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lunes, 12 de diciembre de 2016

Lectura interrumpida #1 (Ada o el Ardor)

Interrumpo la lectura de Ada o el Ardor para comentar una cosilla.

El 28 de octubre de 2015, en el post de Mientras agonizo de Faulkner, dije lo siguiente. 

«Nos hemos vuelto conformistas, los lectores, los escritores. Nos hemos vuelto conformistas. Y mediocres. Nadamos, buceamos en mediocridad y conformismo y lo único que va a librarnos de esto, lo único que podrá salvarnos, es Faulkner y los que son como Faulkner: escritores de verdad, no mecanógrafos. Mecanógrafos, caca. Aquí ya no queremos maquinistas, ni queremos pianolas. Aquí queremos sogas para colgarnos si no cambian las cosas pero sobre todo queremos faulkners. Ya sólo queremos faulkners. Ya sólo aceptamos faulkners, ahora.
Todo lo demás, a la hoguera. Tú el primero».

Lo hice para provocar, claro, al final todo es provocación, que si no vas por ahí provocando parece que no haces nada, pero también con leve asomo de esperanza de convencerme a mí mismo de que tal cosa era posible. No pudo ser. O sí pudo, pero no fue. El caso es que hace nada terminé de leer Los hermanos Karamázov, la última y supongo que para muchos sobrevalorada novela de Dostoievski y volví a acordarme de Faulker —digo “volví” porque este año ya lo hice con Tolstoi, Bernhard y hasta con Philip Roth— y más concretamente de aquello que dije de Faulker hace tiempo, ya saben, la cita inmediatamente anterior a este párrafo.

Y es verdad. Me jode, pero al final pero tengo que darme la razón una vez más: ya sólo queremos faulkners. Que, bueno, quien dice faulkners, dice tolstois, dice gaddiss, dice bernhards, dice roths, dice nabokovs. Dice dostoievskis. Y pocos más, dice. Pero nos sabemos animales de costumbres (nos sabíamos ya en 2015, conste) y tememos caer en lo mismo de siempre: esto es, la mierda de siempre. Si uno es de bueno lo que tarda en ser olvidado, en este país, como en mucho otros, el noventa y nueve como nueve por ciento de los escritores no merecen ni una décima parte de los bits que ocupa su nombre en la red. Yo no sé si escriben para caer directamente en el olvido o qué pero el caso es que no se puede, o cuando menos no se debería, ir por la vida con esa pinta de no ser nada más que MEDIOCRIDAD y DESPOJO. 

Jamás entenderé cómo puede tanta gente que se dice escritora soportarse a sí misma. Cómo puede uno vivir con la certeza absoluta de ser una aberración y no morirse de asco al leer sus propias excreciones. Cómo se puede siquiera perpetrar el atentado de escribir dos palabras seguidas habiendo leído, en algún momento de tu vida, algo como esto (claro que, bien mirado, igual el problema es no haber leído nunca antes algo como esto, sin ser esta ni remotamente la mejor de las citas posibles):

«Ada tendía a considerar la fase inicial de su amor como un desarrollo difuso e imperceptible, tal vez anormal, probablemente único, pero puramente delicioso, gracias a su evolución uniforme, que hacía imposible toda impulsión bestial, todo estigma vergonzoso. Van, por el contrario, no podía evitar que sus recuerdos amorosos evocasen episodios precisos, decisivamente marcados por seísmos carnales súbitos, intensos, a veces lamentables. Ada se imaginaba que los goces inagotables a que había accedido —por sorpresa, y sin haberlos llamado— no se habían revelado a Van hasta el momento en que ella misma los había descubierto, al cabo de varias semanas de caricias acumulativas. En cuanto a sus primeras reacciones fisiológicas, estimaba conveniente apartarlas de su pensamiento, y las creía más o menos equiparables a las maniobras infantiles que en otro tiempo se había complacido en practicar, y que tenían muy escasa relación con el esplendor y el sabor de la felicidad individual. Van por el contrario, conocía el repertorio de todos los espasmos marginales que le había disimulado antes de convertirse en su amante, y distinguía categóricamente, desde un doble punto de vista filosófico y moral, entre el frenesí del onanismo y la dulzura irresistible de un amor confesado y compartido».

O lo que es lo mismo: si esto existe, ¿para qué te queremos a ti?

Pues eso.

Y ahora, si me disculpan, retomo.

«El año 1880 (todavía vivía Aqua, Dios sabe cómo, Dios sabe dónde) resultaría el más genial, el más fértil en recuerdos de la larga, demasiado larga, nunca demasiado larga vida de Van.»

martes, 13 de octubre de 2015

Breve nota de urgencia sobre ‘Risa en la oscuridad’ de Nabokov

Hay una cosilla, una insignificancia, que me viene ocurriendo desde… bueno, realmente desde siempre pero que últimamente, no sé bien la razón, me tiene medio trastornado o algo trastornado o simplemente me apetecía sacarlo a colación. Se trata de esto: cuanto menos tiempo dedico a una reseña, cuanto más a vuelapluma va, (cuanto más breve es, también), más visitas tiene. Esto viene a cuento de un post anterior, una pequeña chorrada sobre el mercadeo crítico que hay en este país (ya supongo que en otros también, pero uno habla de lo que conoce) que, sin romper baraja alguna, tuvo un inesperado número de visitas (pese a ser agosto históricamente, y con diferencia, el peor mes del año para dedicarse a esto del blog). 

De ahí que lo de hoy vaya como Breve Nota de Urgencia (invento menudo que sirve de excusa para no perder mucho tiempo con una reseña pero evita dejarla pasar, que es algo que hago mucho últimamente). 

Y, bueno, nada, aquí estamos. 

NABOKOV.

No dejo de tener la impresión de que a Nabokov se le lee siempre mucho menos de lo que merece. Y yo el primero. Quitanto lolitas, cursos de literatura, este de hoy y alguna cosilla más, apenas lo he leído. Es un escritor que nunca tengo en cuenta en mis elecciones y creo que es algo que tiene mucho que ver con el boca a boca. Es decir, parece que si nadie nos recuerda que Nabokov existe, Nabokov no existe

Realmente no parece muy justo condenarlo al ostracismo, angelito, sólo por haber escrito esa pequeña obra maestra que es Lolita; que parece que no haya hecho otra cosa que lolitas. Nabokov es mucho más. Es, por ejemplo, un señor al que no le gustaba Dostoievski, que ya no está mal, tampoco, como logro.

Respecto a libro que nos ocupa (y por evitar que esta breve nota pierda tal condición) sería muy fácil convencer a cualquiera que tenga un poco de gusto de lo acertado de afrontar su lectura. Bastaría con poner su “famoso” comienzo:

«Érase una vez un hombre llamado Albinus, que vivía en Berlín, Alemania. Era rico, respetable, feliz. Un día abandonó a su mujer por una amante joven; amó; no fue amado; y su vida acabó en un desastre. Éste es el cuento, en suma, y podríamos haberlo dejado aquí si no fuera por el interés y el placer de narrarlo. Pues aunque basta el espacio de una lápida para contener, encuadernada en musgo, la versión abreviada de la vida de un hombre, los detalles siempre se agradecen».

¿Les he convencido? ¿Han anotado ya el librito en su libretita, en su hojita de cálculo, en su tablita dinámica? ¿Sí? Bien. ¿No? Mal. Tienen un problema. Resuélvanlo. 

Risa en la oscuridad es la demostración de que cualquier historia, cualquiera, la más insignificante historia de amor del mundo, puede acabar en obra maestra. Pero esto ya lo sabíamos. Nabokov, simplemente nos lo recuerda. Otra vez. De acuerdo, tal vez sea exagerado hablar de obra maestra (sin duda lo es pero aquí nos gusta exagerar) pero no cabe duda que estamos frente a una magnífica novela. 

Risa en la oscuridad es la historia de un imbécil, casado y con hija, que un buen día se enamora de una hermosa zagala que resulta ser una cazafortunas. 

«[…] mientras permanecía junto al lecho, fijos sus ojos en aquella cara pueril de labios rosados y coloreadas mejillas, Albinus rememoró la primera noche que pasaron juntos y pensó, con horror, en el futuro al lado de su esposa, pálida y desvaída. Ese futuro se le antojaba como uno de esos largos y polvorientos corredores a cuyo fin encontramos una caja claveteada o un cochecito de niño, desvencijado.».

La linda putilla lo tiene bien pillado pero quiere más. Lo quiere todo. Un día a esa alma cándida e inocente se le escapa (o eso dice) una nota que intercepta la mujer del susodicho que no podrá por menos que abandonarlo dejando así vía libre para que la mala pécora se meta en el lecho conyugal a esperar el prometido divorcio que no acaba de llegar porque los hombres son como son y las mujeres ya ni te cuento. Las cosas se complican cuando llega Rex, un viejo amante de la bicha, más bicho que ella, todavía, si acaso tal cosa es posible, que se las arregla para ser el nuevo inseparable mejor amigo de nuestro memo favorito. 

«Rex era apto para hablar sin cesar, infatigablemente, inventando historias acerca de amigos no existentes y proponiendo a la mente de su interlocutor reflexiones no demasiado profundas, disfrazadas por un estilo de oropel. Su cultura era dudosa, pero su mente, astuta y penetrante, y aquella pasión por embromar a sus semejantes equivalía casi al genio. Quizá lo único de real que había en él radicaba en su convicción innata de que todo cuanto había sido creado en el terreno del arte, de la ciencia o del sentimiento era tan sólo un truco más o menos inteligente».

Sospechamos, mientras leemos, que tal sendero sólo puede acabar en desastre y no nos equivocaremos.

Hasta aquí, nada especial, si acaso el goce de leer a Nabokov, que es puro dejarlo a uno con la boca abierta. A partir de aquí, todo.

Esta es una historia de amor sin amor (les reto a encontrar un solo personaje enamorado) que nos llevará por el tortuoso camino de la infidelidad y que nos regalará algunas escenas realmente memorables —escenas que me voy a guardar por el respeto que les tengo y por aquello de no estropearles la sorpresa— que recuerdan a aquella interesante película de Kim Ki-duk llamada (o traducida como) Hierro 3). 

Denme una escena, una sola escena pero que sea inolvidable y me tendrán para siempre rendido a sus pies. Bueno, pues esta novela la tiene. Pero no se la puedo contar.

En Risa en la oscuridad se sufre mucho (¿acaso puede haber mayor felicidad?). Sufren los personajes, y sufrimos nosotros, lectores ávidos de sangre y crueles y sangrientos actos de venganza. Se sufre por los unos, los otros y los de más allá. Y se le revuelve a uno el estómago frente a lo despreciables que son todos y cada uno de esos seres inhumanos y sin embargo no deja uno de enamorarse, en cierto modo, del primero al último de ellos, aunque tal vez por las razones equivocadas o con ese amor que tiene poco de amistoso y mucho de interesado y que resulta ser el verdadero motor de la novela.



domingo, 14 de octubre de 2012

“Lolita” de Vladimir Nabokov

«Suavemente, me senté en el suelo, muy cerca. Ella tembló. Tomé su mano y comencé a besarla lentamente. Me miró con sus ojos inmóviles y aterrorizados, sus labios empezaron a contraerse, como si hubiera estado a punto de llorar, pero no gritó. Besé nuevamente su mano, la senté sobre mis rodillas [...]. Le susurré no sé muy bien qué, como un borracho. Por fin, súbitamente ocurrió algo extraño, que nunca olvidaré y que me sorprendió: la pequeña se arrojó en mis brazos y, de pronto, comenzó a besarme con frenesí [...]». 

Ni Lo, ni Lola, ni Lolita, ni Dolly; la protagonista de esta cita es Matriocha, la hija de la mujer que aloja en su casa a Stravroguin, el protagonista de “Los demonios” de Dostoievski. Estos parecidos razonables siempre me han gustado mucho pero en este caso especialmente por dos razones: la primera tiene que ver con el objetivo que se había marcado Nobokov de desmitificar a Dosotoievski, a quien consideraba un mediocre escritor, lo cual lo deja en una más que comprometida situación si luego resulta que se dedica a ir por ahí plagiando escenas de sus novelas (exagero, lo sé) y en segundo lugar por algo que les voy a contar inmediatamente y que me pareció, cuando lo leí, que podría perfectamente ser algo así como el centro de la novela. 

(Abro paréntesis. A todo esto yo no quería escribir esta reseña y de hecho me resisto, como me resistía antes, a llamar a esto reseña cuando sólo quiere ser una nota al pie de la novela; un intento un tanto infantil de llamar la atención sobre aquello que más me llamó la atención a mí y que no es –tal como le suele ocurrir a todo el mundo- la prosa elegante y fluida y maravillosísima de Nabokov, que sí, que muy bien, pero que me niego a comentar más allá de esto: qué estilazo el de Nabokov. Y ya. Cierro paréntesis.) 

La historia de Lolita es sobradamente conocida. Se la cuento igualmente, pero avisados quedan: no escatimaré spoilers. Lolita es la historia de una pasión voluptuosa que acaba en amor (la frase no es mía). Un hombre se prenda de una niña de doce años. Quiere vivir con ella y por eso se casa con su madre. Esta pobre mujer muere cuando descubre el lascivo diario del protagonista. Así es como Humbert se queda, más feliz que una perdiz, a solas con Lolita que, pasado el tiempo, lo deja por un rival. Anoten, por favor, la palabra RIVAL. Humbert la busca y la busca y al final la encuentra, a Lolita, casada y en estado de buena esperanza. Oh. Él quiere volver con ella. Ella no quiere volver con él. Él dice, te amo, ahora lo sé. Ella, yo a ti no, siempre lo supe. (Los diálogos son inventados.) Él, desesperanzado, huye –es un decir–  y mata al hombre que tiempo atrás le robó a su niña (y que, habrán caído en la cuenta, no es su marido) por aquello de quitarse el agravio de encima y algo más. 

Lo que importa: un buen día Lolita desaparece; se fuga con un hombre misterioso aficionado a las falsas promesas. A encontrar a este hombre es a lo que dedicará Humbert buena parte de la segunda parte de la novela, que es, con diferencia, mucho más caótica, irregular y compleja que la primera y seguramente la razón por la que muchos habrán abandonado la lectura. A Edmund Wilson, amigo personal del escritor y reputado crítico, no le gustaba nada esta segunda parte porque le parecía aburrida y sobrecargada de descripciones de lugares, etc (ver reseña ampliada en el primer comentario del post): 

“[…] creo que en este libro hay —cosa bastante inusual en tu caso— demasiadas ambientaciones, descripciones de lugares, etc. Esto es algo que me hace concordar con Roger Straus cuando reconoce que la segunda mitad se hace pesada. Estoy de acuerdo con Mary [McCarthy] en que la inteligencia a veces llega a ser cansina, aunque discrepo con ella en lo relativo a la «confusión»” 

Con Mary McCarthy -reputada novelista y crítica cultural que fue esposa de Edmund Wilson- estoy, al menos en este caso, mucho más de acuerdo en la valoración de esa segunda parte. Me sentí, al leerla, de un modo muy similar a ella (ver carta ampliada en el segundo comentario del post): 

“No estoy de acuerdo contigo cuando dices que el segundo volumen es aburrido. A mí me pareció más bien de difícil comprensión; tuve la sensación de huir hacia una elaborada alegoría o hacia un conjunto de símbolos que yo no podía alcanzar a comprender. Bowden sugiere que la nínfula es un símbolo de América, apresada en las garras del europeo de mediana edad (Vladimir); de ahí todas las descripciones de moteles y de otros fenómenos típicamente norteamericanos (por cierto, esta parte me gustó). Sin embargo, parece que hay algún simbolismo más concreto en el segundo volumen; al leerlo, me pareció que todos los personajes tenían una cometa de significado tirando de ellos desde arriba, desde el enigmático firmamento de Vladimir.” 

La gran pregunta es: ¿qué demonios ocurre en esa segunda parte; qué es eso que seduce y espanta a partes iguales a críticos o a legos en la materia? La respuesta o, quiero pensar, parte de la respuesta, es el único motivo por el que escribo este post tan asquerosamente largo. 

Hay dos cosas a tener muy en cuenta en Lolita. Una es ese RIVAL sobre el que acabo de llamar la atención y el otro es ese parecido más que razonable con Dostoievski del que les hablaba al comienzo de la reseña. Nabokov no consideraba a Dostoievski un buen escritor ni creía que sus novelas, a excepción de una, mereciesen el generoso trato que había venido recibiendo tanto por parte del público y la crítica. Ese único libro que Nabokov salvaría de la quema es curiosamente una de sus primeras novelas cortas que fue, en su momento, uno de sus mayores y más estrepitosos fracasos: EL DOBLE. Esta novela trata de un hombre enfrentado a sí mismo en el sentido menos figurado de la expresión: Goliadkin, el protagonista, es un funcionario disciplinado y arribista que un día tiene que enfrentarse a un individuo exactamente igual a él que trata de usurparle todo lo que es o posee. No voy a entrar en detalles. Los que han leído la novela sabrán a qué me refiero, el resto, ya están tardando en hacerlo. 

De mismo modo que Goliadkin ha de enfrentarse a ese yo que surge de la nada para robarle lo que es suyo (su identidad, en este caso) así Nabokov relata el tormentoso viaje de un ser despreciable a quien otro como él –un pederasta, un pornógrafo, la repugnancia personificada- le roba, con engaños, lo que más quería, lo único que tenía, aquello por lo que había renunciado a una vida normal: Lolita. Y la escena que tiene lugar cerca del final, cuando Humbert Humbert se enfrenta al ladrón de su alma es tremendamente parecida a la que tiene lugar en la casa del señor Goliadkin la primera vez que se sienta frente a frente a su DOBLE: 

«Aquel que estaba sentado ahora frente al señor Goliadkin, era el terror del señor Goliadkin, la vergüenza del señor Goliadkin, era la pesadilla de ayer del señor Goliadkin: en una palabra, era el propio señor Goliadkin». 

También así parece verlo Nina Berberova en su estupendo y breve ensayo “Nabokov y su Lolita”: 

“Lolita no es sólo una novela sobre el amor, es también una novela sobre el doble, el doble-rival, el doble-enemigo, al que no se mata en un combate leal, ni en un duelo honesto, sino después de una escena cómica, grotesca, en un estado semiinconsciente, casi bestial, y en presencia de otros animales igual de alelados; todo eso para librarse de sí mismo, para salir del infierno, para matarse a sí mismo en el doble.” 

La novela, por lo demás, es magnífica, con esa inolvidable primera parte y a pesar de esa segunda (estoy con Wilson en esto) innecesariamente larga. El gran genio de Nabokov reside en la capacidad para embellecer, como ningún otro, el horror y hacer creer a tantísima gente que la pobre Lolita, con sus doce años recién cumplidos, podía tener algo de culpa en lo ocurrido. La maestría de Nabokov está en demostrar lo hijos de puta que pueden llegar a ser aquellos incapaces de ver el pánico de ese momento, terrible, que cierra la primera parte, cuando Lolita, completamente desarmada, cede al acoso de él, consciente de su poder: «Ustedes comprenden, no tenía otra persona a la que acudir». Y aún hay algunos -los he visto con estos mis ojos- que tienen la desfachatez de etiquetar de ERÓTICA esta novela