viernes, 16 de agosto de 2013

“Donde dejé mi alma” de Jérôme Ferrari

No soy amigo de releer. Debería, pero no lo soy. Las prisas, ya saben. En mi defensa diré que me voy corrigiendo. Poco a poco, poco a poco. El caso es que esta novela volví a leerla apenas cuatro meses después de haberlo hecho por primera vez. Esto, que parece un cumplido, lo es relativamente. Me explico. Es verdad que “Donde dejé mi alma” me parece una estupenda novela pero no es por eso por lo que volví a ella sino porque me parecía injusto que siendo así se hablase tan poco de ella y sobre todo me pesaba el sentimiento de culpa de haber sido yo, con un silencio fruto de mi legendaria pereza, parte del problema. Y ya que la cosa va de culpas, vengo a expiar la mía.

* * * * * * * * *

La acción de la novela (por llamarlo de alguna manera) tiene lugar en Argelia, durante tres días de 1957, en plena rebelión independentista. Francia venía de perder un control vietnamita que sumaba una derrota más en su decadente imperio colonial. Esa época. Bien, pues el protagonista es un viejo capitán que se ocupa de sofocar la revuelta y que tras muchos años de practicar la guerra empieza a notar síntomas de culpabilidad. Cree haber perdido su alma entre tanta crueldad. Se siente un hijo de puta y está cansado de utilizar el ejército como excusa para liberar los más bajos instintos del ser humano, aprovechando el amparo que ofrece la frontera difusa entre el bien y el mal que dibuja la guerra (“Pues he aprendido también que el mal no es lo opuesto al bien: las fronteras del bien y del mal se han confundido, se mezclan uno con otro y se vuelven indiscernibles en la insulsa grisura que lo recubre todo, y eso es el mal”). 

Los tres días en los que se desarrolla la novela son días clave, ya que son los días en los que capturan a uno de los principales jefes revolucionarios. Se intercalan en la narración tres breves monólogos de un teniente, viejo amigo y colega de campo de concentración y derrotas varias, que ve en el desánimo de su superior un síntoma de debilidad, algo que se toma —para qué andarse con chiquitas— como una traición. Uno no pone todas sus esperanzas en un hombre para que éste lo traicione: “Cómo me iba a olvidar de usted, mon capitaine, yo que tanto lo quería, yo que lo quería aún más de lo que lo desprecio hoy, y lo desprecio hasta el punto de confesarle sin vergüenza cuánto lo quería.”

El capitán es un imbécil que cree que siendo amable con el terrorista (vamos a dejarlo ahí) —a quien considera un igual por el simple hecho de ostentar un rango similar al suyo (por ser diferente, en cualquier caso, al de un soldado raso)— ya va por el camino del perdón cuando esto no es así ni remotamente. En cualquier caso lo cierto es que superado el ecuador el libro empezamos a sentir por el bueno del hombre una inmensa pena. Ah, pero las cosas no son tan fáciles como sentir pena o sentir odio, como tener la razón o no tenerla. Las cosas son siempre mucho más complicadas. Para no olvidarlo, tenemos a Tahar, el preso que Ferrari utiliza como un instrumento para ir poniendo las cosas en su sitio: 

—Sobre todo, capitaine —dice con mucha cordialidad y convicción—, tampoco vaya a pensar que merece compasión, por favor. No merece compasión. ¿Lo sabe, verdad?
—No me quejo de nada.
—Entonces está bien. Porque no merece compasión. Y yo tampoco.

Seré breve, hoy no me apetece escribir. 

La novela plantea directamente —a pesar de cierta tendencia a la dispersión y digresión en ciertos puntuales momentos— la cuestión de la culpa que pueden o no sentir quienes, por la razón que sea, en este caso la guerra, hacen uso de la tortura y la crueldad, muchas veces con actos que van más allá del sadismo estrictamente necesario, para alcanzar sus fines generalmente muy poco nobles. Hombres que en el fondo saben que nada importa nada, que nada cambia nada, que todo es siempre lo mismo, más de lo mismo. Hombres que, aún sabiendo que la vida es un camino de una sola dirección y que no hay vuelta atrás que alivie la conciencia, no dejan de hacer aquello para lo que han sido programados, algo que casi nunca tiene que ver con llevar los niños al parque a pasear en bicicleta. Sólo tenemos una oportunidad y, con todo, no dejamos de golpear con la misma puta piedra la misma puta cabeza. 

“No ha vivido nada que sea excepcional, mon capitaine, el mundo ha sido siempre pródigo en hombres como usted y a ninguna víctima le costó jamás el mínimo esfuerzo transformarse en verdugo, a la más pequeña variación de circunstancias. Acuérdese, mon capitaine, es una lección brutal, eterna y brutal, el mundo es viejo, es tan viejo, mon capitaine, y los hombres tienen tan poca memoria. Lo que se ha representado en su vida ha sido ya representado en escenarios similares, un número incalculable de veces, y el milenio que se avecina no propondrá nada nuevo. No es ningún secreto. Tenemos tan poca memoria. Desaparecemos como generaciones de hormigas y todo ha de empezar de nuevo. El mundo es un pedagogo mediocre, mon capitaine, no sabe más que repetir indefinidamente las mismas cosas […]”


12 comentarios:

  1. Qué quieres que te diga. Este tipo de personajes megasabios que sirven para ponerle boca al autor dentro de la novela me sobran un poquitín. Si el personaje es pequeño y dice 4 o cinco verdades sueltas, tira que te va. Pero más, no, coño, no. Si el autor tiene algo decir, que lo haga como autor directamente o lo esconda en el relato para que esté el mensaje pero no se sepa dónde exactamente. Para ambas cosas hay que tener gracia. Pero hacérselo decir a un personaje principal, a mí me rechina. La gente real no habla así ni dice cosas tan profundas tan apropiadas, en tan pocas palabras y sin mucho tiempo para pensarlas. Me recuerdan a los niños de seis años de las películas americanas de la tarde del domingo.

    En cuanto al mensaje, yo opino que no hay menos hijoputas en la Espsña de hoy que en la Alemania de los años 30. Tú cámbiales el decorado y ese comercial de tu empresa que solo es un poco capullín se cepilla 700 judíos más contento que unas castañuelas.

    Quique, que no puede dormir y mañana curra.

    ResponderEliminar
  2. A mí, Tongoy, las citas que has colgado me resultan bastante típicas, no es que aporten nada nuevo al tema (trilladito) y ni siquiera me parecen demasiado bien escritas. Eso del bien y el mal, el blanco y el negro y los grises de entre medio, buf... me ha recordado bastante a "Almas Grises" de P. Claudel, que mira tú por donde tab ha ganado varias veces el premio Goncourt, será que a estos les pone mucho el tema de la culpa y las palabras grandilocuentes?

    Tab coincido con lo que dice Quique sobre los personajes resabidos (estaré baja de defensas?).

    Abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. También es verdad que luego intentas decir lo mismo sin decirlo, como una lluvia fina de esas que no lo parece pero empapan de lo lindo, y la gente (así, en general) no lo pilla igual de bien. De manera que podría ser que para decir determinadas verdades de cierta profundidad no quede más remedio que tirar por el camino corto y despejado del resabido o arriesgarse a parecer gilipollas pues tú te crees que estás bordando el arte de la sutileza cuando muchos de los que se te leen dominan el arte de interpretar lo que les sale de los cojones o,simplemente, el de no interpretar.

      Supongo que también los habrá que han querido escribir un cuentecito sencillo y sin pretensiones y a algún crítico iluminado lo habrá cogido como si fueran las caras de Bélmez.

      Y con eso ya habríamos terminado.

      Qique

      Eliminar
  3. Pues a la editora la falta un... no sé, le falta algo, eso seguro. Menos mal que juega sobre seguro y publica un Goncourt, porque si dependiese la selecció de autores de su criterio...

    ResponderEliminar
  4. No encuentro sentido al "mon capitaine". ¿No es francés quién habla? ¿"Mi capitán" no habría sido más lógico? Que sí, que suena muy épico lo del mando en francés y muy musical, como de trompeta de Vian, pero... no sé, creo que sobra.

    ResponderEliminar
  5. Estoy con usted, señor Tongoy. Hijos apócrifos es un bluff infumable. La gente le tiene mucho respeto al tío del autor. Caso un tanto vergonzoso, además, publicarse en la editorial donde se trabaja. Más elegante hubiera sido hacer un intercambio te publico/me publicas con otro sello con editor ávido de fama. Ni eso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Esta noche, post: "IN-FU-MA-BLE (Una aproximación a Hijos apócrifos de Victor Balcells Matas)"

      Eliminar
    2. Como dijo un famoso periodista en un famoso video: Me vas a mear? Me muero de ganas!

      Me encanta esta frase, oye.

      Lo infumable va a ser el post en sí o la novela objeto de la reseña?


      Quique

      Eliminar
  6. Querido Tongoy: y no te toca los huevos que en la solapa se destaque el premio ese que en realidad gano por otra novela publicada dos anhos despues?

    (perdon acentos y tal)

    salud

    ResponderEliminar
  7. A mi los que son tan listillos me hacen sospechar si no estaran pasados de vueltas o simplemente que se creen Dioses de la sabiduria y la ciencia.

    ResponderEliminar