martes, 30 de abril de 2019

“El pasajero” de Ulrich Alexander Boschwitz (Sexto Piso)

La única razón por la que este libro no entrará directamente en la categoría de Novelas Que Se Leen e Inmediatamente Se Olvidan tiene más que ver con la historia que acompaña su publicación que con la calidad de la que pueda presumir que ya les adelanto que no es gran cosa. De hecho, les invito a visitar cualquier periódico que se haya hecho eco de su publicación (no busquen blogs porque no hay; han muerto) y verán que la mayor preocupación —y prácticamente único interés— de todos y cada uno de ellos reside en los siguientes pormenores: el autor, huido desde el 1935 de una Alemania cada vez más nazi, escribía prácticamente a vuelapluma una ficción que arrancaba en la noche de los cristales rotos y terminaba no mucho después. Ulrich morirá joven dejando un bonito cadáver y un manuscrito que no verá la luz hasta 2018 en su país natal, no así en Estados Unidos, Gran Bretaña o no sé dónde, pero claro: ni puto caso. Fue hace tiempo, las cosas como son. 

Han tenido que pasar ochenta años para poder tenerlo entre las manos por culpa de esa costumbre de meter manuscritos en un cajón y esperar a que se revaloricen o vengan las pequeñas editoriales de turno —conformes con las migajas que sus hermanas mayores van dejando atrás— a hacer el trabajo sucio de blanquear, dar prestigio y esplendor a obras que probablemente nunca lo merecieron. 

Hora de hablar del libro. 

Cero problemas con la premisa: en la noche de los cristales rotos estalla la violencia alemana contra los judíos. Detenciones, muertes, etc. Un horror, qué les voy a contar. El protagonista logra escapar por los pelos con un maletín lleno de dinero, el poco (en comparación con lo que tenía antes de) que ha podido rescatar. Y es que, claro, ya se sabe: los judíos y su inveterada costumbre de nadar en dinero, etc. Los detalles no se los cuento, no me apetece, pero sepan que la cosa va de huir o tratar de huir malviviendo en pensiones o subido a trenes que cruzan Alemania de un lado a otro. Insisto: problema cero con esto. 

Ahora bien: interés cero, también y calidad por ahí le anda

No quiero parecer demasiado genocida pero toda la novela son los pensamientos de un señor tan insufrible que llegando a la página cien ya está uno deseando que hagan zapatillas con él. Un tipo antipático quejándose amargamente una y otra vez del infortunio y un narrador empeñado en trasladar al papel todos y cada uno de sus pensamientos, que no reflexiones, dejando con esto la narración perdida de obviedades y entrecomillados infantiles. 

Soporífero (realmente este es el único verdadero problema) a la par que mediocre este relato es un magnífico recordatorio de aquellos días infames pero también una novela que no logra transmitir en ningún momento el horror y la tensión por culpa de una narración apresurada, carente de estilo, pendiente en exceso de nimiedades y por lo tanto demasiado alejada de aquello que algunos esperamos de la literatura. 


martes, 23 de abril de 2019

“Cara de pan” de Sara Mesa

Pensaba yo el otro día que tendría que haber una máxima en los talleres literarios (tallada en piedra sobre el enorme pizarrón) que les recordase a los interesados la importancia de tener algo que contar y otra, inmediatamente después, separadas si acaso por un fino hilo argumental, que fijase, literalmente, el siguiente imperativo: “no te repitas, no te repitas, no-te-repitas”.

Pues bien. 

En este libro se concentran los dos errores: Sara, no teniendo absolutamente nada que decir, se repite (tal vez apremiada por los plazos o con la necesidad de permanecer en el “candelabro”, sabrá ella los detalles del horror editorial). Porque esto, confiesa tarde mal y arrastras, tiene su origen en un bonito (es un decir) cuento publicado no sé cuándo no sé dónde (no me obliguen a buscarlo). Cambia cosas, claro: no sé qué, da igual, no es el tema. El tema es que esto nace como relato y luego se hace novela; corta, pero novela. O sea, RE-LLE-NO. 

Les cuento un poco de qué va y ya inmediatamente después precipitamos las conclusiones, que tengo prisa. 

La novela es una adolescente de casi catorce años que se oculta en un parque para no tener que ir a clase. También un señor de cincuenta y pocos del que se hace amiga. Él la visita a diario, ella le coge cariño, etc. Pasan las horas muertas ocultos entre los setos, no los vaya a pilla la gendarmería. En un momento dado alguien se baja las bragas. Ahí lo dejo. 

Y ya está. 

Que sí, de verdad. Ya está. 

No hay NADA MÁS. La novela finge tensión por lo que pueda ocurrir, esto es: por qué un señor de esa edad hace migas con un adolescente; qué pretende, ese canalla, ese cerdo. ¡Pederasta! Y ella, angelito, qué pena todo. Qué peligro. Qué inocente. Pero qué haces, desgraciada

Qué nervios todo el rato, qué cosa. 

La novela es un permanente ver venir el sospechando en el fondo que no. Cero tensión, por lo tanto, aunque me consta que hay gente que ha sufrido con esto pero es que hay gente que sufre hasta con Marsterchef. Los supondremos de nervio fácil o lectura ocasional porque de otro modo no se explica

Toda la novela es de un sopor magnífico. Todavía no es Manuel Vilas pero estamos jugando con fuego. Aviso. Es caso es que: tres páginas y a dormir. Tremendo. Y cuando no es sueño, es evasión: que si esto lo otro lo de más allá. Leyendo este libro uno toma conciencia de la importancia de la cafeína en la literatura española, al menos a la hora de afrontar algunos autores. Bueno, vale, a casi todos. Podría escribir un libro sobre ello pero siempre he sido más de follar. Lástima que no cunda el ejemplo, nos ahorraríamos perder el tiempo con tanta memez y tanta versión extendida de tanta mediocridad

Dios, cuánto echaba de menos esta palabra. 

Y ya les dejo. Me he jurado por San Victor Hugo que hoy sería de una brevedad e-jem-plar.


viernes, 12 de abril de 2019

“La edad del desconsuelo” de Jane Smiley (Sexto Piso)

Tengo una dinámica a la hora de escribir artículos, reseñas, comentarios o como quieran llamar estas cosas. Por lo general acostumbro a escribir siempre una pequeña introducción antes de entrar en materia. Me da el tono y me sirve para hacer dedo. También por lo general la borro, la introducción, aunque algunas veces simplemente la mutilo por aquello dejar un par de gracias que les hagan la vida un poco más llevadera. Lo que escribo suelen ser dos párrafos, nada del otro mundo y siempre, siempre, opongo cierta resistencia antes de que entre la podadora en escena. Hoy no ha sido una excepción, he borrado lo escrito, pero había una notable pequeña diferencia respecto a anteriores ediciones: he borrado algo más de dos párrafos. Me he cepillado nada menos que ochocientas palabras.

Y yo pensando que no tenía necesidad de escribir.

Lo digo porque me estoy viendo venir. Y no me refiero sólo a lo de hoy.

 * * * * *

Descubrí Sexto Piso en 2011. Fue con Los ingrávidos, de Valeria Luiselli. Por entonces ya tenía el blog de modo que escribí una reseña que no quiero volver a leer de momento. Creo que me gustó. Sospecho que moderadamente pero sí, apostaría que sí. No sé si entonces estaba ya en Modo Hijoputa. Es probable. Pronto lo sabremos. Después, no mucho después, repetí con ellos, esta vez de la mano de Gaddis. Ágape se paga fue mi primer Gaddis. Me gustó tantísimo... No entendí un carajo, pero me gustó tantísimo… 

El caso. 

El caso es que luego vino lo que vino, esto es, esa guerra abierta y en ocasiones un tanto exagerada contra el mundillo literario, la cosa patria, la caspa, la degradación cultural, la premiología invariable, etcétera, pero entonces, antes de ese caos, había una ilusión que no he vuelto a sentir nunca más; una suerte de inocencia moderadamente infantil, una forma de enfrentarse a las novedades sin las canas o la actitud abiertamente hostil que vino después.

Me gustaba aquello. Me gustaba llegar sin prejuicios a los libros. Me gustaba juzgarlos sin la pesada losa de ser uno mismo y sus circunstancias. 

Y en estas reflexiones ocupaba yo el tiempo cuando llegó providencial un cartero con el catálogo de Sexto Piso. Esto fue hace cosa un mes, tal vez menos. Probablemente más. Debió ser entonces cuando se hizo firme el propósito de hacerme con todo absolutamente todo cuanto sacase este grupo, no por fe inquebrantable, especial interés o apoyo moral sino simplemente por la nostalgia de lo que un día fue pero ya sin la esperanza de que pudiese volver.

Según iban saliendo, yo los iba pidiendo. 

La semana pasada me llegó el primero, o sea, este.

Es un libro pequeño, manejable, perfecto para escapar de la dinámica enfermiza del tocho. La autora me suena pero no la conozco, no he leído nada suyo; sospecho que vi en su momento la adaptación cinematográfica de su novela más popular, Heredarás la tierra, ganadora de no sé qué premio. Intuyo –no puedo hacer otra cosa, de esto hace mil años— que mi interés se limitaba a Michelle Pfeiffer, por entonces mito de quien esto escribe.

Lo que quiero decir con todo esto es que La edad del desconsuelo no llamó mi atención por nada en concreto (o sí, yo qué sé, probablemente sí o, de otro modo, para qué), simplemente me dejé llevar. No había empatía, ni ganas de adular; ocurría simplemente que las circunstancias eran demasiado parecidas a las de 2011 minutos antes de enfrentarme por primera vez a un producto de la misma editorial.

El libro me duró dos días.

Tiene cien páginas, mérito cero.

Ahora bien…

Está lo de leer un libro y que se te caiga de las manos. También está lo de empezarlo, terminarlo y pasar al siguiente ya sea olvidándolo inmediatamente después, ya sea no haciéndolo. Y luego está, como en este caso, lo de leerlo y, por la razón que sea, no quitártelo de la cabeza varios días después.

No, no es verdad. “Por la razón que sea”, no. Hay un motivo, siempre lo hay, y la reseña de hoy gira en torno a él. No me moveré de ahí porque ahí está todo lo que necesito para defender esta novela (más bien relato). 

En esta historia hay un matrimonio con tres hijos. A ese matrimonio se le escapan a veces pensamientos por la boca. Uno de ellos es el detonante del drama. La mujer cree que no volverá a ser feliz. No interpreto: dice: «no volveré a ser feliz». No sabemos más puesto que el narrador (esto es, él), no tiene más información que nosotros. La conclusión a la que llega y que debemos dar por buena (qué otra cosa podemos hacer) es que su mujer se ha enamorado de otro hombre. Nuestro héroe decide guardar silencio, tal vez por cobardía frente a ella, tal vez por miedo a saber, por inseguridad, tal vez por respeto. Tal vez por todo. La vida está plagada de escalas de grises.

La sensación que he tenido en todo momento (sensación que me ha acompañado desde la primera hasta la última página) era que la historia se expandía en torno a la narración. Sé qué siempre debería ser así, pero lo cierto es que no siempre es así y en ocasiones es tan evidente y es tanto lo que se deja salir que no puede uno evitar sorprenderse. Es un efecto parecido al de abrir una cremallera. Uno puede centrarse en el mecanismo, en los dientes separándose o bien ampliar la perspectiva y dejarse seducir por aquello que se quiere mostrar.

Para que nos entendamos: en Goodreads hay un tipo que ha leído esta novela y que piensa lo siguiente: «Un matrimonio de dentistas de mediana edad y clase media, con tres niñas pequeñas tiene problemas cotidianos de dentistas, de gente de mediana edad y clase media, y de tener tres niñas. Él cree que ella le engaña. Fin». Que ya es difícil entender menos. Claro que también es difícil leer PEOR.

En la novela HAY eso, claro sí, de hecho está llena de eso, pero no TRATA de eso. Este tipo habla de la cremallera porque en su cazurrismo no se ha sabido o no ha querido fijarse en otra cosa; no ha visto todo lo que hay detrás. 

No ha escuchado la detonación que tapaba la melodía, básicamente.

Y es una pena, porque se ha perdido una novela cojonuda.

Me niego a ser el cabrón que se la cuente. Baste decir que pese a algunos titubeos la novela me ha seducido absolutamente. Porque todo lo que ocurre tiene importancia; porque no he visto, como decía Chejov, un solo clavo en el que no acabara alguien colgado y sí he visto, como exigía Piglia, una segunda narración oculta que se hacía evidente al final, enriqueciendo no, multiplicando. El dentista no se entregaba a la salud de sus hijos sólo porque estuviesen enfermos, del mismo modo que no perdía la paciencia sólo por tener un mal día. Hay unos personajes absolutamente creíbles, anodinos y vulgares que hacen cosas creíbles, anodinas y vulgares mientras a su alrededor todo se desmorona y nada es vulgar ni anodino sino todo lo contrario. Y ver ese derrumbe, ese nivel de derrumbe, que es un derrumbe catastrófico total, en torno a un matrimonio mientras se hace algo tan ridículo como darle jarabe a una hija porque le ha subido la fiebre es algo que me ha fascinado, sobre todo porque he sido testigo sin ser testigo, porque no he sido consciente del volumen o las repercusiones hasta el último minuto, hasta la última y prácticamente única conversación del libro, conversación de una brevedad difícil de igual y unas consecuencias difíciles de superar. 

No tengo nada más que decir. Que ya no está mal, tampoco, pero avisados estaban.

También en Goodreads alguien la comparaba con Richard Ford. Estoy bastante de acuerdo. Podría serlo perfectamente. Podría ser uno de los cuentos de Ford. Qué coño: también de Carver. Creo sinceramente que podría ser uno de los mejores cuentos de cualquiera de esos dos señores tan dignos y reputados.

Y ustedes podrían no llegar a enterarse nunca.

viernes, 11 de enero de 2019

Una aproximación a "Walt Whitman ya no vive aquí" de Eduardo Lago (Sexto Piso)

Hasta yo, que llevo un año viviendo en la Luna, me he enterado de que Sexto Piso ha publicado (lo hizo ya en septiembre) un libro llamado Walt Whitman ya no vive aquí en el que Eduardo Lago habla de lo divino, lo humano y también, un poco, de literatura estadounidense. 

Lo digo porque no les he visto comentarlo y se me hace raro y me preguntaba si no estarán ustedes demasiado pendientes de lo que no deben. 

Yo ya he leído las setenta primeras páginas y una suerte de epílogo un tanto especial, por lo que estoy en disposición de hacerle una crítica profunda y severa a partes iguales. 

Pero no lo haré porque yo ahora no me dedico a sesudocrítica literaria sino a rascarla. 

El libro habla de literatura norteamericana. Lo pueden ver en la portada, aquí, a la izquierda. Lo digo porque ya estoy viendo que habrá mucho despistado que no entienda como ha podido Lago olvidarse de ese esloveno genial en el que todos estamos pensando o ese viejo islandés que vive recluido en una cabaña y sólo escribe para la fauna local. 

Literatura Norteamericana, recuerden. Exclusivamente. 

Cuando termine el libro hablaremos sobre ello largo y tendido, si nos place; hasta entonces me van a permitir que solo lo haremos de una parte muy concreta del mismo, esto es, de las páginas finales que incluyen varias listas de lectura. 

«Adjunto varios planes de lectura posibles, en función del grado de interés por parte de quien quiera seguirlos. Como en toda lista, habrá omisiones flagrantes y presencias difíciles de justificar, pero que responden a mis preferencias personales. Le presto especial atención al relato breve, porque considero que el cuento es el ADN de la narrativa estadounidense, e incluso sería interesante escribir una historia de la literatura de aquel país teniendo en cuenta sólo a los cuentistas». (Eduardo Lago)



Capítulo uno: Plan de Lectura a Largo Plazo. 


Tiempo estimado de lectura: de tres a cinco años.


La caída de la Casa Usher -- Edgar Allan Poe (1839)
Cuentos de lo grotesco y lo arabesco -- Edgar Allan Poe (1940)
Hombres representativos -- Ralph Waldo Emerson (1850)
La letra escarlata -- Nathaniel Hawthorne (1850)
Moby Dick -- Herman Melville (1851)
Walden, o la vida en los bosques -- Heniy David Thoreau (1854)
Hojas de hierba -- Walt Whitman (1855)
DaisyMiller -- Henry James (1879)
Retrato de una dama -- Henry James (1881)
Las aventuras de Huckleberry Finn -- Mark Twain (1884)
La ascensión de Silas Lapham -- William Dean Howells (1885)
Las bostonianas -- Henry James (1886)
Poemas -- Emily Dickinson (1890)
Maggie, una chica de la calle -- Stephen Crane (1893)
El despertar -- Kate Chopin (1899)
Nuestra hermana Carrie -- Theodore Dreiser (1900)
La voz de la ciudad -- 0. Henry (1908)
Antología de Spoon Rivcr -- Edgar Lee Masters (1915)
Wincsburg, Ohio -- Sherwood Anderson (1919)
La edad, de la inocencia. -- Edith Warton (1920)
Babbitt -- Sinclair Lewis (1922)
Manhattan Transfer -- John Dos Passos (1925)
Una tragedia americana -- Theodore Dreiser (1925)
El gran Gatsby -- Francis Scott Fiizgerald (1925)
El puente -- Hart Crane (1926)
El ruido y la furia -- William Faulkner (1929)
Adiós a las amas -- Ernest Flemingway (1929)
El halcón maltes -- Dashiell Flammett (1930)
El camino del tabaco -- Erskine Galdwell (1932)
Autobiografía de Atice B. Toldas -- Gertrude Stein (1933)
Miss Lonelyhearts -- Nathanael West (1933)
Trópico de Cáncer -- Henry Miller (1934)
Llámalo sueño -- Heniy Roth (1934)
El sueño eterno -- Raymond Chandler (1939)
Las uvas de la ira -- John Steinbeck (1939)
El corazón es un cazador solitario -- Carson McCullers (1940)
Una cortina de follaje -- Eudora Welty (1941)
Chico negro -- Richard Wright (1945)
La lotería -- Shirley Jackson (1948)
Los desnudos ríos muertos -- Norman Mailer (1948)
La familia Moskal -- Isaac Bashevis Singer (1950)
La balada del café triste -- Carson McCullers (1951)
El guardián entre el centeno -- J. D. Salinger (1951)
El hombre invisible -- Ralph Ellison (1952)
El viejo y el mar -- Ernest Hemingway (1952)
Sangre sabia -- Flannery O'Connor (1952)
Ve y dilo en la montaña -- James Baldwin (1953)
Las aventuras de Augie March -- Saul Bellow (1953)
La radio enorme y otras historias -- John Cheever (1953)
Los reconocimientos -- William Gaddis (1955)
Lolita -- Vladimir Nabokov (1955)
En el camino -- Jack Kerouac (1957)
Desayuno en Tiffany’s -- Truman Capote (1958)
El almuerzo desnudo -- William S. Burroughs (1959)
Goodbye, Columbus -- Philip Roth (1959)
El plantador de tabaco -- John Barth (1960)
Matar a un ruiseñor -- Harper Lee (1960)
Trampa 22 -- Joseph Heller (1961)
El cinéfilo -- Walker Percy (1961)
Vía revolucionaria -- Richard Yates (1961)
Alguien voló sobre el nido del cuco -- Ken Kesey (1962)
Pálido fuego -- Vladimir Nabokov (1962)
La campana de cristal -- Sylvia Plath (1963)
V. -- Thomas Pynchon (1963)
A sangre fría -- Truman Capote (1966)
La subasta del lote 4,9 -- Thomas Pynchon (1966)
Blancanieves -- Donald Barthelme (1967)
Las confesiones de Nat Tumer -- William Styron (1967)
El mal de Portnoy -- Philip Roth (1969)
Matadero Cinco -- KurtVonnegut (1969)
El libro de Daniel -- E. L. Doctorow (1971)
El arco iris de gravedad -- Thomas Pynchon (1973)
Ragtime -- E. L. Doctorow (1975)
La mujer guerrera -- Maxine Hong Kingston (1976)
Ceremony -- Leslie Marmon Silko (1977)
Ensayos -- E. B. White (1977)
El mundo según Garp -- John Irving (1978)
El álbum blanco -- Joan Didion (1979)
La Canción del Verdugo -- Norman Mailer (1979)
Debes recordar esto -- Joyce Carol Oates (1980)
La conjura de los necios -- John Kennedy Toole (1980)
Conejo es rico -- John Updike (1981)
Crónicas de motel -- Sam Shepard (1982)
El color púrpura -- Alice Walker (1982)
Catedral -- Raymond Carver (1983)
Tallo de hierro -- William Kennedy (1983)
Neuromante -- William Gibson (1984)
Luces de neón -- Jay Mclnerney (1984)
Lincoln -- Gore Vidal (1984)
Ruido de fondo -- Don DeLillo (1985)
Menos que cero -- Bret Easton Ellis (1985)
El periodista deportivo -- Richard Ford (1986)
Trilogía de Nueva York -- Paul Auster (1987)
Beloved -- Toni Morrison (1987)
La amante de Wittgenstein -- David Markson (1988)
Los reyes del mambo tocan canciones de amor -- Oscar Hijuelos (1989)
Las cosas que llevaban los hombres que lucharon -- Tim O’Brien (1989)
El club de la buena suerte -- Amy Tan (1989)
American Psycho -- Bret Easton Ellis (1991)
Hijo de Jesús -- Denis Johnson (1992)
Todos los hermosos caballos -- Cormac McCarthy (1992)
Clockers -- Richard Price (1992)
Heredarás la tierra -- Jane Smiley (1922)
Atando cabos -- Annie Proulx (1993)
El blues de la reserva -- ShermanAlexie (1995)
En lengua materna -- Chang-rae Lee (1995)
Galatea 2.2 -- Richard Powers (1995)
Qué fue de los Mulvaney -- Joyce Carol Oates (1996)
La broma infinita -- David Foster Wallace (1996)
Submundo -- Don DeLillo (1997)
Mason y Dixon -- Thomas Pynchon (1997)
Las asombrosas aventuras de Kavalier yClay -- Michael Ghabon (2000)
La casa de hojas -- Mark Z. Danielewski (2000)
Una historia conmovedora, asombrosa y genial -- Dave Eggers (2000)
Las correcciones -- Jonathan Franzen (2001)
Middlesex -- Jeffrey Eugenides (2002)
Gilead -- Marilynne Robinson (2004)
Europa Central -- William T. Vollmann (2005)
La carretera -- Gormac McGarthy (2006)
La maravillosa vida breve de Oscar Wao -- Junot Díaz (2007)
Que el vasto mundo siga girando -- Colum McCann (2009)
Ciudad abierta -- Teju Colé (2011)
Canadá -- Richard Ford (2012)
La yegua -- Mary Gaitskill (2015)
Hotels of North America -- Rick Moody (2015)
El ferrocarril subterráneo -- Colson Whitehead (2016)
Lincoln en el Bardo -- George Saunders (2017)



Capítulo dos: Plan de Lectura a Medio Plazo 

La segunda lista es algo más ligera y apenas exigirá un par de años siempre y cuando no nos durmamos en los laureles y nos demos de baja de Netflix.

La caída de la Casa Usher -- Edgar Allan Poe (1839)
Cuentos de lo grotesco y lo arabesco -- Edgar Allan Poe (1940)
Hombres representativos -- Ralph Waldo Emerson (1850)
Cuentos -- Nathaniel Hawthorne (1850)
Moby Dick -- Herman Melville (1851)
Walden, o la vida en los bosques -- Heniy David Thoreau (1854)
Hojas de hierba -- Walt Whitman (1855)
Las aventuras de Huckleberry Finn -- Mark Twain (1884)
Manhattan Transfer -- John Dos Passos (1925)
El gran Gatsby -- Francis Scott Fiizgerald (1925)
El ruido y la furia -- William Faulkner (1929)
El halcón maltes -- Dashiell Flammett (1930)
El camino del tabaco -- Erskine Galdwell (1932)
El sueño eterno -- Raymond Chandler (1939)
Una cortina de follaje -- Eudora Welty (1941)
Chico negro -- Richard Wright (1945)
La balada del café triste -- Carson McCullers (1951)
El guardián entre el centeno -- J. D. Salinger (1951)
El viejo y el mar -- Ernest Hemingway (1952)
Sangre sabia -- Flannery O'Connor (1952)
Los reconocimientos -- William Gaddis (1955)
Pálido fuego -- Vladimir Nabokov (1962)
La campana de cristal -- Sylvia Plath (1963)
A sangre fría -- Truman Capote (1966)
Matadero Cinco -- KurtVonnegut (1969)
El libro de Daniel -- E. L. Doctorow (1971)
La conjura de los necios -- John Kennedy Toole (1980)
Catedral -- Raymond Carver (1983)
Luces de neón -- Jay Mclnerney (1984)
Un lento aprendizaje -- Thomas Pynchon (1984)
Menos que cero -- Bret Easton Ellis (1985)
Meridiano de sangre -- Cormac McCarthy (1985)
Trilogía de Nueva York -- Paul Auster (1987)
Beloved -- Toni Morrison (1987)
American Psycho -- Bret Easton Ellis (1991)
Hijo de Jesús -- Denis Johnson (1992)
Todos los hermosos caballos -- Cormac McCarthy (1992)
Atando cabos -- Annie Proulx (1993)
El teatro de Sabbath -- Philip Roth (1995)
El blues de la reserva -- ShermanAlexie (1995)
En lengua materna -- Chang-rae Lee (1995)
Los boys -- Junot Díaz (1996)
Qué fue de los Mulvaney -- Joyce Carol Oates (1996)
La broma infinita -- David Foster Wallace (1996)
Las asombrosas aventuras de Kavalier yClay -- Michael Ghabon (2000)
Las correcciones -- Jonathan Franzen (2001)
Middlesex -- Jeffrey Eugenides (2002)
Gilead -- Marilynne Robinson (2004)
El ángel esmeralda -- Don DeLillo (2008)



Capítulo tres: Plan de Lectura IMPRESCINDIBLES 

Moby Dick -- Herman Melville (1851)
Walden, o la vida en los bosques -- Heniy David Thoreau (1854)
Hojas de hierba -- Walt Whitman (1855)
Las aventuras de Huckleberry Finn -- Mark Twain (1884)
El gran Gatsby -- Francis Scott Fiizgerald (1925)
La balada del café triste -- Carson McCullers (1951)
El guardián entre el centeno -- J. D. Salinger (1951)
Pálido fuego -- Vladimir Nabokov (1962)
A sangre fría -- Truman Capote (1966)
Matadero Cinco -- KurtVonnegut (1969)
Meridiano de sangre -- Cormac McCarthy (1985)
Beloved -- Toni Morrison (1987)
American Psycho -- Bret Easton Ellis (1991)
El teatro de Sabbath -- Philip Roth (1995)
La broma infinita -- David Foster Wallace (1996)
Submundo -- Don DeLillo (1997)
Mason y Dixon -- Thomas Pynchon (1997)
Middlesex -- Jeffrey Eugenides (2002)
Europa Central -- William T. Vollmann (2005)


No sé ustedes pero a mí el cuerpo me pide apuntarme al primero. Ocurre que el sentido común conviene con la experiencia en que no está siendo la mejor idea del año y qué dónde queda aquello de apuntarse a un gimnasio o visitar más a tu madre, dice. 

Y yo qué sé, le digo. Ya veremos qué pasa.

lunes, 31 de diciembre de 2018

LO MEJOR (y peor) de 2018 [incluye resumen de lecturas]

Y ahora, LA LISTA.

Me van a tener que perdonar la brevedad pero tengo algo de prisa. De hecho esto iba directo para el facebook, pero ya puestos...

De entrada decir que este año por motivos varios no he leído prácticamente NADA (en comparación con años anteriores, se entiende). Y ya NOVEDADES ni les cuento. En este mismo post dejaré, al final, a modo de prueba, la lista completa.

Pero vamos a lo que importa: de lo leído LO QUE MÁS me ha gustado (sin orden de preferencia) ha sido:

"Relatos autobiográficos" de Bernhard
"La ciudad" de Faulkner
"La mansión" de Faulkner
"El buen soldado" de Madox Ford
"Matadero cinco" de Vonnegut
"Plataforma" de Houellebecq

O sea, los de siempre.

En menor medida aunque también DIGNOS DE MENCIÓN (lo que viene siendo por encima de la media) podría mencionar unos cuantos. A saber:

"El último samurái" de Helen Dewitt 
"Howards End" de E.M. Forster
"22/11/63" de Stephen King 
"El ojo del observador" de Laura J. Snyder
"Historia alternativa del siglo XX" de John Higgs
"Madre noche" de Kurt Vonnegut
"Lord Jim" de Joseph Conrad

Si me preguntan qué fue LO QUE MENOS disfruté de aquello que logré terminar les diría que Aberración estelar (Sorrentino), La prueba (Kristof), Conjunto vacío (Gerber), Contra la lectura (Mikita) y Clavícula (Sanz).

En el apartado de DECEPCIONES NOTABLES colocaría el de Saunders (Lincoln en el bardo), Auster (4321), Nathan Hill (El NIX) y La insoportable levedad del ser de Kundera que más que decepción, al tratarse de una relectura, fue la sensación de que no hemos envejecido del mismo modo.

Hubo muchos abandonos. De hecho ha sido el año de LOS ABANDONOS. Fueron muchos, muchísimos, los libros que no pasaron el filtro de las primeras páginas, lo cual pudo tener mucho que ver con humor del momento, de ahí que no los mencione. Aquellos a los que sí les dí la oportunidad y no estuvieron a la altura fueron estos:

"En la ciudad líquida" de Marta Rebón
"Octubre" de China Mieville
"Foe" de Coetzee
"Siete cuentos morales" de Coetzee
"El libro de Joan" de Lidia Yuknavitch
"El club de los mentirosos" de Mary Karr
"La investigación" de Claudel

El resto, ni pa ti ni pa mí, que diría el otro.



Y ahora, ya, la lista completa:

1. "El profesor del deseo" de Philip Roth
2. "El sótano" de Thomas Bernhard
3. "La ciudad" de William Faulkner
4. "La mansión" de William Faulkner
5. "Historia alternativa del siglo XX" de John Higgs
6. "Lo bello y lo triste" de Kawabata
7. "Kanada" de Juan Gómez Bárcena
8. "El ojo del observador" de Laura J. Snyder
9. "Nueva ilustración radical" de Marina Garcés
10. "Tango satánico" de Laszo Krashnahorkai
11. "El hombre del revés" de Fred Vargas
12. "Mujeres y poder" de Mary Beard
13. "La tercera virgen" de Fred Vargas
14. "Memorias póstumas de Bras Cubas" de Machado de Assis
15. "SPQR" de Mary Beard
16. "Cosas transparentes" de Vladimir Nabokov
17. "Lincoln en el Bardo" de George Saunders
18. "El sótano" de Thomas Bernhard
19. "El aliento" de Thomas Bernhard
20. "El frío" de Thomas Bernhard
21. "El asco" de Horacio Castellano Moya
22. "Lord Jim" de Joseph Conrad
23. "El buen soldado" de Ford Madox Ford
24. "Me acuerdo" de Joe Brainiard
25. "Huye rápido, vete lejos" de Fred Vargas
26. "Fluye el Sena" de Fred Vargas
27. "Bajo los vientos de Neptuno" de Fred Vargas
28. "Elizabeth Costello" de Coetzee
29. "Barbazul" de Kurt Vonnegut
30. "Matadero cinco" de Kurt Vonnegut
31. "Madre noche" de Kurt Vonnegut
32. "Aberración estelar" de Gilbert Sorrentino
33. "La prueba" de Agota Kristof
34. "Plataforma" de Houellebecq
35. "Conjunto vacío" de Verónica Gerber
36. "Clavícula" de Marta Sanz
37. "Contra la lectura" de Mikita Brottman
38. "4 3 2 1" de Paul Auster
39. "El último samurái" de Helen Dewitt
40. "El NIX" de Nathan Hill
41. "22/11/63" de Stephen King
42. "Howards End" de E.M. Forster
43. "El visitante" de Stephen King
44. "La insoportable levedad del ser" de Milan Kundera


Que tengan un buen año.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

[Un abandono] 283 páginas de “El club de los mentirosos” de Mary Karr

En honor a la verdad he de reconocer que no tengo absolutamente nada interesante que decir (no digamos ya “aportar”) pero tampoco quiero dejar pasar esta oportunidad que se me ofrece hoy de ser breve. 

Vaya, pues, como crónica o advertencia, más que como un análisis que ni se merece ni me interesa. 

Hoy la cosa va de autobiografiarse la infancia (tal vez algo más que la mera infancia, pero les recuerdo que he dejado el libro a medias, justo cuando llegaba lo mejor, seguramente): niña nacida en Texas tiene madre medio loca y padre medio cuentacuentos en tasca de barrio, actividad esta a la que se refiere la autora cuando habla de El club de los mentirosos: papá, tralará, contando historias, tralarí, de su pasado, tralará, y dejándolo todo perdido de mentiras e inexactitudes. Tracatrá. 

Pues así mitad del medio libro que leí. 

El otro medio es ella hablando de sí misma en relación con su madre, su hermana y la coja hija de puta esa que tiene por abuela, con diferencia lo mejor. Es todo uno salir la vieja del libro e irse todo a la mierda. Empezando por la madre, esa mujer hiperdramática a la par que enigmática que tras el inesperado trauma decide darse a la bebida (cuanto tu vida es un tópico, Mary Karrmen) y dejarse llevar no se sabe si por la depresión o simplemente la pereza. Lo que viene siendo vivir siempre en domingo pero con hijos a cargo. 

Es asombrosa la facilidad con que la narración pasa de momentos absolutamente brillantes tanto de forma como de fondo (y eso pese a el exceso de memoria del que en todo momento hace gala la niñata, lo cual hace poco o nada creíble gran parte de la historia) a la mediocridad de secuencias absolutamente tediosas y absolutamente infumables y absolutamente banales tipo “un día de tornado” o “vamos a cruzar un puente y a ver si no chocamos porque mira qué borracha está mamá”. 

Yo entiendo que si no te pasa nada digno de interés pues no te pasa nada digno de interés pero entonces Karrmenchu, ¡pa que te metes! Ni que fueras David Foster Wallace. 

Ah, que casi. 

Bueno, pues nada, tú misma. 

El libro termina cuando yo lo dejo, esto es, camino de Colorado. O sea: ¡mudanza! Lo veo venir: esto le va a dar a la Mary para tres episodios y medio con: dos crisis existenciales de cinco minutos; enésimo cuento de papá sobre caza de especie local; paseo por estanque con muñeco de trapo y amago de suicidio colectivo sin consecuencias apreciables fuera de la caída de stock etílico del bar de la esquina. 

Me parte el alma dejar un libro tan avanzado (qué me costaría, verdad, terminarlo) pero más alma me parte aburrirme soberanamente.


miércoles, 12 de septiembre de 2018

“4 3 2 1” de Paul Auster

Escribo estas líneas cuando todavía no han transcurrido 24 horas desde que terminé esta novela. Desde entonces ya he leído las primeras cincuenta páginas de “El club de los mentirosos” de Mary Karr, he avanzado unas treinta de “El último Samurái” de Helen Dewitt que había empezado unos días antes, y he visto quince o veinte minutos de una película mientras tomaba un yogurt. He tenido incluso tiempo de echarme unas risas con el discurso Viva el Rey de Pablo Casado o las excusas de la ministra de Sanidad respecto a su máster. Con esto no busco abrirles la puerta de mi intimidad, ni mucho menos, lo que único que quiero es ofrecerles una imagen mental de lo profunda que es la huella que me ha dejado Auster con este libro (el libro para el que, tal como afirmaba en alguna entrevista, llevaba preparándose toda la vida), huella que, se habrán dado cuenta, ha sido más bien pequeña, apenas una sombra de lo esperado. 

La cosa va de narrar cuatro vidas, obras y milagros de entre todas las posibles, esto es, infinitas, de la misma persona (el joven Ferguson). Sería algo así como la versión para adultos de los clásicos What if. Hasta aquí nada que objetar, tiene su gracia ver cómo pueden ser las cosas según tomes o tomen por ti determinadas decisiones. Es así que puedes ser millonario o pobre como una rata; enamorarte de tu prima, tu hermana o tu vecina; casarte joven o ya no tanto mayor; tener un hijo o varios miles, vivir aquí o allí, estudiar o no, vivir o no. Cuatro opciones, cuatro vidas. Mil páginas. 

El problema es que las mundanas andanzas de Ferguson, el protagonista, carecen del interés suficiente para defender por sí solas una novela de estas características, por mucha revisión histórica que se plantee, por mucho que se hable de literatura, periodismo o béisbol. Las vicisitudes del joven Ferguson son demasiadas veces demasiado prolijas y a pesar de que, es verdad, el estilo de Auster es impecable, acaba resultando cansino de puro ajeno tanto drama, tanto amor no consumado, tanto Vietnam y tanta hostia. 

Auster ha escrito una gran novela, de eso no cabe duda, pero me temo que no será nunca recordada como su mejor novela por muchos años y mucho esfuerzo que le haya dedicado, por mucho de sí mismo que haya puesto en ella, básicamente porque dentro de unos años, pongamos cinco, pongamos diez, cuando alguien nos pregunte de qué trata ese ladrillo que ocupa tanto espacio en la estantería, no seremos capaces de decir otra cosa que cuatro vaguedades tipo mencionar un niño, la vida de un niño o más bien las cuatro vidas posibles de un niño de entre uno y 20 (¿o eran treinta?), nada especial, solo su vida y cómo ésta puede cambiar por más que nosotros sigamos siendo, de algún modo, siempre los mismos. 

Qué coñazo, nos dirán. Y seguramente , responderemos, aunque no guardo un mal recuerdo, etcétera, al fin y al cabo si la terminé, algo tendría y demás excusas habituales. Después seguiremos revisando la estantería en busca de un libro que se ajuste más a aquello que nos pide el cuerpo en aquel momento, tal vez esto, lo otro, o lo de más allá, tal vez simplemente algo entretenido que no sea como un parto.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

“Contra la lectura” de Mikita Brottman

¡Extra, extra!, se confirman los rumores: Blackie Books se ha especializado en soplapolleces. 

Hoy, un ejemplo perfecto. 

Contra la lectura son 168 páginas dedicadas a que alguien nos recuerde lo que ya sabíamos: que sólo debemos leer cómo y cuándo apetezca, que ni clásicos ni leches y que todos los slogans de fomento de la lectura no valen ni el papel en el que están escritos. Y que si lo nuestro es leer, la literatura no va a salvarnos la vida: ni nos hará ricos ni nos hará mejores personas (suponiendo que busquemos semejante cosa en semejante sitio), por lo tanto, vamo a calmarno

«Permitidme dejar las cosas claras: no hay libros que «debáis» leer. Seguid mi consejo: si os aburre, no lo pilláis, os resulta soporífero u os provoca dolor de cabeza, dejadlo y pasad a leer otra cosa. Incluso este mismo libro: si no os interesa, ¡dejad de leerlo ya mismo! Abandonadlo, pedid que os devuelvan el dinero, regaládselo a un amigo o tiradlo por la ventana. Sinceramente, me trae sin cuidado». 

Por esta tontería y dos horas de un tiempo que jamás podrán recuperar, damas y caballeros, Blackie Books les va a cobrar 17 euracos. 

Avisados quedan. 

Que sí, es verdad: nunca está de más que nos recuerden que no pasa nada por dejar un libro para siempre a medio terminar; o que la primera norma de un club de lectura ha de ser perderle el miedo a lo que está por venir, desmitificando lo que sea, Tolstoi incluido, o que, efectivamente, tenemos que llevarle una vez más contraria a los agoreros de turno que insisten en anunciar la enésima muerte de la literatura, al menos mientras no contemos con el aval de las cifras oficiales que hablaban de 150.000 libros publicados en 2002, año en el que la NEA realizó una encuesta llamada “La literatura está en peligro”. 

«[…] creo que la importancia de la lectura (por no hablar de la escritura) está muy sobrevalorada, y a lo que en realidad deberíamos prestar atención, en un mercado abarrotado y ahíto de libros, no es a la muerte de la lectura, sino a la muerte del criterio. Es relativamente fácil adquirir el hábito de la lectura; es mucho más difícil llegar a ser un lector exigente y con criterio» [John Sutherland citado por Mikita Brottman]. 

El resto del libro es una suerte de autobiografía de una lectora compulsiva que un buen día descubre que tanto libro y tanto recluirse en el desván y tanto drama inglés la estaban sumiendo en un autismo del que logró escapar por los pelos y de ahí la lección y de ahí este libro y de ahí este desastre mayúsculo de señora venida a más. 

Contra la lectura es también una crítica (me gustaría decir “mordaz” pero ni eso me concede) a los bibliomaníacos. Ya saben, esa gente que es más aficionada a los libros que a la literatura, esto es, que prefieren el continente al contenido que es exactamente lo contrario de lo que ocurre con los bocadillos de calamares. Se trata de gente que no merece mucho más que estas líneas que les acabo de dedicar aunque se ve que Mikita ha debido ver en ellos un filón que yo no y de ahí las chorrocientas páginas que dedica a Art Garfunkel, ejemplo perfecto de lo que ella considera un bibliomaníaco de manual, todo lo contrario que su profesora, que al cabo de su vida no tenía un triste libro en casa, motivo éste de sincero y justificado desprecio en aquellos días en los que Mikita sentía la necesidad de mirar por encima del hombro a quienes no adornaban sus estanterías con ediciones en piel de novelas ejemplares. 

«De modo que, ya veis, aquí estoy machacando a una persona por no tener libros en las estanterías y menospreciando a otras por tenerlas llenas de ellos. Pero las viejas costumbres tardan en morir, y es casi tan difícil no juzgar a alguien por los libros que tiene (o que le faltan) en las estanterías como no juzgar un libro por la cubierta». 

Una parte importante de este libro (libro que, como habrán adivinado, nunca llegará a ocupar espacio en mi estantería) es una “apasionante” (no sé si se aprecia el sarcasmo) encuesta que la escritora hizo a cincuenta y seis lectores adultos «de todas las edades, británicos y estadounidenses a partes iguales, académicos y “legos”» en la que les formulaba las siguientes preguntas: qué libro estás leyendo; cómo eliges el siguiente; si los terminas, si los dejas a medias o que si cuántas páginas necesitas para tomar esa decisión; si sueles diferencias entre trabajo y diversión; si relees y cuánto y pon ejemplos, por favor, amor; si lees en transportes públicos; si recuerdas alguno que te hiciera reír o llorar. Que dónde compras los libros, que cuánto gastas. Que qué de qué. Hasta aquí todo medio normal, las preguntas típicas que los aficionados a la lectura están deseando contestar para demostrar lo que sea que necesiten demostrar. Pero no contenta con eso, Mikita sigue preguntando: ¿usas marcapáginas o doblas por una esquina las páginas?, ¿tomas notas en los márgenes? Si es así, ¿usas lápiz o bolígrafo? ¿A qué velocidad lees? ¿Lees por encima a toda marcha o te detienes para ir saboreando las frases? ¿Cuándo y dónde lees mejor? 

En este plan. 

Lo juro por San Faulkner. 

Las repuestas (¡claro!) son todo lo variadas que pueden serlo las personas: se lee de todo, a todas horas y en toda partes; unos dejan libros, otros no; unos doblan las esquinas, otros no; unos gastan lo que no tienen, otros van a la biblioteca, etc. La encuesta no tiene conclusión básicamente porque no puede tenerla pero aun así la bella de corazón Mikita Brottman concluye que lo mejor es lo que más se parece a lo que viene siendo ella misma y sus circunstancias y sus manías lectoras ya más que superadas. 

Llegado este punto uno ya no sabe si seguir leyendo o directamente prenderle fuego, que es al fin y al cabo lo que merece este puto libro que navega entre lo presuntuoso y lo ridículo y que termina como terminan aquellos libros que piden a gritos ser abofeteados. 

«Y ahora que habéis llegado al final del libro, cerradlo. Esperad un rato antes de comenzar el siguiente.
Podría suceder cualquier cosa.
¿Qué creéis que será? » 

Tal vez leer Moby Dick no nos haga parecer más guapos pero al menos (léase este caso) no nos hará parecer imbéciles.



martes, 21 de agosto de 2018

“Conjunto vacío” de Verónica Gerber

Pienso en leer esta novela el día que alguien, no importa quién, la recomienda. La busco, la encuentro, aplico criterio de prudencia y la guardo. Espero un mes, dos, seis. Espero un año. Espero más. Vuelvo, me intereso, abro la web de la editorial y leo que ha sido Premio Cálamo 'Otra mirada', 2017; considerada mejor novela publicada en México de 2016; que ha recibido una mención honorífica en el Concurso Nacional de Ensayo sobre Fotografía organizado por el Centro de la Imagen, 2014 [sic] y el tercer Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en 2013.

Sé lo que están pensando: HORROR. 

Tal cual. 

Con todo, sigo leyendo. 

Asegura la editorial que esta cosa ha sido «reconocida por críticos y escritores como la mejor novela publicada en México el año pasado» pero sin llegar a decir cuáles (aunque intuyo que los adalides del estupor llamados Vicente Luis Mora y Patricio Pron tienen mucho que ver en esto) ni ofrecer un triste enlace, no vaya a ser el demonio que caigamos (los demás) en la cuenta del (su) error. 

Amparados por el “soy una escritora que dibuja” o como la misma Verónica asegura en la biografía que acompaña sus obras de arte, mamá soy “una artista visual que escribe”, críticos y escritores como Vicente, Patricio y tantos otros, no han tardado ni media hora en lanzarse al escenario a bendecir el dislate con sus delirios habituales para mitificar un libro cuya mayor virtud es el garabato porque sí con la esperanza de, tal vez de algún día, recibir un trato similar si acaso acaban, como parece que Veronica empieza, dejando sus libros perdidos de “corazoncitos” y demás inmadureces

No voy a hacer el esfuerzo de resumir la historia de una novela que prácticamente carece de ella puesto que, tal como pretenden asegurar sus valedores —ejemplos de posmodernismo donde los haya— sus méritos residen en los márgenes de la literatura, que es precisamente el espacio que tengo reservado yo para vomitar. 

Se ve que Verónica Gerber decidió un buen día unir un par de inquietudes con serios problemas de conciliación (a saber: el tiempo, los principios y finales en la literatura, las matemáticas, el arte, el exilio, el amor y la biblioteconomía, por citar sólo algunos) con su poco talento para el dibujo y más que relativo ídem para la escritura. El resultado es gente como José de Montfort hablando para Fronterad de «novela sobre los límites, sobre su invisibilidad, sobre la incapacidad de alcanzarlos y –en última instancia- un lamento sobre la infinitud de todas las cosas», que es un poco no decir nada y cualquier cosa al mismo tiempo o el antes mencionado Vicente Luis Mora viniéndose arriba en un artículo de una erudición un tanto forzada (en el que por supuesto no olvida auto referenciarse) que sospecho escribe única y exclusivamente para dar salida a una verborrea largo tiempo acumulada frente al temor de que ésta pueda enquistarse y fulminarlo fulminantemente así como para reabrir caminos antaño explorados y ya cerrados, que al final es para lo que acaban sirviendo este tipo de eventos. 

El resultado es una paja mental prima hermana de aquella que perpetró Alicia Kopf con Hermano de hielo, enésimo experimento fallido de las Nuevas Generaciones del Tedio, un ejercicio de languidez de quien no teniendo nada que decir es incapaz de callarse la boca del que hablamos aquí hace algún tiempo y que también terminaba con un viaje a los hielos para cartografiar la desidia de quienes tuvimos la osadía de “orillarnos a sus márgenes”. 

El problema es el de siempre: que mientras unos ven lo que quieren ver otros (tormento de clarividencia) lo vemos tal como es. Sean fuertes, por un lado oirán hablar de espejos, agujeros negros, puzles y física especulativa, de circularidad y demás basura espaciotemporal y por otro les tacharán, con total seguridad, de superficialidad cuando no directamente ignorancia por ver en lo de Verónica un artefacto ligero cuando «leído en su aguda complejidad, como es recomendable, resulta tan terrible como un niño que arranca por simple curiosidad las patas a una hormiga» (Vicente dixit), que como cumplido es lo más cutre que he visto en años. 

Nada tengo contra la complejidad en la literatura, lo juro por Joyce, excepto cuando esta se tiñe de pretenciosidad, vacuidad y mera apariencia; cuando, amparada y avalada por el elogio gremial gratuito, demuestra tener poco o nada que ver con el arte y mucho con la masturbación, la única práctica asociada a la literatura que, lamentablemente, no acaba nunca de alcanzar la tan esperada decadencia. 



jueves, 16 de agosto de 2018

Una reflexión en torno a “La novia gitana” de Carmen Mola y los lectores veraniegos

Hoy toca post de batalla. 

Inicialmente esta iba a ser la reseña de Plataforma y todo porque esa novela de Houellebecq encajaba como un guante en la dinámica del post. Con esto quiero decir que funcionaba muy bien como terapia frente a las extenuantes e invasivas recomendaciones de aquellos que ven en subproductos editoriales de temporada excelencias que no existen. En muchos sentidos Plataforma era una patada en la boca de esos pastores de ovejas que mantienen el rebajo alejado de pastos más verdes creyendo que los tristes ovinos, de puro idiotas, no sabrían valorarlos. 

Que igual sí, pero hasta yo me doy cuenta que está feo prejuzgarlos incapaces o desinteresados, que es a la postre lo que está pasando. Y no te cuento, ya, lo feo que está aprovechar la reseña de una novela que más que gustarnos nos ha entusiasmado para tirar piedras a tejados de blogs ajenos con intención de quebrarlos, pero es tal la urticaria que éstos nos provocan con sus injustificables mamadas y clasismos varios que la sola idea de dejar pasar la oportunidad hacer algo de ruido se me antoja del todo insoportable (es un decir). 



Pese a la remota posibilidad de estar equivocado, me gusta pensar que todo lector es un lector potencial de Faulkner. Faulkner tiene fama de difícil y un poco ladrillito. No es cierto. En realidad más que difícil, es exigente. Bueno, vale, admitamos que tal vez sí sea un poco peleón, pero si lo es, lo es única y exclusivamente por esa exigencia que acabamos de mencionar, lo cual es un problema relativo. El verdadero problema sería el lector y más concretamente cierto tipo de lector, su educación y sus hábitos malsanos, a saber: esa costumbre borreguil de creer que, por ejemplo, la literatura de género, también llamada de entretenimiento, es de alguna forma incompatible con esa otra narrativa menos genérica que es acusada día sí día también del más rancio elitismo, narrativa de la que, parece, es necesario huir si uno quiere “disfrutar” de la lectura y “relajar el cerebro” con algo ligero sobre todo en verano, con el sano objetivo de “entretenerse” porque, claro, ya los inviernos Schopenhauer en bucle. 

Seguro que a todos no gusta hacer el gilipollas y perder el tiempo con chorradas que no conducen a ninguna parte, ya sea en cine o literatura; dejarnos llevar por argumentos e historias que se repiten hasta la extenuación leyendo sagas o viendo series infinitas de enésimas e idénticas temporadas, pero creer o dar a entender o simplemente insinuar que hay lectores que sólo pueden disfrutar de ese tipo de literatura de tercera porque la otra no es tan fácil, es tal vez dar por hecho demasiadas cosas e insultar a demasiada gente al mismo tiempo. 

No quiero colgarme medallas que no me corresponden pero, maldades aparte, desde esta medicina hemos disfrutado siempre mucho poniendo en evidencia aquellos productos tóxicos que eran y son vendidos como supuestas maravillas tanto por los fabricantes como por sus serviles perroflautas, ya fueran estos profesionales ya fueran estos lo que fueran. Siempre hemos defendido que escritores como Gaddis o Faulkner, pese a su dificultad, eran infinitamente más satisfactorios que el alfaguara de turno del agosto del año que tengan a bien elegir. 

Si ustedes prefieren hacer caso a quien les recomienda leer Carmen Mola antes que a Houellebecq es asunto suyo pero jamás permitan que ese alguien les diga que hay una razón para ello, esto es, que está plenamente justificado. Elitismo no es creer que hay una literatura mejor que otra, básicamente porque es esa es una realidad que no admite duda; elitismo es creer que hay lectores para la una y que hay lectores para la otra, sin concederles siquiera el beneficio de la duda. 

Es verdad, uno no puede pasarse la vida leyendo novelas de Barco de Vapor colección naranja por muy oscura que ésta sea (y por mucho que Alfaguara la enmascare con portadas para adultos) y luego afrontar El ruido y la furia con la tranquilidad de un buda, pero hay ejemplos de términos medios para aburrir, también en Faulkner y si no que se lo digan a Santuario o Luz de Agosto, que mean por encima de cualquiera que elijan como la mejor novela negra de los últimos diez años. 



2 

Todo este discurso tiene su origen en una discusión surgida en Facebook a raíz del comentario de una reseña en la que se recomendaba la lectura del libro de Carmen Mola, La novia gitana, a todo el mundo (excepto unos cuantos, como supe después) pese a que (de esto también me enteré más tarde, ya que en la reseña se dice lo contrario) no es ninguna maravilla aunque sí mejor que otros (sin llegar a aclarar nunca cuáles). 

Es decir, que este libro de calidad cuestionable es bueno para cierto sector y no tan bueno para otro, siendo el primero (intuyo) el grupo al que se adscriben lectores ocasionales de verano y habituales de la novela negra (ergo exigencia cero) y el otro todos aquellos que creen que en la literatura de género todavía es posible no faltarle el respeto a la inteligencia ofreciendo productos que, sin necesidad de aportar grandes novedades, alcancen unos mínimos de calidad aceptables. 

Que es exactamente lo contrario de lo que ocurre en La novia gitana. 

La editora de Alfaguara Negra, María Fasce, habla de libro poderoso incluso de novela extrema, claro que esta señora cobra por decir esas cosas. Juan Carlos Galindo, de profesión borreguismo servil, no contento con el despropósito, habla (como quien habla del tiempo) para El País de ruptura de convencionalismos, de estructura sólida o de clásico policial y saca a colación ilustres desconocidos como Banville o Pynchon aprovechando el anonimato de la escritora, enésimo atractivo para muchos. Lo de los blogs ya directamente clama al cielo: cualquiera diría que se han propuesto demostrar que las mayores virtudes de la novela son precisamente sus mayores defectos: los personajes, estereotipados hasta la náusea o con la profundidad de un plato de sopa; la trama, lineal, sin aristas, más simple que el mecanismo de un botijo y la tan cacareada lectura ágil (¡ese ritmo!), adictiva y, cómo no, ¡veraniega! 

Entonces abres el libro y te encuentras, página sí, pagina también, lindezas como esta: 

— ¿Has descubierto ya algo, Buendía?
— Te estábamos esperando para empezar —la recibe el forense con todo listo—. De momento solo la hemos examinado por fuera. 

Donde “por fuera” sería jerga forense especializada válida tanto para jarrones chinos como para seres humanos y “con todo listo” una forma como cualquier otra de ahorrarte un par de tediosas líneas (práctica habitual en el libro) describiendo utensilios que vete tú a saber cómo se llaman o qué órgano extirpan. 

Mola ha escrito un libro infame, que parece redactado por un bachiller avispado durante la clase de matemáticas; Alfaguara lo ha publicado y la cohorte habitual lo ha ensalzado, elogiado, recomendado. Todo un clásico del verano. Luego llegará el lector despistado y creerá que efectivamente no está mal, al fin y al cabo ¿cómo va él a llevarle la contraria a tanto profesional del medio? ¿Cómo puede un escritor tan humilde como para mantenerse anónimo en un gremio especializado en egos inflamados no ser absolutamente genial o absolutamente amoreterno

Me juego un huevo y parte del otro a que esta basura ha sido escrita por un “negro” —que la editorial tenía en nómina o ha encontrado tirado en un rincón—  al que sentado a escribir novelitas de manual con el fin de conseguir un Dicker español que les ahorre los costes de traducción y promoción habituales en escritores de carne y hueso. Entrevistas exclusivamente por correo electrónico, cuatro reseñas aquí y allí, lectores perezosos y conformistas que alimenten el boca a boca... Y a vivir. 

Exitazo, claro. 

Y luego, en otoño, con la rentrée, nos quejaremos del nivel, Maribel, y clamaremos al cielo y lamentaremos que ya no haya buenos y grandes editores, y nos preguntaremos qué ha sido de Anagrama y su buen gusto; qué está pasando con la LITERATURA, gritaremos, y abriremos cienes y cienes de post en redes sociales preguntándonos unos a otros dónde dónde ¡dónde está el problema! cuando todo el mundo sabe que el problema es Faulkner, que es muy difícil. 

lunes, 13 de agosto de 2018

Breve nota de urgencia sobre “La prueba” de Agota Kristof

Sin temor a equivocarnos podríamos decir que en el mundo hay dos clases de personas: aquellas a las que les gusta esta novela y aquellas a las que no. 

Pues bien, jamás se fíen de los primeros. 

Hace tiempo, cuando aquí éramos prácticamente unos adolescentes, hablamos de El gran cuaderno, una primera novela asombrosa y genial que abría una trilogía que si tiran de segunda mano pueden ustedes encontrar agrupada en el volumen llamado Claus y Lucas. La cosa iba de dos niños que eran abandonados en casa de su abuela, una vieja fea y hosca que vivía en el bosque. No les cuento más. Si no lo han hecho ya, léanlo. 

Años más tarde (esto me lo estoy inventado sólo para dar contenido al post) Agota, orgullosa de sí misma y algo ebria de éxito, subía las escaleras de su casa con la bolsa de la compra cuando decidió unilateralmente repetir la experiencia y un poquito de otras cosas tipo situaciones, personajes y entorno bucólico pastoril. Encendió la estufa, se quitó las medias. Empezó a escribir. 

Y le salió esta mierda. 

La prueba es (recurriendo a un par de símiles que podamos entender todos) más o menos lo mismo que encargarle el guión de la segunda parte de El padrino a Uwe Boll. O como los episodios uno a tres de Star Wars. O como la cuarta de Indiana Jones. 

Agota Kristof se equivocó al escribir esta novela. Y se ve que también al elegir a sus amigos en tanto que, tal como demuestra la existencia de una tercera parte, ninguno se atrevió a decirle cuatro verdades a la cara. Yo, con su permiso, me la voy a perder. Esa, y el resto de su obra. 

¿Tan malo? 

Sí, tan malo. 

O más. 

Porque todo lo era grande y bueno en la primera parte, desaparece. Literal, esto. La dureza, la mala leche, la sobriedad… Unos personajes, un entorno, una historia. Todo. Y queda lo que queda, esto es, la nada más infame: un personaje irreconocible, una trama que no puede ser más boba y un final que parece una tomadura de pelo por muy metaliterario que se ponga uno. 

Si van a quemar un libro, procuren que sea este. 



martes, 31 de julio de 2018

“Aberración estelar” de Gilbert Sorrentino

Echo de menos que alguien odie la literatura tanto como yo.

Dejé las novedades y la literatura española (al menos aquella que, de puro repetitiva e inofensiva, me dejaba el cuerpo serrano perdido de bilis y oquedades) en busca de pastos más verdes o, cuando menos, no tan áridos como los propuestos por nuestros queridos compatriotas tan aficionados a sí mismos. Desde entonces puse toda mi ilusión en los clásicos más reconocibles, lugares seguros de puro comunes, pero también en los ocultos, esto es, en los ocupados por aquellos libros que gustan tanto a las pequeñas editoriales tipo Underwood. Es una labor encomiable y nunca suficientemente reconocida la de escarbar en la basura que la generosa Historia de la Literatura va dejando atrás. Personalmente no dejaré nunca de asombrarme ante la ingente cantidad de obras maestras, más o menos pequeñas, que han sido, a lo largo de los siglos, injustamente menospreciadas. 

Eso por no hablar de sus autores.

Gilbert Sorrentino, sin ir más lejos.

Creador de una veintena de obras a cual más genial, resulta que a nadie se le había ocurrido traducirlo hasta ahora. Hay que joderse. Tuvo que venir Underwood a contarnos lo que no sabíamos: que era un tipo asombroso, un escritor sin par, maestro de maestros y orgulloso padre de la criatura que hoy nos ocupa: Aberración Estelar.

El título no se lo explico, no me apetece y además da un poco igual pero la historia sí, y es la siguiente: están, de veranero en la casa de una lozana germana, ella, él, el nene y el yayo. Ella (romántica empedernida que amenaza colapso de puro ardor insatisfecho) es como es: sencilla, hermosa, joven y recién abandonada por su marido. Él, y su fino bigote y su ausencia de culo, es un personaje con menos aristas que un testículo: relativamente joven, divorciado, de discurso sencillo y verbo fácil cumple exactamente con lo que espera de un hombre soltero, con mucho tiempo libre y una mujer en edad de merecer a menos de veinte metros. Es el pene con patas de la novela, básicamente. El nene es todo rencor, necesidad e ingenuidad. Tampoco mucho más. Qué quieren, son seis años. El yayo, esto es, el padre de ella, es en cambio un activo sorprendente y original: bajo un perfil de hombre posesivo y malhumorado se oculta un viudo, arrogante, intratable y suspicaz. Lo nunca visto, vaya. 

Resumiendo: una quiere un padre, otro una hija, ella un marido y otro un buen polvo. 

Tú con esto puedes hacer lo que quieras, desde croquetas a un haiku, por ejemplo. Carver haría un cuento; Gilbert Sorrentino se larga una novela de más de trescientas páginas. Igual el genio es eso y no nos habíamos enterado.

Se cuenta, en definitiva, una historia sencilla que tiene que ver con el amor, el sexo y aproximaciones, desde los cuatro puntos de vista antes mencionados. Yo con esto no tengo casi ningún problema a excepción de que me aburren soberanamente este tipo de narraciones corales, especialmente aquellas que, como es el caso, no se enriquecen a medida que se superponen las versiones. Con lo que me cuenta el niño tengo para sacar conclusiones hasta el juicio final. Los ardores y contradicciones de ella, la simplicidad de él o el genio inflamable del viejo son las mismas desde la primera a la última página y nuestro humilde parecer sobre el sentir cada uno a lo largo y ancho de la narración supera con mucho lo invariable.

Lo mejor de la novela es que me ha devuelto (un poco de aquella manera) las ganas de escribir. Sin duda, ya sólo eso justifica la existencia y el tiempo que Sorrentino dedicó a la novela.

jueves, 24 de mayo de 2018

“El asco” de Horacio Castellanos Moya

En qué momento, pregunto, se le ocurre a uno la genial idea de imitar la escritura de otro para hacerse un libro a medida y llevarse una gloria que no le corresponde aplicando la excusa del sentido homenaje o la manifiesta admiración o mierda por el estilo. 

Me inclino a pensar que Moya era joven y un poco lerdo y otro poco listo, no sé si de menos o de más, cuando, en 1997, escribió y le publicaron una novela que parecía salida de la pluma de Thomas Bernhard hasta extremos que rozaban cuando no directamente se sumergían en lo inconfesable, no digamos ya vergonzante no digamos ya oportunista

«San Salvador es horrible, y la gente que la habita peor, es una raza podrida, la guerra trastornó todo, y si ya era espantosa antes de que yo me largara, si ya era insoportable hace dieciocho años, ahora es vomitiva, Moya, una ciudad realmente vomitiva, donde sólo pueden vivir personas realmente siniestras, o estúpidas, por eso no me explico qué haces vos aquí, cómo podes estar entre gente tan repulsiva, entre gente cuya máximo ideal es ser sargento, ¿los has visto caminar, Moya?, yo no lo podía creer cuando vine, me parecía la cosa más repulsiva, te lo juro, todos caminan como si fueran militares, se cortan el pelo como si fueran militares, piensan como si fueran militares, espantoso, Moya, todos quisieran ser militares, todos serían felices si fueran militares, a todos les encantaría ser militares para poder matar con toda impunidad, todos traen las ganas de matar en la mirada, en la manera de caminar, en la forma en que hablan, todos quisieran ser militares para poder matar, eso significa ser salvadoreño, Moya, querer parecer militar, me dijo Vega. Me da asco, Moya, […] 

Cierto: nadie odia como Bernhard. Cierto: si vas a escribir una novela que refleje tu odio a una sociedad, a un país entero, Berndard, como referente, es impecable. Ahora bien, de ahí a plagiarlo (en el sentido que tiene “apoderarse de algo ajeno”) media un abismo por más que incluyas nota de autor no tanto de disculpa como de reconocimiento aka admiración aka kaka

Leyendo esta novela es inevitable pensar en Bernhard, a no ser, como como el propio narrador explica, que la supina ignorancia de los salvadoreños («Mi nombre es Thomas Bernhard, me dijo Vega, un nombre que tomé de un escritor austriaco al que admiro y que seguramente ni vos ni los demás simuladores de esta infame provincia conocen».) les impida acusarlo de otra cosa que cabrón. 

Que fue básicamente lo que pasó. 

Al igual que ocurrió con los salzburgueses de Bernhard, los salvadoreños de Moya se levantaron en armas, prácticamente quemaron sus libros y se rasgaron todas cuantas vestiduras tenían. Gritaron, despotricaron, se mearon en las tumbas de sus antepasados. Amenazaron de muerte a mamá. Estaba yo fuera, en Guatemala, dice Moya en la Nota de Autor que cierra la reedición que Random House ha hecho ahora de este libro y que veladamente utiliza para vender Moronga, su nueva novela, también de RH, por supuesto no regresé a El Salvador. El Salvador no es Austria. Y en un país en el que sus propios camaradas izquierdistas asesinaron en 1975 al más importante poeta nacional, Roque Dalton, bajo la acusación de ser agente de la CIA, más valía largarse que jugar al mártir

No hay mejor publicidad de que un buen drama. 

Es con esta novela que Castellanos Moya se viene arriba y todo porque alcanza la gloria (entendiendo “la gloria” a salir del anonimato para ocupar primeras páginas de algo, lo que sea, siquiera una vez en la vida); gloria que no le corresponde y de la que igualmente presume pese a que el resultado no pasa de mera replicación de estilo. Moya, que se queda en la superficie de lo que es Thomas Bernhard, se limita y contenta con odiar a todos y a todo, como si esto fuera suficiente, como si Bernhard en El Salvador no hubiera sido capaz de más, mucho más que la mera verborrea de un don nadie demasiado impresionable. 


lunes, 12 de marzo de 2018

“El hombre del revés” de Fred Vargas

Perdonen que entre directamente en materia. 

Me ha llamado mucho la atención lo polarizadas que están o parecen estar las opiniones respecto a Fred Vargas. Me encuentro a quienes no la soportan y me encuentro a quienes la adoran y en menor medida me encuentro también a quienes ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario. No tengo nada contra con las opiniones extremas, sobre todo cuando suscitan debates, si no apasionantes, sí, al menos apasionados, ligeramente apasionados, si quieren, pero es que ni siquiera. Tú dices me gusta Vargas y nadie te insulta. Ni en twitter. Menudo desastre. Y además, por qué, me pregunto. Qué es eso que molesta tanto a quienes molesta tanto. Puedo entender qué guste lo que gusta a quienes gusta, tal vez porque si yo fuese balanza me inclinaría por esto, pero ese no soportarlo de verdad que no lo entiendo. Y además me cuesta creerlo. 

Pero yo no quería hablar bien de Fred Vargas. No de una forma tan genérica, al menos. 

El hombre del revés es la segunda o tercera novela protagonizada por el comisario Adamsberg. La primera era, es, El hombre de los círculos azules que leí y de la que ya hablé hace poco más de dos años. Lo que dije entonces fue más o menos lo mismo que pienso ahora de ésta: que bien, que vale, pero que, bueno, en fin, no era para tanto. Entretenimiento, todo; ahora bien, aceptando pulpo como animal de compañía desde el momento que la intuición del bueno de Adamsberg se cepilla mitad y un cuarto de investigación. 

Pero me estoy adelantando y lo hago porque mientras escribo estas bellas palabras leo La tercera virgen, séptima novela del comisario de marras que me han dicho que es buenérrima y no sé qué y donde sí, es verdad, la intuición y la casualidad tienen un protagonismo que roza lo intolerable. 

Pero no no no. Me niego. No es de La tercera virgen de lo que quiero hablar, sino El hombre del revés

Yo si quieren les cuento de qué va la novela pero de verdad que no tiene maldita importancia. 

En una región de Francia de cuyo nombre no logro acordarme empiezan a morir primero ovejas y luego seres humanos. Todo hace pensar primero en un lobo, después en un licántropo. Esto parece una estupidez, pero es lo que hay. Casi toda la novela son unos cuantos detrás del lobo dichoso buscando pistas y dando por hecho demasiadas cosas. A Adamsberg esto lo coge ocupado en otros menesteres tipo esconderse para que no lo castre la loca de turno que quiere vengar la muerte de su nosequién (sujeto caído en desgracia al topar con el comisario), aunque no tardará, movido por la curiosidad y azotado por el azar, en unirse a los cazadores en una búsqueda más propia de horizontes lejanos que de sierras gascuñas o similares. 

Sé que esta forma de contar las cosas no es seria, pero también que transcurridos unos días de la lectura ustedes harían/harán, grosso modo, exactamente lo mismo. O parecido. 

Lo que más me ha gustado de Adamsberg es ese punto extravagante que atenta contra la lógica detectivesca, una ilógica que lo aleja de los habituales y manidos estereotipos de novela americana que tanto nos gusta reproducir aquí cambiando Boston por Teruel o la quinta avenida por la calle Real y que Vargas se atreve a subvertir ligeramente. Es decir, que lo que me ha gustado es que no sea la misma mierda de siempre. Básicamente. También las relaciones entre los personajes, lo personajes mismos y esa querencia que demuestran algunos por actuar en clave de estoy-como-una-puta-cabra

Tiene ese punto que es hoy mi punto. 

Y mañana ya veremos.


viernes, 2 de marzo de 2018

Menos que una reseña de “Kanada” de Juan Gómez Bárcena

Atentos. 
I Premio de las Letras Ciudad de Santander 
XXXIX Premio Tigre Juan (Finalista) 
Premio Cálamo "Otra Mirada 2017" 

Es público y notorio que incluso estos insignificantes premios (en unos casos) o finalismos (en otros) suelen ser medio de juguete y probablemente también medio pactados. Y esto en twitter bien, que ya sabemos cómo se las gastan allí en odios y chupapollismos, pero fuera de las fronteras de la red social de turno tampoco son como para ir tirando cohetes. Con esto quiero decir que a mí me vendes tu novela con esta faja y lo mismo te la tiro a la cabeza. Ahora bien, “me han dado tres premios” es lo mejor que le puedes regalar a tu abuelita en Navidad. Y sigue así, guapiño

Pero a lo que íbamos. 

Mis prejuicios: 
Prejuicio número uno: joven 
Prejuicio número dos: escritor 
Prejuicio número tres: español 
Y prejuicio número cuatro: narración en segunda persona. 
En definitiva: asquísimo
No estoy a favor del genocidio selectivo pero algunos parece que se lo estén buscado. 

Entiendo que se pregunten por qué, a pesar de las señales, he acabado leyéndolo. Yo qué sé. Supongo que pudo la presión. Era abrir la boca tener a cinco recordándote que no has leído a Bárcena, puta maravilla, pierdes el tiempo leyendo mierda, eliges mal, dejas pasar la LITERATURA. Obviando a Chirbes, ninguneando a Bárcena… Y ya. Y, o sea, NO. Pero a mí esto no me vuelve a pasar, lo juro por éstas

Ahora debe ser cuando el listo de turno viene a decirme que tenía que haber empezado por El cielo de Lima, como si eso nos fuera a llevar a una realidad alternativa donde JGB fuese un escritor con talento y no un simple artesano en plena floración. 
Pues bien, ahórreselo. 

Dicho lo cual, hablemos de la novela antes de que se nos borre completamente de la memoria porque ya han pasado algunos días y esto amenaza Amnesia Perdurable

La acción (es un decir) de la novela tiene lugar en Hungría. 
Hungría, como todo el mundo (especialmente Acantilado) sabe, está a reventar de maestros de las letras. Tú le das una patada a una piedra húngara y ya tienes a cinco genios efímeros y supuestamente olvidados haciendo cola en tu Goodreads. Que JGM haya situado la acción allí obedece a dos razones fundamentales: no pilla cerca de Teruel y no habrá reseñista que se olvide de mentar a Kafka. 

Abro paréntesis: instrucciones para leer reseñas de Kanada. Coja un martillo, arranque el ordenador, empiece a leer reseñas y si en alguna de ellas aparece la palabra Kafka golpee el ordenador con el martillo hasta dejarlo completamente inutilizado o bien busque al reseñista por la calle y pártale la cara. 
Ruego disculpen este momento incitación al odio
Cierro paréntesis. 

De qué hablábamos. Ah, sí, de Hungría. Que digo que la acción tiene lugar en Hungría porque de otro modo no pasamos del premio Qué Leer, ejemplo de patetismo máximo. Esto (es decir, lo de Kafka y Terurel) no estoy en disposición de jurar que sea cierto pero encaja tan bien en la Hipótesis que justifica mi actitud abiertamente hostil de hoy que lo voy a proclamar Hecho Consumado desde ya. 

Perdonen que me ande con chorradas pero es que me estoy reservando para el párrafo final que es donde ya saben que se corta el bacalao. 

Hablábamos de Hungría. 

Esto es uno que vuelve a casa, se la encuentra medio rota y aun así se queda a vivir. Si hacemos caso a las señales (cambio de moneda, estado de ánimo, etcétera) debe ser 1945 ergo regresa de un campo de exterminio. Ha salvado el pellejo y siendo ahora como es un tipo de pocas palabras decide recluirse en su viejo hogar, gestionado en su ausencia por un vecino que lo alquila por igual a particulares y revolucionarios, motivo por el cual ya se pueden ir olvidando de callejeos, paisajes otoñales y todo lo que no sean monólogos, interiorismo, imprentas clandestinas y bocadillos de atún. 

La novela —que si no parece conducir a ninguna parte es porque no lo hace— no suscita el menor interés, a poco que uno tenga bueno gusto. Durante la lectura asistí entre estupefacto y resignado a la autodestrucción de un personaje que resultaba irritante en grado sumo de puro hueco. Implicar al lector a golpe de tú no tiene demasiado sentido si te vas a pasar doscientas páginas tirado en un colchón sin plumas dejando pasar las horas mientras el pasillo es un hervidero de vida y subversión. 

JGB es un escritor correcto, podría incluso decir que mejor que la media siempre y cuando no entremos en mucho detalle, no hagamos demasiadas preguntas y el jamón sea ibérico, pero lamentablemente (aquí rompemos a llorar como sauces) peca de lo mismo que tantos y tantos antes que él: aburre. Aburre por la historia, que en ningún momento arranca; aburre por el tono lastimero y melancólico, pero también y sobre todo, aburre por esa eterna y lamentable costumbre de dejarlo todo en manos de la empatía, las amistades y el respaldo editorial.