miércoles, 13 de octubre de 2010

Epitafio (no autorizado) a Oblomov Varese




Después de esto:

http://oblomovkaherida.blogspot.com/2010/10/oblomovka-muerta.html

Después de eso, no tengo palabras.

Ha muerto. Oblomov, mi amigo Oblomov; se ha suicidado. Me asaltan las lágrimas, los sollozos. No acierto con las teclas adecuadas. No creo siquiera que existan. Ha muerto Oblomov Varese. Necesito repetirlo para creerlo. Lo ha hecho en silencio, sin otra publicidad que una entrada en su blog. Lo descubro publicado y no me lo creo. Lo llamo y no me contesta. Le escribo y no me responde. Hace dos días ya que ocurrió. Que lo hizo. Que se mató. Sólo sabía de él que vivía en Toledo. Nada más que eso. Esto es todo lo cerca que he estado de ubicarlo, de contextualizarlo. Me he puesto en contacto con la policía local y me confirman que efectivamente hubo levantamiento del cadáver el lunes. Me lleva horas localizar una reseña en algún periódico. Toledo es pequeño. Oblomov, a su lado, insignificante. 

A las 21:00 horas del lunes, el agente del Ministerio Público acudió al número 2 de la calle Olmedo para realizar el levantamiento de cadáver de quien respondía al nombre de D.H.Q. 
De acuerdo a lo establecido en la constancia de hechos 927/2010/OH el difunto vivía solo y era atendido regularmente por los servicios sanitarios del Hospital Psiquiatrico “San José”, perteneciente a la Diputación Provincial, que afirman que D.H.Q. se recuperaba actualmente de una grave crisis depresiva. 
No dejó relato póstumo en el que explique los motivos que tuvo para quitarse la vida. 

Parece una broma de mal gusto que sea una cita tan espantosa la que dé un punto y aparte a su vida. Que sea una prosa tan lamentable al final de un enlace que trata accidentes laborales y errores existenciales por igual. Me niego aun así a hacerle otro epitafio que éste o a escribirle exequias porque sé que de eso se ha ocupado él. Parecían gestos divertidos aquellos negros augurios que ahora revierten en mí como señales no atendidas. Eran los gritos de ayuda de los que siempre renegó, que adjudicaba a otros, pobladores de las historias de Pynchon, secundarios de las suyas propias. No alcanzo a entender el motivo de su marcha ni mi implicación en ella. No sé si mi silencio de estos días tuvo algo que ver o si fue, como él dijo, culpa toda de Alvaro Colomer y cierta determinación existencial nacida en la lectura de la novela. No sé qué absurdo nihilismo lo alejó tanto de todos ni cómo pudo en su omoblovismo alcanzar tal desesperanza. Leo “Los bosques de Upsala”, que ahora descansa en mi regazo a medio terminar pero no hay nada en esta maldita novela, no hay rastros. Sólo señales invisibles de sentirme yo en parte culpable. Viajo con ella en la mano durante el trayecto de vuelta a casa, tras despedirme en silencio de él al recoger su legado en una gélida oficina de correos: una inmensa colección de cartas manuscritas, algunos relatos de su pasado y varios libros que siempre insistía en legarme. Me abrazo a uno de ellos (“Los Bosques….”); lo toco, lo abro, lo cierro, lo sobo y lo miro una y otra vez. Busco párrafos, pistas, señales, marcas, páginas gastadas, esquinas dobladas, líneas discontinuas de algún lápiz traidor. No hay nada más que el mismo vacío existencial tan lleno de palabras como lo estaba él mismo. No hay nada que me haga pensar que no tengo parte de culpa en todo esto. Su silencio es tan voraz que me consume por dentro, que me mata y me atenaza y no me deja respirar. 

Ha muerto Oblomov Varese. Y con él mis palabras. Ha matado su muerte mi pasión por escribir. No tenemos nada más que decir y, así, no decimos nada.

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