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lunes, 10 de febrero de 2014

“Ajedrez para un detective novato” de Juan Soto Ivars

Si esta novela se presentó a un concurso y lo ganó, no quiero imaginar cómo serían las otras. Pero no adelantemos opiniones.

En “Ajedrez para un detective novato” un joven comienza a formarse como detective privado. Lo entrena el mejor: un robocop de la vida, un tipo entrado en años a punto de retirarse. El chaval tiene una novia ninfómana menor de edad que le alegra el día cuando llega a casa y lo mata de celos cuando sale a trabajar. De aquí al final, el absurdo. Esto no puede ser considerado ni remotamente un buen resumen pero tampoco hay porqué contarlo todo. 

En una página muy temprana, me encuentro el siguiente párrafo:


«Diremos que siempre he tenido una relación muy estrecha con el crimen, puesto que a mis padres los mataron cuando yo era poco más que un feto. Los asesinó un pistolero a la puerta de un hospital el día en que mis padres me sacaron de allí, después de que el médico y las comadronas me hubieran sacado de otra parte más estrecha. El pistolero era Juan Carmona, un tipo obsesionado con poner freno a la superpoblación y salvar la seguidad social de la amenaza que representa un país superpoblado. Se ponía en la puerta del hospital y le pegaba un tiro al primer enfermero que le pareciera un chupóptero. Después, huía a tal velocidad que tardaron algunos meses en capturarlo.»

Yo, después de esto, sigo leyendo por inercia.

Si, tal como acabamos de ver, la historia no es el fuerte de esta novela y aun así ha sido premiada cabe preguntarse qué tiene exactamente el animal para llamar tanto la atención. No deberíamos conformarnos con la idea de un autor adicto a las redes sociales, omnipresente y con cierta facilidad para llamar la atención. O sí, no sé. Quizá es tan sencillo como hacerse notar, estar siempre presente, ser ese joven al que también en esta ocasión podemos tener en cuenta. Puestos a pensar pongámonos en lo peor, que es más divertido: tal vez la novela de Soto fuese la mejor.

Pero dejando a un lado la cuestión de los premios (hartura) está la cuestión de la novela que insiste el autor en calificar de sátira como si fuese un recurso que el mundo hubiese olvidado y tuviese que ir él, cual Batman, al rescate. La cuestión, ya que no me lo preguntan, está en saber por qué lo llaman sátira cuando tal vez deberían simplemente decir humor. Ni idea, pero en mi opinión no es lo mismo hablar de novela satírica que de novela de humor y hay un premio que justificar. Aunque luego vayas a cagarla pidiéndole a alguien como Ainhoa Rebolledo que presente tu libro y que te haga una entrevista para la Qué Leer que quisiera que la leyeran (que ya le vale, también, a la Qué Leer; que no habrá gente para hacer entrevistas que no sean los propios amigos del escritor; que luego nos quejamos, los que nos quejamos, de exceso de endogamia y luego nos acusan, los que nos acusan, de exceso de incredulidad total para que luego venga, todo el mundo, con sus actos, a darnos la razón). 

En otra entrevista (de la anterior, por bochornosa, mejor ni hablar) que le hacen para El Confidencial, el autor dice lo siguiente: «Yo quería hacer una novela cómica, pero me daba mucho miedo ser insustancial. Quería reírme de cosas serias, por eso exageré y metí personajes y escenarios surrealistas, pero quería una novela que conmocionase, porque, si no, no es una novela. Si no, te han contado ochenta chistes. Y yo no quería hacer un libro de chistes.» Pues mala suerte, Juan, porque eso es exactamente lo que te ha salido: un libro de chistes que ni conmociona ni emociona ni perturba ni masturba. Nada. La semana que viene, nadie lo recordará. Yo no sé, de verdad, si vale la pena el esfuerzo. Total para qué. Pero bien, concedamos: no descartemos la sátira —no seamos cabrones— pero sí seamos justos: tal vez deberíamos defender esta novela con otros argumentos.

Y es que el humor (así, en general) está bien -aquí un fan- pero tiene que haber algún momento en el que hasta el autor se aburra de contar chistes. Bueno, pues no. El resultado son 300 páginas de Juan Soto Ivars haciendo el ganso (con todo el respeto que esto me merece, que es mucho) o creyendo que la página en blanco es un muro virgen de Facebook esperando para ser tomado por lo que él entiende como algo divertido. A saber:

«El alumbrado público se cortó de golpe y las calles se pusieron oscuras y peligrosas como los sobacos de Mike Tyson.»

Se me ocurren muy pocas razones para defender esta novela que no tengan que ver con la amistad o con no haberla leído o con tener un gusto horrible o las expectativas muy bajas o un criterio de mierda.

Para qué nos vamos a engañar, la verdad es que no se me ocurre ninguna. 



jueves, 17 de octubre de 2013

Una aproximación a "Última temporada" (una antología)

Bueno, pues nada. Juguemos.

LA INTRODUCCIÓN
(o el inconveniente de intentar meterla doblada)

El 25 de septiembre de 2013 Alberto Olmos reinicia actividad en Hikikomori (su blog personal) que venía arrastrando un silencio administrativo largo tiempo lamentado por incondicionales y amigos, por lo que cabe esperar que pronto saque novela nueva. Desde entonces la ha ido llenando de entradas pequeñas como mocos que llamaremos #raudos. 

El #raudo del 11 de octubre es una foto con la portada del libro que nos ocupa y un pie de página: "seguimos intentándolo, amigos" (lo de "amigos" no es nada personal, simplemente es una coletilla que se le ha pegado) con el que arranca, rauda y veloz, la campaña de promoción de Última temporada a la que hoy se suma este blog. 

En el #raudo 18 publicado el día 12 de octubre se habla de un parásito. El parásito ya tiene el libro, dice, se lo han pasado. Alb no lo intuye, no lo sospecha. Alb LO SABE. Ha visto señales que no dejan lugar a dudas. Los enchufes de su casa le susurran: el parásito malo quiere acabar con tu libro, leerlo y difamarlo, regalarlo, hundir el negocio de trapo. Se quiere comer tu tesoro. Porque al parásito feo no le gustan los libros de Alberto Olmos, dice. Porque al parásito horrible no le gustan los libros de Lengua del Trapo, dice. Porque el parásito ODIA la literatura y quiere acabar con ella. Qué mal bicho, el parásito. Quisiera Alb ser insecticida.

Por si se lo preguntaban, el parásito al que se hace referencia soy yo.

Cuestión número uno: Alb me acusa, veladamente y basándose en ridículas suposiciones, de estar distribuyendo una copia digital por la red con ánimo de hundir las ventas de un libro: «enviando alegremente el documento, por ver si en lugar de 500 vendemos 450 y así, con suerte, no estamos aquí el año que viene». Ya tengo que tener buen carácter para no enfadarme por esta chiquillada. No sospecha, no cree, SABE que una mano negra me ha hecho llegar el libro en formado pdf. Sólo así, argumenta, puedo conocer el orden exacto de los nombres del índice (que subí a los comentarios de esta medicina hace algún tiempo). Debe creer que soy una loca furiosa que vive de lanzar pdfs a las redes de intercambio, que este es el primero que me llega, que me quema en las manos. Que lo busque, Alb, a ver si lo encuentra y que se asegure, Alb, de paso, que no es el suyo.

Por dejarlo claro: nunca he recibido un pdf de este libro. Ni ganas. Sí una foto; concretamente un pantallazo de unas páginas del índice. Una puta foto. Todo lo demás es una paja mental del bueno de Alb. Todo lo demás es algo que Alb podía haber preguntado, claro que entonces no tendría maldita la gracia. Por otro lado, ¿por qué iba nadie a molestarse por una acusación vertida en blog, por un desahogo infantil, por una pataleta?

Puesto que todo va de suponer; supongan ustedes la respuesta. 


Cuestión número dos (y atentos, que ya vamos entrando en materia): le dice Lengua de Trapo a Alb que no saben dónde estarán el año que viene. Alb se indigna ante tamañan injusticia y tiene una rabieta que se traduce en el mencionado #raudo 18. Ahora, lean y lloren, que para eso lo ha escrito: 

«[…] será tan simpático, tan miserable, leer, el año que viene, las condolencias del sujeto que vive a costa de y del autor o de la autora que hace con el libro de todos lo que no haría con su propio libro, plañidos y quebrantos como ay-dios-mío-qué-pena otra editorial pequeña que cierra, ay-virgen-santa-qué-contrariedad otro sello independiente que desaparece, ay-ay cada vez se estrecha más el abanico de posibilidades para que publiquen los autores jóvenes y las voces experimentales y los escritores minoritarios, ay qué pena tan auténtica nos dan los caídos por la crisis económica; sí, amigos, qué simpático va a ser oírles, qué miserable.»

Para empezar, y sin ánimo de ofender, el parásito aquí presente no lamentará nunca que los jóvenes autores dejen de publicar. Tiene, el parásito, mejores cosas que lamentar. El parásito lloró la muerte de Libros del Silencio porque al parásito le gustaba el papel que utilizaba y la narrativa extranjera que publicaba, no así la nacional que, salvo puntual excepción, detestó con enfermiza pasión juvenil desde que tuvo uso de razón. Guarda en cambio, este parásito, un recuerdo nada agradable de (casi) todas cuantas lecturas recuerda de Lengua de Trapo, editorial de la que, por cierto, recibió no hace mucho un libro a pesar de ser, el mencionado parásito, el mayor mal conocido. Quién sabe, tal vez no seamos ni los unos tan feos ni los otros tan dignos. Y ninguno tan tonto, por descontado. Resumiendo: que al parásito aquí presente lo que le jode es que la crisis económica o la crítica feroz o un fichero que alguien ha visto volar sin alas, vayan a ser ahora la excusa para justificar el fin de los tiempos de según quienes, como si éstos no tuvieran culpa de nada, como si fuera algo nuevo engordar las cifras de la traición. Por eso, el parásito aquí presente, que se ha levantado hoy un poco hijo de puta, promete no llorar la muerte de ninguna pequeña editorial, especialmente de aquellas que presuman de experimentación, iniciativa y buena voluntad. Que a ver si ahora va a resultar que ha sido caridad haber publicado los libros de, por ejemplo, Alberto Olmos. Ya sería casualidad también. 

Y ahora veamos qué pasa con ese puto libro, no vaya a caer en saco roto tanta desinformación, tanta mala intención, tanta promoción y tanta provocación. Tanto lamento.



LA APROXIMACIÓN 
(o cómo evitar leer un libro)

A Alberto Olmos le encarga, Lengua de Trapo, una antología de jóvenes nacidos entre 1980 y 1989 que pueden o puedan tener cierta importancia en el mundo de las letras. Lo hará gratis, Alb, porque Alb ama a Lengua de Trapo. Su recompensa será el cariño del editor y de Aixa de la cruz, Matias Candeira, Roberto de Paz, Guillermo Aguirre, María Zaragoza, Salvador Galán, Jimina Sabadú, María Folguera, Pablo Fidalgo, Aloma Rodríguez, Daniel Gascón, Jenn Díaz, Paula Cifuentes, Victor Balcells, Juan Gómez Bárcena, Rebeca Le Rumeur, Juan Soto Ivars y Cristina Morales. También de Miqui Otero y Laura Fernández, sí.

Todos quieren a Alb a pesar de que Alb antologa sin interés, sin muchas ganas y, recuerden, SIN recompensa económica. A Alb lo joven le aburre, le entristece, le da una pereza terrible. Los niños huelen a meados. ¿Será por eso que el PROLOGO parece un acto de venganza? Pues será. 

«En ningún caso se ha buscado aquí la predicción, ni tan siquiera la prescripción, sino solamente el zarandeo de nombres al objeto de reavivar el anquilosado censo de creadores de nuestro país, necesitado, no ya de voces nuevas, sino de una promesa de continuidad.»

Para Alb los escritores jóvenes del calibre que nos ocupa son víctimas de las redes (sociales, fundamentalmente) y las becas; son feladores experimentados. No son de raza. Las nuevas generaciones son espontáneas; no se han hecho a sí mismas; no son como él, que a los veintipocos ya era finalista del Herralde. El Herralde, joder. A un lado él, al otro Bolaño. Bolaño, joder. Qué gran momento inmortalizado. Qué suerte de inmortalización. Tal vez todavía guarde la foto, Alb, en su carterita; tal vez cada día la quite, de la carterita, y cada día la mire, la acaricie y le quite una doblez y si no supiera que ya la has visto mil veces, mil veces la volvería a sacar, la fotito, de la carterita, para hacerle otra caricia, para quitarle otra doblez. Para hacértela tragar. 

“Promesa de continuidad”, amigos o amigas, es posar en una foto con Roberto Bolaño; lo demás son hostias.

«[…] ¿qué tiene reservado el futuro para la generación de los 80 […]? Quizá la respuesta aquí podría condensarse en una sola palabra: becas. […] una generación cuya herencia modal son las becas y esos «padrinos» que se exigen para conseguirlas no podrá nunca irrumpir en la escena cultural, pues los años previos a su estreno como escritores han constituido una suerte de amaestramiento, de doma, de aclimatación a la normativa literaria dominante. Por ello, nunca irrumpirán, sino que, muy exactamente, serán «presentados en sociedad».

Nos advierte, Alb, en el prólogo, que tengamos cuidado con los falsos artistas. Que no nos fiemos porque se hayan arreglado para la foto. Putos niños-bien. Seis de ellos han pasado por la Fundación Gala y varios más han solicitado su ingreso en algún momento en esa y otras casas. Dice Alb: «Determinados autores jóvenes cuentan con el beneplácito de jerifaltes (la errata es suya) culturales incluso mucho antes de que su primera obra vea la luz.» Como ejemplo de autores que han visto publicada su obra en grandes sellos (sabrán ellos las razones) pone a Antonio J. Rodriguez y a Laura Fernández — a pesar de que el primero rechazó participar en la antología y no venía mucho a cuento traerlo a colación—. El resto, dice Alb, son carne de «vida literaria» y lo suyo es dejarse «ver por saraos y presentaciones de libros (¿suponemos que las de Olmos también?), estableciendo contacto directo con autores consolidados (supusimos bien) y con editores.» 

Y todo esto bajo la atenta mirada del editor de Lengua de Trapo, la editorial que no sabe si estará aquí (en este mundo editorial, se entiende) el año que viene. No sé qué clase de editor es ese que no se deja la piel del escroto por sus autores, aunque no sean más que casuales, aunque no sean más que proyectos de futuro, aunque no sean más que gusanos. 


* * * * * * *


Soy el menos indicado para defender a esta generación de escritores a la que, por norma, ataco un día sí y otro también. Lo cierto es que me da igual. A mí lo que me alucina es ser testigo del menosprecio por su trabajo que demuestra un editor permitiendo un prólogo como este mientras lamenta su inevitable caída, no entendiéndola o echándole la culpa de todo al parásito de turno o a la piratería, ese lugar común que permite cuantificar pérdidas exorbitantes en la cuenta de resultados así como aliviar el peso de la conciencia por haber hundido tu propio barco con apuestas injustificables (premios incluidos). Pero lo que realmente me tiene alucinado, el motivo primero de este post (entiéndase el dramatismo, no vayan a creer que en el fondo todo esto tiene maldita importancia) es que quien fue el crítico más rudo de la blogosfera hasta que salió del armario y hubo de enfrentarse a las miradas reprobatorias de otros críticos y escritores y, sobre todo, editores, y hasta que metió su piececito en una gran editorial, por mor de una bitácora malherida, no lo olvidemos, de una «vida literaria» cultivada y regada durante años en la red… me alucina, decía, que venga ahora, ese crítico voraz a dar cachetes a los niños, a reprenderles por el Twitter, el Facebook, el Formspring, el blog, el otro blog o la fotito con Bolaño, que venga a dar lecciones, nada menos que Juan Malherido, de lo que se puede o no decir para evitar el desastre, para que no se hundan las editoriales, para que no explote la enésima burbuja, para que así todos tengan oportunidad de publicar en sellos experimentales con apuestas rupturistas e innovadoras como debió ser la suya, hace ya tanto tiempo.

Pero no hay que descartar nada; también puede ser que yo esté equivocado y que Alb esté haciendo todo esto porque, tal como dice en el #raudo de hoy (casualidades de la vida), «lo mejor que se puede decir de los amigos, lo más elogioso, es que no son los mejores escritores del mundo».

Alb es amor.


lunes, 28 de mayo de 2012

“Siberia” de Juan Soto Ivars

Esto puede haber sido así: Juan Soto Ivars tiene quince, dieciséis o dieciocho años y fantasea con ser escritor y por eso escribe en su diario frases sueltas que luego enviará por email o correo ordinario a sus novias de verano de la playa de Salou o similar o bien las guardará, avergonzado, en un cajón. Son frases tal que así: “Cruzaría el río si supiera que en la otra orilla encontraré la paz” o “Si pones atención, escucharás el tictac de un inmenso reloj que vive bajo el hielo” o “en todo el día, solamente un triste pájaro cruza el cielo. Aunque esperas la compañía más que ninguna otra cosa, verlo te ha producido un gran temor” o “Nubes tan cargadas de tormenta que al pasar arrastran lentamente los tejados.” Son construcciones que, quieras que no, llevan su tiempo. Con todo debería ser habitual entre los escritores echarlas sin miramientos al fuego en momentos de crisis existencial, cual Sábato enfurecido. Soto no. Soto las guarda y a los veintitantos se hace un libro y las utiliza para salpimentarlo: serán las citas de un hombre incapaz de escribir. Este libro que cuentan las leyendas que Soto se resistía a publicar es Siberia. Pero esto es sólo otra paja mental de las mías; cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

El protagonista de Siberia es un escritor (qué puta manía, de verdad, con hacer protagonistas tan miserables) que después de publicar su primer libro y ser operado de un tumor cerebral trabaja sin éxito en su segunda novela a la que no acaba de encontrarle el centro y sobre la que únicamente escupe frases ininteligibles -como las de arriba- que son como chorradas supinas que no hay modo de casar unas con otras pero que dan una idea de lo que se cuece en su interior. Y es que el protagonista vive sumergido en una depresión de libro (valga la redundancia) de la que no acaba de ser del todo consciente y que le obliga a deambular sin rumbo fijo ni rumbo móvil ni razón de ser.  El caso es mediado el libro, este tipo, este escritor, este capullo hace algo despreciable -que no puedo contar por razones obvias- y se autoexilia. Pero ya estoy contando de más; será mejor que lo dejemos aquí.

Hoy harás lo mismo que siempre, será un día normal. La realidad del horror siempre tarda un tiempo en alcanzar al presente al que ya has dejado atrás. Después del veranillo de San Martín sí que entenderás lo que significa Siberia. Y entonces viene la tarea horrible de desandar dolorosamente los días, volver al momento del error, y repetir la pregunta: ¿Qué harás hoy? Y todo lo que has hecho entre un momento y su comprensión se olvida, pero los días siguen pesando.  

La Siberia de Soto Ivars no es un lugar, sino un estado de ánimo. Siberia es la desazón de estar dónde no quieres, ser lo que más odias, tu propio enemigo; es el infierno en la tierra y morirte de frío que es un poco morirte de pena y soledad y de asco, para que nos entendamos. Por eso Siberia es un título tan cojonudo.

Siberia es también –al menos desde ahora, al menos para mí- la razón que me faltaba para dar segundas oportunidades a escritores de primeras novelas infumables o todo lo infumables que le pueden parecer a uno ciertas primeras novelas. Tengo entendido que “La conjetura de Perelman” fue escrita después de Siberia algo que, visto ahora,  resulta tremendamente curioso. Curioso y acertado, en mi humilde opinión, y es que sin ser Siberia la novela genial que muchos prometen sí es verdad que tiene la calidad suficiente y resulta lo bastante interesante para preguntarse a qué vino aquello de Perelman o si uno estaba en sus cabales cuando la leyó o no supo ver algo que quizá estaba allí y no tenía que haberla dejado. Que ya les digo yo que no; son novelas demasiado diferentes como para poder establecer cualquier clase de comparación que sería siempre injusta.

Siberia no ha acabado de convencerme por muchas razones. Me jode tener que decirlo así porque no quiero dar a entender que me haya parecido una mierda. Ni de lejos, vaya; esto que quede claro. Leí Siberia con curiosidad y sobre todo con creciente interés y la dejé con la agradable sensación de haber sido envuelto por la historia que iba ganando a medida que autor iba soltando el lastre de la experiencia de ser escritor para ocuparse de asuntos más mundanos -por calificarlos de alguna manera, aunque sea equivocadamente- como la miseria de ser un hijo de puta, un cobarde, una mala persona, un pedazo de mierda. Por el lado malo, ya lo he dicho, demasiada digresión, demasiada reflexión, demasiado andarse por las ramas y las chorrocientas diferencias entre un escritor y uno que escribe que no sé, de verdad, a qué vienen. Y es que el gran problema de los jóvenes escritores que escriben historias protagonizadas por jóvenes escritores es que les preocupa demasiado dónde se ponen las comas o en qué lugar se oculta el verdadero talento.

En cualquier caso y cayendo en tópico más repugnante, tengo que reconocer que me ha sorprendido gratamente esta Siberia a pesar de ser una primera novela, una pequeña novela, una novela menor, poco más que una anécdota interesante y quien sabe si el principio de una hermosa amistad, entendiendo esto como la relación entre un escritor y sus lectores, entre los que me incluyo a partir de hoy, a partir de ya.


Un escritor y uno que escribe tienen demasiadas cosas en común. Ese corte invisible que separa la mierda de lo que van a leerse varias generaciones se llama talento. Talento: una pestaña caída en la mejilla de uno que a otro siempre se le mete en el ojo. Por eso los que escriben leen a los genios y desean más que ninguna otra cosa imitarlos. Piensan que aprenden de los libros a escribir mejor. Piensan que a escribir se aprende. Que escribir es una técnica que se perfecciona. Que una segunda novela puede permitirse ser mejor que la primera, que cada vez hay que escribir mejor. Esa exigencia es falsa. La segunda diferencia entre el escritor y el que escribe: el escritor no piensa, llega a conclusiones. Por eso el otro no puede adoptar su proceso. No hay proceso, no hay método para ser escritor. Hay que sentarse y permanecer quieto en la silla, moviendo solamente los dedos sobre la página. Mirando siempre la página en blanco y nunca la palabra ya escrita, nunca la letra. Esa palabra tiene que estar en lo cierto. Un escritor no comete palabras equivocadas.




Permítanme cerrar esta reseña con un breve apunte sobre la cuestión editorial de las novelas de JSI:

Siberia está editada en papel por la editorial El Olivo Azul al precio de 16 euros aunque se puede comprar en digital por Sigueleyendo por 3,99 euros IVA no incluido (esta es la edición que leí yo). Por otro lado la versión en papel de "La conjetura de Perelman" se puede encontrar, por ejemplo, en Amazon a 17,10 € y en digital, en el mismo espacio, a 1,89 €. Estaba tan barato que no puede evitar comprarla. No estoy diciendo todo esto porque tenga complejo de hombre anuncio sino para llamar la atención sobre esa política de precios consistente en rebajar al máximo las versiones digitales ante la que me quito el sombrero y hasta la peluca si fuera necesario. No sé cómo ha sido con Ediciones B, pero me consta que en el caso de Siberia es un acuerdo entre las tres partes implicadas (editoriales y autor) tal como explica el propio JSI en el prólogo que pueden leer íntegro siguiendo este enlace: PRÓLOGO.

Amiguismos aparte creo sinceramente que Sigueleyendo ha dado con la clave para la comercialización del libro electrónico. Sería muy interesante que todas aquellas pequeñas editoriales a la que cuesta tanto dar el salto a lo digital, quizá por miedo a desaparecer entre tanto bit, fuesen pensando en estas alianzas en las que todos, lectores incluidos salen (salimos) ganando.