miércoles, 21 de diciembre de 2011

"Pobre Gente" de Fiodor M. Dostoievski (1)


Pobre gente(1) es la primera novela de Dostoievski. La primera. De Dostoievski. El mismo Dostoievski que más adelante escribirá “Crimen y Castigo”, “Los Hermanos Karamazov” y toda esa mierda sobrevalorada, que diría aquel (que dicen “aquellos”). El caso es que esta fue su primera novela. 

A principios de invierno de 1845, de pronto comencé a escribir Pobres Gentes, mi primera novela; antes de eso, nunca había escrito nada. Cuando terminé la novela, no sabía qué hacer con ella, ni a quién dársela a leer”, dice Dostoievski. Se coge antes a un mentiroso que a un cojo, decía mi madre, y Dostoievski miente como un bellaco. Todos los escritores mienten respecto a su primera novela. Es una convicción que tengo y que se fundamenta nada más que en la desconfianza; el envilecimiento natural fruto de tantas horas dedicadas a la lectura. El caso es que Dostoievski sabía perfectamente lo que haría con ella: lo comentó en una carta que a principios del otoño de 1844 (un año antes de la cita anterior; un año) escribe a su hermano Mijaíl en la que le pone al corriente de sus apuros económicos: "Tengo una esperanza. Estoy terminando una novela aproximadamente del tamaño de Eugenia Grandet. Una novela bastante original. Estoy empezando a pasarla en limpio, y recibiré alguna respuesta acerca de ella hacia el catorce. Se la daré a Noticias de la Patria. (Estoy satisfecho con mi trabajo.) Acaso obtenga cuatrocientos rublos, y ésas son todas mis esperanzas." En la biografía del escritor añade Joseph Frank respecto a este asunto: “Es evidente que Dostoievski destinaba su novela, desde el principio, a Noticias de la Patria, y que escribía con toda la intención de satisfacer las nuevas exigencias impuestas a la literatura rusa por Belinski”. Belinski, al fin Belinski. A Belinski quería yo llegar. Belinski pues. 

EL CRITERIO DE BELINSKI 

Belinski fue, resumiendo muy mucho, la mayor potencia crítica de la literatura rusa de la época que nos ocupa. Con esto no quiero decir, obviamente, que fuese un vulgar crítico con una columna en algún periodicucho de la zona ni que a la par que escritor tuviese algo así como un blog. No me refiero a ese tipo de crítico, sino a uno de verdad. Era la clase de crítico con el poder suficiente –presten atención, es importante- para cambiar el rumbo de la literatura. Esto es, que lo que Belinski abrazaba era lo que abrazaría el resto del país. A ese tipo de crítico me refiero. Pues bien, más o menos en 1840 a Belinski le cambia el gusto. Esto simplificando. Se había ido a vivir a San Petersburgo y probablemente las nuevas amistades, amantes de todo lo francés, le llevaron a desdeñar las preocupaciones sociopolíticas (disculpen que no me extienda en este punto) para sumergirse en una fogosa defensa de las nuevas teorías sociales francesas (ni en este). “En el otoño de 1841 –nos dice Joseph Frank– le escribe a su amigo V. P. Botkin que "la idea del socialismo" se ha vuelto para él "la idea de las ideas, el ser de los seres, la pregunta de todas las preguntas, el alfa y el omega de la fe y del conocimiento. Para mí, todo ha fusionado, la historia, la religión y la filosofía". Es evidente que, sea lo que fuere lo que el "socialismo" significaba para Belinski, era infinitamente más que la mera adopción de un nuevo conjunto de ideas sociopolíticas. Cuando trata de hablar de ello con más detalle, nos damos cuenta de que lo que más le ha impresionado es el aspecto apocalíptico y mesiánico de todas las teorías socialistas utópicas; la idea, particularmente fuerte en las prédicas de George Sand y Pierre Leroux, de que el socialismo es el cumplimiento o la realización final sobre la tierra de las auténticas enseñanzas de Jesucristo”. 

Pues en estas es en las que estaba el bueno de Dostoievski escribiendo su “Pobre Gente”. El sí había abrazado hacía tiempo la literatura de Victor Hugo, Balzac y George Sanz -la misma gente por la que Belinski (y por extensión media Rusia) dejaría de venerar a Goethe, Walter Scott, Schiller o Hoffman- y se encontraba en la situación ideal de presentar su primera novela. Con esto no quiero decir que el mérito de Dostoievski fuese únicamente haber estado en el momento adecuado en el lugar correcto, que también. Ya veremos más adelante que a su novela le sobraban razones para destacar sobre el resto. 

Cuando Dostoievski acaba de escribir “Pobre Gente” se lo da a leer a su amigo Grigoróvich, que a su vez se lo pasa al también escritor y editor Nekrasov. Ambos, tras llorar por el triste destino de los protagonistas (perdón por insinuar el final) van a celebrarlo con él. Más tarde el mismo Nekrasov se la llevará a Belinski, el gran crítico, que no sé de dónde saca los cinco minutos para leerse el libro del mindundi que era entonces Dostoievski. Cuenta la leyenda que antes incluso de terminarla ya estaba colgado del balcón de su estudio gritando a todo pulmón que él, Belinski, estaba entusiasmado, que aquello no era normal, que qué maravilla y tal y cual. Esto, más o menos: “Es el primer intento de novela social que jamás hayamos tenido y, además, hecho de la manera como por lo general hacen su trabajo los artistas; quiero decir, sin ellos mismos sospechar cuál será el resultado.” Y continúa contándole el argumento: “[…] se refiere a algunos simplones de buen corazón que suponen que amar a todo el mundo es un placer extraordinario, y un deber de todos. No pueden comprender nada cuando la rueda de la vida con todas sus reglas y normas les pasa por encima, y les rompe los huesos sin una palabra. Eso es todo... ¡pero qué drama, qué tipos!”. 

POBRE GENTE 

Dejen que se lo amplíe: Makar Devushkin es un copista que roza los cincuenta y se hospeda en una pensión de mala muerte. Vive enamorado de Varvara Drobroselova, una joven suponemos que hermosa que no le corresponde en ese amor y que a su vez malvive muy cerca de Makar (de la que, por cierto, es familiar lejano, sin llegar esto nunca a aclararse). Estos dos pobres infelices se apoyan en la desdicha y se escriben una carta tras otra que es lo que nosotros leemos y el modo en que nos vamos enterando de sus miserias pero es Makar quien lleva la peor parte ya que al ayudar (sostener) económicamente a Varvara, que no tiene un rublo la pobre infeliz, se ve obligado a hipotecar su vida y a someterse a un día a día humillante. Todo por amor, maldito amor. Digo esto porque llega un día que a la niña se sale un pretendiente, un terrateniente bastante gilipollas pero podrido de pasta que nada más que la quiere para hacerse un hijo a medida. La buena gente del campo. Total, que estos dos dan más pena que ver matar un conejo y al final casi se le saltan a uno las lágrimas de pura pena. Y yo, necio de mí, riéndome de la reacción de Grigoróvich y Nekrasov. 

Bien, esta es la parte en que podemos suponer que todo lo que nos cuenta Dostoievski es una ficción basada en la observación de esos pobres seres que son la clase baja de la sociedad petersburguesa pero eso sería simplificar demasiado y no justificaría, ni remotamente, el éxito que tuvo la novela, que ya les adelanto notorio. Breve, pero notorio. Ya hemos visto que el relato, contrariamente a lo que dice Dostoievski, es el fruto de una cuidada elaboración y que él mismo era en cierto modo consciente de estar haciendo algo importante. Esto lo sabemos por muchas razones. La primera es la temática elegida: era la primera vez que los protagonistas aún siendo de “segunda fila” no eran tratados con el estilo burlesco habitual, más propio de Gogol, uno de los más importantes referentes de Dostoievski cuando escribe esta novela. De algún modo es un paso al frente hacia el que luego sería considerado el “naturalismo sentimental”, que numerosos imitadores convirtieron en un movimiento independiente que nunca llegaría a despuntar: “La novela de Dostoievski Pobres gentes —escribe Vinográdov— fue el primer acto en la materialización artística de una tendencia, visible entre los ideólogos de la [escuela naturalista], en el sentido de la unificación de la forma gogoliana con el sentimentalismo (en especial, en aquel aspecto del sentimentalismo que renació en la literatura francesa 'filantrópica')”. 

Otra de las razones que hacen especial esta novela está en su estilo. Aunque ahora estemos acostumbrados a leer toda clase de géneros literarios lo cierto es que en aquel momento escribir una novela de esta manera resultaba bastante arriesgado por lo, en apariencia, anacrónico del resultado. Cito nuevamente a Joseph Frank, que lo explica mejor que yo: “A lo largo del siglo XVIII, este tipo de novela fue la forma en que ejemplos de virtud y sensibilidad, […] volcaron sus elevados sentimientos y nobles ideas. Así pues, la novela epistolar se volvió un vehículo para los desbordamientos del sentimiento romántico, y sus personajes principales fueron siempre ejemplares desde el punto de vista de la educación y del ambiente familiar en que se criaron, aunque no aristócratas, en el sentido estricto. En realidad, el subyacente impacto social de este género estaba dirigido a demostrar la superioridad moral y espiritual de sus protagonistas, en su mayoría burgueses, frente al mundo corrupto de la clase privilegiada en el que vivían." Dostoievski arriesga mucho cuando decide que los protagonistas sean personajes de una clase social inferior por mucho que el fin último sea el mismo. El mérito adicional está en el riesgo que asume desde el momento en que dibuja a Desvushkin como un simple escribiente (un chinovnik), la clase de personaje que hasta el momento era utilizado como objeto de burla. Es cierto que ya por entonces se había iniciado un movimiento de protesta frente a la injusticia de caricaturizar y menospreciar a este personaje de lo cual es un ejemplo perfecto el relato "El Capote" de Gógol. Quienes no han leído la novela no sabrán que aquí se produce una coincidencia que medio me obliga a escribir una segunda parte de esta reseña que me sirva para analizar la importancia de este novela en relación con la tradición literaria rusa y más concretamente con el ya mencionado cuento de Gógol y otro de Pushkin.

Continuará, pues.




(1) Leída la edición de ALBA Clásica (2010). Traducción: Fernando Otero Macías y José Ignacio López Fernández. Encuadernación: Rústica. ISBN: 97884-84285526. Páginas: 224.

12 comentarios:

  1. A mí lo que me gusta de Dostoievski es que tiene tantas lecturas como lectores. Como autor no te obliga a nada. Te proporciona, eso sí, un sin fin de claves de interpretación. Si prefieres una lectura superficial o una lectura profunda es cosa tuya, y las dos son posibles y tienen la misma calidad. Sorprendente.

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  2. Por Dios, déjeme decir que podría enamorarme de un hombre con la sangre tan caliente como Dosto y perder -aún más- la razón. Por cierto, Nemo, mi amor, dónde te escondes en estas fechas tan señaladas? Estoy preparándote el samovar prometido. Corre a mi, cual gacela siberiana.

    Inmaculada Concepción.

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  3. Coño, "El capote". ¿Qué me dices si te digo que ese me lo he leído? Jodeos, frikazos. ¡Resulta que soy uno de los vuestros!

    ¡Y "Tío Vania" también me lo leí en su momento, no sé cuando! ¿O acaso os pensábais que todos los guapos éramos gilipollas?

    "Crimen y castigo", en cambio, lo dejé a medias. Me pilló en una época de follar sin conocimiento.

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  4. Oye, Quique, tío, que yo también soy guapa. Y no necesito gafas, a ver.

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  5. Me uno a la súplica: ¿dónde esta Daniel?

    Joder, Quique, qué decepción: eres otro puto friki. Sois todos iguales. En cambio Tio Vania no lo leí. Le tenía yo una manía al Chejov... Pero de ese año no pasa (me refiero al que viene, obviamente).

    Saludos,

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  6. Estará corrigiendo exámenes. Ya sabéis que Nehmo es de enrollarse un pelín. No creo que sea diferente con sus comentarios al margen.

    O es del Madrid y se suicidó el día 10. O vete tú a saber.

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  7. Pues aquí estoy. Os saludo ya desde mi tierra andaluza, preparando la intensa navidad. Y acabo de emerger de bajo una montaña de exámenes, estábais en lo cierto. Mis comentarios al margen de los mismos, Quique también está en lo cierto, suelen resultar pelín extensos; es una cuestión de fe, porque uno está convencido de que el alumnado no le hace ni puto caso, la verdad. No parecen especialmente interesados en Parménides, ciertamente, ni en los argumentos de Zenón para demostrar el no-ser del mundo fenómenico y todas esas cosas tan pedantes que me encanta mencionar de cuando en cuando. En fin.

    Carlos: vuelvo al blog después de un par de semanas corrigiendo y me encuentro esta papeleta. Oye, entiendo tus razones, esa es la verdad, a pesar de que me llenen de tristeza y congoja. ¿Dónde me luciré yo ahora? Pero nada, esperaré ansioso tu retorno y, mientras tanto, comentaré en las entradas que vayas dejando caer esporádicamente. Por mi parte he de aclararte, y esto ya lo sabes, que La medicina de Tongoy es, en mi opinión, de lo mejor de la blogosfera literaria, incluyendo a sus comentaristas (mi admirado Quique y la sorprendente Inma, sobre todo). Felices fiestas y un abrazo.

    Por cierto, Quique: me ha parecido muy curioso ese recuerdo tuyo del cine, cuando te chupabas las pelis en versión original y todo eso. Yo hacía exactamente lo mismo, mi ritual resultaba idéntico al tuyo. He alterado las viejas costumbres porque ahora, yo también, me he convertido en padre. Somos almas complementarias, sólo que tú guapo y yo feo.

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  8. Coño, Nehmo, somos almas gemelas. A lo mejor Inma se atreve con los dos la vez.

    Gilipolladas aparte, celebro tu reaparición. Tus pobres alumnos pasan de Parménides porque están llenos de testosterona y están por otras cosas. ¿No te acuerdas?

    Y feliz navidad. A todos.

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  9. Gracias Nehmo. Lo peor de cerrar el chiringuito es dejar este de tú a tú cuasidiario. Me conformaré con esas visitas esporádicas.

    Abrazo,

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