lunes, 28 de diciembre de 2015

‘Una soledad demasiado ruidosa’ de Bohumil Hrabal

Fe de lectura, aviso; ni mucho menos reseña. Ya no me disculpo más por mi falta de tiempo para dedicarle al blog. Corren malos tiempos para la épica literaria y peores correrán pero todo se andará. No hay mal, dicen, que cien años dure y yo sospecho que a este mal le quedan escasamente dos.

Una soledad demasiado ruidosa es el primero de los libros por los que he vendido el mes de diciembre, esto es, que hay un ser humano que ha decidido por mí las que serán mis lecturas, no sé si guiado por el ferviente deseo de hacerme feliz o simplemente para alejarme de malas compañías. Me he reservado, en cualquier caso, un pequeño espacio donde quepan cosillas que puedan ir surgiendo, males que quiera perpetrar, porque ya sabemos cómo va eso del culo quiero y el ansia desmedida de visitas, motor último de este blog, como bien sabrían si oyesen hablar a los demás.

* * * *

Afronto esta soledad con el prejuicio (que nace de los mensajes menos que subliminales que me he ido encontrando en la red) de que es un libro que trata del amor a los libros, que es, por lo general y por culpa del excesivo amaneramiento de quienes aman los libros con esa pasión de adolescente disfuncional, algo que siempre me ha dado bastante grima. Puedo entender esa pasión por la literatura, siempre y cuando sea una pasión madura, modelo senectud, y entiendo o puedo hacerlo, también, la enfermiza necesidad de llenar las estanterías de libros, total para nada más que sacarse una fotografía con ellos de fondo, una forma nada barata de darse de una pátina de falsa intelectualidad. Era, pues, mi temor, que Hrabal fuese de esos señores que un día descubren que sin libros no son nada, que los aman y aman y están más que dispuestos a dejarnos perdidos con sus babas como prueba de aquello. Estaba mi temor, vaya, de que el señor fuese un gilipollas, pero también estaba la esperanza (casi la certeza toda vez que quien me lo recomendó no parecía esa clase de persona) de que esto no fuese así, es decir, de que no llegase la sangre al río o que directamente no hubiese sangre ni rio y que todo aquello, esa soledad demasiado ruidosa, fuese una cosa completamente diferente a lo que algunos daban a entender con tan infantiles baboseos.

Una vez leído compruebo que ni lo uno ni lo otro y todo a la vez. Sí hay amor a los libros y sí hay otras cosas que no tienen directamente que ver con ellos, aunque fundamentalmente sí, al menos como excusa. Podemos, claro, simplificar y quedarnos con ese amor de viejo chocho, que es lo que realmente nos pide el cuerpo.

El protagonista lleva treinta y cinco años trabajando en un taller subterráneo: prensa papel, hurta libros, se cultiva con ahínco; bebe cantidades ingentes de cerveza. Ama los libros, instrumentos en peligro de extinción en el régimen en el que vive, régimen que persigue el silencio civil a golpe de ignorancia, régimen que no pretende otra cosa que someter al ciudadano. Ironías de la vida, Hanta, que así se llama nuestro protagonista, ha evitado ese hundimiento precisamente gracias al trabajo que lo hace posible, un trabajo que realiza diligente; trabajo que pretende hacer, en la medida de lo posible, más bello, menos demoledor, a base de incluir en los bloques resultante de papel, una firma muy personal: una aportación cultural: una tabla de salvación: un libro, una litografía: un recuerdo de lo que fue. 

En su trabajo, pues, pese a lo terrible, cabe la esperanza. Pero nada dura eternamente. Un buen día visita una importante e imponente prensa hidráulica y ve con horror el fin de los tiempos ya malos de por sí pero nunca imaginó que tanto:

«[…]empecé a ver con toda claridad que esa prensa hidráulica representaba un golpe mortal para todas las prensas pequeñas, que el espectáculo al que estaba asistiendo simbolizaba una nueva era muy diferente a la que yo y los viejos prensadores como yo habíamos vivido, era el fin de nuestro modo de trabajar. Se acabarían las pequeñas alegrías y sorpresas cotidianas que llegaban a mi madriguera en forma de hallazgos insólitos, se acabarían los viejos prensadores como yo, cultos a pesar de sí mismos, se acabarían nuestras bibliotecas privadas y nuestras esperanzas de alcanzar algún día un cambio cualitativo; ésta era otra mentalidad…[…]»

No es, por lo tanto, lo importante en esta novela, ese amor a los libros que tanto se pregona, no al menos de un modo exclusivo, no como objetos, sino a la libertad de la que se ve, poco a poco, privado, a resultas de lo cual surge una sociedad triste, ignorante, uniformada y sumisa; sociedad de ávidos e incansables bebedores de leche, alimento indigesto para tantos, bebida estúpida por antonomasia.

«[…] durante estos treinta y cinco años, he experimentado el complejo de Sísifo que tan bien describió el señor Sartre y aún mejor el señor Camus; cuantos más paquetes se llevan más papel llega, y así siempre, hasta el infinito; en cambio, la brigada socialista de trabajo en Bubny está siempre al día, el sol ilumina sus cuerpos de efebos griegos, esos jovencitos pasarán el verano en la Hélade, sin saber nada de nada de Aristóteles ni de Goethe, ni de la inmortalidad de la Grecia antigua, frescos como una rosa; ahora seguían trabajando con toda la calma del mundo, separaban flemáticamente el interior de los libros de las tapas y echaban sobre la cinta las horrorizadas y erizadas páginas, indiferentes e inmutables, sin darse cuenta del valor de cada libro, sin pensar que alguien lo habrá escrito, corregido, leído, ilustrado, impreso, compaginado y publicado, y que después otra persona lo habrá censurado y prohibido, y aún otra persona habrá ordenado su aniquilación, lo habrá cargado en un camión y traído hasta aquí donde jóvenes obreros con guantes rojos y azules y amarillos y naranja extirpaban sus entrañas y las tiraban a la cinta transportadora, muda pero exacta, que a empujones conducía las páginas erizadas a la prensa gigante que las comprimía en paquetes que luego pasarían a las fábricas de papel donde los transformarían en papel blanco, puro e inocente, inmaculado y aún no ensuciado por las letras, con el que más tarde imprimirían nuevos libros…» 

La narración se acompaña de un par de historias de amor, una de ellas medio simpática de puro escatológica pero en cualquier caso absolutamente prescindibles, lo que viene teniendo muy poco de cumplido. Hay un exceso de verborrea (recuerdos que no vienen a cuento de nada en una novela tan corta) pero sobre todo de una forzada ausencia de puntos y aparte cuando el texto sí los pide, y a gritos, además, y no una vez ni dos ni tres sino cienes de ellas, y que hace pensar que tal vez quería Hrabal aparentar lo que en realidad no es. Es, en cualquier caso, ese quiero y no puedo tan en apariencia insignificante (qué importará un punto y aparte más o un menos, verdad) razón más que suficiente para que quien esto escribe haya sufrido lo que no está escrito. De acuerdo, tal vez no tanto, pero sí que ha sido realmente molesto, incómodo, como ver a un mago ejecutar un truco que no acaba de funcionar, como ver al pajarito aletear en el bolsillo segundos antes de aparecer en su mano.

Por lo demás, bueno, bien. Interesante. No mucho más.



4 comentarios:

  1. vaya, parece que el genio checo no te ha terminado de llenar. Es una pena, porque toda su obra rebosa encanto. Deberías probar con "Yo que he servido al Rey de Inglaterra" y "Trenes rigurosamente vigilados".

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  2. Este no sé... pero "Yo serví al Rey..." es un coñazo de altura.

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  3. A mí me gustó muchísimo "Trenes rigurosamente vigilados" (http://esa-esquina.blogspot.com.es/2015/08/trenes-rigurosamente-vigilados-de.html). Luego sí que es verdad que leí una antología de cuentos suya "Anuncio una casa donde ya no quiero vivir" (http://esa-esquina.blogspot.com.es/2015/08/anuncio-una-casa-donde-ya-no-quiero.html) y perdía bastante. Era irregular hasta en los mismos cuentos.

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  4. Al anónimo de 29.12.15, 16:57, le ha faltado añadir "estratosférica" para que yo pueda coincidir con él en su comentario sobre "Yo serví al Rey de Inglaterra".

    Tongoy muy fino en su último post 2015. Cada día es más estilista, el cabrón.

    ¡Ay si la banda se exigiese a sí misma escribir con la pulcritud y la perspicacia de messié, lo que disfrutaríamos! O nos ahorraríamos libros muy malos (si no lo consiguieran) o dispondríamos de libros mucho mejores (caso de que sí que estuviese a su alcance lograrlo, tras improbos esfuerzos).

    Para los más suspicaces, recibo 12,50 euros por sobada de lomos, y no 5,50, como infundadamente, se anda comentando por ahí.

    ¡Un feliz 2016 para todos!

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