viernes, 16 de junio de 2017

Balance semestral [anticipado] de lecturas (2017.1)

Lo peor de pasarte a la reseña elogiosa (con esto no quiero dar a entender que eso es lo que le ha ocurrido en este santo blog pero tampoco puedo dejar de reconocer que es exactamente lo que parece) es que uno se queda pronto sin argumentos novedosos, no te digo ya chistes. Cierto: el “todo es una mierda” tampoco daba mucho margen a la innovación pero al menos se contaba con el respaldo de saber que, como decía no recuerdo quién, todo deporte es mucho más divertido si se practica con crueldad. 

Lo que quiero decir con esto es que lamento (es un decir) no pasar por aquí a dejar más perlas de sabiduría, pero las buenas lecturas, esto es, las buenas novelas, me tienen secuestrado y ya sólo quiero leer y leer y que me dejen en paz y ya volveré si vuelvo y si no que reviente todo.

Pero yo quería hacer balance.

Cuando empezó el año o cuando terminaba el anterior preparé, como siempre, una lista con todo aquello que quería leer sí o sí en 2017 pese a saber, sí o sí, que no sería una promesa fácil de cumplir. Era una lista relativamente pequeña, de 35 libros sobre un total anual estimado de 50, pero la intención era dejar espacio para todas las novedades que pudiesen ir saliendo, novedades de las que entonces no tenía constancia y que temía no poder, querer o saber evitar. En la lista figuraban muchos nombres ilustres tipo Thomas Mann, Thomas Wolfe, James, Nabokov, Atwood, Faulker, Tolstoi, Flaubert, Joseph y Philip Roth, Bernhard, Conrad, Dostoievski, Stendhal, Stevenson o Angela Carter.


Pero las cosas casi nunca salen como una las planea. Así como las promesas se hacen para no cumplirlas, las listas están para no hacerles ni puto caso. Es por ello que llegados a junio sólo he leído cuatro de los planeados (Luz de agosto, El ángel que nos mira, El cuento de la criada y días entre estaciones) a los que sumaría dos que serían relectura (los cursos de literatura rusa y europea de Nabokov). Lo peor no es eso, lo peor es que la lista, a día de hoy, ha variado ligeramente y ya incluye despropósitos tipo Los Miserables; Ulises; Contraluz de Pynchon (que me tiene, desde años, obsesionado); la Familia Real o la recién reeditada Europa Central de Vollmann; media colección Frontera de Valdemar amén de Henry James a cascoporro o, celebrando el aniversario de la revolución rusa, las más de dos mil páginas de El don apacible de Sholokhov.

Un feliz despropósito, como habrán visto, que tiene como origen el señor año que me estoy regalando pese al incumplimiento de contrato antes mencionado y gracias al cual he disfrutado lo indecible con casi todas las novelas (las cincuenta) que llevo leídas a día de hoy, entre ellas Meridiano de sangre, El ángel que nos mira, Pastoral americana, Luz de agosto, Suttree, En la frontera, Ada o el ardor, El camino del tabaco, La parcela de Dios, El villorrio, El libro más peligroso, varias de John Connolly o todas las de Raymond Chandler, de quien me acabo de leer, del tirón, las siete que tienen como protagonista a Philip Marlowe, una experiencia que debería prescribir la seguridad social de puro bien que le hace al cuerpo.

Pero yo no sería yo si no hiciese un poco de sangre.

Hablaba, al principio, de novedades. Decía que dejaba un espacio en el calendario, algo así como un treinta por ciento del total, para todo aquello susceptible de interés (la palabra clave es interés) que se fuese publicando. Si se fijan bien, verán, en la relación completa de lecturas de lo que llevamos de año, nada menos que diez libros publicados en 2017, ocho de los cuales son reediciones o novelas escritas en pasados más o menos remotos. Esto, definitivamente, no habla nada bien lo que se está perpetrando ahora mismo, y eso pese al esfuerzo que tantos y tantos críticos o blogeros o directamente autores, han hecho, en la feria de Madrid, para promocionar lo patrio por encima de todo, como si ahora una firma del escritor o una charla de cinco minutos con él fuese un valor que añadir un libro que la mitad de las veces no vale una décima parte del tiempo invertido en él.

Corren (desde hace tiempo, me temo) malos tiempos (todavía no imposibles, eh, no hagamos drama) para la literatura que se escribe actualmente, no ya en este país sino en general, y esto lo digo le pese a quien le pese y con toda la mala leche de la que soy capaz pero también con cierto (no todo, obviamente) conocimiento de causa. Se escriben novelas o relatos como quien escribe la lista de la compra y se eleva a la categoría de magisterio la primera soplapollez que nos viene a la cabeza y transcribimos tipo guiños privados ocultos entre las páginas de nuestra última obra maestra como que el nombre el gato es el acrónimo de mi plato favorito. Y eso, que no puede ser, está siendo y, no contento con eso, va camino de convertirse en marca. Nos gusta todo y nos vale todo pero nos gusta y nos vale por las razones equivocadas: no puede ser que una pupila imitadora, por más que lo sea por osmosis, de Eloy Tizón llegue a a no sé qué edición (que por qué lo llaman reedición cuando quieren decir reimpresión, pregunto) por más que tengan tiradas absolutamente miserables.

Dicho lo cual y aprovechando este delicioso anno fortunatus quiero romper en la cabeza de la industria editorial una lanza en favor de todo aquello que ya demostró ser y clama por un rescate en condiciones. Déjenseme de vainas y vuelvan a traducir, si quieren, y vuelvan a reeditar aquello que vale realmente la pena y vuelvan con ello a reeducar a quienes parecen haber perdido el norte, esa caterva de lectores conformistas que ya sólo merecen la total aniquilación. 





2017 en títulos

El nadador en el mar secreto de William Kotzwinkle (Navona, 2014)

Tardía fama de Arthur Schnitzler (Acantilado, 2016)

Carpe Diem de Saul Bellow (Seix Barral, 1968)

El gran Gatsby de Scott Fitzgerald (Sexto Piso, 1922)

Meridiano de sangre de Cormac McCarthy (Debolsillo, 2005)

El ángel que nos mira de Thomas Wolfe (Valemar, 2009)

Pastoral americana de Philip Roth (Debolsillo, 1998)

La muerte en Venecia de Thomas Mann (Navona, 2016)

Proust de Edmund White (Mondadori, 2001)

Días entre estaciones de Steve Erickson (Pálido Fuego, 2016)

El Maestro de Go de Yasunari Kawabata (Emecé, 2004)

Veinticuatro horas en la vida de una mujer de Stefan Zweig (Acantilado, 2001)

Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig (Acantilado, 2002)

Los vivos y los muertos de Joy Williams (Alpha Decay, 2014)

La felicidad de los pececillos de Simon Leys (Acantilado, 2016)

Los náufragos del Batavia de Simon Leys (Acantilado, 2012)

El mar, el mar de Iris Murdoch (Debolsillo, 2009)

Luz de agosto de William Faulkner (Debolsillo, 2010)

Suttree de Cormac McCarthy (Mondadori, 2004)

Gaspar Ruiz de Joseph Conrad (Yacaré, 2017)

La oscuridad exterior de Cormac McCarthy (Debolsillo, 2006)

El hielo en el fin del mundo de Mark Richard (Dirty Works, 2016)

En la frontera de Cormac McCarthy (Debolsillo, 2009)

Ada o el ardor de Vladimir Nabokov (Anagrama, 1999)

Golowin de Jacob Wassermann (Navona, 2015)

Estabulario de Sergi Puertas (Impedimenta, 2017)

El mosquito de Nueva York de Daniel Díez Carpintero (Sloper, 2016)

Schalken, el pintor de Joseph Sheridan Le Fanu (Yacaré, 2017)

Meaulnes el Grande, de Alain-Fournier (Alianza, 2012)

No, no soy en absoluto un excéntrico de Glenn Gould (Acantilado, 2017)

El camino del tabaco de Erskine Caldwell (Navona, 2011)

La parcela de Dios de Erskine Caldwell (Navona, 2008)

Las aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain (Bambú, 2010)

El villorrio de William Faulkner (Debolsillo, 2016)

La familia Carter de Frank Young (Impedimenta, 2017)

Padre e hijo de Larry Brown (Dirty Works, 2017)

El libro más peligroso de Kevin Birmingham (Pop Ediciones, 2016)

El cuento de la criada de Margaret Atwood (Salamandra, 2017)

Huracán en Jamaica de Richard Hughes (Alba, 2017)

sylvia de celso castro (Destino, 2017)

Voces que susurran de John Connolly (Tusquets, 2011)

Cuervos de John Connolly (Tusquets, 2012)

No hay bestia tan feroz de Edward Bunker (Sajalin, 2009)

La hermana pequeña de Raymond Chandler (RBA, 2009)

El sueño eterno de Raymond Chandler (RBA, 2009)

Adiós, muñeca de Raymond Chandler (RBA, 2009)

La ventana alta de Raymond Chandler (RBA, 2009)

La dama del lago de Raymond Chandler (RBA, 2009)

El largo adiós de Raymond Chandler (RBA, 2009)

Playback de Raymond Chandler (RBA, 2009)


24 comentarios:

  1. Gloriosa lista. Voy a aprovechar algunas de tus recomendaciones para darme un homenaje lector este verano.
    Últimamente me pasa lo mismo que a ti, no me resulta demasiado interesante lo que se publica ahora mismo, así que tiro del pasado.
    Por cierto, yo también he leído este año El mar, el mar de Murdoch y me pareció muy bueno, aunque me gustó más El libro y la hermandad. Me tiene fascinada esta autora... he leído como 6 o 7 obras suyas en el último año y es todo un descubrimiento.

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    1. Bienvenida al mundo de Iris Murdoch. Es una autora que vengo leyendo desde hace años, aunque no me parece que sea muy popular en España, así que he comprado muchas de sus novelas en Inglaterra. A mí me gustan todas.

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    2. Nada popular, me temo (digo “me temo” presuponiéndole méritos, pero bueno…). El libro y la hermandad tiene una pinta fenomenal. Será sin duda mi siguiente lectura pero no será pronto. De entrada, tengo otros muchos planes antes que ese.

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  2. Qué te han parecido "Las Aventuras de Tom Sawyer", Tongoy? A mí me lo recomendó encarecidamente un amigo y me lancé a él con toda la ilusión, pero me pareció un truño insufrible: ñoño, previsible, sin gracia... no pude llegar ni a la mitad !!!!! Esto que digo es un sacrilegio para muchos, lo sé.

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    1. Las aventuras… me pareció un coñacete notable. Lo recordaba mucho mejor, supongo que por haberlo leído hace cienes de años. Se lo leí a mi hija de 10, a ella le gustó más que a mí pero tampoco creo que le deje una huella imborrable. Lo veo tirando a infantil y como medio de iniciación a cierta literatura es fenomenal (niños, gente sin hogar, hay un asesino, un muerto, un tesoro…) sobre todo viendo lo que se vende para niños.

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    2. La buena es la otra. Huckleberry Finn. Pierde mucho en la traducción, en todo caso.

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  3. Cambia Las Alas de la Paloma (ZZZZZZZZZZZZZZZ) por El Agente Secreto o Nostromo, de Conrad. Aún hay tiempo. Me lo agradecerás.

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    1. Nada de cambiar. Me los leo todos y punto. De Conrad antes que nada irá Lord Jim y de James tengo lo que acaba de publicar Valdemar esperando en la estantería.

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  4. Muchas gracias por compartir la lista. Sabiendo de tu buen criterio y gusto literario me va a servir de guía. De los que señalas conozco algunos y, en concreto, este año he leído"Luz de agosto" y "El villorrio" (Faulkner me encanta). Otros muchos los conozco y he leído en años pasados; el resto me servirán de guía a la hora de buscar títulos.
    Gracias de nuevo

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    1. Faulkner es lo más. Esta mañana he sentido un impulso y he metido en el cocho Absalon, absalon. Ya veremos en qué queda. El plan es mantener la dinámica el resto del año, de modo que supongo que saldrán mucha cosa buena. Gracias a usted.

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  5. Te interesará:
    http://elpais.com/elpais/2017/06/07/tentaciones/1496855813_217221.html

    Las intervenciones de Bueso son esplendorosas.

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    1. Jajajaja, bueno,está de promo. Lo leí el otro día cuando lo compartió Bueso en Face. Bueno, confieso que estoy interesado en el libro, pero sintiéndolo mucho, no estoy por la labor de pagar treinta y pico euros por un libro de doscientas y pico páginas. Además me pareció ver en algún video una tipografía tirando a fea. Me esperaré al ebook. No es ni remotamente lo mismo pero al menos no tendré que vender un riñón. Y conste que, habiéndole dado muchas vueltas y después de leer la entrevista, la idea de meterle ese precio me parece hasta bien. Cuando menos, lógica. Demorar su salida en ebook parece también una buena medida para evitar en lo posible el pirateo: pasada la promoción, pocas ventas le quedan a un libro y por entonces el ebook deja de ser un riesgo potencial (si acaso alguna vez lo fue, que lo dudo).

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  6. No sé qué pudo pasar con mi comentario en el cual te preguntaba si podías desentrañar el secreto de tu enorme capacidad de lectura. Tengo en cuenta tus opiniones, estoy encantada con Suttree, pero me deja casi sin dormir saber cómo puedes leer tanto, tanto, tanto...

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    1. Creo que está en el post anterior. Lo siento, toqué algo en la y configuración y dejaron de llegarme avisos. Ya está arreglado.

      El único secreto es la voluntad de hacerlo. No hay trucos, cada uno sabrá cómo organizarse en función de la vida que lleve. Yo me marco un objetivo: leer 100 páginas al día. No lo consigo, pero me lo marco igualmente. Y lo intento. Cada día. Leo por la mañana, mientras desayuno, lo que sea, diez, quince, veinte minutos (es la mejor hora); leo a la hora de comer; leo, si me dejan, que suele ser que no, por la tarde, un rato y leo por la noche, unas veces media hora, otras veces una entera. No veo la televisión, si acaso, de vez en cuando, alguna película, alguna serie, poca cosa. Y ya. Es mi hobby. Le dedico el tiempo que me queda libre.

      Antes, tengo que decirlo, tenía más tiempo que ahora (y un hijo menos) de ahí que tenga el blog tan desatendido. Algo hay que sacrificar.

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  7. Gracias. Lo que describes me es muy familiar porque yo también he arañado mucho tiempo al tiempo para leer y leer pero, probablemente, soy menos veloz que Vd.. Los libros de sus listas no leídos por mi, suelo anotarlos porque tiene criterio y es muy claro.

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  8. Sin haber leído todos los que aparecen en la foto, me atrevo a vaticinar algo: ninguno te gustará más que Los Buddenbrook. Quizás algunos te gusten tanto como ese, pero más, difícil. Para mí es una obra maestra a la altura de Anna Karenina o de Guerra y paz. Y pensar, ay, que la escribió a los veintitantos...

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  9. Transcurrida un año más la feria del libro de los madriles, con más calor que otras ediciones y sin las tardes de lluvia que la deslucían en años anteriores, este plumilla, hablando con los otros asistentes del gremio, ya puede afirmar que el gran triunfador de este junio es Un incendio invisible de Sara Mesa.

    Quizá no lo ha sido entre el público que siempre se guía más por los suplementos comerciales que por la verdadera calidad. Pero si lo ha sido entre los escritores. Desde Savater que afirma que Sara Mesa es el genio que estaba esperando la literatura en nuestra lengua, hasta Prada o Jorge Herralde que reconoce que en las ferias internacionales nunca había hablado con tanta alabanza de un talento de su escudería como lo ha hecho estos dos años de Sara Mesa. Todo el mundo hablaba este año de Mesa. Todos admiten que Un incendio invisible ha abierto nuevos caminos a la anquilosada literatura española. Quizá haya que esperar a que sea el faro y guía de los jóvenes que están empezando a escribir en estos tiempos. Compleja e innovadora a la par, es sin duda la gran novela de lo que llevamos de siglo y tampoco ha sido leída en todas sus múltiples perspectivas, como pasó con las anteriores creaciones de Mesa, tan ricas en lecturas y niveles de interpretación, de lo cual no es escasamente culpable la ceguera usual de la crítica, que hasta ahora no ha sabido iluminar todo lo que hay en la impecable factura de los textos de Mesa.

    Conocí a Mesa hace dos años cuando la feria del libro también. Si tuviera que definirla con dos palabras serían honestidad y generosidad. Honestidad de creadora total, sin componendas, sin concesiones, una rara avis en la literatura contemporánea hispana. Generosidad de escritora libre e independiente, capaz de regalarnos un prólogo como el que abre Un incendio invisible, en que se enfrenta sin tapujos a su obra pasada y después de dos éxitos como Cicatriz y Mala letra se atreve a enfrentarse al fuego amigo, sabiendo que la literatura es siempre una empresa condenada al fracaso.

    Ha dos años publicó por estas fechas Mesa uno de sus artículos más polémicos, en el diario El País, un artículo contra los críticos que podría haber firmado el mejor Goytisolo y que hizo saltar todas las alarmas. ¿Quién es esta forastera que se atreve a poner el dedo en la llaga y a decirnos como debemos hacer nuestro trabajo? se debieron de preguntar muchos de nuestros críticos funcionariales.

    Yo me pregunto ¿Tienen miedo los críticos paniaguados de la propuesta total de Mesa?, cuyo máximo exponente en Un incendio invisible, la gran apuesta de Herralde antes de pasar a segundo plano.

    Pero Mesa, siempre insobornable y siempre creadora, ha seguido haciendo lo que mejor sabe hacer. Escribir. Escribir con honestidad radical, con independencia. Ajena al ruido literario. Y también al ruedo. Su talento es quien habla por ella. Lo demás es misterio y literatura.

    Lo que pretendo decir se puede resumir en una sola frase: lean Un incendio invisible.

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    1. ¿Y este banner?

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    2. No tengo muy claro si eres el tal Matute, el novio de la Sara (y manejas desconcertante información que nadie más conoce) o eres su peor enemigo (alimentando el odio a Mesa, la escritora más sobrevalorada de la actualidad, con este retrato aún más hiperbólico y patético)...

      Es curioso tratándose de los dos extremos. Pero apuesto por lo segundo, porque escoges la novelita de Un incendio invisible a la que ni sus amigos hicieron caso en su día por ser un PLOMAZO para defenderla... La única razón de Anagrama para publicarla ha sido seguir explotando el filón femenino y no dejar pasar ningún año sin libro de Mesa en las librerías, pero hasta ellos la han tratado como un libro menor y nadie ha hablado de la novelita.

      Ahora unos cuantos trolls más odian a Sara Mesa por tus elogios unidos a su falta de méritos.

      Pero eso tú ya lo sabías, no?

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    3. No tengo nada en contra de Sara Mesa, me cae muy bien, y aunque aún no he leído ninguno de sus libros, no descarto que sean buenos, pero referirse a su obra con elogios tan desmedidos y grandilocuentes resulta tan cómico que parece más bien una burla o una broma.

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    4. Para quienes no tuvimos la oportunidad de leer Un incendio invisible (Premio Málaga 2011) en su momento, es un regalo poder leer ahora la nueva edición corregida de la novela de Sara Mesa (Madrid, 1976) que ha publicado Anagrama.

      Regalo, sí, por el placer dolorido que nos proporciona su lectura, y regalo porque nos aporta claves, indicios y fundamentos de la mirada, el estilo y el programa literarios de la autora, como ella misma reconoce en su nota introductoria. Como lector entusiasta de Mala letra (2016), podría volver a recoger ahora lo esencial de los comentarios que hice aquí a propósito de los once relatos de Mesa.

      Estamos en Vado, una ciudad en pavorosa decadencia que se está yendo al garete, abandonada por sus habitantes. Y a la residencia de ancianos New Life llega un nuevo director, el doctor Tejada, con la maleta de un oscuro pasado. En un desolado paisaje urbano periférico, la residencia será el escenario principal de una acción que parece abocada a un estallido apocalíptico, bíblico.

      Estamos en el presente, en un presente de crisis económica y moral reconocible, pero Mesa lo describe, en el límite de lo verosímil, como si se tratara de un futuro distópico. Eso supone la afirmación de un punto de vista, de un veredicto: ese futuro distópico ya ha llegado, ya está aquí. Ni hay esperanza ni hay que esperar muchos más acontecimientos para convencerse de que estamos ya en un mundo en ruinas materiales y morales, que ha llegado el hundimiento, el paisaje físico y espiritual de lo roto, lo abandonado, lo desechado, lo sucio, lo saqueado, lo inmundo. Un mundo inmundo.

      Que el escenario principal de la acción sea una depauperada residencia de ancianos relegados, sin medios ni personal adecuados para una correcta prestación de sus servicios, es una apelación directa a reconocer todas las miserias de nuestro presente, así vayan envueltas en una atmósfera que parecería más propia del mañana. De igual modo, y en coherencia con lo anterior, Sara Mesa resuelve muy bien la tensión entre una escritura plenamente realista y los aromas y climas que serían propios de la ficción imaginativa –que diría Ursula K. Le Guin-, de la imaginación fantástica.

      En una novela en la que pueden percibirse referentes de la fotografía y del cine norteamericanos –y que podría muy bien sobrellevar el intento de ser llevada a la pantalla-, la escritura de Mesa, tan minuciosamente plástica como minuciosamente psicológica, reivindica en cada línea su estricto cariz literario.
      Trazos contundentes, inclementes o implacables –la anciana Clueca, tal vez escapada de La casa de Bernarda Alba-, sin miedo al hedor y a lo repugnante, conviven con personajes de dramática ternura, sobre una repisa poética magullada, como la niña y el galgo famélico.

      Leemos, al poco de la llegada del doctor Tejada a la residencia: “Balanceó el brazo blandamente mientras miraba los pasillos alicatados, con sus filas de habitaciones entreabiertas que dejaban ver rendijas de camas, piernas flacas, calvas, pieles gastadas, camillas, cuñas. Dos viejos asomaron por las puertas sus cabezas desconfiadas; uno más avanzó por el fondo, agarrado a un soporte metálico con goteo. El silencio sólo era interrumpido por el rechinar de los carritos y las sillas de ruedas”.

      Encontramos algo así en muchos momentos del libro, pero en estas líneas está la escritura literaria y la plasticidad visual al detalle, ambas, frases y planos largos y cortos, y el realismo y la sugerencia de lo fantástico, y un aire, una imaginería y un sonido que expresan una ética dañada.

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    5. Confieso que abrí con cierto temor «Un incendio invisible», reedición actual de la novela que Sara Mesa (Madrid, 1976) publicó en 2011 y que había pasado casi inadvertida pese a conseguir en su día el Premio Málaga. El temor obedecía a que no habría sido la primera vez en que al calor del éxito editorial de una autora (y Sara Mesa lo ha conseguido con merecimiento por su novela «Cicatriz» y por los cuentos de «La mala letra»), se reeditaran obras de menor calado o directamente flojas. Ese temor mío no se ha visto confirmado. «Un incendio invisible» no solo anticipaba la calidad literaria de Sara Mesa. En cierto modo, sirve para que la comprendamos mejor, e incluso reconozcamos algunas de sus líneas de fuerza. Vengo señalando la importancia que en la narrativa actual, sobre todo por parte de escritores jóvenes, ha cobrado el género de la distopía. En los últimos cinco años lo han cultivado con diferente enfoque varios de ellos, a los que hay que sumar a Sara Mesa, pues «Un incendio invisible» es una imaginación distópica, que podría definirse como lo contrario de «Un mundo feliz», de Aldous Huxley.

      Sara Mesa imagina una ciudad denominada Vado que sería algo así como el derrumbe de un emporio de lujo y de ocio, que se halla en ruinas, porque todos los habitantes la han ido abandonando. El protagonista, conocido como doctor Tejada, es un geriatra que viene a hacerse cargo de la gestión médica de un lugar denominado «New Life», una especie de ciudad residencial-sanatorio y asilo para viejos retirados de familias pudientes. Al igual que la ciudad y sin que la novela las explique, causas desconocidas han provocado que «New Life» no sea ni sombra de lo que fue. En los centros comerciales los locales están cerrados. En el geriátrico la situación es no menos perentoria, pues reina el abandono. Lo importante literariamente es que Mesa ha evitado que el doctor Tejada ejerza de supermán. Al contrario, él mismo es un desecho. Viene a Vado como huyendo de algún fracaso o de algún hecho desgraciado del que solo intuimos que tendría algo que ver con el nombre de Elena, que el doctor repite en sus pesadillas.

      Esta novela confirma la calidad literaria de su autora y sirve para que la comprendamos

      La novela deja al lector sin los contextos precisos para que reconstruya al modo realista los orígenes y causas de las situaciones que encontramos. Ni para el doctor, ni para la joven con kimono encargada del hotel de cinco estrellas, donde ya no sirven ni el desayuno, y con la que el doctor Tejada tiene comunicación meramente sexual. La otra son las conversaciones con un estrambótico científico denominado Rachid Benomoussa, encargado de estudios migratorios, que quizá a la postre sea el único que dice verdades sobre la civilización contemporánea. La novela también tiene el acierto de imaginar encuentros del doctor Tejada con una niña y su perro callejero Tifón, que la cría ha adoptado, y que sirven como contrapunto humano. Todos los personajes representan fuerzas, incluso del mal en el siniestro enfermero de «»New Life, o el Viejo huésped de la clínica, un fanático moralista.

      Esa falta de contextos lleva la obra a su mayor riqueza, que reside, como en las buenas distopías, en el poderío de su representación simbólica. Sara Mesa demuestra ser una creadora muy exigente al haber fiado su novela a todo cuanto el lector precisa poner y que le ha sustraído de su conocimiento. En esa función de reconstrucción de lo necesario está su gran poder evocador. Una novela que funciona como los buenos cuentos pues contiene mucho más de lo que dice.

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  10. Espero que sea ingeniería social para hundirla, porque como vaya con buena intención me da lástima la pobre. Cuando a mí me pagaban las editoriales por esparcir comentarios elogiosos de libros (hace más de diez años, creo que ya no se estila: hay suficiente red que los produzca gratis) empleaba la discreción. Qué tristeza da esto...

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