domingo, 20 de abril de 2014

“Un hombre al margen” de Alexandre Postel

Alexandre Postel tiene 31 años, es francés y en 2013 le dieron (le dieron o lo ganó, vaya) el premio Goncourt. El Goncourt a la primera novela para ser exactos, que tampoco es como ganar el de verdad. Seguro que todo esto tiene mucho mérito pero aquí servidor lo leyó porque el tema le parecía interesante. 

La novela cuenta la historia de un profesor de filosofía de mediana edad, viudo, tímido, buena gente, un filusmillas, un mindundi, al que un buen día acusan de bajarse fotos guarras de niños. El tipo se jura y perjura inocente pero la policía tiene pruebas (rastros en su ordenador) que no dejan lugar a dudas. En el juicio se declara, por consejo de su abogado, culpable (esto es difícil de tragar, pero recuerden en su condición de mierdecilla verse superado por los hechos es determinante a la hora de seguir los consejos de un mal abogado): la idea es salir en dos años y no en cinco, que es lo que ocurriría si se negase a “colaborar” con la justicia. 

“Un hombre al margen” no es muy sutil a la hora de dejar claro el tema que va a tratar y no me refiero a la pederastia y sus efectos devastadores en la infancia, etcétera, etcétera, o en cómo una situación como esta puede destrozar la vida de un hombre, que también, claro, qué remedio, sino en la culpa, esa ramera. La novela se sostiene mucho en las reacciones de las personas más o menos afectadas: estudiantes, amigos, vecinos, familia. Ya saben: me acarició la cabeza, me invitó a su casa y nos quitamos los zapatos, me miró las tetas, qué haces con una foto de tu sobrina en bañador hijo de puta. Y tal. La segunda parte es ya el hombre destrozado y encerrado y nunca más reinsertado. Mismo personaje, mismo problema y la situación radicalmente diferente, pero la culpa… ah, la culpa. Y la presunción de culpabilidad, esa ni te cuento.

Y he aquí el quid de la cuestión: cuando la sociedad, desde su miopía habitual, ha decidido que eres culpable, todo lo que hagas o digas o cómo mires la televisión o cómo te sientes en el autobús o cómo te la cojas para mear, todo, absolutamente todo, será una prueba irrefutable (una prueba irrefutable más) de culpabilidad. 

La culpa es una mancha que no se quita.

La novela, que se lee en una patada, tiene de interesante, a falta de dobles lecturas, lo que tiene de interesante el tema tratado, y de provocador lo mínimo imprescindible (es decir, nada). Postel parece un tipo correcto que ha querido hablar sobre la pederastia y gracias a lo cual le han dado un premio por el que nos alegramos igualmente, pero se hubiese agradecido una crítica más feroz toda vez que a los pederastas no queremos disculparlos y a los inocentes no podemos hacer otra cosa que compadecerlos.




5 comentarios:

  1. Por lo que leo: algo así como una reelaboración de El extranjero de Albert Camus, con otro "tema-excusa" y sin el talento de Camus. Aun así pinta interesante.

    ResponderEliminar
  2. De los franceses de última generación, es muy gracioso, y muy limpio escribiendo, intrascendente, pero sin incurrir en la menor tontería -algo no muy común pero que perfectamente se puede hacer- un tío que se llama Romain Monnery. La vida puede ser una mierda, pero de lo que trata es que nosotros no seamos todavía más mierdas de lo que lo es la vida. Abrazos...

    ResponderEliminar
  3. Aprovecho esta entrada para recomendar "La caza" película danesa de Thomas Vintenberg más o menos sobre el mismo asunto pero por lo que parece con un punto más de dureza que esta novela francesa.

    ResponderEliminar
  4. Viernes

    Hoy se ha sentado a mi mesa en el café un tipo lascivo, y me ha estado contando que quiere poseer a una niña de doce años y que ella también querría..., y se ha puesto a maldecir a la autoridad, el Estado, el sistema social, la ley, los curas, la civilización y la cultura. Los maldecía en voz queda, con tristeza y melancolía, hurgándose con el dedo sucio en la oreja y mirando al techo.

    Diarios, W. Gombrowicz

    ResponderEliminar