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viernes, 11 de enero de 2019

Una aproximación a "Walt Whitman ya no vive aquí" de Eduardo Lago (Sexto Piso)

Hasta yo, que llevo un año viviendo en la Luna, me he enterado de que Sexto Piso ha publicado (lo hizo ya en septiembre) un libro llamado Walt Whitman ya no vive aquí en el que Eduardo Lago habla de lo divino, lo humano y también, un poco, de literatura estadounidense. 

Lo digo porque no les he visto comentarlo y se me hace raro y me preguntaba si no estarán ustedes demasiado pendientes de lo que no deben. 

Yo ya he leído las setenta primeras páginas y una suerte de epílogo un tanto especial, por lo que estoy en disposición de hacerle una crítica profunda y severa a partes iguales. 

Pero no lo haré porque yo ahora no me dedico a sesudocrítica literaria sino a rascarla. 

El libro habla de literatura norteamericana. Lo pueden ver en la portada, aquí, a la izquierda. Lo digo porque ya estoy viendo que habrá mucho despistado que no entienda como ha podido Lago olvidarse de ese esloveno genial en el que todos estamos pensando o ese viejo islandés que vive recluido en una cabaña y sólo escribe para la fauna local. 

Literatura Norteamericana, recuerden. Exclusivamente. 

Cuando termine el libro hablaremos sobre ello largo y tendido, si nos place; hasta entonces me van a permitir que solo lo haremos de una parte muy concreta del mismo, esto es, de las páginas finales que incluyen varias listas de lectura. 

«Adjunto varios planes de lectura posibles, en función del grado de interés por parte de quien quiera seguirlos. Como en toda lista, habrá omisiones flagrantes y presencias difíciles de justificar, pero que responden a mis preferencias personales. Le presto especial atención al relato breve, porque considero que el cuento es el ADN de la narrativa estadounidense, e incluso sería interesante escribir una historia de la literatura de aquel país teniendo en cuenta sólo a los cuentistas». (Eduardo Lago)



Capítulo uno: Plan de Lectura a Largo Plazo. 


Tiempo estimado de lectura: de tres a cinco años.


La caída de la Casa Usher -- Edgar Allan Poe (1839)
Cuentos de lo grotesco y lo arabesco -- Edgar Allan Poe (1940)
Hombres representativos -- Ralph Waldo Emerson (1850)
La letra escarlata -- Nathaniel Hawthorne (1850)
Moby Dick -- Herman Melville (1851)
Walden, o la vida en los bosques -- Heniy David Thoreau (1854)
Hojas de hierba -- Walt Whitman (1855)
DaisyMiller -- Henry James (1879)
Retrato de una dama -- Henry James (1881)
Las aventuras de Huckleberry Finn -- Mark Twain (1884)
La ascensión de Silas Lapham -- William Dean Howells (1885)
Las bostonianas -- Henry James (1886)
Poemas -- Emily Dickinson (1890)
Maggie, una chica de la calle -- Stephen Crane (1893)
El despertar -- Kate Chopin (1899)
Nuestra hermana Carrie -- Theodore Dreiser (1900)
La voz de la ciudad -- 0. Henry (1908)
Antología de Spoon Rivcr -- Edgar Lee Masters (1915)
Wincsburg, Ohio -- Sherwood Anderson (1919)
La edad, de la inocencia. -- Edith Warton (1920)
Babbitt -- Sinclair Lewis (1922)
Manhattan Transfer -- John Dos Passos (1925)
Una tragedia americana -- Theodore Dreiser (1925)
El gran Gatsby -- Francis Scott Fiizgerald (1925)
El puente -- Hart Crane (1926)
El ruido y la furia -- William Faulkner (1929)
Adiós a las amas -- Ernest Flemingway (1929)
El halcón maltes -- Dashiell Flammett (1930)
El camino del tabaco -- Erskine Galdwell (1932)
Autobiografía de Atice B. Toldas -- Gertrude Stein (1933)
Miss Lonelyhearts -- Nathanael West (1933)
Trópico de Cáncer -- Henry Miller (1934)
Llámalo sueño -- Heniy Roth (1934)
El sueño eterno -- Raymond Chandler (1939)
Las uvas de la ira -- John Steinbeck (1939)
El corazón es un cazador solitario -- Carson McCullers (1940)
Una cortina de follaje -- Eudora Welty (1941)
Chico negro -- Richard Wright (1945)
La lotería -- Shirley Jackson (1948)
Los desnudos ríos muertos -- Norman Mailer (1948)
La familia Moskal -- Isaac Bashevis Singer (1950)
La balada del café triste -- Carson McCullers (1951)
El guardián entre el centeno -- J. D. Salinger (1951)
El hombre invisible -- Ralph Ellison (1952)
El viejo y el mar -- Ernest Hemingway (1952)
Sangre sabia -- Flannery O'Connor (1952)
Ve y dilo en la montaña -- James Baldwin (1953)
Las aventuras de Augie March -- Saul Bellow (1953)
La radio enorme y otras historias -- John Cheever (1953)
Los reconocimientos -- William Gaddis (1955)
Lolita -- Vladimir Nabokov (1955)
En el camino -- Jack Kerouac (1957)
Desayuno en Tiffany’s -- Truman Capote (1958)
El almuerzo desnudo -- William S. Burroughs (1959)
Goodbye, Columbus -- Philip Roth (1959)
El plantador de tabaco -- John Barth (1960)
Matar a un ruiseñor -- Harper Lee (1960)
Trampa 22 -- Joseph Heller (1961)
El cinéfilo -- Walker Percy (1961)
Vía revolucionaria -- Richard Yates (1961)
Alguien voló sobre el nido del cuco -- Ken Kesey (1962)
Pálido fuego -- Vladimir Nabokov (1962)
La campana de cristal -- Sylvia Plath (1963)
V. -- Thomas Pynchon (1963)
A sangre fría -- Truman Capote (1966)
La subasta del lote 4,9 -- Thomas Pynchon (1966)
Blancanieves -- Donald Barthelme (1967)
Las confesiones de Nat Tumer -- William Styron (1967)
El mal de Portnoy -- Philip Roth (1969)
Matadero Cinco -- KurtVonnegut (1969)
El libro de Daniel -- E. L. Doctorow (1971)
El arco iris de gravedad -- Thomas Pynchon (1973)
Ragtime -- E. L. Doctorow (1975)
La mujer guerrera -- Maxine Hong Kingston (1976)
Ceremony -- Leslie Marmon Silko (1977)
Ensayos -- E. B. White (1977)
El mundo según Garp -- John Irving (1978)
El álbum blanco -- Joan Didion (1979)
La Canción del Verdugo -- Norman Mailer (1979)
Debes recordar esto -- Joyce Carol Oates (1980)
La conjura de los necios -- John Kennedy Toole (1980)
Conejo es rico -- John Updike (1981)
Crónicas de motel -- Sam Shepard (1982)
El color púrpura -- Alice Walker (1982)
Catedral -- Raymond Carver (1983)
Tallo de hierro -- William Kennedy (1983)
Neuromante -- William Gibson (1984)
Luces de neón -- Jay Mclnerney (1984)
Lincoln -- Gore Vidal (1984)
Ruido de fondo -- Don DeLillo (1985)
Menos que cero -- Bret Easton Ellis (1985)
El periodista deportivo -- Richard Ford (1986)
Trilogía de Nueva York -- Paul Auster (1987)
Beloved -- Toni Morrison (1987)
La amante de Wittgenstein -- David Markson (1988)
Los reyes del mambo tocan canciones de amor -- Oscar Hijuelos (1989)
Las cosas que llevaban los hombres que lucharon -- Tim O’Brien (1989)
El club de la buena suerte -- Amy Tan (1989)
American Psycho -- Bret Easton Ellis (1991)
Hijo de Jesús -- Denis Johnson (1992)
Todos los hermosos caballos -- Cormac McCarthy (1992)
Clockers -- Richard Price (1992)
Heredarás la tierra -- Jane Smiley (1922)
Atando cabos -- Annie Proulx (1993)
El blues de la reserva -- ShermanAlexie (1995)
En lengua materna -- Chang-rae Lee (1995)
Galatea 2.2 -- Richard Powers (1995)
Qué fue de los Mulvaney -- Joyce Carol Oates (1996)
La broma infinita -- David Foster Wallace (1996)
Submundo -- Don DeLillo (1997)
Mason y Dixon -- Thomas Pynchon (1997)
Las asombrosas aventuras de Kavalier yClay -- Michael Ghabon (2000)
La casa de hojas -- Mark Z. Danielewski (2000)
Una historia conmovedora, asombrosa y genial -- Dave Eggers (2000)
Las correcciones -- Jonathan Franzen (2001)
Middlesex -- Jeffrey Eugenides (2002)
Gilead -- Marilynne Robinson (2004)
Europa Central -- William T. Vollmann (2005)
La carretera -- Gormac McGarthy (2006)
La maravillosa vida breve de Oscar Wao -- Junot Díaz (2007)
Que el vasto mundo siga girando -- Colum McCann (2009)
Ciudad abierta -- Teju Colé (2011)
Canadá -- Richard Ford (2012)
La yegua -- Mary Gaitskill (2015)
Hotels of North America -- Rick Moody (2015)
El ferrocarril subterráneo -- Colson Whitehead (2016)
Lincoln en el Bardo -- George Saunders (2017)



Capítulo dos: Plan de Lectura a Medio Plazo 

La segunda lista es algo más ligera y apenas exigirá un par de años siempre y cuando no nos durmamos en los laureles y nos demos de baja de Netflix.

La caída de la Casa Usher -- Edgar Allan Poe (1839)
Cuentos de lo grotesco y lo arabesco -- Edgar Allan Poe (1940)
Hombres representativos -- Ralph Waldo Emerson (1850)
Cuentos -- Nathaniel Hawthorne (1850)
Moby Dick -- Herman Melville (1851)
Walden, o la vida en los bosques -- Heniy David Thoreau (1854)
Hojas de hierba -- Walt Whitman (1855)
Las aventuras de Huckleberry Finn -- Mark Twain (1884)
Manhattan Transfer -- John Dos Passos (1925)
El gran Gatsby -- Francis Scott Fiizgerald (1925)
El ruido y la furia -- William Faulkner (1929)
El halcón maltes -- Dashiell Flammett (1930)
El camino del tabaco -- Erskine Galdwell (1932)
El sueño eterno -- Raymond Chandler (1939)
Una cortina de follaje -- Eudora Welty (1941)
Chico negro -- Richard Wright (1945)
La balada del café triste -- Carson McCullers (1951)
El guardián entre el centeno -- J. D. Salinger (1951)
El viejo y el mar -- Ernest Hemingway (1952)
Sangre sabia -- Flannery O'Connor (1952)
Los reconocimientos -- William Gaddis (1955)
Pálido fuego -- Vladimir Nabokov (1962)
La campana de cristal -- Sylvia Plath (1963)
A sangre fría -- Truman Capote (1966)
Matadero Cinco -- KurtVonnegut (1969)
El libro de Daniel -- E. L. Doctorow (1971)
La conjura de los necios -- John Kennedy Toole (1980)
Catedral -- Raymond Carver (1983)
Luces de neón -- Jay Mclnerney (1984)
Un lento aprendizaje -- Thomas Pynchon (1984)
Menos que cero -- Bret Easton Ellis (1985)
Meridiano de sangre -- Cormac McCarthy (1985)
Trilogía de Nueva York -- Paul Auster (1987)
Beloved -- Toni Morrison (1987)
American Psycho -- Bret Easton Ellis (1991)
Hijo de Jesús -- Denis Johnson (1992)
Todos los hermosos caballos -- Cormac McCarthy (1992)
Atando cabos -- Annie Proulx (1993)
El teatro de Sabbath -- Philip Roth (1995)
El blues de la reserva -- ShermanAlexie (1995)
En lengua materna -- Chang-rae Lee (1995)
Los boys -- Junot Díaz (1996)
Qué fue de los Mulvaney -- Joyce Carol Oates (1996)
La broma infinita -- David Foster Wallace (1996)
Las asombrosas aventuras de Kavalier yClay -- Michael Ghabon (2000)
Las correcciones -- Jonathan Franzen (2001)
Middlesex -- Jeffrey Eugenides (2002)
Gilead -- Marilynne Robinson (2004)
El ángel esmeralda -- Don DeLillo (2008)



Capítulo tres: Plan de Lectura IMPRESCINDIBLES 

Moby Dick -- Herman Melville (1851)
Walden, o la vida en los bosques -- Heniy David Thoreau (1854)
Hojas de hierba -- Walt Whitman (1855)
Las aventuras de Huckleberry Finn -- Mark Twain (1884)
El gran Gatsby -- Francis Scott Fiizgerald (1925)
La balada del café triste -- Carson McCullers (1951)
El guardián entre el centeno -- J. D. Salinger (1951)
Pálido fuego -- Vladimir Nabokov (1962)
A sangre fría -- Truman Capote (1966)
Matadero Cinco -- KurtVonnegut (1969)
Meridiano de sangre -- Cormac McCarthy (1985)
Beloved -- Toni Morrison (1987)
American Psycho -- Bret Easton Ellis (1991)
El teatro de Sabbath -- Philip Roth (1995)
La broma infinita -- David Foster Wallace (1996)
Submundo -- Don DeLillo (1997)
Mason y Dixon -- Thomas Pynchon (1997)
Middlesex -- Jeffrey Eugenides (2002)
Europa Central -- William T. Vollmann (2005)


No sé ustedes pero a mí el cuerpo me pide apuntarme al primero. Ocurre que el sentido común conviene con la experiencia en que no está siendo la mejor idea del año y qué dónde queda aquello de apuntarse a un gimnasio o visitar más a tu madre, dice. 

Y yo qué sé, le digo. Ya veremos qué pasa.

lunes, 2 de marzo de 2015

‘La primera mentira’ de Marina Mander

Esto fue más o menos así o al menos así es como me gusta imaginar que fue: 

En una mesa: café con leche, sin leche, te sin teína, un refresco de cola con vainilla, sacarina, tres pastillas para la tensión, dos croissants integrales y unos palitos de pan de pipas. Tras ellos, cuatro mujeres de mediana edad, de las que rozan los cincuenta por el lado equivocado, compiten por tener la sonrisa más blanca. Una de ellas, la que tiene un manuscrito en la mano (folios satinados de 100 gramos en estuche de piel de escroto de oso panda) viene de ponerse algo en el pelo y está que no le puede dar un beso ni desde la puerta. Lo comenta mientras entra en materia, justo antes de soltar lo que ha venido a soltar: he escrito un libro. Qué bien, genial, estupendo, las tres, al unísono, entusiasmadas. Parecen sinceras. De qué trata, le preguntan. Se lo dice. 

Les dice: A un niño, un niño que parece pequeño, huérfano de padre, se le muere, un día, su madre. (¡Ohhh!) El niño está en casa, a solas con ella. La sacude y no se despierta. Su gato también: la sacude y no se despierta. El niño hace sus cálculos, el gato también: si ni papá ni mamá, orfanato. Y puesto que orfanato no sin mi gato el niño decide, adivinen, mentir: hacer como que no pasa nada, seguir con la vida tal cual la conocía pero sin usar posavasos. La novela es eso: el niño a su puta bola y su madre cadáver en la habitación de al lado, con su rigor mortis, su ponerse ciega de gases y su descomposición. 

Y, bueno, no pasa nada y pasan un montón de cosas, aunque más o menos son siempre las mismas: el niño listo como un ajo reflexionando acerca de lo que será de él a corto plazo y las soluciones que ve: 

«Es terrible.
No quiero ir.
No quiero ser completamente huérfano.
Mejor cualquier otra cosa.
Mejor contar que mi madre se ha ido.
O no decir nada, y hacerme el tonto.
Mejor encontrar el método de arreglárselas, no será tan difícil. Mejor procurar sobrevivir.
Mejor esconder y sonreír.
Mejor usar la imaginación, dejar que se te ocurra algo especial.
Mejor confiar en que todo pase rápidamente.
Mejor hacer tres mil flexiones seguidas, seis plantas de escaleras a la pata coja, divisiones de memoria.
Mejor enterrar al koala Kolly.
Mejor pensar en lo mejor.
Mejor creer que dentro de poco mi madre se encontrará mucho mejor.
¿No es cierto, mamá, que dentro de poco te encontrarás mejor?
Mejor pensar que aún podría haber algo peor.
Aunque, si mi madre está muerta, ¿podría haber algo peor?» 

Pero no adelantemos acontecimientos. Centrémonos. Estábamos en la merendola de Marina Mander y sus amigas desesperadas. 

Léenos un poco, le piden, entusiasmadas (¡salta, salta!). Ella, que finge elegir al azar un párrafo cualquiera, salta: «Envidio a mis compañeros de colegio porque pueden lloriquear alegremente si les da la gana; yo no, porque mi madre está tan triste que no puedo estar más triste que ella. Terminaríamos ahogándonos. Y no tenemos un padre que nos salve, un bombero de esos de los atentados que te saque en brazos, lejos del peligro, un padre como los que salen en los anuncios. Nosotros corremos siempre un poco de peligro». Ohhh, criaturita. Ellas. Al unísono. Más, más. Más, al azaroso azar: «si alguien tiene una cara que parece un culo, con una raja en medio de la nariz y la piel rosada de bragas de monja, yo no tengo la culpa». Jijiji, desvergonzado, menudo elemento. Ellas, interrumpiéndose. Más, más, más. ¿Más? ¡Más! Más: «Chorros de agua caliente me brotan de los ojos mientras el oso polar sobre su ladrillo frío es arrastrado por la corriente». Ay, por-fa-vor, qué cosa linda, que me lo como requetecomo. ¡Más, más, más! Más: «Es la primera noche sin un buenas noches. Desde hace mucho tiempo, quizá desde siempre. Tendré que acostumbrarme a renunciar al roce de mi madre en la mejilla, a eso que más que un beso parece un suspiro, un soplo tibio que da buena suerte». Mira, mira, no me hagas llorar, una. Se me encoge el corazón, de verdad, que ni la muerte del Papa, otra. Dime, por favor, que nos lo dejarás leer, que me muero que me muero que me muero, la tercera, la del te sin teína. A estas alturas Marina ya va por el tercer orgasmo. Y no será el último. Lo voy a publicar. Bien por ti, ánimo, suerte y tal, lo habitual. No me habéis entendido, les dice (toda la puta tarde fantaseando con este momento y aquí está, ya, al fin): ya tengo editor; lo voy a publicar; es un hecho; en un mes está en la calle. Se desata la locura: gritos, zapateaditos, saltitos, se pierde un poco (no mucho) la compostura, piden un muffin de chocolate para compartir. Dinos, dinos, quién te edita, quién. Sonríe. Ya es una estrella. 

La edita, en Italia, Et al., que no sé quiénes son ni si valen la pena el esfuerzo de interesarse por ellos. En España, un año después, edita, quién, Lumen, claro. Claaaro. Mujer italiana de cincuenta y vamos-a-dejarlo-ahí escribe novelita de niño y madre y amor fecundo y besos y caricias ¡sobre cama de drama terrible! y tal, ¡y no va a editar Lumen! Ni que hubiéramos nacido ayer. 

Al grano. 

‘La primera mentira’, y lo digo desde el cariño más sincero de que soy capaz, es un poco tontada. Para empezar, el niño es el típico niño que más que dos besos lo que merece son dos buenas hostias. Sobre todo al principio; después te acostumbras y le coges cariño, que es lo que en cierto modo viene haciendo de esta novela el amor que tantos pregonan y lo que salva a los niños de ser abandonados masiva y miserablemente en bosques aledaños: 

«Cuando mi madre se entristece mucho le salen arrugas en la frente, semejantes a las marcas que dejan las olas en la arena, hasta hartarla de tanto repasarla. […] Cuando tiene pesadillas mi madre dice que en este mundo no se puede ni dormir en paz, y yo soy del mismo parecer». 

No me digan que no es para partirle la cara. Así no se habla ni a escondidas. Pero bien, no pasa nada. Se traga y punto. Es lo que hay que hacer, no? Tragar. Tragar el relato de un niño narrado en primera persona con una voz que resulta del todo increíble y lo que es peor, indefinible, que no sabe uno si el crío tiene ocho, diez o doce años, que unas veces parece de dos o otras de quince: 

«No encontré las hojas, encontré medias, bragas y también un cacharro rosa con forma de pilila escondido debajo de las medias y las bragas. El cacharro se enciende con un botón y hace brrrrr, como una batidora». 
«El espejo está completamente opaco por el vaho, escribo con el dedo puta mierda. Entro en la bañera. Al principio el agua está caliente, luego tibia. Mi pilila flota en la bañera, más semejante a una anémona marina, esas excrecencias que también se ven en los acuarios, que al cacharro que mi madre esconde entre las bragas. Me pregunto si al crecer se volverá como el cacharro y también sonará, o solo hará un leve chapoteo como el de ahora, mientras la espuma chisporrotea a su alrededor». 

No entender qué es un consolador pero sí utilizar en la misma frase anémona y excrecencia o saber cosas tipo «si alguien tiene una cara que parece un culo, con una raja en medio de la nariz y la piel rosada de bragas de monja, yo no tengo la culpa» es, cuando menos preocupante. 

No hay asomo de madurez ni un triste cambio aparente más allá de algún que otro mal chiste  que trata de resolver ambas cuestiones («Ya no soy un huérfano, soy un soltero») y no hay reacción visceral realmente creíble fuera de los dos o tres momentos en que Marina Mander se acuerda de que un niño es un niño y de que la especialidad de estos bichos son las pataletas: «Mi madre es una capulla. Capulla, puta. Todos los adultos son capullos y putos. Bastardos. Cabrones. Mierdosos. Memos. Tarados. Estúpidos y capullos. Capullos, apestosos, cagones. Ceporros. Ignorantes. Los odio». Al fin algo refrescantemente creíble. 

Resumiendo, que tampoco es plan de escribir una reseña más larga que el propio libro: La primera mentira apela directamente al corazoncito humano para enmascarar las carencias argumentales (toda la novela es más, siempre más de lo mismo) y una absoluta falta de habilidad para la construcción de personajes que, infantiles o no, puedan ir más allá del estereotipo de niño medio-autista-de-alto-coeficiente-intelectual y madre superada por las circunstancias y ganas de mandarlo todo a la mierda a golpe de chupar bolitas de alcanfor.


miércoles, 11 de febrero de 2015

‘Matate, amor’ de Ariana Harwicz

Hoy hablaremos de una novela de Lengua de Trapo, a ver si no se me enfada nadie, que sé que anda alguna gente muy sensible con esta editorial, supongo que por ese permanente estar siempre a punto de echar el cierre —y acabar así con las ilusiones de tantos y tantos como son, que se cuentan por miles— y poner fin a una era. Que es una mina, una cantera, Lengua de Trapo. Dicen, eh. 

Así nos va, que no damos ni una. Yo es que me parto.

Matate, amor no tenía que haberse publicado nunca.

No, que va, estoy exagerando. Allá cada uno con su capital que haga lo que le plazca. Lo que sí recomiendo es, no sé, leer cualquier otra cosa. Casi cualquier otra cosa. Por aquello de no perder el tiempo, más que nada. He aquí la función social de esta Medicina.

Apurando mucho el vaso, Matate, amor es, o debería ser (o debería haberse quedado en) un relato. Un relato corto. No digo un micro, no soy tan nazi, pero sí corto, cortito, de algunas páginas, no muchas, diez, doce, no más. Dos si eres Lydia Davis. Qué bien le hubiera ido en manos más hábiles.

La historia es una chica loca de remate que vive con su marido y su hijo en una casita humilde. La chica loca no es una loca feliz, angelito, sino que siempre está enfadada —con su marido, con su hijo, con el mundo— si no por una cosa, por la otra. Será por razones.

«ACABÁBAMOS DE DESPERTARNOS del fin de semana y ya estábamos peleando. A las ocho y media pegué el primer grito, a las nueve y veinte amenacé con irme, a las nueve y cincuenta dije que haría un infierno de su vida. A las diez y diez estaba detenida como un carnero en el medio de la autopista, valija en mano, sombrero de paja, moscas en las orejas».

150 páginas de enfado y dependencia y deseo incumplido de salir corriendo y de ganas de amargar la existencia ajena. Y de palabras.

Me gustaría desarrollar el argumento pero no veo cómo. 

Déjenme que piense. 

Venga, va: hay un tercero que se la quiere tirar y seguramente lo haga pero uno tiende, en según qué casos, a la desconexión y cualquiera sabe si dice la verdad o se limita a fantasear, porque ella, la protagonista, es también la narradora y ya saben que a este tipo de narradores hay que hacerles un caso relativo. Igual ni siquiera tiene un hijo; tal vez sea una esponja de baño con un agujerito en forma de ombligo en el centro.

Mujeres locas de atar narrando su propio desequilibrio desde la ignorancia de que tal cosa sea posible como género literario en sí mismo. Mujeres enfermas que hablan, no callan, piensan en alto, imaginan en alto, a gritos, fantasean con la idea de ser escuchadas, con su imagen de mujeres interesantes, de seres humanos con algo que decir que no sea la nada más absoluta, las ganas de emborronar folios. Pero, sobre todo, esa obsesión por aparentar que tienen algo que aportar que las lleva a decir lo que sea, ¿qué más da? Si total es por dar contenido, para justificar 150 páginas, para ser novelista, no una vulgar cuentista, microrrelatista, ideóloga o poeta, esa subespecie. 

«Y ENTONCES VI EL AIRE SATURADO de una tensión sexual invisible. Rembrandt. Las bellotas caían y caían y caían tan lentamente, tan pesadamente, entre la copa del árbol y la tierra, que parece que dormían en el aire. Que lo cortaban con rayos dorados. Caravaggio. Ese soponcio, ese aire soñoliento de ver las hojas dar una y dos y todavía más vueltas antes de llegar, una hoja que cae, y la otra y la otra. Ese clima que entreabre la boca. Que vuelve agua dulce la saliva. Adiós al moho y a la negrura. La muerte del verano convertía el bosque en silencio y suspiros. Me tiré a un costado con el cochecito y dormí. Y soñé que lloviznaba. Pero no, era el ruido de las alas de las mariposas que se chocan entre sí. Esa sensualidad ligera de las mariposas nocturnas. Mi corazón latió en mis orejas. Me incliné para ver a mi bebé y olvidé que salió de mí. Buen día, niño del bosque. El miró dos carpinchos apareándose e imitó veloz los gestos con su pelvis chiquita. Mi bebé ya cogía, tosco como ellos».

Ese soponcio, sí. 

No me hagan caso. Desbarro un poco siempre que me aburro y me aburro tanto reseñando novelas aburridas... Qué gracia, eh. 

«Yo no entro porque soy una marginal, no sé hablar sin insultar, espío mi propia casa y hace días que no me baño. Lo veo venir contra mí, contra el vidrio, resoplando por la nariz, y sé que cuando abra el ventanal voy a ser un cisne negro, y cuando empiece a gritarme voy a ser un pato castrado. Voy a entrar. Voy a dejar de pedirle peras al olmo. Voy a contener mi demencia, a usar el cuarto de baño. Voy a acostar al niño, masturbar al hombre y dejar la insurrección para mejor vida».

Blablabla, pobre mujer voluntariamente sometida.

Ya estoy harto. Hablemos claro: Matame, amor es la excusa que tiene de Ariana Harwicz para lucir estilo, creyendo que su estilo es digno de lucir y suponiendo que el contenido es lo menos, cuando hace ya tiempo que el bocadillo de calamares demostró que esto no era para nada así. 

Matate, amor es, mejor que un título, una magnífica idea que presume de la siguiente estructura: principio, caos y fin. Defina caos: querer contar, pero no saber qué; querer decir, pero no tener ni idea de por dónde tirar. Ir a lo fácil, jugar al despiste, pajaritos preñados y versitos encadenados. Fingirse moderno hablando de pollas, mujeres salidas, armarios empotrados o abusos varios. No haber superado todavía el cacaculopedopis y vivir para contarlo.

Una novela, a ver si nos enteramos, es algo más que las ganas de escribir. O debería. Ya no sabe, uno, con tanto conformismo.





viernes, 7 de noviembre de 2014

“La espada de los cincuenta años” Mark Z. Danielewski

Danielewski, again.

Decíamos ayer, de Danielewski, de La caja de hojas (se acordarán: hubo aproximación y hubo reseña, que ya es mucho haber), que NO. Que sí, pero NO. Que más-o-menos, decíamos. Personalmente disfruté lo inconfesable con una parte del libro, la parte, precisamente, que trata el asunto de la casa de hojas, ese abismo que se abría detrás de la chimenea; no así la parte de Truant, esas aburridas y tediosas e infinitas notas a pie que hacían de la lectura una agonía y una pérdida de un tiempo que ya nunca podremos recuperar. Qué pena de guillotina.

Lo dicho: sí pero NO. Quede claro: a un libro al que le sobran la mitad de las páginas, poco se le puede perdonar y lo que se perdone ha de ser siempre bajo pena de hacer el ridículo más espantoso. 

El caso es que Danielewski, pese a aquello, se mostraba como un interesante escritor de terror —con querencia a los dibujitos y juegos de palabras en el estricto sentido de la expresión, unas veces más oportunos que otros, pero interesante al fin y al cabo—. Y es por ello que, más viejos y más sabios, volvimos a pecar.

Y, así, —¿cuánto?, ¿un año después?—, Danielewski again. Repiten, coeditan, Pálido Fuego y Alpha Decay. Y prometen; sobre todo, prometen. Tantas promesas... Prometen esto: 

La espada de los cincuenta años es una historia clásica de terror para adultos, escrita sobre la base estilística de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, con la ruptura narrativa de voces de Las olas, de Virginia Woolf, más una encomiable economía de medios —la cual no obstante supera con nota el difícil objetivo de transmitir más con menos— con la marca distintiva del taller Danielewski: la experimentación formal.

Que resumido quiere decir: novela de terror para adultos (otra vez), sobre fondo de experimentación formal (otra vez). 

El libro se lee en dos visitas al baño. Palabrita. Y va de lo siguiente:

Durante una fiesta de Halloween cinco niños asisten a un cuentacuentos muy especial: el narrador está loco de atar y es malo como la tiña. O así se presenta. 



Les cuenta que, matando matando, da con un tullido hacedor de espadas a cual más rara, que lo mismo matan un día que una idea que un país. La de los Cincuenta Años, por ejemplo. La de los Cincuenta Años es precisamente la que ese feo individuo coloca, en una cajita de dos metros con cinco bisagras, frente a los cinco niños mientras les cuenta la historia de cómo dio con ella y exactamente para qué sirve. Ya les adelanto que la espada en la cajita no se queda. Esa es la intriga.

Con esto Tarantino te hace una trilogía de morirte. 

Pero hablábamos de Experimentación Formal. Qué bonitos palabros. Y qué ligereza en su uso.

La experimentación formal de esta novela es la que sigue. Atentos.

El tipo, recuerden, va en busca de una arma fatal para lo cual ha de entrar en El bosque de la Sal —acontecimiento este que se acompaña de un danielewski o dibujo para adultos— total para volver a salir y llegar al Bosque de las Notas, que es un lugar con una acústica horrible. Para ilustrar la cuestión y viendo que si no experimentamos formalmente no somos nada, se dibuja un bordado de bosque y le se cosen unas palabras. Así:



También sube una montaña. No se puede cruzar un bosque, atravesar un valle y no subir una montaña. Eso es de primaria. Es decir, como si LEDL50A fuera un cuento infantil de toda la vida de Dios pero narrado de modo que un crío no aguantaría diez páginas del tirón de puro aburrimiento. Por eso es para adultos: por nuestra santa paciencia. Y por nuestra permisividad. Por nuestra tontería. Porque somos los únicos lo bastante gilipollas para justificar una novelucha en verso libre que utiliza la excusa de los cinco narradores para dejarlo todo perdido de comillas de colores y frases aquí, allá y acullá. 

Ahora va a resultar que lo que molaba no era La Casa de Hoja, sino Papá Danielewski. 

Y luego, claro, viene el listo y se enamora de los dibujitos y el fraseo interrumpido y los golpes de efecto, porque lo suyo ha sido siempre más de largas parrafadas de narradores autocomplacientes, y ya le sobran razones para hablar, sino de obra maestra, de pequeña maravilla. A mí no me gusta insultar, pero alguno debería pasar más tiempo en la zona de cuento infantil de alguna librería. Igual hasta se lleva una sorpresa.



¿Y qué va a pasar? 

Nada. Que así, sin más, se acaba la reseña.


jueves, 28 de agosto de 2014

Resumen de lecturas AGOSTO 2014

Un mes curioso, este agosto. Ha habido lecturas de todo tipo. Ha habido relatos, biografías encubiertas, algo de ciencia ficción, un clásico inmortal, un alemán inmisericorde, escritores misteriosos, italianos kafkianos, dramas lacrimógenos y perfectos inútiles. En la variación está el gusto y aunque ha sido un mes de calidad bastante irregular el balance general ha sido positivo. Es lo que tiene terminar con buen sabor de boca. 

Vamos con ello.

“Muero por dentro” de Robert Silverberg


Ciencia ficción. Va de un chaval que puede leer las mentes. Hay una reseña escrita que saldrá en breve que dice, entre otras cosas, lo siguiente: “La novela, protagonizada por un ser triste, aburrido y cargado de remordimientos por un don que no ha pedido, se centra en analizar con detalle la angustia de ser diferente, preguntándose (y tratando de dar respuesta a) cómo es posible que alguien con la capacidad de conectar con las mentes ajenas no pueda evitar hundirse en el aislamiento y acabar siempre más solo que la una. Lo que viene siendo pasar demasiado tiempo en Facebook, para que nos entendamos.”



“Pistola y cuchillo” de Montero Glez

También de esto hay una reseña escrita y pendiente de salir. Septiembre se las promete terrible. “Pistola y cuchillo” va de Camarón, el cantante, cenando, bebiendo y fumando en un bar y tratando de decidir si va a dejar o no va a dejar que un gallo cante al amanecer. Suena raro pero es la pura verdad. Es una novela muy condicionada. Te tiene que gustar Camarón, Montero o la sopa de ave con fideos. Si ninguna de los tres, lo mejor es darse a la bebida.



“La insólita reunión de los nueve Ricardo Zacarías” de Colectivo Juan de Madre

Bueno, esto no va a ser fácil. Esta novela recuerda mucho a “La casa de hojas” del amigo Danielewski —por razones equis en las que no entraremos ahora—, y por lo tanto se arriesga a llevar palos por todas partes. Al mismo tiempo y al igual que ocurre con “La casa…”, viene acompañada de reseñas varias, todas elogiosas, que es algo que siempre levanta muchas sospechas. Vamos, que lo tiene todo. Quiero dejar claro que la leí libre de prejuicios, que ya es raro también. Respecto a la reseña… bueno, de eso hablaremos en septiembre pero les adelanto que ya hacía tiempo que no disfrutaba tanto “comentando” una novela. 



“Entresuelo” de Daniel Gascón

Malo. Malo, pero malo, malo, malo. Hay libros que no merecen ser editados; editores que merecen ser apedreados y escritores... escritores que… no sé, de verdad, ya, qué hacerles. Este es uno de los peores libros que he leído en toda mi vida. Que ya es decir. Que Mondadori se preste a sacar esto a la calle da una idea aproximada de muchas cosas, entre ellas el respeto que merece. La reseña ya está escrita y pendiente de ser publicada. Tal como he dicho, será un mes duro.



“Leche” de Marina Perezagua

Colección de relatos de la artista revelación del año… del año que sea en que publique. Ja. No me hagan caso. Son relatos y como tales no es fácil emitir un “juicio” general. Los hay mejores, los hay peores. Los hay muy buenos; los hay horribles. También hay reseña. Hablamos en… septiembre, eso es, y diremos cosas como esta: "Durante unos minutos, unos 3.000, hace un par de semanas —o un mes, dependiendo de cuánto tarde en publicar esto—, llegué a creer que me estaba aficionando a los relatos, que lo mío, ahora, iba a ir por ahí. Se lo juro. Fue terrible. Qué mal trago. Culpen al verano si quieren. O no. Afortunadamente, gracias a Marina Perezagua, se me ha pasó rapidito la tontería."



“Sobre el acantilado y otros relatos” de Gregor von Rezzori

El pasado sábado (23 de agosto) se publicó en Babelia una lamentable reseña en la que el crítico aseguraba que de los tres relatos incluidos en este recopilatorio, el tercero, que no estaba a la altura, podía el lector “ahorrárselo”, directamente. Bueno, en fin. Babelia. Una cosa es que no esté a la altura, pero de ahí a considerarlo tan malo como para no leerlo media un abismo. Quitando esta puntualización, todo lo que quise que decir de este libro lo dije aquí: clic.



“El patrón” de Goffredo Parise

La cosa va de trabajar, trabajar, trabajar. No, no es cierto. La cosa va de trabajo, trabajo, trabajo. Que es muy diferente porque en esta novela, lo que es trabajar, se trabaja muy poco. Ahora bien de trabajo se habla un rato. De hecho no se habla de otra cosa. El Patrón tiene un gran comienzo: un hombre, un joven del campo, llega a la gran ciudad para empezar a trabajar en una empresa. Hasta aquí todo normal o todo lo normal que es encontrar trabajo hoy en día. En el momento en el que el protagonista cruza la puerta, todo se vuelve surrealista. Lo gracioso de todo esto es que, cuanto más surrealista, más realista. No se lo van a creer, pero la reseña saldrá en septiembre.



“Edipo en Stalingrado” de Gregor von Rezzori

Edipo en Staligrando representa el exceso. Tengo un problema con esta novela. Disfruté con ella tanto como la odié. Entiendo y valoro la intención del escritor pero me pregunto si era necesario pasarse, a veces, tantos pueblos. Edipo es un crítica salvaje que, como tal, siempre será bien recibida pero Rezzori, a veces, agota. De momento, no hay reseña pero todo se andará. O eso espero.



“Tom Jones” de Henry Fielding

Una de las mejores lecturas del año. Grandísima novela. Puro divertimento que acabo de terminar cuando escribo estas palabras. Tom Jones, la gran novela. ¿Qué decir que no haya sido dicho ya? Nada, seguramente. Ignoro si habrá reseña. Debería.






“El hombre que amaba a los niños” de Christina Stead

Cuando escribo estas palabras estoy a setenta u ochenta páginas de terminar esta novela y, teniendo en cuenta que supera las 700 yo creo que algo ya puedo decir. Y digo esto: “El hombre que amaba los niños” es una novela absolutamente maravillosa a la vez que demoledoramente triste. Si la van a leer, prepárense a pasarlas putas. 

Magnífica. Durísima. Inolvidable.





* * * * * * * * * 

Y eso ha sido todo, que ya no está mal. 

En septiembre no sé qué leeré, la verdad, el cuerpo me pide ladrillos. Tolstoi, me pide. Pynchon. Ya veremos. De momento, casi seguro, Mercedes Cebrián (“El genuino sabor”), Augusto Cruz (“Londres después de medianoche”) y Mrozek (“Baltasar, una autobiografía”) por aquello de que ya los tengo en casa. Seguramente también Lázaro Covadlo (“Nadie desaparece del todo”) y Emilio Bueso (“Extraños eones”), por aquello de que los tengo pedidos. Tal vez Eugenides o Ford o Lehtem, por aquello de refugiarme en un clásico moderno.

Eso en lo que se refiere a novedades. Saliendo de ahí, debería caer Fielding, Sterne, Saroyan, Vonnegut, Barthelme, Faulkner,… Pero ya veremos. Poco a poco. En un mes, salimos de dudas.



viernes, 1 de agosto de 2014

Cuarto aniversario de LMdT

No me gusta soplar velitas.


Da cosa celebrar el paso del tiempo pero más cosa da ignorarlo. 

Cuatro años, ya, y sin embargo parece que fue ayer cuando empecé a vomitar el resultado de mis lecturas. Y parece que fue ayer, también, cuando esta actividad empezó a ser considerada por algunos iluminados como “crítica literaria”. En fin… También parece que fue ayer cuando, sin comerlo ni beberlo, escribí un post que aumentó considerablemente las visitas para lo que venía siendo habitual hasta entonces. Sí, parece que fue ayer cuando dejaron de ser personales las redes sociales, cuando fui agregando y conociendo gente; o antes, incluso, cuando empezaron a llegar los correos de editores y escritores, unos y otros ofreciendo libros, unos y otros celebrando el humor, la crueldad; unos y otros aparentando una complicidad que no se sabía muy bien a cuento de qué venía, ni cuánto tenía de sincera, ni hasta dónde podía llegar. 

Y yo, Mono feliz, me dejé querer. Y me dejé querer porque creía, en mi infinita ingenuidad, que la independencia era posible en tanto los demás fueran advertidos de la misma. Esa ética que lenta y naturalmente se había instalado en la medicina parecía incorruptible. Supongo que siempre lo parece. Quiero pensar que lo sigue siendo.

Hay un cuento de Augusto Monterroso llamado “El mono que quiso ser escritor satírico” que probablemente ya conozcan. Se lo dejo en el primer comentario del post, por si necesitan refrescar la memoria. En el cuento un mono que quiere ser escritor satírico se mezcla con la gente con la intención de conocer de primera mano la naturaleza de aquellos a quienes un día deberá criticar. Huelga decir que no logra su objetivo o pobre moraleja nos quedaría a los demás, humildes lectores. Cuando llega el día en que debe trasladar su experiencia al papel, y aunque sí es perfectamente capaz de reírse de la estupidez ajena, se siente incapaz de publicar sus escritos temiendo con ello hacer daño a quienes hasta ayer habían sido sus compañeros de copas. Y es que hasta las ratas se les coge cariño.

El Mono podría ser cualquiera. Y de hecho lo es. También podría ser yo. Podría serlo o podría llegar a serlo. 

Pero no.

Si algo he aprendido podido confirmar desde que empecé esta actividad hace cuatro años es que la independencia, entendiendo ésta como el decir lo que uno piensa realmente, pasa, o bien por el anonimato o bien por la indiferencia y yo de la primera no pero de la segunda voy sobrado. Desde luego dos que comparten barra de bar no pueden ser enemigos, no, al menos, declarados. Eso es algo de sobra sabido pero creía un servidor de ustedes que habiendo tanta tierra de por medio (estoy más cerca del fin del mundo que de la capital) sería fácil evitar ese roce que devienen en afecto. Y bueno, follar no me quiero follar a nadie, pero es verdad que tampoco estoy libre de pecar. 

Me consuelo pensando que no ha llegado la sangre al río, esto es, que ninguna crítica ha llegado a ser falsamente complaciente, pero no estoy tan seguro de que, en cierto modo, se hayan suavizado, en según qué momentos o que, por razones siempre innecesarias, haya ido como caricia lo que bien merecía haber sido una hostia. No puedo poner ejemplos (si acaso La casa de hojas, que tuve rectificar poco después de haberla publicado), pero al igual que pasa con las meigas, haberlos haylos.

Leía el otro día en una revista literaria de corte masturbatorio una entrevista en la que Manuel Astur era entrevistado por la que, si no me equivoco, era (y es) su pareja sentimental. No mucho antes, hace unos meses, leía, en otra revista, ésta de corte populista, otra entrevista a Soto Ivars realizada por una buena amiga suya. Y como estos doscientos casos más: editores que reseñan libros de editoriales amigas o escritores/críticos literarios como Alberto Olmos que se indignan cuando reciben una mala crítica a su libro alegando que ya podía el crítico jugar con el pan de su puta madre, como si ahora la crítica literaria tuviese el valor de un vale descuento del Eroski y como si con semejante comentario no desprestigiase su labor diaria de crítico mordaz remunerado. Y hablamos de las nuevas generaciones, que vaya usted a saber cómo está el panorama en las plantas superiores. Pero no nos engañemos: a esto hemos llegado hace mucho tiempo y de hecho se ha venido denunciando (incluso por los aquí denunciados) desde que tengo uso de razón. 

Pero estoy divagando. 

Es bonito conocer gente, sobre todo si tienes que sacar a pasear el perro, pero lo cierto es que a la larga y a la corta, a la hora de escribir una reseña es mucho más… complicado, digamos, si previamente has cruzado correos, privados, oportunas confidencias, me gustas o, qué coño, si no quieres perjudicar a esa pequeña editorial que te ha enviado el libro con la mejor de la intenciones. O si directamente has decidido no leer ese libro de esa escritora tan simpática, no vaya a ser…

Y eso pasa. Y cada vez más. Y uno calla cuando, tal vez, lo que debería hacer es gritar. 

Y, honestamente, uno ya empieza a estar hasta los cojoncillos de tanta bondad no pedida y tanta concesión gratuita y de tanto Mono entre tanta fauna salvaje.

La verdad es que en estos cuatro años no he aprendido gran cosa pero sigo teniendo claro que si monté esto fue para divertirme. No para hacer publicidad (claro que tampoco es que pueda evitarlo), ni favores, ni para medrar, ni para hacerme un hueco en la industria, ni para tener una columna en El Diario, ni para colocar un libro de mi vecino, ni para colar uno mío, que parece que es en lo que se acaban convirtiendo la mayoría de los blogs. No, para eso no. Y puesto que NO, lo que queda es hacer lo contrario de lo cabría esperar llegados a este punto de sometimiento general: dar un pasito atrás, recuperar el espíritu original de esta medicina antes de que, ciego de alcohol, me descubra bailando un sirtaki abrazado a una boa constrictor.

Y bueno, en ello estamos.

Arranca el año cinco.



viernes, 20 de junio de 2014

“Aniquilación” de Jeff Vandermeer

No sé ni por dónde empezar. 

Atentos al argumento:

En el planeta Tierra hay una zona X, que es un espacio de proporciones indefinidas que, al igual que la Nada de La historia interminable, avanza que te avanza y no deja de avanzar y a la que se llega no se sabe cómo, así, de repente. La zona X es, como su nombre indica, una gran incógnita que no se resuelve ni con la fórmula de la Coca-Cola. A ella llegan cuatro chicas como cuatro soles, la psicóloca, la antropóloga, la topógrafa y la bióloga, que se llaman entre ellas por sus quehaceres diarios, como en las novelas de Saramago: Pass me the butter, please, antropóloga. En este plan:

«La topógrafa blasfemó y se la quedó mirando. Tenía un genio que debió de considerarse una cualidad. La antropóloga, en su estilo, se levantó sin protestar. Y yo, en el mío, estaba demasiado ocupada observando como para tomarme personalmente aquel despertar. Por ejemplo, advertí la crueldad de la sonrisa casi imperceptible en los labios de la psicóloga mientras nos veía pugnar por adaptarnos, con la antropóloga todavía flaqueando y disculpándose por ello».

Total, que al llegar al Mundo Perdido se encuentran al jabalí de La princesa Mononoke y el bunker de Perdidos, primo-hermano de La Casa de Hojas y ya tienen para investigar un rato largo. Porque, a todo esto, no lo he dicho, pero ellas van a la Zona para investigar, enviadas por una gran corporación que además de no darles una triste pista de lo que se van a encontrar hace como Gran Hermano, les pone para que sufran más. A partir de ya todo son desconfianzas y no tardarán en ponerse de uñas, buenas son ellas, lo que las conducirá irremisiblemente a catastróficas crisis de convivencia.

«La topógrafa asintió malhumorada y apartó la vista. La psicóloga emitió un suspiro audible, de alivio o de cansancio.
—Pues está decidido —concluyó, y pasó rozando a la topógrafa para ir a preparar el desayuno. Hasta entonces siempre lo preparaba la antropóloga.»

Esto con la Nespresso no pasaba.

La cosa, pues, va de descubrir, con ellas, qué sitio raro es ese que se ha cepillado a los integrantes de no menos de once expediciones anteriores. La narradora es la bióloga, que ha ido allí para saber qué vainas ha pasado con su marido (también, en su momento, explorador) y con sus amiguetes, machos alfa todos.

La novela es de acción demorada, como la peli de El Hobbit, con esa eterna promesa de que pronto va a pasar algo. La bióloga va contando sus cosillas, intimidades, cómo era ella con su marido, ese hombre maravilloso que la apartó de la mala vida. La bióloga mola, en realidad, aunque es un poco Pocahontas. No era (es) una mujer cualquiera. Para nada. Bebía, iba con hombres y prefería mirar un caracol que ver un partido de futbol. Ahora se rebela no comprándose el iPhone y leyendo spoilers de Juego de Tronos. Es broma. Medio broma.

La novela es un pastiche. No pasa nada, los pastiches también tienen derechos, especialmente en las novelas de género. Lo que no tiene mucha explicación es que uno llegue a un mundo perdido, salvaje, inexplorado y con más misterios que dónde se fabrican y a lo más que lleguemos es a ver a punki haciendo grafitis y los restos de una batalla en la playa. Estoy exagerando. En realidad es todo mucho menos trepidante de lo que lo parece.

Lo bonito es que incluye mensaje ecologista, que es algo que no se ve todos los días. Qué coño, si funcionó con Avatar…

«Lo terrible, lo que no puedo ignorar después de todo lo que he visto, es que ya no estoy convencida de que se trate de algo malo. No ante la naturaleza inmaculada del Área X en comparación con el otro mundo, que tanto hemos alterado».

Ah, casi me olvido: esta es la primera parte de una trilogía, de ahí el encadenamiento de incógnitas, que es de suponer que se resolverá al final siempre que no vaya demasiado bien y haya que ampliar con episodios IV, V y VI o precuelas y spin offs.

Bueno, en fin, que tienes que tener un día muy bueno para que te guste esta cosa.

miércoles, 5 de marzo de 2014

“Agua dura” de Sergi Bellver

Al Bellver escritor, guionista, editor, crítico, periodista, profesor, librero, poeta, narrador, antólogo, prologuista, —hombre orquesta, en definitiva—, lo acompaña, desde que tengo uso de razón, un aura de forzado prestigio que no acaba de estar justificado, al menos en este plano de la realidad. Bellver, o eso nos parece a quienes lo observamos desde una más que prudente distancia, es un permanente quiero y no puedo de las letras que se mantiene como pocos en el difícil equilibro de estar siempre a punto de publicar algo (un poemario, una obra de teatro, un libro de relatos, una novela, una antología, un catálogo de vinos) y no publicar absolutamente nada.

Bellver es, pues, la expectativa y cuando hablo de expectativa, me refiero exactamente a la idea de que alguien que lleva tanto tiempo amenazando con dar el salto, acabe dándolo. Cabría esperar, tras tantos y tantos años de incertidumbre, algo, no sé qué, lo que sea, pero diferente, especial, personal; mejor o peor, da igual, pero que no deje, bajo ningún concepto, indiferente. Que suscite interés más allá de la periferia literaria de amigos y reseñas y favores y agradecimientos.

“Agua dura” es, o debería ser, la solución al problema: ¡el fin de la incógnita! Se habla, en la red, de un parto duro. Se habla, en Que Leer, de un parto hermoso. Y porque nos lo creemos, es por lo que lo leemos. Y porque lo esperamos y confiamos, es por lo que nos decepcionamos.

Pero no vendamos la piel del pollo antes de matarlo.

* * * * * * * * * *

“Agua dura” puede parecer, por su portada, un anuncio de colonia (a falta de rubia sobre caballo tendríamos falo con playa de fondo), pero no, en realidad son doce relatos y microrrelatos de irregular extensión que tratan temas tan diferentes unos de otros que difícilmente puede entenderse la intención del título pese a que el autor defienda (en la que probablemente sea la mayor carta de agradecimiento jamás escrita por un ser humano) la idea de un algo genial largos años planificado: «[…] la mayoría de mis cuentos solicitados o seleccionados para antologías fueron escritos desde el primer momento como piezas de una obra mayor, el libro de relatos que ahora cobra forma y sentido en esta propuesta narrativa, una espiral simbólica en torno al agua como metáfora oscura, acerca de la complejidad de las relaciones humanas y la escurridiza noción de familia que a menudo las condiciona.» 

Para no eternizar el post, vamos a limitarnos a comentar dos o tres relatos. Serán más que suficientes para hacernos entender, ya verán (y ya me parece mucho tiempo dedicado).

El primero, “Propiedad privada” es, como carta de presentación, espantoso, pero no el peor. Trata de dos hermanos que ocupan una vieja finca familiar y lo que allí tiene lugar. Lo mucho que se podría haber hecho con este cuento y lo poco que acaba saliendo es buen ejemplo de la escritura del autor, donde todo es poner cara de listo y domesticar la prosa total para no decir absolutamente nada.

En “El nudo de Koen”, el segundo de los relatos “largos”, se juega mucho (seguramente en un vano intento de demostrar que se posee alguna imaginación). Se juega con la idea de un doble un tanto especial: un niño creado para cubrir el hueco que deja la prematura muerte de su hermano mayor, adorado por la familia y talentoso como pocos. Y se juega con el nombre Koen, K, para crear poemas gráficos a modo de “divertido” guiño o para demostrar que lo de La casa de hojas no era para tanto:



Relato flojo sobre una pena que no va a ninguna parte y que adolece de la misma falta de pasión que, en general, el resto de la prosa del autor: «Una doble hilera de árboles se recorta contra el cielo gris de febrero y delimita los márgenes del camino entre todo el blanco del paisaje. Aunque es el invierno menos frío de los últimos años, esa mañana la nieve enharina los campos y se amontona en los terraplenes sobre los canales, cubiertos por una fina capa de hielo.» 

ZZZZZzzzzzzz. Pues así una parrafada tras otra.

Pero el relato que, de todos, en mi opinión, da una idea más acertada de lo que nos podemos encontrar en este recopilatorio, es “Los ojos de Sarah” (relato que, si no recuerdo mal y por si quieren reclamar al maestro armero, ya fue vendido con anterioridad de forma independiente). En este largo dos primos viajan a Brasil en busca de Mengele, el famoso Mengele, que se oculta por razones harto conocidas para meterle ya veremos qué por ya veremos dónde. La cosa hay que cogerla con pinzas. En el relato se intercala la acción (por llamarla de alguna manera) con extractos de los diarios de Mengele en el que éste cuenta con aire de resignación las manías propias de un genocida (tipo lo mucho que le molestaba a su mujer la ceniza que expulsaban las incineradoras y tal). Nada serio. Este encadenar obviedades y calzar en un relato dos puntos de vista, y este recurrir a todo cuanto tópico han parido los campos de exterminio hubiera podido tener un pase si no acabase, el autor, por darle un tono de novela de espías cutresalchichera y escribiendo unos diálogos tan faltos de naturalidad que ni para sí los quisieran los de aquí no hay quien viva:

―¿Qué tenemos, Abel? Ya no estoy segura ―me dice al calzarse con cuidado―. ¿Crees que esta vez estamos sobre la pista buena? ¿Le tenemos de una vez?
―Hasta ahora nunca reunimos indicios tan claros, Sarah. […] Tenemos el viaje de su padre desde Baviera, la copia del acta de divorcio que encontró Wiesenthal y las pruebas de la visita de Mengele a su hijo en Suiza. Cartas, cuentas, pasaportes, contactos, la cinta anónima que nos ha traído hasta aquí, todo, Sarah. Tenemos más de lo que estaba en los archivos del Mossad cuando abortaron la operación.
―Y el diario.
―Sí, Sarah, y el diario. El anónimo asegura que es de Mengele y por lo que sabemos parece su letra. Lo hemos leído cien veces. Aunque esté incompleto creo que es suficiente. Esta vez no fallaremos.

“Esta vez no fallaremos”, compañera, ¡cazaremos a Mengele! En fin. Miren si será malo que ni los judíos dan pena.

Una vez se le ha perdido el respeto, el resto del libro es un continuo caer en picado. Sí es verdad —todo hay que decirlo— que cuánto más corta la distancia mejor parado sale el autor (a pesar de que en ningún momento logre insuflar vida al texto) tal vez porque, liberado del peso de desarrollar personajes fuera del estereotipo, puede permitirse jugar con algunas ideas que considera originales: activistas que cuelan animales en los museos, héroes anónimos de batallas campales en la plaza Sintagma, asaltahogares temporales, dos que se hacen chupones entre cadáveres, la apasionante rivalidad entre dos culturistas llevada al extremo... Ya saben, esas cosas que tanto tienen que ver con el “agua como metáfora oscura” o la “complejidad de las relaciones humanas”. (A excepción de "Islandia", el último relato, donde sí hay agua y relaciones humanas y, no se lo pierdan, trolls e ideas robadas de cine noruego de serie B, que ya hace falta estar desesperado).

Lo que viene siendo querer dar la campanada y no pasar de tocar la zambomba. 


Por cierto, «Esta obra forma parte del Nuevo Drama»:


lunes, 17 de febrero de 2014

“Jota Erre” de William Gaddis

«[…] Espero que a todos los lectores esta historia les sirva para estar prevenidos y hacer alguna aportación a las alas del tiempo, problema, joder, es que casi todos los lectores preferirían estar en el cine. Prestar atención, pensar algo, sacar una conclusión, problema, joder, es que casi todos los libros están escritos para lectores completamente satisfechos con lo que son, preferirían estar en el cine, llegan con las manos vacías y se van igual, joder, lo que le decía a Scharmm Bast. Si les pides que hagan un mínimo esfuerzo, joder, quieren que se lo den todo hecho, se levantan y se van al cine, […]» (Pág.446-447)



1

Maldades y malas elecciones aparte, no se me ocurre ninguna (y cuando digo ninguna quiero decir NINGUNA) razón por la que uno debería, podría o querría dejar pasar un libro como JOTA ERRE de William Gaddis, un libro tan actual y divertido, tan rematadamente bueno, tan jodidamente inteligente, sano y refrescante (y, en la misma media, delirante, desquiciante, exasperante), que no comprarlo o directamente robarlo o dejar de comer para tenerlo; que no perder el culo por leerlo, en definitiva, que no mandar las redes sociales al infierno de la estupidez; que no hacerlo (y sí hacer, en cambio, oídos sordos o excusarse en la necesidad de cierta superficialidad o en el peso del libraco o en la incomodidad de los asientos del metro o en esas dos docenas de libros pendientes o en qué sé yo) hacer todo eso, digo o dejar de hacerlo, ya no sé, no dice mucho de uno, no dice algo de uno, lo dice TODO.


2

En esta parte debería ir el argumento, pero no puedo. Si es que además no importa. Bueno, vale, estoy exagerando, pero no tanto como otras veces. No es exactamente que importe o deje de importar, es que pónganse ustedes a resumir mil doscientas páginas en las que aparecen unos 120 personajes diferentes; una novela en la que no existen puntos de apoyo desde el momento en que se compone de unas doscientas “secuencias” (diferentes personajes en diferentes lugares haciendo esto lo otro y lo de más allá) separadas por transiciones unas veces más claras que otras, unas veces más largas y otras más cortas, y en la que todo absolutamente todo es diálogo, y donde nunca, nunca, se pone en contexto al lector. Adivinar quién es quién, dónde está y con quien habla, si habla cara a cara o si coge el teléfono; poner de tu parte o irte a leer, no sé, a Javier Marías, por ejemplo. 

Voy a ser completamente sincero: en esta reseña —escrita, por razones que no vienen al caso, mucho tiempo después de haber leído la novela— dejaré en el tintero muchas cosas: dejaré referencias, millares de citas, un buen resumen del argumento; obviaré a Gibbs y su discurso sobre el arte y la mecanización, anticipo de “Agape se paga”… Que me dejaré muchas cosas, vaya (que, por otro lado, podrán encontrar fácilmente en la red) porque con esta reseña lo que quisiera es crear en ustedes una necesidad: quisiera convencerles de que deben deben deben leer esta novela. Si no lo hacen, si no la leen, si no logro convencerles, no habré fracasado yo, habrán fracasado ustedes. Pero sin rencores, eh.


3

JOTA ERRE —por aquello de darles una pista y sin que tenga, insista, mayor importancia— es un chaval de once años que, a lo largo de la novela, consigue montar un tinglado del demonio desde las cabinas telefónicas del colegio. Y cuando digo tinglado del demonio lo que quiero realmente decir es un imperio financiero de acciones más falso que Judas que, en mayor o menor media, afecta a todos cuantos personajes pululan por ese escenario en que se convierte la novela que, ya lo hemos dicho, son unos cuantos. 

-Vale, quién, ¿Tienes a alguien?, ¿eh? Porque, tío, te vas a meter en un lío si te dedicas a prestar dinero para los tenedores esos y eso, sólo porque te has leído todos esos libritos desde que fuimos al viaje de estudios ese, antes nos lo pasábamos bien canjeando cosas, tío, pero ahora todo se…

- ¡Vale, y qué quieres que haga! –dio una patada a un montón de hojas que había delante de él, se detuvo ahí para cambiar de brazo su carga—, o sea, ¿que me dedique a vender esas muestras cosméticas gratis, con las cajitas de cerillas esas, los zapatos esos que son enormes?, ¿o, o sea, la cosa esa que tengo en casa de una emocionante carreta trabajando en un motel o las importaciones y exportaciones en la intimidad de tu propia casa? O sea, los ratos divertidos esos, mi madre siempre está trabajando, cómo sé yo cuándo va a volver, o sea, es como lo de los bonos y las acciones esas, no ves a nadie, no conoces a nadie, sólo por correo y por teléfono, porque así es como lo hacen , nadie tiene que ver a nadie, puedes tener una pinta rarísima y vivir en un retrete, ellos qué saben, o sea, es como los tipos esos de la bolsa de valores donde se venden acciones unos a otros. No les importa una mierda de quién son, sólo venden y compran para una voz que se lo dice por teléfono, por qué les va a importar una mierda si tienes ciento cincuenta años, lo único que les… (pág.267)

Pero más allá de la historia —que ya de por sí, se pongan como se pongan, es absolutamente genial— está, como siempre, la marca de la casa y mi punto débil: la forma que tiene Gaddis de sumergirnos en la novela. Ese permanente estado de frenesí en el que se encuentran sus personajes (todos y cada uno de ellos) o cómo es capaz de crear el caos en una habitación apenas con un grifo que gotea y mucho desorden y después orientar al lector con algo tan ridículo como puede ser una bolsa de patatas fritas. 

Mención aparte, el humor. Las escenas que tienen lugar en lo que podríamos considerar las oficinas principales de ese emporio de papel creado por Jota Erre y que ocupan aproximadamente la parte central del libro, merecerían encabezar cualquier antología de humor. No estamos hablando, como hablábamos hace unos días, de hacer gracia a golpe de chistes o, digamos, microsátiras, como se les llama ahora. La cosa no funciona así. Demasiado fácil. Demasiado vulgar. El humor de Gaddis es de largo recorrido (de ahí la ausencia de citas) y requiere la complicidad del lector más allá de la que se pueda encontrar en los muros de alguna red social. 


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Han pasado casi dos meses desde que terminé Jota Erre y desde entonces se ha convertido en una muy particular una vara de medir. No es que ahora todo lo demás parezca “deficiente”, es que realmente lo es. Puede que las comparaciones sean injustas, incluso exageradas u odiosas y sí, es cierto, seguramente sí, pero también necesarias. En ocasiones diría que imprescindibles, vista la especial querencia de muchos por hacer grandes a quienes poca cosa son a golpe de parecido razonable. Uno puede escribir como Carver, hacernos reír como Vonnegut; uno puede ser cortaziano de pro o digno heredero de un Borges furioso, uno puede tener más referentes que donde se fabrican; uno puede ser muchas cosas, pero uno nunca podrá ser como Gaddis de igual modo que una novela nunca podrá ser como Jota Erre. No hay huevos.

Hay novelas que suponen, para el lector, un antes y un después. JOTA ERRE —novela inmensa se mire por donde se mire— es una de ellas. Se lee o no se lee; todo lo demás son excusas.

¡O sea, eso es lo que le estoy diciendo! O sea, ¡por qué la gente va y roba, infringe la leyes para coger todo lo que pueden si siempre hay alguna ley, que puedes ser legal y cogerlo todo de todas formas! Así que, o sea, yo hago lo que se hace y así todo el mundo se… (Pág.1026)


jueves, 2 de enero de 2014

2013 - Relación de lecturas

“m” de Juan Vilá; “Fuera de lugar” de Victor Moreno; “Los pájaros amarillos” de Kevin Powers; “Bleak House Inn” de VV.AA (Ed. Care Santos); “Ciudad abierta” de Teju Cole; “Intemperie” de Jesús Carrasco; “El niño que robó el caballo de Atila” de Iván Repila; 

“Un mundo para Mathilda” de Victor Lodato; “Un matrimonio de provincias” de Marquesa Colombi; “Artefactos” de Carlos Gámez; “La vida para principiantes” de Slawomir Mrozek; “Glaciares” de Alexis M. Smith; “Norteamérica profunda” de Juan Carlos Márquez; “Incendios” de Wajdi Mouawad; “Limónov” de Emmanuele Carrere; 

“La mujer de sombra” de Luisgé Martín; “El elefante” de Slawomir Mrozek; “Stoner” de John Williams; “Las buenas chicas no leen novelas” de Francesca Serra; “Tierra” de David Vann; “Saliendo de la estación de Atocha” de Ben Lerner; “La ética de la crueldad” de Jose Ovejero; “Genio de extrarradio” de Sergio C. Fanjul; “Intento de escapada” de Miguel Angel Hernández; 

“Magma” de Lars Iyer; “Muss / El gran imbécil” de Curzio Malaparte; “Moo Pak” de Gabriel Josipovici; “La hora violeta” de Sergio del Molino; “Como amigo” de Forrest Gander; “El joven Nathaniel Hawthorne” de Victor Sabaté; “Todo como antes” de Kjell Askildsen; “Norteamérica profunda” de Juan Carlos Márquez (Relectura); 

“La vida interior de las plantas de interior” de Patricio Pron; “Bajo el influjo del cometa” de Jon Bilbao; “El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco” de Charles Bukowski; “El desayuno de los campeones” de Kurt Vonnegut; “Relatos completos” de Cesar Aira; “Donde dejé mi alma” de Jerome Ferrari; “Todo está bien” de Matías Candeira; “Los años de lluvia” de Jesús Esnaloa; “Polvo en los labios” de Montero Glez.; “Los hermanos Sisters” de Patrick deWitt; “La misma ciudad” de Luisgé Martín; “Mire el pajarito” de Kurt Vonnegut; 

“Yo precario” de Javier López Menacho; “Todos los perros son azules” de Rodrigo de Souza Leão; “Trabajos del reino” de Yuri Herrera; “Chesil Beach” de Ian McEwan; “El origen (Relatos autobiográficos)” de Thomas Bernhard; “Menos joven” de Rubén Martín Giraldez; “Comandante. La Venezuela de Hugo Chavez” de Rory Carroll; “Pancho Villa toma Zacatecas” de Taibo II y Pablo Ignacio; “Todo va bien” de Socrates Adams; “Dostoievski: los años de prueba 1850-1859” de Joseph Frank; 

“Shakespeare y la ballena blanca” de Jon Bilbao; “El vicio de la lectura” de Edith Wharton; “Batman desde la periferia” de VVAA; “Creadores de monstruos” de Javier Tomeo; “Diario de 1926” de Robert Walser; “Los versos del hambre” de Sara Bernard; “Habana 2009” de Eduardo Laporte; “Pose” de Alberto Olmos; 

“Un hombre soltero” de Christopher Isherwood; “Samuel Johnson está indignado” de Lydia Davis; “Divorcio en el aire” de Gonzalo Torné; “El luminoso regalo” de Manuel Vilas; “Andanzas del impresor Zollinger” de Pablo d'Ors; “Los ojos de los peces” de Ruben Abella; “Donde dejé mi alma” de Jerome Ferrari (Relectura); “Hijos apócrifos” de Víctor Balcells Matas; “Problemas oculares” de Javier Tomeo; “Amado monstruo” de Javier Tomeo; 

“Infancia” de J.M.Coetzee; “A la caza de la mujer” de James Ellroy; “La senda del perdedor” de Bukowski; “Por si se va la luz” de Lara Moreno; “El héroe discreto” de Mario Vargas Llosa; “Los fantasmas del masajista” de Mario Bellatín; “El abrazo” de David Grossman; “Todos los crímenes se comenten por amor” de Luisgé Martín; 

“En medio de extrañas víctimas” de Daniel Saldaña París; “El sermón sobre la caída de Roma” de Jerôme Ferrari; “La habitación oscura” de Isaac Rosa; “Del color de la leche” de Nell Leyshon; “El rayo mortal” de Daniel Clowes; “Epiléptico” de David B.; “Mister Wonderful” de Daniel Clowes; “Tamara Drewe” de Posy Simmonds; “Wilson” de Daniel Clowes; “El libro de los pequeños milagros” de Jacinto Muñoz Rengel; “La banda de los postizos” de David B.; “No cambies nunca” de David Sánchez;

“Asterios Polyp” de David Mazzuccheli; “Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee” de Eduardo Lago; “Las enseñanzas de Don B.” de Donald Barthelme; “El ruletista” de Mircea Cartarescu; “La casa de hojas” de Mark Z. Danielewski; “Tú me has matado” de David Sanchez; “Historias de barrio” de Gabi Beltrán; “El consejero” de Cormac McCarthy; 

“La casa y el cerebro” de Edward Bulwer-Lytoon; “Ice Haven” de Daniel Clowes; “El gato del rabino 1” de Joann Sfar; “Asterios Polyp” de David Mazzuccheli (Relectura); “Pobres magnates” de Thomas Frank; “La benévola” de Laird Hunt; "El evangelio de Judas" de Alberto Vázquez; "JOTA ERRE" DE William Gaddis.