Pues sí, estamos de aniversario. Tres añitos, ya, ahí es nada. Incluso he tenido un regalito inesperado; algo que me llena de orgullo y satisfacción: este mes de julio ha sido record de visitas. ¡Tachán! Sólo puedo dar las GRACIAS, fingir que no lo merezco y todas esas cosas tan cargadas de falsa modestia. ¿Cómo no lo voy a merecer, con lo que me ha costado llegar hasta aquí, que ha sido todo sangre, sudor y lágrimas? (Ajenas, eso también es verdad).
Recuerdo haberle escuchado decir —cuando monté el chiringuito— a un bloguero de reconocido, digamos, prestigio, que la esperanza de vida de un blog solía ser, por norma general, de unos dos o tres años. A partir de ahí, supuse, llegaría el fin o el principio del fin o un algo decadente que tenía que ver con el hartazgo y que conducía inevitablemente a la extinción. Bueno, pues nada, aquí estamos, sobreviviendo y jugando a ser una especie en peligro de excepción. Tengo contactos en las altas esferas Tongoyanas que me han dicho se intuyen cambios para el año que viene pero de momento esta Medicina (de Mongoy, que dice el bueno de Fernando Valls) sigue adelante.
En serio: GRACIAS. Han sido tres años estupendos. 279 entradas publicadas (con esta, 280), 450 libros leídos, tantas críticas positivas, tantísimas negativas, tanta gente enfadada, tanta gente indignada, tantas risas. Tres años bárbaros.
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Para celebrarlo me dio por leer, hace unos días y ayer otra vez, por recomendación de un comentarista de este blog, “El vicio de la lectura” de Edith Wharton, que es un librito pequeño como un tomagotchi que se lee en media hora y deja el regusto amargo de dos cafés. Lo bueno es que cuesta 89 céntimos, que es lo mismo que otros cobran por leer el post más popular de su blog. Pero ya hablaremos de esto otro día.
Habla, Wharton, de lectores mecánicos y lectores natos, tomando por buenos los segundos. Los otros son, para ella, simples devoradores de libros, pero de los mismos libros que leen los lectores natos. (Esta es una observación muy importante porque luego están esos otros lectores de betsellers y subproductos varios que, dice Wharton, no merecen ser tenidos en consideración.) La culpa de tanto atrevimiento, viene a decir la escritora, está en considerar la lectura una virtud —como hacer deporte, madrugar o donar esperma— que se puede educar, como si el talento fuese cuestión simplemente de echarle horas. Claro, de ahí a creer que se tiene la inteligencia suficiente para leer a Pynchon, por ejemplo, no hay ni medio paso.
Wharton cree que las muchas lecturas, el frenesí de leer, qué se yo, 450 libros en tres años, no sólo es algo negativo sino que incluso puede llegar ser un síntoma de lo mal que se están haciendo las cosas, porque leer mucho obliga necesariamente a leer rápido y por las malas lecturas de malos lectores es por lo que se escribe la peor literatura. Y es que hay mucho hijo de puta suelto.
Leer no es una virtud; pero leer bien es un arte, y un arte que sólo el lector nato puede adquirir. El don de la lectura no es la excepción a la regla, en cuanto a que todos los dones naturales necesitan cultivarse mediante la práctica y la disciplina; pero a menos de que exista la aptitud innata, el entrenamiento será infructuoso. Resulta una decepción para el lector mecánico pensar que las intenciones puedan tomar el lugar de la aptitud.
Y eso no es todo, ni es lo peor. El lector mecánico es el típico imbécil (esto no va con segundas) que cree que esas muchas lecturas le otorgan un conocimiento superior que le capacita para ejercer la crítica literaria:
Forma parte del deber cabal del lector mecánico pronunciar una opinión sobre cada uno de los libros que lee, y a veces es conducido hacia extrañas desviaciones en el desempeño consciente de su tarea. Es parte de la naturaleza desconfiar y que le desagrade todo libro que no comprende.[…]Aunque la crítica real esté al servicio de la literatura o no lo esté, resulta claro que esta pseudo reseña es dañina, debido a que coloca a libros que tienen muy diversas calidades en el mismo nivel inerte de mediocridad, al ignorar su verdadero significado e importancia.
Resumiendo: qué triste dedicar tanto tiempo a leer tanto y tan mal total para nada más que acabar haciendo daño a aquello que se quiere defender, esto es, la literatura (esa ramera). Porque alabar las malas novelas, aunque alimenta las malas novelas, las mantiene en un circuito cerrado de estulticia, pero despreciar las buenas por culpa de ese criterio miope de darle a todo el mismo valor y no ser capaz de ver las virtudes o de valorar el esfuerzo ajeno de tirarse seis semanas o veinte años escribiendo un puto libro, hacer eso, decía, acaba por fuerza con la literatura de calidad, opina Wharton.
Lo mejor, seguramente, sería cerrarle la boca a todos esos lectores mecánicos reconvertidos en críticos que confunden calidad con cantidad, que han saltado la barrera de la literatura de mierda, (aquella más comercial, aquella que Warthon considera indigna --así en general--) para invadir el territorio de la alta literatura o la literatura de minorías o lo que sea que haga todo escritor que se precie.
El lector mecánico […] aprende el potencial de la desaprobación en su calidad de arma crítica, y pronto se convierte en su principal defensor en contra de la irritante exigencia de admirar lo que no puede entender. A veces su desaprobación está mitigada por las concesiones filosóficas hacia la laxitud humana: como sucede en el caso de la mujer que no podía aprobar las novelas de Balzac, pero por supuesto que estaba dispuesta a admitir que “estaban escritas en el francés más hermoso”.
Aprovechando que esto no va con nosotros, seres de excepción inmunes a la tontería, hagamos justicia: identifiquemos, señalemos y acabemos con esos indeseables venidos a más. Comámonos los corazones de los lectores mecánicos.
