viernes, 13 de mayo de 2016

Ya sólo queremos Gaddis (una aproximación tangencial a ‘Su pasatiempo favorito’)

Hace unos días, en facebook:
«Yo sé que con Gaddis me pongo siempre muy pesado y sé también que las comparaciones, por lo general odiosas, que establezco, no lo son menos. Me refiero a esa…. desagradable, digamos, costumbre habitual mía de utilizar a Gaddis como vara de medir, como si ahora la masa humana pudiese mirar a los ojos al mismo Dios; costumbre que algunos escritores han utilizado en alguna ocasión para quitar hierro a una mala reseña de la que han sido o podrían llegar a ser objeto pero… Pero NADA. Sigo en mis trece. Llevo algo así como quinientas páginas de Su pasatiempo favorito y me reafirmo en la sospecha que ya pesaba en la trescientos: PUTA OBRA MAESTRA. Una vez más. Y van… Ya no es que Gaddis no defraude sino que es casi (CASI) el único escritor del mundo capaz de demostrar con hechos y no con palabras que el genio, el GENIO auténtico, no sabe de casualidades ni tiene amigos críticos o editores y que todo lo que no sea aceptar o reconocer esto son excusas de mierda y pobreza de espíritu y MEDIOCRIDAD. Que no pasa nada por ser mediocre, pero tampoco pasa nada por reconocerlo».
Y entonces unos que si no te pases por un lado (que qué cojones de obra maestra ni que ocho cuartos si mucho mejor jr si mucho mejor los reconocimientos) y otros que si por favor por dónde recomiendas empezar no menos de veinte veces y yo siempre lo mismo que si tienen que hacer el favor de interpretar mis palabras a los unos que si gótico carpintero tiene lo mejor del Gaddis que me más me gusta y se lee en suspiro y medio a los otros y todo por no decirle a los unos que sí que claro que puta obra maestra en comparación y a los otros que déjenseme de hostias y échenle lo que tienen que echarle y sumérjanse en jota erre, sumérjanse en lo puto mejor, que ya está bien de medias tintas y paños calientes, que la literatura debería ser una guerra y no este cachondeo padres de mesas de novedades, que ya nada más que ve uno novelitas de mierda y en los ojos ajenos el temor a ser comparado con deidades que un día también fueron nadies y gemiditos de escritor que se sabe clara, notable e insalvablemente INFERIOR.

Y eso un día y otro día o, no sé, tal vez el mismo (podría comprobarlo, pero mira: mínimo esfuerzo) alguien menta a alguien que también se ha leído la novela y ha subido una citas en su propio blog a modo de prueba fehaciente de lectura y la reseña en uno ajeno, reseña que leo y de la que salgo medio asombrado de puro ligera y evasiva. Y otra vez yo y otra vez no sé quién en Facebook, que es donde parece que acabará dando con sus bites esta medicina:
«Conozco el blog (he reseñado a B… en el pasado). Acabo de leer la reseña que en realidad publica en _.com y, bueno, no estoy muy de acuerdo con su interpretación. Dice B…: «¿Justicia? La justicia se encuentra en el otro mundo. En éste lo que hay son leyes. Tal declaración de intenciones será uno de los motores con los que funcione el relato: la sátira sobre el complejo y agotador mundillo de los entresijos judiciales, de las demandas y de las sentencias, sostenido por una red de personajes que sólo quieren denunciar a terceros para ganar dinero, circunstancia que en Estados Unidos es una moneda común: los abogados aconsejan demandar a otros siempre que haya oportunidad». Y no va mucho más allá, B…
Y sí, es cierto, entresijos judiciales, demandas y sentencias hay para aburrir, pero, en mi opinión, esta no es una novela que trate sobre la justicia más que como excusa, sino con algo que tiene mucho más que ver con la originalidad en el arte: qué robamos queriendo o sin querer, qué no es nuestro y qué sí es o qué puede considerarse realmente una aportación propia. Incluso las diferentes interpretaciones que hacemos del arte, del mismo modo que se interpretan las leyes que suponemos poco dadas a tal cosa, motivo por el que creo que es tan acertada la elección de eso que B… considera el “motor” de la novela, esto es, la justicia como argumento.
Pero da igual, cualquier cosa que yo o B… o quien sea digamos sólo servirá para simplificar algo que no lo merece; algo sobre lo que deberían estar corriendo ríos de tinta y que sin embargo parece condenado a caer en el mayor de los olvidos por culpa de tanta obra maestra de mierda que llena las estanterías de novedades».
Y esto en la página quinientos, cuando estaba yo medio en las nubes, que es una cosa muy normal cuando se lee a Gaddis, esa sensación de flotar, saben, de estar por encima de, de estar sacándole tanto partido al tiempo como es posible. Y doscientas páginas después, la confirmación: sobresaliente alto para Su pasatiempo favorito y la confirmación de laureles y gloria eterna para William Gaddis. Y más preguntas y convencimientos varios tipo venga va me leo a Gaddis empiezo por los reconocimientos o empiezo por jota erre o cómo empiezo y yo, que ya no sé, me rindo una vez más.
«Tengo que decir lo siguiente: creo que yo nunca he recomendado JOTA ERRE a nadie. He hablado mucho y muy bien de ella y he dicho millones de veces que es una de mis dos o tres novelas favoritas. Quienes me leen lo saben. El que ha querido tomar mis desmedidos elogios y mi pasión infantil como tal ha sido porque ha querido. Y no lo he hecho, es decir, no la he recomendado, porque creo que para leer JOTA ERRE hay que tener una disposición especial y sobre todo hay que llegar al libro como sea que uno llega a los libros que más le gustan (yo lo hice previa lectura de otro Gaddis y animado por un comentario casual de Juan Francisco Ferré no sé si en red social o en su blog mucho antes de su publicación en castellano), entre otras razones porque hablamos de una novela cuyo reparto está formado por unos 120 personajes que tendremos ir descubriendo a golpe de lupa y paciencia y tal vez alguna guía espirituosa y, bueno, las cosas como son, no todo el mundo está dispuesto a pasarse mil y pico páginas tirándose de los pelos y riendo a carcajada limpia mientras se corre de placer una y otra vez. Su pasatiempo favorito es mucho más fácil ya que habrá, como mucho, no sé, unos veinte personajes, no muchos más, de cierta relevancia, pero siempre y en todo momento estará presente uno de los dos protagonistas (una pareja de hermanastros, hijos del mismo padre, una figura mastodóntica que, sin tener una sólo línea de diálogo, es una presencia constante). Ahora bien, la experiencia de leer JOTA ERRE es difícilmente superable entre otras razones porque con JR (o con Su pasatiempo, qué coño) uno tiene la sensación de que la literatura está siendo aquello que debería ser siempre y todo momento (y que no es un poco porque no nos da la gana y otro poco porque ya no hay escritores como los de antes). Nos equivocamos cuando hablamos del género como literatura de evasión. Pero nos equivocamos no nos imaginamos cuánto. Es que… ¡valiente estupidez la nuestra! Literatura de evasión es JOTA ERRE o Su pasatiempo favorito o Gótico carpintero o o o… desde el momento en que el mundo (hipotecas y niños incluidos) desaparece, literal y literariamente, como ustedes prefieran, durante el tiempo que pasamos inmersos en su lectura.
O puedes leerte algún bosnio que recién ha descubierto la editorial independiente de turno».
Cuando leo a Jesús Carrasco o a Marina Enriquez no pasa nada de esto. Como mucho comentarios tipo no tienes ni puta idea y tal pero nada de mensajes privados ni ofertas de libros varios y desde luego nada de gente lanzándose a leer JR o Su pasatiempo o lo que tenga más a mano. Por eso nos gusta Gaddis, porque nos pone a todos muy cachondos. Y por eso nos gustan los lectores de Gaddis, porque los lectores de Gaddis son más guapos y más altos y con diferencia mejores lectores y mejores personas que el resto y desde luego tienen un gusto mucho más exquisito, así en general.

Es por ello que a partir de este momento en este blog en el que ya sólo queremos Gaddis, consideramos la no lectura de esta u otras novelas del escritor americano, un acto de COBARDÍA.


martes, 10 de mayo de 2016

‘Las cosas que perdimos en el fuego’ de Mariana Enriquez

Cuando mediado el mes de abril decidí dedicarme, si no exclusivamente, sí, con cierta, digamos, intensidad al relato debo confesar que no esperaba gran cosa

Miento. 

Cuando mediado el mes de abril decidí dedicarme, si no exclusivamente, sí, con cierta, digamos, intensidad al relato debo confesar que esperaba reconciliarme con el género, que ya no es moco de pavo. Y, mira tú por dónde y sin llegar a perder la cabeza, eso es más o menos lo que ha ocurrido. Y parte de la culpa, gran parte al menos, de esta reconciliación la tiene Mariana Enriquez, hasta hace nada una completa desconocida.

Qué bien, eh.

Intentaré no entusiasmarme en exceso durante esta reseña, no vayan ustedes a creer que ahora veo obras maestras por todas partes. Para nada. Tampoco quiero fingir que me da todo igual porque no ha sido así. Mariana Enriquez me gustó lo suficiente como para, por un lado, anotar su nombre en esa libretita en la que figuran los nombres de todos aquellos autores a los que quiero volver (es una libreta muy pequeña) y por otro, comprarme otro libro suyo, esta vez en formato digital (qué remedio).

Al tema.

Simplificando hasta la inexactitud, Cosas que perdimos en el fuego es una colección de relatos de terror. Matizando, tendríamos que hablar de relatos que tienen trasfondo terrorífico o una querencia por lo oscuro que llega en ocasiones hasta lo fantástico.

En estos relatos hay gente que está muy sola o mal acompañada; gente muy joven, muy inconsciente; hay mucha miseria y hay un fondo tenebroso y real que da más miedo que cualquier vampiro que pueda ocultarse tras una cortina. La pobreza, por ejemplo; un niño tirado en la calle, un niño que un día queda solo, un barrio marginal, tomar un helado y volver a pasar la noche a la intemperie. Y mamá que no está y no pasa nada y que luego no está el niño y tampoco. Esa clase de terror.

Y otros ya no tanto de corte fantástico como simplemente inquietante rozando en algunos casos lo social. Un terror más de adolescente perdida, tipo nena que se aventura en territorios prohibidos, con el miedo que da acompañarse únicamente de una linterna y el riesgo a ser descubierta (La hostería) o algo tan simple como ser joven y estar un poco loca y meterse en furgonetas destartaladas y dejarse llevar por el novio punk de tu amiga y los alucinógenos y ver el miedo en los ojos ajenos y ser pura inconsciencia (Los años intoxicados); o una obsesión que deviene (o amenaza con hacerlo) en locura (Pablito clavó un clavito); o una mujer que odia y teme a su marido y viaja con él y conoce a una prima (Tela de araña)… Bueno, lo que sea.

Eso por poner algunos ejemplos, ojo, tampoco quiero entrar en mucho detalle. Prefiero que, si deciden arriesgarse, y yo creo que deberían, los descubran ustedes mismos. Quiero decir con esto que, cuanto menos sepan, mejor. Porque una cosa es que yo les diga que hay relato con casa encantada y otra muy diferente que la visiten ustedes y juzguen si realmente esa casa es lo peor del relato. Bueno, en este caso tal vez sea así, pero… pero no. Da igual, lean el puto cuento.

La primera parte, decía (y si no lo decía lo digo ahora), es menos fantástica que la segunda que (a excepción del último relato que vuelve a un terror que cabe dentro de lo posible e inimaginable al mismo tiempo) ya es más una cosa de mearte encima. Es un decir. Buenos ejemplos son la niña rarita (quién no ha tenido una en el colegio) que se autolesiona o la vecina que cree que el del bajo derecha tiene un niño encadenado en el patio trasero o las consecuencias que tiene que un policía corrupto haya tirado al río contaminado el cadáver de un joven que ha tenido la mala suerte de cruzarse con él. En todos estos casos el terror no se limita a llegar en el último párrafo sino que crece con el relato y se apropia de él y cuando llegamos al final ya estamos hartos de mordernos las uñas y asqueados de ese ambiente enfermizo y putrefacto y miserable.

En general, tengo que decirlo, me hecho muy feliz llevarme este sorpresa. Me han gustado todos los relatos (unos más que otros, eso también es cierto) pero es que además me ha enamorado la forma que tiene la Enriquez de narrar, con un estilo sencillo, completamente alejado de innecesarios lirismos, muy centrado en la historia y trabajando los personajes.

Muy recomendable, al fin.


Adenda

‘Chicos que vuelven’ de Mariana Enriquez

Cosas que nunca (o casi nunca) hago: leer dos veces seguidas a un mismo autor. Tampoco este fue el caso, pero no por falta de ganas. El caso es que poco, muy poco tiempo después de haber leído el recopilatorio anterior, compré por internet, en versión digital, una NOVELA de esta escritora. Al final no resultó ser tanto una novela como un relato largo (40/50 páginas) que perfectamente, por temática, podrían haber incluido los de Anagrama en “Cosas que perdimos…”. 

La historia trata de una mujer que trabaja en una oficina de desaparecidos. Está a cargo de la sección de jóvenes, ya saben, críos o adolescentes que un buen día desaparecen de la faz de la tierra, ya sea porque ponen ellos tierra por medio ya porque se le tiren encima. En cualquier caso, no están desde hace años. 

Y un día vuelven. 

Vuelve la primera, una chica monísima, cuando nuestra protagonista se la encuentra desorientada vagabundeando por no sé qué parque. Lo siguiente es masivo. Cuatro parques de la ciudad se van llenando de niños que vuelven exactamente en el mismo estado que tenían al desaparecer sólo que tantos años después.

La novela no es tanto la cuestión de los niños que desaparecen (que también, claro, no vamos a explotar un drama como ese) como el estado en el que vuelven y la reacción de los familiares que no entienden qué vaina es aquello que tiene en casa y a qué vienen esos dientes torcidos.

Revisitación, pues, de la ya clásica invasión de los ultracuerpos pero sin dar explicaciones que nadie ha pedido nunca ni forzar el clásico final de victoria aplastante del bando extraterrestre.

Curiosa.


miércoles, 4 de mayo de 2016

‘Siete casas vacías’ de Samanta Schweblin

Yo he sido defensor (y, es más, yo he recomendado y gracias a me consta que se han vendido ejemplares varios) de la novela de Samanta Schweblin, Distancia de rescate, pero, con todo, no quiero ni oír hablar de obra maestra, ni siquiera de obra excepcional, magistral o lo que se les ocurra que tenga que ver con altares menores. Que ni les pase por la imaginación, vaya. Distancia… es una novela entretenida, que se lee de una sentada y hace pasar un rato estupendo. Y punto. Porque también es una novela muy tramposa que nunca llegará a nada en la vida precisamente por eso, por mentirosa (porque las trampas sólo están permitidas siempre que no le salten a uno a los ojos durante la lectura; todo lo más, horas después, minutos incluso, y no es el caso). 

Pero no estamos aquí para hablar de Distancia de rescate.

Mi problema (es decir, “problema”) con Siete casas vacías, que tampoco negaré haber disfrutado moderadamente, es que es casi más de lo mismo. Es que no me ha entusiasmado.

Esto, dicho así, e inmediatamente después del párrafo anterior o meses después de la reseña de marras publicada en este mismo blog y escrita a dos manos por un servidor de ustedes, suena inevitablemente bien. Tan bien suena, de hecho, que me los estoy imagino, a todos ustedes, corriendo presurosos a comprar librito.

Refrénense. Primero, hablemos.

No les haré perder mucho tiempo. Lo cierto es que realmente no tengo gran cosa que decir ni demasiadas ganas. Aquí es que somos mucho de extremos y cuando no los hay, cuando la novela se sitúa en un insípido ecuador, nos aburrimos a nosotros mismos y nos odiamos por no estar haciendo cualquier otra cosa mucho más divertida tipo leer las entrevistas y las reseñas de unlibroaldia blogspot etcétera.

Al lío.

Nota importante: la Samanta de este recopilatorio (que ganó un premio y tal, pero quién no lo hace hoy día; ganar algún premio, digo, si ya parece, en ocasiones, que no haya otra forma de publicar) es exactamente la misma de Distancia. La mismísima. Esto ya dice mucho. Todo, probablemente. Quiero decir, que si les ha gustado Rescate, fenómeno, a gastar capital; qué no, fenómeno también, lo que se ahorran. 

Resumiendo: esperen sorpresas cero.

Samanta es una escritora hábil para crear atmósferas –pese a que todas las atmósferas acaban siendo bastante parecidas, hijas de la misma madre—, y para mantener una tensión a golpe de ocultar información al lector o exponiendo a sus personajes a situaciones de un estrés de origen incierto, que para el caso es lo mismo. Por ejemplo, la típica señora que, en su vejez y desde algo parecido a un enfisema pulmonar, se siente acosada por el hijo del vecino y va de acá para allá jugándose el pellejo y recordándonos tanto a nuestra dulce abuelita... O la señora (cuántas señoras) que se dedica a invadir hogares ajenos ante el estupor, la indignación y el histerismo de una hija que la acompaña allá donde vaya y que la disculpa y la saca de berenjenales varios. O la nena que se deja “secuestrar” por un completo desconocido que la regala ropa interior toda vez que la suya se ha perdido de una forma un tanto surrealista y absurda a más no poder. O…. Y así hasta siete, de ahí el título.

Los relatos de Samanta se dejan leer (no vuelvo a decirlo) pero tienen una sola cara. Son pildoritas de intriga, monodosis de suspense marca acme. Artificios tan efectivos como ligeros e insustanciales.

Si aceptamos que un relato deba ser, sea o, incluso, qué demonios, pueda ser (ahora bien, jamás única y exclusivamente) un instrumento de placer instantáneo (porque, las cosas como son, tampoco hay necesidad de trascender cada cinco putos minutos) y siempre y cuando atienda a las normas básicas de, uno, no aburrir (imperativo, esto) y, dos, no impresionar únicamente a golpe de prosa; pues siendo así, es decir, suponiendo o aceptando que un relato sea el equivalente a un episodio cualquiera de una temporada cualquiera de un serie cualquiera (una serie no especialmente abyecta, al menos) o lo que es lo mismo, un objeto que nos entretenga exactamente el tiempo que dure su lectura y la subsiguiente cerveza, entonces sí tendría que reconocer que los relatos de Samanta Schweblin no están del todo mal. ¿Que yo espero más de un relato? Sí, lo hago, pero también es verdad que cada vez menos.

Al final, es verdad, tenían ustedes razón: basta con bajar el listón un par de metros para que todo sea mucho más happy.

Creo que estoy empezando a entrar por el aro. Lo noto.



En nada estoy presentando libros.