Libros para escritores, para editores, para inútiles; libros para embarazadas, para amantes de la naturaleza, libros para indignados… Literatura para un público determinado. Literatura para la que no vale cualquiera. Si hubiera que etiquetar La hora violeta tendría que ser como Literatura de la Compasión.
Me explico: estas memorias -(con)fusión de ensayo y novela- narran un hecho real: la muerte por leucemia de Pablo, el hijo del escritor, antes de cumplir los dos años. La terminé hace unos días y todavía hoy me parece indecente hacer lo que estoy haciendo, es decir, escribiendo esta reseña y llamando a Pablo por su nombre. Por más que no esté en mi ánimo molestar, no puedo evitar tener la falsa impresión de estar inmiscuyéndome en un asunto privado. Digo “falsa” porque desde el momento en que Sergio saca el libro a la calle, ya es asunto mío. Mío y de todos los demás, de los que lo leen y los que no.
No acabo de entender las razones para escribir este tipo de libros. Creo saber por qué lo hace Sergio y me parece a la vez lógico e insensato. Se trata de algo tan simple como utilizar la escritura como una excusa para no perder el contacto con el objeto de la misma; como una carta que nunca llegará a su destino: “Y ahora ni siquiera te voy a encontrar aquí, en la punta de mis dedos, mientras tecleo este libro que no quiero dejar de escribir, pero al que tengo que poner punto y final. No sé qué haré sin estas páginas. Tras esta hora violeta no me espera ningún baile. No quiero ir a ningún lugar en el que no estés tú”. También como el grito agotado de un padre.
A partir de aquí, ninguna certeza. Sergio tiene razón en el artículo que publica en su blog ("¿Por qué escribo lo que escribo?"): no me competen las razones que tiene para escribir su libro; me competen mis razones para leerlo. Ni siquiera las razones para editarlo son cuestionables: se edita para aquellos que, tal como he hecho yo, quieren leer este tipo de cosas. La pregunta, pues, es: ¿por qué abro, empiezo y termino un libro de estas características? Honestamente, no lo sé, pero lo hago. Lo abro, lo empiezo y no quiero dejarlo. No es que no pueda (nada más apetecible, en realidad) sino que no quiero; me resisto a ello, como si abandonarlo por la mitad fuese una falta de respeto hacia quien llora sobre mi hombro de lector anónimo. Soy una palmadita en la espalda de Sergio.
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Advertencia: soy la reacción natural de una lectura. Mi sentido crítico campa a sus anchas hoy más que nunca.
Mi experiencia personal con La hora violeta ha sido un completo desastre. Yo no soy objetivo, soy padre. Hay momentos, instantes, secuencias, que son, literalmente, intolerables. Prueben a imaginarse un niño pequeño; un niño muy pequeño. Pónganle un nombre. Llámenle Pablo. Pablo tiene diez o doce meses y una fiebre que sólo se puede bajar aplicando sobre su cuerpo desnudo gasas empapadas en agua fría:
“Suena fácil, pero el contacto de la tela hiere a Pablo, que grita como si le clavásemos cuchillos. Llora sin consuelo posible. No hay brazos ni caricias que lo calmen, y a veces tiembla. De frío, de fiebre o ambos. Pasa una desesperada media hora hasta que conseguimos que la temperatura baje de treinta y ocho grados. Pablo descansa y se duerme, pero no tardaremos en torturarle de nuevo. El termómetro volverá a subir en un par de horas, la medicina no funcionará, y tendremos que recurrir otra vez a los medios físicos. Una y otra vez, una y otra vez cada pocas horas. Y Pablo no se va a acostumbrar. Cada nueva sesión va a ser tan extenuante como al primera. Los mismos llantos, la misma desesperación, el mismo ceño fruncido y la misma súplica que no atendemos. Y aunque, desde ese momento, Pablo aprenderá que no le vamos a rescatar de la tortura de los médicos, nunca perderá la esperanza y siempre reclamará nuestros brazos salvadores. Por más que se sepa que no a encontrar refugio en ellos hasta que los torturadores acaben su trabajo.”
Esto así doscientas putas páginas no hay quien lo aguante si no es bajo el efecto de las drogas, las cosas como son. Afortunadamente (no sé para quién) hay oasis: los oasis de esperanza de unos padres entonces ignorantes de lo que vendrá. En cualquier caso da igual, esto no es un diario y nada de lo que ocurre puede ser compensado del mismo modo que nada de lo ocurrirá podrá ser evitado. No hay nada a lo que aferrarse.
La hora violeta es un libro completamente inútil para todos los que no sean Sergio o su mujer o su familia, pero fundamentalmente sólo es útil para quien lo ha escrito, para quien necesita escribirlo. Es un libro inútil que sirve única y exclusivamente a los intereses particulares de Sergio. Para los que no somos él no nos sirve absolutamente para NADA, si acaso para lagrimear; para sentirnos afortunados; para tener una media más real de las cosas; para relativizar que tu hija amenace con romperse por la mitad haciendo el pino o se empeñe en frenar la bicicleta con los pies; para relativizar todo lo demás, también. Para no volver a olvidarte, en la puta vida, el beso de buenas noches a tu hija antes de meterte en tu cama de tío con suerte. Así de inútil es este puto libro de Sergio del Molino. Así, o más.
Aquí no hay juicio que valga. No se puede juzgar lo que no se comprende. Aquí lo que hay es un padre que ha perdido un hijo y un lector que difícilmente conseguirá ponerse en su lugar. Y malditas las ganas. Este libro es el dolor de Sergio, un dolor común en la medida que puede ser común el dolor de todos los padres que se encuentren en la misma situación. En mi opinión, la decisión de publicarlo sólo puede ser entendida como la necesidad del escritor de compartir un grito de dolor. Pues bien, el grito de Sergio del Molino cuesta 16,90 euros, 12 en versión digital. Lo edita Mondadori.



