Interrumpo la lectura de Ada o el Ardor para comentar una cosilla.
El 28 de octubre de 2015, en el post de Mientras agonizo de Faulkner, dije lo siguiente.
«Nos hemos vuelto conformistas, los lectores, los escritores. Nos hemos vuelto conformistas. Y mediocres. Nadamos, buceamos en mediocridad y conformismo y lo único que va a librarnos de esto, lo único que podrá salvarnos, es Faulkner y los que son como Faulkner: escritores de verdad, no mecanógrafos. Mecanógrafos, caca. Aquí ya no queremos maquinistas, ni queremos pianolas. Aquí queremos sogas para colgarnos si no cambian las cosas pero sobre todo queremos faulkners. Ya sólo queremos faulkners. Ya sólo aceptamos faulkners, ahora.
Todo lo demás, a la hoguera. Tú el primero».
Lo hice para provocar, claro, al final todo es provocación, que si no vas por ahí provocando parece que no haces nada, pero también con leve asomo de esperanza de convencerme a mí mismo de que tal cosa era posible. No pudo ser. O sí pudo, pero no fue. El caso es que hace nada terminé de leer Los hermanos Karamázov, la última y supongo que para muchos sobrevalorada novela de Dostoievski y volví a acordarme de Faulker —digo “volví” porque este año ya lo hice con Tolstoi, Bernhard y hasta con Philip Roth— y más concretamente de aquello que dije de Faulker hace tiempo, ya saben, la cita inmediatamente anterior a este párrafo.
Y es verdad. Me jode, pero al final pero tengo que darme la razón una vez más: ya sólo queremos faulkners. Que, bueno, quien dice faulkners, dice tolstois, dice gaddiss, dice bernhards, dice roths, dice nabokovs. Dice dostoievskis. Y pocos más, dice. Pero nos sabemos animales de costumbres (nos sabíamos ya en 2015, conste) y tememos caer en lo mismo de siempre: esto es, la mierda de siempre. Si uno es de bueno lo que tarda en ser olvidado, en este país, como en mucho otros, el noventa y nueve como nueve por ciento de los escritores no merecen ni una décima parte de los bits que ocupa su nombre en la red. Yo no sé si escriben para caer directamente en el olvido o qué pero el caso es que no se puede, o cuando menos no se debería, ir por la vida con esa pinta de no ser nada más que MEDIOCRIDAD y DESPOJO.
Jamás entenderé cómo puede tanta gente que se dice escritora soportarse a sí misma. Cómo puede uno vivir con la certeza absoluta de ser una aberración y no morirse de asco al leer sus propias excreciones. Cómo se puede siquiera perpetrar el atentado de escribir dos palabras seguidas habiendo leído, en algún momento de tu vida, algo como esto (claro que, bien mirado, igual el problema es no haber leído nunca antes algo como esto, sin ser esta ni remotamente la mejor de las citas posibles):
«Ada tendía a considerar la fase inicial de su amor como un desarrollo difuso e imperceptible, tal vez anormal, probablemente único, pero puramente delicioso, gracias a su evolución uniforme, que hacía imposible toda impulsión bestial, todo estigma vergonzoso. Van, por el contrario, no podía evitar que sus recuerdos amorosos evocasen episodios precisos, decisivamente marcados por seísmos carnales súbitos, intensos, a veces lamentables. Ada se imaginaba que los goces inagotables a que había accedido —por sorpresa, y sin haberlos llamado— no se habían revelado a Van hasta el momento en que ella misma los había descubierto, al cabo de varias semanas de caricias acumulativas. En cuanto a sus primeras reacciones fisiológicas, estimaba conveniente apartarlas de su pensamiento, y las creía más o menos equiparables a las maniobras infantiles que en otro tiempo se había complacido en practicar, y que tenían muy escasa relación con el esplendor y el sabor de la felicidad individual. Van por el contrario, conocía el repertorio de todos los espasmos marginales que le había disimulado antes de convertirse en su amante, y distinguía categóricamente, desde un doble punto de vista filosófico y moral, entre el frenesí del onanismo y la dulzura irresistible de un amor confesado y compartido».
O lo que es lo mismo: si esto existe, ¿para qué te queremos a ti?
Pues eso.
Y ahora, si me disculpan, retomo.
«El año 1880 (todavía vivía Aqua, Dios sabe cómo, Dios sabe dónde) resultaría el más genial, el más fértil en recuerdos de la larga, demasiado larga, nunca demasiado larga vida de Van.»

