jueves, 27 de agosto de 2015

‘Giles, el niño-cabra’ de John Barth

«El lector debe comenzar este libro haciendo un acto de fe y terminarlo haciendo un acto de caridad. Le rogamos que confíe en la sinceridad y la veracidad de este prefacio y declaramos, como retribución, que tiene derecho a mostrarse escéptico con respecto a todo lo que sigue».

He agotado las excusas para no escribir esta reseña y tras varias semanas de dura o directamente titánica lucha interna debo rendirme a la evidencia: ni sé por dónde empezar, ni sé qué decir, ni tengo la menor idea de cómo llevar esto a buen puerto. Giles, el niño-cabra es, para que nos entendamos, un algo inabarcable que uno aspira a comprender pero que en el fondo sabe demasiado genial para hacer nada más que disfrutar del viaje que propone y supone: una experiencia que ni las mejores y más alucinógenas drogas pueden igualar, no digamos ya superar. Y con efectos secundarios. 

Pero tal vez debería empezar disculpándome (seguramente sí) por algo que les dije hace tiempo, y no una ni dos ni tres… sino puede que hasta seis veces. Puede que seiscientas. Si lo pienso no recuerdo haber hecho otra cosa que repetir una y otra y otra vez la misma cantinela. ¿Qué cantinela? Esta cantinela:

Les recomendé a John Barth y les recomendé a William Gaddis. Y lo hice con un entusiasmo que rozaba lo enfermizo. Les dije: lean a Barth, lean a Gaddis; les dije “putos genios”, “obras geniales”, “obras maestras”… ¿Qué sé yo? Lo que se me iba ocurriendo. Quería convencerles. Qué quieren, uno tiene sus altares y tampoco es que ustedes pongan mucho de su parte. Casi la tengo con Cátedra (y con algún alarmista más) por culpa de Barth, con lo educado que yo he sido siempre, cuando, toda vez que se negaban a reeditarla, llegué al extremo de defender la piratería como única solución (solución, dicho sea de paso, que entonces no existía) o, si lo prefieren, como el único modo de leer aquel Plantador de tabaco que tantas alegrías nos dio. Les dio. Les hubiera dado caso de haberlo leído. Espabilen, por el amor de Dios.

A lo que iba: hoy vengo a desdecirme. 

Miren: no lean a Barth; no lean a Gaddis. Total para qué. Total para acabar comparándolos con todo cuanto libro acabe en sus manos. Doy fe. Oh, esto no es Gaddis, dirán. Oh, dónde está Barth, dónde sus ecos. Oh, oh, oh. Y lágrima fácil tras lágrima fácil. Se ponen los listones por las nubes y luego no hay Dios que los baje, que tiene que uno arrastrarse por tolstois o similares para no cortarse las venas. Porque una vez descubiertos, Barth, Gaddis, una vez descubiertos ya nunca es lo mismo, saben. Ya nunca más JR, ya nunca más Ebenezer. Ya nunca más yo. Ya nunca más tú. 

Me puedo equivocar, pero sería la primera vez.

Porque, ya entrando en materia y centrándonos en el caso que nos ocupa, estamos hablando de una novela DIFERENTE (las mayúsculas son mías). Eso de entrada. No la promesa, no la posibilidad remota, de una novela diferente sino la certeza, el hecho consumando, de estar frente a una novela diferente. Y este tipo de novelas suponen siempre un problema: no sabemos hablar de ellas, no podemos vivir sin ellas, no tenemos valor para comentarlas, no digamos ya entenderlas, valorarlas, hacerles justicia. Las enfrentamos (especialmente cuando, como es el caso, superan holgadamente las mil páginas, las novelas, más que ser leídas, son enfrentadas) como enfrentamos una escalada (los que escalan, sabrán de qué hablo; los que no, hablamos de oídas); lo hacemos, además, sin pertrechos, cuerdas, sin un triste asidero. Alguno incluso con los ojos cerrados. Fue mi caso. Lamentablemente, la mayoría no lo hace; ni con cuerdas ni sin cuerdas. Miro las estanterías; las librerías; las bibliotecas; los escaparates de las bibliotecas, de las librerías; los muros de Facebook (mis propias estanterías, mi propio muro) y siento un asco que roza el vómito: elogios desmedidos a libros que no aportan nada, que se escriben para satisfacer un ego, para cuatro lectores, novelas inofensivas, literatura desactivada. Basura. Yo lo sé y ustedes lo saben. Ba-su-ra. Y el Barth, muerto de risa en un cajón. Porque, claro, pesa mucho o porque tiene muchas páginas o porque quién es Barth o porque es demasiado viejo pero no lo bastante antiguo. Excusas, excusas. Mucho mejor, claro, leer a Zutanito, que por lo menos él interactúa en twitter. Bah. ¡Suspendidos todos!

«¡Suspendidos, suspendidos, suspendidos! Miro a mi alrededor y por todas partes veo suspensos. Viejos moralistas, jóvenes lameculos, escritores sin éxito; viejas glorias, jóvenes promesas, negados absolutos; artistas suspendidos, editores suspendidos, académicos y críticos suspendidos; esposos, padres, amantes suspendidos; mentes suspendidas, cuerpos suspendidos, corazones y almas suspendidos. ¡Ninguno de nosotros ha aprobado, todos hemos suspendido!»

Pero bien, es lo que hay. 

Recibí emocionado (loco de emoción, sería más correcto) esta novela de Barth de la que no sabía nada. Nada. Es decir, NA-DA. Pero era Barth. BARTH. Es decir, B-A-R-R-R-R-T-H. ¡El padre del plantador! Ya sólo con eso... PRIMER ERROR: Giles no es Ebenezer. Más quisiera Giles. Con todo: más quisieran los demás. No todos opinarán igual: otros dirán: ya quisiera Ebenezer, pero tampoco nos vamos a zurrar por un debate condenado a terminar no sé si en tablas o en un tablao. Chiste fácil.

Al lío.

Giles es la historia de un viaje (interior, también, si quieren, que sé que les gustan) en el que un hombre, un hombre-cabra debe abandonar su hogar y a sus padres (tanto uno como otros suelen ser adoptivos), el mundo luminoso y conocido de la realidad consciente y todo lo que constituye su identidad; debe atravesar el territorio crepuscular de las formas oníricas y las categorías porosas, apoyándose en ciertos guías y ayudantes, y empleando sus intuiciones, trucos y secretos, debe enfrentarse a acertijos y pruebas de iniciación y a las monstruosidades ficticias (pero no irreales) del inconsciente; debe conseguir, al final, a la princesa o el elixir: un conocimiento sin mediador, óntico, en el oscuro, inconsciente e innominado centro de las cosas, en su fondo».

No se corran todavía, aún hay más. 

Sitúense: El mundo como un inmenso tablero de juego y una alegoría de aquellos cincuenta, de aquellos sesenta: el mundo como una universidad: profesores, alumnos, batallas campales, guerras disciplinares, acuerdos de paz, aprobados o suspendidos… Campus del Este vs Campus Occidental. Primera Revuelta Intercampus. Segunda Revuelta Intercampus, un tendido eléctrico… Y, presidiendo, el ORDACO, terrible ORRDACO: 

«—¡Oh, Bill, el ORRDACO ese! —me dijo entonces con gran emoción—. ¡Menuda crriaturra! Yo no lo constrruí; no lo constrruyó nadie: es tan antiguo como la mente, y bien se podrría decirr que se constrruyó a sí mismo. Su fuerrza es la misma que mantiene el campus en marrcha, no te lo voy a explicarr ahorra, perro eso es lo que es. Y la fuerrza que prroporrciona... eh, Bill, es la prrimerra enerrgía de la Univerrsidad: ¡la fuerrza de la mente, sin la que no podrríamos vivirr ni un minuto! Lo que te dice a ti que hay un tú, que es diferrente de mí, y lo que separra las cabrras de las ovejas... Como el calorr de la vida, que significa que no estamos muerrtos sino que nuestrra prropia casa es su combustible, y nos quemamos a nosotrros mismos parra mantenerrla caliente... ¡Ay, ay, Bill!»

Esto es, Guerra Fría al canto, con todos sus detallitos: que si el recuerdo de holocaustos pasados, que si cazas de brujas…

«En todas partes, los estudiantes más reflexivos temían que cualquier tontería, imprudencia o descuido pudiera provocar la Tercera Revuelta Intercampus, que sin duda supondría el fin de la estudiantía; pero cualquiera que protestara era llamado «aprendiz de condiscípulo» o «pedagogo de banderín progre». Las «cazas de magos» sindicalistas estudiantiles llegaron a ser uno de los principales deportes intramurales; ningún liberal estaba a salvo de él».

No quiero desanimarles pero tampoco engañarles ni arrastrarles por este entusiasmo mío. La cosa tiene su miga. Mucha miga. Pero mucha. Levantas una piedra, miga; el paquete de tabaco, miga; la suela del zapato, miga. Esto hay que masticarlo bien, que si no se hace bola y no baja. Parece un chiste pero no lo es. Si van a leerlo (digan: sí, vamos a leerlo y créanselo): prudencia. No corran. Hagan paraditas para mear. Beban. Hidrátense. 

Pero les estaba contando.

Giles, hijo del ORDACO y una mujer llamada Virginia (Virginia, lo pillán), es abandonado en el establo para cabras de la universidad universal y criado y educado en la caprinidad mas absoluta por un viejo profesor retirado llamado Max. Un buen día Giles descubre que no es cabra sino humano y se convence de que su des(a)tino es convertirse en el Gran Maestro del Campus Occidental, ergo está «destinado a rescatar a la estudiantía de la tiranía de su propio invento». Dice Giles: «mi tarea, tal como yo la concebía, no era aprobar o suspender a nadie, sino indicar el camino hacia las Puertas de la Graduación, que yo mismo debía descubrir antes de poder guiar a otros hacia allí».

Grosso modo. (Me niego a resumir mil páginas. Podría ahogarles en citas pero me odiarían y bastante se nos está yendo de madre, ya, esto).

Total que Giles se echa a la calle a vivir mil aventuras en mesiánica actitud. Le acompañará Max, que actuará como una suerte de Virgilio (ya no sabe uno si agarrase al Quijote, a la Eneida o al Ulises para acabar de entender la obra o si es mejor soltarse y dejar que sea lo que dios quiera en este totum revolutum de referencias de todo menos veladas) iluminando el camino. La decisión es todo lo firme que puede ser una decisión de este tipo. Giles lo sabe. Cuenta, también, con que el amor, eterna piedra en el camino, pueda desbaratarlo todo. 

«No hacían falta ni troles ni dragones para aniquilarme. Bastaba con contratar a alguna chica que hubiera ido a un colegio mixto para que se levantara el vestido y por ese exiguo beneficio yo sería capaz de estropear cualquier relación decente que hubiera establecido con mis compañeros; podría abusar, atacar, matar; podían tener la certeza de que no sólo renunciaría a mi lamentable existencia sino también a la pretensión de ser un Gran Maestro y a la misión que creía que se me había encomendado. Toda la estudiantía podía languidecer sin graduarse, incluso coMErse viva a sí misma, sin que yo ni por un momento me planteara dejar de lado mi salacidad por una cuestión de principios».

Pues este… despropósito, este… loco y delirante viaje es Giles, el niño-cabra. En él encontrarán todo lo que necesitan y mucho más de lo que esperaban (zonas rocosas, también, y espesos bosques y campos de amapolas). Encontrarán humanos, moisianos, sigfridistas, nikolayanos, caprinidades para aburrir, cantos de sirena, holocaustos, inteligencias artificiosas, batallas campales, cazas de brujas, monstruosos frankensteins, mesías hasta en la sopa, falsos profetas, vírgenes, putas, volcanes en erupción, sexo para aburrir al más sátiro… Y humor, eso sí, sobre todo eso: toneladas de humor. Quintales de felicidad.

«Ella siguió siendo ella; yo seguí siendo yo. Se abría ante nosotros todo un campus de posibilidades, y dormitamos y jugamos dulcemente, y nos satisficimos. No todos los días pueden ser el Día de la Graduación. De almorzar, como de desayunar, nos abstuvimos».

Giles, el niño cabra, y ya voy terminando, es una novela que se sumerge en el absurdo sin caer en el ridículo, que pone en evidencia la condición humana, que nos recuerda página sí, página también, que no podemos ser más tontos ni queriendo. Que acabamos de llegar, que somos jóvenes, que tenemos tanto que aprender, tanto que estudiar, tanto que aprobar. Una novela asquerosamente lúcida y, sí, a ratos agotadora e irritante pero estimulante y salvajemente divertida como terapia frente a tanta novela tonta, breve, complaciente y demoledoramente aburrida.

Combatan el tedio. Refúgiense en Barth.

¿Lo digo? Lo digo: Giles es una obra GENIAL.

Y ustedes se la están perdiendo. 









("Giles, el niño-cabra" de John Barth. Sexto Piso. 2015. Sé de uno, de apellido Peyrou y profesión traductor, que se ha vuelto a ganar el cielo. ¡99 vírgenes para él!)


23 comentarios:

  1. ... y, sin embargo, lo que queda en el cajón, ¿verdad? Inabarcable, sería la palabra, uno de aquellos libros que no se acaban cuando terminan, como las obras maestras, sí.

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    1. No sabe uno cuántas veces más tendrá que repetirlo para lo crean los demás pero insistiremos, insistiremos. Vaya si lo haremos.

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  2. Tongoy, no te metas con Zutanito, que ganó un Planeta.

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    1. Quien lo pillara. Zutanito tendrá para terapia, entonces.

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  3. Joder, tío, me has vendido al niño cabra o al que planta tabaco y se lo fuma también, que tengo que debutar con Barth me digo a mí mismo desde ya!!!

    (Brillante reseña, Tongoy, te lo digo así por lo bajini para que te lo creas ahora que no nos lee nadie…)

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    1. NO sé a qué estás esperando, honestamente. Mi preferido es El plantador, por si te sirve de ayuda.

      (Gracias)

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  4. Uffff. Me interesa mucho por el entusiasmo demostrado, pero, al mismo tiempo, me dan miedo sus mil páginas. Voy a hacer acopio de valor y en cuanto pueda, me pongo a ello.

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  5. ¿Te la han regalado los de Sexto Piso o te la has comprado?

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  6. Lo mismo digo. El que después de leerte no se lance a por El Niño cabra que deje la lectura por el punto de cruz.

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    1. Eeese era el plan. Gracias. Espero que, si llega a leerlo, lo disfrute al menos la mitad de lo que lo disfruté yo.

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    2. yo estoy leyendo al plantador y por las tardes un poco de punto de cruz, las dos cosas muy sanas en verano.

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  7. Macho, Tongoy, otra "crítica" tuya que que no me dice nada más allá de lo que puedo leer en la descripción trasera del libro. ¡Eres el Boyero de los blogs de la literatura! Cero análisis pero está bien leerte porque tienes más o menos buen gusto.

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    1. Siempre he querido dedicarme a esto de las contras. Me da usted una alegría.

      Gracias por pasar. Demuestra usted, con ello, gozar también de un gusto exquisito.

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  8. Yo soy uno de los que ha leído a Barth y a Gaddis por culpa de este blog. No se disculpe, sr. Tongoy.

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  9. Bah. Tampoco es para tanto. El Plantador de Tabaco se impone por acumulación, pero es una novela muy ripiosa. La relación entre el imbécil de Ebenezer y su maestro transformista se pone mecánica y tediosa a medida que pasan las páginas, y mucho se hubiera ganado dando más espacio a las digresiones y episodios secundarios. La novela es buena, merece respeto por la erudición desplegada y la coherencia que logra con tanto material, pero francamente no está a la altura de los grandes clásicos de Roth, Delillo o McCarthy, grandes de verdad. Barth no juega en esas ligas.

    Ahora, sobre este animal nuevo que han sacado... Espero que sea mejor que la del Tabaco, nada más. Lástima que ese capítulo de muestra que pusieron en la web de Sexto Piso me aburriera a mares.

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  10. ¿Ha comparado usted a este señor con Tolstói o me lo ha parecido?

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  11. Y que los señores de Sexto Piso no se hagan los tontos y sigan publicando más cosas de Donald Barthelme.

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  12. Amigo Tongoy,

    Hasta ahora, todas tus recomendaciones que había seguido habían sido un éxito: Stoner, Homer y Langley, JR o el mismo Barth con El plantador de tabaco (me encantó) pero esto del niño cabra. Joder. Valiente gilipollez de historia, la verdad.

    Decir que no he podido pasar de la página 200 y pico pero es que me ha parecido una chorrada como una catedral, no le he visto la gracia por ningún lado y el jodío niño cabra me ha caído como una patada en los huevos.

    Afortunadamente en la librería no me han puesto ningún problema para devolverlo y he podido cambiarlo sin problema.

    Pero es lo que tiene arriesgarse, oiga

    Saludos

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  13. Defíname "Salvajemente divertida". Gracias

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