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martes, 26 de abril de 2011

"Los enamoramientos" de Javier Marías (Irreverent Review)

Vayamos al grano; no quiero perder demasiado tiempo con esto. Los seguidores de Marías, entre los que no me incluyo, disfrutarán, por lo que he oído, con esta novelita de amor… perdón, de esta novelita, tan tierna, que trata sobre el amor. Es muy Marías, dicen, es él en esencia, dicen; al margen de lo acertado o no del argumento, es más de Marías, dicen, y eso es, por lo tanto, lo mejor de lo mejor. Dicen, dicen, dicen… si hiciéramos caso de todo lo que dicen… Menos mal que estoy yo aquí para abrirles los ojos con mi clarividencia. Hoy sí que seré breve, ya verán, porque al no entender nada (siendo “nada” la presunción de calidad de los "caldillos" que prepara Javier Marías) tengo muy poco que contar. Es por ello que la crítica bestial que esperaban la vamos a tener que dejar (me parece) para las lágrimas bajo la lluvia de Rosa Montero. Pueden denunciarme si quieren, por imbécil, inmoral; por lo que les de la gana.



Le robo una cita de Auden a un blog –que por cierto habla maravillas de esta novela- en la que se asegura  que reseñar libros malos no es sólo una pérdida de tiempo, sino un peligro para el carácter. No puedo estar menos de acuerdo. Quizá en lo del carácter sí, porque a mí se me está avinagrando un tanto, pero con el resto no. Los libros malos o los mediocres, los poco notables, hay que denunciarlos siempre.  Sistemáticamente. Norma de la casa. Y con vehemencia además, nada de medias tintas, nada de “puede que algunos les guste”, nada de “veremos de aquí a veinte años” y desde luego nada de “sería mejor  empezar por obras anteriores del mismo autor”. Eso jamás. Nunca, niños, nunca hagáis caso de los señores mayores que os digan que es imperativo recorrer la bibliografía de un escritor para entender, apreciar o valorar en su justa medida su última novela porque lo único que quieren, los señores mayores, es que le cojáis cariño a golpe de lectura; algo así como hacernos creer en dios a golpe de misa durante la infancia.

Decía más arriba que al no entender, al no conocer, no puedo argumentar en contra de Marías más allá de lo que me dicta el menos común de los sentidos, ya saben: el sentido común. Les voy a poner un ejemplo: en un momento indeterminado de la novela leo lo siguiente:
“Esa fue la única ventaja y desde luego no valió la pena. Los camareros estaban equivocados y cuando dejaran de estarlo no me lo comunicaron. Desvern no volvería nunca, ni por tanto la pareja jovial, como tal había quedado también suprimida del mundo”.
A ver, antes de que me maltraten: la he revisado setenta veces siete, la he negado tres, como Pedro, y al final siempre el mismo resultado: la errata de la segunda frase y la incongruencia del final de la tercera no son mías. ¿”Cuándo dejaran de estarlo no me lo comunicaron”? A Marías le convendría abandonar la máquina de escribir y pasarse al portátil: el corrector gramatical es nuestro amigo, recuerden (aunque en este caso no sirva de mucho). También puede ser que esté bien y yo sea el único que ve cierto desarreglo verbal o que Marías nos la quiera jugar, ver si estamos atentos. 

Otro cantar es el estilo del escritor, con el que ya no me meto (con el estilo, quiero decir; con el escritor sí); sus digresiones; su forma de reflexionar sobre los misterios menos misteriosos del alma humana. Eso (la digresión -y el resto-) en esta novela tiene mucha importancia. Me atrevería a decir que tiene una importancia vital. Esta novela, para los que no lo sepan, tiene un tamaño aproximado de 400 páginas durante las cuales se desarrolla una historia que en manos de otros, pongamos, no sé, profesionales del medio (esto incluye aspirantes con talento y sin suerte y/o periodistas deportivos) ocuparía, siendo generoso, no más de 50 páginas. Con esta historia, poniéndome cabrón, apostaría casi cualquier cosa a que hay seres humanos perfectamente capaces de hacerles a ustedes un microrrelato que incluyese elaboradísimas, por detalladas, recetas de cocina y cocktails varios. 

Me da un poco de pena y de risa, pero sobre todo de rabia, no ser menos respetuoso de lo que en realidad soy porque ser así es el motivo por el que no puedo contarles de qué va la película que nos cuenta Marías -como demostración palpable de todo esto. Él mismo ha insistido, por activa y por pasiva (en las tropecientas mil entrevistas que me he tragado como documentación -para que no me vean especialmente desinformado-) que es importante no desvelar la trama para no estropear la sorpresa. Eso es de cajón. Lo que quiere decir Marías es que en este caso no se puede decir nada de nada de nada de nada porque a poco que se diga algo, lo que sea, cualquier cosa, nos quedaremos sin sospresa. Imagínense lo elaborada que es la trama. Lo único que parece justificar la extensión de la novela son las ganas que tiene el escritor, en mi opinión, de lucir su prosa afectada (marca de la casa) y su capacidad (su facilidad, sería más correcto) para la digresión. No tengo nada contra eso. Parece que sí, pero no. Es más, si tuviera que destacar una virtud sería precisamente esa. 



Miren, no se compliquen, no me hagan caso, ¿vale?, olviden esta reseña. Léanse el libro, cómprenlo si quieren. Lo que ustedes vean. Aquí lo único que pasa es que a mí Marías no me convence y de ahí  que tire a matar (por eso y porque me divierte) pero si a ustedes sí, pues perfecto. Vamos a zanjar la cuestión con las tres conclusiones que podemos extraer de este librito tan amoroso:
  • A quien le guste J.M. esta novela no le decepcionará (ni habrá quien lo aguante en la feria del libro) porque es, lo dije al comienzo, más de lo mismo. Más de Marías. Páginas y páginas de información inútil y de una historia que no avanza si no es a trompicones. De amor también; a raudales; de ahí el título. Y lágrimas, claro, y un montón de personajes todos hablando igualito que Marías en la intimidad. ¿Quién, aparte de mí, no ha soñado con eso alguna vez?
  • A quien le deje indiferente J.M. no le va a cambiar mucho la vida. Puede que consiga coger el sueño con más facilidad o que se anime a ver aquella película tanto tiempo demorada, pero poco más.
  • A quien no le guste J.M. tampoco creo que en esta ocasión vaya a cambiar de parecer. Por lo mismo de antes: lo peculiar de su estilo. Marías tiene su público, numeroso, generoso, que no se baja sus libros de páginas ilegales, que no duda en defenderlo a capa y espada, que se pasa por el forro lo artístico de su prosa . Incluso yo, aquí donde me ven, disfruto en ocasiones de ella, pero cuatrocientas páginas de lo mismo, cuando cojea una historia, son demasiadas. A mi denme una buena historia, algo de pasión, algo mínimamente adictivo, algo que tenga que rascar y escriban como les salga de los huevos. Pero a mí, la floritura por la floritura no. Ya no.


miércoles, 6 de abril de 2011

Una aproximación a "Los enamoramientos" de Javier Marías

Porque no todo va a ser un sesudo análisis metaliterario tras otro les voy a regalar una reflexión de esas de tarde de primavera de no tener mucho que hacer.

Así empieza la nueva novela de Javier Marías, "Los Enamoramientos", desde hoy a la venta en librerías: 

La última vez que vi a Miguel Desvern o Deverne fue también la última que lo vio su mujer, Luisa, lo cual no dejó de ser extraño y quizá injusto, ya que ella era eso, su mujer, y yo era en cambio una desconocida y jamás había cruzado con él una palabra. Ni siquiera sabía su nombre, lo supe sólo cuando ya era tarde, cuando apareció su foto en el periódico, apuñalado y medio descamisado y a punto de convertirse en un muerto, si es que no lo era ya para su propia conciencia ausente que nunca volvió a presentarse: lo último de lo que se debió de dar cuenta fue de que lo acuchillaban por confusión y sin causa, es decir, imbécilmente, y además una y otra vez, sin salvación, no una sola, con voluntad de suprimirlo del mundo y echarlo sin dilación de la tierra, allí y entonces. 
Hace aproximadamente una semana le prometí a mi hermana, fan fatal de Javier Marías, que me leería, no uno, sino dos libros suyos (de Marías, no de mi hermana). Dos. Miren, les voy a confesar algo: yo no he querido nunca leer a Javier Marías porque he sido siempre de prejuicio fácil y basta que uno (no yo, otro, en este caso él) venda libros como churros para que me salten las alarmas y me de por la espantada para refugiarme en alguna cosilla menos popular, más intrascendente. No me pasa con todo. Mi prejuicio es (dejó de serlo pero hemos vuelto a las andadas) un poco bastante de carácter nacional. Nada personal, tampoco leo asiáticos y eso no quiere decir que sea racista. Pero esa es otra historia. También me parece sospechoso tanto premio y tanta leche. No es normal. No, no lo es, se pongan como se pongan, no lo es. Imagínense que (ustedes) publican un libro el mismo año que Marías: dense por jodidos. ¿Que cuál era la reflexión? Ah sí, perdón. La reflexión es que ya me estoy arrepintiendo de la promesa que hice porque el párrafo anterior me pone muy nervioso por no sabría decir muy bien qué razón. También es verdad que cuanto más lo leo menos nervioso me pone y de hecho la última vez, hace unos minutos, estuvo a nada de gustarme. Pero claro, tampoco es plan que me lea cada párrafo setenta veces para ver si le cojo cariño. Quizá ese nerviosismo de la parrafada inicial tenga que ver con la manía persecutoria que le tiene Marías a la muerte. Miren como empezaba "Mañana en la batalla piensa en mí", uno de los libros que prometí leer. 

Nadie piensa nunca que pueda ir a encontrarse con una muerta entre los brazos y que ya no verá más su rostro cuyo nombre recuerda. Nadie piensa nunca que nadie vaya a morir en el momento más inadecuado a pesar de que eso sucede todo el tiempo, y creemos que nadie que no esté previsto habrá de morir junto a nosotros. Muchas veces se ocultan los hechos o las circunstancias: a los vivos y al que se muere —si tiene tiempo de darse cuenta— les avergüenza a menudo la forma de la muerte posible y sus apariencias, también la causa. Una indigestión de marisco, un cigarrillo encendido al entrar en el sueño que prende las sábanas, o aún peor, la lana de una manta; un resbalón en la ducha —la nuca— y el pestillo echado del cuarto de baño, un rayo que parte un árbol en una gran avenida y ese árbol que al caer aplasta o siega la cabeza de un transeúnte, quizá un extranjero; morir en calcetines, o en la peluquería con un gran babero, en un prostíbulo o en el dentista; o comiendo pescado y atravesado por una espina, morir atragantado como los niños cuya madre no está para meterles un dedo y salvarlos; morir a medio afeitar, con una mejilla llena de espuma y la barba ya desigual hasta el fin de los tiempos si nadie repara en ello y por piedad estética termina el trabajo; por no mencionar los momentos más innobles de la existencia, los más recónditos, de los que nunca se habla fuera de la adolescencia porque fuera de ella no hay pretexto, aunque también hay quienes los airean por hacer una gracia que jamás tiene gracia
Está claro que los personajes de este escritor no leen sus libros, de lo contrario ya sabrían (ya se ocupa él de repetirlo hasta la saciedad) que lo más común es morir de una muerte sobrevenida e inesperada y andarían por la vida poniendo más atención a los peligros que les acechan, que por lo que veo se cuentan por miles. Pero miren, mi problema no es tanto ese (porque yo estoy por encima de la muerte, no hay más que verme) sino que las prosas tan afectadas me irritan siempre bastante y ésta, de tan exagerada, roza el sadismo. Además la primera frase (no me aclaro: ¿recuerda el nombre del rostro o de la muerta?) es, con diferencia, la más fea que he leído en mi vida. Yo le doy mucha importancia a las primeras frases; para mí son vitales (esto merece una entrada en el futuro; recuérdenmelo) por eso sospecho que me voy a llevar fatal con Javier Marías, que lo nuestro va a ser una relación odio/odio desde el minuto cero y que mis comentarios de sus obras serán siempre puro arrebato visceral incontenible. Ni que decir tiene que la culpa es casi toda suya porque no sólo me molestan los principios, también son los medios y ya no les quiero ni mentar los finales. Miren, lean otro fragmento extraído de las primeras páginas de "Los Enamoramientos" (en las que sigue hablando de los muertos) y verán qué "medianías" y que final tan feo: 
Pero desde el principio sabemos —desde que se nos mueren— que ya no debemos contar con ellos, ni siquiera para lo más nimio, para una llamada trivial o una pregunta tonta (‘¿Me he dejado ahí las llaves del coche?’, ‘¿A qué hora salían hoy los niños?’), para nada. Nada es nada. En realidad es incomprensible, porque supone tener certidumbres y eso está reñido con nuestra naturaleza: la de que alguien no va a venir más, ni a decir más, ni a dar un paso ya nunca —para acercarse ni para apartarse—, ni a mirarnos, ni a desviar la vista. No sé cómo lo resistimos, ni cómo nos recuperamos. No sé cómo nos olvidamos a ratos, cuando el tiempo ya ha pasado y nos ha alejado de ellos, que se quedaron quietos. 
Nada es nada, efectivamente. Así nos va. Que sí, que ya sé que es una cuestión de gustos, pero este blog es mío y digo lo que me da la gana. Si quieren leer cosas bonitas de Javier Marías se abren uno y lo llenan de elogios y besos. En fin, que yo ahora vivo sin vivir en mí por culpa de una promesa un tanto inconsciente y me voy a tener que tragar algo así como tropecientas mil páginas de nudos verbales y puntuaciones tan retorcidas que a mí no me salen ni queriendo provocarles el vómito.