jueves, 7 de julio de 2016

Fe de lectura: ‘Tu amor es infinito’ de Maria Peura

Nadie me preguntó qué leía mientras leía esta novela. Mejor; no hubiese sabido qué contestar. Bueno, es decir, sí lo sabría: estoy leyendo, les diría, una novela sobre una niña de unos diez años que es sistemáticamente maltratada por su abuela y violada por su abuelo tras haber sido abandonada en casa de éstos por sus padres, una pareja de alcohólicos que están lejos de poder ver más allá de la botella.

«Quiero hacerlo todo bien para que el abuelito pueda amarme. El abuelito es mi única esperanza. La abuelita no me ama porque vuelvo loco al abuelito. Mamá ama el alcohol más que a mí. Papá está demasiado cansado para amar. Jesús no me ama porque no siempre me porto bien con el abuelito».

No me cuesta imaginar la reacción de mi interrogador: ¿por qué leer algo así?

Y lo cierto es que no tengo ni puta idea.

¿Por qué leo algo así? ¿Por qué nadie en su sano juicio leería algo así? Quién sabe. Para tomar conciencia del asunto no es, eso seguro. No se necesita tomar conciencia de este asunto. El asunto ya está permanente ahí, en nuestra conciencia. Es, a poco que abramos los ojos, nuestro pan de cada día. Hoy mismo, ahora mismo, mientras escribo esta fe de lectura, me entero por la noticias del caso un ex párroco de condenado a seis mierdosos años de cárcel por abusar de una niña desde que esta tenía diez años.

«[…] los abusos comenzaron en 1997 cuando, con ánimo libidinoso, sentaba en sus piernas a la niña y le tocaba los pechos por encima de la ropa. Posteriormente, cuando llevaba a la menor a casa en coche, la obligó a practicarle felaciones en hasta 20 ocasiones. Además, la violó varias veces en su habitación de la parroquia y, preguntado por el fiscal, ha reconocido que, en varias ocasiones, cuando la niña oponía resistencia, se colocaba sobre ella, la agarraba con fuerza y abría sus piernas para penetrarla».

Afortunadamente el párroco está “totalmente arrepentido”. No parcialmente, no. Totalmente. Lo que hizo estuvo mal y lo sabe y lo siente y está más que dispuesto a penar seis largos años y otros cinco de alejamiento. Transcurridos once años ya podrá volver a meterle la polla en la boca de la muchacha, que ya no será menor, por lo que ya no tendrá que arrepentirse, si acaso el problema era la edad, que tampoco quiero darlo todo por hecho. 

La novela es exactamente lo mismo. El abuelo quiere mucho a su nieta. Muchísimo. Tanto como así:

«El abuelito me sujeta contra el suelo y me agarra de la cabeza, me estruja entre las piernas. Me aferro con los dedos a la caña de sus botas. Las uñas se me rompen con dolor. Me trago al abuelito, ojalá la pintura salga disparada rápido. […] Dentro de poco voy a ahogarme, pero no pasa nada. Me he vuelto pequeña otra vez. Aunque del pene del abuelito sale a chorros muchísima pintura, me vuelvo pequeña, casi invisible. El dolor y el miedo se hacen menos densos, se convierten en un velo transparente. Soy parte del abuelito y la luz del sol se tamiza a través del velo tornándose de un color ceniciento».

Sí, efectivamente, han acertado: la novela está narrada en primera persona, siendo esa persona la víctima, una cría que, al no entender qué demonios está ocurriendo, busca refugio en la imaginación para tratar de hacer su particular infierno, en la medida de lo imposible, mínimamente llevadero. De ahí sus huidas, los amigos imaginarios, la poesía, un lirismo diría excesivo si no fuese la alternativa, esto es, relato crudo, insoportable:

«Voy a toda prisa hacia el desván. Cierro la ventana y me quito la ropa húmeda. Me envuelvo en una sábana con olor a pino y después abro la puerta que me conduce a la mente de Pentti. En la mente de Pentti hay una penumbra rojiza, y mucho silencio».

La abuelita muy maja. Sabe lo de la nena pero también que mientras la viola, su marido no tiene tiempo de partirle la cara a ella, algo que entra en la dinámica habitual de esa santa casa. 

«A una niña pequeña, sucia y mala la abuelita no quiere darle un beso. A las niñas pequeñas y sucias la abuelita sólo las toca con la vara y con la garra fría».

No se me ocurre ninguna razón para recomendar esta novela, del mismo modo que tampoco se me ocurre justificación alguna por haberla leído. Puedo entender que se empiece, si, como hice yo, se elige al azar este libro entre una pila de ellos, creyendo, tal vez, que la cosa va de niñas de maduran o, bonanza similar. Pero el caso es que una vez empezado este libro y pese a lo repugnante del asunto y, también, pese a ese lirismo que tantas veces he condenado, casi siempre (no es el caso) por su gratuidad, no he podido dejarlo. El libro, digo. No he podido mandarlo a la mierda, que era lo que me pedía el cuerpo. Y no sé, de verdad, por qué no lo he hecho. Tal vez para no olvidar. Tal vez para que “acceso carnal” o “penetración bucal” dejen de ser terminología. Tal vez para que la imagen de un hombre un follándose un niño sea algo más que la imagen de un hombre follándose un niño, esto es, que una vez por todas sea la imagen de niño siendo follado por un hijo de la gran puta, que parece lo mismo, pero que no lo es ni remotamente.


4 comentarios:

  1. Pues qué dramón de historia. A mí es que estos dramones, cuanto más lejos, mejor. No lo leería ni en pintura.

    Supongo que habrá gente a la que le interese, pero una historia sobre una niña violada y maltratada, como que no me apetece.

    Por cierto, no me pega nada esta novela en Sexto Piso

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  2. Los abusos son dramones. Mejor no tengas hijos, Larri.

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  3. Pues yo sí lo leeré. La sociedad silencia y se vuelve cómplice de los abusos sexuales porque cree, de una manera perversa, que hay que proteger algo más importante que el niño/a que sufre los abusos: ellos siempre son entendidos como daños colaterales, como los civiles en las guerras. Las razones de los abusadores o agresores de cualquier ralea es siempre el odio y la venganza: el abusado es simplemente un objeto cosificado, porque el pobre agresor carece de empatía y sobre todo, porque puede, cuestión de poder, de saber que no va a ser descubierto. La creencia errónea es que son casos aislados, pero en realidad muchas veces se silencian porque la sociedad no puede asumir algo así; es más "rentable" que la persona se culpe a sí misma antes que asumir que somos una sociedad fracasada y cómplice: "decir que es un dramón", etc. Siempre es más fácil decir que no fue para tanto, que eso se supera, incluso que la persona miente, etc. Mecanismos para mirar para otro lado. Porque si un niño miente es natural, pero es antinatura haber amparado y confiado en un degenerado y un pervertido. Porque de puertas para afuera, seguro que hasta puede ser un "señor" encantador.

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  4. ¿Otra mala película americana que se hace llamar novela?8 de julio de 2016, 18:13

    No sé si hay tal, pero suena al morbo de toda la vida intentando pasar de contrabando a través de una supuesta denuncia, tan obvia como oportunista.

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