viernes, 5 de agosto de 2016

‘Volt’ de Alan Heatcock

Me niego a seguir dedicando reseñas de mil y pico palabras a libros de relatos por muy buenos que sean. 

No soy experto en relatos y no puedo ofrecerles, lo lamento, demasiadas referencias que les ayuden a entender de qué hablamos cuando hablamos de Volt, pero que no sea mucho de algo no quiere decir que no sea nada de nada. Es por ello que, si les sirve de ayuda, les diré que en Volt hay mucho, o así me lo ha parecido, de Donald Ray Pollock (recordarán aquel estupendo Knokensiff) y un tanto, no mucho, del Winesburg, Ohio de Sherwood Anderson, que es un libro a mí francamente tampoco es que me volviese loco.

Hablamos pues, de relatos que, buscando el paralelismo con Pollock, tienen como protagonistas seres humanos que ha tenido la mala suerte de nacer o caer, de vivir, en definitiva, un lugar tan de mierda como cabe imaginar en la américa profunda y desolada, un espacio carente por completo de atractivo y por la que cruza un tren que demasiada gente sueña con poder coger algún día. La gente que huye de muchos países, seguro que están al corriente, pero también de lugares como ese del que se habla en este libro. 

Los protagonistas son pues, aquellos que se quedan o aquellos que vuelven o aquellos que no se pueden ir. Aquellos que están, en definitiva, de mierda hasta el cuello sin tener que mover una ceja.

Un ejemplo sería un hombre que un día mata a su hijo por accidente con el tractor por esa puta manía del nene de meterse donde no debe. Él huye de sí mismo y el silencio que se ha instalado en su casa pero lo hace de forma literal, cruzando bosques y arroyos y montañas y un buen día, meses después se encuentra en otro pueblo de mierda viviendo una vida que ni es vida ni es nada. El relato no es esto, sino la imposibilidad de huir de lo intangible: léase un hijo muerto, el recuerdo de una mujer o el terruño que te vio nacer y que es básicamente todo lo que tienes de aquí a que te mueras de asco.

O el criajo que vuelve de la guerra de Irak y que se reintegra contra una voluntad de la que carece en un grupo de jóvenes que sólo encuentran salida a golpe de crueldad y actos infantiles de venganza. O el que entierra el cadáver de un hombre que su padre ha matado un poco por accidente y otro poco no sabe por qué; o los que chavales que organizan su propia película de catástrofes cuando son expulsados del cine. 

Jóvenes y no tan jóvenes, seres violentos por necesidad o por aburrimiento o por simple desahogo, desesperados frente a su encierro y enfrentados a una vía del tren que parece no servir absolutamente para nada, que anula toda esperanza de cambio al tiempo que les recuerda que no hay soledad mayor que aquella que se siente estando acompañado.

Volt es el relato de un grupo de gente que, básicamente, está condenada a la infelicidad permanente; es un microcosmos que sólo invita al suicidio que muchas veces parece buscado con ansia.

«—No importa —dijo Hep, las lágrimas se le acumulaban en el ojo partido-. Quedarse o marcharse, es lo mismo. Yo me largué al extranjero a matar chavales que no eran como yo porque odiaban a otros chavales que tampoco eran como ellos. ¿Y qué cambió eso? Mete a un chaval negro en ese bar, o a uno de esos judíos, y ya verás lo que pasa. No me importa lo que diga Lonnie. Quema mil boleras, quema todo el puto mundo si quieres, pero nada va a cambiar».

En mi opinión, bien, pero no lo suficiente. 



2 comentarios:

  1. Tongoy, deja de perder el tiempo y lee Trilobites, de Pancake.

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  2. Me pregunto cuántos de los que escriben este tipo de libros son licenciados de escritura creativa que crecieron en una ciudad, y se sienten muy realistas imaginando cómo vive la gente sobre la que sólo tienen constancia gracias a las películas y libros que han escrito gente como ellos.

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