martes, 7 de julio de 2015

‘Los últimos días de Roger Lobus’ de Oscar Gual

Antes de enfangarnos con la reseña me van a permitir un paréntesis que nace de la lectura de la siguiente afirmación, en referencia a este libro, leída en eldiario.es y escrita por Bel Carrasco: «En suma una lectura exigente de la deben abstenerse los que únicamente se acercan a los libros como evasión». 

Qué puta manía, de verdad, tienen algunos de alejar a potenciales lectores de un libro (este, por ejemplo) nada más que para poder acariciarle el lomito a un escritor a golpe de pátina de, no sé, prestigio, calidad o memez semejante como si la literatura de evasión (sin saber exactamente qué literatura no lo es o quién decide tamaño despropósito) fuese la última mierda. A ver si no va uno a poder evadirse con diagramas de flujo, si le presta. Y, ¿lectura exigente? ¿En serio? ¿Exigente, exactamente, por qué? Pues no se sabe. Igual es por haber «creado un artefacto literario que desborda los límites del relato convencional para constituir un tratado filosófico, un manifiesto o declaración de intenciones». Ahí es nada. Tratado filosófico. Con dos cojones. 

Lo de “artefacto literario” también me pone muchísimo. Es casi lo que más.

Bel Carrasco, señores. 

En fin. Periodistas culturales que acaban escribiendo un libro y esperan, tal vez, caricias en su lindo lomito. Esa gente.

Ahora cerremos paréntesis y entremos en materia de tratado filosófico.

Bien, la cosa va de esto:

Junior es hijo de Roger Lobus. Roger Lobus es el alcade de Sierpe, espacio de ficción recurrente en la obra de Oscar Gual —hecho que yo ignoraba pero que tampoco parece tener especial importancia—. Lobus se muere. Es decir, se está muriendo, de ahí el título. Está muy fatal de lo suyo (cáncer terminal, nada menos) y colocado hasta las cejas como lo tienen, ya ni siente ni padece. Pues bien, Junior vuelve a casa. Se estuvo dando unos años: a la bebida, las drogas, el rock and roll…. Ahora pasa el mono a los pies de la cama de hospital de su padre, tiempo que aprovecha para hacer balance de una desastrosa vida. El típico nene que sale rana por no llevar dos hostias cuando debía. Junior se sienta, padece y recuerda, recuerda, recuerda. Ahí estamos: 300 páginas de recuerdos a cual menos interesante.

Los últimos días de Roger Lobus (escrita con una corrección que no invita a quitarse la camisa y agitarla al viento y por lo tanto y suponiendo que un escritor ha de saber escribir, no robará más espacio a este párrafo) es digresión pura y dura. Se supone que entretenimiento también pero yo no he acabado de verlo por ninguna parte. Quería reírme y no lo he hecho. Esperaba llorar (ya que muere un padre, qué menos)  y nada, ni modo. No hay forma humana ni divina de conectar con los personajes, ni hay acontecimientos destacables, si acaso una mueca graciosa, la nuestra, al notar, en ciertos momentos en los que Gual se adentra en algo parecido a la ciencia ficción, algo así como una especie de sentido y sincero homenaje al siempre estupendísimo Kurt Vonnegut aunque creo haber leído en alguna parte que lo suyo, lo de Gual, es más de venerar a Philiph K. Dick. Nos vale, también.

«Mirando las estrellas, miramos hacia atrás en el tiempo. Observamos su espectro, la transmisión de un emisor que pereció antes de que nadie recibiera el mensaje. Quizá veamos naves espaciales explotando o civilizaciones sofocándose. Planetas lejanos habitados por robots. Unos robots que constan de una caja de cartón cuadrada por cabeza y otra caja de cartón rectangular por tronco, cuatro tubos de plástico por extremidades, dos planchas plásticas por pies y dos tenazas por manos. Pero, a pesar de su rudimentario aspecto, pertenecen a una generación de robots inteligentísimos, ya que el salto nos ha trasladado a una era donde estos robots de cartón se han convertido en la base de la civilización que en un tiempo y un planeta distintos iniciase el Homo sapiens».

Fuera de aquí, nada. Una inmensa broma, una novela a la medida de no sé quién, que pretende no sé quém, compuesto por un demasiado numeroso conjunto de variadas (e inconexas, la mayoría de las veces) historias que una vez terminado este tratado filosófico no dan la impresión de formar un todo indisoluble: Terroristas terminales («Enfermos Terminales & Anarquistas» (o ETA)); grupos de Rock alternativos; Kurt Cobain («un gilipollas que se pegó un escopetazo en la cara tras decir os jodo el invento y después me suicido, ahí os quedáis»); esa historia de robots de cartón; Bruce Lee (sí, Bruce Lee, se habla de Bruce Lee, así, porque sí, de su trayectoria y su filmografía); uno llamado Mondongo («La historia de José Francisco Mondongo es una historia de represalias, una historia acerca de la vida y la muerte, una historia de miedo y una historia de suerte y también una historia de mala suerte y, en cualquier caso, una historia increíble») o el mismísimo Roger Lobus («Conocemos a Roger Lobus, conocemos a Víbora, pero quizá sea el momento de conocer al anónimo Lubos Eldritch, a aquel Lubos Eldritch previo a Sierpe, antes de convertirse en criminal y en vendedor de seguros y en alcalde»), por poner sólo algunos ejemplos.

Y todo para hablar de la MUERTE, gran protagonista y presencia constante en la novela, como una vieja y recurrente obsesión del protagonista (qué no gira en torno a la muerte, al fin y al cabo) y a la que ha de enfrentarse, cuerpo a cuerpo incluso, desde su posición de sufrido testigo del final -doloroso y anestesiado final- de su padre:

«Júnior entiende que cuando el doctor Le Dog dice que así Roger Lobus estará más tranquilo en realidad quiere decir que así las personas alrededor de Roger Lobus estarán más tranquilas. […] Y después entiende que la perspectiva de la muerte es soportable, no así la del dolor».

Esta permanente, obsesiva y silenciosa presencia de la muerte, es el motor de la novela y la excusa que utiliza Oscar Gual para desarrollar todas y cada una de las historias que acabamos de mencionar y alguna otra de obligada inclusión: 

«La forma más obvia de aproximarse a la cuestión de la muerte es mediante las religiones y la parte de una religión que trata el fin de la vida se llama escatología. Júnior ha estado en contacto directo con varias religiones, además de sus lisérgicas experiencias con la propia muerte, y las clasifica en religiones arcade o religiones de rol, como los videojuegos».

Y así hasta el hartazgo. Mucho chiste fácil, mucho relleno y de regalo un capítulo final que prefiero olvidar. Sinceramente lo digo. Lamentable e innecesario cuerpo a cuerpo; dolor de final.

Oscar Gual parece tener muchas historias que contar. Eso está muy bien pero tal vez debería ir pensando en limitar su actividad al relato y dejar la novela para tiempos mejores o tiempos menos dispersos. A la Nocilla, como al padre, habría que ir pensando en matarla ya de una puta vez. 



11 comentarios:

  1. Al lado de Oscar Gual, Houellebecq es James Joyce.
    (He dicho.)

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  2. gracias, desde su sitio web que tengo un montón de conocimientos.
    No es la falta de capacidad que debilita la vida, sino la voluntad suficiente para utilizar las capacidades existentes.
    continuar con el espíritu de alcanzar un sueño.

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  3. Pues sí, muy buena pinta no tiene. No soporto la ficción facilona, sin sustancia, que pretende ser original y cree serlo porque el lector ha leído más bien poco. Pero esa literatura (o no) con pretensiones, demasiado abstracta, que además de narrativa aspira a ser filosofía -o lo que sea- la mayor parte de las veces resulta soporífera y de tan bajo nivel como la otra.

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  4. Aquí no entra ni cristo ya. The end. Cierra el garito y planta un huerto ecológico en la sección de caballeros de inditex. Se te darà mejor.

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    1. Yo escribo para usted. Todos los demás no importan.

      De todos modos convendría no confundir visitas con comentarios. Por no decir demasiadas chorradas, digo.

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