Dice Vicente Luis Mora que Aixa de la Cruz «despliega todas sus posibilidades en Modelos animales». Nótese, por favor, el hijoputismo del comentario: no todas las posibilidades del relato sino «todas sus posibilidades». Las de ella. O lo que es lo mismo: esto es todo lo que Aixa tiene ofrecer, folks. Firmado Vicente L. Mora, de natural amigo.
Nosotros, fingiendo buenos deseos, pedimos que todas, lo que vienen siendo TODAS, no hayan sido. Algunas…, muchas, si quieres, pero todas no, por favor, porque si esto es lo mejor de, si esto es todo lo que Aixa de la Cruz tiene que ofrecer, entonces va tocando preparar otro epitafio y ya empiezo a estar un poco harto de que me toque siempre a mí escribirlos.
La pregunta que estarán haciendo es: ¿y quién demonios es Aixa de la Cruz? Dejen, no busquen, yo se lo digo.
Hace un par de años y fiel a su costumbre de alegrarnos la primavera con alguna lista ejemplar e imprescindible, El Cultural publicó la relación de los 12 narradores menores de cuarenta años que, a su escaso entender, tenían mayores perspectivas de futuro (en el mundo de las letras, se entiende). Pues bien, junto a gente como Elvira Narravo (chica Caballo de Troya), Cristina Morales (ídem y ahora chica Lumen), Matías Candeira (chico para todo) o Pablo Martí (chico de un único libro) −escritores todos ellos camino de la consagración a marchas forzadas (haciendo hincapié en FORZADAS)− aparecía el de esta muchacha, Aixa, creo que la más joven y ya por entonces con dos novelas publicadas (no como otros, que sólo saben vivir del cuento), aunque la primera, al tratarse de los deberes que le pusieron por ganar la beca de la Gala Foundation, no debería contar como valor añadido.
Modelos animales, quitando su participación en antologías varias, es su tercer trabajo. O sea, trabajo… quiero decir, el tercer libro que publica. Se trata de relatos. Aquí no nos gustan los relatos. O no todos. Los que nos gustan nos vuelven locos; los que no nos gustan, también. Es lo mejor que tenemos.
Comentar relatos es siempre complicado. Personalmente es algo que voy camino de odiar y que por lo tanto evito en la medida de lo posible, como supongo que queda claro con semejante introducción (introducción que todavía no ha terminado, dicho sea de paso, y que probablemente no termine nunca, como los poetas con sus cositas).
Empecé a leer este libro hace meses, al poco de salir, cuando empezaron a sonar los elogios, las trompetas, la fanfarria habitual: Axia, una joven y simpática estrella (no como las lánguidas esas) había vuelto. Lo dejé inacabado por culpa de un relato (Doble) que no acabó de interesarme más allá de la primera página (no siempre soy de dar oportunidades). Pasó un mes, pasaron dos, tres… qué sé yo; pasaron las estaciones... Llego el olvido. Imagínense el drama de sentarse a escribir una reseña y tener que buscar el título en google.
Pues eso.
Total, que volví a leer el libro y esta vez, entero. Fue en octubre, hace nada, días. Adivinen que pasó a las dos semanas. Premio. Estoy aquí, hoy, una vez más, para evitar el desastre, para intentar que no caiga otra vez todo en el pozo del olvido, algo que a día de hoy supongo inevitable.
En este libro se van ustedes a encontrar algunos relatos, no muchos. Eso ya lo saben. Lo que seguramente no sepan es que en el primero (Modelos animales) una mujer, obsesionada con la imagen que los demás tienen de ella, se coge un cabreo fenomenal cuando no le hacen los mimos que le hacía mamá y se lo hace pagar a la actriz que, sin saberlo, la interpreta y al gato que ameniza sus frías noches en un país lejano. Teatro y torturas como excusa para hablar de la locura y la obsesión en un relato que ni enloquece ni obsesiona.
Otro. TrueMilk es un cuento sobre un niño vampiro (de esos que sólo quieren chuparte la sangre) y de una madre dispuesta a un sacrificio personal sin límites. Yo estuve a punto, hace años, de ver la película. Se titulaba Grace (2009). Una mujer daba a luz un niño que, bueno, tendría que estar muerto. La portada es un biberón lleno de sangre. Muy gráfico, todo y muy original, como ven. Aixa pone como fondo aquella famosa historia de cómo se gestó Frankenstein y un relato de Polidori llamado El vampiro, porque Aixa, que todavía no tiene público espontáneo, sabe perfectamente qué ojo tiene que guiñar para hacerse leer. No sé si me explico.
Otro. Doble. Relato a dos columnas. Ambos empiezan exactamente igual y poco a poco se van separando total para acabar reflejándose uno a otro como en un espejo. Interesante, es verdad, si te gustan los juegos de palabras y no te importa leer dos veces casi lo mismo. Ese es el juego: mira lo que sé hacer, bendita beca, mira cuánto he aprendido, qué bien invertido tu dinero. Y todos aplaudiendo como memos, fijándose nada más que en las luces de colores.
Otro. El cielo de Bilbao es la historia de unos jóvenes que hacen lo que hacen los jóvenes, esto es, gamberradas. Con el pasar de los años todo se va olvidando y un buen día, años después, dos de ellos, el narrador y el líder del grupo de antaño, se tropiezan en la calle y explotan los recuerdos y llegan los sonrojos. Arrepentirse de lo que una hace a los quince es de gilipollas. A los quince uno está a lo que tiene que estar, esto es, a las chicas y las pajas y un poquito a estudiar y otro poquito a leer lo que no se debe, no a la política ni a los grandes temas que para eso ya están las corbatas. Hay un momento en la vida en el que equivocarse está permitido y no solo permitido sino aconsejado. Es un momento muy breve. No jodamos.
Por aquello de no eternizarnos más de necesario (pero sobre todo no más de lo que este libro merece) vamos a pasar el resto en avance rápido, muy rápido y vamos a obviar el más prescindible de todos, Romperse, para pasar de puntillas por Famous Blue Raincoat, relato que tiene de bueno en final medio cachondo, en cierto modo inesperado. Y breve. Por último AbuGhraib, una (casi se me escapa reflexión) narración que tiene de fondo el tema de las torturas.
Puesto que les supongo a ustedes más hartos que yo de esta introducción, déjenme, por favor, ponerle punto y final. Modelos animales es otra colección de relatos, escrita con la habitual corrección de esta ya vieja legión de escritores que invaden el país (recientemente se han contabilizado más de cuarenta imprescindibles sin vello en la entrepierna) pero que, como los de la mayoría, carece de personalidad propia. Son relatos que solo tienen en común que los personajes que los pueblan no son felices: nunca están enamorados, nunca sonríen a la cámara. El que no se desangra está torturado, el que no envejecido, el que no colocado, el que no jodido y para una que tiene un hijo, momento feliz donde los haya, va y le sale vampiro. Hay una tristeza que no se sabe de dónde viene y que lo impregna todo y que caracteriza este libro que pueden leer con la tranquilidad de saber que pese a tanta desolación no sentirán ustedes absolutamente NADA.
