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lunes, 19 de agosto de 2013

IN-FU-MA-BLE (Una aproximación a “Hijos apócrifos” de Victor Balcells Matas)

¿Alguien sabe si se pude decir en horario infantil que un libro es INFUMABLE? ¿Y por la noche, a partir de las diez/once, se puede decir? ¿Se puede decir INFUMABLE al amanecer, cuando casi todos duermen y nadie te lee, como los árboles esos que no hacen ruido al caer porque nadie los oye? Javier Avilés, escritor y blogero, cree que no, nunca. En su opinión, hay que matizar. En su opinión habría que decir: “En MI opinión, este libro es INFUMABLE” porque de lo contrario estaríamos haciendo una cosa horrible, terrible y mortal: estaríamos categorizando, nada menos, que después de pegarle a un ciego es LO PEOR.

Pero dejen que les explique de qué va la película.

Ayer por la tarde, tirado junto a la piscina, leía yo un libro, concretamente el libro de Víctor Balcells Matas llamado “Hijos apócrifos”. Era mi lectura una lectura ardua, pesada; era mi lectura una lectura indigesta, era mi lectura como un parto, pero era mi paciencia tal que a pesar de ello o quizá, de algún modo, precisamente por ello, seguía yo, con cabeceos constantes, eso sí, el hilo conductor de aquello que venía pareciéndome, desde la página 140, un bodrio. Un bodrio infumable, para más señas. En la página 212 me planté (o quise hacerlo) y subí tanto a twitter como a Facebook el siguiente mensaje: “Página 212 de Hijos apócrifos. No puedo más; lo dejo. INFUMABLE”. En buena hora. Sapos y culebras. 

A Jordi Corominas le gustó (el libro, no mi comentario), y así me lo hizo saber. Le gustó sobre todo la primera parte, precisamente la que menos me gustó a mí. Pero bien, nadie es perfecto. Decía (Jordi) que la estructura estaba bien, que Víctor no escribía por escribir (!), que el libro tenía referencias que iban más allá de lo manido y que algo así no era nada fácil de parir. Bueno, en fin, quitando la cuestión de las referencias, que ya veremos, el resto es más que discutible. Bromas aparte, de la estructura de momento no puedo hablar, pero eso de que Víctor no escribe por escribir… en fin. Lo hace, claro que lo hace. Y tanto que lo hace. Pero ya hablaremos de eso otro día.

A Javier Avilés también le gusta la novela. Le encanta la novela. Creo. Y, al igual que Jordi, también me lo hizo saber. En realidad lo único que dijo, Javier, en su réplica a mi tuit, fue que “Hijos apócrifos” no sólo no era infumable (¡ni mucho menos!) sino que era mucho mejor que otras cosas (“Todo es falso, menos alguna cosa”, Rajoy, 2013, fin de la cita) que se publican actualmente, sin llegar a poner ningún ejemplo quizá porque Javier Avilés parece la clase de crítico que hablaría mal de un libro siempre que no corriese el riesgo de encontrarse con el autor en algún sarao literario. Este modelo de crítico abunda y además gusta mucho. Con razón, al fin y al cabo, un crítico complaciente es el mejor amigo del escritor, que lo situará muy por encima del perro en su escala de valores.

El problema, en opinión de Javier, es que yo, como lector, tengo un problema: paso con demasiada facilidad de la opinión personal a la categorización (de “no me gusta” a “infumable” va un mundo, argumenta); que decir que “un libro que no soporto es un libro infumable” es una opinión personal sin lógica interna como proposición. Qué listo. Pues claro, nos ha jodido. Venimos a descubrir la pólvora. Pero, ¿acaso no categorizamos todos todo a todas horas del día, a un nivel mas o menos personal? ¿Acaso tachar a un árbitro de imbécil desde la barra de un bar o hablar de buena y mala literatura sin poner ejemplos o considerar que “este libro es MUCHO MEJOR que OTRAS COSAS que se publican actualmente” no es categorizar? No, claro que no. Categorizar es decir que el libro de Víctor Balcells es infumable. Eso sí es categorizar. ¿En serio es necesario el matiz? Pero la gran pregunta no esa. La gran pregunta es esta: ¿hubiese tenido Javier Avilés la misma reacción si mi comentario hiciese referencia al último éxito de Alfaguara “La verdad sobre el caso Quebert” o acaso tiene algo que ver todo esto con el hecho de que Víctor Balcells es, tal como dice en su reseña, un amigo? ¿Estaríamos teniendo esta conversación si el libro de Víctor fuese, perdón, me hubiese parecido, COJONUDO? 

Y puestos a cuestionar: ¿habrá influido esta amistad de algún modo en su forma de leer la novela o en la interpretación que hace de ella o en la valoración del esfuerzo que le ha supuesto a Victor escribirla? Nunca lo sabremos, pero podemos suponerlo.

No busco pelea con Javier. Simplemente me pregunto qué creemos que somos o qué importancia nos damos los que reseñamos libros en la red desde una plataforma gratuita para sentirnos en la “necesidad” u “obligación” de demostrar objetividad o de medir nuestras palabras en según qué casos. A ver si lo dejamos claro de una puta vez: no somos nada. No somos nadie. Somos gente que tiene un blog, eso somos; somos uno entre cien millones. Somos la clase de seres humanos que cuando leemos un libro que no nos gusta, lo tachamos de infumable o no, según sople el viento. Y desde luego no somos objetivos. El que quiera objetividad, que la pague. Y a quien le guste, bien, y a quien no le guste, que se lo haga mirar. 

* * * * * * *

CUÁL es nuestra autoridad y quien nos ha erigido QUÉ es algo que Iago Fernández (escritor, blogero, crítico… hombre orquesta, en definitiva), a raíz de esta pequeña polémica y con su simpatía habitual, ha querido dejar claro en el comentario que dejé en Facebook:

“Yo coincido con que el problema es tuyo y sólo tuyo; y así lo deberías anunciar, ni que fuera por respeto al trabajo ajeno. Principalmente, porque no tienes ninguna potestad o mérito -cultural, intelectual- para emitir un juicio objetivable sobre libro alguno, mucho menos para discernir su calidad. Cuentas con tu opinión -o mejor dicho, con tu impresión, porque una opinión necesita de juicios propios o de juicios heredados de cuya procedencia sabes- y nada más. Yo digo que el libro es bueno, muy bueno.”

Yo no sé cuántas veces habremos follado Iago y yo para que sepa tanto de mi falta de méritos culturales o intelectuales a la hora de emitir juicios personales (han tenido que ser unas cuantas, porque lo ha clavado), pero si algo que está claro es que a él sí le gustó. A él sí le parece bueno, muy bueno, el libro de Balcells. Y por el tono parece que él sí tiene juicios propios o heredados; parece que él si tiene potestad o mérito –cultura o intelectual- para emitir juicios objetivables sobre cualquier libro. Él sí. ÉL —que al igual que Avilés es amigo de Víctor, seguramente más amigo de Víctor que el propio Avilés— SÍ. Yo soy bueno para gastarme el dinero en su libro o en el de su amigo o dar las gracias a la madre que lo parió o para alabar sus excelencias pero no para dar mi parecer si el libro me parece (o es) in-fu-ma-ble. 

Por situarles: Iago Fernández, damas y caballeros, es alguien capaz de dar en Goodreads la máxima valoración a su propia novela, o a Hijos apócrifos o a un pequeño ensayo de Antonio J. Rodríguez (cinco estrellas) y la menor (una) a Crimen y Castigo de Dostoievski, por poner algunos ejemplos al azar, mientras imparte, desde la autoridad que le otorga una carrera de letras y el estrecho círculo de amistades que tiene en el cuchitril literario español, lecciones sobre juicios críticos, propios o ajenos, y de objetividad

Pues así está el panorama de las nuevas generaciones espontáneas de críticos, lectores, escritores y lo que se tercie.