lunes, 14 de septiembre de 2015

‘Con el sol en la boca’ de Matías Néspolo

Con el sol en la boca pertenece a la categoría de novelas que, sin ser en modo alguna malas (conviene tener esto en cuenta), tienden a caer en el olvido de la segunda semana. No son de las que se quedan, que obsesionan; son de las que un día están y otro se van y, si acaso, vuelven en forma de mueca y sonrisa tiempo después. Son esas novelas que podríamos calificar de inofensivas; novelas que, sin caer en el raquitismo, no están a la altura de aquellas, tantas, grandes. Todavía hay clases. No es un problema de talento; es una cuestión de equilibrio. Para que unas obras destaquen, para que unos pocos puedan reinar, ha de haber muchas obras obreras (inevitable el paralelismo con el reino animal), algunas con querencia a la insignificancia y otras directamente insignificantes —cadáveres sobre los que se sostiene el mundo literario— que perpetúen el status y ese burbuja editorial que no revienta por más que la pinchas. Con el sol en la boca no es modo alguno obrera, pero tampoco reina

Pero vayamos a lo concreto. En ella un grupo de universitarios argentinos, hartos, desencantados, juegan a buscar una salida. Entre los inconformistas surge la idea de huir a Brasil, montar un chiringuito y darse a la buena vida, si total al final tanta cultura y tanta hostia parecen no llevar a ninguna parte. Uno de ellos, el Tano Castiglione, da un paso al frente y hace algo más que hablar: llama a su hermano (¡valiente!) para pedirle plata pero años de desinterés pasan factura: tal hermano no tiene un chavo ni ganas de gastarlo en semejante imbécil toda vez que hace años que no sabe de él. Queda papá. El Tano visita a papá que asegura estar más seco que una mojama. Aprovechando el sueño ajeno, se lleva, a modo de herencia anticipada, un coche destartalado que hace las veces de gallinero y un cuadro que en su familia siempre se tuvo por algo de valor pero que en realidad oculta un secreto que vale su peso en oro. Fin de la premisa y fin de la primera parte. El resto de la novela es coral: diversos personajes que a lo largo de la primera parte han tendido cierto protagonismo (el hermano, un amigo, su novia, su amante…) toman la palabra y dan forma a la historia que fue y a la que ha dado lugar. 

Y aquí es cuando surge, inevitablemente la palabra puzle, que de todas las palabras que describen una novela es que más arcadas me ha producido siempre, no porque no crea que una novela no pueda ser un puzle sino porque tal idea sirve de excusa demasiadas veces para ocultar algún tipo de carencia o para dar a la estructura de la novela un valor que ni tiene ni merece, ni está ni se le espera. Pese a que me lo pide el cuerpo, no quiero generalizar.

El hecho de que una novela esté diseñada como un puzle, esto es, el hecho de que la imagen resultante se vaya formando gracias a las diversas aportaciones, no quiere decir que sea mejor, ni que el escritor sea más listo, ni que el lector necesite un coeficiente intelectual mínimo para acabar de pillar el chiste. 

Esto lo digo porque, ay, hay por ahí quien habla de esfuerzo cuando se refiere a esta novela. Esfuerzo, nada menos. “Estimulante novela que exige un esfuerzo al lector” o lo que es casi peor: “Novela destinada al lector exigente”. El esfuerzo de leer a cuatro o cinco narradores, ese esfuerzo. Amos, por favor, no me jodas. Esfuerzo es otra cosa. Esta novela es un fluir comparada con otras muchas. Otra cosa, ya, que no te esperes según qué o que te haga gracia descubrir que éste no sea tan gilipollas como lo pintan, o que el tirado de la película oculte un pasado de espías y traiciones o que la nena te quiera más de lo que parecía. De acuerdo, ¿y? Qué tendrá que ver eso con la dificultad, me pregunto y qué tendrá que ver la dificultad con la calidad, me repregunto.

Nada, efectivamente. 

En mi humilde opinión, la de Néspolo es una historia que, partiendo de una premisa un tanto aburrida (obviaré las promesas de la contra, sean o no verdad, porque las promesas de las contras, sean o no verdad, promesas son y nada más) y un estilo irritante (ese continuo llevar al extremo la frase corta) logra remontar en la segunda parte cuando las acciones del Tano tienen consecuencias imprevistas que nos vamos a callar por una cuestión de respeto pero que tienen que ver con pasados oscuros de dictaduras y sus excesos, que es una cosa que pierde atractivo a marchas forzadas y que a pocos lleva ya a la librería pero que Néspolo, jugando a los detectives sin licencia, resuelve con notable acierto al cargar la tinta de interés.

En contra, el estilo de la primera parte, un exceso se mire por como se mire y la razón por la tarde tantísimo en leer esta novela. 

«Mastica hielo. Fría la lengua, no la usa. Los dedos sí, en pinza. Sostienen el caramelo que brilla al sol y no sabe a nada. O a cloro, más bien. Con un ligero regusto metálico, porque son de agua corriente. Los hielitos. En Capital el agua no es como la de pozo. Dulce en boca. Y no hay manera de hartarse. Como la del molino del viejo... Tiempo que no la prueba. Pero eso no se olvida».

Superado el exhibicionismo de las primeras páginas la prosa se relaja aunque sin llegar a la normalidad (entendiendo esta como esa escritura de manual, algo que ni nos parece bien ni nos parece mal sino todo lo contrario siempre y cuando esté respaldada por algo más que ella misma). La segunda parte, formada por monólogos en primera persona, son también para muchos motivo de orgullo y satisfacción al identificar en cada personaje un estilo y en cada estilo un Néspolo experto en juegos malabares. Será para menos (es para menos) porque aunque sí es verdad que los diferentes niveles de coloquialismo hacen pensar que estamos frente a narradores diferentes, hay en todos ellos una lucidez que no es del todo normal y que lleva a pensar que el exceso de celo puede perfectamente llevar al traste las mejores intenciones:

«Te felicito, Tanito, ganaste. Qué querés que te diga. Vos pasaste al acto sin quedarte en el discurso y mandaste todo a la mierda; yo arrugué. Me importa un carajo lo que pensés, porque yo salgo ganando igual. Ahora traigo las alforjas llenas de experiencia vital y eso es lo que cuenta. Tengo el carbón del pensamiento genuino, con el que arde la filosofía de creación». (Uno)
«Un miedo amorfo, sin coordenadas, horarios ni protocolos y mucho menos sin rostro, que al replegarse como tortugas en su caparazón en esa suerte de larga hibernación de Villa del Parque, no hizo más que crecer y reproducirse a sí mismo por fuera y por dentro, en la vigilia y el sueño, en el silencio y la detonación». (Otro)
«Las aventuras de Maggie se orientaban de manera explícita a desenmascarar en dosis hilarantes el absurdo o el sinsentido soterrado en las relaciones sociales, económicas y afectivas que regulan la colmena humana». (Otro más)

Y, bueno, no mucho más. Lo dicho: correcta, inofensiva, puede que del montón, sí, pero del montón que se puede leer, que se lee, que te gana, que invita a leer más. Que ya no está mal.



4 comentarios:

  1. Tongoy, nen, que me he metido a hacerte la competencia, a hacerle un "siete" a Lóriga ¡A ver qué opinas!. Ja ja. ¡Que va! "Ya sólo habla de amor" la novela reseñada:
    http://julianbluff.blogspot.com.es/2015/09/ya-solo-habla-de-amor-ray-loriga-bajo.html
    me ha convencido bastante.
    Bueno venga... Los trolls también son bienvenidos.
    Cómo ven no puedo caer ya más bajo como bloguero. En fin, se hace lo que se puede...

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  2. ¿En qué quedamos? ¿Es buena o del montón? "Ni una cosa ni la otra, ni todo lo contrario". Jajajaja... Me encanta!!! Me encanta el brete en el que solito te metiste, Tongoy! Jajajaja... Te gustó, se te ve el plumero, pero como vas de chico malo no lo podés decir clarito. Cómo lo disfruto... jajaja. Ahora, Lola, viejo... jajajaja

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    Respuestas
    1. Jaja, en mi universo hay escalas de grises, Matías. No estamos obligados al todo o nada.

      Gracias por la visita, por cierto. Que el libro me ha gustado es evidente (de otro modo te lo hubiese hecho saber, créeme), ahora, también te digo, no es uno de los libros que voy recomendando por ahí. NO llega a tanto. Pero sí, bien, grata sorpresa en cualquier caso.

      Seguiremos atentos a nuestras pantallas pero a la que nos vengas con relatitos o poemitas te perderemos la fe.


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