martes, 28 de mayo de 2024

“Menos es más” de Jason Hickel

(Con lo que yo he sido) hace que no me termino un libro ya ni sé. Estoy obviando un par de volúmenes de Blackwater porque los concibo como dos partes de algo más grande. Antes de eso un relato o novela corta de Jemisin y más antes una insignificancia de Millás. Y nos metemos en febrero. O sea que sí: valiente desastre. Pero qué quieren, uno está o no está, según se le mire, y yo, acogiéndome al estereotipo de aquellos que, con la edad, abandonan la ficción y se refugian en el imperio romano, últimamente solo me encuentro cómodo, quizá no en Roma, pero sí en el ensayo. Para muestra el botón: primer libro que me interesa hasta el punto de dejar otras cosas para centrarme en él y que me roba horas de sueño (es un decir) ha sido "Menos es más" de Jason Hickel, un trabajo que muchos considerarán insoportablemente ecologista-anticapitalista-bolivariano cuando no abiertamente comunista (como Mao!!!, etc). Personalmente lo pondría como lectura obligatoria en el instituto, pero pronto, que a bachillerato ya están llegando los críos medio gilipollas.

De alguna forma, que un libro nos dé otros puntos de vista, o nos lleve a otros libros, o simplemente nos haga sentir interés por otros temas, tiene que ser la demostración palpable de que SÍ. Hickel lo consigue y no se me ocurre mejor cumplido: sin necesidad de citar todos los libros, pasando solo de puntillas por ciertos hechos o acontecimientos o tocando, rozando levemente esos ciertos temas, me ha llevado a rescatar en unos casos, a descubrir en otros, equis lecturas. Qué cuáles. Estas: 'El gran mito' de Erik M Conway y Naomi Oreskes (publicado oportunamente ayer mismo por Capitan Swing); 'El clamor de los bosques' de Richard Powers; 'Esto lo cambia todo' y 'La doctrina del Shock' de Naomi Klein; 'Breve historia del neoliberalismo' de David Harvey; 'Cobalto rojo' de Siddhartha Kara; 'La economía desenmascarada' de Steve Keen; 'Las naciones oscuras' de Vijay Prashad; 'Caliban y la bruja' de Silvia Federici; 'La gran transformación' de Karl Polanyi; 'En deuda: una historia alternativa de la economía' de David Graeber; 'Una breve historia de la igualdad' de Thomas Piketti; 'El libro del clima' de Greta Thunberg; 'Descolonizar la mente' de Ngugi wa Thiongo; 'Costumbres en común' de E.P. Thompson; 'Una trenza de hierba sagrada' de Robin Wall Kimmerer; 'El don: el espíritu creativo frente al mercantilismo' de Lewis Hyde. Y seguro que me dejo algunos cientos.

Al menos en mi caso, todos estos libros han cumplido o cumplirán (espero) la función de reforzar y profundizar en las cuestiones planteadas por Hickel, cuestiones centradas fundamentalmente en la búsqueda de una economía ecológica que recupere la filosofía animista frente a la dualista propuesta por, por ejemplo, Descartes (dualismo, por cierto, felizmente aceptado por espíritus más liberales que libres que pasaron a ver el cuerpo humano como otra materia prima más que explotar). La primera parte del libro se centra en repasar, diría que de una forma ejemplarmente amena y accesible, la historia del capitalismo y sus funestas (aquí yo) consecuencias. De ahí las lecturas sugeridas (directa o indirectamente) de los mencionados libros de Oreskes, Harvey, Keen, Federici, Polanyi, Piketti, Graeber o Thompson. Esto le lleva, a Hickel, inevitablemente, a repasar a vista de pájaro la historia colonial de Europa , un colonialismo que demuestra que el capitalismo es otra forma de cosificación, motivo por el cual sospecho que los libros de Prashad, Ngugi wa Thiongo o Siddhartha Kara (este último recientemente publicado también por Capitán Swing) serán de mucha ayuda para entender cuán cabr0nes hemos sido y/o podemos todavía llegar a ser. En ese sentido, los libros de Klein son un puente perfecto para relacionar el capitalismo más salvaje (léanse las políticas económicas -pura experimentación- de los años 70/80 en el cono sur) con la ecología, la falta de ética y lo que sea, siempre que a "lo que sea" se le puede sacar algún beneficio. La segunda parte son propuesta, ideas, sugerencias: o la constatación brutal de que el sentido común tiende al socialismo. En la última parte, Hickel saca el antropólogo que lleva dentro para poner ejemplos de culturas indígenas que (de)muestran que en el fondo no se trata de respetar el medio ambiente sino a nosotros mismos en tanto que medio ambiente lo serás tú. Al hilo de esto, la ficción de Richard Powers se antoja perfecto descanso del guerrero, como el de la denostada Greta Thunberg o la ignorada Kimmerer, todos hippies probablemente, como el amigo Lewis Hyde y su forma de entender la vida como un toma y daca.

Como sea, Hickel propone una suerte de imposibilidad manifiesta. Caeremos por un precipicio al grito de ahora o nunca. Al tiempo.

martes, 24 de octubre de 2023

“Mañana y tarde” de Jon Fosse


La cosa va de morirse de muerte natural, esto es, de pura vejez ergo todo “viruelas”. Como sea: no es una lectura agradable pero tampoco especialmente dura por aquello de la muerte dulce y creer que lo peor del más allá es que haya pocos peluqueros para tanto amigo. Respecto a lo “inofensivo” (últimamente estoy en este plan), pues dependerá de la conciencia y el optimismo de cada cual. Para un pesimista de manual como un servidor, la lectura ha sido un tanto horrible, y a poco salgo corriendo a abrazar a mis hijos.

Que de qué va. Bueno, pues lo dicho: de morirse. Es algo así como una reflexión, tirando a superficial, sobre la vida vista desde el más allá más inmediato, esto es, durante el rigor mortis: el protagonista, nuestro héroe, muere mientras duerme. Pues bien, la novela es lo que el pobre infeliz tarda en darse cuenta de que ha pasado a estado gaseoso, que en tiempo literario son ciento veinte páginas de incertidumbres y fantasmas varios de las navidades pasadas. No sé si para Fosse morirse no pasa de ser la constatación de que al final todo total para qué; si no habría sido mejor luchar hasta la muerte en el campo de batalla por alguna noble causa, porque mérito cero si todo acaba cuando uno ya no puede más, pero intuyo que no, que no es eso lo que Fosse da a entender. Sospecho que para este señor morirse no es más que otro inconveniente, si acaso irresoluble, que lleva asociados problemas del primer mundo, y poco más.

Pero no me hagan caso.

La verdad es que no sé qué pretende Fosse con esta novela. Quizá nada, aunque lo dudo. Sospecho que darse un respiro a sí mismo o sembrar la duda de una respuesta frente a la incertidumbre del más allá. Fingir que al final ni tan mal. Regalarse su propio cuento de hadas donde morir es desacostumbrarse a vivir. No sé. Vuelvo a la cuestión de la última novela reseñada ('La luz difícil', de Tomás González): morir entre algodones de nostalgia por una vida más o menos dura, pero habiendo dejado cerradas todas las líneas argumentales, suena a estrategia adormecedora de ficción. Y ya si te cruzan en barca a la otra orilla, NI TE CUENTO. Parece que a los cincuenta nos empeñemos en dibujarnos un final de ensueño, donde las palabras (para los que quedan, en el caso de González, o los que van, en el de Fosse) —entre ellas "miedo", "arrepentimiento" o "dolor"— no existan o no importen.

Pero vamos cerrando.

Lo que me ha gustado: el relato del cambio, cómo Fosse transcribe el desconcierto del protagonista mientras toma conciencia de lo que le ha ocurrido. Lo que no: esa visión absolutamente idealizada que ciertos sectores estrechamente ligados a determinada línea espiritual de pensamiento tienen de la muerte, esto es, como un broche, como un tránsito y no como una fractura, especialmente cuando, como en este caso (motivo por el cual no puedo no solo compartir sino directamente despreciar) ese punto de vista condiciona la forma que tienen de ver y entender la vida; un punto de vista, en mi opinión, bastante limitado, en y por su cortedad, al ámbito de lo propio, siendo, por lo general, “lo propio”, un estado de bienestar minoritario e irreal en comparación.




Jon Fosse
Mañana y tarde
Traducción de: Cristina Gómez-Baggethun y Kirsti Baggethun

“La luz difícil” de Tomás González

Una vez terminada “La luz difícil” de Tomás González no hay mucho que decir. Y aun así, aquí estamos. He visto que esta novela genera elogios desmedidos que intuyo tienen que ver con la muerte, por propia voluntad, de un niño no tan niño (joven ya, prácticamente adulto si me apuran), algo que el lector comprende, justifica y defiende. Porque la verdad es que ya tiene uno que estar uno jodido para decidir ponerle fin a su vida y que nadie —familiar, amigo o espectador— se lo cuestione mínimamente. Especialmente en ese sentido (aunque también todos los demás), el libro es inofensivo. Primero porque, aunque a ratos lo parece, esa muerte no es el tema central y segundo porque no se presta a debate en tanto que no cuestiona ley o moral alguna. Dolor, dolor, dolor; decisión personal; vehículo ilegal. Fin de la cita. Pero lo dicho: no importa: no es el tema.

El tema de la novela es, en mi nada humilde opinión, la perdida que va asociada a la edad. Perder el pelo, un hijo, una esposa, perder la vista. También la independencia, la movilidad, las metas. Que llegado el momento ya no te quede nada y no importe un carajo, entre otras cosas porque el siguiente viaje es sin equipaje. La novela está escrita desde ese último escalón donde todo es aceptación y saber estar. No hay rabia y ni siquiera el dolor de lo vivido genera en el protagonista otra cosa que nostalgia. “La luz difícil” es el relato escrito por alguien que fue lo bastante feliz para no sentir rabia cuando ya no se puede más. Y a mí este tipo de libros me dan un poco de repelús, qué quieren que les diga. Aprecio la belleza de su prosa y a ratos agradezco la serenidad que transmite, pero al mismo tiempo esa supuesta calidez me deja frío no tanto porque no me la crea como porque no me interesa.

Y conste que: ojalá llegar así. Al final, digo. Ojalá llegar así. Herido pero sereno, en cierto modo satisfecho. Pero si lo hago, prometo no escribir. Ojalá para entonces una espada y no una pluma.