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miércoles, 9 de enero de 2013

“La marrana negra de la literatura rosa” de Carlos Velázquez

ÉL 

Me intereso por Carlos Velázquez por culpa de un anónimo que, en este blog, me pregunta directamente si lo he leído o si pienso hacerlo o cuestión similar. Me dice que él no sabe que pensar, que todavía no ha decidido si se encuentra ante un genio o un imbécil gracioso. Y es verdad, no lo puedo negar: la cuestión tiene su aquel. En cualquier caso no es gracias al anónimo sino al link de un artículo que me pasan que le tomo el pulso al chaval (digo chaval porque el güey tiene nomás 34 primaveras). Se trata del relato que hace Velázquez de la FIL de este mismo año en la que, por cierto, tuvo una pequeña agarrada con Ignacio Echevarría por culpa de que si Bolaño sí, Bolaño no. Al final Bolaño Forever, como buena vaca sagrada y hasta se mentó a Franzen, que de Bolaño sabe un montón. Que es un broncas, el pollo, vaya. Aquí un enlace con el asunto number one (FIL) y otro con el number two (IE). Y conclusionan ustedes sólitos. (Ustedes perdonen: el pinche me ha trastocado la sintaxis de hoy, con lo linda que la tenía…) La cosa arranca, pues, con un joven escritor aficionado a las broncas, la literatura, el alcohol y las drogas. Ahora la FIL sí apetece.



ELLO 

Se ve que “La biblia vaquera”, un libro de relatos de Velázquez de 100 paginitas, le explota en la cara a no sé quién y la etiquetan cinco estrellas y que si literatura norteña y tal y el muchacho, seducido por la aritmética del royalty, se lanza a escribir otro casi igual de corto a ver si suena la flauta y se consagra o no se consagra. 

Aunque a la crítica en general (la general que he leído, al menos) le pierden sobre todo las escenas verosímiles protagonizadas por personajes originales, lo cierto es que Velázquez demuestra, a mi entender, un querencia por llevar a unos personajes ligeramente estrafalarios -que parten de una situación un tanto peculiar- directamente al terreno del absurdo, un espacio en el que se mueven o deberían moverse como peces en el agua y en el que resulta bastante fácil ser divertido con muy poco esfuerzo. 
Los cinco relatos que componen el libro tratan de lo siguiente: (uno) en una pareja uno de los miembros tiene problemas de sobrepeso que trata de curar, animado por su mujer, con tratamientos intensivos de cocaína; (dos) un travesti que se enamora de un jugador de beisbol y que acaba siendo poco más que un amuleto; (tres) un grupo de música punk que alcanza la fama gracias a un tecladista con síndrome de Down que en el directo arrebata; (cuatro) un hombre que entra en un grupo de autoayuda muy particular, dónde se da rienda suelta tanto al instinto maternal como al de recién nacido y (cinco) una marrana sexy que dicta a su dueño novelas de amor homosexual que acaban siendo un gran éxito. 
Problemón: la cosa no enamora, no trasciende, no subvierte nada. Queda por ver si ser divertido y tratar asuntos tan de no saber dónde puede acabar la cosa es suficiente para ser algo más que un escritor con talento para llamar la atención, que di tú que ya no está mal viendo esa anonimia tan habitual entre el gremio de la cosa escrita. 

Confieso que aún sin ser muy aficionado al relato no hay que hacer grandes esfuerzos para leer las propuestas de Velázquez -esto suena a cumplido sin serlo realmente- pero también es cierto que a medida que se avanzaba en la narración (narraciones) se va perdiendo interés en lo contado, quizá porque no acaba de llegar esa explosión de sabor (la que dice Piglia que ha de llegar al final de todo relato), quizá porque el cómo se come, una vez más, el qué. La pena añadida es que sin hacer grandes esfuerzos en poco tiempo se difumina lo supuestamente novedoso de la formas (ese no respetar ni a tu padre o escribir para que te lean los malos) quedando nada más en el recuerdo un libro de historias curiosas, moderadamente interesantes, a ratos divertidas pero siempre prescindibles y plagado de indescifrables localismos y un cúmulo tal de erratas (¡decenas! ¡cientos! ¡millones!) que me saltan hasta los empastes con tanto rechinar de dientes (que ya es mucho errar de dios). 

En general (y por acabar y por resumir y por irme a la cama de una santa vez) “La marrana negra...” es un exceso en sí mismo -nada que objetar, de vez en cuando se agradece el exceso de lo que sea-, es divertido, es ágil, sí, pero no siempre puede uno (ni quiere) abstraerse de esa puta costumbre que tiene ahora todo el mundo de tirarse a lo breve, quizá como una forma de no ahogarse en su propio tedio y hacer del sexo el centro de gravedad de casi cualquier cosa que incluya hombres, mujeres, niños y, ahora también, marranas. Quiero pensar que ser moderno, escribir moderno, vivir moderno, es algo más que la marranada esta, con perdón del chiste fácil y abusando de cabroncinería.