martes, 24 de noviembre de 2015

‘La comemadre’ de Roque Larraquy

La comemadre es una planta que produce larvas animales microscópicas cuya función es devorar al vegetal hasta resecarlo por completo. Los restos se dispersan, fecundan la tierra y reanudan este proceso sin fin. Si extraes las larvas, tú verás cómo, éstas sobreviven tanto en medios líquidos como en forma de polvo negro y la planta, libre al fin, crece y crece hasta que, víctima de su propio peso, cae y muere y de reproducirte ya te puedes ir olvidando, monina.

Suena asqueroso. Y de hecho lo es. A nadie le gusta ser devorado por larvas microscópicas, ¿verdad? Bueno, pues no. En la novela de Larraquy hay imbéciles que sí se prestan a ello. Pero eso tendrán que descubrirlo ustedes.

La novela arranca en 1906, en un sanatorio a las afueras del querido Buenos Aires. Pacientes que vienen y van, doctorcitos de bigotitos puntiagudos y mucha tontería acumulada. Quiroga, el narrador, está perdidamente enamorado de la jefa de enfermeras, la sin par Menéndez, que no le corresponde en modo alguno, motivo por el cual Quiroga se tira media novela vagando como alma en pena, recurso utilizado por el autor para colar en la historia pequeños brevísimos sketches de corte cómico, por aquello de poner una nota de humor en tanto dramatismo. 

Porque la cosa es como para taparse los ojos:

Un puñadito de científicos locos que trabaja en el sanatorio es cordialmente invitado por su dueño y señor a ser copartícipes de un experimento muy de la época.
«–Ésta es la propuesta: seleccionamos pacientes terminales. Les cortamos la cabeza de modo que no se lastime el aparato fonador, técnica que he practicado exitosamente con palmípedos y que ya explicaré, y pedimos que la cabeza nos cuente en voz alta qué percibe».
¿Para qué? Pues, básicamente, para «husmear en lo que, hasta ahora, fue patrimonio exclusivo de la religión: qué es la muerte, qué hay después de la muerte». Tan sencillo como eso. Tú le cortas la cabeza, dejas que hable y ya sacarás conclusiones sobre el más allá cuando tengas un momento.

La novela es también el cómo, esto es: cómo seleccionar las víctimas, cómo deshacerte de los cuerpos, cómo beneficiarte a la enfermera y otros cómos propios del método científico. 

La segunda parte, algo más breve que la primera, es también medio salvaje y también muy ligera gracias, otra vez, al uso que se hace del amor, entendiendo amor como todo lo contrario, es decir, nadie me quiere, soy un incomprendido.

El protagonista, también narrador, corrige las memorias de su vida que ha escrito otra persona. Con tal excusa nos cuenta que suyo fue siempre genial, que ya a los seis años pintaba como los putos ángeles y que de no haber sido por la morbidez hubiese llegado a mucho más en la vida o cuando menos hubiese podido follar sin tener que pagar por adelantado.

Pues bien, este artista, que ya dijimos genial, gusta de perfomances asquerosas: niños con dos cabezas, figuritas hechas con restos humanos… ese tipo de cosas. Éxito no, lo siguiente. Llega al punto de amputarse un dedo para exponerlo no recuerdo cómo. Bueno, en fin, el arte como una forma de dar salida a la locura de unos y la tontería de otros. Por razones equis, nuestro artista y otro más loco incluso que él, dan con el sanatorio de enfermos descabezados, motivo por el cual se les desata la imaginación y empiezan a ver obras de arte donde sólo puede haber muerte y amputación y no necesariamente por ese orden.

Lo mejor de la novela es el estilo, la voz del narrador, sobre todo el de la primera parte. Más abajo les dejo algún fragmento y ya si quieren se imaginan ustedes la obra en su conjunto. Es un estilo que diríamos coloquial si no estuviésemos faltando un poco bastante a la verdad («Le voy a llenar la cara de pruebas».) Muy poco natural, en cualquier caso, y demasiado consciente de sí mismo, demasiado de diseño, demasiado elaborado, demasiado “me he tirado dos meses con este párrafo pero mira que bien me ha quedado”. Efectivo, cierto, pero en ocasiones ese deseo de embellecer obliga a hacer contorsiones ligeramente exageradas, nada especialmente preocupante. Con todo, ese estilo es, como decía, lo mejor, su principal atractivo. En el otro plato de la balanza tenemos una historia que se pierde por momentos en tontadas varias tipo la historia de amor a diez bandas de la primera parte, por ejemplo, se repite más que el ajo. 

Novela curiosa, interesante, ágil, divertida, queremos pensar “prometedora”, que trata sobre los límites a la crueldad o, más bien, sobre la ausencia de los mismos en nombre del arte, la ciencia o el amor.
«Las mujeres se maquillan para borrarse la cara, se ajustan en un corsé, y tienen muchos orgasmos, ¿sabe?, una cantidad que a nosotros nos dejaría secos. Son distintas. Salieron de un mono especial, que antes era una nutria, que antes fue un anfibio azulado, o algo con branquias. La forma de la cabeza la tienen distinta, también. Se encierran a usar el bidet para pensar cosas mojadas que se adaptan a las líneas de su cráneo. La amenaza. Yo soy un hombre bueno, no tengo alma para impedir la amenaza. Pero hay otros que sí. Las toman de los pelos y les preguntan el porqué de tanto tiempo perdido en el bidet. Y si la mujer no habla, la cosen a cuchilladas. Esos hombres son tan distintos de nosotros como ellas. Salieron de un mono distinto, de una escala inferior a la del nuestro, pero saludable y persistente. En la morgue hay uno. Vamos a medirlo. Le voy a demostrar que su cráneo responde a la descripción de un atávico, un asesino nato. Hay que hacerlo ahora porque mañana se lo llevan. Usted es inteligente, pero un poco testarudo. Le voy a llenar la cara de pruebas.
–¿El tipo mató a su mujer porque no le dijo qué hacía con el bidet?
–Es una metáfora, Quintana.
Mientras salimos al pasillo recuerdo que los baños del sanatorio no tienen bidet: Menéndez no puede ocultarme nada. Ni pensamientos mojados ni amenazas. Papini habla cada vez más rápido, caminando hacia la morgue y dejando su estela de limón.
–El llamado salto cualitativo, Quintana. De noche ideamos planes drásticos que de hacerse nos cambiarían por completo. Pero el plan se disuelve con el día y uno vuelve a ser el mediocre que se arruina empecinadamente la vida. ¿No le pasa? Con estos hombres es diferente. ¿Por qué piensa que siguen existiendo, si son inferiores a nosotros? Es un tema de adaptación: ellos hacen. Lo que planean de noche lo cumplen al día siguiente. Son viciosos, también. Se engominan demasiado, apestan a tabaco, sudan bilis, se masturban mucho y no tienen moral, pero tienen una ética, que ni usted ni yo podemos comprender, relacionada con nuestra aniquilación. ¿Entiende?
–¿Cómo saber si se engominan demasiado?
–Usted me interpreta muy literalmente, Quintana».


17 comentarios:

  1. No hay comentarios, Carlinos, mejor despedazas a Marina Perezagua para recuperar lectores carroñeros.

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    1. Marina es comentarista anónima habitual. Estoy bastante seguro. Esperemos, tal vez se anime y venga por aquí.

      Por otro lado, ya he reseñado a Marina y tampoco crea que es ninguna máquina de generar visitas.

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  2. Precisamente las reseñas que generan menos visitas son las que, al menos a mí, más me interesan. No son carnaza. Son de libros que te apuntas y te lees. Y este pinta curioso, sinceramente.

    ¿Cuándo actualizarás el recomendatorio, Tongoy?

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    1. Ahora, en diciembre, pero no habrá muchos que añadir. No ha sido un buen año. Nos queda un mes, a ver si podemos salvarlo.

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  3. Especie de competencia te esta haciendo desde El Confidencial el tal Alb Ego Olmos...y cobrando. Dispara contra Muñoz Molina, Sánchez Dragó (que le llevó varias veces a su ploglama para promocionarle en plan Houellebecq segovianooo..) Parece que Alb se está viniendo arriba.. De poner tinteros en el Qué Leer, a pintarle la cara a los que venden. Ay, las sustancias.

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    1. En mi opinión Olmos y Tongoy no se hacen la competencia entre sí (yo los leo a ambos felizmente). Más bien hacen la competencia a Echevarría y Luis Antonio de Villena, a los que yo no leo a menudo (aunque lo he intentado).
      Supongo que unirme con tan malas compañías le influye a uno, pues me da por pensar que si hay algún ajuste de cuentas por parte de Olmos, no es contra Tongoy, sino contra los otros dos señores de arriba (sólo hay que leer el artículo de Gil de Biedma y después el de James Rhodes para darse cuenta).
      Pensando aún peor: detrás de ti, Anónimo de las 20:19, no está Olmos, sino uno de los dos nombres de los "ilustres" críticos.

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    2. Olmos y servidor no somos competencia. Tenemos razones diferentes para hacer lo hacemos y sobre todo aspiraciones diferentes. Él quiere o tiene que ganarse la vida con esto. Yo no. Y ni quiero ni tengo, afortunadamente.

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  4. Fuera de aquí y tres sitios más a Olmos no lo conoce nadie, creedme. Tenéis una visión reduccionista de la cosa de los libros y tal. Casi sectaria.

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  5. El argumento parece interesante. Y por una vez, y sin que sirva de precedente, los párrafos que transcribes están correctamente redactados. A ver si las major se espabilan y alguno lo ficha al tío este, que parece que sí que está meridianamente enterado de que va "la cosa".

    LA COSA es escribir bien y no escribir la primera serie de chorradas que se te pasan por la cabeza con la actitud, y la mentalidad, de un postadolescente de segundo de carrera, lector de Foster Wallace y al Vila-Matas, con el agujero dle culo perfectamente adiestrado para manejar con destreza el teclado del ordenador.

    Voy a leer a Larraquy. Con dos cojones. ;-)

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  6. Pasada la burbuja reseñera la tendencia es que queden tres, cuatro, cinco blogs como máximo a los que acudir para tener una opinión fiable. You're making your way, Charles ;)

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  7. Respuestas
    1. Un escritor que tiene una columna en no sé qué periódico digital..

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  8. A mí este libro me encantó. Te dejo mi comentario (en el enlace de mi nombre), por si te interesa echarle una mirada. ¡Saludos!

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  9. A mí me convenció bastante el libro, coincido en que está bien escrito y lo delirante de la historia me hizo reír en varias ocasiones. Ideas interesantes en torno a la monstruosidad. El fragmento que has compartido sobre las mujeres y los bidets es uno de los mejores de la primera parte. Pero el narrador se llama Quintana, no Quiroga.

    ¡Un saludo!

    Su

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