viernes, 14 de junio de 2024

“Lo que ellos dicen o nada” de Annie Ernaux

El otro día surgió, durante un café, ese clásico de "tus cinco relatos favoritos". La lista, en ese momento, fue: 'El cisne' de  Rezzori, 'Silvia' de Cortázar, 'Deseos' de Paley, "Plumas" de Carver y probablemente "Historia" de Lydia Davis. Mención especial fuera de programa para "Un cuento sobre cómo se escriben los cuentos" de Pilniak y, si me preguntasen hoy, trataría de incluir "La persona deprimida" de Wallace y esa absoluta maravilla que es el volumen (directamente: el volumen entero) de Brodkey "Primer amor y otros pesares". No soy lector de relatos. No me vienen a la cabeza cuando surge una conversación de este tipo y sin duda olvido muchos que adoro (léase Conrad, Askildsen….) pero si me preguntasen en cualquier momento, creo que esos siempre están ahí. Especialmente los dos primeros: 'El cisne' de Gregor Von Rezzori, 'Silvia' de Cortázar. Y no porque sean los mejores sino porque tratan de una forma muy especial el que probablemente sea mi argumento fetiche: el fin de la inocencia: la línea que separa el allá donde vamos del allí de donde venimos: ya sea de niño a adolescente, ya de adolescente a adulto. De adulto en adelante ya no tanto, quizá porque lo que se pierde es más la capacidad de sorpresa que la inocencia. No, yo me refiero a ese momento en que descubres que tus padres no lo saben todo o que no tienes porqué quererlos. Ese momento en que dejas de "no-hacerte" ciertas preguntas. 

La protagonista de la novela que hoy nos ocupa se llama Anne, como la propia Ernaux. Ignoro si la historia que cuenta es ficción o una historia real. Supongo que todo al mismo tiempo, pero la verdad es que de puro universal, da un poco igual. Anne tiene quince años: la edad más difícil inventada por el hombre porque a los quince uno siente y espera ser tratado como si tuviera dieciséis, frente a la obtusa opinión de tu santa madre que vive empecinada en los catorce, quizá porque sabe que de aquí en adelante ya solo finales y derrotas. 

Pero estoy divagando y quería ser breve. Parece que la novela trata sobre demasiadas cosas pero lo que ocurre simplemente es que toca demasiados palos. La perdida, ya sea sexual, ya de otro tipo, es, en rigor, la gran protagonista. Ocurre que ocurre cuando ocurre, esto es, a los quince, que es cuando todo termina y empieza a la vez; cuando tu universo se desmorona, etcétera. Tus padres pasan de ser tus padres para ser historia; tus amigos tienen sus propios y tus mismos problemas y llega el momento de abrirse a la política como una flor (o no) y cambiar cromos por slogans (o no) y frases hechas (siempre). Y es en ese instante, en ese preciso instante, durante ese aturdimiento general, que surgen las nuevas relaciones y urge afrontar la sexualidad que, aunque no es igual para unos que para otros, tiene lugar en el mismo espacio y en el mismo momento y lidia tú con las carencias afectivas, informativas o intelectuales de otros. No saber relacionarte es una discapacidad. Arréglalo o date al onanismo pero juegues con otros, mamón.

Anne, como buena adolescente, se abre al nuevo mundo que surge de las cenizas del anterior: un mundo luminoso a la vez que oscuro, incierto en ocasiones y demoledor siempre. Anne descubre por la malas que los hombres son monstruos de tres piernas que piensan poco y mal porque aquello hierve y parece que solo se alivie con baños de vírgenes.

Anne aprende a reconocer todo esto por las malas. Me refiero a todo: la vida, el sexo, los monstruos. Esta no-novela habla ese lugar común que marca a sangre y fuego.



«Lo más horrible era haber creído ver un atisbo de libertad con ellos, decían es malsano ser virgen, y hay que destruir la sociedad; vi la libertad un día soleado, en la cama, un día como este; menuda libertad de chichinabo. Ellos también tenían unas normas y yo no las conocía. Lloraba a moco tendido en mi bici. Era realmente duro verme fuera de un código que ni siquiera había imaginado. Era imposible que le sucedieran cosas semejantes a un chico, chicas que se ensañaran con él, que lo humillasen hasta volverlo loco. Me dio por pensar que me había saltado algo, unas reglas, no las de los padres ni las de la escuela, sino esas que estipulaban qué tenía que hacer con mi cuerpo. Deberían facilitarse las normas de lo que está prohibido y lo que no, luego cada cual elegiría y sabría a qué atenerse si escogía lo prohibido. Sobre todo cuando se es hija única. Cómo suponer que los chicos piensan y sienten distinto que yo. Todos me daban asco, me veía metiendo las manos en la taza amarillenta del váter para limpiarme el vaquero, los veía a todos chorreando esa cosa, y los coches avanzaban por la carretera nacional, algunos tocándome el claxon cuando me adelantaban, los muy cerdos».


martes, 4 de junio de 2024

"Mañana y mañana y mañana" de Gabrielle Zevin

Los motivos no vienen al caso pero como últimamente, desmemoria mediante, parece que escribo para mi yo futuro, lo tengo que decir: básicamente he leído esto porque, tras haberlo contemplado y descartado en su momento (2023) resulta que la semana pasada se cruzó un par de veces de más en mi camino. Frente a esto, siempre valoro dos opciones: dejarlo 'runrunear' a su antojo y ya se cansará o: quitarme la espina. Decido quitarme la espina, claro. Pues bien, cuatro días me ha durado. Cuatro. Quinientas páginas, ojo. "El que ya no lee". Hay que joderse.

La historia es la de una amistad sin derecho a roce entre dos desde su más tierna infancia hasta que dejan de sentirse jóvenes, allá por los treinta y tantos. Les gusta jugar a videojuegos, juntos y separados y llegado el momento hacen uno. Les va bien, lo venden bien, se vende bien, se montan un chiringuito de tal y miel sobre hojuelas. ¿El tema? Ninguno: los sinsabores de la vida. Las idas y venidas de amor a la amistad y viceversa, una veces solos otras con terceros. "Entre mientras" la evolución del videojuego desde los noventa hasta prácticamente hoy.

Tengo que decir que me ha ganado un poco por el tema "maquinistas", un género que ya no frecuento mucho pero que recuerdo con una sonrisa que solo puede acabar en recaída. La historia de los dos: bueno, mejor llevada de lo que esperaba (las expectativas eran bajas) aunque la falta de interés por el día a día de ambos juega un poco en su contra.

Cuenta a su favor que es ágil y que, habiendo nacido más o menos en la misma época de los protagonistas, me puedo dar el lujo de sentir un poco en mis propias carnes los placeres de haber jugado al Maniac Mansion. Con eso quiero decir que más que una buena novela (entendiendo esto como algo que recomendar) ha sido un ejercicio de nostalgia que valoro y agradezco en lo que vale y que me ha cubierto un par de tardes de playa que tenía literariamente desprotegidas.

Recomendable en la misma medida que no. Es decir: depende de a quién y cuando. Si dudas, probablemente sí. Ahora bien: de usar y tirar.

lunes, 3 de junio de 2024

"Solo humo" de Juan José Millás

Hace un par de meses leí "Solo humo" de Juan José Millás ("el de La Ventana"). Lo sé porque lo anoté: empezado y terminado el 29/02/2024. Recuerdo que lo acompañé de una cerveza. Oye, muy bien. La cerveza, digo, porque el libro ya me puedes matar que no me acuerdo. Voy a la sinopsis…

«bla blabla blablablablabla […] En esta novela engañosamente ligera, Juan José Millás vuelve a algunos de los temas más representativos de su narrativa, como la identidad, el desdoblamiento, los recovecos más oscuros de la realidad cotidiana ―aquellos en los que se esconde lo extraordinario― y la paternidad, al tiempo que compone un himno a la imaginación y al poder transformador de la literatura».

Me encanta lo torpe que resulta eso de "novela engañosamente ligera". Suena a recurso desesperado para dar profundidad, entiendo que queriendo con ello poner valor, algo que ni lo es (profunda) ni lo tiene (valor).

Pero sí, YA ME ACUERDO, YA.

Esto iba de un chaval que se las arregla para medio meterse en la piel de su padre muerto. Bueno, "chaval". El caso es que su padre, al que le gustaba mucho leer, tiene una enorme librería y una vecina y no sabe qué le gusta más: si la una o lo otro. Un poco el intríngulis de la novela es ese. Como sea, el susodicho se enfrenta a la estantería de su padre total para elegir lo que éste leía antes de morir, que no era otra cosa que los cuentos de Grimm, que ya ves tú también. Esto le sirve a Millás para contarnos los cuentos de siempre malmetiendo a padre e hijo para que tengan un espacio donde charlar de sus cosillas mientras Cenicienta esto o Caperucita lo otro. Esto lleva a mezclar realidad y fantasía no sé si a partes iguales, lo que es seguro es que en exceso. Alguien tiene que decirlo: valiente recurso de mierda. (Y van dos). Hubiera querido ver yo a Millás enredando con Leopold Bloom por las calles de Dublín. Pero claro, uno escribe para quien escribe y así pasa lo que pasa: que elije los cuentos de Grimm. Lo mejor del libro es que gracias a Dios es corto y termina pronto. De hecho creo que no llegué a pedir la tercera.

Recuerdo que ya en su momento no me gustó especialmente, pero andado el tiempo descubro que en realidad pequé de generosidad. No tengo ni una sola razón para recomendar este libro. No me interesa el tema ni me llama la atención ese estilo "Talleres de escritura Millás" demasiado formal y falto de personalidad. Yo sé que la profesión va por dentro pero en ocasiones, como esta, no puedo evitar preguntarme qué sentido tiene perder el tiempo de esta manera, especialmente una vez alcanzada cierta edad. Lo digo por Millás, no por mí; al fin y al cabo yo me lo leo en un par de horas. No hubiera sido mejor, pregunto, esforzarse un poco más y escribir una novela que valiese la pena ser recordada, ya por él, ya por el lector. Digo, no sé. Que igual no. Quizá simplemente se trate de pagar la hipoteca. Es que me da a mí que Millás escribe como otros ejercen el funcionariado.

Quizá me equivoque, pero sería la primera vez.


jueves, 30 de mayo de 2024

“Mi año de descanso y relajación” de Ottessa Moshfegh

Ya en su momento intenté leer esta novela. No les voy a engañar: no fue bien. Recuerdo por entonces haberme sentido decepcionado por algo tan estúpido como alguien no queriendo hacer nada; alguien que malgastaba su tiempo y dinero en simplemente dormitar durante un año, viendo películas en bucle, películas que ni siquiera valían la pena, que eran meramente entretenidas, que además eran siempre las mismas, y en vhs; y yo qué sé. No recuerdo en ningún momento haberme preguntado "por qué". Supongo que lo pensé, simplemente no lo recuerdo. O sí lo hice y me respondí equivocadamente. Porque en este universo de tantas cosas por hacer, ¿por qué querría nadie hacer todo lo contrario?. Quiza si fueran películas nuevas o hubiera toneladas de libros sujetando las paredes, verdad, podría entenderlo, pero no, no había nada ahí, pensaba yo, nada más que una niña rica jugando a experimentar no sé que mierda existencialista.

Tal vez (¡'tal vez', digo!) tendría que haberle dado un par del vueltas al asunto. Me refiero a las razones de la protagonista para tamaño despropósito ¡en la flor de la juventud! Porque siempre hay una razón para todo, para esto también. Y no les quiero hacer spoiler: pero no es tan extraordinario. Es simplemente cuestión de poder (hace falta dinero, sin duda) y tener valor, pero no el suficiente. Y dejémoslo ahí.

No, quizá no sea La Gran Novela Americana del siglo XXI pero desde luego tampoco trata de una niña rica que quiere probar a pasar un año viendo películas en vhs. Hay una lectura adicional, absolutamente actual, que tiene mucho que ver con la soledad, la tristeza, la falta de esperanza por un futuro si no mejor más atractivo pero también con las cuentas de un pasado que pesa como una losa, con ser hijo, con tener una familia que sea un poco como no tenerla. Es un poco la historia de una desubicación total y la decisión de aislarse del mundo como una forma de no enfrentarse a él en tanto que la opción B requiere, lo decía antes, de un valor que no siempre se tiene.

martes, 28 de mayo de 2024

“Menos es más” de Jason Hickel

(Con lo que yo he sido) hace que no me termino un libro ya ni sé. Estoy obviando un par de volúmenes de Blackwater porque los concibo como dos partes de algo más grande. Antes de eso un relato o novela corta de Jemisin y más antes una insignificancia de Millás. Y nos metemos en febrero. O sea que sí: valiente desastre. Pero qué quieren, uno está o no está, según se le mire, y yo, acogiéndome al estereotipo de aquellos que, con la edad, abandonan la ficción y se refugian en el imperio romano, últimamente solo me encuentro cómodo, quizá no en Roma, pero sí en el ensayo. Para muestra el botón: primer libro que me interesa hasta el punto de dejar otras cosas para centrarme en él y que me roba horas de sueño (es un decir) ha sido "Menos es más" de Jason Hickel, un trabajo que muchos considerarán insoportablemente ecologista-anticapitalista-bolivariano cuando no abiertamente comunista (como Mao!!!, etc). Personalmente lo pondría como lectura obligatoria en el instituto, pero pronto, que a bachillerato ya están llegando los críos medio gilipollas.

De alguna forma, que un libro nos dé otros puntos de vista, o nos lleve a otros libros, o simplemente nos haga sentir interés por otros temas, tiene que ser la demostración palpable de que SÍ. Hickel lo consigue y no se me ocurre mejor cumplido: sin necesidad de citar todos los libros, pasando solo de puntillas por ciertos hechos o acontecimientos o tocando, rozando levemente esos ciertos temas, me ha llevado a rescatar en unos casos, a descubrir en otros, equis lecturas. Qué cuáles. Estas: 'El gran mito' de Erik M Conway y Naomi Oreskes (publicado oportunamente ayer mismo por Capitan Swing); 'El clamor de los bosques' de Richard Powers; 'Esto lo cambia todo' y 'La doctrina del Shock' de Naomi Klein; 'Breve historia del neoliberalismo' de David Harvey; 'Cobalto rojo' de Siddhartha Kara; 'La economía desenmascarada' de Steve Keen; 'Las naciones oscuras' de Vijay Prashad; 'Caliban y la bruja' de Silvia Federici; 'La gran transformación' de Karl Polanyi; 'En deuda: una historia alternativa de la economía' de David Graeber; 'Una breve historia de la igualdad' de Thomas Piketti; 'El libro del clima' de Greta Thunberg; 'Descolonizar la mente' de Ngugi wa Thiongo; 'Costumbres en común' de E.P. Thompson; 'Una trenza de hierba sagrada' de Robin Wall Kimmerer; 'El don: el espíritu creativo frente al mercantilismo' de Lewis Hyde. Y seguro que me dejo algunos cientos.

Al menos en mi caso, todos estos libros han cumplido o cumplirán (espero) la función de reforzar y profundizar en las cuestiones planteadas por Hickel, cuestiones centradas fundamentalmente en la búsqueda de una economía ecológica que recupere la filosofía animista frente a la dualista propuesta por, por ejemplo, Descartes (dualismo, por cierto, felizmente aceptado por espíritus más liberales que libres que pasaron a ver el cuerpo humano como otra materia prima más que explotar). La primera parte del libro se centra en repasar, diría que de una forma ejemplarmente amena y accesible, la historia del capitalismo y sus funestas (aquí yo) consecuencias. De ahí las lecturas sugeridas (directa o indirectamente) de los mencionados libros de Oreskes, Harvey, Keen, Federici, Polanyi, Piketti, Graeber o Thompson. Esto le lleva, a Hickel, inevitablemente, a repasar a vista de pájaro la historia colonial de Europa , un colonialismo que demuestra que el capitalismo es otra forma de cosificación, motivo por el cual sospecho que los libros de Prashad, Ngugi wa Thiongo o Siddhartha Kara (este último recientemente publicado también por Capitán Swing) serán de mucha ayuda para entender cuán cabr0nes hemos sido y/o podemos todavía llegar a ser. En ese sentido, los libros de Klein son un puente perfecto para relacionar el capitalismo más salvaje (léanse las políticas económicas -pura experimentación- de los años 70/80 en el cono sur) con la ecología, la falta de ética y lo que sea, siempre que a "lo que sea" se le puede sacar algún beneficio. La segunda parte son propuesta, ideas, sugerencias: o la constatación brutal de que el sentido común tiende al socialismo. En la última parte, Hickel saca el antropólogo que lleva dentro para poner ejemplos de culturas indígenas que (de)muestran que en el fondo no se trata de respetar el medio ambiente sino a nosotros mismos en tanto que medio ambiente lo serás tú. Al hilo de esto, la ficción de Richard Powers se antoja perfecto descanso del guerrero, como el de la denostada Greta Thunberg o la ignorada Kimmerer, todos hippies probablemente, como el amigo Lewis Hyde y su forma de entender la vida como un toma y daca.

Como sea, Hickel propone una suerte de imposibilidad manifiesta. Caeremos por un precipicio al grito de ahora o nunca. Al tiempo.

martes, 24 de octubre de 2023

“Mañana y tarde” de Jon Fosse


La cosa va de morirse de muerte natural, esto es, de pura vejez ergo todo “viruelas”. Como sea: no es una lectura agradable pero tampoco especialmente dura por aquello de la muerte dulce y creer que lo peor del más allá es que haya pocos peluqueros para tanto amigo. Respecto a lo “inofensivo” (últimamente estoy en este plan), pues dependerá de la conciencia y el optimismo de cada cual. Para un pesimista de manual como un servidor, la lectura ha sido un tanto horrible, y a poco salgo corriendo a abrazar a mis hijos.

Que de qué va. Bueno, pues lo dicho: de morirse. Es algo así como una reflexión, tirando a superficial, sobre la vida vista desde el más allá más inmediato, esto es, durante el rigor mortis: el protagonista, nuestro héroe, muere mientras duerme. Pues bien, la novela es lo que el pobre infeliz tarda en darse cuenta de que ha pasado a estado gaseoso, que en tiempo literario son ciento veinte páginas de incertidumbres y fantasmas varios de las navidades pasadas. No sé si para Fosse morirse no pasa de ser la constatación de que al final todo total para qué; si no habría sido mejor luchar hasta la muerte en el campo de batalla por alguna noble causa, porque mérito cero si todo acaba cuando uno ya no puede más, pero intuyo que no, que no es eso lo que Fosse da a entender. Sospecho que para este señor morirse no es más que otro inconveniente, si acaso irresoluble, que lleva asociados problemas del primer mundo, y poco más.

Pero no me hagan caso.

La verdad es que no sé qué pretende Fosse con esta novela. Quizá nada, aunque lo dudo. Sospecho que darse un respiro a sí mismo o sembrar la duda de una respuesta frente a la incertidumbre del más allá. Fingir que al final ni tan mal. Regalarse su propio cuento de hadas donde morir es desacostumbrarse a vivir. No sé. Vuelvo a la cuestión de la última novela reseñada ('La luz difícil', de Tomás González): morir entre algodones de nostalgia por una vida más o menos dura, pero habiendo dejado cerradas todas las líneas argumentales, suena a estrategia adormecedora de ficción. Y ya si te cruzan en barca a la otra orilla, NI TE CUENTO. Parece que a los cincuenta nos empeñemos en dibujarnos un final de ensueño, donde las palabras (para los que quedan, en el caso de González, o los que van, en el de Fosse) —entre ellas "miedo", "arrepentimiento" o "dolor"— no existan o no importen.

Pero vamos cerrando.

Lo que me ha gustado: el relato del cambio, cómo Fosse transcribe el desconcierto del protagonista mientras toma conciencia de lo que le ha ocurrido. Lo que no: esa visión absolutamente idealizada que ciertos sectores estrechamente ligados a determinada línea espiritual de pensamiento tienen de la muerte, esto es, como un broche, como un tránsito y no como una fractura, especialmente cuando, como en este caso (motivo por el cual no puedo no solo compartir sino directamente despreciar) ese punto de vista condiciona la forma que tienen de ver y entender la vida; un punto de vista, en mi opinión, bastante limitado, en y por su cortedad, al ámbito de lo propio, siendo, por lo general, “lo propio”, un estado de bienestar minoritario e irreal en comparación.




Jon Fosse
Mañana y tarde
Traducción de: Cristina Gómez-Baggethun y Kirsti Baggethun

“La luz difícil” de Tomás González

Una vez terminada “La luz difícil” de Tomás González no hay mucho que decir. Y aun así, aquí estamos. He visto que esta novela genera elogios desmedidos que intuyo tienen que ver con la muerte, por propia voluntad, de un niño no tan niño (joven ya, prácticamente adulto si me apuran), algo que el lector comprende, justifica y defiende. Porque la verdad es que ya tiene uno que estar uno jodido para decidir ponerle fin a su vida y que nadie —familiar, amigo o espectador— se lo cuestione mínimamente. Especialmente en ese sentido (aunque también todos los demás), el libro es inofensivo. Primero porque, aunque a ratos lo parece, esa muerte no es el tema central y segundo porque no se presta a debate en tanto que no cuestiona ley o moral alguna. Dolor, dolor, dolor; decisión personal; vehículo ilegal. Fin de la cita. Pero lo dicho: no importa: no es el tema.

El tema de la novela es, en mi nada humilde opinión, la perdida que va asociada a la edad. Perder el pelo, un hijo, una esposa, perder la vista. También la independencia, la movilidad, las metas. Que llegado el momento ya no te quede nada y no importe un carajo, entre otras cosas porque el siguiente viaje es sin equipaje. La novela está escrita desde ese último escalón donde todo es aceptación y saber estar. No hay rabia y ni siquiera el dolor de lo vivido genera en el protagonista otra cosa que nostalgia. “La luz difícil” es el relato escrito por alguien que fue lo bastante feliz para no sentir rabia cuando ya no se puede más. Y a mí este tipo de libros me dan un poco de repelús, qué quieren que les diga. Aprecio la belleza de su prosa y a ratos agradezco la serenidad que transmite, pero al mismo tiempo esa supuesta calidez me deja frío no tanto porque no me la crea como porque no me interesa.

Y conste que: ojalá llegar así. Al final, digo. Ojalá llegar así. Herido pero sereno, en cierto modo satisfecho. Pero si lo hago, prometo no escribir. Ojalá para entonces una espada y no una pluma.


viernes, 22 de septiembre de 2023

"Cosas que los nietos deberían saber" de Mark Oliver Everett

Al final la vida se me lleva por delante las nobilísimas intenciones de comentar con detalle aquello que voy leyendo. Con todo y más, no pierdo la esperanza de algún día tener tiempo para estas tontadas. Pero no será hoy (siempre que digo esto acabo escribiendo siete mil palabras) de modo que ahí van mis dos apuntes sobre la recien terminada "Cosas que los nietos deberían saber", lectura a la que llego por motivos que no vienen al caso pero que tienen que ver con Clubs de lecturas ajenos y otras cosas del querer.

Una versión brevérrima de la reseña sería esta: huyan.

Aquí la versión larga:

"Cosas…" es la biografía de un señor músico narrada con la corrección mínima fundamental, lo que viene siendo una cuestión de Estilo Funcional, lo que viene siendo de un valor literario más que ajustado. Y eso pese al vergonzante primer capítulo, que cualquiera diría que se lo escribió el enemigo. Te lees un avance en la Fnac y no llegas con él ni al pasillo central. La comparación con Vonnegut es comprensible, pero apesta a no haber entendido nada, empezando por el propio Vonnegut, un genio sobre el que debería ser constitutivo de delito establecer cualquier tipo de comparación, incluyendo la física.

Primera diferencia: Everett es, a grandes rasgos, un tipo bastante despreciable en tanto que Vonnegut ES AMOR.

Por lo general ser gilipollas no sería un problema, al fin y al cabo, la mejor literatura está plagada de tipos a cual más despreciable. Es más, probablemente la que más vale la pena está formada por seres de este calibre. Solo el mal es creativo, ya saben. Pero claro, cuando el libro es autobiográfico y el protagonista es un tipo que se cae tan fantásticamente bien como quiere caer a los demás, un tipo que, apoltronado en el sofá del adoctrinamiento auto referencial vive ignorante de su propia estulticia… cuando todo esto pasa, decía, entonces no tenemos un problema, lo que tenemos es otro candidato al genocidio selectivo que algún día tendremos que afrontar con la seriedad debida.

Perdonen que me centre tanto en las interioridades del señor Everett, pero tratándose de una autobiografía sin el menor valor artístico, qué otra opción me queda.

Pero hablábamos de desprecio.

Para empezar, está lo de dar pena. Jugar a eso está feo, E, no solo porque es de pobres sino por el patetismo del que haces gala en-cada-puta-página. Pobre E. Que si se muere su padre, que si se muere su hermana, que si muere su santa madre, su prima y su concuñado y maría santísima. Joder, claro, la gente se muere (pocos, en mi opinión). Pero alma de cántaro: si tiraste pa’ los Los Angeles Paradise nada más sacar el carnés de conducir; si con tu padre ni mu desde la cuna; si prácticamente lo primero que sabemos de tu madre es que se está muriendo de vieja. Mira, E., no me jodas. Si hasta ayer, AYER, decías que tu hermana se había vuelto racista SOLO porque la habían violado cinco negros en un cajero automático, pedazo de cabrón, que a ti quisiera verte. Ya que no me lo preguntan, en mi nada humilde opinión difícilmente se podría ser más hijo de puta que el amigo Everett. Pero muy difícilmente. Eso sí: la adoraba: a esa racista, alcohólica, drogadicta hermana que, con todo, seguía preguntándole qué tal le iba, no como él, que ni con un palo, no le fuese a caer una hebra de maría en sus Lottusse de piel de prepucio de koala. Y que si su prima contra el pentágono el 11S o no sé qué. Que vete tú a saber si era su prima. Que vete tú a saber siquiera si era el pentágono. Porque si por algo destaca esta biografía sobre otras, es por lo poco cuando no directamente nada creíble que resultan sus experiencias vitales.

Esto, noventa páginas. El resto es él de gira o posando con famosos que no le hacen ni caso o viendo morir de sobredosis a miembros de la banda. Es un decir. O casi. Desde luego, él no porque Él no NADA: ni un triste porro, ni una triste cerveza. Que ya me dirás (si fuera cierto). Y el sexo dudo que sin condón. Porque TODO mal: lo uno, lo otro y hasta las mujeres, esas LOCAS CARIOCAS. Sobre todo ellas:

«No todas han sido unas locas, pero si quiero ser sincero tengo que reconocer que en la mayoría de casos algún tornillo les faltaba. Será que en realidad estamos todos locos, y cada uno encuentra una manera distinta de vivir con ello. No hay más que vernos a mí y a mi hermana. Somos dos caras de la misma moneda. Nos enfrentamos a los problemas de manera muy distinta: ella perdió toda conciencia de sí misma y cayó en una espiral de alcohol y drogas, y yo me sumergí en la música. He tenido la suerte de que mi método fuese más constructivo.
En defensa de todas ellas tengo que decir también que no soy una persona con la que resulte fácil convivir. Bueno, en cierto modo sí que lo soy, una vez se acepta que siempre estoy trabajando en algo y que si no estoy trabajando tiendo a encerrarme en mí mismo mientras rumio nuevas ideas. Hay que ser una persona muy segura de sí misma para vivir con alguien así, y probablemente he estado enfocándolo mal todos estos años al intentar emparejamientos imposibles.
Les guardo mucho cariño a todas mis locas, y no lamento ninguna de las experiencias compartidas con ellas (bueno, casi ninguna. Algunas fueron verdaderamente terribles).
A todas las locas a las que he querido: muchas gracias, pero ahora estoy demasiado cansado».


Si después de este fragmento (enésima muestra de su permanentemente asqueroso posicionamiento moral) no han sentido la arcada subir, pueden dejar esta reseña, este blog y volver a su lado de la realidad a seguir escuchando discos de Eels.

No quiero dar a entender que este señor me haya caído mal y de ahí este rollo destroyer que me traigo hoy pero lo cierto es que tal cual es eso. Me ha caído mal y quiero acabar con él. Lo mejor de todo es que el libro es tan malo que me lo ha puesto en bandeja.

No sé dónde leí que parte o toda la culpa de la creación de Blackie Books la tiene el libro este. 
Eso explica algunas cosas.

viernes, 2 de junio de 2023

“Los destrozos” de Bret Easton Ellis (Breve nota de urgencia)

Lo suyo sería escribir una reseña en condiciones, con sus mínimo de mil palabras, una exclusiva e impecable selección de citas y el rigor académico al que les tengo acostumbrados pero hoy aquí es viernes y ya voy pillado de tiempo (no así de entusiasmo) de modo que vamos a tener que dejarlo para mejor ocasión, tipo el año que viene y, así, también, al conocimiento de causa le sumamos algo de la perspectiva de la que ahora carezco toda vez que cuando escribo estas líneas prácticamente me acabo de terminar el libro y no estoy yo mucho para valorar nada que no sea la calidad de mi último sueño.

Dicho lo cual: difícil “nota de urgencia”.

Por varias razones, la primera de las cuales es que, cuanto menos se hable del argumento, mejor. Baste decir que Los destrozos es algo así como como Menos que cero con el valor añadido de la experiencia, en el sentido es que es un libro mejor escrito que el anterior (aunque quizá parte de la culpa de esto la tenga la estupenda traducción de Rubén Martín Giráldez) pero también más consciente de sí mismo y por lo tanto menos natural y espontáneo (diría fresco si fuera cierto, pero aquí ya nadie lo es): la experiencia de un escritor experimentado y la experiencia de un lector curtido. Y cuando tanto los gustos del escritor como los gustos del lector (que fuimos, que somos) se vuelven a cruzar, inevitablemente (me voy a saltar la metáfora), algo pasa. Pues bien, en esta novela pasa mucho. Bueno, para bastante. Pero ya con que “pase algo”. Vivimos tiempos difíciles.

Aquí un valor añadido: mis prejuicios. Por un lado, bien: porque recién había leído Menos que cero y sin ser uno de los libros de mi vida no tengo problema en reconocer que, como primera novela de un escritor menor o igual a los veinte años, es, cuando menos, notable, peeeeero, por otro lado: —y siguiendo con la cuestión de los prejuicios—, inmediatamente después leí Blanco, una suerte de panfleto fascistoide que a Dios gracias no me pilló devoto del autor o a estas alturas el mito ya no sé ni dónde.

Bueno, pues fue con estos mimbres que llegué a Los destrozos, que ya pueden ustedes intuir que ni tan mal o de otro modo sapos y culebras desde la primera línea. 

Esto de Ellis es un Menos que cero llevado al terreno de la novela negra “más convencional” (tómese con pinzas el entrecomillado) pero que, de alguna forma, funciona, quizá por contar como referente aquella lejana primera novela, que le aporta coherencia y le da una cierta pátina de validez a lo narrado, o quizá (o también) porque haberlo planteado como un relato en primera persona falsamente autobiográfico y tiernamente adolescente, y habiéndose autoimpuesto, además, una personalidad tan poco favorecedora, —porque aunque lo haga consciente de la impunidad que dan los cincuenta no deja de ser un ejercicio divertido de puro atrevido–, de alguna forma, decía, esto y lo otro y otro poco de lo de más allá (a saber: una trama de asesino en serie sobre fondo universitario —inevitable pensar en Brick, la película de Nathan Johnson—), dan como resultado una novela menos ligera de lo que parece, divertida en la medida que interesante y, en su tramo final (ojo: un tramo final de doscientas páginas), frenética.

Para los amantes de los últimos párrafos, aquellos que, como yo, prácticamente no leemos otra cosa de una reseña: “recomendable, en definitiva”.


jueves, 4 de mayo de 2023

“El cuarto mundo” de Diamela Eltit

Supongo que la mejor, la más infalible forma de saber si un libro sí o un libro no, o más concretamente si un autor sí o un autor no, es reconociendo, valorando, si deja o no deja en uno (ya no pido más) la necesidad o el deseo, una vez terminado, de repetir la experiencia. Con el autor, se entiende, aunque también con el libro, qué duda cabe.

Y mira, NO.

Dejen que se lo explique.

He aquí un fragmento no especialmente nada:

«Atrapados por fuertes dependencias, cautivo de mi absoluta inmadurez, casi en el centro mismo de la inconciencia, volví a rozar a mi hermana, solapado en la plenitud de la noche.
Mi cuerpo, inteligente y lúcido, escindido por lo absurdo de su pequeñez, la encontró cálida en su modorra, sabia en sus inicios, bestial en sus pulsiones».

Le celebro el gusto, a Eltit, y valoro el esfuerzo de sostener semejante ejercicio de lirismo durante casi doscientas páginas sin llevar a la arcada al tipo de lector que yo represento. Fuera de eso —de esta desinteresada muestra de cortesía— lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en cómo explicar el motivo mi espantada (espantada de huida, no necesariamente de espanto) es artificio y pretenciosidad.

Quiero decir.

La escritura de Eltit me parece afectada en exceso; un ejercicio de estilo sin duda elegante pero que en ningún momento se pone al servicio de la historia que viene a contar, que acaba siendo poco menos que una excusa. Sé que al ser una cuestión de estilo este desacuerdo es un problema exclusivamente mío, pero igual no tan mío. No, al menos, tratando de lo que trata. Y es que n se concibe toda esa decoración –que al final no hace otra cosa que evitar implicarme en una historia por lo demás relativamente convencional– si no es para edulcorar el fondo del asunto o, tal vez, como medida de distracción o simple lucimiento.

Les resumiría el argumento, pero esta no es esa clase de reseña. Baste decir que tiene que ver con la redefinición de las relaciones familiares en el entorno asfixiante y hostil de un Chile en pleno proceso de cambio (en venta, como dice Eltit): primero entre dos mellizos no se sabe si enamorados o simplemente apasionados, pero también entre sus padres, un hombre y una mujer, y entre ese hombre y su hija, y entre esa mujer y otro hombre, y entre el mellizo y su otra hermana, y a dios gracias que no tienen perro. Bueno, no sé, un lío; un poco todos con(tra) todos, pero sin la erótica a favor. En el fondo una historia relativamente simple donde el tema de los celos se trata con la elegancia y el retorcimiento propios de un Zurita en horas bajas, pero también con la complejidad propia de un desconchado en la pared.

Por si no había quedado suficiente claro:

Con Diamela Eltit me pasa un poco lo que me pasa con la poesía (ese cadáver): que un rato sí, pero no doscientas páginas y muchos menos dos veces doscientas. Cuando los secundarios se pasan de estereotipos y los protagonistas y narradores tienen la hondura de cuenco de arroz, cuando aquello que los mueve es el mismo roce de la piel, entonces su destino y el vaivén que lo precede me interesa tanto o menos que el agitar de un arbusto en el prado.

«Los celos se superponían al odio; el odio, al abandono; el rencor parecía un vigía que anunciaba el cataclismo de mi mente. El sufrimiento que invadía mis días hacía que temiera cada amanecer. Decidí, en el límite de mis fuerzas, intentar una ofensiva para aniquilar a mi hermana melliza: que se hiciera visible que había jugado su último juego conmigo.
En mis sueños volvían a aparecer esas dos formas amalgamadas que se trenzaban en un abrazo o en una lucha, debatiéndose en la calidez de las aguas. Hube de responder a la voracidad de esas imágenes y me preparé a enfrentarme a ella tal como un amante en su primera cita.
Repudiándome a mí mismo, engarcé todas las piezas de la escena. Grácil como una pantera y sensual como una cortesana oriental, borré al muchacho de su mente.
Me valí de una graciosa aunque insignificante muchacha sudaca que, sin entender lo que estaba haciendo, accedió a mi pedido. Con lentitud y suavidad realcé el recorrido de mis dedos mientras mis músculos me seguían, extraordinariamente sagaces.
No hubo final ni consumación, tan sólo el poderío de la muralla de piedra que brillaba con la fama del último sol del atardecer. No obstante, mi hermana sintió frío y tembló como si la envolviera la mitad de la noche».

martes, 2 de mayo de 2023

Recomendatorio actualizado

He visto que llevo tiempo sin actualizar la pestaña dedicada a las recomendaciones. Es imperdonable; para una cosa buena que tiene este blog por lo general tan cargado de odio, semejante desidia debería ser constitutiva de delito.

Sin más preámbulos, helas aquí.

* * * * *

En primer lugar, les dejo una relación de lecturas que recomendaría a cualquiera en cualquier circunstancia. Esto es: todo aquello cuya calidad está fuera de toda duda, al menos a mi entender, que es un entender incontestable. Si tienen algún compromiso y quieren quedar bien, tiren de esto. Otra cosa ya, el animal al que se lo regalen, pero yo en eso ya no puedo entrar sin salir escaldado y además es tarea suya discriminar. Mi consejo: si no cuaja, cambien de amigo. A este respecto debo confesar que alguno lo he regado y prácticamente me lo han tirado a la cabeza, concretamente el de Markson, pero a mí de aquí no me mueven: si no les gusta “La amante de Wittgenstein” el problema el suyo. Ni zona de confort ni hostias: aprendan a leer.

Bueno, lo dicho: librazos y ojalá mas de esta mierda forever. No entraré en detalle sobre cada uno para no dejarlo todo perdido de babas, pero denme por entusiasmado con todos y cada uno de ellos.

"Hotel Splendid" de Marie Redonnet

"Los árboles" de Percival Everett

"La ciénaga definitiva" de Giorgio Manganelli

"El último samurái" de Helen DeWitt

"La amante de Wittgenstein" de David Markson

"Los Netanyahus" de Joshua Cohen

"Panthers y museo de fuego" de Jen Craig

"Beloved" de Toni Morrison

"Intimidad" de Hanif Kureishi

"La montaña mágica" de Thomas Mann

"La belleza del marido" de Anne Carson

"Odisea" de Homero



Y luego, a otro nivel, está aquello donde creo que sí puede colarse lo personal y donde el tema, la extensión o argumentos secundarios tipo antigüedad o ubicación pueden ser un problema. Quiero decir, que, por ejemplo, si es usted un poco fascista igual M, de Scurati no le hace especial gracia. Lo mismo para los no-amantes de lo asiático entre los que me incluyo: ojo con Kawabata. Y ojo también con Sangre Vagabunda porque cierra trilogía o con Smonk, porque es una gamberrada. Vivir abajo es un ladrillo, magnífico pero ladrillo y quizá excesiva e innecesariamente largo. Smiley (cualquiera) es una debilidad personal y el de Radden Keefe adicción pura, valga la redundancia. Tucídides me alegró unas vacaciones; ya solo por eso.
"La casa de las bellas durmientes" de Yasunari Kawabata

"La edad del desconsuelo" de Jane Smiley

"Sangre vagabunda" de James Ellroy

"Al este del Eden" de John Steinbeck

"M. El hijo del siglo" de Antonio Scurati

"El imperio del dolor" de Patrick Radden Keefe

"Historia de la guerra del Peloponeso" de Tucídides

"Vivir abajo" de Gustavo Faberón

"Smonk" de Tom Franklin

“Blanco” de Bret Easton Ellis


Es probable –no lo pongo en duda— que Bret Easton Ellis haya transgredido lo habido y por haber con su primera novela, Menos que cero, —escrita y publicada a una edad tan insultantemente temprana que de no ser por American Psyco, uno podría pensar que fue simple casualidad (tipo la novela perfecta en el momento perfecto y ya nunca más)— pero una de dos, o bien su deriva ideológica se ha extremado y ahora ejerce de Señor Mayor desde una autoconsciente posición de Hombre Blanco Privilegiado, o bien la “deriva” siempre estuvo ahí, como el dinosaurio, y ocurría que lo tomaba yo por sátira cuando ni tanto. A día de hoy de inclino por ambas. Pero bien, uno puede ser buen escritor y ser un gilipollas (diría incluso que hay cierto grado de inevitabilidad en ello), y si no que se lo digan a Vargas Llosa y tantos otros. No es ese el problema.

El problema es que dedicar tanto esfuerzo solo para defender primero la llegada a la presidencia y más tarde la política de Donald Trump me parece un despropósito por parte de Bret o de quien sea, sobre todo cuando, como en este caso, se hace desde un posicionamiento falsamente imparcial. El discurso de apelar a la libertad de expresión para legitimarlo TODO (insultos, racismos o lo que se tercie) o esa vieja costumbre de victimizarse acusando a los demás de lo mismo es tan absurda como la contradictoria práctica de decir en todos cuantos foros públicos hay que uno ya no puede decir lo que quiere y que mucho mejor y más libres antes, cuando los gloriosos ochenta o no sé qué mierda.

«Ahora [BEE] presenciaba un nuevo tipo de progresismo, uno que censuraba deliberadamente a la gente y castigaba a las voces en contra, obstruía opiniones y bloqueaba puntos de vista. Este falso progresismo estaba convirtiéndose en la alarmante norma en los medios de comunicación, en Hollywood, y, durante un tiempo, en 2017, en ningún otro lugar con mayor evidencia que en los campus universitarios, aunque esto pareció marcar el límite para todos. La ironía se amplificó cuando los estudiantes y, aparentemente, la propia administración de la institución rechazaron a conferenciantes conservadores en Berkeley, otrora considerada el bastión de la libertad de expresión en América, y ya no hubo forma de transformar esa historia en un relato aspiracional para la izquierda, para la Resistencia ni para nadie».

Respecto a esta cuestión, resulta especialmente llamativa (cuando no directamente preocupante) la facilidad a la hora de pasar por alto la práctica que acompaña la teoría de la que tanto alardean los trumpistas, abanderados ahora de las libertades civiles, y, por extensión, del bueno de Bret, algo que Jason Stantey sí se toma la molestia de explicar y dejar reflejado en su libro “Facha”:

«Jeff Sessions, fiscal general de Estados Unidos, difícilmente será un defensor de la libertad de expresión. Y, sin embargo, el mismo mes en que su Departamento de Justicia pretendía llevar a juicio a una ciudadana estadounidense por reírse, Sessions dio un discurso en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown en el que criticaba a los campus universitarios por incumplir su compromiso con la libertad de expresión. Según él, la universidad no fomentaba la participación de las voces de la derecha. Y por ello exigía «una renovación del compromiso nacional con la libertad de expresión y la Primera Enmienda» (esa misma semana, monopolizaba todas las pantallas el llamamiento de Trump a los propietarios de los equipos de la Liga Nacional de Fútbol Americano para que echaran de sus equipos a los jugadores que se arrodillaban durante el himno nacional como protesta contra el racismo, precisamente una clara manifestación de los derechos que defiende la Primera Enmienda)». Jason Stanley, “Facha”, Blackie Books.

De alguna forma y por alguna razón que no acabo de entender, Bret dedica demasiado tiempo y demasiado esfuerzo (demasiadas páginas, en definitiva) a hablar de cine y cosas que no le importan a nadie total para acabar dejando meridianamente claro que él no ha votado a Donald Trump (cosa que dudo) pero que tampoco lamenta su victoria, tal como sí hacen todos esos snobs californianos de la supuesta izquierda que lloran amargamente lágrimas de desconsuelo por el incierto futuro de caer en manos de un demente. Ni que decir que a Bret el tipo le cae hasta simpático y que nada de demente o ya verás la economía, como si todo fuera nada más que eso, obviando todo aquello que también es fascismo, como por ejemplo, dar a entender que microagresión es un saco en el que cabe de todo y deja ya de quejarte, hostia, que pareces nuevo:

«Si sientes que estás sufriendo «microagresiones» cuando alguien te pregunta de dónde eres o «¿Puedes ayudarme con las mates?», o te responde «Jesús» cuando estornudas, o cuando un borracho te toquetea en una fiesta de Navidad, o cuando un imbécil se restriega contra ti a propósito mientras esperas al aparcacoches, o cuando alguien sencillamente te insulta, o cuando el candidato al que votaste no sale elegido, o cuando alguien te identifica correctamente por tu género y tú lo consideras una monumental falta de respeto y te irrita y necesitas encontrar un lugar seguro, entonces tienes que buscar ayuda profesional».

Se ve que, para algunos, libertad es no tener que chupar la polla que te meten a la fuerza en la boca.

miércoles, 19 de abril de 2023

“No todo el mundo” de Marta Jiménez Serrano

Verán, tras una inesperada y brevísima (tanto como de una única novela) incursión en la ciencia ficción he pensado que podía dedicar parte de mi valiosísimo tiempo a sacar adelante alguno de los compromisos adquiridos en las últimas semanas con el único club de lectura que vale la pena y que no es otro que el Club de Lectura Yokni.

Pues bien el tercero de los compromisos (el primero fue "Heredarás la tierra" y el segundo "Kudryavka", ambos en stand-by) fue "No todo el mundo" de Marta Jiménez Serrano, una escritora cuyo nombre pide a gritos un pseudónimo o cuando menos exiliar el "Jiménez". Bueno, pues ojalá Sentimientos Encontrados, aquí, pero me temo que ni tan encontrados ni tan sentimientos, o sí, pero no de los buenos.

He leído un par de relatos (más un tercero en diagonal), el primero de los cuales debe ser (o eso me ha parecido) el más largo de todos. Entiendo que su extensión, de unas más que considerables cuarenta o cincuenta páginas (no tengo el libro delante) sumadas a esas cinco o seis del segundo, debería ser argumento más que suficientes para darles una idea aproximada de cómo son libro y escritora y qué pueden esperar de ello exactamente. El planteamiento del libro ni tan mal, al fin y al cabo nada más universal que el (des)amor. Ahora bien, el estilo. Vaya. El estilo. Qué horror, el estilo. Qué falta de él. Primero por lo impersonal, segundo por lo impersonal y, tercero, por lo impersonal. Marta J. Serrano escribe desde la asepsia más absoluta en tanto que similar a las asepsias de otros muchos, tantos que alguien debería darle a esto de una vez por todas la categoría de epidemia. Hemos llegado a un punto en el que ya no sabe uno si esta gente escribe porque es pobre, porque le gusta leer, porque les divierte escribir o por orgullo torero, pero en cualquier caso estaría bien que además tuvieran algo que decir y huellas que dejar.

No quiero hacer demasiada sangre, no he venido a eso, solo a decirles que lo poco que he leído me ha parecido un horror mayúsculo, sobre todo, insisto, por la falta absoluta de personalidad de un texto que, sin caer en lo plano, es tan poco especial que no dejo de preguntarme para qué, es decir, qué sentido tiene dedicar tu tiempo a esto, a escribir no algo como esto sino de esta manera; algo que nadie va a recodar mañana, que a nadie le va a importar más allá de este ahora o de los lazos de sangre que le unan a la escritora.

Respecto a las historias narradas: pues tampoco lo puedo entender. No me han parecido graciosas ni interesantes y a excepción un par de frases el resto supera con mucho aquello que el más común de los mortales puede considerar prescindible. El problema, pienso, ahora, mientras escribo esto, no reside tanto en lo tedioso del asunto como en la desconsideración total de Marta con el lector a quien debe considerar imbécil de puro dárselo todo hecho, sin dejar nada, pero nada de nada, a la imaginación o a la interpretación, si acaso ambas cosas no son lo mismo. Marta escribe estos relatos como quien escribe prospectos farmacológicos, como si en su literatura hubiera de quedar meridianamente claro todo aquello que en circunstancias normales se daría a entender a un lector no necesariamente avispado, para que éste, al menos, tuviese algo que decir o que rascar. Pero, claro, algo como esto obligaría a la autora a no estereotipar y sí a reflexionar, a no improvisar y sí a planificar y sobre todo a no evidenciar y sí a tratar de ocultar en los silencios aquello que solo expresan las miradas, por ejemplo, un arte claramente no al alcance de cualquiera. Marta J. Serrano habla mucho, escribe mucho, cuenta mucho pero NO DICE NADA.

Esto, tras leer el primer relato. Terminado el segundo (esa cosa infame llamada "Qué bien que existe Leonor", donde al menos queda claro el profundo conocimiento del alma humana que tiene Marta, sabedora de que ahora mismo la única verdad absoluta, verdad que también yo defiendo a voz en grito es que todos los hombres son unos cerdos), terminado el segundo relato, decía, cerré el libro.

Y hasta hoy.

«Pablo dejó de estar dolido y Pati y él comenzaron a llevarse verdaderamente bien. Yo me cercioré de que no se llevaban demasiado bien –los adverbios son de suma importancia– y Pati me confirmó que no, me dijo no, tontito, ¡si justamente ahora tiene novia! Lo dijo mientras se quitaba la camisa y el sujetador para ponerse el pijama, y ahí yo me quedé mirando los pezones perfectos de Pati y me olvidé de Pablo».


lunes, 27 de febrero de 2023

“Hotel Splendid” de Marie Redonnet (Trad. Rubén Martín Giráldez)

Sigo sin mucho tiempo y pocas ganas pero si pude robar unos minutos para destrozar la novelucha de Irene Nemirovsky, más razón encontrar un minuto para una novela que sí lo merece; y a ver de paso si con eso evitamos, en la medida de lo posible, el desastre que sería dejarla caer en el olvido. De modo que, a modo de no-reseña, les dejo aquí el comentario que hice en redes sociales (Instagram, Facebook y ya) tras de la lectura de la ha resultado ser una de las mejores lecturas en lo que va de año; una indiscutible candidata al próximo Top Ten de 2023.

Confieso mi debilidad por ciertos temas, por ciertos tonos, por una literatura que podríamos considerar musical en el sentido en el que solo la literatura puede serlo. Cuando digo esto pienso en Bernhard, por ejemplo, o, ahora, también, en Marie Redonnet, sin dar a entender con esto que tengan nada que ver uno con otro porque, más allá de este sentido, no lo tienen.

No quiero ponerme demasiado gilipollas con esto de la música; lo comento porque creo sinceramente que hay dos clases de lectores: aquellos para los que eso es importante y aquellos para los que no. Yo hablo para los primeros, exclusivamente. (NOTA: luego están los que huyen de ello, léase lectores de Aramburu, Vilas y mierdas por el estilo. Es decir: si le ha seducido algún libro de estos señores ya puede dejar de leer este post pues será del todo imposible que llegue a disfrutar --desde esa manifiesta incapacidad para valorar-- una literatura del nivel de Hotel Splendid. Se lo puede tomar como un insulto si quiere).

No voy a estropearles la [bequettiana] fiesta que ha resultado ser, contra todo pronóstico (no supe de su existencia hasta hace unos días), este libro. Probablemente, con Panthers y museo de fuego de Jen Craig (1) o La ciénaga definitiva de Giorgio Manganelli (con el que resulta inevitable establecer comparaciones) es de lo mejor que he leído estos últimos meses, meses en lo que también he leído a Faulker, a Morrison o a Cartarescu. Ahí lo dejo. Recojan el guante si quieren. Yo solo digo que Hotel Splendid me ha parecido extraordinario a todos los niveles: argumental y estilístico. Una lectura hipnótica a la vez que una historia genial: la de una mujer, heredera de un hotel --de una vida, en realidad-- que se viene abajo. “Sitiado” en un pantano que lo devora todo y a todos --a ella y a sus hermanas, que la parasitan—la narradora habla desde el desapego más absoluto de sus hermanas, de los clientes, de la humedad, las enfermedades, las ratas, las obstrucciones… de la miseria, en definitiva, de la que sale, por la que avanza, gracias a que no se detiene.

En mi humilde opinión, una pequeña Obra Maestra.




(1) ¿No hemos hablado de esto? TENEMOS que hablar de esto.

miércoles, 1 de febrero de 2023

"El baile" de Irène Némirovsky

De no haber sido por El café de Mendel probablemente nunca hubiese leído esta novela, lo cual demuestra que en según qué casos soy más listo de lo que supongo. Deberían estar agradecidos de tenerme. El café de Mendel es un podcast, por cierto, por si no están al corriente, en el que dos señores, el uno editor de Trotalibros y el otro mero escritor experto en lo suyo, dedican un par de horas al mes un poco a ponerse al día en lecturas y quehaceres y otro poco a la autopromoción: el primero con su editorial y el segundo con sus talleres. Es un podscast peculiar. Ellos son como son pero se les acaba cogiendo cariño pese a las ocasionales boutades tipo esta de hoy.

En el último episodio (titulado no sé qué de una bruja) mencionan de pasada este libro, al que uno de ellos dedicará un taller, y no contentos con ello lo suben a un altar y ya a partir de aquí todo elogios desmedidos: que si qué delicioso, brillante o no sé qué y que qué tremendo final, qué magnífico cierre, qué menuda sorpresa, que puta maravilla. Qué puedo decir: a mí me ha parecido una chorrada como un piano, previsible a más no poder. Una novelita de casi cien páginas a la que le sobran más de la mitad, plagada de diálogos insustanciales y cuyo final se conoce desde la página veinte, poco más o menos. La típica novela que se escribe cuando no se sabe qué escribir o para cubrir un cupo o para quitarse una espinita, en ningún caso una novela que se escribe para brillar o encontrar reconocimiento. Ya que nos sinceramos, diré que me cuesta entender por qué alguien estaría dispuesto a malgastar ni medio minuto de su tiempo a escribir esta nadez que ni para hacer amigos vale. Más simple que un botijo, el único taller que este libro merece es uno de reparación.

viernes, 11 de noviembre de 2022

“Algún día este dolor te será útil” de Peter Cameron (Apuntes desde el recuerdo #02)


También brevemente. (Ya siempre brevemente).

Puesto que ha pasado más de un mes desde que leí esta novela, hablo prácticamente de oídas.

Dos fueron las razones para hacerlo: una, lo anterior de Cameron, Un fin de semana, resultó ser lo bastante interesante para animarme a seguir con el autor y dos, la sinopsis establecía un parecido más que razonable con El guardián entre el centeno de Salinger, libro que odié y amé por ese orden y en igual media en momentos diferentes de mi vida.

Ni qué decir tiene que de Salinger no tiene ni el blanco de los ojos, pero bienvenida sea cualquier oportunidad de sacar a pasear Su Nombre y tampoco hay que dejar que una comparación interesada nos estropee una novela corriente.

No hay mucho que decir, la verdad, que no pueda leerse en la sinopsis. Se trata de una novela ambientada en Nueva York donde un adolescente inteligente y algo irreverente trata de poner orden en su caos hormonal desafiando a las autoridades paternofiliales y dando al traste, estupidez mediante, con una historia de amor en ciernes que por otro lado tampoco tenía mucho futuro.

La historia es mero entretenimiento que no profundiza en nada y que prácticamente lo deja todo en manos del cuestionable carisma del protagonista y en una ciudad que por sí sola hace la mitad del trabajo. Ocurre que entretenimiento y levedad es exactamente lo que buscaba yo en el momento en que lo leí, por lo tanto y habida cuenta que no decepciona en absoluto no puedo tampoco entrar a criticarla con la mala hostia habitual. Eso y que no tengo tiempo ni muchas ganas y que, joder, la verdad es que apenas me acuerdo.

Leer a Peter Cameron es esto. Lo sabemos y lo aceptamos. Las reglas no pueden estar más claras.

jueves, 3 de noviembre de 2022

“Los días del abandono” de Elena Ferrante (Apuntes desde el recuerdo #01)

Esto me lo cuento más a mí que a ustedes.

Cuanto retomé la actividad bloguera (dios me perdone el exabrupto) lo hice con una doble intención: por un lado pretendía estimular mis hábitos lectores que estaban ligeramente deteriorados cuando no directamente defenestrados desde la pandemia. Por otro lado, quería dejar constancia de mis lecturas toda vez que la memoria es la que es y no parece que vaya a mejorar.

Pues bien: arranca noviembre y desde mediados de septiembre no he dicho esta boca es mía (y si lo hice fue de idéntico modo). Y aunque los libros terminados no han sido más que cuatro, lo cierto es que son cuatro libros que podría haber mencionado siquiera fugazmente.

Con esto quiero decir que hoy toca post de enmienda o lo que es lo mismo, una reseña de mierda en formato píldora para no olvidar y poco más.

miércoles, 5 de octubre de 2022

“Adiós, señor Chips” de James Hilton

Quizá hayan leído Stoner, de John Williams. Si es así, pueden seguir leyendo. En caso contrario, también, pero además les recomiendo buscar el libro. Esta novela es un poco más de lo mismo: la vida de un aburrido profesor. Y ya. Ocurre que mientras que en Stoner encontrarán, por alguna razón que no he acabado nunca de entender, una propuesta literaria absolutamente asombrosa, en Adiós, señor Chips no, porque Hilton no llega no llega y NO LLEGA. No, no es una mala novela, pero tampoco es una novela que vaya a cambiar el curso de nada. Se deja leer y de hecho se lee pero también se olvida con facilidad, que después de aburrirse es LO PEOR.

En Wikipedia, buscando información sobre el autor, —por si hubiera algo de interés que incluir en la reseña (y confiando en que esto sea lo más bajo que me vean caer este mes)— doy por casualidad con la definición perfecta de esta novela, que es considerada como “desvergonzadamente sentimental”. 

Desvergonzadamente sentimental es, desde ya, mi nueva y preferida etiqueta literaria. Vayan preparando el club de lectura. 

Insisto: poco más que añadir: la vida de un hombre cuyo mayor superpoder es ser un aburrido profesor de instituto que nace, crece, se relaciona, enviuda, se emociona, se emociona, se emociona, muere y será recordado. Para alcanzar semejante hazaña se convierte en el típico viejo profesor años treinta que alcanza un grado de moñez del calibre de invitar a café con pastas a los nuevos alumnos del instituto del que ya no es profesor total porque al vivir justo enfrente es todo nostalgia de sí mismo, que ya me dirás tú, llegada la página 100, qué mierda de nostalgia es esa.

En resumen: una novela rabiosamente entrañable y dolorosamente anodina ideal para una tarde de terraza en la que lo mejor, sin lugar a duda, será la cerveza.


Menos que reseña: fe de lectura de “Quebrada” de Mariana Travacio

Tengo pendiente de releer Como si existiese el perdón, la novela anterior de Travacio que valoré muy positivamente en su momento y de la que ahora apenas queda un recuerdo vago. Intuyo (y espero) que con Quedabra será diferente, lo cual ya es mucho decir, quizá demasiado.

La novela, narra el largo —todo lo largo que permiten 180 páginas— peregrinaje de dos seres humanos, a la sazón matrimonio, en busca de su hijo, largo tiempo perdido en el sentido que tiene dejarlo marchar para no volver. Lo que piensan y lo que viven mientras huyen (no hay otra forma de definirlo) de la quebrada en que viven, vivían, un lugar árido y terrible, sin futuro ni esperanza de tal, es el grueso de la novela. Sus sueños, esperanzas, ilusiones. Sus miedos, supersticiones y costumbres ancestrales. No esperen más. Ni ustedes ni ellos. Es una novela breve que se limita a lo imprescindible, lo cual es siempre de agradecer. El lenguaje, cuidado, preciso, a ratos poético y la ambientación, no siempre árida, son el mayor reclamo o atractivo de la novela. Lo segundo ya lo he explicado, de lo primero tienen un ejemplo más abajo.

En conclusión: una novela muy recomendable, siempre y cuando no tengan las expectativas demasiado altas.

«Acá las familias se arman y se desarman a capricho del viento, con la misma facilidad con que el cielo se compone o se descompone con nuestras tormentas. Se habla mucho, acá, pero se dice poco. Llevo años escuchando lo que cada uno quiera contarme. […] Que me entregó a los Romano, que andaban buscando un hijo. Y que ahí estuve, unos años, hasta que se murieron, en el incendio. Que me sacaron del fuego pensando que yo también me había muerto. […] Desde ese incendio, Anselmo me oficia de padre. Es que a Anselmo se le fueron los hijos y le debe haber quedado ese hueco. Así armamos las familias acá. Con lo que tenemos a mano».

martes, 4 de octubre de 2022

“Un fin de semana” de Peter Cameron

No sé ustedes, pero en mi caso la categorización de libros tiende al infinito. Hago listas o creo categorías prácticamente de todo y lo hago, además, a todas horas, compulsivamente, también por escrito. Están, por ejemplo, los libros de verano o de invierno, los libros del Sur, libros para días de lluvia o de viento, para leer al calor del hogar, libros para otros, libros para la Pascua Judía, para la Navidad, libros para la playa, para la piscina, para leer en compañía; libros para llevar siempre en el coche, libros para tener siempre a la vista, libros de mesilla, libros para prestar, para no hacerlo o para encender barbacoas. Libros que sé que no leeré jamás, libros que juro que empezaré mañana, libros que para qué nos vamos a engañar o libros Manolete pa qué te metes. Bueno, cien mil. La última incorporación, culpa de Peter Cameron, es “libros de fin de semana” (hastag #findesemana y tal) y todo por culpa de una novela homónima suya: “Un fin de semana”.

Aunque en mis sueños más húmedos los libros de fin de semana son mamotretos de Dickens o Pynchon la realidad siempre se impone y los requisitos son, por lo tanto, muy diferentes, toda vez que yo el fin de semana acostumbro a leer poco tirando a nada (quedando incluso a deber, en algunos casos). Los libros, pues, han de ser breves y han de ser ligeros; entretenidos, poco exigentes y poco más. O sea: “Un fin de semana” de Peter Cameron, por ejemplo, o cualquier colección de relatos muy breves, extremadamente breves, que tengan ustedes a mano ahora mismo. (También muy de fin de semana es todo aquello que, por su estructura, puede ser leído de cualquier manera en cualquier parte. Pienso, por ejemplo, en las novelas de Renata Adler o David Markson, si acaso alguna de ellas puede considerarse tal cosa).

Como decía, “Un fin de semana” de Peter Cameron, es perfecto para esto. Y además no es una mala novela. Se lee fácil, se lee rápido y se lee bien. Y no da vergüenza ajena. Dudo que se pueda pedir más sin caer en el ridículo.

Respecto al argumento, es bastante sencillo. Un grupo de amigos se reúnen en un fin de semana en la casa de una de las parejas (un pequeño edén) para no celebrar nada más que la vida y, en cierto modo, recodar sin querer queriendo a alguien fallecido recientemente que era a su vez familia de uno, pareja de otro y amigo de todos. Lo interesante, esto es, aquello que le da calidad a la novela, radica en descubrir o no tanto descubrir como asistir a cómo son, cómo reaccionan y cómo interactúan cuatro o cinco o seis personas que llegan a ese fin de semana sobradas de miedos, inquietudes o necesidades, pero sobre todo lo primero. Sobre una base de amor, desconfianza, secretos e inseguridades que aportan todas y cada una de las partes, se construyen una serie de tramas que Cameron hila asombrosamente bien, ajustando los diálogos al mínimo imprescindible y dejando que también los silencios aporten contenido a la narración.

Lo dicho: compleja, que no difícil, a la vez que ligera, apacible, bien escrita y bien construida novela que gira en torno a la idea amor (y cierto modo también la edad) en muchas de sus formas y desde varias perspectivas. Ha sido mi primer Cameron pero no será el último. Supongo que con eso queda todo dicho.