Algunas tonterías que se dicen durante el ejercicio de la crítica son como para enmarcar. Así como no hay mayor ciego que el que no quiere ver, supongo que no hay peor crítico que aquel que abusa de las lentes de aumento. No hay duda de que, si uno quiere, puede ver que un libro como el de las luces y las sombras del sátiro Grey toca muchos temas, del mismo modo que, si uno se siente generoso (no es mi caso) también puede ver en Angeles y Demonios o El código Da Vinci, un profundo análisis de la cuestión religiosa y los mecanismos del poder en el Vaticano o un alegato feminista o un reclamo de los principios básicos del cristianismo, por no hablar de una bellísima historia de amor o la eternamente irresoluble confrontación entre el bien y el mal. Qué sé yo. Pero esto de ver en una historia, digamos, sencilla, modernilla, a su modo experimental, el germen primero y el fin último de la creación es como pasarse un poco bastante. Me explico: me estoy refiriendo a lo que dice Mario S. Arsenal, crítico literario, para “La tormenta en un vaso” sobre esta novela de Forrest Gander:
“Este libro escrito con una inspiración indiscutible, se detiene en la dualidad de la vida como pocos han conseguido hasta el momento, hablando sin cortapisas de los escondrijos más oscuros del alma humana; de la aniquilación devastadora de los tópicos; de las capacidades benefactoras del arte; de nuestra incapacidad por entender el devenir del mundo; de la libertad que sólo las vidas apresadas pueden conocer; del alcance del amor más allá del cuerpo; de cómo el castillo de naipes no debe desmoronarse tras la muerte; de lo fatídico en ocasiones del recuerdo; de los límites de la amistad; del carácter de las ideas; de la magia de la cultura.”
Me parece fascinante, honestamente, que uno, para dejar bien un libro, tenga que recurrir al truco barato de acusar a la literatura de no haber sido capaz de hablar, sin cortapisas (esto es fundamental), de los escondrijos más oscuros del alma. ¿En serio? Yo a veces peco de bruto, pero hay que tenerlos muy bien puestos para decir tamaña barbaridad y quedarse tan ancho y no perder el empleo o la vida o la mujer o algo. Todo lo demás es también de juzgado de guardia porque de lo contrario tendríamos que estar frente a la mejor novela de los últimos, digamos, veinte años. O más. Y no es el caso. Sin querer desmerecer la novela más allá de lo que se pueda desmerecer ella solita, la cosa no es para tanto ni remotamente. Pero de todo esto tiene la culpa la habitual y siempre excesiva tontería del poeta y la subsiguiente tontería de un crítico buenista capaz de decir que un libro está escrito con “una inspiración indiscutible”. Indiscutible, dice. Veremos.
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La primera parte de esta novela es la secuencia de una joven dando a luz. La cosa —que acaba en niño cabezón casi estrangulado, adopción y a otra cosa mariposa— una vez que salta a la vista que en ni la prosa ni en la historia hay nada del otro mundo, si acaso los dejes propios de la traducción al mexicano y los dolores propios del ponerse a parir, es un tanto absurda. Un parto. ¿Cómo preludio de algo? Pues igual. De la segunda parte, quizá. O de la tercera. O de la cuarta.
En la segunda parte (paciencia) el narrador, un compañero de trabajo de Les —el silencioso y auténtico protagonista de esta historia y niño cabezón de la primera parte— sufre la cosa del amor no correspondido. Se centra en la exaltación de las virtudes físicas e intelectuales de Les, que se asoma a estas páginas como una bestia parda del amor: casado y con amantes varias, Les hace gala de una virilidad enervante que provoca los celos de quien quisiera ser su hombre (el narrador) y no lo consigue y de ahí ese abrupto final de rosarios y auroras boreales.
La tercera parte (que no última) es su mujer ("El primer hombre a quien se la mamé. Sabías a agua de pozo") hablando de Les una vez éste se ha muerto. Se pueden imaginar: era un ser maravilloso. Pues esto, así, en verso prosado, durante chorrocientas páginas de echarlo de menos seguramente sea la razón de la desmesura del crítico anterior y de muchos otros que, como él, llevan días plagando la red de entusiastas reseñas. La poesía es lo que tiene: a poco que te guste encontrarás en ella la justificación de todas cuantas maravillas sean posibles. Les regalo unas citas para que se hagan una idea:
No envejeces. Otros me verán envejecer a mí.
Voy caminando, invisiblemente mutilada, hacia el espejo.
Ya sea que esté de pie o sentada o vaya a la tienda en coche, tal parece que sólo dejo en claro una incoherencia.
El azul amatista de tus ojos, dijiste alguna vez.
Despierto exhausta todas las mañanas.
Si tan sólo la rutina arrojara la sensación a un lado.
Y el zureo de las palomas.
Y yo sigo aquí. Innumerables quienes han sobrevivido a cosas peores.
Hay muchos acontecimientos peores que una sola muerte. ¿Quién soy yo para detenerme? ¿Para ni siquiera querer sanar? ¿Para no dejar crecer la piel sobre la llaga? Seguir adelante es seguir sin nada. Yo, un espectro.
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Que a mí no me guste la poesía no hace mala una novela, evidentemente; la hará incompatible con mis gustos personales y poco más. Con todo, no necesito dejar la bebida para no perder el norte respecto al argumento, sus intenciones, sus posibilidades o consecuencias.
La novela, breve en grado sumo, es un ejercicio en el que se mezclan distintos estilos y que giran en torno a un personaje que suponemos fascinante sin acabar de creérnoslo realmente por falta de desarrollo. Esto, así, te tiene que encantar si eres aficionado a los versos de amor desatados y ves sentimientos donde otros sólo mariposas. Tengo la sospecha de que incierta gente está aprovechando la oportunidad que les brinda una novela de estas características para exaltar las virtudes de aquello que, de otro modo, no tendría, ni remotamente, la misma difusión; porque la novela —y ya se puede poner el mundo como quiera— es una historia, sencilla hasta la desesperación, de una madre gritando, un hombre suspirando, una mujer llorando y un protagonista que, ajeno al sulibello de sus perjúmenes, se toma según qué cosas demasiado a la tremenda.
El resultado es una novela a ratos absurda, a ratos original, a ratos desesperante —a ratos interesante, también— que juega a disimular, encubrir, colar —con poco acierto, visto lo evidente del truco— un extenso poema entre otros dos (tres, en realidad) bloques narrativos, como si de un vulgar bocadillo se tratara. Así es que luego pasa lo que pasa y pasa que los reseñistas se dan de bruces contra la dificultad de recomendar algo que no saben si lo merece o no, pero que creen necesario dignificar simplemente por el hecho de ser extraño, como si ser extraño fuese una garantía y no un truco. A modo de ejemplo, he aquí unos fragmentos de la crítica del blog de Granite & Rainbow, firmada por la siempre magnánima Ainize Salaberri: “Repito mi afirmación anterior: “Como amigo” es un libro tremendamente extraño que creo no haber comprendido en toda su magnitud.” O, un poco más adelante: “No es fácil recomendar un libro como el escrito por Forrest Gander.” Y, finalmente: “Es imposible escribir una reseña de este libro. O se lee o no se lee, definitivamente.”
Efectivamente: se lee o no se lee. (#verdadescomopuños).
