas pertenecen a Joseph Frank.

(2) “Las memorias de Wrangel son más bien prosaicas. La mayor parte de lo que relata de Dostoievski se relaciona con los incidentes rutinarios que les acontecían en la vida diaria, lo cual ofrece un vislumbre de un Dostoievski ordinario que raramente encontramos en otras fuentes, y es útil para que ocasionalmente recordemos que él también se comportaba como cualquier mortal común.

(3) La imagen es robada. Está dibujada por Jorge González y será incluida en la edición de Memorias del Subsuelo que editará Sexto Piso en 2013.


jueves, 14 de junio de 2012

“El señor Projarchin” de Fiódor Dostoievski

Contexto histórico-literario: Belinski, reputado crítico literario y algo así como amigo de Dostoievski, abandona Anales de la patria, la revista en la que hasta entonces había trabajado para colaborar con otra llamada El contemporáneo fundada por Pushkin (y editada por dos miembros de su pléyade) que por entonces rozaba la quiebra (y de ahí el fichaje). Algo así como dejar Quimera por un nuevo proyecto literario, cultural o similar, probablemente digital en los tiempos que corren. O mejor: dejar Qué Leer para irse a Quimera. El motivo lo ignoro; el dinero, supongo. El caso es que con su marcha Belinski provoca una pequeña crisis al obligar a colegas y amigos, Dostoievski incluido, a tomar partido: o están con él o contra él. Así de sencillo para unos y así de jodido para otros porque una cosa es ser articulista liberado y otra muy diferente haber recibido del editor de la mencionada revista una serie de anticipos a cuenta de futuros libros que habían de ser devueltos con el sudor de su frente que era exactamente lo que le ocurría al eterno deudor que fue Dostoievski durante toda su vida. 

Esta falsa traición se la tomó Belinski como muy poco sentido del humor. Le faltó tiempo al muy cabrón para poner a parir la última obra del escritor calificándola como “una desagradable sorpresa para todos los admiradores del talento de Dostoievski” llegando a afirmar que era “artificiosa, amanerada e incomprensible” y que “este extraño relato” parecía haber sido “engendrado” por “algo por el estilo de la ostentación y la presunción”. No debió faltarle mucho a Dostoievski para morir del disgusto después de leer semejante crítica de un hombre cuya autoridad moral seguía siendo para él y para media Rusia de un valor incuestionable. 

La pregunta que me hago sabiendo esto es: ¿realmente es tan malo el relato o acaso Belinski se dejó llevar -como todo buen crítico que se precie, por otro lado- por la envidia, el desprecio al escritor y la lectura diagonal? Es para dar respuesta a esta pregunta y porque no hay mejor juez que uno mismo, que leo “El señor Projarchin” hace hoy algunos meses. 

EL SEÑOR PROJARCHIN (1)

Para Joseph Frank este relato nace como una respuesta de Dostoievski a un reto planteado por Maikov, el nuevo editor de Anales de la Patria tras la marcha de Belinski, cuando aseguró que Butkov (un escritor) no había podido hacer frente a su autoimpuesta tarea de humanizar (presentar una descripción artística de) un truhan. También Pleshcheev por aquel entonces planteó en un folletín la problemática a la hora de describir personajes en los “cuales todo germen de bondad hubiese sido triturado por el peso terrible de las circunstancias, de las cuales fueron víctimas desde la infancia”. Según Frank hay, detrás de todo esto, una prolongación lógica de los objetivos artísticos y filantrópicos postulados por la escuela naturalista, pero ya en estas honduras no me quiero volver a meter. 

El caso es que Dostoievski tiende a la concisión cuando escribe El señor Projarchin quizá para evitar las críticas negativas que recibió por El Doble cuando fue acusado de haber escrito un relato demasiado extenso. Eso, sumado a los recortes propios de la censura, deja su cuento tan hecho unos zorros que llega a confesarle a su hermano Mijaíl que “toda vida en [este cuento] ha desaparecido. Lo que queda es tan sólo el esqueleto de lo que te leí. Reniego de mi cuento”. Difícil lo tenemos los lectores cuando el propio escritor reniega de su cuento y el crítico más importante de la época lo tacha de basura probablemente por cuestiones personales. Así aún tiene su mérito ser escritor. Hoy se publica toda cuanta mierda escriben los de siempre, que cuentan además con una legión de amigos y conocidos prestos a regalar sus complacientes reseñas, no vayan los pobrecitos escritores a caer en el olvido.

Pero volvamos a Dostoievski. Me pregunto si tiene algún sentido defenderlo o si lo tiene simplemente reseñar un texto que carece de valor para su autor. No, seguramente NO, y por eso voy a dejar esta reseña aquí. Borraré los dos siguientes párrafos en los que hablaba del propio cuento (con sus virtudes y sus defectos, su influencia balzaquiana y otras cosas del querer) en señal de protesta por tanta mutilación y tanta injusta agresión. Que nadie pueda juzgarme como crítico por esta reseña del mismo modo que yo no he querido (podido) juzgar a Dostoievsky como escritor precisamente por ese cuento (2). 




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(1) “El señor Projarchin” está incluida en el recopilatorio CUENTOS de Fiodor Dostoievski editado por  Siruela en 2009 y lanzado para el Kindle (a mitad de precio y aún así bastante caro) en 2012. Edición y traducción a cargo de Bela Martinova. 
(2) Me reservo, claro, el publicar esos dos párrafos en otra ocasión.

lunes, 20 de febrero de 2012

La importancia del contexto histórico en “El doble” de Dostoievski

Hoy no me interesa tanto escribir una reseña como plantear la siguiente pregunta: ¿cómo es posible que El Doble llegase a ser el fracaso estrepitoso que fue en su momento si reputados personajes como Nabokov -por lo general tan críticos con Dostoievski- han llegado a considerarlo poco menos que su mejor obra? (1) Para tratar de dar con la respuesta voy a tener que retroceder un montón de años en el tiempo, obviamente, y rescatar la historia que se oculta tras la escritura y publicación de El doble, una historia, en mi opinión, mucho más interesante que cualquier reseña que yo pudiese hacer de esta novela, puesto que incluye críticos envilecidos, escritores vanidosos, competencia desleal, puñaladas traperas y todas esas miserias que van siempre tan unidas a la literatura y los monstruos que la habitan. 

* * * * * * * * * * 

Lo cierto es que el fracaso de El doble (2) tiene varios protagonistas. El primero de ellos es Belinski. Quienes hayan leído la reseña de “Pobres Gentes” (partes una y dos) quizá recuerden que Belinski era crítico literario en una revista llamada “Anales de la patria” (o “Noticias de la patria”) dirigida por un director implacable (Kraevski) (esto de implacable es cosa de Belinski, que aseguraba que éste se había enriquecido a su costa). Pues bien, había un grupito de escritores denominado “La pléyade de Belinski”, que podría perfectamente ser el equivalente actual de cierto grupúsculo cutresalchichero de jóvenes que quieren ser el centro de un microuniverso que arranca en su ombligo. Citando a Joseph Frank eran un círculo de escritores jóvenes y otros que no lo eran tanto, y que competían por atraer la atención del público, cada uno de ellos tratando de mimar excesivamente su propia vanidad. El caso es que esta pléyade de Belinski estaba compuesta por menos gente de la que la compone hoy; casi todos eran colaboradores de “Anales de la patria”, algunos bastante conocidos: Panaev, Kavelin, Nekrásov, Turgueniev, Goncharov, Saltykov-Schedrin y ocasionamente Ogarev y Herzen amén del propio Dostoievski. 

Pues bien, la primera parte de nuestra historia tiene lugar en el momento en que está a punto de ser publicada la ópera prima de Dostoieveski, Pobres gentes. Dicen las malas lenguas que tanto elogio desmedido se le había subido un poco bastante a la cabeza y que más que reconocimiento lo que merecía era una patada en la boca por gilipollas. Me lo creo. El propio Grigórovich, su amigo y compañero de piso en los primeros años en San Petersburgo, dedica a este asunto todo un capítulo de sus Memorias Literarias. También a este asunto dedica Joseph Frank una considerable cantidad de espacio, por lo que es de suponer que al que más al que menos le gustan estas mierdas tanto o más que un buen jamón. Hay una anécdota, probablemente exagerada, que cuenta que Dostoievski había exigido un tratamiento especial en la edición de su primera novela para distinguirse del resto de los autores publicados. No me extrañaría que mas que “exigencia” fuese un “deseo” que la envidia, la historia y el “boca a boca” se hubiesen ocupado de tergiversar. Lo que sí es cierto es lo que ocurre unos meses después, en el momento exacto en que Dostoievski lee ante la Pléyade de Belinski algunas páginas de “El doble”: estas son recibidas con un falso entusiasmo. Por alguna razón (3) Dostoievski pierde en aquel momento el favor del crítico, que empieza a considerar su obra un pastiche de Hoffmann, Marlinski y Gogol. 

Poco después se publica EL DOBLE y no tardará en aparecer la crítica  de Belinski en “Anales de la patria” en la que menos bonito le decía de todo. Empezaba bien, afirmando que Dostoievski conocía los secretos del arte y destacando que en El doble había aún más talento creador y hondura de pensamiento que en Pobres Gentes. Llegado este punto me imagino perfectamente a Dostoievski con una sonrisa de imbécil que no le cabe en la cara. Lamentablemente la crítica no terminaba ahí. “Es evidente –continuaba- que el autor de El Doble no ha adquirido todavía el tacto de la mesura y la armonía y, en consecuencia, muchos le critican aun a Pobres Gentes, y no sin razón, su exceso de nimiedades, si bien este juicio es menos aplicable en este caso que el El Doble.” ¡Qué hijo de puta! Pero ya se sabe: sólo los amigos te pueden traicionar. El milagro fue que no hubiesen perdido la amistad (no este día, al menos), tal como ocurrió con La Pléyade -a quienes no me cuesta imaginar (sin querer abundar en el paralelismo) como un perfecto grupo de gilipollas engreídos- que a estas altura de la película ya estaba completamente desatada y que no necesitó esforzarse mucho para conseguir que fruto de las burlas constantes -y estamos hablando de poemas satíricos dedicados y lindezas por el estilo- Dostoievki estallase. La ruptura final con ellos tuvo lugar tras un enfrentamiento con Turgueniev por algo que, dice Grigorovich, tenía que ver con Gogol y el siempre espinoso asunto del plagio, algo que merecerá su propia entrada en un futuro (quisiera) cercano. 

Dostoievski le escribe una carta a su hermano en la que le resume lo ocurrido: “Pero esto es lo que me enferma y tortura: nuestro propio círculo, Belinski y todos ellos, están disconformes conmigo a causa de El doble. La primera reacción fue incuestionablemente de entusiasmo, creó conversaciones, ruido, palabrerías. La segunda..., de críticas: a saber, todo el mundo, como una sola voz, la de nosotros y de todo el público, considera que El Doble es tan aburrido y soso y tan extenso que resulta imposible de leer.” Llega al despropósito de darles a todos ellos la razón, pero es de suponer que esto tiene que ver con cierta debilidad de carácter de la que hasta entonces había hecho gala: "Gran parte de él fue escrito de una manera apresurada y en un estado de gran fatiga... Junto con páginas brillantes, muy logradas, hay otras que son pura basura, que revuelven el estómago; es imposible leerlas." 

* * * * * * * * * 

Me preguntaba al comienzo del post cuáles podrían haber sido las razones para que El Doble hubiese acabado siendo el fracaso que fue. Evidentemente tuvo mucho que ver la propia calidad de la novela pero también que, quizá, hubiese sido en parte incompresible para la época, tal como puede extraerse de un comentario que tiempo después haría nuevamente Belinski: “[El doble] adolece de otro defecto importante: su ambiente fantástico. En nuestros días lo fantástico puede tener cabida sólo en los manicomios, pero no en la literatura, pues es de incumbencia de los médicos, no de los poetas”. Añádanle unas gotas de envidia y una lección de humildad y tendrán seguramente la fórmula perfecta del fracaso estrepitoso. Pero la de Belinski era sólo una opinión. Había otros críticos, más afines a Dostoievki y menos cabrones, que opinaban de otro modo. Era el caso de Maikov, al que rescataré para hablar, dentro de unos días, de “El señor Projarchin”: “En El doble, el estilo de Dostoievski y su afición por el análisis psicológico alcanzan plena expresión y originalidad. En esta obra cala tan hondo en el alma humana, observa tan temeraria y apasionadamente las secretas artimañas del sentimiento humano, el pensamiento y la acción, que la impresión que produce la lectura de El doble sólo puede compararse a la de un investigador que penetrara en la composición química de la materia.” Tampoco ve el misticismo del que se la acusa por ninguna parte. Más bien lo contario; considera que “la descripción de la realidad no podría ser más precisa o auténtica.”  Y concluye (este Maikov que acabará siendo la última línea de defensa de esta pequeña, pero notable novela): 

“El doble despliega ante nuestra vista la anatomía de un alma que agoniza por ser consciente de la disparidad que existe en cuanto a los intereses particulares dentro de una sociedad bien ordenada. Recordad a ese pobre, enfermo, egoísta Golyadkin, permanentemente temeroso de lo que pueda sucederle, eternamente torturado por el esfuerzo de no ceder ante ninguna circunstancia y ante ninguna persona y, al mismo tiempo, siendo continuamente aplastado y abrumado incluso por la personalidad de su vil sirviente Petrushka, aceptando permanentemente limitar su pretensión de ser una persona con tal de poder retener sus derechos... Recordad todo esto y preguntaos a vosotros mismos: ¿no tenéis acaso en vosotros algo que se parece a Golyadkin, algo que nadie quiere reconocer, pero que explica perfectamente la asombrosa armonía que reina en la sociedad humana?” 




(1) “La segunda novela de Dostoievski, o más bien el relato largo, El doble (1846), que es lo mejor que escribió y sin duda muy superior a Pobre Gente, pasó sin pena ni gloria.” (“Curso de literatura rusa”, Vladimir Nabokov) 

(2) "El doble" (1846) es la historia de un funcionario disciplinado y arribista que de pronto se siente enfrentado a un individuo igual a él. (Leída en la traducción de Lidia Kúper de Velasco, 2009. Editado por Galaxia Gutenberg. Obras  completas Tomo 1.)

(3) No me resisto a contarlo: “Al parecer Belinski no podía acostumbrarse al estilo narrativo del autor, que en ese entonces era todavía demasiado profuso con constantes retornos a lo que ya había sido dicho, repeticiones y reconstrucciones de las frases ad infinitum, defectos que atribuía a la inexperiencia del joven escritor, a su incapacidad para superar los obstáculos del lenguaje y la forma”. (Joseph Frank citando a Annenkov, amigo de Belinski)) 


viernes, 20 de enero de 2012

"Pobre Gente" de Fiodor Dostoievski (2ª parte)

(*)
 "¿Cuántas veces le diré a usted que no necesito nada, absolutamente nada; que nunca podré retribuirle las amabilidades que usted me prodiga? ¿Y por qué me ha enviado estas flores?... ¡Qué flores tan bellas! De color carmesí, en pequeñas cruces. ¿Dónde consiguió un geranio tan hermoso?” 

Esto lo dice Várvara, la coprotagonista de Pobre Gente. Devushkin se desvive por ella; se arruina, literalmente y todo por un amor que jamás será correspondido. Nunca le dice “te amo”, pero la ama. Nosotros lo sabemos y ella lo sabe pero Devushkin preferiría morir antes que admitirlo. Uno de los ejercicios más “impresionantes” de Dostoievski en esta epistolar es la aparente facilidad con que logra transmitir y desvelar los sentimientos de estos dos personajes que sin llegar nunca a decir muchas cosas se hacen entender perfectamente llegando a importar mucho más lo que no se dice que lo que sí. 

En esta segunda y última parte de la reseña quisiera detenerme en los personajes, poner un foco sobre ellos y tratar de evidenciar qué fue eso que los hizo en su momento tan especiales, cuáles fueron sus antecedentes pero por encima de todo quisiera descubrir si es verdad que Dostoievski quiso en esta novela desmarcarse de Gogol a pesar de la manifiesta admiración que sentía por su obra. 

* * * * * * * * 

Devushkin es en apariencia un tipo sencillo, bastante vulgar, bastante ignorante; un pobre infeliz que, tal como comentaba antes, aunque vive con el convencimiento que su amor no será correspondido se conforma con esos pequeños instantes de felicidad que son las cartas de su amada y las breves visitas que le hace muy de vez en cuando por aquello de evitar el qué dirán. En el camino asistimos a su lucha por conservar la dignidad y ese sueño inconfeso de rebelarse contra todo y contra todos para proteger su amor. Várvara en cambio es mucho menos complicada. Es una niña grande que se debate entre el sentimiento de culpa por arruinar la vida de un hombre al que no puede amar y la felicidad de ser el objeto de los presentes que éste le hace. 

Insertadas en la historias de estos dos personajes están las de otras pobres gentes, todos ellos bastantes miserables que viven y sufren (sobre todo esto) en la misma pensión. Sobre todos destaca una familia que vive arrendada en una pequeña habitación y a quienes a pesar de tener hijos jamás se les escucha quejarse, pero tampoco reír. Esto nos permite situar a Devushkin en un punto intermedio entre el típico personaje gogoliano –a su manera cómicamente grotesco (luego ampliaremos esto)- y otros, como la mencionada familia, de un patetismo insalvable. Lo que quiero decir con esto es que efectivamente hay un “desmarque” respecto a los típicos personajes de Gogol. En un momento determinado Devushkin le dice a Várvara: “El hombre pobre es exigente; tiene una visión diferente del mundo de Dios, y observa con recelo a todo el que pasa por su lado y le dirige una mirada inquieta; se fija en cada palabra, preguntándose si acaso la gente no estará hablando de él, si no estarán diciendo que es feo, especulando qué estarán diciendo exactamente […]”. Para Joseph Frank está muy claro: “Esta "diferente visión del mundo de Dios", el mundo visto más desde abajo que desde arriba, constituye la principal innovación de Dostoievski frente a Gógol, cuya compasión por sus humildes protagonistas nunca es lo suficientemente fuerte para superar la condescendencia implícita en su enfoque narrativo.” 

Quizá fuese esta la razón por la que Belinski veía en Dostoivski la imagen que tradicionalmente se tiene de él: “Era el poeta de los insultados y vejados; de los humillados y oprimidos; el compasivo cronista de la vida de "la pobre gente" de San Petersburgo, triturada por la miseria y por el peso demoledor de un orden social inhumano.” No es cierto. Pobre Gente es mucho más que eso, pero para entenderlo quizá sea necesario tratar de analizarla en relación con la tradición literaria rusa algo que Dostoievski nos ofrece en bandeja en la propia novela. 



DOS CUENTOS 

En “Pobre Gente” se habla de literatura y se habla de literatos pero ni uno ni otro sale demasiado bien parado. En la pensión en la vive Devushkin vive también un supuesto gran escritor (así se considera a sí mismo y así lo considera también, en su infinita ignorancia, nuestro protagonista) que en realidad no es más que un pobre diablo que escribe como ya no se escribía en Rusia: "Vladimir temblaba, y su pasión se agitaba furiosamente dentro de él, y su sangre hervía... '¡Amo con éxtasis, con furia, enloquecidamente!' [gritó]... 'Un obstáculo trivial [el marido] no puede contener el destructor fuego infernal que atormenta mi pecho exhausto...".  Este estilo tan alambicado le sirve a Dostoievski para parodiar las novelas románticas de la alta sociedad que escribía Marlinski así como para burlarse de los imitadores baratos de Walter Scott pero sobre todo para establecer el nivel cultural del protagonista (y ya puestos para burlarse un poco de sus contemporáneos).

Sí, en Pobre Gente se habla de literatura. Los protagonistas intercambian en varias ocasiones libros que de un modo u otro les han impresionado (entendiendo esto como afectarles o simplemente llamarles la atención). Devushkin, tal como acabamos de ver, demuestra cierta ignorancia (cuando afirma que apenas ha leído tres libros) así como carecer de criterio al declararse admirador de los textos que escribe el personaje mencionado en el párrafo anterior, mientras que Várvara, quizá por ser más joven, apuesta por lecturas más “modernas”. De estos intercambios “bibliotecarios” surgen algunos pasajes muy interesantes que ayudan a entender la ideología a la que se adscriben los personajes y por extensión el propio autor. Es decir, que Dostoievski no contento con revolucionar el género epistolar decide apostar también por lo novedoso que supone incluir la literatura en la propia obra como una herramienta enriquecedora motivo por el cual sería (es) necesario conocer el argumento y la importancia de las obras referenciadas para saber hasta qué punto nos está hablando a través de ellas. 

Dos de los libros que Várvara presta a Devushkin -y sobre los cuales éste hace una interesante crítica- son “El jefe de posta” de Alexander Pushkin y “El capote” de Nikolai Gogol. Cuando yo decía más arriba que para entender realmente la importancia de Pobre Gente había que tratar de analizarla en relación con la tradición rusa me refería precisamente a esto. 


El Jefe de Posta” de Pushkin (1

Citaré a Joseph Frank para ahorrarme el esfuerzo de resumir el argumento del relato: “Samson Virin es el jefe de estación que, por su buen carácter y por su docilidad respetuosa hacia sus superiores, permite que un joven noble seduzca a su hermosa hija y se fugue con ella. Incapaz de reconquistar a su hija perdida, el viejo ahoga su desesperación en el alcohol y muere de tristeza. La historia es narrada de manera sobria y sencilla, sin ninguna de las burlas manifiestas u ocultas típicas de Gógol; la figura del viejo con el corazón roto, impotente para hacer valer sus derechos frente al todopoderoso noble, es presentada por Pushkin con auténtica simpatía o compasión por su sufrimiento.” 


“El capote” de Gogol (2

Citando a Nórdica libros: “El capote, escrito por Nikolái Gógol entre los años 1839 y 1841, y publicado en 1842, nos presenta a uno de los más conmovedores personajes de la Literatura: Akaki Akákievich Bashmachkin, un funcionario de la escala más baja de la administración civil, que se ve ultrajado por las injusticias sociales y la indiferencia egoísta de los fuertes y ricos, y cuyo destino es el de ser un «hombre insignificante». Akaki, para protegerse del gélido invierno de San Petersburgo, necesita un capote nuevo, pero cuando por fin lo consigue seguirá notando frío, el frío gélido que habita en los corazones de las personas que le rodean.


Devushkin llora amargamente ante el relato de Puskin (3), con el que se siente identificado probablemente porque sospecha su triste futuro con (sin) Várvara.: "Sí; es natural..” –le dice a ella- “¡Es algo vivo! Me he visto en él a mí mismo, se refiere a mí". Lo más importante a tener en cuenta es la forma que tiene Pushkin de acercarse al personaje de Samson Virin: lo hace con compasión por su sufrimiento, sin utilizar en ningún momento el tono de burla con que Gogol dibujaba habitualmente al chinovnik, que es como se conocía al escribiente burocrático de San Petersburgo. 

La interpretación que Devuskin hace del texto de Gogol es en cambio muy diferente a la anterior (4) ya que deriva de la costumbre que existía en primera mitad del siglo de tratar al mencionado funcionario como material satírico para facilitar la anécdota burlesca. Gogol se dirige al lector tal como lo haría un amigo a otro, desde una perspectiva muy superior a la del protagonista del cuento (por más que trate de arreglarlo -tarde y mal- con la inclusión en la historia de un joven compasivo, empleado en la misma oficina, que considera a Devuskin un “hermano”.) 

Obviamente Dostoievski era seguidor de ambos pero más especialmente, por la temática, de Gogol, hasta el punto de que parece ser que sus contemporáneos lo consideraban un “continuador” de su obra. El desmarque de Dostoievski respecto a ellos se produce al elegir a un desastroso chinovnik como protagonista de una epistolar sentimental logrando una perfecta integración entre el tema “filantrópico” y la forma. Joseph Frank considera que Devushkin hubiese preferido, en el cuento de Gogol, un relato sentimental con moraleja (edificante) final y aunque Dostoievski no se adapta a la “exigencia” sí es verdad que en cierto modo se mueve en la dirección que desea su personaje. “[Dostoievski] conserva el "naturalismo" del detalle, y el decor (la escenografía) asociados con la tradición cómica de la descripción del chinovnik, pero lo une al tono lacrimoso del sentimentalismo ruso que se remonta a Karamzin; y esta fusión creó una corriente artística original dentro de la escuela naturalista.” 


EN RESUMEN... 

En resumen -y dejando muchas cosas en el tintero- creo que a estas alturas es más que evidente mi opinión sobre Pobre Gente. Considero que es mucho más que la simple epistolar de amores imposibles que pueda parecer a primera vista (sin dejar de serlo, por otro lado) pero lo que quiero destacar por encima de todo es que no se trata de un relato de los bajos fondos petersburgueses nacidos de la experiencia personal del escritor (algo siempre tan de moda). Espero haber logrado acercarles a los engranajes de esta pequeña novela y haber transmitido adecuadamente las razones por las que creo (y no soy el único) que Pobre Gente es en realidad un pequeña obra maestra que ha sido elaborada con un cuidado extremo. Cuando muchas veces sentimos (me incluyo) la tentación de comprender (entendiendo esto como disculpar) las limitaciones propias de las primeras novelas de según qué escritores convendría echar la vista atrás y recordar estas otras y pensar que si unos pudieron los otros también deberían. O no. Puede que no. Seguramente no. 





(*) Hacer Clic en la foto para leer la primera parte de la reseña.

(1) Deduzco que este cuento se puede encontrar en la edición de “Historias de Belkin” bajo el nombre de “La parada de Postas” editado por Nevsky Prospects (de ahí la elección de la portada). Me consta que también está disponible en “Narraciones Completas de Pushkin” editado por Alba aunque la versión que yo leí la bajé directamente de internet y está traducida por José Laín Entralgo. 

(2) La portada corresponde a la edición que Nórdica Libros publicó en 2008, traducida por Victor Gallego e Ilustrada por Noemí Villamuza aunque es fácil encontrar el cuento por internet. 

(3) Ver CITA COMPLETA (Se me ha ocurrido que puede ser buena idea acompañar la información de las reseñas con algunas citas, más completas de lo habitual, del asunto al que hago referencia. Para evitar obligarles a una lectura prescindible (sí, acaso, conveniente) he creado un blog cuya función será específicamente la de servir de contenedor de esa información motivo por el cual no aceptará comentarios y carecerá de cualquier otro acompañamiento (gadget) habitual de los blogs. Siguiendo el enlace que da comienzo a este párrafo llegarán a él. Espero que les resulte a ustedes tan interesante como útil me lo parece a mí.) 

(4) Ver CITA COMPLETA 


miércoles, 21 de diciembre de 2011

"Pobre Gente" de Fiodor M. Dostoievski (1)


Pobre gente(1) es la primera novela de Dostoievski. La primera. De Dostoievski. El mismo Dostoievski que más adelante escribirá “Crimen y Castigo”, “Los Hermanos Karamazov” y toda esa mierda sobrevalorada, que diría aquel (que dicen “aquellos”). El caso es que esta fue su primera novela. 

A principios de invierno de 1845, de pronto comencé a escribir Pobres Gentes, mi primera novela; antes de eso, nunca había escrito nada. Cuando terminé la novela, no sabía qué hacer con ella, ni a quién dársela a leer”, dice Dostoievski. Se coge antes a un mentiroso que a un cojo, decía mi madre, y Dostoievski miente como un bellaco. Todos los escritores mienten respecto a su primera novela. Es una convicción que tengo y que se fundamenta nada más que en la desconfianza; el envilecimiento natural fruto de tantas horas dedicadas a la lectura. El caso es que Dostoievski sabía perfectamente lo que haría con ella: lo comentó en una carta que a principios del otoño de 1844 (un año antes de la cita anterior; un año) escribe a su hermano Mijaíl en la que le pone al corriente de sus apuros económicos: "Tengo una esperanza. Estoy terminando una novela aproximadamente del tamaño de Eugenia Grandet. Una novela bastante original. Estoy empezando a pasarla en limpio, y recibiré alguna respuesta acerca de ella hacia el catorce. Se la daré a Noticias de la Patria. (Estoy satisfecho con mi trabajo.) Acaso obtenga cuatrocientos rublos, y ésas son todas mis esperanzas." En la biografía del escritor añade Joseph Frank respecto a este asunto: “Es evidente que Dostoievski destinaba su novela, desde el principio, a Noticias de la Patria, y que escribía con toda la intención de satisfacer las nuevas exigencias impuestas a la literatura rusa por Belinski”. Belinski, al fin Belinski. A Belinski quería yo llegar. Belinski pues. 

EL CRITERIO DE BELINSKI 

Belinski fue, resumiendo muy mucho, la mayor potencia crítica de la literatura rusa de la época que nos ocupa. Con esto no quiero decir, obviamente, que fuese un vulgar crítico con una columna en algún periodicucho de la zona ni que a la par que escritor tuviese algo así como un blog. No me refiero a ese tipo de crítico, sino a uno de verdad. Era la clase de crítico con el poder suficiente –presten atención, es importante- para cambiar el rumbo de la literatura. Esto es, que lo que Belinski abrazaba era lo que abrazaría el resto del país. A ese tipo de crítico me refiero. Pues bien, más o menos en 1840 a Belinski le cambia el gusto. Esto simplificando. Se había ido a vivir a San Petersburgo y probablemente las nuevas amistades, amantes de todo lo francés, le llevaron a desdeñar las preocupaciones sociopolíticas (disculpen que no me extienda en este punto) para sumergirse en una fogosa defensa de las nuevas teorías sociales francesas (ni en este). “En el otoño de 1841 –nos dice Joseph Frank– le escribe a su amigo V. P. Botkin que "la idea del socialismo" se ha vuelto para él "la idea de las ideas, el ser de los seres, la pregunta de todas las preguntas, el alfa y el omega de la fe y del conocimiento. Para mí, todo ha fusionado, la historia, la religión y la filosofía". Es evidente que, sea lo que fuere lo que el "socialismo" significaba para Belinski, era infinitamente más que la mera adopción de un nuevo conjunto de ideas sociopolíticas. Cuando trata de hablar de ello con más detalle, nos damos cuenta de que lo que más le ha impresionado es el aspecto apocalíptico y mesiánico de todas las teorías socialistas utópicas; la idea, particularmente fuerte en las prédicas de George Sand y Pierre Leroux, de que el socialismo es el cumplimiento o la realización final sobre la tierra de las auténticas enseñanzas de Jesucristo”. 

Pues en estas es en las que estaba el bueno de Dostoievski escribiendo su “Pobre Gente”. El sí había abrazado hacía tiempo la literatura de Victor Hugo, Balzac y George Sanz -la misma gente por la que Belinski (y por extensión media Rusia) dejaría de venerar a Goethe, Walter Scott, Schiller o Hoffman- y se encontraba en la situación ideal de presentar su primera novela. Con esto no quiero decir que el mérito de Dostoievski fuese únicamente haber estado en el momento adecuado en el lugar correcto, que también. Ya veremos más adelante que a su novela le sobraban razones para destacar sobre el resto. 

Cuando Dostoievski acaba de escribir “Pobre Gente” se lo da a leer a su amigo Grigoróvich, que a su vez se lo pasa al también escritor y editor Nekrasov. Ambos, tras llorar por el triste destino de los protagonistas (perdón por insinuar el final) van a celebrarlo con él. Más tarde el mismo Nekrasov se la llevará a Belinski, el gran crítico, que no sé de dónde saca los cinco minutos para leerse el libro del mindundi que era entonces Dostoievski. Cuenta la leyenda que antes incluso de terminarla ya estaba colgado del balcón de su estudio gritando a todo pulmón que él, Belinski, estaba entusiasmado, que aquello no era normal, que qué maravilla y tal y cual. Esto, más o menos: “Es el primer intento de novela social que jamás hayamos tenido y, además, hecho de la manera como por lo general hacen su trabajo los artistas; quiero decir, sin ellos mismos sospechar cuál será el resultado.” Y continúa contándole el argumento: “[…] se refiere a algunos simplones de buen corazón que suponen que amar a todo el mundo es un placer extraordinario, y un deber de todos. No pueden comprender nada cuando la rueda de la vida con todas sus reglas y normas les pasa por encima, y les rompe los huesos sin una palabra. Eso es todo... ¡pero qué drama, qué tipos!”. 

POBRE GENTE 

Dejen que se lo amplíe: Makar Devushkin es un copista que roza los cincuenta y se hospeda en una pensión de mala muerte. Vive enamorado de Varvara Drobroselova, una joven suponemos que hermosa que no le corresponde en ese amor y que a su vez malvive muy cerca de Makar (de la que, por cierto, es familiar lejano, sin llegar esto nunca a aclararse). Estos dos pobres infelices se apoyan en la desdicha y se escriben una carta tras otra que es lo que nosotros leemos y el modo en que nos vamos enterando de sus miserias pero es Makar quien lleva la peor parte ya que al ayudar (sostener) económicamente a Varvara, que no tiene un rublo la pobre infeliz, se ve obligado a hipotecar su vida y a someterse a un día a día humillante. Todo por amor, maldito amor. Digo esto porque llega un día que a la niña se sale un pretendiente, un terrateniente bastante gilipollas pero podrido de pasta que nada más que la quiere para hacerse un hijo a medida. La buena gente del campo. Total, que estos dos dan más pena que ver matar un conejo y al final casi se le saltan a uno las lágrimas de pura pena. Y yo, necio de mí, riéndome de la reacción de Grigoróvich y Nekrasov. 

Bien, esta es la parte en que podemos suponer que todo lo que nos cuenta Dostoievski es una ficción basada en la observación de esos pobres seres que son la clase baja de la sociedad petersburguesa pero eso sería simplificar demasiado y no justificaría, ni remotamente, el éxito que tuvo la novela, que ya les adelanto notorio. Breve, pero notorio. Ya hemos visto que el relato, contrariamente a lo que dice Dostoievski, es el fruto de una cuidada elaboración y que él mismo era en cierto modo consciente de estar haciendo algo importante. Esto lo sabemos por muchas razones. La primera es la temática elegida: era la primera vez que los protagonistas aún siendo de “segunda fila” no eran tratados con el estilo burlesco habitual, más propio de Gogol, uno de los más importantes referentes de Dostoievski cuando escribe esta novela. De algún modo es un paso al frente hacia el que luego sería considerado el “naturalismo sentimental”, que numerosos imitadores convirtieron en un movimiento independiente que nunca llegaría a despuntar: “La novela de Dostoievski Pobres gentes —escribe Vinográdov— fue el primer acto en la materialización artística de una tendencia, visible entre los ideólogos de la [escuela naturalista], en el sentido de la unificación de la forma gogoliana con el sentimentalismo (en especial, en aquel aspecto del sentimentalismo que renació en la literatura francesa 'filantrópica')”. 

Otra de las razones que hacen especial esta novela está en su estilo. Aunque ahora estemos acostumbrados a leer toda clase de géneros literarios lo cierto es que en aquel momento escribir una novela de esta manera resultaba bastante arriesgado por lo, en apariencia, anacrónico del resultado. Cito nuevamente a Joseph Frank, que lo explica mejor que yo: “A lo largo del siglo XVIII, este tipo de novela fue la forma en que ejemplos de virtud y sensibilidad, […] volcaron sus elevados sentimientos y nobles ideas. Así pues, la novela epistolar se volvió un vehículo para los desbordamientos del sentimiento romántico, y sus personajes principales fueron siempre ejemplares desde el punto de vista de la educación y del ambiente familiar en que se criaron, aunque no aristócratas, en el sentido estricto. En realidad, el subyacente impacto social de este género estaba dirigido a demostrar la superioridad moral y espiritual de sus protagonistas, en su mayoría burgueses, frente al mundo corrupto de la clase privilegiada en el que vivían." Dostoievski arriesga mucho cuando decide que los protagonistas sean personajes de una clase social inferior por mucho que el fin último sea el mismo. El mérito adicional está en el riesgo que asume desde el momento en que dibuja a Desvushkin como un simple escribiente (un chinovnik), la clase de personaje que hasta el momento era utilizado como objeto de burla. Es cierto que ya por entonces se había iniciado un movimiento de protesta frente a la injusticia de caricaturizar y menospreciar a este personaje de lo cual es un ejemplo perfecto el relato "El Capote" de Gógol. Quienes no han leído la novela no sabrán que aquí se produce una coincidencia que medio me obliga a escribir una segunda parte de esta reseña que me sirva para analizar la importancia de este novela en relación con la tradición literaria rusa y más concretamente con el ya mencionado cuento de Gógol y otro de Pushkin.

Continuará, pues.




(1) Leída la edición de ALBA Clásica (2010). Traducción: Fernando Otero Macías y José Ignacio López Fernández. Encuadernación: Rústica. ISBN: 97884-84285526. Páginas: 224.

"Dostoievski : las semillas de la rebelión, 1821-1849" de Joseph Frank


En el breve ensayo llamado “El Dostoievski de Joseph Frank” (incluido en “Hablemos de Langostas”, editado por Mondadori) David Foster Wallace da una razón más que suficiente para leer el "Dostoievski" de Joseph Frank: 

[…] al profesor Frank […] se le empieza a ocurrir la posibilidad de usar la narrativa de Dostoievski como una especie de puente entre dos formas distintas de interpretar la literatura: un acercamiento estético puramente formal versus una crítica social barra ideológica que solo se preocupe por los temas y los supuestos filosóficos que hay detrás de ellos (*). 
(*) Por supuesto, la teoría literaria contemporánea consiste básicamente en demostrar que no existe ninguna distinción real entre estas dos formas de leer: o mejor dicho, en demostrar que la estética casi siempre se puede reducir a ideología. Para mí, una razón de que el proyecto general de Frank valga tanto la pena es que muestra una forma completamente distinta de aunar lecturas formales e ideológicas, un método que no es ni de lejos tan abstruso ni (a veces) simplista ni (demasiado a menudo) destructor del placer como la teoría literaria. 

De las lecturas formales o ideológicas hablamos cuando ustedes quieran, sin que tenga que ser necesariamente hoy ni necesariamente aquí porque lo cierto es que esta entrada quiere ser nada más que una reseña del primer tomo de la biografía de Dostoievski, de la que estos días me habrán leído escribir bastante. 

La cita anterior es, o pretende ser, la “razón más que suficiente” para leer a Joseph Frank pero soy consciente de que no todo el mundo está dispuesto a afrontar las casi 3.000 páginas que suman los cinco volúmenes de esta monumental obra (ni los doscientos euros que pueden llegar a costar) simplemente para conocer los secretos que puedan ocultar las obras del escritor ruso. Hay una tercera razón que estoy convencido que a muchos entusiasmará. Cito por enésima vez a Wallace: 

Al terminar de leer los libros de Frank, sin embargo, creo que cualquier lector/escritor americano serio se verá a sí mismo impelido a pensar muy seriamente en qué es exactamente lo que hace que muchos de los novelistas de nuestro país y nuestra época parezcan tan superficiales y pusilánimes en sus temas, tan moralmente empobrecidos, en comparación con Gogol o Dostoievski (o aunque sea con luminarias más tenues como Lermontov o Turguéniev). La biografía de Frank nos hace preguntarnos por qué parece que en nuestro arte necesitemos distanciarnos mediante la ironía de las convicciones profundas o de las preguntas desesperadas, de forma que los escritores contemporáneos tienen que convertirlas en bromas o bien intentar abordarlas bajo el disfraz de algo como la cita intertextual o la yuxtaposición incongruente, metiendo las cosas realmente urgentes entre asteriscos como parte de alguna floritura multivalente de desfamiliarización o alguna mierda parecida. 

Cualquier obra que ponga en evidencia (una vez más) las miserias de la narrativa actual por fuerza ha de suscitar interés. Ocurre a menudo que me pregunto qué pasa que no me acaba de convencer casi nada de lo que se escribe últimamente y me resisto a creer que pueda tratarse simplemente de una actitud negativa por mi parte frente a las tan nuevas y espontáneas generaciones literarias y sus subproductos condenados al olvido. Será que ya no quedan cosas que contar. Será. O que hay saber contarlas. Será. 


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Dostoievski : las semillas de la rebelión, 1821-1849 


Decía antes que esto quería ser una reseña del primer volumen de la biografía pero lo cierto es que desde que he empezado no he hecho otra cosa que alejarme cada vez más de mi objetivo primero. Me disculpo, pero entiendan que hay veces que evitar una digresión es evitar el que puede llegar a ser un interesante debate. Ahora, una vez planteado, procedo con lo siguiente: 

Las semillas de la rebelión aborda el período que va desde el nacimiento de Dostoievski hasta que roza los treinta años, justo después de haber publicado “Netotchka Nezvánova”, su tercera novela siempre y cuando aceptemos ésta y “El doble” como tal. A esa edad ya ha "sufrido" el éxito pero también el más estrepitoso de los fracasos; ha sido adorado y ensalzado pero también ridiculizado, insultado y odiado con una vehemencia como el propio Dostoievski no creía posible. Este primer volumen podríamos perfectamente dividirlo en tres grandes bloques. El primero sería aquel que abarca su infancia y juventud hasta la publicación de su primer libro y que salvo por esa última parte sería de los tres el menos interesante. En el segundo, que ocuparía la parte central del libro, Joseph Frank dedica cantidades ingentes de información y esfuerzo a explicar la formación y consolidación de las ideas socialistas de Dostoievski. Por último, el final de libro se ocupa de analizar algunos cuentos y un par de novelas más. 

Acabada la primera mitad de este primer volumen Dostoievski no es un tipo que nos caiga especialmente bien. Tras su primera novela sufre un exceso de confianza y su actitud se vuelve directamente... despreciable, digamos: un engreimiento supino con querencia a la gilipollez. Su posición social, sin ser especialmente buena, le había permitido vivir hasta el momento sin sobresaltos ni grandes penurias, todo gracias a los esfuerzos económicos de un padre con el que tiene muy poca relación. Su muerte (la del padre) amenaza con sumirlo en la miseria pero el éxito de crítica (que no llegará a materializarse, no al menos cómo él esperaba) de “Pobre Gente”, su primera novela, le hace ver un rayo de esperanza en el horizonte de su futuro de mierda. La historia de su caída la contaré en otra ocasión que venga más a cuento (con la reseña de “El doble” probablemente) pero sepan que es muy interesante ver cómo en la segunda mitad del volumen y a raíz de este fracaso, su actitud cambia radicalmente: se adivinan señales de hechos lo bastante relevantes para que en el futuro los incluya, de las más diversas maneras, en sus obras. Así es como podemos entender, por ejemplo, porqué caricaturizar a Turgueniev en “Los demonios” es un acto de justicia y no una maldad gratuita. 

La tercera parte de esta división imaginaria que me acabo de inventar la dejaré para cuando comente los libros en cuestión pero respecto a la segunda no basta decir que debería ser lectura obligada para todo aquel que quiera entender mínimamente el germen ideológico de Dostoievski. No se trata simplemente de explicar a qué teoría filosófica se adscribía el ruso sino qué personajes de su esfera le influían más y de qué manera. Belinski, por ejemplo, fue uno de ellos, sin duda el que más, pero hubo otros (Petrashevski, por ejemplo) y Joseph Frank no escatima tiempo ni espacio para explorar los orígenes de esos hombres en un esfuerzo por tratar de sentar unas bases lo más firmes posibles, ya que soportarán (me anticipo un poco) parte del peso de los siguientes tomos. Conocemos también la [cuando menos] curiosa etapa de militancia radical de Dostoievski, una militancia que desembocaría en su primera detención y que sin duda marcará su futuro. Pero de todo esto ya habrá tiempo para hablar en el futuro.



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UN PROYECTO MUY  PERSONAL 

Empecé a leer esta biografía por culpa de una casualidad que conté no hace mucho (aquí) pero según iba leyendo fui cayendo en la cuenta del absurdo que estaba siendo planteármela como si de un libro de texto  se tratase cuando era a todas luces evidente el desperdicio que esto suponía. Inicialmente yo sólo iba a leer “Memorias del subsuelo” y luego el resto de las Grandes Obras del ruso. Hoy no. Hoy quiero leerlo todo, absolutamente todo para tratar saberlo todo o al menos entenderlo todo (en la medida de lo posible). Bueno, quizá “todo” no, porque los cuentos, por ejemplo, no me suscitan especial interés -aunque no descarto su lectura en un futuro por determinar- y preveo que los “Diarios” serán un punto y aparte. 

El experimento empezó con “Pobre Gente”, su primera novela, (aunque unos días antes había terminado “Memorias de la casa muerta”). Llegado el momento del análisis que le hace Frank interrumpí la lectura para ponerme con ella y una vez acabada continué con el ensayo. Les diré que el resultado no pudo ser mejor, más gratificante ni más enriquecedor (una experiencia que compartiré en breve). Después, con “El doble”, invertí los papeles: primero leí el ensayo y luego la novela (y así me fue). Ahora debería continuar con “Noches Blancas” y “Netotchka Nezvánova” que en su momento -hará unos veinte años- me parecieron poco menos que infumables no recuerdo ya por qué y me alejaron -creía yo que para siempre- del escritor.


CONCLUSIÓN 

Independientemente de mis “neuras” y obsesiones personales y estos arrebatos temáticos de una vez al año no puedo menos que recomendar con entusiamo este volumen en concreto, no sólo por el tratamiento exhaustivo que hace de sus primeras obras sino porque nos permite entender que era “eso” que pasaba por la cabeza de Dostoievski, cuál era el entorno y cuáles las motivaciones; qué hay de leyenda en sus orígenes y qué de verdad. 

Del resto de los volúmenes… 
(a saber: “Los años de prueba, 1850-1859”, “La secuela de la liberación, 1860-1865”, “Los años milagrosos, 1865-1871”, “El manto del profeta, 1871-1881”) 
... quisiera ir dando cumplida información a medida que los vaya terminando (no prometo nada) lo mismo que de las novelas que en ellos se analicen. Un proyecto que, a pesar del exceso que supone, me entusiasma y aunque este blog ya se ha declarado oficialmente en pausa (llamémosle así) eso no quita que no vaya a publicar las reflexiones que salgan, si salen, de la lectura.


lunes, 5 de diciembre de 2011

Una aproximación a “Memorias del subsuelo” de Fiodor M. Dostoievski a través de DFW y Joseph Frank


Hace un par de meses, mientras reorganizaba una estantería, me senté a ojear un recopilatorio de ensayos de David Foster Wallace llamado “Hablemos de langostas” (Mondadori, 2007). Quiso el azar que lo abriese exactamente en uno llamado “El Dostoievski de Joseph Frank” cuya lectura obvié en su momento y que más o menos empieza del siguiente modo: 

«Tal como puede confirmar cualquiera que la haya leído, Memorias (1864) es una novelita impresionante pero considerablemente extraña, y estas dos cualidades tienen que ver con el hecho de que el libro resulta al mismo tiempo universal y particular. […] Notas del subsuelo y su Hombre del Subsuelo son en realidad imposibles de entender sin conocer el clima intelectual de Rusia en la década de 1860, sobre todo el momento álgido del socialismo utópico y el utilitarismo estético que estaban de moda por entonces entre la intelectualidad radical, unas ideologías que Dostoievski odiaba con esa pasión con que solamente podía odiar Dostoievski.» 

Para ponerse al corriente del clima intelectual ruso, entender la importancia del socialismo utópico y el utilitarismo estético de entonces no es suficiente con visitar dos o tres enlaces de la wikipedia o enciclopedia similar. Se lo digo por experiencia. Tampoco es suficiente repasar el contexto histórico y los apuntes biográficos de los prólogos que se incluyen en algunas ediciones (pienso en Cátedra) de según qué novelas de Dostoievski (pienso en Crimen y Castigo). No es suficiente. En un principio, en mi bendita ignorancia, creí que sí pero resultó ser que no. No fui consciente de ello hasta hace unos días cuando leyendo el ensayo de Frank al que hace referencia Wallace, di con la parte en que se trata este asunto con detalle al tratar de explicar las razones del relativo éxito de la primera novela de Dostoievski. Con esto no quiero decir que no se pueda leer esta novela sin tener esa información, pero sí es verdad que cuesta más entender lo que Dostoievski quería decir si no es así. Pero sigamos con Wallace:

«Lo que pretende [Joseph] Frank es mostrar que es imposible hacer una lectura exhaustiva de la narrativa de Dostoievski sin una comprensión detallada de las circunstancias culturales en que se concibieron los libros y a las que estos querían contribuir. Esto, explica Frank, se debe a que las obras de madurez de Dostoievski son fundamentalmente ideológicas, y no se pueden apreciar plenamente a menos que uno entienda las intenciones polemistas que las animan. En otras palabras, la mezcla de universal y particular que caracteriza Memorias del subsuelo (*) marca en realidad la mejor obra de FMD, un escritor cuyo «deseo evidente», dice Frank, es «dramatizar sus temas morales y espirituales usando como telón de fondo la historia de Rusia.» 

Si sigo por este camino les acabaré pegando el ensayo íntegro y los de Mondadori se van a enfadar conmigo, pero hay que hacer lo que hay que hacer y yo no conozco mejor manera de contarles esta película y por eso les voy a poner uno más, el penúltimo: el pie de página que hace referencia directa a la novela en cuestión y que acabo de señalar con un asterisco en el párrafo anterior. 

(*) «El volumen tercero [de la biografía de Dostoievski escrita por Joseph Frank], La conmoción de la liberación (2), incluye una muy buena lectura explicativa de Memorias [del subsuelo], que localiza la génesis del libro en una réplica al «egoísmo racional» que puso de moda el libro ¿Qué hacer? de N. G. Chernishevski e identifica al Hombre del Subsuelo como básicamente una caricatura paródica. La explicación que da Frank de la mala lectura generalizada que se hace de Memorias (mucha gente no lee el libro como un conte philosophique, y da por sentado que Dostoievski ideó al Hombre del Subsuelo como un arquetipo serio al nivel de Hamlet (3)) también contribuye a aclarar por qué las novelas más famosas de FMD a menudo se leen y se admiran sin apreciar en absoluto sus premisas ideológicas: «La función paródica del personaje [del Hombre del Subsuelo] siempre ha quedado encubierta por la inmensa vitalidad de su encarnación artística». Es decir, que en cierto sentido Dostoievski era demasiado bueno para lo que le convenía.» 

(Las frases lapidarias con las que Wallace termina algunos párrafos son impagables.) Busqué sin éxito -y sin especial interés- la novela de Chernishevski, aunque sí descubrí que guarda una estrecha relación con otra novela de Dostoievski, “Humillados y ofendidos”, de inminente lectura, como tantas otras. En cambio sí localicé en diferentes bibliotecas cuatro de los cinco tomos de la edición completa del “Dostoievski" de Joseph Frank (4), el primero de los cuales me traje para casa hace un par de meses y devolví a medio leer convencido de la necesidad de hacerme con él. (5) Del prefacio de ese primer tomo extraigo la siguiente cita del propio Frank: 

«En aquel tiempo estaba yo muy interesado en la nueva literatura existencialista […] así que elegí como tema para mi disertación “Los temas existencialistas en la literatura moderna”. Con el fin de establecer un marco histórico, inicié mi exposición con un análisis de Memorias del subsuelo, de Dostoievski, obra considerada precursora de las teorías y de los temas que encontramos en el existencialismo francés. Mi interpretación de esa obra se deriva de los escritos de Leo Shestov y de Nikolái Berdyaev: subrayaba yo la irracionalidad y la amoralidad del hombre marginado y lanzado a la clandestinidad, en tanto que éste, trágica y retadoramente, conserva la libertad de su personalidad frente a las leyes de la naturaleza, sin importarle el costo que esto signifique para él y para los demás.» 

Leer las historias que cuentan cómo nacen algunos libros es una actividad francamente adictiva, en ocasiones mucho mejor que la lectura de la propia novela. No es el caso. "Memorias del Subsuelo" es un relato excelente, una novela que empieza cómo ya no empiezan las novelas (6)

«Soy un enfermo. Soy un malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde me duele.» 


(En esta reseña -no así en las siguientes que había proyectado dedicar al escritor- voy a obviar casi completamente (la excepción está en la tercera nota a pie de página) los comentarios de Vladimir (“estoy deseoso de desmitificar a Dostoievski”) Nabokov en “Curso de literatura rusa” en el que afirma que “Dostoievski no es un gran escritor, sino un escritor bastante mediocre; con destellos de excelente humor, separados, desgraciadamente, por desiertos de vulgaridad literaria" ya que lo que hoy realmente me interesaba, más que hablar de “Memorias del subsuelo,” era contarles los motivos que me llevaron a leerla. Ya habrá tiempo para lo otro. Tampoco quiero dar la impresión de haber tomado ya partido por uno de los bandos. No es eso, simplemente me reservo el derecho de apasionarme con Dostoievski antes de odiarlo.) 


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(1) Esto es medio verdad, medio mentira. Este post es también la doble excusa de no saber cómo hablar de un clásico como este y la de la certeza de estar lejos de poder interpretarlo correctamente. 

(2) Editado, en castellano como “Dostoievski. La secuela de la liberación 1860-1865” editado por el Fondo de Cultura Económica en 1993, reeditado en 2010 y realmente difícil de conseguir no digamos ya de encontrar disponible en librerías. 

(3) Es probable que esta frase sea una maldad de Wallace refiriéndose al abiertamente crítico con Dostoievski Vladimir Nabokov, que en “Curso de literatura rusa” dice lo siguiente (y perdonen la extensión de la cita): “Cuando un artista se pone a trabajar en una obra de arte, se ha propuesto un problema artístico concreto que pretende resolver. Escoge sus personajes, su tiempo y su lugar, y busca después aquellas circunstancias particulares y especiales que permitan que esos sucesos que a él le interesan ocurran de forma natural, desplegándose, por así decirlo, sin violencia alguna por parte del artista para forzar la consecuencia deseada, desprendiéndose de forma lógica y natural de la combinación e interacción de las fuerzas que el artista ha puesto en juego. El mundo que el artista crea con esa finalidad puede ser totalmente irreal —como lo es, por ejemplo, el mundo de Kafka, o de Gógol—, pero hay una exigencia absoluta que tenemos derecho a plantear: ese mundo, en sí y mientras dure, tiene que ser verosímil para el lector o espectador. Carece totalmente de importancia, por ejemplo, que Shakespeare introduzca en Hamlet al espectro del padre de Hamlet. Tanto si coincidimos con esos críticos que dicen que los contemporáneos de Shakespeare creían en la realidad de los fantasmas, y por lo tanto Shakespeare hacía bien en meterlos en sus obras como realidades, como si damos por sentado que esos fantasmas son algo así como unas propiedades del escenario, es lo mismo: desde el momento en que el espectro del rey asesinado entra en la obra, le aceptamos y no ponemos en duda que Shakespeare estaba en su derecho al introducirle en la obra. De hecho, la verdadera medida del genio está en la medida en que el mundo que ha creado es suyo propio, un mundo que no existía antes de él (al menos aquí en la literatura), y, lo que es más importante, en que haya conseguido hacerlo más o menos verosímil. Quisiera que considerasen ustedes el mundo de Dostoievski desde este punto de vista. […] En segundo lugar, ante una obra de arte hemos de tener siempre presente que el arte es un juego divino. Ambos elementos, el de lo divino y el del juego, son igualmente importantes. Es divino porque éste es el elemento en que el hombre se acerca más a Dios, conviniéndose en auténtico creador por derecho propio. Y es juego porque seguirá siendo arte sólo en tanto se nos permita recordar que, en el fondo, todo es ficción, que la gente del escenario, por ejemplo, no es asesinada de verdad; dicho en otras palabras, sólo en tanto que nuestros sentimientos de horror o de repugnancia no oscurezcan nuestra comprensión de estar participando, como lectores o espectadores, en un juego complicado y delectable. En el momento en que ese equilibrio se rompe tenemos, sobre la escena, un melodrama ridículo, y en un libro una descripción truculenta de pongamos, un caso de asesinato que estaría mejor en las páginas de un periódico. Y dejamos de experimentar esa sensación de placer y satisfacción y vibración espiritual, ese sentimiento combinado que es nuestra reacción al arte auténtico. Por ejemplo, no sentimos repugnancia ni horror ante el sangriento final de los tres mejores dramas de todos los tiempos: el ahorcamiento de Cordelia, la muerte de Hamlet, el suicidio de Otelo nos dan escalofríos, pero escalofríos que llevan en sí un elemento intenso de deleite. Ese deleite no procede de que nos alegremos de ver perecer a esas personas, sino simplemente de que gozamos con el genio abrumador de Shakespeare. Quisiera que estudiasen ustedes Crimen y castigo y las Memorias de una ratonera, que también se conocen con el título de Apuntes del subsuelo (1864), desde este segundo punto de vista: el placer artístico que encuentran en acompañar a Dostoyevski en sus incursiones en las almas enfermas de sus personajes, ¿es constantemente mayor que cualesquiera otras emociones, los repeluznos de repugnancia, el interés mórbido que produce una historia de crímenes? En las otras novelas de Dostoievski hay todavía menos proporción entre el logro estético y el elemento de crónica de sucesos." 


(4) La que falta me vi obligado a pedirla porque (vean que mala suerte) es precisamente esa la que contiene la lectura explicativa que hace Frank de “Memorias del subsuelo”. Me rechazaron la desiderata días después alegando que era de 1993, como si 18 años fuesen toda una vida. Finalmente la conseguí, por si les interesa, y si omito lo que aprendí de ella es simplemente porque este post habla de un momento muy concreto y no viene a cuento de nada alargarlo más o me quedaré sin argumentos cuando reseñe el libro en cuestión. 


(5) Ese mismo tomo -y el siguiente- volví a rescatarlo hace apenas quince días para acompañar la inminente lectura de las dos primeras novelas de Dostoievski (“Pobre gente”(*) y “El doble”) por lo que es de suponer que no tardaré en volver a escribir sobre el asunto. 
(*) Tengo que publicar este post de una santa vez. Cuando escribo estas palabras ya he terminado “Pobre Gente”, leo "El Doble" y he hecho bastante más que superar el ecuador del primer tomo de Joseph Frank.
(6) Lamento no poder señalar cuál fue exactamente la edición que leí ni dar el nombre del traductor ya que este libro fue un préstamo que devolví hace mucho tiempo y no tengo forma de consultarlo.