El tema de hoy es Veinticuatro horas en la vida de una mujer o cómo hacer pasar por buena una novela sobre el encoñamiento de una tarde de domingo.
Aviso para navegantes: no voy a privarme de destripar, si me place, todos y cada uno de los detalles de la historia, fundamentalmente por dos razones: una, porque para hablar de vaguedades ya están los demás y, dos, porque no se puede hacer sangre sin hundir la hoja siquiera un poquito.
La historia comienza con un hombre defendiendo a una mujer que antes de la medianoche ya se había fugado con un joven malandrín que conoció a la hora del té. Otra mujer, entrada en años, como sesenta y cinco años de entrada, escucha la conversación, las acusaciones y, sobre todo, la defensa que nuestro héroe y narrador hace de la mártir. Nace así en su corazón la esperanza de ser comprendida, a su edad, que ya no contaba. Resumiendo: la cosa acaba en confesión a la luz de las velas. Que si ella hizo lo suyo, también, hace años; que si ahora, viendo posibilidad de aceptación por parte de tan ilustre y sensato y, por qué no decirlo, guapo caballero, le da por compartirlo. Y esto es lo que sale de su desdentada boquita:
Se casa joven. Tiene hijos. Dos. Cuando ella tiene cuarenta su marido muere. Ay. Entra en la viudez con un hijo de dieciocho y otro menor que no ve porque está estudiando, angelito. Se aburre, claro, así sin nada que hacer. Pasan los años. Dos años. Se-a-bu-rre. Se va de viaje, será por dinero. Paseos paseos paseos. Inevitable: Montecarlo. ¡Casinos! Para dejarlo claro: es la clase de burguesita que a los cuarenta disfruta más en un casino de Montecarlo que atendiendo a su prole al calor de la chimenea o preparando muffins de arándanos, por más que ella lo venda diferente:
«Hablando con sinceridad, he de decir que eso se debió al tedio, al afán de ahuyentar aquel penoso vacío de mi corazón que no podía nutrirse sino de pequeños estímulos del mundo exterior. Cuanto mayor era mi atonía, más intenso era en mí el deseo de hallarme allí donde la vida se agita más febrilmente. Para quien se siente desasido de todo, la apasionada inquietud de los otros produce una sacudida en los nervios, como el teatro o la música».
Ya lo siguiente es ella con una prima acodadas en la barra mirando la vida pasar o buscando braguetas abiertas, no sé. De entre todos jugadores hay uno que llama su atención: joven, guapo, apasionado, expresivo. VITAL. Típico imbécil que lo pierde todo, que abandona el casino, huye al parque, se sienta en un banco, llueve y se moja, como los demás. Y así, en camisa, bajo la lluvia, húmero y transido de dolor es como ella lo enfrenta, lo sube a la calesa, «¡Llévenos a cualquier pensión!», y no queriendo no queriendo no queriendo no deja de querer.
«Y aquella noche estuvo tan llena de lucha y de palabras, de pasión y de cólera, de odio y de lágrimas, de promesas y de embriaguez, que pareció haber durado mil años. Hundidos en el abismo, dando tumbos, el uno deseando locamente la muerte, el otro absolutamente ajeno a lo que había de acontecer, salimos ambos de aquel mortal tumulto transformados con otros sentidos y otros sentimientos».
Polvazo, vaya.
Luego, lo habitual: ella: por favor, acepta mi dinero; él: que no que no, bueno, vale, sí pero quedamos a las siete. Y más: que si huyamos o no sé qué pero antes déjame darme una ducha; que si dónde está, por qué no ha venido; que si qué haces aquí, gastándote mi dinero; que si lo quieres tómalo aquí lo tienes, ya no te necesito; que si me lo juraste, que si tú no eres así. Que si…, que si… pero al final que no. Que si la prima en lo alto de la escalera, muda de asombro y estupefacción y adiós reputación y adiós todo y dónde habré dejado las bolitas chinas.
Resumiendo: media novela son las manos del jugador sobre la mesa, otra media es ella justificando sus arrobos y el resto (me van a permitir la licencia matemática) es simple decoración.
Total, QUE TAMPOCO.






