martes, 18 de abril de 2017

“Suttree” de Cormac McCarthy (Trad.Luis Murillo Fort)

Suttree es un abismo. 

Es tan fácil, tanto, hablar de (llámenle criticar, si quieren) los malos libros, pero tanto tanto, que uno, que ha nacido vago, no puede dejar de preguntarse qué sentido tiene —con lo que le pagan, además—, meterse a reseñar novelas como esta que hoy ocupa nuestro tiempo, un tiempo que deberían ustedes perder leyendo novelas y no lo que se dice sobre ellas.

Supongo que ninguno. Quiero decir que supongo que no tiene ningún sentido. Primero porque cualquier cosa que digamos habrá sido dicha ya veinte veces, seguramente (no tengo la menor duda, en realidad), y segundo porque a estas altura de la vida ya sabemos, nos conocemos tan bien, verdad, que este tipo de reseñas o, si lo prefieren, este tipo de libros, no despiertan interés en más allá de quince o veinte lectores ocasionales con buen criterio, todo lo contrario de lo que ocurre con la memez de turno, léase Dolores Redondo, léase el último poemario de turno, léanse tantas cosas que no deberían no digo ya leerse sino directamente escribirse.

Todos, casi todos —vamos a pensar que lo primero—, conocen aquella famosa frase de Kafka y subsiguiente reflexión, aquella que decía que pensaba, Kafka, que sólo debíamos leer libros de los que muerden y pinchan, que si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo no deberíamos molestarnos en leerlo. (Libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, […] que sean hachas que rompan el mar helado dentro de nosotros, seguía). Esa frase. Esa frase que quien sabe cuántas veces habremos citado en vano, cuantas veces la habremos dejado caer en el contexto equivocado, como referencia en reseñas o comentarios sobre novelas que en modo alguno lo merecían. Nos gusta tanto esa frase, verdad, presumir de ella y hacerla nuestra y dejarla caer en cuanto tenemos oportunidad total para volver a casa y abrir la última mierda de Javier Marías, Vargas Llosa o Javier Cercas, que es exactamente la misma basura infecta del año anterior, una novela (y la otra y la otra) que, pese a nuestro entusiasmo eternamente infantil, eternamente ingenuo, acabó derrotándonos en su momento —dejándonos sin argumentos válidos para su defensa— por su mediocridad, dejándonos nada más que la amarga, por insuficiente, sensación de haber sido nada más que un poco felices, no ya por la novela, como hubiera sido lo deseable, sino por lo que tiene de reencuentro con escritores que un día fueron algo para nosotros, o significaron algo o cambiaron algo ya fuera dentro de nosotros, ya fuera fuera.

No pasa nada por leer basura. La basura también tiene derechos, también debe ser leída, aunque no sea más que para no perder la perspectiva, pero de ahí a ampararse en Kafka para justificarlo media un abismo. Y ese es abismo al que me refería al comienzo del post. La diferencia entre un libro que creemos que marca alguna diferencia y un libro que realmente lo hace, se llama Suttree. Y es un abismo. Pueden ustedes leer lo que quieran, y pueden hacerlo sin pedir disculpas, sin ampararse en Kafka o en el a mí me gusta o inexistentes conexiones personales tipo experiencias pasadas o traumas infantiles, pero si lo que realmente quieren es leer un libro que marque un antes y después, de deje una huella, que sea, cómo era, que muerda, sí, eso, que nos obligue a despertarnos como un puñetazo, que sea como un hacha que rompa nuestro helado interior, entonces ya lo siento, nenes, pero van a tener que leer Suttree, un libro que ya es, casi con total seguridad, y con perdón de Roth, Faulkner o Wolfe, lo mejor que he leído este año y parte del siguiente, un libro donde la prosa del mejor McCarthy (y que Meridiano me perdone) alcanza cotas del todo insuperables.

«Soñó con una raza polar que se desplazaba en trineos de piel de morsa, asta retorcida y marfil tirados por perros y erizados de lanzas y arpones, los cazadores envueltos en pieles, lentas caravanas atravesando el ocaso de una medianoche de invierno, en el confín del mundo, deslizándose como un susurro por la nieve azul con sus cargamentos de carne y pellejos y vísceras. Pequeños cazadores sucios de sangre que parecían flotar como esporas sobre el congelado vacío de cloro, de flor en flor de brillantes coágulos bermellón por la inmensa llanura boreal.
Frescas estolas de peces serpenteaban en el mundo nocturno de su mente famélica, aventando la granalla de sal que ascendía en columna hacia grietas en el hielo de la superficie. Para hundirse en un frío mar de jade donde las burbujas salían disparadas hacia el sol polar. Bancos de lancurdias desplegaban sus brillantes cintas y el oleaje oceánico subía con la rotación terrestre y vio que el sol se empañaba y se difuminaba tras las placas de hielo batidas por el viento. Bajo una estepa más silenciosa que la faz de la luna, donde osos marinos de alabastro recorren las saladas profundidades verdes».

Les contaría el argumento, pero no es fácil y total para qué. Suttree es un incómodo silencio río arriba unas veces río abajo otras, sin pasado y sin futuro, sin suerte y sin destino; es un hombre que muere de frío en invierno y malvive de siluros en verano; un hombre que es encarcelado, liberado, seducido, que cree conocer el amor y la suerte, total para no tener nunca nada más que ese río, que es, con diferencia, la presencia más imponente y oscura y hermosa desde que Conrad la hiciera también protagonista en aquel descenso a los infiernos que fue El corazón de las tinieblas.

«Señor Suttree, según tenemos entendido, al toque de queda decretado por ley con buen criterio y en esa hora en que la noche va tocando a su fin y un nuevo día comienza y contrariamente a la conducta que correspondería a una persona de su posición acudió usted a diversos locales infames en el condado de McAnally y derrochó allí varios años en compañía de ladrones, vagos, infieles, parias, cobardes, bribones, cicateros, catetos, asesinos, jugadores, alcahuetes, prostitutas, rameras, facinerosos, odres, borrachines, borrachos y superborrachos, palurdos, prófugos, calaveras y otros delincuentes de similar calaña.
Es que estaba bebido, exclamó Suttree».


Lo dicho: un abismo, que lo quisiera, para ustedes, insalvable.


«¿Te encuentras mejor, hijo?
Sí.
Dios debía de estar velando por ti. Has estado a las puertas de la muerte.
No se imagina qué es lo que vela por nosotros…
¿De veras?
No es una cosa. Nada deja nunca de moverse.
¿Es eso lo que has aprendido?
Aprendí que existe un Suttree y nada más que uno.
Entiendo, dijo el cura.
Suttree negó con la cabeza.
No, dijo. No entiende». 




6 comentarios:

  1. Al leer tu reseña suena a Iglús en la noche 2, solo que embadurnado de mierda individualista americana (tipo el renacido) en lugar de abordar el destino de todo un colectivo y el contacto feroz entre 2 culturas.

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  2. Harold Bloom dice que esta novela es donde más plagia a Faulkner. Se nota o no?

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    1. Qué me recomendáis de Faulkner? Que nos ea Mientras agonizo please, que no me gustó nada, ni el ruido y la furia.

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    2. Joder, pues dedícate a otra cosa.

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    3. A todos nos gusta Luz de Agosto. Además, la traducción al español la hace más comoda de leer.

      El Villorio. Lo mejor de la trilogía de los Snopes.

      Faulkner es un todo terreno, magnífico hasta en los cuentos. Desciende, Moises es un libro brutal (Tongoy se va a poner insoportable cuando lo lea)

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  3. Una de las peores novelas de McCarthy, lejos de Meridiano de sangre, La carretera, Todos los hermosos caballos y No es país para viejos.

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