viernes, 18 de febrero de 2011

"Thomas Pynchon. Un escritor sin orificios" de Rubén Martín G.





Rubén, Rubén, Rubén.... querido Rubén: 


¿Qué decir cuando se ha quedado uno sin palabras? ¿Qué clase de crítica puedo hacer de algo que no sé ni cómo afrontar? ¿Qué hago con esta desazón: fingir una crítica tal como haces tú con "El arco iris de la gravedad"? ¿Le rizo el rizo y finjo fingir a ver si así me sale la verdad? ¿Me meto contigo como te metes tú con el pobrecito Pynchon? ¿Te plagio como homenaje? ¿Acaso no lo he hecho ya? Tal vez debería –plagiarte, mentirte, rizarte el rizo- al fin y al cabo nos mueven las mismas razones; nos une el odio, que es más fuerte que el amor para estos asuntos de las letras. Somos almas gemelas de la sinrazón pura. Ambos libramos guerras que tenemos perdidas en batallas con cubiertas negras color tusquets, usando las misma armas de fogueo que nuestros enemigos y demostrando una manifiesta incapacidad para juzgar algo como se merece (en tu caso, Pynchon; en el mío, tú). Lamento que a estas alturas no sepas si voy de elogio o de insulto (1). Sigue leyendo, a ver si entre los dos lo descubrimos. 


[Modo Paréntesis ON] 
En vista de que el libro es pequeño (el "mini" de Alpha no es un chiste sin gracia) y porque me consta que mi público se pirra por las entradas pequeñas haré lo imposible por ser breve y reducir esto a su mínima expresión. 
[Modo Paréntesis OFF] 


La primera imagen –la primera impresión- que me vino a la cabeza mientras leía tu pequeño manual de tortura fue VÉRTIGO. Al principió pensé que tenía que ver con que leía caminando; que el adoquinado, en exceso colorido, cubría de chiribitas los márgenes del libro (no en vano estuve a un tris de romperme la crisma un par de veces y darme (también "casi") de bruces contra un poste telefónico color asfalto deslucido -tendría su gracia: citabas a Tristero en aquel momento-) pero luego comprendí que "no", que era "también", que la culpa era tuya; que esa primera carta puñetera era un prodigio de organización y de ahí mi vértigo: hablabas del presente como si fuera el pasado y el futuro que predecías era anterior al de hoy, también futuro entonces (desde tu presente/pasado) y además cruda realidad. (Desenreda la frase anterior como castigo: yo te padecí 87 páginas y llevo 1.285 palabras sin quejarme). 


El culpable (de esta “incapacidad manifiesta” de tratarte) eres tú, creo, o así, al menos, te quiero imaginar: ligeramente alocado y plagado de ingenio fácil, de humor corrosivo, de elogio encubierto, de prosa enredada, de ideas plurales, de doble intención. Tu artificio -tu “vértigo”- es genial: hay que odiar tanto como amar a Pynchon para entenderte. No eres para iniciados, aunque finjas brillantemente ese papel, sino para expertos, para aquellos dispuestos a dejarse los huevos en el intento de leer a aquel cabrón que dicen genio y que te ha dado a luz como escritor (como escritor editado porque inédito ya lo eras). Tú eres tu libro y la rabia que lo acompaña y la sensación que va pareja a esa rabia, que es la sensación de que en el fondo lo que quisieras –lo que haces- es elogiar a Pynchon, reconocerle el mérito que tiene escribir cosas que sólo se comprenden cuando se le presta la máxima atención: la sensación de impotencia; el complejo de inferioridad que acompaña cualquier lectura pynchoniana. La misma sensación y el mismo complejo que me acompañaron a mi hace unos días cuando llevando ese “vértigo” que es tu epistolar en las manos redescubría que en ocasiones los libros pequeños esconden pequeños tesoros en forma de grandes ideas y prosas sencillas unas veces, enrevesadas otras y delirantes siempre. Que no hace falta escribir como Pynchon para ser también un poco Pynchon. 


SENTENCIA 

Acabo. Ahora sí; ya lo puedo decir: me ha encantado. Siempre es un placer leer un libro de estas características, que evita voluntariamente el ensayo más sesudo en favor de la naturalidad y el divertimento para decir algo para lo que nadie parece nunca dispuesto: (en este caso) que Pynchon escribe para sí mismo y para los Pynchons del mundo. La risa y la ironía como medio de transporte, eso he aprendido. Y en el viaje me he divertido, he disfrutado como un enano en donde sea que disfruten los enanos y no me he quedado con las ganas de volver a leerlo porque lo he vuelto a leer. Y no por última vez. 



FIN


Actualización de mi relación con los implicados: Con Thomas Pynchon todo sigue igual: aunque tomamos café regularmente todas nuestras citas son siempre a ciegas y esa no es manera de amarse. Ana S. Pareja sigue sin proponerme nada: ni libros ni matrimonio y por eso no la nombro en esta tercera parte. Con Rubén un poco más de lo mismo, pero sin café y sin matrimonio. Conocer no lo conozco mucho o hubiese tenido una fotografía original que poner en esta entrada sin tener que ir por ahí robándola como un vulgar ladrón. 



(1) A ver, no será tan difícil suponerlo, al fin y al cabo ésta es la tercera entrada que le dedico al mismo libro. 

1 comentario:

  1. por lo visto, la sinrazon (escribo en una laptop yankee, no hay tildes) es la ubre de la anticritica. Los escritores, literatos, amanuenses, etc. la pasamos bien lanzando estocadas sucias contra todo aquel que es del medio. Y ven plgios donde no los hay, aunque a veces los hay de ostia, como el de Cela. Creo que
    deben ver Fake, de Orson Welles: Y los escritores hispanos debemos dejarnos influirnos menos por la escritura anglo, y en la era Amazon, inventar un modo de ser en la literatura. Mis reverencias, Pynchon. Pero nadie supera a Celine, a Camus, a Borges, Rulfo, a unos cuantos espanoles de antes del boom, Vargas LLosa en su madurez, y a Marti, gracias Joyce...

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