Me jode lo indecible, pero hoy vengo a desdecirme.
No me gusta hacerlo, pero necesito quitarme esta espinita que se me ha clavado. Por eso, y para no dar más la paliza con el tema, seré anormalmente breve.
El 24 de noviembre publiqué una aproximación a esta novela (AQUÍ) en la que básicamente me limitaba a expresar mi parecer sobre lo que estaba resultando ser la lectura de Casa de Hojas. «Por lo que he podido comprobar» —decía— «la novela de Danielewski es un lío del demonio que conviene afrontar con entusiasmo y tiempo libre.»
Primer error.
No es en absoluto cierto que sea un lío del demonio. De hecho, echando la vista atrás, creo que es una novela asombrosamente fácil de leer pero también exagerada e innecesariamente retorcida, lo que seguramente acaba dando una impresión equivocada.
«Mi impresión inicial» —seguía diciendo entonces— «es que “La casa de hojas” es un bello y retorcido objeto que oculta una interesante novela de terror pero también mucha paja.»
Esto lo tuve claro desde la página 350.
Tres días después, el 27 de noviembre, publiqué (AQUÍ) la reseña “oficial”, donde decía, entre otras muchas, dos cosas absolutamente contradictorias: «personalmente, me sobra media novela. Concretamente TODO lo que tenga que ver con Truant.» y «Es por culpa de esto que lo que podía haber sido una novela sobresaliente se queda en notable.»
La palabra clave es “media novela”. La palabra clave es “notable”.
No. No puede ser NOTABLE una novela cuyo 50% es más que una memez: es material de derribo. Es relleno. Fuegos artificiales. Porque una cosa es cierta: el expediente Navidson, con juegos o sin juegos, se come, literalmente, la novela, y la parte de Truant, aquella que puede leerse en los pies de página, acaba resultando de una intrascendencia pasmosa, no acabando uno de entender, un mes después ni un siglo después, qué sentido tiene realmente estropear de tal forma algo que podría haber sido simplemente perfecto (o casi) y si no será, esa parte de Truant, la parte desechable, un recurso bastante tramposo para hacer creer al lector que se encuentra ante una obra magnífica cuando en realidad no es más que un hábil ensamblaje de dos historias de desigual calidad. La parte de Truant no abre nuevos caminos, no complementa la narración principal, no aporta absolutamente nada, no enriquece. Lo que sí hace, y lo hace muy bien, es parasitar, rellenar, confundir. Aburrir.
Hoy, el final de la reseña hubiera sido muy diferente al que fue entonces y donde dije: «[…] no es la obra maestra que se vende por ahí […]pero sí vale cada euro invertido y casi casi casi cada minuto dedicado» querría ahora decir que NO, que no vale cada euro invertido y desde luego no merece cada minuto dedicado. Hay muchos minutos, todos esos minutos que hoy se descubren invertidos en una historia menor, que se podían haber dedicado a leer cualquier otra cosa. Que no lamento la compra, eso también es cierto, pero por motivos que poco o nada tienen que ver con la calidad de la historia en su conjunto.
Creo recordar haberle escuchado decir a Danielewski que dedicó diez años de su vida a esta obra, más o menos los mismos (seguramente más) de los que dedicó William Gaddis a JOTA ERRE, una obra mucho más ambiciosa, mucho más compleja (esta sí), mucho mejor, en general, que, sin tener que recurrir a artificios y a juegos gráficos (sin evitarlos, tampoco), consigue lo que para sí quisiera Danielewski: que valga la pena la cada minuto, cada segundo invertido en su lectura.
Rectificar es de sabios, dicen.

