jueves, 6 de julio de 2017

Breve nota de urgencia de “Bajo cielos inmensos” de A.B. Guthrie Jr. (Trad. Marta Lila)

Hay varias formas de afrontar esta reseña. Siempre las hay, claro, pero hoy especialmente. La primera, más clásica y probablemente la que menos me gusta, consiste en comentar cómo llegué yo al libro y mi experiencia durante la lectura así como dejar un breve apunte argumental y conclusiones varias llegadas directamente desde mi más tierno corazón, pero hay en este tipo de post un yoismo que cada día soporto menos. A mí me empiezas con un “descubrí este libro…” y ya me sabes en el último párrafo, que es siempre —o casi siempre, si nos tomamos esto de hoy como una excepción— el único que importa. Esa es la opción A, que descartamos. La opción B, mucho más técnica, incluye biografía del escritor, contexto y no menos de tres referencia a otras obras hayan sido o no leídas, varias citas y soplapolleces varias, pero yo este tipo de cosas por menos de cincuenta euros ni se me ocurre, motivo por la cual probablemente no las he haré nunca. La opción C tiene que ver estimular aquella parte de ustedes que alimenta sus reservas a la hora de afrontar cierto tipo de literatura. Es decir, convencerles, a golpe de contagioso entusiasmo, de que se dejen de hostias, de dramas de clase media aburguesada o de clubs de lectura que, desde fuera, créanme, invitan al suicidio y se den a la bebida o, en su defecto, a la novela del oeste.

Me voy a inclinar por esta pese a saber (o tal vez precisamente por eso) que este será un post muy poco leído. Sería un logro que pasasen de la fotografía que lo encabeza. Si han llegado hasta aquí, sumarán dos puntos positivos que le haré llegar a vuelta de troleo. Si lo terminan, aportaré mis mejores deseos a sus planes de pensiones y juraré por mi santa madre no volver a matar a dentelladas a ningún lindo conejito. 

Llegamos a la hora de las tortas.

Pero la primera en la frente: han tenido que pasar seis vergonzantes años, seis, con sus días y sus noches, y sus trece horas de esparcimiento y sus decenas de malas películas y sus cientos de peores novelas para que haya encontrado yo un hueco para leer una novela de esta colección, como dice una amiga, tan viril porque, las cosas como son, aquí el perfil es eminentemente masculino de puro machista: recordemos cual era el público potencial del parque temático en aquella serie llamada Westworld. Y no digo nada, eh, que conste: yo también entiendo que si en cada puta novela que lees sobre el asunto la mujeres son siempre las que bajan la cabeza, curten el cuero y preparan el pastel de bisonte, y viendo lo complicado que está no ser feminista hoy, acabe uno por refugiarse en las soleadas playas del siglo XXI y su progresismo de plástico articulado.

Pero mira, bonita: no. Ni tan ajeno.

Todo es western, eh. Tú (o sea, tú, yo, el ser humano) te levantas por la mañana y desde que te afeitas o reconstruyes hasta que llegas al puesto de trabajo tras haber levantado, aseado, desayunado y llevado a los críos al cole, estás viviendo una aventura más propia de tramperos y cazadores de bisontes que del lego city life in the modern house en que te has convertido. Que levante la mano quien no cambiaría, siquiera una vez en la vida, siquiera una vez al año, siquiera una vez al mes o a la semana, una de esas mañanas de no poder ni hacer la cama por una jornada de puertas abiertas bajo cielos inmensos, pony alado si quieres y hasta espiga dorada entre los dientes no sin antes haberte dejado las uñas con el puto pedernal.

El western no es exclusivamente cosa de hombres como tampoco cierta literatura inglesa es exclusivamente cosa de lores. El western, y más concretamente este que trata temas tan ajenos como la imposibilidad de ser libre, la violencia, el imperialismo salvaje, la avaricia, la vejez, la ignorancia, la intolerancia y, sobre todo, ese permanente ser testigo del fin de una era, que parece que no salimos de una revolución para entrar en otra, es una cosa, si me apuran, de sentido común: nos recuerda no ya lo despreciables que somos como especie sino cómo hemos llegado hasta aquí: el magnífico rastro de cadáveres hemos dejado atrás. Y qué fácil es cometer el mismo error una y otra y otra vez.

Y es que Bajo cielos inmensos es, además de una magnífica novela de aventuras de hombres que viven bajo la luna vendiendo pieles a cambio de pintas de whisky y cruzando pasos de montaña sin una triste camiseta interior, un relato nada complaciente de la condición humana donde queda meridianamente claro que la única solución al problema en que nos hemos convertido pasa por la aniquilación total de la especie.

Ya ven que es una novela bien bonita.

Y les digo más: si tras leer este libro no se hacen inmediatamente un tipi en el jardín con piel de vaca lechera, varas de aglomerado y cuerda de pelo de polla, es que no han entendido nada.


16 comentarios:

  1. A mi me gustó bastante más "el trampero" de Vardis Fischer, en la misma colección de Valdemar Frontera.

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    1. Me lo apunto, pero vamos, como el resto. El plan es leerlos todos.

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  2. "Breve nota de urgencia de";"una aproximación a"... ¿Eso es que no te acabas los libros, últimamente?

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  3. ¿Cuerda de pelo de polla?
    Tongoy se está vonrothbartizando a pasos agigantados.

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  4. Madre mía, qué forma de redactar. Anda, repasa el primer párrafo entero. Parece escrito por un Rajoy medio adormilado.

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  5. El western como género ideal para hablar de la condición humana. Totalmente de acuerdo. Ya pasaba con las pelis de John Ford (engañosamente simples) y así con las novelas de Faulkner y Caldwell (o es que los avatares de los Compson, Sutpen o Sartoris no son puro western?); en los últimos tiempos con las de McCarthy cogidas de la mano del cine de Eastwood, Cohen y Tarantino. O la última novelilla de Ray Pollock?
    Condición humana. Pura, dura y seca. Un género muy digno.
    Próxima parada: Warlock, de Okley Hall.

    Destevaster

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  6. ¿Se parece a Butcher's Crossing, de John Williams? Porque me pareció un soberano coñazo.

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  7. Butcher's Crossing un coñazo? Buf dedicate a leer las sombras de Grey mejor

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    1. Pues sí, un coñazo soberano. Otra cosa muy distinta es Stoner, pero aquí el nivel y la profundidad no se alcanzan ni de lejos así que menos idealizar toda la producción de un autor por más que haya escrito una obra maestra. En Butcher's Crossing se pasan 300 putas páginas subiendo y bajando una montaña, cazando bisontes y encendiendo fuegos para comérselos, y sólo en las últimas 20 se anima todo un poco y cobra sentido la historia. Quise pegarme un tiro.

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  8. ¿¡Pero qué gran puta mierda es esta, artista!?

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  9. Animo a todos los lectores y comentaristas del TonGay Fun Club de bien a que hagan una pausa en sus quehaceres cotidianos-esos que básicamente consisten en tocarse los cojones en el trabajo enviando comentarios a este maravilloso blog literario y en masturbarse mientras contemplan fotos de Zadie Smith, Luna miguel y Pola Oloixarac- y que aprovechen para realizar como actividad extraescolar una visita a un matadero público. Allí aprenderían cosas realmente importantes sobre la vida, hay que asistir a todo el proceso, desde “el adormilamiento del animal», por un disparador manual que introduce en el cráneo de la res una barra de metal con una presión imparable, a más de 120 km/h, hasta el troceado con sierras y la clasificación de la casquería. También hay otras vacas, las enfermas, que son arrojadas directamente, con una carretilla elevadora motorizada, a unos grandes, enormes rodillos de acero, dentados y brillantes, que hacen su trabajo, aplastan, trocean y prensan más de 500 kilos de carne en sólo cuestión de segundos; es digno de verse.
    Luego están las batas, esos delantales blancos y asépticos.; el látex, el plástico, los embudos, las mangueras, los hombres entregados a la matanza con una rutina absolutamente increíble, cortando, serrando, fileteando con sierras eléctricas la carne, la epifanía de la carne, ese jodido-bendito despilfarro de todo. Toda esa energía, esa vitalidad, energía, calor, masa, esa sobreabundancia de proteínas y jugos, es una auténtica fiesta; el metal, el olor a sangre, coágulos, tragaderas, fregaderos de metal y loza, los desagües atiborrados de rojo, el crepitar de las tripas, los estómagos abiertos, los intestinos rellenos de materia básica en descomposición; una pasta confusa, materia orgánica fermentando. El mundo en vivo y en directo, naturaleza simplemente industrializada, procesada, intensificada, nada más que eso y, desde luego, mucho mejor, más instructivo y provechoso que perder el tiempo leyendo westerns de tres al cuerto, no digo ya, cualquier mierda de literatura española de nuestros días, a excepción de los escritos del divino general que pululan por la red.

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    1. No escribes del todo mal, pero a pesar de tus consejos, voy a seguir haciendo lo que me da la gana y perdiendo el tiempo como yo quiera, que creo que es mi tiempo, todavía.

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    2. Mejor aún, vámonos todos al frente de Alepo o a un campo de refugiados sirios a ver en primera plana lo que es la vida de verdad, no te jode, y nos dejamos de blogs, de libruchos, de westerns y de problemas del primer mundo.

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    3. A pontificar a tu casa, jodido pesado.

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  10. Se están perdiendo las formas y los modales.Se supone que este es un blog literario, no una taberna donde se insulta y se descalifica entre chatos de vino, escupitajos de aceitunas y palillo en boca al resto de contertulios. No me gusta el tono rufianesco que esta adquiriendo este blog gracias a la participación de anónimos que se descalifican entre si mediante los insultos más bajos para coartar la libertad de expresión de aquellos que simplemente manifiestan sus opiniones o sus inquietudes literarias. ¿Para cuando un Defensor del Lector, querido Tongoy?

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    1. JAJAJAJAJAJAJAJA, ¿¿un blog literario éste, alma de cántaro?? ¿¿Desde cuándo?? ¡¡Pero si ésta ha sido siempre la taberna de rufianes, envidiosos, fanfarrones y resentidos de la que te escandalizas!!

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