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lunes, 21 de noviembre de 2016

“También esto pasará” de Milena Busquets

El 16 de noviembre de este bendito año se publica en la edición digital de El País Semana una entrevista a Milena Busquets con motivo de, no sé, con motivo de su mera existencia, supongo, o tal vez el paseo que se está dando estos días por la Feria Internacional del Libro de Santiago (Filsa 2016). Hablan de su libro, este libro, un libro que fue publicado en enero del año pasado, esto es, hace la friolera de dos años. Los amantes de las novedades sabemos que el mercado editorial es desleal y tan altamente competitivo que la esperanza de vida de una novedad no alcanza los diecisiete minutos y medio. Superado ese plazo se entra directamente en la sección librerías de viejo y restos editoriales y hasta los de Amazon te ponen peros. 

Por alguna extraña razón, que voy a pensar que no tiene nada que ver con el sexo, a Milena Busquets y más concretamente a la novela que hoy nos ocupa, se le vienen concediendo aplazamientos desde hace 23 meses y siempre, o casi siempre, de manos de los mismos: los señores de El País. Hago historia (bendito Google) y me encuentro con lo siguiente:

El 14 de enero de 2015, víspera de la publicación de este engendro, publican una entrevista en la que destacan el siguiente subtítulo: “La autora novela la pérdida de su madre, Esther Tusquets, en la gran sorpresa de la Feria de Fráncfort”. Ya entonces se nos contaba que llovían hostias por hacerse con los derechos del libro porque como todo el mundo sabe Milena Busquets sólo escribe Putas Maravillas y esto no iba a ser la excepción. 27 países, cientos de idiomas, lluvias de millones. Milena Busquets lo petaba en Frankfurt. Se hablaba de Fenómeno Editorial. Pero la feria de Frankfurt es así. Se parece bastante a un mercado de fruta en el que uno compra partidas esperando sacarles el máximo beneficio. Por razones del todo desconocidas que — toda vez que he leído la novela y sabiendo como sé que la calidad no tiene absolutamente nada que ver con el éxito—, estoy convencido, guardan relación directa con la simpleza de ser hija de y amiga de y tener sobre el hombro, permanentemente, la mano de un Jorge Herralde de sonrisa bobalicona, Milena Busquets, el libro de Milena Busquets, cobra dentro y fuera de Frankfurt una importancia a todas luces injusta.

En 25 de enero de 2015 se etiqueta la infamia en cuestión como “El libro de la semana”, también en El País, y todo por culpa de Carlos Zanón, un ser humano al que desde ya he perdido el respeto por haber escrito una crítica (es un decir) en que habla mucho de su madre, la de Milena, ya saben, Esther Tusquets, la de Lumen, etcétera. La reseña de Zanón es una aberración sin límites que me niego a reproducir y que habla de ligereza (que no superficialidad) y no sé qué chorradas sobre una Bridget Jones culta. Habla de elegancia, de prestancia y otras pajas mentales de difícil cuando no imposible justificación. Entiendo que lo han comprado. Quiero pensar que es así. 

Tras un largo silencio — roto el 10 de diciembre de 2015 cuando El País Cataluña (sí, ellos también) se hace eco de la noticia de que el argentino Daniel Burman, coproductor de Diarios de motocicleta adquiere los derechos, suponemos que para hacer una película con la novela—, tras un largo silencio, decía, plagado de reseñas en blogs y suplementos de esos que dicen culturales (reseñas que ni le he leído ni tengo intención pero que advierto, ya, de entrada, son el objetivo primero del Gran Dedo Acusador a nada que encuentre en ellos el menor asomo de elogio), se publica, el 17 de agosto de 2016, un artículo/entrevista para contarle al público, ávido de milenadas, que la intelectual («Yo he jugado a Pokémon, pero a la semana me he aburrido y he preferido leer a Stefan Zweig») impartirá un curso de autoficción en Santander. Fue esa entrevista el origen de una pequeña polémica al asegurar, la infeliz, que el que la gente no leyese era responsabilidad (también) de los escritores. Gran verdad. Tras leer También esto pasará, yo ya no me vuelvo a fiar de Herralde, ni de Anagrama, ni de Zanón, y desde luego no me vuelvo a acercar a esta chica ni con un palo. Así se acaba con la literatura, amigos.

Y hasta hoy que vuelve Milena y vuelve El País, que parece que algo tengan, a dar la matraca con el librito dichoso que a estas alturas debe andar ya por la 458ª edición. Nuevamente nos recuerdan que hay quien pagó 500.000 € por él, que fue traducida a 33 idiomas y que ha cosechado un éxito de crítica y público como no se ha visto desde Indiana Jones y el templo maldito. Aprovecha Milena la ocasión que se le brinda para recordar a su querido público potencial que la novela no habla de su madre sino de ella, de su duelo, su inseguridad, y afición al sexo como una forma de protegerse ante el dolor por la ausencia de una madre, dolor que realmente no se refleja en ningún momento de esta novela o autoficción erótico-festiva. Un duelo a todas luces excesivo, se mire por donde se mire, pero que al menos le sirve para darse un homenaje tras otro, algo que desde aquí hemos defendido siempre a muerte.

Por lo demás, el libro no hay por dónde cogerlo.

Por si les interesa (que espero que no) la historia es la siguiente:

Milena es Blanca, la protagonista (autoficción, no sé si lo pillan). A Blanca se le muere su madre, una señora muy importante y muy imponente y muy de tenerla subida a un pedestal motivo por el cual se sumerge en una depresión terrible y cae en lo que cae siempre que sufre cualquier clase de dolor: le da por follar. Ya en el entierro hay un chico muy guapo que llama su atención aunque finalmente decide tirarse a su exmarido. Al primero. Bueno, y al segundo. Y a un amante casado que tiene para los tiempos muertos, para esos momentos en que una sólo quiere un aquí te pillo aquí te mato. Y porque esto es una fiesta y así nos lo quiere contar, decide quedar con todos en Cadaqués, en una casa con barquito que mamá tenía allí. También van sus hijos, claro, esas dos cosas que aparecen a ratos por la novela y duermen serenos y comen un poco como le daba a ella de comer su madre —que era no acercándose a la cocina—, motivo éste de desavenencias conyugales que derivaron en divorcio, etcétera. Se lleva, también, a dos amigas, protagonistas indiscutibles de su particular “Sexo en Cadaqués”: 

«Elisa es capaz de convertir cualquier tema, incluso el sexo con un novio nuevo, en algo sesudo e intelectual. Sofía, en cambio, lo convierte todo en algo frívolo y festivo que gira a su alrededor» o «Sofía se ha puesto su maravilloso vestido indio de color vino, largo hasta los pies, cubierto de diminutos espejitos redondos, que compró en un anticuario, y unos grandes pendientes de plata. Yo llevo mis pantalones fucsia de algodón descolorido que se me caen, una camisa raída de seda negra con pequeños topos verdes, unas chanclas y una pulsera antigua de mi madre, que a ratos amo y a ratos me pesa como si fuesen unos grilletes. Elisa va vestida como si fuésemos a bailar salsa. Y Úrsula se ha puesto una camiseta ceñidísima de color amarillo con unas palmeras plateadas y unos vaqueros morados dos tallas pequeños. Parecemos una banda de payasos. Afortunadamente, los niños, con sus polos, sus bermudas y sus chanclas, nos brindan cierta respetabilidad estival». 

Esta debe ser la ligereza que no superficialidad de la que hablaba Zanón en su spot.

La novela es un veinte por ciento moda, un veinte por ciento sexo, un diez por ciento mamá y otra cincuenta yo yo yo y mi desapego general del mundo, mi infantilismo, mi particular manera de ver la cosas. Mis Grandes Preocupaciones de mujer a la que no le gusta tener servicio pero no puede vivir sin él:

«De repente, veo que se me acerca a grandes zancadas el guapo desconocido. Está solo, camina un poco inclinado hacia delante, como suelen hacerlo los hombres altos y delgados, como si se protegiesen de un viento invisible, como si en las cumbres que ellos habitan soplase siempre el viento. Yo camino tan deprisa y estoy tan nerviosa que sin querer pierdo una chancla. La recupero justo a tiempo para ver que se ha dado cuenta y sonríe divertido. Otra vez, adiós a la femme fatale que me gustaría ser. Le sonrío y, al cruzarnos, susurra «Adiós, Cenicienta». Pienso que tal vez podría pararme y proponerle ir a tomar algo (y emborracharnos y contarnos nuestras vidas con entusiasmo y a trompicones, y rozarnos distraídamente las manos y las rodillas, y mirarnos a los ojos un segundo más de lo correcto y besarnos y follar precipitadamente en algún rincón del pueblo como cuando era joven, y enamorarnos y viajar y estar siempre juntos y dormir apretados y tener un par de hijos más y, finalmente, salvarnos), pero sigo caminando sin darme la vuelta. Si los hombres supieran la cantidad de veces que las mujeres nos pasamos esta película, no se atreverían ni a pedirnos fuego.»

Toda la puta novela es esto. No otra cosa. ESTO. Y unos diálogos que hacen daño a la vista y que reproduzco en extenso en el primer comentario del blog sólo para darme el placer de acabar de hundir este libro infame. También esto pasará es un ejemplo perfecto de basura literaria y representa lo peor de ese mercadeo editorial en el que sólo importan los contactos y en el que se toma por imbécil al lector a fuerza de insistir en las excelencias de una novela que no hubiera debido publicarse toda vez que no pasa de excreción literaria con forma de anuncio de fuet para adultos, con su sol, sus risas, sus paseos en barca, sus comidas improvisadas, sus cocktails, sus hamacas, sus arrumacos, sus besos robados, sus vestidos arrugados y sus pantalones dos tallas más grandes.

También esto pasará no puede ser peor ni queriendo. 

Yo puedo entender cualquier campaña de promoción -especialmente cuando ésta tiene categoría de novedad- en la que prácticamente todo es legítimo en la medida que criticable; lo que no puedo entender es aquella “campaña” que resucita una mala novela dos años después de su estreno por razones que se escapan a mi entendimiento (y al de cualquier otro) pero que desatan la peor y más sucia de las imaginaciones.

Desde aquí, mi más sincero DESPRECIO.



martes, 10 de mayo de 2016

‘Las cosas que perdimos en el fuego’ de Mariana Enriquez

Cuando mediado el mes de abril decidí dedicarme, si no exclusivamente, sí, con cierta, digamos, intensidad al relato debo confesar que no esperaba gran cosa

Miento. 

Cuando mediado el mes de abril decidí dedicarme, si no exclusivamente, sí, con cierta, digamos, intensidad al relato debo confesar que esperaba reconciliarme con el género, que ya no es moco de pavo. Y, mira tú por dónde y sin llegar a perder la cabeza, eso es más o menos lo que ha ocurrido. Y parte de la culpa, gran parte al menos, de esta reconciliación la tiene Mariana Enriquez, hasta hace nada una completa desconocida.

Qué bien, eh.

Intentaré no entusiasmarme en exceso durante esta reseña, no vayan ustedes a creer que ahora veo obras maestras por todas partes. Para nada. Tampoco quiero fingir que me da todo igual porque no ha sido así. Mariana Enriquez me gustó lo suficiente como para, por un lado, anotar su nombre en esa libretita en la que figuran los nombres de todos aquellos autores a los que quiero volver (es una libreta muy pequeña) y por otro, comprarme otro libro suyo, esta vez en formato digital (qué remedio).

Al tema.

Simplificando hasta la inexactitud, Cosas que perdimos en el fuego es una colección de relatos de terror. Matizando, tendríamos que hablar de relatos que tienen trasfondo terrorífico o una querencia por lo oscuro que llega en ocasiones hasta lo fantástico.

En estos relatos hay gente que está muy sola o mal acompañada; gente muy joven, muy inconsciente; hay mucha miseria y hay un fondo tenebroso y real que da más miedo que cualquier vampiro que pueda ocultarse tras una cortina. La pobreza, por ejemplo; un niño tirado en la calle, un niño que un día queda solo, un barrio marginal, tomar un helado y volver a pasar la noche a la intemperie. Y mamá que no está y no pasa nada y que luego no está el niño y tampoco. Esa clase de terror.

Y otros ya no tanto de corte fantástico como simplemente inquietante rozando en algunos casos lo social. Un terror más de adolescente perdida, tipo nena que se aventura en territorios prohibidos, con el miedo que da acompañarse únicamente de una linterna y el riesgo a ser descubierta (La hostería) o algo tan simple como ser joven y estar un poco loca y meterse en furgonetas destartaladas y dejarse llevar por el novio punk de tu amiga y los alucinógenos y ver el miedo en los ojos ajenos y ser pura inconsciencia (Los años intoxicados); o una obsesión que deviene (o amenaza con hacerlo) en locura (Pablito clavó un clavito); o una mujer que odia y teme a su marido y viaja con él y conoce a una prima (Tela de araña)… Bueno, lo que sea.

Eso por poner algunos ejemplos, ojo, tampoco quiero entrar en mucho detalle. Prefiero que, si deciden arriesgarse, y yo creo que deberían, los descubran ustedes mismos. Quiero decir con esto que, cuanto menos sepan, mejor. Porque una cosa es que yo les diga que hay relato con casa encantada y otra muy diferente que la visiten ustedes y juzguen si realmente esa casa es lo peor del relato. Bueno, en este caso tal vez sea así, pero… pero no. Da igual, lean el puto cuento.

La primera parte, decía (y si no lo decía lo digo ahora), es menos fantástica que la segunda que (a excepción del último relato que vuelve a un terror que cabe dentro de lo posible e inimaginable al mismo tiempo) ya es más una cosa de mearte encima. Es un decir. Buenos ejemplos son la niña rarita (quién no ha tenido una en el colegio) que se autolesiona o la vecina que cree que el del bajo derecha tiene un niño encadenado en el patio trasero o las consecuencias que tiene que un policía corrupto haya tirado al río contaminado el cadáver de un joven que ha tenido la mala suerte de cruzarse con él. En todos estos casos el terror no se limita a llegar en el último párrafo sino que crece con el relato y se apropia de él y cuando llegamos al final ya estamos hartos de mordernos las uñas y asqueados de ese ambiente enfermizo y putrefacto y miserable.

En general, tengo que decirlo, me hecho muy feliz llevarme este sorpresa. Me han gustado todos los relatos (unos más que otros, eso también es cierto) pero es que además me ha enamorado la forma que tiene la Enriquez de narrar, con un estilo sencillo, completamente alejado de innecesarios lirismos, muy centrado en la historia y trabajando los personajes.

Muy recomendable, al fin.


Adenda

‘Chicos que vuelven’ de Mariana Enriquez

Cosas que nunca (o casi nunca) hago: leer dos veces seguidas a un mismo autor. Tampoco este fue el caso, pero no por falta de ganas. El caso es que poco, muy poco tiempo después de haber leído el recopilatorio anterior, compré por internet, en versión digital, una NOVELA de esta escritora. Al final no resultó ser tanto una novela como un relato largo (40/50 páginas) que perfectamente, por temática, podrían haber incluido los de Anagrama en “Cosas que perdimos…”. 

La historia trata de una mujer que trabaja en una oficina de desaparecidos. Está a cargo de la sección de jóvenes, ya saben, críos o adolescentes que un buen día desaparecen de la faz de la tierra, ya sea porque ponen ellos tierra por medio ya porque se le tiren encima. En cualquier caso, no están desde hace años. 

Y un día vuelven. 

Vuelve la primera, una chica monísima, cuando nuestra protagonista se la encuentra desorientada vagabundeando por no sé qué parque. Lo siguiente es masivo. Cuatro parques de la ciudad se van llenando de niños que vuelven exactamente en el mismo estado que tenían al desaparecer sólo que tantos años después.

La novela no es tanto la cuestión de los niños que desaparecen (que también, claro, no vamos a explotar un drama como ese) como el estado en el que vuelven y la reacción de los familiares que no entienden qué vaina es aquello que tiene en casa y a qué vienen esos dientes torcidos.

Revisitación, pues, de la ya clásica invasión de los ultracuerpos pero sin dar explicaciones que nadie ha pedido nunca ni forzar el clásico final de victoria aplastante del bando extraterrestre.

Curiosa.


lunes, 28 de marzo de 2016

‘Cicatriz’ de Sara Mesa

No hace mucho hablábamos en este mismo blog de Sara Mesa como la futura ganadora del premio Herralde. Esto es así y no admite discusión. El tiempo me dará la razón, no tengo la menor duda. Lo único que ignoro es cuándo tendrá lugar el feliz evento. Calculo que dentro de un par de años, tres como muchísimo. De modo que, por favor, déjenme ser el primero en decirlo: ¡Felicidades, Sara

Pero mucho antes, cuando Sara no era más que una joven escritora que aspiraba a ganar algún día el famoso premio, escribió una novela (Cicatriz) va iba de lo siguiente: 

A una mujer, joven, becaria de profesión, le gusta la literatura, lo que demuestra que la inteligencia no está necesariamente ahí. Pues bien, para tener alguien con quien compartir sus “inquietudes” se da de alta en un foro y antes de poner un pie en él ya tiene una mosca cojonera dándole la bienvenida, evidenciando la extrema soledad de unos cuantos. Pasa el tiempo, no mucho, o sí, no sé. Un día, un grupo de foreros organiza una cena a la que asiste y de la que no saca realmente gran cosa. Se ve que la amistad tampoco estaba allí. Tiempo después, no mucho, recibe un privado de un tal Knut Hamsum pidiéndole que le mande una foto a cambio de un par de libros, porque le han dicho, los otros cerdos de la piara, que estaba muy rica o no sé qué. Y claro: erección. 

En este punto uno cerraría el portátil y tras consultarlo con la almohada pese a saber que sólo hay una respuesta posible, se daría de baja del foro y, literal y literariamente, desaparecería para nunca más volver a semejante antro de lujuria, perversión y gafapastismo

Ella no. Ella, tras algunas dudas, le dice al muchacho que sí, porque mira, qué coño, un libro es un libro y no todos los días le piden a una que enseñe una teta. 

Esto en la página 21. En la 22 le manda la foto. En la 23 recibe los libros. ¿Rápido, verdad? Pues no, para nada. Porque a partir de este momento entramos en un bucle que a ratos parece infinito. Realmente, si lo miras con la perspectiva de un par de días, ves que no ocurre gran cosa hasta mucho tiempo después. El relato es la evolución natural de una relación entre un hombre obsesionado con Proust y los tangas y una mujer incapaz de decir no exactamente a lo mismo y todo lo demás. 

Resulta complicado seguir escribiendo sin desvelar una trama de modo que voy a irme un ratito por las ramas y a decir vaguedades a ver si me sale una reseña como esas de las revistas o los blogs de pago. De cobro. Bueno, lo que sea. 

Dejando a un lado lo repetitivo del argumento (qué manía esa de dilatarlo todo, qué necesidad de entrar en tanto detalle total para después no sacarle partido) echo de menos una historia menos previsible que la que tiene lugar desde el momento en el que se cuela el primer sujetador entre los envíos culturales. Personalmente hubiese preferido menos libros y más desarrollo de personajes. No sé en qué momento la novela se convierte en un continuo esperar que alguien se suba a unos taconazos pero eso es exactamente lo que ocurre. El lector que yo soy asiste a los despropósitos de una tonta del bote que se finge enamorada ¿ante la necesidad? de ser permanentemente seducida o simplemente para aderezar su vida con cualquier extravagancia (está la cosa para andar exigiendo), pero al contrario de lo que ocurre en otra novela también protagonizada por una boba, en ese caso la Bovary (y sin ánimo de establecer comparaciones del todo imposibles), en esta novela que nos ocupa, la autora, Sara Mesa, única culpable, no logra, no ya convencernos de nada ni justificar de ninguna de las maneras qué es eso que lleva a la protagonista −a la que realmente nunca llegamos a conocer y que parece actuar más por miedo o desidia que por cualquier otra razón− a hacer lo que hace, sino ya simplemente entenderla, ser capaces de empatizar mínimamente con ella. Se le insinúa una vida triste que no queda del todo clara; sabemos que tiene marido como otro peces en la pecera, pero poco más. Es un personaje tan poco atractivo, tan desapasionado, tan aburrido y tan falto de aristas que merece un altarcito en museo de los donnadies. Esto, claro, lastra una novela en la que se avanza más por la inercia de la curiosidad (logro este de que no le voy a privar) que por sincero interés. 

Lejos de parecerme la atrocidad que algunos pregonan por ahí y lejos también de considerarla una novela que, como se dicen ahora los modernos, seguiremos respetando dentro de cien años, tampoco me parece para tanto el desastre. Entretiene, a ratos, y pese a que no acabamos en ningún momento de comprender ni a unos ni a otros, nos queda la tranquilidad de saber que, aunque sea enfermizamente, hay parejas cuyos miembros están hechos el uno para el otro.


lunes, 14 de marzo de 2016

‘Farándula’ de Marta Sanz

Marta Sanz ha ganado el premio Herralde por este libro.

Marta Sanz ha recibido el Premio Herralde por este libro.

(Que no es lo mismo.)

Y la razón de que se lo hayan dado, el premio, el Herralde, a Marta Sanz, toda vez que se ha (hemos) (he) descartado que tenga algo que ver con la calidad de la obra en cuestión, ha de ser o bien de orden sexual o bien de orden amistoso. (¿He oído «o bien de orden comercial»?(1)) Será que abraza bien, que tiene una sonrisa bonita o tal seguridad en sí misma que levanta España ella sola. O será por contestataria. Igual es que le tienen miedo y prefieren pagarle alguna terapia. Insisto en que por el libro no es. Seguro. O casi. Insisto, también, lo siento, en que no lo ha ganado. Y aquí sí que no tengo dudas.

Me puedo equivocar, pero sería la primera vez.

Se supone que Farándula trata sobre el mundo del teatro y un poco del cine, algo de la televisión… Un grupo de gente prepara, con un presupuesto irrisorio que viene a dar una idea bastante aproximada de lo mal que está el panorama, una obra de teatro llamada “Eva al desnudo”. La obra está basada en la película del mismo nombre, película que, si no han visto, no sé qué coño hacen que no se la están bajando comprando. Los actores son una mujer que entra en la madurez, en cierto modo reconocida (dentro de unos límites bastante estrechos en que menea su farandulismo) y un tanto belicosa, como nos gusta imaginar a la propia Marta Sanz, También aparece la clásica jovencita alocada que quiere triunfar y que parece dispuesta a lo que sea para ello, incluyendo participar en un reality tipo mujeres hombre y viceversa. Otros actores, meros figurantes, interpretan papeles fácilmente reconocibles también en la película/obra de teatro en que se inspira la obra.

Marta Sanz reproduce, pues, un poco a su manera y otro poco también, el universo de miserias que ya en su momento evidenció Mankiewicz, lo que viene haciendo doblemente prescindible esta novela. 

Pero el problema no es este, al fin y al cabo hace ya tiempo (desde Shakesperare, más o menos) que dejamos de buscar originalidad en los argumentos de las obras que leemos. El problema es otro. El problema es el aburrimiento al que Marta nos somete página tras página a golpe de enumeraciones. No voy a perder el tiempo reescribiendo precisamente aquello que recomiendo no leer, pero baste decir que no veía tal cosa desde la etapa dorada de Joaquín Sabina. Sirva como ejemplo que mientras para unos la gente son nietos de toreros disfrazados de ciclistas, ediles socialistas, putones verbeneros, para otras la gente es

«[…] son maestras de niños huérfanos, niños huérfanos, campeones paralímpicos de natación, asesinos, la madre Teresa de Calcuta y el Papa del Palmar de Troya, violadores, viejecitas que viven solas y que nunca han roto un plato, científicos locos, trabajadores del matadero, especuladores, mujeres generosas que preparan grandes cenas y se quedan a velar a los pacientes de los hospitales, estudiantes desesperados, auxiliares de enfermería que te cogen la vena a la primera -¡benditas sean!-, traperos multados por la policía municipal, parados de cincuenta que parece que ya han cumplido setenta y nueve, actrices que dejan de trabajar por viejas pellejas, adulteradores de potitos, aceites y otros alimentos, maltratadores, conductores que atropellan a un chiquilín y se dan a la fuga, donantes de sangre, prestamistas, cofrades de semana santa, tasadores del precio del agua, sacerdotes pederastas, ateos filántropos, gitanos que se rompen la camisa en las bodas, lectores que estropean los libros y lectores que los dignifican, defraudadores, chóferes de coches oficiales que piden compasión…»

Y un largo etcétera. Tanto como 900 palabras más. Y esto, así, sin parar, casi página tras página, en un intento no sé si abarcarlo todo o demarcar demasiado.

Se olvida, Marta, de que la paciencia del lector no es infinita pero se olvida también de crear personajes que no sean meros arquetipos de las películas de otros (el joven galán triunfador que fracasa cuando descubre que tiene conciencia y decide politizarse frente a la vieja gloria que muere de hambre mientras espera el tan cacareado y tantas veces prometido Hogar del actor, proyecto de geriátrico subvencionado que nunca llegó); se olvida de dotar a su novela, no de un argumento, que lo tiene, sino algo que obligue al lector a leer, (y no me refiero necesariamente a una trama (2)) que lo invite a esforzarse o que directamente le prometa, aunque sea mentira, que al volver la página todo será diferente, que no se va a encontrar lo que sabe que se va a encontrar, que todo va a terminar como sabe que va a terminar, que oculta un as en la manga, Marta, o un conejo en su chistera.

A no ser, claro, que en realidad todo esto no vaya de cine y teatro sino de literatura, que lo que ocurre entre bambalinas sea fiel reflejo de aquello que ella conoce mucho mejor: jóvenes escritores con ese mal de altura que les lleva a mirarlo todo por encima del hombre; mujeres de cierta edad y reconocido prestigio ya un poco hartas de todo; superventas de éxitos que penden de hilos o meros espectadores, escritores con labia pero sin posibilidades a quienes sólo les quedan ya el postureo de fin de carrera literaria: 

«Natalia de Miguel mantiene otra conversación con su supuesta mejor amiga. Las dos, sentadas en posición de loto sobre la colcha rosa de una cama con dosel, se cogen las manos: «Tía, esta noche voy a tener una cita con Alb.» La amiga hace un mohín que, como es habitual -Valeria había empezado a comprender los tics, las sinestesias y los automatismos del programa-, se subraya por medio del ruido de la puerta con los goznes rasgados por el óxido: «¿Con Alb? Pero si es un chulo.» La mejor amiga se come las vocales a una velocidad vertiginosa. En ese mismo instante Alb se pone crema concentrando toda su atención en el bíceps de su brazo derecho. Natalia alardea de vocabulario: «Sí, tía, es un narcisista. Pero me encanta.»

Porque si esto así, si esto va de meter pullas y dar patadas y collejas y poner en evidencia las vergüenzas del gremio al que la propia Marta se adscribe mal que le pese y más desde que acepta regalías como esta, entonces sí le abrimos la muralla, la dejamos pasar y hasta le damos un beso en la boca por valiente, porque no hay acto más digno que mostrar la verdad que se oculta a la vista de todos y encima declararte culpable.

Bromas aparte y ya para terminar quiero decir, en mi humilde (es un decir) opinión, una novela es algo más que un nombre en la portada; que esa editorial no es lo que era y que un premio amañado ya no hace currículum. 






(1) Un par de semanas después de haber escrito (que no publicado) este post apareció en Jot Down una larga entrevista con la escritora en la que afirmaba lo siguiente:
«[...] para mí el Premio Herralde, sumado a una trayectoria de veinte años de escritura pública, ha sido completamente decisivo. Yo cuento en cada momento lo que quiero contar, lo que me duele y me inquieta, con premio o sin premio; a veces esas cosas no interesan. Y no llegan a un público grande. Sin embargo, otras veces eres capaz de sintonizar con un público más grande: ese ha sido el caso de Farándula y en eso soy muy consciente de que los premios funcionan como mecanismos de publicitación de textos, autores y editoriales.
En España… En España, sí. Los que fomentan las propias editoriales, sí. Los premios que no son a obra ya publicada, sí».

(2) A este respecto, Marta también se pronuncia (o justifica) en la ya mencionada entrevista:
«Lo que digo es que dentro de una sociedad neoliberal se explota extremadamente esa forma [la trama]. Esa forma, porque, como te decía antes, considero que todas las formas son ideológicas. La decisión estética de privilegiar la trama por encima de otros elementos narrativos, esa estrategia estética, es la expresión de una ideología neoliberal que busca la asequibilidad y la comercialidad de los textos. El reconocimiento por parte del lector, la familiaridad y el «no molestar».
[…]A qué le llamamos escribir bien, a qué le llamamos un narrador ágil, por qué escribir bien se asocia con ser un virtuoso constructor de tramas, en cuatro rasgos, con no ser informativo, con no hablar de política en la literatura, con ser expresivo y no explicativo.»

martes, 23 de febrero de 2016

‘Bajo el signo de Marte’ de Fritz Zorn

No sé qué nos mueve a leer ciertos libros, honestamente. No sé qué atractivo puede tener, si lo pienso fríamente, leer sobre las desgracias ajenas especialmente cuando alguna de esas desgracias está, como en este caso, tan absolutamente de espaldas a la ficción más consoladora. En el caso de Thomas Bernhard, de cuya autobiografía hablamos hace nada, está el atractivo que tiene el propio personaje, ese malditismo tan suyo y una prosa arrolladora que es como un huracán que lo arrasa todo. El caso de Zorn es diferente. Se trata de un joven burgués a quien un mal día se le descubre el cáncer que lo llevará a la tumba. El libro, de prosa corriente, funcional, es Zorn, un personaje con escaso o directamente nulo atractivo, buscando y encontrando culpables al mal que lo aqueja:

«[…] tal como yo nací, como ese niño que había sido, con el carácter que tenía, y los padres que me tocaron en suerte, y en el estrato social en el que había crecido, yo no fui feliz, sino que me volví neurótico y desarrollé un cáncer».

En ese plan.

Zorn nace en el seno de una familia acomodada de Zurich. Tan acomodada, de hecho, que el muchacho no necesita hacer absolutamente nada para tener la mejor de las vidas. Papi y mami parecen normales, gente con tanta pasta que no necesita hacer ostentación, de la que te besa en la mejilla sin llegar jamás al contacto. Lo mismo en sus relaciones sociales: qué rico todo, tenéis que venir por casa y tal. Papi ese de los que hace solitarios los fines de semana mientras mami lo mira con el aburrimiento que corresponde, pero sin expresar la mínima queja. Todo es política y socialmente no ya correcto sino directamente impecable: la burguesía sabe bien cómo ocultar el palo que lleva metido en el culo. Zorn dedica unos cuantos capítulos a detallar cómo de miserable fue (ahora que se está muriendo lo sabe mejor que bien) su vida en la que desde su ignorancia sobre cuestiones económicas o sexuales lo han hecho, o así lo juzga él, inferior, en el sentido que tiene no estar a altura de los demás. En su universo todo lo que es complicado se oculta y por ello todo tiende a una anormalidad indescifrable. Se mueven como los estorninos en un universo que carece de aristas.

«Cuando se trataba de emitir un juicio acerca de cómo se había apreciado algo, por ejemplo un libro, […] esperábamos que alguno diera el primer paso y dijera, por ejemplo, que lo había encontrado «hermoso». Entonces todos los demás también lo encontrábamos «hermoso», e incluso «bellísimo» o «espléndido». Pero si el primer orador hubiese dicho «no bello», nosotros también lo habríamos aprobado encontrándolo «nada hermoso» e incluso «horrible».

Y esto, así, siempre. Zorn es como ese compañero que todos tuvimos, ese que se sentaba en clase, generalmente en un extremo y no hablaba con nadie; que, quitando los saludos de rigor, lo inevitable, no aportaba nada; que no parecía especialmente listo, probablemente porque no lo era; que no parecía especialmente tonto, tampoco, si acaso reservado; que tenía sus propias lecturas, que no eran generalmente nuestras lecturas toda vez que los demás estábamos demasiado ocupados tratando de robarle un beso (de los constitutivos de delito) a una amiga (la de los brackets no, la otra, que no recuerdo ahora cómo se llama).

Lo que quiero decir con eso es que tal vez no sea, ese personaje, tan especial como Zorn quisiera ni su mal tal como para justificar el cáncer. Lo que sí es cierto es está magníficamente dibujado. Es lo que tiene la autobiografía; te permite alcanzar, incluso con muy poco talento, un detalle que muy pocos escritores pueden ofrecer a golpe de ficción. 

Lo mejor, sin duda, aparte del propio personaje, la crítica despiadada que hace el escritor de esa familia suya que es a su vez todas las familias como la suya, las de todo un estrato social. En ese sentido no se deja nada o no parece dejarse nada y no teme ofender a quien ahora odia mortalmente:

«¿Por amor a quién tendría que callarme? ¿Por amor a quién tendría que disimular la historia de mi vida? ¿A quién tendría que evitar sufrimientos con mi silencio?»

Bajo el signo de Marte es, en definitiva, la historia de un infeliz que un buen día descubre que TODO, absolutamente TODO, es mentira. Que la bondad, la inteligencia, el buen gusto, la educación… todo aquello que era la vida misma era en realidad nada más que cartón piedra mal coloreado, que tiene, para más inri, un huevo de pascua:

«Porque no puede existir un mundo exclusivamente feliz y armonioso; y si mi mundo juvenil fue un mundo nada más que feliz y armonioso, entonces tiene que haber sido falso y mentiroso en sus bases. Por tanto, intentaré formularlo de la siguiente manera: yo no crecí en un mundo infeliz sino en un mundo mentiroso. Y si algo es mendaz, la desgracia no se hace esperar mucho; viene por sí sola, naturalmente».

Ahí estamos: el cáncer.

«Toda mi vida fui bien educado y gentil y ésa es la razón de que desarrollara un cáncer. Y está bien así. Yo creo que cualquiera que haya sido toda su vida bien educado y cortés no merece otra cosa más que contraer un cáncer».

De lo que se deduce que el cabreo es monumental no, lo siguiente.

La culpa, pues, toda de papá y toda de mamá, que ejercieron mal. Y esto pese a saber, como sabe, que papá y mamá siempre, invariablemente, ejercen mal. Porque ser padre es ejercer mal, es hacerlo solo mal pese a querer hacerlo solo bien; es tratar de arreglar lo que no tiene arreglo estropeándolo todo inevitablemente más; educando a sus hijos de «manera totalmente equivocada», completamente fallida; provocando en sus hijos reacciones completamente opuestas a las pretendidas; siendo, siempre, decepcionado, una y otra vez; porque no se trata ya de que no exista ningún manual para ser un buen padre, es que es completamente imposible ser tal cosa. El padre es el enemigo. Al padre hay que matarlo. Un clásico, esto.

El problema de Zorn es que no quiso matar a su padre, pese a que su padre merecía morir más que muchos otros, hasta que fue demasiado tarde.

«Naturalmente, toda la educación que ellos [mis padres] me habían dado había tenido la única finalidad de ayudarme y de darme todo lo mejor que tenían. Ahora bien, ellos me habían dado lo peor que tenían, pero no podían saberlo».

Esto se traduce en que el sujeto, cuando llega a los treinta, descubre que ha malgastado su vida escuchando la música que no era ni tan siquiera la que a sus padres les gustaba sino simplemente aquella que había que escuchar porque la hoja parroquial la coronaba referencia ineludible del año. Y claro, bajón. Idem con los libros. Que, bueno, oye, podía ser peor. No es lo mismo abanderar canon a Bach que a Camela. Tampoco nacer en un suburbio que en la calle Princesa. Di tú que al final se trata de lo mal que lo lleves y Zorn lo llevó fatal.

«Yo no soy desgraciado «porque sí», yo no tuve «mala suerte», no soy infeliz por azar. Me han hecho infeliz. El hecho de ser desdichado no es el resultado de una casualidad o de un accidente, sino de una falta. No «sucedió», sino que fue producido; no es el destino, sino una culpa».

Y eso es todo. O casi, porque viendo que no se acaba de morir, escribe una breve segunda y una tercera parte en las que deja meridianamente claro que hoy sigue pensando lo mismo que pensaba ayer. Que lo comprende oye, que los padres que te tocan son los padres que te tocan y que menos mal que por lo menos tiene una herencia que le da para el seguro privado y algo más, pero que aun así me cago en la leche, que ya es mala suerte que después de pasarte media vida con depresión crónica vayas a morirte precisamente cuando puedes poner los Beatles a toda pastilla sin que te digan ni media.

De ahí el final, glorioso, de una mala hostia insuperable, de los que valen un libro entero: 
«Me declaro en estado de guerra total».

Y morirse, después.

Simplemente genial. El final, digo; el libro, simplemente bien.



«Me declaro en estado de guerra total».

Qué bestia.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Una reflexión en torno a ‘El origen’ de Thomas Bernhard

Leer un clásico o, como en este caso, aquello que puede llegar a ser un clásico (que lo será, que nadie lo dude, si no lo es ya) siempre es un problema a la hora de simplemente comentarlo, no digamos ya reseñarlo. Por un lado la certeza de que ya se ha dicho todo lo que se tenía que decir; de que se ha dicho más, incluso; que se ha dicho lo que se debía y lo que no se debía, se ha analizado hasta lo enfermizo. Una llega a estos libros ya un poco harto y medio de vuelta de todo. Sabes que te va a gustar. Lo sabes, claro que lo sabes, todos lo sabemos y por eso precisamente tardamos tanto el leerlo: porque nunca es el momento perfecto; porque nunca estamos preparados para leer un libro que sabemos de antemano perfecto, pues pesa como una losa el temor a no entenderlo, de tan bueno, o de no saber apreciarlo, de tan hartos que estamos de leer tanto el Ulises total para nada. Aceptémoslo: nunca será el momento perfecto. Tampoco es que importe, realmente, porque, entrando ya en materia -esto es, en El origen− lo cierto es que no eliges o no has elegido este libro para descubrir al autor o para conocer su infancia o para comprobar si realmente es tan bueno como dicen o como tú mismo recordabas de bibliografía anterior. Eliges este libro para ser feliz el tiempo que dure. Y de hecho ya llevamos el lápiz y los marcadores en el estuche de las opiniones preconcebidas por algo. Me juego un huevo y parte del otro a que dentro de la escala del uno al diez podríamos incluso acertar hasta la centésima cuánto nos va a gustar. Esto, con perdón de El malogrado que rompe esta regla de oro; de todos aquellos libros de Bernhard que todavía no he leído, siempre y cuando hayamos leído algo suyo, porque de todo hay en la viña del señor y yo les puedo hablar de gente, la he visto con mis propios ojos, que ha llegado a cierta avanzada edad sin leer una triste coma del puto Thomas Bernhard, que ya es triste también.

Y esto es así porque es así, no porque yo lo diga yo, de modo que no se me echen encima.

Mi experiencia personal es también algo tardía, de ahí el nivel experto, y sin tirar de listado estoy bastante seguro de no haber leído ni la mitad sus libros. Tal afirmación, una vez vomitada la parrafada anterior, me convierte en el gilipollas número uno de semana, pero esa es una etiqueta que luzco con una sonrisa que no nace tanto del orgullo como de la imagen que tengo de mí mismo en un sillón de orejas disfrutando de todo aquello que todavía me queda por descubrir. Saber que tienes todavía por leer los mejores libros de Thomas Bernhard es una paja que está dos niveles por encima del orgasmo habitual y de hecho yo acompaño siempre sus lecturas con un paquete de clínex a estrenar, porque nunca se sabe.

El origen es exactamente eso. La primera vez lo leí lo hice con escaso o nulo interés, creo que fue animado por una conversación con un viejo conocido. La segunda vez nació de una necesidad. No la necesidad de leer a Bernhard que es por sí misma una necesidad deliciosa, sino por la de hacer hueco en la estantería, ocupar el espacio con alguna otra cosa; por la necesidad, en definitiva, que quitarme de una vez esta espina odiosa del campo de visión.

El caso es que El origen representa, en mi humilde opinión y quedándome todavía tanto por leer del amigo B., uno de mayores acontecimientos literarios de, no sé, mi vida, por ejemplo. 

* * * * *

Vaya por delante que estas memorias no pretenden (que palabra tan fea, pretender) ser realmente una interpretación de lo que fue sino una recreación de aquello por lo pasé; esto es, no se trata del habitual ataque de nostalgia de hogares encendidos y fiestas de pueblo tan propio de jubilados y gentes de poco contar; no se trata de la enternecedora y soporífera exaltación de la infancia sino todo lo contrario: de una búsqueda implacable y enfermiza de la razones que han hecho de nosotros lo que ahora somos, una demostración de lo demoledora que puede llegar a ser ese fugaz instante de nuestras vidas:

«En este lugar tengo que decir otra vez que anoto o incluso sólo esbozo o indico sólo cómo sentía entonces, no como pienso hoy, porque el sentimiento de entonces fue distinto de mi pensamiento de hoy, y la dificultad es, en estas notas e indicaciones, convertir el sentimiento de entonces y el pensamiento de ahora en notas e indicaciones que correspondan a los hechos de entonces, a mi experiencia como alumno, aunque, probablemente, no les hagan justicia, en cualquier caso quiero intentarlo».

Como decía, esta obra es la infancia de Bernhard, infancia en tiempos de guerra, dicho sea de paso, con todos los horrores que eso supone; infancia en la que se desarrollaba, así de feliz, el niño Bernhard:

«La época de aprender y estudiar es, principalmente, una época de pensar en el suicidio, y quien lo niega, lo ha olvidado todo. Con cuánta frecuencia, y de hecho cientos de veces, anduve por la ciudad pensando sólo en el suicidio, sólo en la extinción de mi existencia y en dónde y cómo (solo o acompañado) cometeré ese suicidio, pero esos pensamientos e intentos suscitados por todo lo que hay en esa ciudad me volvieron a llevar, una y otra vez, al internado, al calabozo del internado».

Era, Bernhard, para más inri, un amado hijo de padres responsables

«[…] nuestros progenitores, como padres, cometieron el crimen de la procreación en tanto que crimen de causar premeditadamente la desgracia de nuestra naturaleza y, en común con todos los demás, el crimen de causar la desgracia del mundo entero, cada vez más desgraciado, exactamente igual que sus mayores, y así sucesivamente».

…que recibió una educación típicamente salzburguesa (de esa forma salzburguesa de ser que tienen tantas educaciones hoy en día):

«Los profesores eran sólo los ejecutores de una sociedad corrompida y, en el fondo, siempre sólo enemiga del espíritu y, por ello, eran igualmente corrompidos y enemigos del espíritu, y sus alumnos eran estimulados por ellos a convertirse en seres tan corrompidos y enemigos del espíritu como los adultos».

Si a esto le sumamos el idílico entorno en el que fue criado…

«Esa ciudad fue siempre para mí sólo una ciudad que me atormentó, y que, sencillamente, no permitió al niño y al adolescente que entonces fui la alegría y la felicidad y la seguridad, jamás fue lo que siempre se afirma de ella, por razones comerciales o simplemente por falta de responsabilidad, un lugar en el que un joven se encuentra bien y se desarrolla bien, incluso tiene que ser alegre y feliz, los instantes de alegría y felicidad que he vivido en esa ciudad pueden contarse con los dedos, y los he pagado muy caros».

…ya nos podemos hacer una idea aproximada de hacia dónde irán los tiros. Exacto: a la nuca. 

No todo está perdido. Tal vez para Salzburgo no quepa la esperanza, pero sí para el conjunto de la sociedad si se atiende a una serie de normas básica muy sencillas tipo esta:

«La sociedad tiene que cambiar su sistema de enseñanza si quiere cambiarse, porque si no cambia y se limita y, en gran parte, se suprime, pronto llegará a su ineludible final. Pero el sistema de enseñanza debe cambiarse básicamente, no basta con cambiar algo una y otra vez, aquí y allá, todo debe cambiarse en nuestro sistema de enseñanza si no queremos que la Tierra esté poblada nada más que por seres antinaturales y destruidos y aniquilados por su antinaturaleza».

Francamente, no se me ocurre modo alguno de disculpar (me, también) la no lectura (en condiciones) de esta obra, de verdad que no. No acabo de entender, de hecho, qué hago yo aquí escribiendo ni que hacen ustedes ahí prestándome atención cuando podríamos ambos estar haciendo cosas mucho más interesantes tipo leer compulsivamente a este señor. 



«Porque realmente todo lo que hay en mí se refiere y se remonta a esa ciudad y a ese paisaje, ya puedo hacer y pensar lo que quiera, y cada vez tengo conciencia más viva de ese hecho, un día tendré una conciencia tan viva de él que, por ese hecho como conciencia, pereceré. Porque todo lo que hay en mí está a la merced de esa ciudad que es mi origen».



miércoles, 13 de enero de 2016

‘La ley del menor’ de Ian McEwan

He aquí otro ejemplo perfecto para ilustrar el habitual servilismo de los medios y las mitades: Ian McEwan saca novela y antes de volver a meterla ya está entre lo mejor del año. Porque no son dos ni tres los que hablan de su magnífico hacer y el largo etcétera habitual. Estamos en tiempos de listas; es fácil de comprobar.

El caso es que uno pica (porque pica, sí, porque uno es humano también y quiere creer que tal cosa –otra obra maestra, aunque sea menor− es posible por más que estamos en tiempo de mejores sentimientos, que yo también me noto en exceso complaciente) y lo busca y lo lee. Sobre todo lo segundo. 

Y uno no entiende, una vez más, si es él (que no sería la primera vez) o qué. 

Yo se lo digo: qué.

Les cuento la historia. Acabo enseguida.

La protagonista es juez de familia, ya saben, de esas que administran odios y amores, reparten custodias y gestionan conflictos maritales. Es, no podía ser de otro modo, una gran profesional (Ian hace auténticos esfuerzos para obligarnos a quererla): templada, sensata y justa en extremo. Se nos pone como ejemplo de virtud la decisión de separar unos siameses que ven amenaza su integridad si no ponen fin a su unión. Sentencia ejemplar y remordimientos (al fin y al cabo salvar a uno supone matar a otro) nos muestran una mujer adulta, íntegra y dura como el plomo pero también humana, sensible y con un alto grado de empatía.

Lo dicho: la querremos. Esa es la primera trampa.

La segunda la pone su marido. 

La novela comienza con una discusión en la cocina. Ellos dos, solos (no tienen hijos, por cierto; demoraron la maternidad más allá de lo razonable usando la excusa de sus respectivas carreras, sobre todo la ella). Él le dice que ha conocido a una mujer, que quiere tener una aventura con ella, que lo suyo está más bien dormido, que han entrado en una edad, verdad… Si total ya casi son como hermanos, qué más le dará a ella que otra se la chupe. 

—¿Qué quieres, Jack?
—Voy a vivir esta aventura.
—Quieres el divorcio.
—No. Quiero que todo siga igual. Sin engaños.
—No lo entiendo.
—Sí lo entiendes. ¿No me dijiste una vez que los matrimonios que llevan muchos años casados aspiran a ser como hermanos? Hemos llegado a ese punto, Fiona. Me he convertido en tu hermano. Es agradable y bonito y te quiero, pero antes de caerme muerto quiero vivir una gran relación apasionada.

Total, que él quiere las ventajas del amor y del matrimonio y a ella no le hace maldita la gracia verlo picar de flor en flor y encima tener que hacerle la cena y hasta felicitar su hombría. MacEwan simplifica al marido hasta hacer de él poco más que una ameba con pene. 

Esa es la segunda trampa. Hubiera sido mucho más interesante (y por descontado difícil) desarrollar el argumento del macho y convencer al lector de las virtudes de tamaña oferta pero en cambio se opta por tomar partido por la buena de Fiona en todo momento, llegando al despropósito de hacernos creer que cambiar la cerradura de la puerta escasas diez horas después de haberse quedado sola en casa (no es mucho spoilear decir que su marido sale a tener esa aventura igualmente) es un acto irreflexivo y cruel y una señal, no tanto de debilidad como, insisto, un gesto que la humaniza más allá de toda duda razonable.

No importa. A estas alturas Fiona ya lo es todo para nosotros. Y canta tan bien…

Entonces llega el conflicto. Y el despropósito. Es la tercera trampa.

Niño menor de edad por escasos tres meses tiene leucemia y necesita transfusión. Es testigo de Jehová. Sus papis no quieren, él no quiere. Transfusión, caca. Es un mártir. O eso pretende. La cosa pinta fatal. Es ahora o nunca. Ella, ante la duda, lo visita, por aquello de ver si parece lo bastante listo como para tomar la decisión por sí solo y acogerse a no sé qué precedente. El chico parece listísimo. Y digo “parece” porque realmente no hay en todo el capítulo ni un solo momento que invite a pensar semejante cosa más allá de la permanente aseveración de Fiona, que ha caído rendida a los pies de una abnegación que confunde con fuerza de voluntad. Con todo, tomará la decisión que ya suponemos, dejando con esto meridianamente claro que no había maldita necesidad de visitar al muchacho, lo que pone nuevamente (y van…) en evidencia las costuras del relato. 

La cuarta trampa no se la cuento pero sepan que tiene que ver con una suerte de amor que viene de ninguna parte y a ninguna parte va.

La novela, por cerrar el despropósito, trata no sé muy bien de qué. A ratos parece una reflexión sobre el amor adulto, ya cercano a la vejez; a ratos sobre la justicia social o la complejidad de dirigir un tribunal familiar; a ratos una reflexión en torno a la religión y sus extremismos; a ratos sobre la pérdida o la desorientación o sobre la necesidad de algo indefinible que puede tener que ver con no saber envejecer.

Maldito si lo sé. 

La novela es de un snobismo tal que parece un guión de Woody Allen y los personajes son tan planos y previsibles, y en algunos casos tan vacíos, que da como grima pensar que alguien ha dedicado un año de su vida a diseñarlos. No hay lugar a debate, no hay lugar a conflicto, no hay escenas creíbles ni diálogos memorables. No hay nada, en definitiva, que haga pensar que esto merecía salir en lista alguna, a no ser, claro, que quienes lo fuerzan estén realmente agradeciendo un ejercicio de prosa tan elegante (en el sentido de correcta) como breve.

Una pérdida de tiempo, en definitiva.




martes, 13 de octubre de 2015

Breve nota de urgencia sobre ‘Risa en la oscuridad’ de Nabokov

Hay una cosilla, una insignificancia, que me viene ocurriendo desde… bueno, realmente desde siempre pero que últimamente, no sé bien la razón, me tiene medio trastornado o algo trastornado o simplemente me apetecía sacarlo a colación. Se trata de esto: cuanto menos tiempo dedico a una reseña, cuanto más a vuelapluma va, (cuanto más breve es, también), más visitas tiene. Esto viene a cuento de un post anterior, una pequeña chorrada sobre el mercadeo crítico que hay en este país (ya supongo que en otros también, pero uno habla de lo que conoce) que, sin romper baraja alguna, tuvo un inesperado número de visitas (pese a ser agosto históricamente, y con diferencia, el peor mes del año para dedicarse a esto del blog). 

De ahí que lo de hoy vaya como Breve Nota de Urgencia (invento menudo que sirve de excusa para no perder mucho tiempo con una reseña pero evita dejarla pasar, que es algo que hago mucho últimamente). 

Y, bueno, nada, aquí estamos. 

NABOKOV.

No dejo de tener la impresión de que a Nabokov se le lee siempre mucho menos de lo que merece. Y yo el primero. Quitanto lolitas, cursos de literatura, este de hoy y alguna cosilla más, apenas lo he leído. Es un escritor que nunca tengo en cuenta en mis elecciones y creo que es algo que tiene mucho que ver con el boca a boca. Es decir, parece que si nadie nos recuerda que Nabokov existe, Nabokov no existe

Realmente no parece muy justo condenarlo al ostracismo, angelito, sólo por haber escrito esa pequeña obra maestra que es Lolita; que parece que no haya hecho otra cosa que lolitas. Nabokov es mucho más. Es, por ejemplo, un señor al que no le gustaba Dostoievski, que ya no está mal, tampoco, como logro.

Respecto a libro que nos ocupa (y por evitar que esta breve nota pierda tal condición) sería muy fácil convencer a cualquiera que tenga un poco de gusto de lo acertado de afrontar su lectura. Bastaría con poner su “famoso” comienzo:

«Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre. Éste es el cuento, en suma, y podríamos haberlo dejado aquí si no fuera por el interés y el placer de narrarlo. Pues aunque basta el espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre, los detalles siempre se agradecen».

¿Les he convencido? ¿Han anotado ya el librito en su libretita, en su hojita de cálculo, en su tablita dinámica? ¿Sí? Bien. ¿No? Mal. Tienen un problema. Resuélvanlo. 

Risa en la oscuridad es la demostración de que cualquier historia, cualquiera, la más insignificante historia de amor del mundo, puede acabar en obra maestra. Pero esto ya lo sabíamos. Nabokov, simplemente nos lo recuerda. Otra vez. De acuerdo, tal vez sea exagerado hablar de obra maestra (sin duda lo es pero aquí nos gusta exagerar) pero no cabe duda que estamos frente a una magnífica novela. 

Risa en la oscuridad es la historia de un imbécil, casado y con hija, que un buen día se enamora de una hermosa zagala que resulta ser una cazafortunas. 

«[…] mientras permanecía junto al lecho, fijos sus ojos en aquella cara pueril de labios rosados y coloreadas mejillas, Albinus rememoró la primera noche que pasaron juntos y pensó, con horror, en el futuro al lado de su esposa, pálida y desvaída. Ese futuro se le antojaba como uno de esos largos y polvorientos corredores a cuyo fin encontramos una caja claveteada o un cochecito de niño, desvencijado.».

La linda putilla lo tiene bien pillado pero quiere más. Lo quiere todo. Un día a esa alma cándida e inocente se le escapa (o eso dice) una nota que intercepta la mujer del susodicho que no podrá por menos que abandonarlo dejando así vía libre para que la mala pécora se meta en el lecho conyugal a esperar el prometido divorcio que no acaba de llegar porque los hombres son como son y las mujeres ya ni te cuento. Las cosas se complican cuando llega Rex, un viejo amante de la bicha, más bicho que ella, todavía, si acaso tal cosa es posible, que se las arregla para ser el nuevo inseparable mejor amigo de nuestro memo favorito. 

«Rex era apto para hablar sin cesar, infatigablemente, inventando historias acerca de amigos no existentes y proponiendo a la mente de su interlocutor reflexiones no demasiado profundas, disfrazadas por un estilo de oropel. Su cultura era dudosa, pero su mente, astuta y penetrante, y aquella pasión por embromar a sus semejantes equivalía casi al genio. Quizá lo único de real que había en él radicaba en su convicción innata de que todo cuanto había sido creado en el terreno del arte, de la ciencia o del sentimiento era tan sólo un truco más o menos inteligente».

Sospechamos, mientras leemos, que tal sendero sólo puede acabar en desastre y no nos equivocaremos.

Hasta aquí, nada especial, si acaso el goce de leer a Nabokov, que es puro dejarlo a uno con la boca abierta. A partir de aquí, todo.

Esta es una historia de amor sin amor (les reto a encontrar un solo personaje enamorado) que nos llevará por el tortuoso camino de la infidelidad y que nos regalará algunas escenas realmente memorables —escenas que me voy a guardar por el respeto que les tengo y por aquello de no estropearles la sorpresa— que recuerdan a aquella interesante película de Kim Ki-duk llamada (o traducida como) Hierro 3). 

Denme una escena, una sola escena pero que sea inolvidable y me tendrán para siempre rendido a sus pies. Bueno, pues esta novela la tiene. Pero no se la puedo contar.

En Risa en la oscuridad se sufre mucho (¿acaso puede haber mayor felicidad?). Sufren los personajes, y sufrimos nosotros, lectores ávidos de sangre y crueles y sangrientos actos de venganza. Se sufre por los unos, los otros y los de más allá. Y se le revuelve a uno el estómago frente a lo despreciables que son todos y cada uno de esos seres inhumanos y sin embargo no deja uno de enamorarse, en cierto modo, del primero al último de ellos, aunque tal vez por las razones equivocadas o con ese amor que tiene poco de amistoso y mucho de interesado y que resulta ser el verdadero motor de la novela.



lunes, 29 de junio de 2015

‘Sumisión’ de Michel Houellebecq

«La idea asombrosa y simple, jamás expresada hasta entonces con esa fuerza, de que la cumbre de la felicidad humana reside en la sumisión más absoluta».

No estaba entre mis planes reseñar a Houellebecq. Demasiados son ya los que reseñan/hablan a/de Houellebecq. Prueben a buscar en google Houellebecq + sumisión y prepárense para la paliza de su vida. Abc, El país, El Cultural, 755 blogs y doscientos diarios la mitad de los cuales se hacen eco de lo mismo: la polémica, un tanto forzada, que acompañó el estreno de la novela, como si tal cosa (la polémica, no los atentados que fueron noticia) no fuese la dinámica habitual en cada publicación del autor. Esa envidiable ilusión infantil, eternamente inocente, de la prensa.

Al tema.

Sumisión es un what if? en toda regla que plantea lo siguiente: en 2022 el candidato de un partido político llamado Fraternidad Musulmana gana las elecciones. Islam en el poder. Los fraternales pactan con los socialistas (que menudos son) llegando a un ventajoso acuerdo. Probablemente el más ventajoso acuerdo al que puede llegar:

«Las negociaciones entre el Partido Socialista y la Hermandad Musulmana son mucho más duras de lo previsto. Sin embargo, los musulmanes están dispuestos a dar más de la mitad de los ministerios a la izquierda, incluidos algunos claves como Finanzas e Interior. No tienen divergencias acerca de la economía, ni tampoco respecto a la política fiscal; no las hay tampoco sobre la seguridad, y además, contrariamente a sus socios socialistas, tienen los medios para hacer que reine el orden en los barrios del extrarradio. Hay algunos desacuerdos en política exterior, desearían que Francia condenara a Israel con mayor firmeza, pero eso la izquierda se lo concederá sin problema. La verdadera dificultad, ahí es donde están encalladas las negociaciones, es la Educación. […] quien controla a los niños controla el futuro, punto final». 

La educación como instrumento. Esto es un clásico: que si viejas costumbres, que si los valores (¡valores!). Que levanten la mano los que estén hartos de escuchar el sonsonete de yo en la iglesia no creo pero me gustan los valores que transmite para justificar su participación en este festival de sotanas que es la asignatura de religión. Y ya tenemos excusa para llenar (sí, LLENAR) las aulas y las iglesias de confirmandos. Y de ahí al cielo: «La sub-población que cuenta con el mejor índice de reproducción y que logra transmitir sus valores triunfa», se dice en algún momento de la novela. Quiera Dios que no. 

Y esto es un poco Sumisión. Bueno, esto y otras cosas.

Se critica esta novela por muy diversas razones, entre ellas no desarrollar un discurso o una trama creíbles. Cierto. No lo hace: no es creíble lo que cuenta, pero eso es porque lo que cuenta suena a despropósito inexplicable. Además, tampoco lo intenta (no, al menos, con especial ahínco). Esto pasa por tomarse las cosas demasiado en serio; por creer que se trata de un discurso realista, una advertencia literal y no un juego para adultos que necesariamente ha de contar con complicidad de los mismos.

Aquí un ejemplo: en un momento determinado de la novela, al poco (muy poco, demasiado poco) de ocurrir lo que comentábamos más arriba, el protagonista sale a la calle y descubre que algo ha cambiado. En un primer momento no sabe qué es, ni sabe exactamente cómo ha podido llegarse a ese extremo, pero ahí está, es una evidencia ante la que hay que rendirse.

«[..] la vestimenta femenina se había transformado, lo sentí de inmediato sin lograr analizar esa transformación; el número de velos islámicos apenas había aumentado, no se trataba de eso, y me llevó casi una hora de vagabundeo comprender, de golpe, qué había cambiado: todas las mujeres llevaban pantalones. La detección de los muslos de las mujeres y la proyección mental reconstruyendo el coño en su intersección, proceso cuyo poder de excitación es directamente proporcional a la longitud de las piernas desnudadas, eran en mí tan involuntarias y maquinales, genéticas en cierta forma, que no había tenido conciencia de ello inmediatamente, pero ahí estaban los hechos: los vestidos y las faldas habían desaparecido».

Esto nos lleva a otra de las recriminaciones que se le hace a Sumisión: la no defensa de la mujer. Que si menudo machista-sexista el Houellebecq, que las denigra, las minusvalora, etcétera. Es una acusación llamativa que me lleva a pensar que no se ha entendido (o no se ha querido entender) la novelo o que no se ha leído en la clave que parece haber sido escrita, que tampoco sería la primera vez que un escritor defendiese exactamente lo contrario que su protagonista. 

Para llamar la atención hay que exagerar y a Houellebecq esto (y polemizar) se le da fenomenal. Conviene tenerlo claro: Sumisión es pura exageración. Es por ello que en esta novela la mujer es poco más que un trapo. Ha de serlo ya que en cierto modo son la mujer y sus derechos adquiridos la clave de la novela y, de hecho, es esta repentina, inexplicable o directamente imposible sumisión al macho lo que demuestra su importancia en el curso de los acontecimientos. Quiero pensar que la mujer, con su voto, sería, en cierto modo, ¿la única? que podría evitar este retroceso cultural con el que tantos fantasean secretamente. Resumiendo: para que lo propuesto por Houellebecq sea posible se exigen ciertos sacrificios.

Quítale el derecho al voto, a la mujer, y ya tienes arraigo de costumbres; quítale el derecho al trabajo, acaba con el desempleo. Quítale todo, métela en tu cama, vuelve a ser dueño y señor de tu castillo. ¿Quién dijo progreso? ¿Quién dijo miedo?

Ah, la sumisión, ese placer.

Sumisión es, por extensión, la fantasía erótico-festiva de un hombre de clase media que reconoce que, más allá de progresismos varios, la idea de un universo machista y polígamo no estaría tan mal. No me digan: una de treinta en la cocina y una de quince en la cama. Al llegar a casa zapatillas, gin-tonic, mamada y la confirmación, certeza en mano, de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

Si me lo preguntan: veo Sumisión como un elogio, no sé si intencionado o no, a la mujer, pero sobre todo lo veo como un ejercicio sano (y duro, también) de sinceridad que plantea la siguiente cuestión: ¿estamos, como queremos dar a entender, realmente tan en contra de la deriva conservadora que parece haber tomado Europa o tal vez vemos en esto una oportunidad para devolvernos ese status que merecemos, ese que un día tuvimos?

«Había que rendirse a la evidencia: llegada a un grado de descomposición repugnante, Europa occidental ya no estaba en condiciones de salvarse a sí misma, como no lo estuvo la Roma antigua en el siglo V de nuestra era. La llegada masiva de poblaciones inmigrantes impregnadas de una cultura tradicional marcada aún por las jerarquías naturales, la sumisión de la mujer y el respeto a los ancianos constituía una oportunidad histórica para el rearme moral y familiar de Europa, abría la perspectiva de una nueva edad de oro para el viejo continente. Esas poblaciones eran a veces cristianas; pero por lo general, había que admitirlo, eran musulmanas».
Por cerrar este episodio diré que he disfrutado mucho con esta Sumisión. Pese a su estructura clásica de diario de protagonista y sucesión de oportunas entrevistas, una suerte de documental novelado, creo que plantea interesantes cuestiones, más de carácter íntimo que político, amén de no resultar aburrida en ningún momento, algo que nunca agradecemos lo suficiente.



martes, 5 de mayo de 2015

‘La vida equivocada’ de Luisgé Martín

Al grano: La vida equivocada suena a repetición. Suena a ya leído no menos de un par de veces. Suena a falta de ideas, o de argumentos; suena a monotema y a runrún de la maquinita de fabricar libros en serie. Suena, también, a exceso de algo, de confianza, por ejemplo.

Y eso que tengo a Luisgé Martín por uno de los mejores prosistas de la literatura española actual. Libro que saca Luisgé, libro que se lee servidor. Y todos, todos (los cuatro que he leído, al menos, a excepción de (obviamente) el primero) los empiezo con la misma ilusión, con el mismo entusiasmo, ese entusiasmo de quien se reencuentra con un viejo amigo. 

Leo a Luisgé por el placer, inmediato placer, que me proporciona la forma que tiene de contar las cosas. Y eso es algo que no me ocurre con todo el mundo. De hecho no estoy seguro de que me ocurra con ningún otro escritor de este país.

Y a pesar de esto hay algo en Luisgé y más concretamente en este libro, que me irrita profundamente. Se trata, ya lo he dicho, de una pasmosa falta de escrúpulos a la hora de plagiarse a sí mismo (y algo más).

Me explico.

En La mujer de sombra, novela de la que ya hablamos en su momento (aquí), se trataba con detalle la cuestión sexual; concretamente la obsesión de un hombre y su descenso a los infiernos, entendiendo como infierno la rama más perversa y despreciable de cuantas se conocen: aquella que afecta a la infancia. No quiero entrar en detalles, no lo hice en su momento para evitar spoilers y no lo haré ahora exactamente por lo mismo, pero tampoco quiero dejar de señalar que ya en su momento me pareció un atrevimiento digno de elogio que es escritor tratase tan peliaguda cuestión con la normalidad con que lo hacía Luisgé, provocando lo que en mi opinión hace de la La mujer de sombra un artefacto más que interesante: un estilo elegante que contrastaba con las atrocidades de las que, poco a poco, íbamos siendo testigos.

Tiempo después Luisgé volvió con una novela llamada La misma ciudad, de la que también se dio en este santo blog cumplida información. En esta ocasión un hombre corriente y moliente con querencia a lo insustancial decide en un momento equis dar un giro radical a su vida, rompiendo absolutamente con todo (familia, trabajo, etc) para partir de cero a los tan difíciles cuarenta. Sé que me perdonarán la autocita: «Supónganle mil aventuras, amores, amantes y ruina moral, de la buena, de la que fortalece el alma (o así lo creía él). Se le hace el seudónimo famoso a golpe de poema y forja una leyenda de escritor huraño. Más amores, más amantes, tirarse de un puente, follarse un maromo y una pizca de obra social». Y poco más. La novela, breve, era la biografía apresurada de un momento muy concreto de un muy concreto don nadie venido a más. 

Nuevamente una excelente narración aunque la historia quedaba lejos de su anterior trabajo. 

* * * * * * *

Ahora presten atención al argumento de la novela que hoy nos ocupa:

Luisgé-narrador, conoce, a eso de los dieciocho años y en un taller de escritura a Max Leopardi, un más que atractivo y en apariencia prometedor joven con el que vivirá una pequeña aventura de corte sexual y de quien se enamorará perdidamente, hecho que descubrirá tras la ruptura. Se conocerán, se arrimarán, se separarán. Años después Leopardi reaparecerá, enfermo, afeado, siendo apenas una sombra de lo que fue, para pedirle a Luisgé que lea un manuscrito de una novela que se ha tirado diez años escribiendo. Por las razones que sean, Luisgé recuperará la amistad con Leopardi que le contará la historia de su vida, historia que el escritor comparte con nosotros.

Hasta aquí todo normal. 

Max, como tantos otros, cree haber nacido para tener éxito, ya sea como escritor ya sea como sea, pero el azar parece tenérsela jurada a su familia. Toda su vida es un ir y venir, un ir dando tumbos sin llegar tener nunca realmente nada a qué aferrarse. Su infancia será un permanente cambio de domicilio hasta que su padre muere en un accidente de avión en el que no se sabe muy bien qué pintaba. Después, más tumbos: fantasea con la revolución, se prostituye, vive (sin vivir realmente ninguna) dos vidas muy diferentes: la del lujo y la de la miseria. 

La historia de Max es la historia de un fracaso que no es tanto un fracaso como el resultado de su falta de iniciativa, de interés en otra vida que la regalada.

La segunda parte de la novela nos habla (por razones que no puedo desvelar) de la vida de Elías, el padre de Max, un verdadero fracasado («Su objetivo no era acumular riqueza, sino hacer algo memorable que quedara en los anales de la Historia»). Prefiero no entrar en detalles, por razones harto evidentes (hay un misterio y conviene andarse con ojo no vayamos a descubrirlo) pero conviene tener claras dos cosas que, sin bien no son defectos (ni mucho menos), sí son, para el seguidor de Luisgé, una razón más que suficiente para desconfiar. Elías no es buena gente. Elías, en un momento dado y al igual que al protagonista de La misma ciudad, se le presenta la oportunidad de volver a poner el contador a cero, vivir otra vida, tal vez mejor, tal vez no. Eso una. La otra es que a Elías le gustan las niñas bien niñas:

«La niña lo examinó inquieta, y al levantarlo para mirar el festón dejó a la vista los muslos, las bragas blancas. Elias sintió un mareo y tuvo que entrecerrar los ojos. La sangre le enrojeció el rostro, primero, y le hinchó la verga, después. Alargó la mano con miedo para acariciar la carne de la niña y metió enseguida el dedo índice dentro de las bragas, levantando la goma elástica. Al rozar los labios de la vulva, resolló: el aire le raspó la tráquea. Elena permanecía quieta, estremecida, sin entender qué estaba ocurriendo. En los alrededores no había nadie, pero a partir de un determinado instante Elias perdió la atención y abandonó la vigilancia. Todos sus sentidos se concentraron en la yema del dedo, en las falanges que había introducido dentro del sexo de la niña y que movía con suavidad, tratando de no hacerle daño. Ella había comenzado a llorar en silencio».

Una vez más somos testigos de repugnancias de corte sexual como una excusa (pareciera la única) para viajar al lado oscuro del ser humano y otra vez hombres huyendo de sí mismos y ya no sabe uno si está leyendo la versión definitiva de algo -si lo que ha leído en el pasado era algo así como un escritor haciendo dedos, preparando la novela definitiva-, o si no es nada más que más de lo mismo.

Amén de esto, que no pasa de ser condenable en la medida que pueda serlo el hecho de que un escritor se empeñe en escribir siempre el mismo libro (que ya no está mal), está aquello que tiene que ver con el estilo. Luisgé, a quien (les recuerdo) he considerado hasta ahora uno de los mejores escritores de su generación, se lleva a sí mismo al extremo, se exagera hasta lo barroco y en su afán de (supongo) dar profundidad a los personajes los acaba metiendo en un pozo: «Desarrolló una filosofía extravagante y pragmática hecha a su conveniencia: la perversidad no radica nunca en el acto, sino en sus consecuencias». Da la impresión de que cada acto de cada uno de ellos tuviera que ser justificado previamente, como si fuera necesario dar una explicación o buscar la perfecta comparación no consiguiendo con esto otra cosa que interrumpir la narración demasiadas veces: «Es posible que la idea renovada de la prosperidad y del éxito que Elias alcanzó en la última parte de su vida comenzara en ese trance; es posible que fuera entonces cuando se dio cuenta de que es la excelencia la que conduce siempre al fracaso o de que, en el reverso del espejo, la insignificancia puede ser el mejor camino hacia la felicidad». En resumen: acumula, la novela, demasiada sentencia, aforismo, demasiad lección: «Aunque no lo admitimos nunca, la medida de nuestra desventura es siempre la desventura de los otros» y el resultado es, como bien decía Suau en El Cultural, un cierto acartonamiento

Resultado: se hace cansino, Luisgé, en La vida equivocada

Lo pueden poner en la faja de su próximo libro.


jueves, 19 de marzo de 2015

‘Las inviernas’ de Cristina Sánchez-Andrade

En esta novela hay leiras, lareiras, carreiros, corredoiras, mucho tojo, mucha vaca, mucho ambiente cerrado, mucho pacto de silencio.

Lo rural. Lo rural gallego, nada menos. Esto es, aquí al ladito. Años cincuenta, años sesenta. Esto es, hace nadita.

Viendo la insistencia, parece que lo rural, más que una moda, ha venido para quedarse. 

Pero estoy divagando. 

El tema: dos mujeres dos llegan a una aldea. Se las conoce como Las inviernas. Y se las conoce porque hace tiempo, muchos años, como veinte o treinta, siendo una niñas, ya vivían en el pueblo, en ese pueblo, pueblucho, con su abuelo, abuelito querido, abuelito lindo y bueno, abuelito que un día, justito antes de morir, las sacó de allí con cierta precipitación no les fuera a pasar algo. Ellas… bueno, hicieron lo que se les dijo: huyeron, emigraron, vivieron el Londres, trabajaron, volvieron a Galicia, acumularon secretos y hoy, tanto tiempo después, han vuelto al hogar dulce hogar, al monte, a casa del abuelo sin abuelo.

Acumularon secretos, dije. Sí que lo hicieron, sí. Conviene recordarlo.

Mujeres con secretos llegan (tal vez buscando refugio; seguramente buscando refugio) a pueblucho de mierda plagado de infelices habitantes secretos y soportando lo que parecen sentimientos de culpa por algo que ocurrió hace tanto tiempo. Casi parece Infierno de Cobardes. Bromeo. Las cosas no van, ni remotamente, por ahí.

«PASARON una mañana como el susurro de un avispón, más rápidas que un instante.
Ellas.
Las Inviernas.
Los hombres doblados sobre la tierra se enderezaron para observar. Las mujeres detuvieron las escobas. Los niños dejaron de jugar: dos mujeres con grandes huesos cansados, como irritados de la vida, atravesaban la plaza del pueblo.
Dos mujeres seguidas de cuatro ovejas y una vaca de andar balanceado que tiraba de un carromato cargado de bártulos.
Al final de un carreiro que zigzagueaba entre nabizales, seguía estando la vieja casa del abuelo —también su casa—, ahora cubierta por las ramas de una higuera.
         […]
Llovía, y se metieron dentro.
Ellas y las bestias.
Barrieron el suelo. Arrancaron las telarañas. Colocaron los bártulos que traían. Hicieron una sopa. Menguó la luz y aumentó el frío.
        […]
Una se sentó junto a la otra y le dijo:
—Estaremos bien.
La otra contestó:
—Sí.
Y pasaron el rato sorbiendo la sopa, enfrascadas en aquella conversación.
—Estaremos bien.
No era temor. Acaso una sospecha, una rara intuición.
—Estaremos».

Arranca, la novela, así. Y oye, bien; oye, muy bien: prosa seca, directa, sin artificios, un poco Agota Kristof, un poco Cormac McCarthy… Bien. En general, el resto más o menos así también, tirando a menos: ni tan seca, ni tan directa, ni tanto tiempo como uno quisiera.

Las nenas, señoras ya, se aclimatan, se toman su vuelta en serio: pasean la vaca, pasean las ovejas, van a misa, pasean ellas, recordando, claro, que es todo volver al pueblo y darse a recodar que si esto lo otro o lo de más allá.

La novela avanza, se siente, se recrea en esos recuerdos, nos habla de los vecinos: el profesor, el cura, el mecánico dentista: que si uno se ha casado porque sí, que si el otro era un egoísta, que si el de más allá se dedicaba a robar dientes a los muertos. Los gallegos son gente de costumbres. 

Y el abuelo: el abuelito comprando cerebros en vida, ejemplar inversión frankensteniana a largo plazo. Y todos felices, vendiendo sus cerebros. Y todos amargados, sabiéndose vendidos. Y todos enfadados, acumulado el rencor.

Y hasta aquí puedo leer.

La novela se sostiene sobre dos o tres misterios: quiénes son Las Inviernas, a qué viene ese nombre, qué cosa tan terrible han hecho Las inviernas para tener que venir a refugiarse al pueblo, qué cosa tan terrible ha hecho la gente del pueblo para tener ahora que andarse con miraditas de labriego suspicaz.

«Nadie sospecha nada de lo nuestro. Somos jóvenes, hemos cruzado fronteras, ríos, puentes, ciudades, hablamos inglés, hemos visto el mar y hemos hecho cine. ¿Qué vamos a estar, aquí escondidas como las chinches y cerradas al mundo, con magníficos secretos en nuestro interior, como este cajón que no se quiere abrir?»

Pero lo cierto es que no ocurre nada destacable en la novela fuera de darle veinte vueltas a lo mismo y por más que se lea con cierta interés y sintiendo cierta curiosidad por ver cómo esas mujeres se las van arreglando en un ambiente tan hostil como aquel, por descubrir qué misterios son esos de los que tanto se habla; por ver qué especímenes son aquellos —especímenes prefabricados pese al esfuerzo por crear personajes originales— a los que se les da una importancia, se les presta una atención, se les dedica un tiempo que no queda ni remotamente justificado una vez terminada. Esa sensación, permanente, agotadora, de que se escribe para dar salida a una vocación, para publicar, nada más; de que se escribe para satisfacción personal, con un nivel de exigencia mínimo, con un nivel de esfuerzo mínimo para total no escribir nada más que una novela de misterio con resolución final, al más puro estilo Colombo, no vaya el lector a quedarse con dudas, con lo que eso duele. Ese tufo a convencionalismo. 

Y el tiempo pasa. El tiempo siempre pasa. En la novela también. Y porque no sólo de misterios vive el hombre es por lo que las cosas se complican, todo para darle a la novela, la novela de misterios, un poquito de argumento de vida cotidiana:

«[…] algo se había torcido en el universo en el que tan cómodamente habían vivido hasta entonces las dos mujeres. Por el aire flotaban signos de una tensión doméstica y secreta. Ya no eran las discusiones infantiles e inocentes de antes. Vivían juntas, trabajaban juntas, dormían juntas como una pareja de amigas, pero extrañas la una a la otra, cada vez más conscientes de que algo las separaba: entre las idas y venidas al monte, entre riñas y los momentos de cariño, la insatisfacción se enroscaba lentamente en el corazón de las dos mujeres. El universo ya llevaba tiempo torciéndose: o más bien retorciéndose».

Y no mucho más, la verdad. 

Sin llegar a ser una mala novela, incluso sin ser una novela especialmente aburrida, Las Inviernas no pasa de ser una novela más dentro en la producción personal de Cristina Sánchez-Andrade (afirmación que hago, pese a esto, desde mi condición de no-experto y/o completo ignorante); no pasa de ser una novela más dentro de la producción de Anagrama; otra novela más dentro de la producción editorial nacional. Una, otra, novela más en esa enorme pila de poco-más-que-simpáticas-novelas, poco-menos-que-prescindibles-novelas.

Sí, lo prescindible, una vez, otra vez más.