jueves, 4 de abril de 2013

“Magma (Spurious)” de Lars Iyer


Ayer, tres de abril, se hizo público que Luis Goytisolo había ganado el premio Anagrama de Ensayo 2013 con una obra llamada “Naturaleza de la novela” en la que habla del declive de la novela. [Según El País] Goytisolo concluye en el epílogo que ésta “ha dejado de renovarse, de abrir nuevos caminos, y quienes de un tiempo a esta parte empiezan a cultivarlo no suelen hacer sino repetir fórmulas con mayor o menor talento”. Que se nos muere la novela tal como la conocemos, vaya. Pues por desarrollar este argumento es por lo que han dado 8.000 euros (y la dosis correspondiente de prestigio) a Goytisolo. 



A Lars Iyer, profesor de filosofía, le publican en enero de 2011 Spurious -aquí traducido, por la razón que sea, como Magma- una obra en la que Lars, digamos, noveliza una cuestión que parece preocuparle y/o interesarle mucho; aquello de lo que dice Rodríguez Marcos que hablan los novelistas cuando no están escribiendo novelas: la muerte de la novela, efectivamente. 

La cosa va de Lars Iyer hablando de aquello sobre lo que habla con su amigo W. Ambos son fanáticos de la literatura y se supone que escritores en plena crisis existencial. Nada está bien, nada funciona, todo es un desastre. La novela se muere, pobrecita, si no se ha muerto ya. Viven un momento difícil: la literatura los ha destruido: “la literatura nos destruyó: siempre hemos estado de acuerdo en esto. La tentación literaria tuvo consecuencias desastrosas.” Pasan la novela, por llamarla de alguna manera, metidos en casa, hablando por teléfono, chateando. También paseando por Europa, dando charlas, conferencias, emborrachándose con ginebras varias, reflexionando sobre el talento, el genio perdido y nunca más encontrado, la voracidad de la red, de la televisión, del exceso de ocio, de la falta de concentración, de la querencia natural a la dispersión: W. “lamenta el hecho de que ve la televisión por las noches, dice. Solía trabajar por las noches, dice. De hecho, trabajaba todo el tiempo. Una habitación con cama y un escritorio y sus libros, eso era todo. «Ese fue mi nivel más alto», dice. «¿Cuándo vas a llegar tú a tu nivel más alto? ¿Estás ahora en él? ¿Es esto tu nivel más alto?»” 

Al ser una reflexión dialogada en torno a una idea tan concreta, carece de línea argumental. W. es un hombre apasionado, voraz, un caníbal literario pero también un snob, un falso erudito, un estudioso sin la inteligencia ni la voluntad suficiente para despegar (“W. tiende a un continuo dar largas”), un reseñista que acumula cajas de libros sin abrir, que escribe lenta e inseguramente novelas mediocres que publica irregular e insatisfactoriamente aún a sabiendas de que llegarán nunca a significar nada para nadie: “«¿Cuál crees que es tu efecto en los demás?», pregunta W. «¿Los motivas, los inspiras, los estimulas? ¿Contribuyes a que piensen más de lo que podrían pensar por sí mismos? ¿Cambia el hecho de tu amistad el modo en que ven el mundo o viceversa?»”. 

Lars Iyer, que hace de sí mismo (o parecido) es el otro protagonista: dice W. que es gordo, que es imbécil, que está embrutecido, que es extremadamente prolífico pero que pierde demasiado tiempo con tonterías, que escribe demasiadas naderías. “Mientras que [Levinas y Blanchot] escribieron con gran cuidado y reflexión, yo escribo sin ningún cuidado y reflexión, sintiéndome al parecer orgulloso de mi inmensa idiotez”, dice Lars que dice W. sobre él. Con la de Levinas y Blanchot comparan su amistad, precisamente: mientras que de su amistad sobreviven apenas un puñado de cartas, de la suya, la de Lars y W., formada por obscenidades y dibujos de pollas intercambiados por Messenger, sobrevive todo, aunque no debería

Magma habla de la falta de talento y la incapacidad para alcanzar el genio de antaño (“¿Qué podríamos hacer nosotros, simples monos, sino imitar hasta agotarnos?”) y lo hace desde un estilo muy cercano al de Thomas Bernhard, tanto en el fondo como en la forma. Personajes conscientes de su estupidez (“W. me dice que me idiotez es teológica. Es vasta, omnipresente; no simplemente una carencia (de inteligencia, quiere decir), aunque tampoco es totalmente tangible ni real. […] Su idiotez, dice W. es más una especie de tozudez o indolencia. […] Su idiotez es tan solo un recordatorio de su propia incapacidad, a la que se enfrenta nuevamente cada día.”) se enfrentan día tras día a una literatura que agoniza y lo hacen desde una posición de escritores fracasados e inútiles, que ven como todo se empaña de esa humedad que se come todo, que lo va pudriendo todo desde el interior. Para Iyer, el escritor es ese imbécil que se resiste a lo inevitable cuando debería celebrar el fin del mundo: “Lo más importante, reflexiona W., es la llegada del Fin del Mundo”. La última esperanza contra esa humedad que todo lo impregna y que tienen tomada la casa de Iyer: 

“Nadie entiende la humedad. Ésta es talmúdica. La humedad es el enigma que reside en el corazón de todas las cosas. Atrapa la luz de toda explicación, de toda esperanza. La humedad dice: existo, y eso es todo. Soy la que soy, así la humedad. Te sobreviviré y sobreviviré a todas las cosas, así la humedad.” 



Magma” son 165 páginas de lo mismo, lo mismo y más de lo mismo, siendo “lo mismo” esto: 

El 28 de mayo de 2012 Lars Iyer publica un extenso artículo llamado “Desnudo en la bañera, asomado al abismo (Manifiesto literario tras el fin de la literatura y los manifiestos)” en el que expone exactamente las mismas ideas que en Spurious, solo que de un modo nada críptico; donde allí todo eran analogías, símbolos y metáforas aquí es un río de aguas cristalinas. 

Que dice Iyer que “decir que la Literatura ha muerto es a la vez empíricamente falso e intuitivamente cierto” (además de una afirmación bastante chorras, añado). Esto lo argumenta con relativa calma (se toma un tiempo que yo no tengo) para terminar dando algunos consejos acerca de “qué escribir en las postrimerías”, consejos que, mira tú qué casualidad, coinciden exactamente con aquellos que él llevó a cabo con Spurious, lo cual es una demostración de integridad además de una forma ideal de acabar con la competencia. “La literatura es un cadáver”, dice, “La literatura se ha convertido en una pantomima de sí misma”. Todo por culpa de tanto escritor, que ahora cualquiera escribe, dice, a cualquiera se le publica: “Ya no se rechaza ni ignora a nadie, puesto que se publica a todo el mundo instantáneamente, sin esfuerzos ni reflexión”. Ahora hay un ejército de obreros capitalistas de la tecla dónde antes había autores. Dice. 

Se ha secado el río, dice: “El posmodernismo [..] nos ha conducido al final del juego: todo está a nuestro alcance pero nada nos sorprende”. Una frase curiosa viniendo de un escritor que en lugar de reconocer sus carencias prefiere justificarlas argumentando que ha llegado el Fin de la Novela. Qué digo la novela, ¡de la Literatura! Tampoco acabo de entender (y aquí se me cae siempre el discurso de Iyer) porqué el fin -el supuesto fin- del posmodernismo supone también el fin de la Novela, como si el posmodernismo fuese la última esperanza de la cultura o algo, como si antes de ella no hubiésemos tenido otros movimientos literarios.

Deberíamos arrojarnos desde los acantilados, admitimos. 
Pero, qué habría de bueno en ellos, en nuestros cuerpos bocabajo y sangrando sobre las rocas, las gaviotas sacándonos los ojos a picotazos? ¿Cómo podríamos disculparnos entonces? Porque eso es lo que deberíamos hacer, deberíamos pasarnos la vida no diciendo nada excepto que lo sentimos: lo sentimos, lo sentimos, lo sentimos, y a todo aquel que nos encontráramos. Sentimos los que estamos haciendo, y lo que estamos a punto de hacer, sentimos lo que hemos hecho… 

Error. Deberíais arrojaros desde los acantilados. Definitivamente, sí.



No dejo de tener la sensación de que el discurso de Iyer, por más que sea un discurso interesante y divertido (he disfrutado con él, para qué negarlo), es también un discurso excesivamente efectista -y no digamos ya catastrofista- y sobre todo un discurso dirigido a aquellos a quienes interesa este asunto, esto es, los propios escritores y aproximaciones, únicos consumidores de este tipo de productos (especialmente aquellos que, incapaces de crear, necesitan una excusa para justificar su ineptitud). Me suena, en realidad, esto de Iyer, más que a discurso, a disculpa. Su manifiesto parece una mamada a Vila-Matas, Bolaño y Bernhard (y seguidores) a quienes roba descaradamente e incorpora en una novela (Spurious) que según avanzo se va transformando, ante mis ojos, en algo que es poco más que una idea llamativa montada como un collage de homenajes bastante resultón. Sírvanse fríos algunos ejemplos: 1. Al igual que Montano, para quien Kafka era Dios, también para W. e Iyer es El Castillo la obra maestra que hace de ellos simples monos de repetición sin talento. 2. En El Malogrado de Bernhard se postula que las únicas salidas posibles para una vida dedicada a la creación artística son el suicidio, la locura o el fracaso. 3. Uno de los narradores de Bolaño dibuja enanos de penes gigantescos de igual modo que los W. e Iyer intercambian dibujos de pollas por Messenger. 

Llámenme imbécil, pero me llama la atención que Iyer, para escribir su novela-denuncia, se haya servido -supongo que con la excusa del homenaje- de las ideas con las que otros montaron sus propios artefactos, esos que él tanto admira, esos que cree imposibles de superar -siquiera igualar- toda vez que la Literatura ha muerto o está muriendo o agonizando o lo que cojones sea que le está pasando a la desgraciada. Que eso  acabe siendo su novela no sé si demuestra que la literatura está agonizando –seguramente no- pero lo que seguro que sí demuestra es que no será él quien la salve. 



lunes, 1 de abril de 2013

“Los ensimismados” de Paul Viejo

Los ensimismados es Paul Viejo jugando a ser Paul Viejo; un intento (y sólo eso, me temo) tan malo como cualquier otro de hacerse pasar a la posteridad. 

De Paul Viejo lo que menos me interesa es lo que escribe, él, a título personal; como autor, quiero decir. Me interesa su faceta traductora o editora pero no siendo tanta para ocupar toda una vida, ambos sabíamos que llegaría el momento en que tendría que leer algo salido de su puño y letra si no queríamos caer en el olvido mutuo. El elegido de todos los posibles fue su último parto: “Los ensimismados” (Páginas de Espuma). 

El argumento de los relatos contenidos en el libro es, de todo, lo que menos importa. Lo cuentos son cuentos metalitarios, que es lo mismo que decir que Paul Viejo está tan obsesionado con esto de las letras que todo lo que le sale tiene que ver con ellas y no con asesinos bilbaínos o con jovencitas amigas de los potros de tortura forrados de satén. Vivir tan intensamente la literatura, no tener otra cosa en la cabeza es a todas luces un problema mayúsculo si no te gusta la tortilla muy hecha. A Paul Viejo lo que realmente le interesa es el cuento como tal, el ejercicio de hacer un cuento y que se note que lo es, que no caiga en saco roto tanto esfuerzo y tanto no dejar de pensar siempre en lo mismo. Esto no es fácil de explicar y mucho menos de entender si no es con un ejemplo. El primer relato empieza del siguiente modo: 

SOLO SI JACK ES CAPAZ de mantener en alto la escopeta, si logra permanecer apuntando un tiempo considerable, este cuento puede llegar a alguna parte. Será necesario que la situación continúe siendo la misma, es decir: que la mirada del cañón no se desvíe, no encuentre distracciones, ojos quebrados en grito, manos sudadas; es decir: que la distancia que existe ahora mismo entre Jack, su mensaje de pólvora y ese hombre sobrecargado de tensión en la mandíbula debe ser igual, es necesario todo el tiempo, porque un centímetro de variación, un movimiento inesperado, el nervio y la traición de un pie que se deslice, precipitará, tal vez, el final de este cuento, las razones de Jack, la recompensa de una muerte. 

A eso me refería con usar el cuento como una excusa para hablar del cuento. (Deberíamos poner a escribir a carpinteros, artesanos o sastres. Buscarles un negro listo que les ayude y dejarles hacer, a ver si así, saliendo del medio, logramos que la literatura no tenga que ser la mitad de la veces parte del decorado.) Esto se repite con más o menos éxito a lo largo de dieciséis historietas, eso sí, escritas con una corrección y una calidad digna de elogio (no seré yo quien le reste valor al chaval) pero que pasado el tiempo se diluyen en la memoria cual aspirina efervescente. Hay en el cuento actual una querencia por el olvido que habría que analizar. Esa capacidad para no trascender tiene que ser reconocida de una santa vez. Esa puta manía de escribir cuentos para conseguir el elogio de los compañeros de profesión (que son, a la postre, más compradores que lectores) va camino de ser deporte olímpico de puro habitual. Ese hacer de la literatura el origen, el medio y el fin último de la propia literatura acabará mal, ya verán. 

Lo dicho, que todo es más o menos el mismo rollito taller de narrativa tomado desde diferentes perspectivas. Para que me pillen el chiste, les dejo una segunda y última cita: así comienza el cuento catorce: 

Y SI LE DIGO ESTO es porque sé que es usted escritor. Un cuento tiene que ser siempre un cuento, no puede ser ninguna otra cosa. Y no me estoy refiriendo a que se produzca cierta confusión de géneros, como que se pretenda hacer pasar por novela lo que en realidad no es sino un relato alargado de manera más o menos hábil, o que una sucesión de cuadros imprecisos y mal terminados aspiren a dejar de serlo recibiendo otro calificativo que no es el suyo. Me refiero a que el cuento hay que considerarlo como un hecho físico. 

Elvira Navarro, en la revista Qué Leer, lo define como ser hiperconscientemente literario. Esto lo coge Vila-Matas y te hace un nudo gordiano con una cenefa de encaje de camariñas de morirte de bonito. Pero no le falta razón. Tampoco cuando afirma que señalar profusamente que "un artefacto es un artefacto sea tal vez demasiado insistir en un asunto que va de suyo". Sin embargo, y sin ánimo de llevar la contraria, no puedo estar tan de acuerdo, cuando, por aquello salvar al colega, termina la reseña diciendo que “[…] leído en su propia ley Los ensimismados es intachable”. Elvirita, amor, leída en su propia ley la guía telefónica de Teruel también. 


lunes, 25 de marzo de 2013

“Saliendo de la estación de Atocha” de Ben Lerner

Sobre el error que ha sido leer a Lerner y más concretamente sobre el error que ha sido terminar el libro dichoso de Ben Lerner. Sobre odiarse a uno mismo otra vez y sobre no acabar de entender a qué viene tanta tontería. 


Meterla Doblada, una introducción 

He aquí el par de razones que me llevaron a leer esta novela (*) (o la culpa siempre es de los demás): 

Razón number one: Frazen, Auster, Ashbery y la puta faja que los parió: “Hilantante y endiabladamente inteligente”, dice Franzen; “Absolutamente entrañable”, dice Auster; “Extraordinaria”, dice Ashbery, haciéndose el tonto. 

Ya tenía que haber sospechado algo con ese apelar al absolutismo por parte de Auster. Absolutamente entrañable podría ser el osito de mimosin, el perrito de scottex o el gato con botas, si me apuran, pero no un fumado americano en lo alto de un tejado madrileño. Eso es absolutamente imposible. Por otro lado (pero esto lo descubrí una vez terminada la novela) la afirmación de Hilarante que escupe Franzen dice muy poco en favor de su sentido del humor (algo que ya suponíamos cojo de alguna pata). Y por último, en el caso de Ashbery, que para los que no lo sepan es un poeta al que Lerner dedicó un ensayo enterito, es fácil ver la relación: su nombre aparece once veces en esta novela, uno en los créditos y cuatro en los agradecimientos. Si yo fuese Ashbery también creería que este libro de Lerner es lo siguiente a extraordinario. 

Razón number two: Lector Malherido (desenfajado). Hubo un tiempo en que mi fe en Malherido era inquebrantable. Donde hubo fuego, cenizas quedan y yo me dejé llevar porque uno también se cansa de tirar. De su reseña me quedé -como hago siempre, y así me va- con todo lo bueno. Hablaba de romanticismo tolerable, inteligencia extraordinaria, ligereza compositiva (¡) o de la honestidad y el encanto de lo imperfecto, último punto este que, así como sin quererlo, valida casi toda la narrativa existente, incluyendo la saga Dragones y Mazmorras. No estuve atento, sin embargo, al párrafo fundamental, aquel que pudo haberme evitado el disgusto y por mi mala cabeza no lo hizo: “La novela de Ben Lerner no es gran cosa, en principio; no trata asuntos graves ni cuenta con una trama imaginativa o mínimamente ingeniosa; ni siquiera sigue la tradición artesana de la literatura de su país, esa novelística impecable en su estructura dramática, pues en una página estamos en Madrid y en la siguiente en Granada o Barcelona, sin otro motivo justificador que el hecho de que Ben Lerner anduvo seguramente por allí y quería sacar estas ciudades en su libro.” 

De lo que se deduce que si camina como un pato y grazna como un pato seguramente sea un pato, pero eso sí, un pato inteligente, hilarante y entrañable. Un pato extraordinario, en definitiva. 


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Otro día que venga más a cuento podemos hablar de la Inteligencia que, junto con la Profundidad, es uno de mis criterios críticos favoritos. Cuando leo que una novela es inteligente siempre me pregunto lo mismo: exactamente, ¿a qué nivel de inteligencia nos referimos? ¿Cómo es una novela no-inteligente? ¿Cómo distinguir unas de otras? ¿Acaso no es un poco gratuito decir que una novela es INTELIGENTE, así, sin más? Quiero decir, ¿qué hace que una novela sea inteligente? ¿Y en que se traduce? ¿Nos hace más listos a los lectores? ¿Podría hacernos más guapos, también? Y voy más lejos: ¿puede una novela ser más inteligente que su escritor? ¿Sueñan los poetas con novelas inteligentes? 

(De la profundidad ni hablemos, pero citemos a Lerner; démosle sentido a este post: “lo más cerca que había estado de tener una experiencia profunda del arte probablemente era […] una experiencia profunda de la ausencia de profundidad”.) 
* * * * * * * * * 

Esa cosa que debería ser la reseña 

Por aquello de hablar un poco del libro les voy a resumir de qué va. El protagonista es un joven americano que viene becado a España a escribir unos poemas (proyecto poético, le dicen) que tienen algo que ver con la guerra civil. No queda muy clara la cosa seguramente porque son poemas de libre interpretación. Pues bien, la novela es este muchacho pasando de todo. Literalmente. Se levanta, fuma, cafetea, toma pastillas blancas para favorecer el atontamiento y se echa a la calle a verlas venir. De vez en cuando plagia algo (las becas no se ganan solas): traduce, recorta, pega, descontextualiza y a ver si cuela. Y sí, cuela, porque pocas cosas hay más tontas que un poeta madrileño haciéndose el interesante: “Me dije que daba igual lo que hiciera, daba igual lo que hiciera cualquier poeta, los poemas constituirían pantallas sobre las cuales los lectores proyectarían su propia fe desesperada en la posibilidad de la experiencia poética, fuera lo que fuese, o les darían la ocasión de llorar su imposibilidad.” 

Al igual que para el terrorismo (la aventura coincide con el atentado de Atocha) también hay tiempo para el amor: tiene el muchacho una facilidad para enamorarse sospechosamente relacionada con la erección del momento. “Bebimos y fumamos hasta vaciar la botella y luego nos fuimos a la habitación y echamos un polvo rápido y me enamoré perdidamente.” […] “Un poco antes de las diez sonó el timbre y bajé a la calle y me encontré con Teresa. Me besó en los labios y me enamoré de ella.” A mí a los quince me ocurría exactamente lo mismo. Quiero pensar que esto no es a lo que se refieren cuando hablan de novela profundamente inteligente. Quizá sea a este otro momento Nespresso.: 
El gato seguía en el sofá rojo, parpadeando. Aunque no me había movido ni había hecho ruido, Teresa sabía que estaba despierto y, con el teléfono encajado entre la oreja y el hombro, me trajo un café; no había oído la cafetera. No supe interpretar su sonrisa. No podía creerme lo bueno que estaba el café. Regresó al escritorio y yo me senté y me terminé el café e intenté escuchar su conversación; decía algo de una entrega o un envío; quizá sí trabajara para la galería. Después del café fui al baño y abrí el grifo de la ducha y cagué y me tomé una pastilla blanca y luego me metí en la ducha. La alcachofa era compleja y podía ajustarse la textura del agua de varias maneras. Por alguna razón, más que ningún otro objeto del piso o el piso en sí mismo, me hizo sentir que la riqueza de Teresa era ilimitada. Me di cuenta de que no había bebido agua, solo café y alcohol, desde hacía tanto tiempo que me asusté. Abrí la boca y dejé que se llenara de agua y tragué. 
La novela está plagada de experiencias vitales de este calibre. Cierto es que hay mejores momentos, algunos probablemente inteligentes, y que tiene su gracia ser observado y analizado con bastante acierto por un extranjero, pero la novela no deja de ser el relato del ir y venir de un perfecto gilipollas. Uno de tantos. 
Era incapaz de conseguir un café en ese país, no digamos ya de comprender su guerra civil. No había visto la Alhambra. Era un mentiroso compulsivo, bipolar, violento. Era un americano de verdad. Nunca iba a aplanar el espacio ni a hacerlo añicos. No había visto El pasajero, una película que yo protagonizaba. Era un fumeta, puede que un alcohólico. 
Debe atentar contra alguna ley física que la trayectoria de un cuerpo sea siempre descendente, pero eso es lo que algunos parecen empeñados en querer demostrar. Me refiero, por supuesto, a Mondadori y su querencia por lo prescindible. Como dice Iago Fernández, crítico de El Sindicato (el Suplemento Cultural Juvenil de Mondadori), LEANLO (si quieren, añadiría yo) pero luego no me echen a mí la culpa. 


Y telón 

Cuenta Kundera en “El telón” que en una ocasión recomendó a un amigo, un escritor francés, que leyese a Gombrowicz. Cuando volvió a encontrárselo, éste estaba algo molesto porque no le había entusiasmado. ¿Qué has leído?, le preguntó Kundera. Los hechizados, contestó. ¿Los hechizados? ¿Por qué elegiste Los hechizados? Kundera se sorprende porque esa es una novela de juventud que Gombrowicz escribió y publicó por entregas en un periódico polaco antes de la guerra. Gombrowicz, en Testamento (una conversación con Dominique de Roux en la que comenta TODA su obra) no dice ni una sola palabra de Los Hechizados. Ni una. Así de en tan alta estima la tenía. ¡Tienes que leer Ferdydurke! ¡O Pornografía!, le dijo Kundera. El amigo, el escritor francés, lo miró con melancolía: “Amigo mío, la vida se acorta ante mí. He agotado la dosis de tiempo que tenía guardada para tu autor”. 


Quizá Ben Lerner sea un escritor de una inteligencia prodigiosa, capaz de elevar el coeficiente ajeno a golpe de chascarrillo, quizá haya escrito la mejor novela generacional de la década, quizá el suyo sea el retrato más perfecto de la apatía que nos consume, y quizá estén por venir sus obras maestras, pero aquí servidor ha agotado la dosis de tiempo que tenía reservada para ese autor. 

¡Siguiente!



 (*) "Saliendo de la estación de Atocha", Ben Lerner, Mondadori, 2013 - Traducido por Cruz Rodríguez Juiz