jueves, 19 de marzo de 2015

‘Las inviernas’ de Cristina Sánchez-Andrade

En esta novela hay leiras, lareiras, carreiros, corredoiras, mucho tojo, mucha vaca, mucho ambiente cerrado, mucho pacto de silencio.

Lo rural. Lo rural gallego, nada menos. Esto es, aquí al ladito. Años cincuenta, años sesenta. Esto es, hace nadita.

Viendo la insistencia, parece que lo rural, más que una moda, ha venido para quedarse. 

Pero estoy divagando. 

El tema: dos mujeres dos llegan a una aldea. Se las conoce como Las inviernas. Y se las conoce porque hace tiempo, muchos años, como veinte o treinta, siendo una niñas, ya vivían en el pueblo, en ese pueblo, pueblucho, con su abuelo, abuelito querido, abuelito lindo y bueno, abuelito que un día, justito antes de morir, las sacó de allí con cierta precipitación no les fuera a pasar algo. Ellas… bueno, hicieron lo que se les dijo: huyeron, emigraron, vivieron el Londres, trabajaron, volvieron a Galicia, acumularon secretos y hoy, tanto tiempo después, han vuelto al hogar dulce hogar, al monte, a casa del abuelo sin abuelo.

Acumularon secretos, dije. Sí que lo hicieron, sí. Conviene recordarlo.

Mujeres con secretos llegan (tal vez buscando refugio; seguramente buscando refugio) a pueblucho de mierda plagado de infelices habitantes secretos y soportando lo que parecen sentimientos de culpa por algo que ocurrió hace tanto tiempo. Casi parece Infierno de Cobardes. Bromeo. Las cosas no van, ni remotamente, por ahí.

«PASARON una mañana como el susurro de un avispón, más rápidas que un instante.
Ellas.
Las Inviernas.
Los hombres doblados sobre la tierra se enderezaron para observar. Las mujeres detuvieron las escobas. Los niños dejaron de jugar: dos mujeres con grandes huesos cansados, como irritados de la vida, atravesaban la plaza del pueblo.
Dos mujeres seguidas de cuatro ovejas y una vaca de andar balanceado que tiraba de un carromato cargado de bártulos.
Al final de un carreiro que zigzagueaba entre nabizales, seguía estando la vieja casa del abuelo —también su casa—, ahora cubierta por las ramas de una higuera.
         […]
Llovía, y se metieron dentro.
Ellas y las bestias.
Barrieron el suelo. Arrancaron las telarañas. Colocaron los bártulos que traían. Hicieron una sopa. Menguó la luz y aumentó el frío.
        […]
Una se sentó junto a la otra y le dijo:
—Estaremos bien.
La otra contestó:
—Sí.
Y pasaron el rato sorbiendo la sopa, enfrascadas en aquella conversación.
—Estaremos bien.
No era temor. Acaso una sospecha, una rara intuición.
—Estaremos».

Arranca, la novela, así. Y oye, bien; oye, muy bien: prosa seca, directa, sin artificios, un poco Agota Kristof, un poco Cormac McCarthy… Bien. En general, el resto más o menos así también, tirando a menos: ni tan seca, ni tan directa, ni tanto tiempo como uno quisiera.

Las nenas, señoras ya, se aclimatan, se toman su vuelta en serio: pasean la vaca, pasean las ovejas, van a misa, pasean ellas, recordando, claro, que es todo volver al pueblo y darse a recodar que si esto lo otro o lo de más allá.

La novela avanza, se siente, se recrea en esos recuerdos, nos habla de los vecinos: el profesor, el cura, el mecánico dentista: que si uno se ha casado porque sí, que si el otro era un egoísta, que si el de más allá se dedicaba a robar dientes a los muertos. Los gallegos son gente de costumbres. 

Y el abuelo: el abuelito comprando cerebros en vida, ejemplar inversión frankensteniana a largo plazo. Y todos felices, vendiendo sus cerebros. Y todos amargados, sabiéndose vendidos. Y todos enfadados, acumulado el rencor.

Y hasta aquí puedo leer.

La novela se sostiene sobre dos o tres misterios: quiénes son Las Inviernas, a qué viene ese nombre, qué cosa tan terrible han hecho Las inviernas para tener que venir a refugiarse al pueblo, qué cosa tan terrible ha hecho la gente del pueblo para tener ahora que andarse con miraditas de labriego suspicaz.

«Nadie sospecha nada de lo nuestro. Somos jóvenes, hemos cruzado fronteras, ríos, puentes, ciudades, hablamos inglés, hemos visto el mar y hemos hecho cine. ¿Qué vamos a estar, aquí escondidas como las chinches y cerradas al mundo, con magníficos secretos en nuestro interior, como este cajón que no se quiere abrir?»

Pero lo cierto es que no ocurre nada destacable en la novela fuera de darle veinte vueltas a lo mismo y por más que se lea con cierta interés y sintiendo cierta curiosidad por ver cómo esas mujeres se las van arreglando en un ambiente tan hostil como aquel, por descubrir qué misterios son esos de los que tanto se habla; por ver qué especímenes son aquellos —especímenes prefabricados pese al esfuerzo por crear personajes originales— a los que se les da una importancia, se les presta una atención, se les dedica un tiempo que no queda ni remotamente justificado una vez terminada. Esa sensación, permanente, agotadora, de que se escribe para dar salida a una vocación, para publicar, nada más; de que se escribe para satisfacción personal, con un nivel de exigencia mínimo, con un nivel de esfuerzo mínimo para total no escribir nada más que una novela de misterio con resolución final, al más puro estilo Colombo, no vaya el lector a quedarse con dudas, con lo que eso duele. Ese tufo a convencionalismo. 

Y el tiempo pasa. El tiempo siempre pasa. En la novela también. Y porque no sólo de misterios vive el hombre es por lo que las cosas se complican, todo para darle a la novela, la novela de misterios, un poquito de argumento de vida cotidiana:

«[…] algo se había torcido en el universo en el que tan cómodamente habían vivido hasta entonces las dos mujeres. Por el aire flotaban signos de una tensión doméstica y secreta. Ya no eran las discusiones infantiles e inocentes de antes. Vivían juntas, trabajaban juntas, dormían juntas como una pareja de amigas, pero extrañas la una a la otra, cada vez más conscientes de que algo las separaba: entre las idas y venidas al monte, entre riñas y los momentos de cariño, la insatisfacción se enroscaba lentamente en el corazón de las dos mujeres. El universo ya llevaba tiempo torciéndose: o más bien retorciéndose».

Y no mucho más, la verdad. 

Sin llegar a ser una mala novela, incluso sin ser una novela especialmente aburrida, Las Inviernas no pasa de ser una novela más dentro en la producción personal de Cristina Sánchez-Andrade (afirmación que hago, pese a esto, desde mi condición de no-experto y/o completo ignorante); no pasa de ser una novela más dentro de la producción de Anagrama; otra novela más dentro de la producción editorial nacional. Una, otra, novela más en esa enorme pila de poco-más-que-simpáticas-novelas, poco-menos-que-prescindibles-novelas.

Sí, lo prescindible, una vez, otra vez más.


12 comentarios:

  1. ¿Cormac McCarthy? Habrá que echarle un ojo, entonces, caballero: me gusta cómo argumentas y tu facilidad para persuadir para que leamos o no un libro. un abrazo y que tengas muy buen día. Por cierto, ¿Te gusta la literatura de Eduardo Mendoza? De ser así, te invito, si quieres, a que te pases por mi última entrada. Un abrazo, caballero.

    http://www.ourgodsaredead.blogspot.com.es/2015/03/la-ciudad-de-los-prodigios-un-retrato.html

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  2. Otra novela mediocre, correcta y olvidable. Casi mejor enfrentarse a algo rabiosamente malo. No apetece calzarse los guantes de boxeo frente a un adversario caballeroso, comedido y bien hablado.

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  3. El alquimista del tedio19 de marzo de 2015, 13:06

    Lo imprescindible lo es por contraste con lo prescindible, que es lo común, la mayoría de lo que se edita.

    Al igual que hay cuatro virtuosos haciendo cafés en España, como sucede en todas las profesiones, la de escritor también, esto de escribir con sobresaliente queda al alcance de cuatro, si llega, el resto hacen lo que pueden, y algunos tienen la suerte de verlo publicado, pero esas novelas que te desgarran por dentro, que te tienen en un estado próximo a lo febril, que te conducen al delirio, a la taquicardia, a dejar en suspenso todo lo que te rodea mientras lees, cuesta encontrarlas cada día más, a pesar de publicarse miles de novelas todos los años.
    Así que aquello que comentabas un par de post atrás, lo comparto.
    Cuesta mucho, por mucho que una lea y lea, encontrar una novela magnífica.

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  4. Tongoy, ¿reseñaste alguna vez Velocidad de los jardines, de Tizón? Si no, espero con ansias que lo hagas. Lo presentan como uno de los mejores libros de cuentos jamás publicado y me da a mí que es bastante menos que eso: artificio y luz efímera.

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    1. ¿Y para saber si es bueno o sólo luz efímera necesita la crítica de Tongoy? Debería usted ser capaz de juzgar por sí mismo sus lecturas, tocayo. No me sea gregario.

      ¿O es que es usted Tangoy dándose a sí mismo una excusa para pasarle cuentas -vaya usted a saber por qué extraño complejo- a "Velocidad de los jardines"?

      Señor Trol.

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    2. El alquimista del tedio20 de marzo de 2015, 12:15

      Leer Velocidad de jardines y Técnicas de iluminación, es perder el tiempo, ganándolo.
      Leerlos y así lo entenderéis.

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    3. No sabía que tocaba una fibra sensible con Tizón, tocayo.
      De así haber sido, me ahorraba el comentario, que no estoy para lastimar susceptibilidades ni propiciar el derrumbe de mitos literarios.

      ¿O es que es usted Tizón, defendiéndose a sí mismo de toda exhibición?
      Ojalá lo sea. De otro modo, perdóneme, pero la cosa (la suya aquí, se entiende: su salto en defensa) tiene mucho de patético.

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    4. El alquimista del tedio20 de marzo de 2015, 14:16

      Sr. Anónimo, de momento no soy Tizón.

      Me gusta defender aquellos libros que me han gustado, como los dos de Tizón que leído y disfrutado.

      A mí lo que me resulta patético, no es alabar ciertos libros, sino no leerlos y hablar desde el desconocimiento de los mismos.

      Y permanece tranquilo, que no has tocado mis microfibras sensibles ni has lastimado ninguna susceptibilidad.
      Los mitos (los literarios también) no se derrumban tan fácilmente, y no salto en defensa, Yo aTIZO(n).

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    5. Yo, ni soy Tizón ni soy Anónimo, pero no, no he leído "Técnicas...". Lo intenté un par de veces y no pasé de la segunda página. Prejuicios. Volveré a intentarlo. Tal vez hoy mismo.

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  5. Estoy con el alquimista: cuesta mucho leer una novela magnífica, ays.

    Dicho esto, a mi me gusta Cristina Sánchez-Andrade. Esta novela no la he leído aún pero me sucedió algo parecido a lo que cuentas en Cristina y Los escarpines de Cristina de Noruega, un comienzo potente pero que va desinflándose, y junto a él mi interés, a medida que transcurre la historia.

    No me sucedió lo mismo con Las lagartijas huelen a hierba o con Bueyes y rosas dormían, para mí su mejor novela. Historias apegadas a la tierra (y creo que están escritas un poco antes del boom rural que mencionas; con bastante más acierto y menor impostura bajo mi punto de vista) y un uso del castellano que ya quisieran muchos. Resiste la prueba de leerlo en voz alta y que no te mueras de vergüenza ajena. Incluso lo disfrutas y paladeas, ufff.

    De notable tal vez pero ya es mucho si hablamos de escritores de esta magna y mediocre patria.

    Marga



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    1. Yo sólo leí YA NO PISA LA TIERRA TU REY y muy bien, grata sorpresa. Tengo en el coche, sacada de la biblio, LAS LAGARTIJAS.... A ver. Yo creo que simplemente esta novela se pasa de convencional. Cristina me parece una buena escritora. De las pocas que me gusta como escriben.

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  6. Perdón, hablaba del libro "Los escarpines de Cristina de Noruega".

    Marga

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