martes, 5 de mayo de 2015

‘La vida equivocada’ de Luisgé Martín

Al grano: La vida equivocada suena a repetición. Suena a ya leído no menos de un par de veces. Suena a falta de ideas, o de argumentos; suena a monotema y a runrún de la maquinita de fabricar libros en serie. Suena, también, a exceso de algo, de confianza, por ejemplo.

Y eso que tengo a Luisgé Martín por uno de los mejores prosistas de la literatura española actual. Libro que saca Luisgé, libro que se lee servidor. Y todos, todos (los cuatro que he leído, al menos, a excepción de (obviamente) el primero) los empiezo con la misma ilusión, con el mismo entusiasmo, ese entusiasmo de quien se reencuentra con un viejo amigo. 

Leo a Luisgé por el placer, inmediato placer, que me proporciona la forma que tiene de contar las cosas. Y eso es algo que no me ocurre con todo el mundo. De hecho no estoy seguro de que me ocurra con ningún otro escritor de este país.

Y a pesar de esto hay algo en Luisgé y más concretamente en este libro, que me irrita profundamente. Se trata, ya lo he dicho, de una pasmosa falta de escrúpulos a la hora de plagiarse a sí mismo (y algo más).

Me explico.

En La mujer de sombra, novela de la que ya hablamos en su momento (aquí), se trataba con detalle la cuestión sexual; concretamente la obsesión de un hombre y su descenso a los infiernos, entendiendo como infierno la rama más perversa y despreciable de cuantas se conocen: aquella que afecta a la infancia. No quiero entrar en detalles, no lo hice en su momento para evitar spoilers y no lo haré ahora exactamente por lo mismo, pero tampoco quiero dejar de señalar que ya en su momento me pareció un atrevimiento digno de elogio que es escritor tratase tan peliaguda cuestión con la normalidad con que lo hacía Luisgé, provocando lo que en mi opinión hace de la La mujer de sombra un artefacto más que interesante: un estilo elegante que contrastaba con las atrocidades de las que, poco a poco, íbamos siendo testigos.

Tiempo después Luisgé volvió con una novela llamada La misma ciudad, de la que también se dio en este santo blog cumplida información. En esta ocasión un hombre corriente y moliente con querencia a lo insustancial decide en un momento equis dar un giro radical a su vida, rompiendo absolutamente con todo (familia, trabajo, etc) para partir de cero a los tan difíciles cuarenta. Sé que me perdonarán la autocita: «Supónganle mil aventuras, amores, amantes y ruina moral, de la buena, de la que fortalece el alma (o así lo creía él). Se le hace el seudónimo famoso a golpe de poema y forja una leyenda de escritor huraño. Más amores, más amantes, tirarse de un puente, follarse un maromo y una pizca de obra social». Y poco más. La novela, breve, era la biografía apresurada de un momento muy concreto de un muy concreto don nadie venido a más. 

Nuevamente una excelente narración aunque la historia quedaba lejos de su anterior trabajo. 

* * * * * * *

Ahora presten atención al argumento de la novela que hoy nos ocupa:

Luisgé-narrador, conoce, a eso de los dieciocho años y en un taller de escritura a Max Leopardi, un más que atractivo y en apariencia prometedor joven con el que vivirá una pequeña aventura de corte sexual y de quien se enamorará perdidamente, hecho que descubrirá tras la ruptura. Se conocerán, se arrimarán, se separarán. Años después Leopardi reaparecerá, enfermo, afeado, siendo apenas una sombra de lo que fue, para pedirle a Luisgé que lea un manuscrito de una novela que se ha tirado diez años escribiendo. Por las razones que sean, Luisgé recuperará la amistad con Leopardi que le contará la historia de su vida, historia que el escritor comparte con nosotros.

Hasta aquí todo normal. 

Max, como tantos otros, cree haber nacido para tener éxito, ya sea como escritor ya sea como sea, pero el azar parece tenérsela jurada a su familia. Toda su vida es un ir y venir, un ir dando tumbos sin llegar tener nunca realmente nada a qué aferrarse. Su infancia será un permanente cambio de domicilio hasta que su padre muere en un accidente de avión en el que no se sabe muy bien qué pintaba. Después, más tumbos: fantasea con la revolución, se prostituye, vive (sin vivir realmente ninguna) dos vidas muy diferentes: la del lujo y la de la miseria. 

La historia de Max es la historia de un fracaso que no es tanto un fracaso como el resultado de su falta de iniciativa, de interés en otra vida que la regalada.

La segunda parte de la novela nos habla (por razones que no puedo desvelar) de la vida de Elías, el padre de Max, un verdadero fracasado («Su objetivo no era acumular riqueza, sino hacer algo memorable que quedara en los anales de la Historia»). Prefiero no entrar en detalles, por razones harto evidentes (hay un misterio y conviene andarse con ojo no vayamos a descubrirlo) pero conviene tener claras dos cosas que, sin bien no son defectos (ni mucho menos), sí son, para el seguidor de Luisgé, una razón más que suficiente para desconfiar. Elías no es buena gente. Elías, en un momento dado y al igual que al protagonista de La misma ciudad, se le presenta la oportunidad de volver a poner el contador a cero, vivir otra vida, tal vez mejor, tal vez no. Eso una. La otra es que a Elías le gustan las niñas bien niñas:

«La niña lo examinó inquieta, y al levantarlo para mirar el festón dejó a la vista los muslos, las bragas blancas. Elias sintió un mareo y tuvo que entrecerrar los ojos. La sangre le enrojeció el rostro, primero, y le hinchó la verga, después. Alargó la mano con miedo para acariciar la carne de la niña y metió enseguida el dedo índice dentro de las bragas, levantando la goma elástica. Al rozar los labios de la vulva, resolló: el aire le raspó la tráquea. Elena permanecía quieta, estremecida, sin entender qué estaba ocurriendo. En los alrededores no había nadie, pero a partir de un determinado instante Elias perdió la atención y abandonó la vigilancia. Todos sus sentidos se concentraron en la yema del dedo, en las falanges que había introducido dentro del sexo de la niña y que movía con suavidad, tratando de no hacerle daño. Ella había comenzado a llorar en silencio».

Una vez más somos testigos de repugnancias de corte sexual como una excusa (pareciera la única) para viajar al lado oscuro del ser humano y otra vez hombres huyendo de sí mismos y ya no sabe uno si está leyendo la versión definitiva de algo -si lo que ha leído en el pasado era algo así como un escritor haciendo dedos, preparando la novela definitiva-, o si no es nada más que más de lo mismo.

Amén de esto, que no pasa de ser condenable en la medida que pueda serlo el hecho de que un escritor se empeñe en escribir siempre el mismo libro (que ya no está mal), está aquello que tiene que ver con el estilo. Luisgé, a quien (les recuerdo) he considerado hasta ahora uno de los mejores escritores de su generación, se lleva a sí mismo al extremo, se exagera hasta lo barroco y en su afán de (supongo) dar profundidad a los personajes los acaba metiendo en un pozo: «Desarrolló una filosofía extravagante y pragmática hecha a su conveniencia: la perversidad no radica nunca en el acto, sino en sus consecuencias». Da la impresión de que cada acto de cada uno de ellos tuviera que ser justificado previamente, como si fuera necesario dar una explicación o buscar la perfecta comparación no consiguiendo con esto otra cosa que interrumpir la narración demasiadas veces: «Es posible que la idea renovada de la prosperidad y del éxito que Elias alcanzó en la última parte de su vida comenzara en ese trance; es posible que fuera entonces cuando se dio cuenta de que es la excelencia la que conduce siempre al fracaso o de que, en el reverso del espejo, la insignificancia puede ser el mejor camino hacia la felicidad». En resumen: acumula, la novela, demasiada sentencia, aforismo, demasiad lección: «Aunque no lo admitimos nunca, la medida de nuestra desventura es siempre la desventura de los otros» y el resultado es, como bien decía Suau en El Cultural, un cierto acartonamiento

Resultado: se hace cansino, Luisgé, en La vida equivocada

Lo pueden poner en la faja de su próximo libro.


5 comentarios:

  1. Lo dicho (aunque espereba más tralla). Es lo que pasa cuando un tío firma "Luisgé".

    ResponderEliminar
  2. Me he quedado solo.

    ResponderEliminar
  3. Jajajaja, eso parece. Disculpe, ayer no pude pasar.

    Luisgé es, por alguna inexplicable razón, una especie de debilidad personal pese a no acabar de cogerle el punto. Supongo que le tengo fe.
    eso sí, no tiene maldito interés para nadie. Habrá que sacar otra reseña, no se nos vaya a aburrir el personal.

    ResponderEliminar
  4. Y0 estoy, pero vamos como si eso importara. y no, no soy Luisgé, Lo Juro, por las fajas de los años cincuenta, no las de los amigos editores.
    Saludos, My Doctor.

    ResponderEliminar
  5. Creo que este autor merece más lectores y más comentarios. Muy bien su razonada opinión sobre la-s novela-s recientes de G.Martín, como firmaba antes. Me gustaron allá por el 91 sus cuentos tan borgianos-'Los oscuros'-, su novela 'Las manos cortadas', su libro de viajes y alguna página más nada desdeñable.

    G. Martín eleva la calidad de la medianía en las novelas en español y su fraseo puede cansar, pero es que está desaparecido en otros novelistas, salvando a Vila-Matas, Orejudo y pocos más. No puedo rechazarlo, sigo sus libros con interés.

    Me voy a comprar el último de John Connolly, 336 páginas con Charlie Parker en Maine de nuevo; eso sí, por la noche ni tocarlo.

    ResponderEliminar