Este fue el único libro que abandoné este mes con voluntad de no volver a él jamás. Tenía yo hace un par de meses muchos y muy sinceros deseos de leerlo por tanto y tanto elogio que estaba recibiendo de todos cuantos frentes había por más que no todos fuesen dignos de mí confianza. La editorial se enteró, me lo ofreció y lo rechacé. Entonces era yo bastante capullo y presumía de unos principios de lo más gilipollas que no beneficiaban a nadie y mucho menos a mí. Argumenté no sé qué memez acerca de que prefería no sentirme obligado a escribir una [buena] reseña si al final el libro acababa no gustándome. Ellos, muy amablemente, dijeron que lo respetaban, que vale, gracias y adiós muy buenas. Quiero aclarar que jamás me pidieron nada a cambio. Hace unos días, después de hacerles saber que ya lo tenía entre las manos, me advirtieron: habían estado observándome (qué bien) y no creían que fuese a gustarme. Ya.
Bien, la novela en cuestión la empecé el día veinte de este mes y tardé exactamente 25 páginas en descubrir que aquello no era para mí y que mejor dejarlo estar antes de hacernos daño alguno de dos. Es que verán: la cosa parece ir de campos minados de amor, amantes, poetastros y tanto concentrado de sentimiento a flor de piel como puedan ustedes imaginar y quepa en un libro de las proporciones de este. Pero al margen de odios viscerales o manías persecutorias hubo un algo determinante que me disgustó especialmente y que era evidente desde la página uno: el "estilo". Tenía su gracia: era una forma de escribir que me recordaba a la que yo estaba dejando de utilizar en este blog desde hacía menos de un mes porque padecía de un abuso desmedido de puntuación. Creía que me daba cierta personalidad hasta que un amigo me llamó la atención sobre el exceso al que me encaminaba y cierta regla consistente en evitar las comas porque cuanto más pulcro es un texto –decía- más se acerca a lo que se quiere decir o al menos no contiene elementos que distraigan de su sentido. Pues bien, la novela de Ortiz está plagadita, párrafo sí párrafo también, de esto:
“Y a ella le duele, aunque sepa, pues él se lo escribe, que la mayor parte de sus compañeros han muerto y que, al evocar tan horrible y macabro recuerdo, él no sepa, o no pueda, añadir nada más” (Pág.18)“Un buen día me llamó, a mí, poeta, y añadió que era un erudito de primer orden, a quien la intervenciones útiles de la humanidad no interesaban en absoluto” (Pág.18)“Guillaume, ojo avizor, vio, entre otras muchas cosas, cómo un joven negro montado en bicicleta, vestido maravillosamente de colores que cambiaban desde el azul plateado al rosa de la aurora, recorrió la calle hasta alcanzar el mar y hundirse en él, y cómo, pronto, no se vio de él sino el turbante color de agua que se confundía con las olas”. (Pág.20)
Debió ser más o menos por aquí (siendo “aquí” la página veinte) cuando tomé realmente conciencia de que esto estaba escrito por un poeta en pleno salto a la narrativa. Y van… Por rigor profesional –ya me conocen- y por aquello de estar seguro de tomar la decisión correcta abrí al azar un par de páginas del centro de la novela sólo para darme de bruces con esto otro:
“Guillaume, agente de enlace, se había perdido, sin mapa, como casi todos los días, en una ensoñación de luciérnagas sobre los prados.” (Pág.59)
Yo les juro, por dios, que es, así, todo el tiempo, hasta el final; cada frase, cada párrafo, cada puta página; una sucesión, ininterrumpida, de espasmos faciales:
“No sólo mías, repite, ahora que, y desde tiempo atrás, su nombre, dice, les resulta tan familiar a todos”. (Pág.xx)
Puesto que rectificar es de sabios -y yo tengo grandes expectativas para mi futuro- opté por corregirme y ahora trato de no interrumpir mis discursos nada más que con paréntesis (así). Ortiz en cambio parece bastante cómodo con su sistema pues se ha escrito enterito un libro de 125 páginas. Por eso creo que él y yo nunca haremos buenas migas; que lo nuestro está condenado al fracaso. Mi vida está plagada de amores imposibles.
Soy consciente de estar cometiendo una tropelía inexcusable; que no hay peor cosa que “juzgar” sin un mayor conocimiento de causa y que es una canallada tratar así el primer libro de esta nueva editorial que es Jekyll and Jill (que, por cierto, está preparando una aparentemente interesante -esta vez sí- colección de relatos sobre el Doppelgänger). En mi defensa diré que en ningún momento trato de condenar el conjunto de la novela sino explicar los motivos que me han llevado (a mí, cómo ser humano y lector) a su abandono y que no son otros que un profundo rechazo a la formas y un ligero desinterés hacía el fondo. En cambio sí creo importante destacar que me parece un error imperdonable que nadie haya advertido a este buen señor que su prosa es cansina en demasía; que llegando al final del párrafo no se acuerda uno de cómo había empezado y que no es lo mismo ser poeta que novelista, que el truco no está en poner comas donde había marcas de párrafo. Creer que sí y darle la razón son, en mi humilde opinión, el mismo [condenable] mal.
