miércoles, 10 de noviembre de 2010

Prólogo a "25 centímetros" de David Refoyo






Esto no es una crítica de la novela de David Refoyo (1). Y desde luego no es un plagio. Esto no es más que un prólogo no autorizado a su novela. Pero no contento con eso, además de ser un “prólogo no autorizado” es a la vez un ejercicio gimnástico de contenido (alto y) abiertamente sexual. En definitiva y por ahorrarles tecnicismos: tengo la (in)sana intención de pornografíar esta entrada del blog del mismo modo que, en cierta manera, David Refoyo parece haber pornografíado su novela. Digo “parece” porque este prólogo nace tanto del apetito literario -y algo sexual- del momento como de la insatisfacción -también literaria y también sexual- que me produce no tener acceso a su novela, puesto que lo que hasta ahora se conocían como “medios naturales para poder leer un libro” (comprarlo, alquilarlo, etc.) han demostrado ser a todas luces insuficientes. No sé si de la manifiesta falta de profesionalidad que de todo esto se desprende es culpable la editorial, la distribuidora o la librería; para el caso es lo mismo: a mi esta situación me tiene desde agosto en permanente estado de erección y, como podrán imaginarse, con un terrible dolor testicular. 

Es por ello que harto de ambigüedades editoriales y eternizantes esperas -y ávido de inseminaciones culturales- he optado por el camino más lógico y menos tortuoso: me propongo prologar, del modo que prologan los preliminares sexuales en el juego del amor carnal, la novelita en cuestión. Se nos ha ocurrido (“nos”: esto es cosa de dos; una coproducción en toda regla) que nada mejor para hablar de sexo que hacerlo harto evidente. Y he aquí el quid de cuestión: lo que importa: el leit motiv de este descalabro verbal: ustedes no lo saben, pero todo lo escrito hasta este instante es fruto de la inspiración sugerida por los albores de un juego erótico aún por concretar y que atiende a una única regla: desnudar mi alma y mi cuerpo al mismo tiempo y someterlos (al segundo con especial interés) a todas cuantas prácticas sexuales sean posibles lápiz en mano. Me comprometo, sinceramente, a trascribir fielmente en esta entrada lo que tenga lugar en la alcoba; no “antes”, no “después”: durante; no duden ni por un instante que no les cuento la verdad. He elegido prologar antes que epilogar por temor a una eyaculación precoz porque luego me entra la modorra e igual no me da por escribir. He aquí pues, ya sin más demora, el ejercicio: 

PREELIMINARES 

Empiezo por quitarme los pantalones. Bien, digamos que, técnicamente, me los quitan: no puedo escribir y desbrochar botones al mismo tiempo; ya sólo la dificultad en la prosa de la cuarta frase del párrafo anterior ha evitado una erección demasiado temprana. Mi partenaire, en cambio, se las tiene que apañar solita para quitarse la ropa, lo cual mis sentidos agradecen enormemente, no así mi pulso, que tiembla horrores (: no había, hasta hoy, masturbado un lápiz). Me está quitando la camisa… muy despacio… cuando surge el primer problema técnico: debí pensarlo antes: interrumpo la escritura por causas de fuerza mayor… … para retomarla segundos después de lo esperado: la camisa, en mi torpeza, no salía. Los nervios, supongo. Entiéndanlo: es mi primera vez en público. He dudado, lo confieso, durante el ínterin, en dejar esta memez y echar un polvo en condiciones, pero mi pareja me ha recordado que este no es un acto sexual sino literario y que debe prevalecer por encima de todo el rigor periodístico si quiero hacerme un hueco en la industria. La lascivia en su mirada me desconcierta; no sé a qué industria se refiere exactamente entre las dos posibles en este entorno tan hostil. 

En ropa interior nos tumbamos en la cama; busco apoyo para la libreta en la almohada y mientras fruto de una habilidad pasmosa veo caer, en el armario, el reflejo de las últimas prendas que nos quedaban descartamos, entre risas nerviosas, el sesenta y nueve como punto de partida. Su espalda es mi pupitre y el espejo del techo evita que acabe siendo su piel improvisado pergamino. Y así, enamoradísimos (ya se pueden imaginar) empezamos a lamernos: los pezones, los ojos, el mentón, el lóbulo de las orejas, las orejas mismas… por lamer nos podríamos lamer hasta la vesícula biliar de tanto que nos gusta; y arqueando la pierna uno y la espalda el otro, y consintiendo gestos obscenos, acabamos mezclándolo todo: efluvios, fluidos y 




superado así el éxtasis de la eyaculación caemos rendidos tras esta media hora de agotador combate, esta suerte de amor inmenso, y con la espada todavía en alto ruego a dios que me dejen de temblar los brazos o acabaré dibujando criptogramas. 

David Refoyo merece el cielo por hacer posible este momento. Qué gran novela la suya. Qué gran idea escribirla y publicarla y hacerla inaccesible. Qué gran labor este secuestro editorial. Un visionario, David: un mago: haciendo realidad nuestros deseos. 

Y puesto que el objetivo de esta entrada era pornografiar un prólogo, y no habiendo en el reposo poscoital mas erótica que la uno mismo otorga, doy por concluida la labor documental confiando en que hayan ustedes disfrutado con la lírica del relato de este momento de sincero periodismo informativo que descansa ahora embellecido con dos cuerpos tendidos, exhaustos y sudorosos. 



(1) PRESENTACIÓN DE 25 CENTÍMETROS POR MANUEL VILAS (a): Esta novela de David Refoyo es puro sexo. Es sexo y política. Sexo y destrucción. Sexo y complejidad social. Sexo e Internet. Sexo y alienación. Sexo y terror. El escritor se cuela en los intestinos de la industria del porno. El porno aquí es un símbolo del deterioro de la civilización occidental. Casi todo el libro demuestra que nuestro tiempo ha convertido a la pornografía en el último animal tecnológico. Se folla mucho en esta novela. Actores porno, prostitutas, emigrantes, mujeres desesperadas, gigolós, convierten esta primera novela de David Refoyo en una orgía tipo «Walk On The Wild Side» de Lou Reed. Es una novela coral, pensamientos de mucha gente que cuelgan del aire postindustrial. David Refoyo ha escrito una novela original y distinta, también valiente, y tal vez todo ello signifique que estamos circulando ya por las nuevas avenidas de la literatura española del siglo XXI, lugares del futuro, porque esta novela revela que España es ya un país globalizado. 25 centímetros es una narración de terror. Me gusta este libro. Me he leído este libro con pasión, y he pasado miedo, miedo auténtico. Me gusta pensar que España tiene ahora escritores diferentes, nuevos escritores.
(a) Presentación de Manuel Vilas: Fíjense que no tiene entrada en la wikipedia Manuel Vilas de tan famoso que es. Pero yo se lo cuento: es escritor; y muy bueno. Tan bueno como desconocido. Así de bueno. Buenísimo. Se le asocia al movimiento literario llamado Nocilla pero hubo cierto jaleo y no sé yo si al final renunciaría al cargo. Pero miren: en google aparece: lo encuentran por ahí seguro. 

3 comentarios:

  1. La escritura porno es una de mis preferidas. Además, el apellido "Refoyo" es propio para hacerse un hueco en este mundo dominado por la escasez de pasta y el exceso de semen derramado inútilmente: Re-foyo = Follo dos veces. Este David tiene su Goliat colgando entre las piernas. Una vez leí sobre un tío que la tenía de medio metro y así, claro, no había tía que quisiera acercarle su bollo ni siquiera a 25 cm. Supongo que aquel tío terminaría metiéndose a jockey de yeguas en celo.

    Se echaban de menos las formas, el tono, el contenido y hasta escribir estas cosas en este espacio.

    Abrazos.

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  2. Espero que tus noches de pasión sean algo más moderadas que tus textos, ya que José Luis echa mano de una metáfora equina yo tengo una duda, ¿Cambiaste de montura en medio de la carrera? , pues al principio era una partenaire y al final dices:" Y arqueando una pierna uno y la espalda otro...". Nunca se corrige bastante ...

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  3. Joder con el anónimo y su corrector gramatical.
    De acuerdo, confesaré. Me daba reparo pues soy de natural reservado: ayer, en el fragor de la batalla, del fondo de la cama, salió, no me digas cómo, Oblómov Varese. Ya me extrañaba a mi tanta ausencia. Este Oblómov es como la piel del demonio. De no dar señales de vida a interrumpir una cópula bellísima y la mar de cultural. Están los detalles de lo que ocurrió ocultos tras el velo de la censura y, entiéndeme, no debo arriesgar otra vez la integridad de esa medicina.

    Lo que sí te puedo decir es que luego se quedó a cenar un surtido de productos de la tierra y estuvimos charlando; sincerándose me contó que se sentía raro, que le estaba cambiando el carácter y que había pensado darle un pequeño giro al blog (al suyo,se entiende). Le pregunté si estaba tonto o qué y me contestó que no sabía, que desde que había pasado unos días en Oviedo ya no era el mismo. Que pronto me haría saber pronto. Y en eso estoy: esperando.

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