lunes, 12 de agosto de 2013

“Comandante” de Rory Carroll

Por ir al grano: lo que Rory Carroll viene a demostrar en Comandante es que Chávez era exactamente lo que parecía: un fanfarrón, un prepotente y un completo inútil. Grosso modo. Esto lo digo porque he leído por ahí, hace ya tiempo, en alguna reseña dejada del mano de Dios, que Carroll dejaba en manos del lector el juicio sobre el presidente venezolano y bueno, en fin, esto no es tanto así desde el momento en que las cartas que nos presenta el escritor están marcadas. Y es que va la cosa justita de cumplidos.

El librito se llama Comandante porque eso es precisamente de lo que habla. No del turismo, no de política exterior, no de historia venezolana; (no directamente, quiero decir) sólo Chávez. Chávez como ser humano y como presidente. Como golpista, como candidato. Como socialista de boquilla, también. Una sobredosis chavista, eso es Comandante. Está prologado por Jon Lee Anderson, por cierto. Lo digo por si, tal como me ocurrió a mí, necesitan algún aval. 

Leyendo el libro de Carroll, Chávez cae mal. Leyendo el libro de Carroll, Chávez es un charlatán y un canalla y un miserable que lo único que quiere es utilizar el Sillón Presidencial para garantizarse el Sillón Presidencial a perpetuidad. Para esto utilizará todas las armas que tenga a su disposición; armas que son minuciosamente detalladas por el autor. Resumiendo: la tarea documental de Carroll (magnífica, en cualquier caso) está orientada a desmontar el mito de un Chávez socialista y revolucionario pero sin llegar nunca a dejar claro que tal es su intención. 

Así es que en el libro podemos leer largo y tendido sobre aquella costumbre de Chávez de regalarse y regalar al país, quisieralo este o no, los habituales maratones televisivos de sobra conocidos. Se presta especial atención a un episodio que fue bastante popular, en el que el presidente expropiaba un edificio apelando a grandes y nobles razones cuando en realidad lo único que quería era devolver la pelota a un grupo de empresarios que habían tratado de sacarlo del poder poco antes.



En general la dinámica de Chávez parece, según Carroll, siempre la misma: todos sus actos, supuestamente nobles cuando no directamente generosos, persiguen el único fin de perpetuarlo en el poder.

Por poner algún ejemplo

Así fue como, a mediados de 2003, cuando su popularidad estaba por los suelos y un referéndum revocatorio (un mecanismo amparado en la constitución para hacer que la autoridad rindiera cuentas) apoyado por tres millones de firmas, amenazaba su poder, decidió poner en marcha las llamadas Misiones. La idea era crear programas sociales para los pobres, que taparan los huecos en los servicios estatales. Chávez enviaba diariamente noventa y cinco mil barriles a Cuba y a cambio recibía veinte mil médicos, enfermeras y otros especialistas que cubrieron las barriadas de Venezuela para atender servicios básicos. Todo gratis para la población gracias a la subida de los precios del petróleo que Bush, con su guerra contra Irak, había provocado.

Los maestros seguían enseñando a leer y escribir a los analfabetos, liberando a miles de la vergüenza y la ignorancia. Ésta era la Misión Robinson. Otros maestros daban cursos nocturnos a los que habían dejado el instituto. Era la Misión Ribas. A los graduados se les ofrecían puestos y estipendios en nuevas universidades. Ésta era la Misión Sucre. Se ofrecían créditos y preparación a pequeñas cooperativas agrícolas e industriales: la Misión Vuelvan Caras. Había comedores sociales, tiendas de alimentos subvencionados, títulos de propiedad de tierras, vuelos a Cuba para cirugía ocular. Cuando se celebró el referéndum, en agosto de 2004, los índices de popularidad de Chávez se habían recuperado, y obtuvo una victoria arrolladora. (Pág. 127)

Mención aparte el hecho de que la Lista Tascón (como se dio en llamar a esa lista de tres millones de solicitantes enemigos del presidente) sirviese para acallar a la posición a fuerza de arruinarles la vida negándoles trabajo, contratos, préstamos o documentos. En 2005 Chávez, por temor a la “vergüenza nacional” da por archivada y enterrada la lista Tascón. Mentira. Un año más tarde, una confidente confirmaba a Carroll que la lista seguía con vida en algunos municipios.

Y todo así. Un país en continua caída libre.


“ni vi ni escuché nada" (Soraya Sáenz de Santamaría)

Luego están los paralelismos (y ya termino), que dan como pena y miedo o un poco bastante de ambas cosas: “Un ministro necesitaba dominar tres técnicas. La primera era el equilibrio entre la quietud y el movimiento. La mayor para del tiempo, el ministro era una piedra. No se esperaba que sugiriera una iniciativa, resolviera un problema, anunciara buenas noticias, teorizara sobre la revolución o expresara una opinión general.” Que sin ser ni remotamente lo mismo (aquí nuestros políticos pecan de ignorantes, pero también de bocazas, por ejemplo) ayuda a entender el odio que despertaban y despiertan entre la población (principalmente la de mayor poder adquisitivo); un odio que, poco a poco, parece ir tomando forma de revolución. Se pregunta uno, leyendo el libro de Carroll, cuánto tardará Venezuela en saltar por los aires. Qué coño, se pregunta uno cuánto tardaremos todos en hacerlo.

“El ministro que se atreviera a entrar en un restaurante lujoso […] sería saludado con el clink-clink-clink de los comensales que golpeaban los vasos con las cucharas en señal de protesta. Los insultos agravaban la humillación. ¡Ladrón! ¡Mentiroso! ¡Hijo de puta! Algunos ministros acudirían al restaurante Palms, porque tenía un refugio, una parte superior reservada, pero la mayoría renunció a comer fuera. Sucedía lo mismo en los centros comerciales, cines y supermercados de los barrios ricos [feudos de la oposición]: desprecio, insultos, silbidos. Cuando no estaba en su despacho ni en acontecimientos públicos, los ministros se retiraban a sus casas. Cerraban las verjas, echaban el cerrojo y corrían las cortinas, sellando, como mejor podían, el desprecio exterior.”

23 comentarios:

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  2. Me lo leería, en serio, pero tengo los prejuicios ya bastante afianzados respecto a este señor y paso de rebobinar. Me gusta pensar que era un capullo, me hace más feliz.

    Además, he recuperado del cajón Tristram Shandy, dejado a medias en su día a saber por qué coño y que es una prostituta joya y dice cosas muy grandes acerca de escritores y críticos. No sabría repetirlas de memoria, de modo que me levanto del sofá nuevo y busco alguna para demostrarlo, arrimando siempre el ascua a mi sardinita. Dice, el maestro, de su propio texto:

    " ...Está escrito contra el mal humor, para lograr por medio (...) de las sacudidas de los músculos intercostales y abdominales del que ríe, la eliminación de la bilis (...) y con ellos de todas las pasiones que les inmiscuyan en los duodenos".

    "Escribir un libro es como tararear una canción, no hay que perder el tono independientemente de lo bajo o alto que se haga".

    Y hay más. Pero con el iPad, paso. Además, esto va de Hugo Chávez, que en paz descanse. No quisiera robarle protagonismo a la reseña de Tongoso, con lo que se la habrá currado (o no). La idea era animarle a que sea él quien la haga algún día, la de Tristram, entre truño y truño.

    Y eso. De Hugo que pienso lo que me da apetece más. Como de gitanos, musulmanes, funcionarios, etc. No me pienso leer nada que me saque de mi opinión, aunque tampoco parece que fuese a ser el caso.

    Quique

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    1. El Tristram siempre me ha dado mucha pereza y además me he jurado no leerlo hasta terminar Tom Jones. Y de esta burra no me bajo.

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    2. Coño, sí, Tom Jones. Me lo recomendaste. Será el siguiente. Lo que no entiendo es lo de Tristram, que conozco precisamente por ti. Me debes una explicación. Cuando pilles un PC, por supuesto. Antes no.

      Quique

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    3. Ya tengo pc.
      Bueno, te cuento el secreto, pero que no salga de aquí. Ahí va:
      Tengo un don. Sé qué libros debo recomendar a según quienes. Sólo funciona con los demás, obviamente.

      Te está gustando, entonces. Pues nada, me alegro mucho. Yo ahora estoy en un momento entre libros, me apetece leer demasiadas cosas y al final no leo ninguna.

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    4. Entonces, si tienes PC, me debes el agradecimiento por haberte felicitado el cumple.

      Y lo de querer leer mucho y acabar leyendo nada te pasa desde el día uno (1). Caradura. A ver si te ordenas un poco la tarea, por Dios.

      Quique.

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    5. Soy un cabrón. ¿No te agradecí la felicitación? Al final va a ser verdad que los más queridos son los peor tratados.

      Paso del orden. Soy mayor para cambiar.

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  3. Las biografías noveladas es lo que tienen, depende del punto de interés del personaje en cuestión pero sobretodo de la manera en que el autor te lo presente como persona. Estoy con ‘Limónov’, transcurriendo por la página 90, suficiente para darse cuenta de que Carrère ha parido algo grande, muy grande.
    Chaves, Chándal, asociaciones a primer pensamiento, reconozco que no estoy muy puesto en culebrones venezolanos, pero creo que puedo hacerme una idea por lo que explicas…

    Saludos.-

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    1. En mi humilde opinión Limonov (me salté la reseña) tiene dos problemas: uno es Carrere, que no sabe hacerse el muerto y sí o sí ha de meterse en la puta biografía sin venir a cuento de nada (claro que por otro lado es su forma de escribir) y dos, Limonov, que al final no parece estar a la altura de lo esperado. Por lo demás es una biografía muy interesante.

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    2. Los juicios y las valoraciones literarias son siempre subjetivos, aunque no todas las opiniones valgan lo mismo.

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    3. Yo en la opinión en que más confío es en la de Gemma Pellicer en la revista Quimera. Y en la de Fernando Valls cuando recomienda un libro de microrrelatos de Menoscuarto.

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    4. Qué gracia, yo acabo de terminar una reseña de Menoscuarto. Un libro elegido por Valls. Tremendo, tremendo.

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  4. Otras opiniones sobre Chávez, aunque menos 'literarias':
    http://tempsreel.nouvelobs.com/mort-de-chavez/20130306.OBS0873/venezuela-dans-les-rues-de-caracas-chavez-vivra-toujours.html

    En este caso creo que no se trata del libro en sí sino de la opinión del autor sobre el personaje.

    Jo, hace mucho calor, no?

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  5. Perdón, he querido decir sobre su política.

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    1. ¿Estás de broma, no? ¿Tú no sabes que a los gallegos del norte no se nos puede hablar del tiempo? Hoy me llevé a la peque del parque por el puto frío que hacía. Aquí hace calor cuando hace calor, que es casi nunca. Dos noches al año podemos salir sin chaqueta y en una de ellas cogemos un constipado. Tenemos un mérito enorme como seres humanos.

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    2. Pues casi que te envidio, mira tú.

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    3. Te pasas, Carlos. Yo recuerdo haber sudado, al menos, cinco días este verano. Cinco días con sus cuatro noches. Tengo que celebrar algo más, siempre hace mucho calor cuando celebro algo. Pienso algo para la temporada de nieves. Quién sabe... a lo mejor por enero podemos organizar una fiesta jolgorio. Seguro que algo se nos ocurre.
      Bicos

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    4. Me apunto.

      Quique

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    5. Apuntado quedas, Quique, pero no vale rajarse después. Te gustarán mis fiestas. Todo el mundo, menos mi hermano, es normal. Hay pocos libros y mucho alcohol, además de un montón de tías buenas, y eso por no hablar de mí. Avisado quedas, no vayas a infartar después.
      Un bico.

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    6. ¿Tías buenas? Anda que.... Alcohol hay, eso es cierto y alguna pastilla te podemos pasar, aunque sean para la tos. Las tías buenas yo no las he visto nunca pero igual es que venían cuando yo ya estaba cocido, que todo puede ser.

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    7. Tengo fotos que demuestran lo increíblemente buenas que están tus tres hermanas, yo la que más. Lo normal es que no te hayas fijado lo suficiente porque eso sería un poco de psiquiatra, pero vamos, que si no lo sabías tú, ya te lo digo yo.
      No digo más, que este no es el tema de este blog. Ya os pasaré el enlace para que veáis el mio, un lleno de fotos familiares y sugerentes, donde se demuestra que Carlos se debe cocer cuando los demás no estamos, o cuando hace esas churrascadas fantasmas a las que sólo se invita él, que también puede ser.

      Besos.

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    8. No te preocupes por eso. De un tiempo a esta parte valoro tanto o más la actitud que la belleza, siempre a partir de unos mínimos no negociables. Obviamente.

      En cualquier caso, habrá marisco. Supongo. Para comer, se entiende. Follar centollas todavía no se me pasa por la cabeza.

      Quique

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