martes, 30 de agosto de 2016

Fe de lectura: “Una danza para la música del tiempo: Primavera” de Anthony Powell

Reseñar (entendiendo “reseñar” como “hablar de”) la primera parte de las cuatro que componen una de las novelas inglesas más importantes y extensas de la literatura de ese país tiene, probablemente, el mismo sentido que reseñar el primer capítulo de los cuatro que compongan alguna pequeña novela que se cuente entre las peores de su generación. Sí, sería exactamente igual de injusto pero al mismo tiempo no puede uno dejar de sentir la necesidad (es decir, “la necesidad”) de compartir con el resto del mundo (tal vez aquí esté exagerando demasiado) la experiencia de su lectura toda vez que el volumen en cuestión tiene más de seiscientas páginas que a ratos, tengo que decirlo, parecían muchas más pero que, en cualquier caso, hacen que esta empresa sea algo que a uno le apetece compartir a no tardar demasiado y viendo que la lectura del resto de los volúmenes va a llevar su tiempo (me he marcado el imposible objetivo de finalizarla antes de fin de año). Por lo tanto, me van a tener que perdonar el atrevimiento de dar por escrito una simple y en exceso breve Fe de Lectura.

Decía al principio que esta era la primera de cuatro partes pero esto es falso y es verdad al mismo tiempo. Ocurre que la edición española se ha publicado de ese modo pese a que la obra en su totalidad está formada por 12 novelas cortas (poco más de doscientas páginas cada una en la edición española). El título hace referencia a una pintura de Poussin en el que aparecen una mujeres bailando y que representa según qué para según quien. A mí dar esta clase de información me aburre muchísimo de modo que si está ustedes interesados en esos detalles tiren de Wikipedia que para eso está.

Pues bien, las tres primeras novelas incluidas en esta Primavera de nuestro señor Powell arrancan en 1921 y tratan de lo siguiente:

Jenkins, un joven estudiante del que apenas sabemos nada (una dinámica que se mantendrá a largo y ancho del volumen) se relaciona, en el college, fundamentalmente con un par de compañeros prototipos del clásico burguesito inglés, y, tangencialmente, con un tercero, el [también] clásico gordito torpe, rarito y un tanto acomplejado objeto de burlas varias imprescindible en toda novela que se precie. La novela, el volumen, es, pues, Jenkins de un lado para otro hablando con este con otro y con el de más allá. Con su tío Giles, por ejemplo, que representa el perdedor que se niega a reconocerlo pero que, fideicomiso mediante, malvive con cierta dignidad sin hacer grandes esfuerzos. También con sus profesores, prefectos de los diferentes colleges en los que vive y otras amistades más o menos aconsejables. Un fauna diversa, alguna peculiar, otra más convencional pero en cualquier caso abundante en exceso. Para que se hagan una idea sólo en la primera de estas tres novelas hay un total de 36 personajes diferentes todos con alguna línea de diálogo. Se dice se cuenta se rumorea que, en total, la cosa pasará de doscientos. Que ya no está mal. Recomiendo, pues, algo que yo no hice hasta que ya era demasiado tarde: tomen nota, háganse su propia carta de personajes, no dejen que su mala cabeza les arruine una buena novela.

Sin entrar en mucho detalle (por aquello de no aburrirles más de lo necesario), la segunda y tercera parte es Jenkins de fiesta en fiesta, básicamente, mientras termina los estudios, empieza a trabajar, entra en la edad adulta y se enamora perdidamente de una mujer que es, a todas luces, veinte veces más interesante que él. A su alrededor todo cambia pero todo permanece. Fiestas y más fiestas, corrillos y más corrillos y todo el mundo casándose, divorciándose y volviéndose a casar. A ratos, en mi opinión “a demasiados ratos”, la novela peca de preocuparse en exceso de quién está con quién cómo cuándo y dónde, como si la vida no fuese nada más que aquello, como si la política, la economía, la educación, el mundo laboral no fuesen en nada en comparación con la relación entre fulanita de tal con zutanito de cual; como si fuese la hormona la dueña de nuestros destinos.

En definitiva, un fresco de salvaje contención; una novela a ratos desquiciante, a ratos divertida, a ratos más interesante que aburrida. A ratos no. En cualquier caso lo bastante buena como para llamar la atención de quien esto escribe, y valorarla, en su conjunto y con cierta perspectiva, más positiva que negativamente (si bien es cierto que gran parte del interés que suscita tiene más que ver con el reto que supone afrontar una lectura de estas características y volumen que el argumento en sí mismo). Tanto, al menos, como para invertir unas cuantas horas más en conocer esa burbujeante sociedad inglesa de mediados de siglo XX pese a la total falta de carisma del protagonista.

Quedan tres volúmenes. Ya habrá tiempo de sacar alguna conclusión.

4 comentarios:

  1. Con esas tres novelas de la primavera de Powell me ha pasado una cosa curiosa. Y es que las he leido tres veces con intervalos de diez años entre una y otra experiencia. Y en cada ocasión sólo he descubierto que se trataba de una relectura, cuando he repasado mi carnet de notas. Vamos, que son olvidables y no dejan poso. Te aconsejaría no perder el tiempo y pasarte directamente a las gloriosas novelas cómicas de Waugh.

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  2. He de aclarar que nunca llegué al verano. A su verano.

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  3. Un poco parecido me ha pasado, igual, con Patrick Leigh Fermor. Va del mismo palo: éoca, estilo, sensibilidad...

    Otro autor asimismo de indudable prestigio, pero un tanto indigesto. Tanto él como Powell escriben -a mi juicio- demasiado para si mismos. Y a un escritor para ser verdaderamente grande no le conviene ningunearles a los lectores. No lo hicieron Proust, ni Kafka, ni Borges... Se ensimismaban, sí, pero para que nosotros -lectores- también nos ensimismáramos. ¿Capici? ;-)

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  4. ¿Indigesto Powell?
    Nunca se me hubiera ocurrido...
    Solo puedo decir que Powell es lo mejor que me ha pasado en toda mi vida de lector (bastante larga ya, por cierto).
    Ya he dado un par de vueltas a toda La Danza y creo que caerá alguna más. Powell es más sutil que distante y su levedad es solo aparente, pero ante todo detesta la grandilocuencia.
    Persista, Tongoy, Powell le recompensará...

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