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lunes, 25 de febrero de 2013

“El niño que robó el caballo de Atila” de Iván Repila

Dos hermanos, uno Grande y otro Pequeño, están en el fondo de un pozo. No sabemos cómo han llegado allí pero es de imaginar que voluntariamente no. Pasan los días: mismos niños, mismo pozo. Se alimentan cual simeones estilitas mientras buscan una salida y tratan de no volverse locos. Pero el Grande tiene un plan. 

Antes de “El niño que robó…” Repila escribió una novela de humor que bebía de fuentes lejanas. Pero de esto ya hablé en su momento (ver reseña). Repila vuelve (Repila returns) pero en esta ocasión lo hace cargado de lágrimas de dolor en lugar de risas, por aquello de probar otros registros antes de que le de tiempo de acomodarse en alguno. Me pido dirigir la versión teatral. 

* * * * * * * * 

Cómo preparar una mousse de llanto desconsolado: 

Coja dos niños verdes, uno más que otro. Es importante que ninguno esté maduro o no ligará la mezcla. Métalos en un pozo seco y riéguelo con unas gotas de lluvia. Cuézalos a fuego muy lento. Lentísimo. Cuando los niños se quejen écheles gusanos y raíces. Remueva con una cuchara de palo y añada una mochila con alimentos que no puedan ni oler. Cuando la cosa esté desquiciada añada agua abundantemente. No deje de remover. Insista hasta que se vuelvan locos o se mueran de hambre. Si se dejan.  

Decía que estábamos en lo de siempre. Sin restarle méritos a Repila la novela peca, en el mejor de sentido de la palabra, de ponérselo fácil a la piel de gallina del lector. Los niños son un arma infalible. Meta dos adultos en un pozo y se matarán a polvos pero dos niños… dos niños se matarán de amor, y después de odio y después otra vez de amor y será como ver a tu hijos en las pobrecitas criaturitas. La pena de dar pena. Es un poco el apocalipsis de Cristina Fallarás en “Últimos días en el puesto del este” donde una madre lucha por sus hijos en el entorno salvaje del fin de mundo o “La carretera” de McCarthy y la angustia de saber que no hay esperanza detrás de la esperanza.

Lo del pozo de estos dos no es exactamente lo mismo pero se sobreentiende el esfuerzo de llevar al extremo una situación. 

Lo mejor de esta novela es la demostración palpable de que hay mucho listo en el panorama. Mucha cara bonita en las portadas de los superventas y un puñado de miserables tratando de hacerse notar desde los restos calcinados de pequeñas editoriales. Volviendo a la novela, Repila no se limita a narrar la incertidumbre y los conflictos internos y externos de los hermanos sino que esos conflictos, llegado el final de la novela, y sin hacer trampa, cobran un sentido distinto al que venían teniendo hasta ese momento (algo que parecía tener que ver con la locura o el desinterés o la falta de afectos). Hay una razón para todo lo que ocurre y como odiante profesional de lo gratuito no puedo por más que agradecérselo. La suya no parece tanto una literatura de ideas sino de homenajes. Homenaje, en su primera novela, al comic americano más gamberro y homenaje, en esta segunda, a los cuentos infantiles alemanes, por ejemplo, pero más próximo a los orígenes salvajes de éstos que a las melosas adaptaciones oficiales actuales.

Personalmente soy muy amigo de este tipo de historias tan de hacer sufrir a los demás (niños incluidos) y de ambientes claustrofóbicos y confieso sentir una querencia natural hacia ellos a pesar de que con algunos, tal como ocurre en este caso, tengamos que tragar pequeñas ruedas de molino y renunciar al realismo descarnado en favor de esa imagen de cuento infantil para adultos de la que hablaba en el párrafo anterior. Pero, así como no puedo salvar una novela por un buen final, tampoco puedo condenarla por todo lo contrario. Lo que estoy insinuando es que no me ha gustado especialmente el cierre de la novela, y no me ha gustado no porque yo sea un tiquismiquis para los finales, que también, sino porque el lector ya había sido ganado para la causa sin necesidad de golpes de efecto finales. 


martes, 15 de enero de 2013

Adiós a Gonzalo Canedo

Me acabo de enterar por una amiga que ha muerto Gonzalo Canedo. 

Gonzalo era el editor de Libros del Silencio. 

A mí no me gustan las despedidas, no me gustan los pésames, no me gusta participar del ejercicio del adiós, ni del homenaje póstumo… No me gusta el duelo y no participo en él. Tampoco sé qué decir en estos casos, honestamente. Hoy especialmente. Ahora mismo sólo me apetece cagarme en todo. 

Conocí a Gonzalo este verano. Tomamos unas cervezas en una terraza de A Coruña dónde descubrimos un pasado común, amigos comunes, esos misterios de las ciudades pequeñas. Fue la única vez que lo vi. Después de aquello conversamos alguna que otra vez por teléfono y cruzamos unos cuantos emails. No hay mucho que pueda decir, no era una amistad estrecha, la nuestra, pero tampoco necesité mucho más para saber que Gonzalo era una persona excepcional por el que llegué a sentir (y aún siento, maldita sea) el mayor de los respetos. 

No me gusta saber que lo voy a echar de menos. 

Me cago en todo, joder. En no poder mandarle un puto abrazo, también.


martes, 11 de diciembre de 2012

“Las desventuras del príncipe Sternenhoch” de Ladislav Klima

“Las desventuras…” pertenece al género de Aquellas Novelas Que Llaman La Atención Por Su Portada (que es una forma tan digna como cualquier otra de llamar la atención). Al menos esta es la primera etiqueta que recibió de un servidor. No todos los prejuicios han de ser negativos. Después de eso, la inevitable lectura y después del después la inclusión, inevitable también, en Los Libros Difícilmente Catalogables. Ladislav Klima entra de lleno en mi particular Olimpo de los Raritos con esta novela que no supongo una excepción en el mermado conjunto de su obra (mermado porque en un arrebato de lucidez quemó gran parte de ella (no como otros)). Lo cual, dicho sea de paso, ha de ser tomado como un cumplido. 

“Las desventuras…” cuenta la loca historia de amor de un príncipe, como él mismo afirma, con una marcada tendencia a la excentricidad amén de otras peculiaridades: “[…] al margen de mi prosapia y opulencia, oso decir que soy un adonis, pese a ciertos defectillos, como que mido tan solo un metro y medio y peso cuarenta y cinco kilos, que ando algo desdentado, mondo y lampiño, además de un poco bizco y significativamente cojitranco. Pero hasta el sol tiene sus manchas”. También, según el Doctor Trottelhund (un menos que secundario personaje de la novela), “su Alteza carece, efectivamente, de un temperamento equilibrado”. Y todo esto solo para empezar.  Sternenhoch es en sí mismo un auténtito esperpento.

Pues bien, este buen príncipe -que según el propio Klima, bien pudiera haber sido el sucesor de Bismarck- se enamora perdidamente, por razones incomprensibles hasta para él mismo, de un horrible jovencita de 17 años que le revuelve el estómago nada más posar su mirada en ella: “una figura tan escuálida que asustaba; un semblante de una repulsiva lividez, casi blanco, macilento. Parecía un cadáver accionado por un mecanismo”. Así de fea. Y de tonta ni hablemos. Así de tonta: después de casados (el misterio de lo absurdo del matrimonio alcanza aquí sus cotas más altas) ella se enamora de otro maromo tanto como para decir lo siguiente: “¡Eso es lo que soy! ¡Una pequeña puerca, una perrilla, una lombriz…, una mujer! Un estercolero en el que proliferan nauseabundos críos. ¡Un asco! Somos un cero a la izquierda; solo cuando ante nosotros se planta un hombre hecho y derecho, el cero se convierte en algo provechoso. Plantas trepadoras; sin vosotros [los hombres] no tenemos ningún sentido. Somos un décimo; el hombre los restantes nueve décimos. Sería totalmente lógico que los hombres pisotearan a las mujeres sin más ni más. Hasta el más ruin, el más blandengue de los hombres es superior a la más elevada de las mujeres.” 

El resultado son dos perfectos imbéciles y una falta total de codependencia, o lo que es lo mismo, dos deseándose mutuamente una muerte fulminante o, de igual manera, una feliz y fatal separación. Total, que ella parece que se muere de una patada perdida y él escribe un diario que ocupa el centro y casi la totalidad de la narración; una narración dirigida desde el prefacio por una entidad correctora e invisible: “[…] nos hemos permitido numerosas licencias. Ante todo, hemos intelectualizado en gran medida a nuestro paladín [el príncipe]. Ha resultado imprescindible. Su Alteza Serenísima andaba bastante a la greña con la pluma...” El resultado es una novela satírica y extraña -divertida a la par que grotesca y desconcertante a la par que atractiva- que trata de amores ridículos, fantasmas (o apariciones más o menos espectrales) y locura (o similar estado de embriaguez) que no deja títere con cabeza, empezando por la nobleza, siguiendo por el ejército y pasando, que no acabando, por la clase política. No hay ni un solo personaje, del estamento que sea, que salga bien parado. Ni uno. Y eso siendo generoso.

Cuenta la traductora, Patricia Gonzalo de Jesús, un par de insignificantes detalles que pueden servir para entender algunas de las claves de la novela y ayudar en los momentos más desesperantes de la narración (que los hay): por un lado Klima incluyó el subtítulo de “Un Romanetto Grotesco”, siendo Romanetto un género que pertenece al ámbito de lo gótico y Grotesto… al ámbito de lo grotesco, claro. Por otro lado destaca el carácter filosófico de una obra que asegura impregnada de toda la teoría filosófica de Klima, entendiendo esta como una reelaboración personal de los postulados de Nietzsche y Schopenhauer. “Hay mucha terminología filosófica, inventada por el propio Klíma para sus propósitos y que no está traducida al español en ningún caso, así que hubo que inventarla directamente”. Hay, de esto (filosofía con querencia al absurdo, al menos en su planteamiento), un evidente exceso verbal en el tramo final de la novela -cuando revienta cual purulenta espinilla toda la locura acumulada a lo largo de 200 páginas- que invita a la espantada de aquellos poco acostumbrados a cierta terminología que, es de suponer, busca hacer voluntariamente ininteligibles algunos pasajes. Queda, en cualquier caso, el regusto dulce de unos personajes extravagantes en grado sumo en un entorno tan hostil como el amor ciego sobre un fondo de nobleza germana.



Breve apunte biográfico

Ladislav Klíma es, era, checo. Desde la más tierna infancia le da por la revolución a pequeña escala. A los dieciséis años ya lo han expulsado de todos los establecimientos escolares del Imperio Austríaco (asegura Manguel en Babelia) lo que equivale a entrar por una puerta y salir inmediatamente después por la de atrás. Insulta a la Iglesia, al Estado y la corona Imperial. No deja títere con cabeza, Klíma. Vivió en la indigencia ejerciendo de todo: conductor, filósofo solipsista, fabricante, dramaturgo y, al final de su vida, limpiabotas. La única cosa de la que nunca se hartó fue del alcohol. Como buen borracho tuvo un montón de amigos que siempre lo ayudaron a salir adelante. Para coronar la leyenda hay que decir que se alimentaba de gusanos. Esto vende muy bien. Murió de tuberculosis en 1928. Y hasta hoy.



domingo, 21 de octubre de 2012

“Compañía K” de William March

Una de las razones para leer este libro está en el interés que pueda despertar la temática. No es mi caso. Odio la guerra; lo mismo participar que leer sobre ella, especialmente lo segundo. Por aquello de contemplar nada más que dos razones, diría que la otra es la insistencia de otros en leer la dichosa. Esta fue la mía. Pasó que primero lo recomendó un señor, luego otro y luego todo dios por aquí y por allá diciendo “ah, qué bien” y así todo santo mes tras santo mes. Al final hasta por privado me dijeron: tú, que está genial, ¿lo has leído? Y yo: no, claro, qué coño voy a leer. ¿Soldaditos? ¡No me jodas! Total, que acabé por leerlo para ver si me dejaban en paz. Y bueno, pues sí, parece que sí. Que se callaron, quiero decir. Y hasta hoy. 

About la novela: 

Advertencia: está como desestructurada, la bicha. Esto es: March escribe la supuesta redactando y sucediendo chorrocientos relatos cortos cortísimos sobre los quehaceres diarios de un puñado de soldados, sargentos, capitanes y demás mandanga militar que conforma la Compañía K. Hay una continuidad evidente desde el principio que es muy de agradecer. No es que March se limite a pegar fotos en un muro sin ton ni son. Para nada. Hay ton y son, cronológico además. Esto es: soldados que se alistan, que se forman, que se van a la guerra, que sufren lo indecible, que mueren, que matan, que matan y después mueren, que vuelven a casa con los postraumas propios de la guerra y sin saber qué hacer con su muñones ni cómo engrasar las prótesis para que no hagan ruido en la cola del paro. Este tipo de cosas. 

Que no digo yo que la novela de March no fuese en su momento la repanocha pero hace de aquella pelea como 100 años (lustro va, lustro viene) y desde entonces han pasado muchas cosas, muchas guerras, ha pasado Vietnam, por ejemplo, la gran reina de shock postraumático. Hemos visto películas hasta aburrirnos: a Stallone disparando flechas, a Tom Cruise con bigote, a Tom Hanks sudando a mares… hasta un caballo pacifista, hemos visto. Sorpresas, por lo tanto, que nadie se espere. Con todo esto no quiero decir absolutamente nada, era sólo por hacer el chiste y meter un párrafo a modo de intermedio. 

Lo que menos me ha gustado de “Compañía K” es que me cuente lo que ya sabía, pero de eso somos yo y mi vasto conocimiento cinematográfico militar los únicos culpables. Lo que más es lo bien montaditos que están los cuentitos. Es decir, descubrir cómo a base de pinceladas se construye el relato veraz de lo que es una guerra, como esa moda de hacer cuadros a base de fotografías de carnet. Pues lo mismo pero con palabras siendo el conjunto de la obra la idea de lo inútil y cruel que es una guerra, mundial en este caso. También es verdad que estas guerras tenían la gran ventaja de ver venir al enemigo y estar en disposición de echarte a un lado, clavarle la bayoneta o meterle una bala entre los ojos. Hoy es todo más complicado. Ya la segunda lo fue, con tanto cañón de largo alcance y tanto átomo encapsulado, pero desde luego nada que ver con esta tercera de ahora tan de no verla si no tienes título universitario, con unos países invadiendo y conquistando otros desde despachos belgas. Bienvenidos al Holocausto de la Clase Media. Cuenten las bajas según vayan muriendo de hambre. 

Pero estoy divagando. 

Que muy bien la novela de March, vaya, aún hablando de la soldadesca, con toda la pereza que da saber de esta gente. Seguramente de todas las formas de contar una guerra sea la más acertada, sin tener que recurrir a tramas y subtramas y personajes que por azares del destino acaben metidos en todo cuanto fregado importante se organice. Y breve, además, porque es otro, Ken Folleteo, por ejemplo, y hace de esto diecisiete macrosagas. O más. Pues ahí hay merito, también.



lunes, 10 de septiembre de 2012

“Erasmus, orgasmus y otros problemas” de Carlo Padial

Estoy harto, de verdad. No se pueden imaginar la cantidad de novelas que leído últimamente que tienen en el sexo su centro de gravedad, en el amplio sentido del término. Por lo menos tres. Una locura. Estoy de pollas hasta la polla. No sé qué fue primero, creo que Ainhoa Rebolledo con aquello de mojar a los quince; después la Lolita de Nabokov a los doce, que la meto en el saco por meter y por joder también, aunque de sexo exactamente no es, por más que unos cuantos se empeñen en tacharla de pornográfica (analfabetos integrales) o erótica (analfabetos funcionales). Después leí la versión no sé si ampliada o reducida del articulario Sexografías de Gabriela Wiener. El caso es que como esto lo escribo en diferido ignoro si a día de hoy ya he publicado la reseña o no, porque escrita sí está desde hace algún tiempo. Si no ha sido así tengan paciencia, en caso contario ya sabrán de qué estoy hablando si lo han leído o siguen, caso de existir, este enlace. Sigo. 

Poco después, en “El premio Herralde de novela” de Jordi Bonells, se decía mucho “follar”, que era una de las tantas razones por las que el protagonista quería ser escritor. Ya sé que no es lo mismo pero es que yo venía un poco quemado y aquello no me ayudó en absoluto. Total, que cuando me puse con este de Carlo Padial estaba ya un poquillo hasta los cojoncillos, no les voy a engañar, y seguramente por eso voy a ser un poco injusto o puede que precisamente por eso acabe escribiendo una reseña que sea un ejemplo de sensatez y sentido común. Es broma.

ERASMUS, ORGASMUS… me puso de muy mala hostia cuando lo empecé. No, no es cierto: estoy mintiendo: me aburrió, nada más, un muchito. Es que me habían dicho que era una novela fragmentaria y cuando iba yo por la página 30 no recordaba si habían hecho hincapié en lo de novela o en lo de fragmentaria. Estaba viendo que lo segundo y claro, lo fragmentario como excusa para compilar relatos como que no estoy dispuesto a aguantarlo más. Me equivoqué, resultó que efectivamente sí era una novela fragmentaria que para que nos entendamos es una novela (aceptando pulpo como animal de compañía) que cuenta una serie de historias en las que se cruzan varios personajes que apenas sí llegan a tocarse. Esto se traduce en que si uno no tiene facilidad para los nombres lo que se va a encontrar es una sucesión de relatos que giran en torno a estudiantes de intercambio que van de acá para allá floreando las universidades y calientes como perras en celo, que parece que se vaya a secar el planeta si no lo riegan con sus flujos y reflujos. 

Y bueno, ya está; poco más o menos esto, no vamos a darle muchas vueltas a algo que tampoco tiene tanto que rascar y todavía quiero dedicar cinco minutejos a hablar del escritor, que también se lo merece. Quédense con la idea de que se trata el asunto de lo mucho que follan los jóvenes Erasmus, que mucho aprender idiomas y mucha hostia, mucho viajar a Finlandia, España o Alemania y al final vuelven todos sabiendo nada más que un poco de griego y bastante francés. 

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El libro está escrito por un tal Carlo Padial (aquí en la foto) que por el tamaño que tiene su nombre en la portada lo deben conocer nada más que en su casa a la hora de comer y eso que va por su segundo libro publicado nada menos que en Libros del Silencio, que ya no está mal. Les cuento cómo lo descubrí: 

Empezaré confesando que a mí no me gusta Youtube por lo que tiene de tweet televisivo, que a mí tanto reducirlo todo a dos o tres minutos o 140 caracteres me irrita. Me irrita, pero respeto mucho a sus consumidores (entre los que me encuentro, maldita sea) porque yo también he tenido mis vicios. El caso es que un día, ojeando el twitter, me encuentro a algunos de nuestros más jóvenes literatos hablando de un tal Carlo Padial y un video genial que éste había subido al youtube. Y todo esto hablando del muchacho como si fuese más famoso que Buenafuente. Yo pongo mi cara de tonto habitual y sigo leyendo tweets y más tweets y ahí están todos partiéndose el culo o algo y su risa es tan contagiosa que tampoco yo me lo quiero perder, no vaya a ser que esta vez sea gracioso de verdad. Pues nada, que así, en youtube, es como conocí a Carlo Padial y no por sus libros (eso vino después). El video en cuestión era el que sigue. 



Tiene su gracia, es verdad. También uno anterior la tenía, aunque bastante menos. Entiendo que era el que utilizó para promocionar su primera novela. Se lo enlazo para que no lo tengan que buscar porque meter dos videos en un post es más de lo que estoy dispuesto a soportar:  "Hola, soy Carlo Padial" 

* * * * * * * * * * * *

Después de esto me quedo con la sensación de que el negocio de la literatura pasa por reciclar a la gente del club de la comedia poniéndola a escribir gracietas que sirvan a su vez para hacer crítica social. (Pienso en Padial cuando digo esto, pero también en Miguel Noguera, del que no he hablado nunca, y que tiene loquita perdida a la misma gente de la que hablaba un poco más arriba). La adaptación es sencilla: sólo hay que hacer los chistes un poco más largos y decir muchas veces facebook, twitter, polla o follar, si el mercado es juvenil-postadolescente o bien crisis, paro, relación sexual abierta, club de intercambio, hijos adolescentes, si el mercado pasa de los cuarenta. El argumento es lo de menos ya que ahora es más que suficiente con tener un fino hilo conductor que no nos eche de la carretera en la primera curva. 

Y ya.


lunes, 27 de agosto de 2012

“La contabilidad privada de Christie Malry” de B.S. Johnson

1 

B. S. Johnson (Londres, 1933-1973) fue narrador, poeta, dramaturgo, crítico literario, realizador cinematográfico y productor televisivo. […] A partir de 1963 Johnson dio a luz una serie de novelas comprometidas con la exploración formal, en muchas ocasiones centrada en aspectos propiamente físicos y tipográficos, y con la honestidad narrativa: no en vano consideraba sus obras «verdades en forma de novela». […] se suicidó a los cuarenta años agobiado por problemas familiares y deprimido por la falta de aceptación de sus propuestas. […] (Fuente: Libros del Silencio) 


2 

[Sinopsis] Christie Malry es un joven humilde que ambiciona estar cerca del dinero del que carece. Por ello acepta empezar a trabajar como empleado bancario, pero el ambiente gris y asfixiante pronto le convencerá de que debe buscar nuevos escenarios en los que perseguir sus objetivos. Hacerse contable, su siguiente movimiento, no le acercará más al éxito, pero sí le hará descubrir la herramienta esencial para alumbrar la Gran Idea que dará sentido a su existencia: la contabilidad por partida doble, que Christie adoptará para hacer, literalmente, balance de daños y beneficios en su relación cada vez más turbulenta con un mundo que percibe injusto y despiadado, y contra el que se declara en guerra abierta. (Fuente: Libros del Silencio) 


3 

“El sistema de partida doble es el método o sistema de registro de las operaciones más usado en la contabilidad. Este se asemeja a una balanza ya que tienen que estar en iguales condiciones para estar en equilibrio. Aquí tiene que ver dos palabras: el deber y el haber. El deber es debitar, cargar o deudora, entre otras palabras débito. El haber es acreditar, abonar, entre otras palabras, crédito.” (Fuente: Wikipedia) 


4 

Capítulo 21
En el que Christie y yo lo revelamos todo;
y que bien pueden ustedes saltarse

- Christie – le previne-. Me parece que esta novela no se puede extender mucho más.
- Tranquilo – dijo amablemente Christie-. No te preocupes. Para nosotros la extensión no es lo importante, ¿no? ¿Para qué derrochar todo el tiempo libre de un mes leyendo una novela de mil páginas, cuando en una sola velada se puede tener la experiencia estética comparable en el teatro o el cine? Escribir una novela es en sí un acto anacrónico: solo era relevante para una sociedad y un conjunto de condiciones sociales que ya no existen.
- Me alegra que no te cueste entenderme –dije aliviado.
- Hoy la novela únicamente debería proponerse ser divertida, brutal y corta –epigramatizó Christie
- Ni yo lo mismo lo hubiera expresado mejor –dije, complacido- Ya he dicho todo lo que tenía que decir, o en todo caso lo habré dicho en veintidós páginas más, así que probablemente…
- ¿O sea que me queda muy poco? –interrumpió Christie
- Sí, Christie. Pero sigues hasta el final –lo tranquilicé, y continué yo también-. Seguro que ningún lector ni lectora querrá que invente más cosas. No le será nada difícil extrapolar a partir de lo que ha pasado hasta aquí.
- Si es que hay lectores –dijo Christie-. La mayoría no va a querer leerla.
- Los políticos, la policía, ciertos educadores y muchos otros tratan a la “mayoría” como idiotas.
- ¿Entonces los novelistas también pueden?
- Al contrario. “La mayoría” hace bien en no leer más novelas.
- Eso ya lo habías dicho.
- Y es muy probable que lo diga de nuevo, porque es cierto.
Una pausa. Luego Christie dijo de golpe:
- ¿Tu obra es un constante diálogo con la forma?
- Si quieres –contesté con timidez.
- En varias cosas más que eso –dijo generosamente Christie-. Ah, llegar a ser crítico, ¡qué aspiración sublime! Cierto que esta novela hay demasiados signos de admiración.
Otra pausa. En lo que parecía el burdel de enfrente, una muchacha tendió la camisa de alguien a quien llamaremos su chulo. Christie sonrió, benévolo, y se volvió hacia mí.
- Pero sigo un rato más, ¿no?
- Desde luego –volví a tranquilizarlo.
- ¿Hasta que lo tenga todo?
- Sí, Christie, hasta que lo tengas todo.



y 5 
la reseña 

“La contabilidad privada…” es una novela chiquitita -unas doscientas páginas- que no supera las 25 o 30 mil palabras. La historia ya la han visto más arriba: Christie es un joven que tiene la feliz idea de aplicar en su vida diaria el sistema contable de partida doble: anota en el debe los agravios que le infringe la sociedad y en el haber aquellos que él provoca con ánimo de compensar la injusticia y desigualdad del balance resultante. La pregunta es, ¿cómo se las arreglará Christie para devolverle a la sociedad el mal que ésta le ha hecho? Pues si quieren saberlo, se leen ustedes la novela. 

Una propuesta interesante, esta. De hecho lo mejor de la novela es la forma, sin desmerecer el fondo, tan de actualidad, por otro lado, ya verán: basta imaginar qué ocurriría si a todos nosotros, con la que estamos recibiendo últimamente, nos diera por hacer también balance, anotando en el debe los continuos agravios y planeando las compensaciones del haber. Es de suponer que, viendo lo desmedido del asunto, acabaríamos teniendo que recurrir a métodos un tanto expeditivos tipo bombardear senados, congresos, diputaciones, ayuntamientos y bancos, claro, muchos bancos. 

Tengo que reconocer que el estilo de Johnson me pilló completamente por sorpresa y supongo que esto ha jugado en favor de mi valoración de la novela. Quiero decir que todo eso que les cuento en los cuatro apartados anteriores era algo que yo ignoraba completamente (mi acercamiento a algunas novelas es puramente instintivo) y fue leyendo cómo descubrí la divertida propuesta del hasta ahora desconocido señor Johnson: meter la nariz en la novela, jugar con el lector, animarlo, estimularlo, provocarlo, nunca burlarse de él sino todo lo contrario, hacerle comprender que todo lo que se dice es de vital importancia y ahorrarle (algo digno de admiración) aquellas partes inútiles tan propias de la novela tipo descripción de personajes e inutilidades argumentales varias. En este sentido me recordó mucho al Tom Jones de Fielding (verborrea aparte) lo cual viene a ser un cumplido de morirte. 

Christie, pues, era de silueta, altura, peso, complexión y tez corrientes. Que cada cual haga de él lo que quiera: probablemente lo hará a imagen de sí mismo. Sobre todo, tienen ustedes libertad total en cuestión de lunares y máculas, siempre y cuando tenga al menos uno por cada grupo.






lunes, 21 de mayo de 2012

“Una comedia canalla” de Iván Repila

"Predicador", de Garth Ennis, es un comic (unos 70 números USA)  absolutamente genial que trata sobre un predicador que, tras ser poseído por el hijo de un ángel y un demonio, viaja con su ex y un vampiro por todo el sur de los EEUU en busca de Dios que, tras escaparse del cielo, se oculta en la tierra no se sabe si por el miedo a la amenaza resultante de semejante cópula o si es que simplemente le ha salido de los reales alcázares darse una vuelta por alguno de esos caminos inescrutables que tanto le gustan. 

Predicador, decía, es un comic genial y brutal que destaca, sobretodo, por su violencia nada sutil en la que lo mismo da violar una monja, un carmelita o al cachorrito de Scottex que seccionar carótidas y beberse la sangre o partirle la cara, porque yo lo valgo, a todo el que se pase de buena persona. Ya termino. Quiero decir que, en Predicador, en lo tocante a violencia, no hay más límites que los de la imaginación. Esto es importante que lo tengan en cuenta de cara al resto de la reseña que no trata, como pueda parecer, sobre este comic tan cojonudo e irresponsable… indispensable, perdón (también). El caso es que está plagadito de personajes a cual más bestia: el Santo de los Asesinos, un vaquero al más puro estilo Clint Eastowood en Infierno de cobardes que busca al dios huido y no tiene inconveniente en liarse a tiros con quien sea o Grial, una poderosa organización criminal directamente emparentada con la iglesia católica. Por último (es un decir) un adolescente llamado Caraculo que se dejó la cara en el intento cuando trató de emular el suicidio de Kurt Kobain y le salió rana el experimento. (Ver foto inmediatamente anterior para más información).

Fin de la introducción. Ahora, UNA COMEDIA CANALLA

Ivan Repila nace en 1978 por lo que es de suponer que está al tanto de la existencia de este comic que por otro lado conoce cualquiera que tenga un mínimo de cultura general. Verán por qué lo digo. 

Argumento. Jim, John y Jack son tres (tres) amiguetes que, hartos de currar, dan el palo en sus respectivos trabajos logrando sumar con ello un botín considerable pero a todas luces insuficiente si uno quiere vivir del cuento el resto de su vida. La única opción que tienen, pues, es invertir en algo que genere ingresos rápidos y sustanciosos sin tener que meterse en política ni casarse con una infanta. Total, que se gastan el capital en alquilar una finca dejada de la mano de dios y en un montón de semillas de la mejor maría que se pueda plantar amén de ron suficiente para hacer naufragar el titanic. Topicazo, ya ven, pero ese no es el tema. Luego la logística habitual: dar con el villano que te ponga en contacto con la mafia correcta, que te comprará la campiña entera y te hará millonario forever. Y de ahí al cielo. Todo cojonudo si no fuese por: (atención): un vaquero también muy Eastwood, como el santo de los asesinos mencionado más arriba, que habla igualito que Aznar de visita por Texas y anda buscando no sabe muy bien qué no sabe muy bien dónde; una organización criminal compuesta por gilipollas y dirigida por la que bien pudiera ser la pupila aventajada de Keyser Söze y por último un tipo que tiene la mala suerte de recibir una somanta de hostias tal que le desfigura la cara y lo deja hablando, a perpetuidad, igualito que el Caraculo de Predicador. No sé a ustedes pero a mí esto me parece mucha casualidad para ser una casualidad sola. Le hubiese preguntado a Repila (que digo yo que tendrá un blog, twitter o algo) pero no he querido hacer trampa ni parecer demasiado profesional haciendo preguntas chorras (ni que este blog fuera de pago). 

Si se preguntan si estoy insinuando lo que parece que estoy insinuando les diré que sí, que eso es exactamente lo que estoy haciendo. Me lleva los demonios no poder afirmar que esta novela es una mierda sólo porque la idea no sea la más original del mundo. Uno tiene sus debilidades y mí esta comedia canalla (toda una declaración de intenciones el título) me ha recordado los buenos ratos que pasé hace no tantos años con el mencionado comic. Por otro lado me doy perfecta cuenta de lo fácil que sería, digamos, defenestrarla; bastaría acusarla de plagio relativo, de no tener ideas frescas, de buscar un público fácil o de recurrir a todos los tópicos del mundo, y llevaríamos razón SIEMPRE. 

De la novela de Iván Repila no se puede hablar bien en el programa de Sanchez Dragó, aceptémoslo, pero sí en el bareto de la esquina, en la cola del supermercado o en las últimas filas en las presentaciones de libros de la Fnac, mejor cuánto más cerca de la barra. Conviene de vez en cuando recordar que no sólo de Bernhard vive el hombre y yo, lo he dicho muchas veces, de vez en cuando disfruto demasiado con estas chorradas insustanciales tan de fin de semana. Esto NO es exactamente un cumplido por más que lo parezca. Me he reído infinitamente más con “Jacques el fatalista” o “El plantador de tabaco” de John Barth pero claro, esto de Repila es otra cosa, como de serie B o así. En cualquier caso las cosas como son: la novela cumple sobradamente el objetivo de entretener a los aficionados al género, sea cual sea, que no lo sé. Fuera de eso, nada, lo siento. Las gamberradas es lo que tienen.


viernes, 11 de noviembre de 2011

“astillas” de Celso Castro (y de regalo “el afinador de habitaciones”)


La idea era la siguiente: en compensación por no haber sido justo con el que fue uno de los descubrimientos del mes pasado -“el afinador de habitaciones”- esta entrada, que trataría fundamentalmente de “astillas” (todo esto pensado antes de) recogería también, al final, brevemente, muy brevemente, algunos apuntes sobre “el afinador de habitaciones” porque una cosa es reseñar libros y otra hacer festivales temáticos. El caso es que según voy leyendo “astillas” - que pensaba yo en mi bendita ignorancia que lo de la trilogía no era nada más que un reclamo publicitario por aquello de ir con los tiempos- me doy cuenta de que tal cosa (siendo tal cosa reseñar el afinador cual bonus track) va a ser del todo imposible porque en realidad más que una trilogía es una novela guillotinada y que ya bastante hago no esperando a que la publiquen entera, que es lo que me pide el cuerpo. Eso y robarla. 

Me noto en los bajos fondos de la intelectualidad que hoy estoy especialmente espeso. Hagan un esfuerzo. De verdad que siento en el alma escribir así de raro pero les juro por mi gato que no me sale de otra manera. Yo no sé qué me pasa hoy, si son las drogas o qué.

De qué va(n). Bueno, se lo cuento pero estén receptivos, hagan el favor, porque quizá el argumento les suene raro, siendo raro una razón más que suficiente para descartar su lectura si no tienen ustedes una mente abierta como la mía. Al grano. "el afinador de habitaciones" va de un chaval de veintitrés años que vive con su abuela y trabaja en una biblioteca para su tío como una forma de pagarle el favor que este (el tío) nunca le hizo a sus padres. El chaval -que así de entrada es un poco capullo y bien, lo que se dice bien, no nos va a caer en ningún momento- no va por la vida sino que, digamos, se deja ir: un sujeto pasivo pasivo. El físico ayuda pues hay claros indicios de que está buenísimo o atributo similar aunque esto es en realidad más bien una suposición basada en la pasión que despierta entre el público femenino. No sé, ellas caen rendidas a sus pies y sólo puede ser por sus encantos o de lo contrario habría que empezar a hablar de la misoginia de Celso Castro.  No tengo la novela a mano y no me quiero fiar de la memoria de ahí que lo resuma tan malamente. También hay un muerto, gente peculiar, piratas modernos, paseos por la playa…. no sé, esas cosas tan de costa coruñesa, que es, no voy a negarlo, otro de sus encantos. Joder, casi me olvido: también hay un fantasma. El de su madre, para ser exactos –esto es lo mejor, no sé porque lo dejo para el final- que le habla a su abuela y deambula por la casa que ambos comparten queriendo –suponemos- comunicarse con su amado hijo que no está a lo que hay que estar porque –ya lo he dicho- es de poca iniciativa. Bueno, en fin, que además de muertos, sexo, alcohol y mujeres fatales también hay un poltergeist. Qué bien, eh? 

La segunda parte, publicada este año de nuestro señor con el nombre de “astillas”, retoma la acción (es un decir) dónde terminaba el anterior. Ahora su abuela está muerta. Sí, ya, a mí también me jode porque la verdad es que lo de la vieja era buenísimo, pero qué quieren, la naturaleza. El caso es que se muere y… bueno, quizá contar más sea excesivo; a ver si podemos ajustarlo al mínimo: en este hay también mucho amor, mucho sexo, drogas, niñas de quince y muchos fantasmas, alguno incluso republicano. Para que se hagan una idea es más o menos como el anterior pero con más presupuesto. 

Antes de seguir dejen que les hable de la poesía de la novela, que también tiene un poco. Resulta que Celso es poeta. A mí esto me jode más que la muerte de la abuela -ver un poco más arriba- porque ya saben que yo no soporto la poesía y por extensión los poetas y tener que tragar con ello es una cosa que me da, de verdad, dolor de corazón. Pero sea. El caso es que Castro es poeta y claro, su protagonista también. Qué original. Pero bueno, bien, siendo relatos del yo se lo vamos a pasar. Por eso y porque NO ABUSA. Esto es tan importante que lo pongo en mayúsculas, a ver si CUNDE EL EJEMPLO. Esto otro también. Que sí, que de vez en cuando un poemita y tal, nada serio, un poco haiku, pero integrado en la narración. Qué asco me doy diciendo esto, de verdad. No se imaginan el mal trago que estoy pasando con este párrafo. Total para nada, porque menos argumentos estoy dando de todo (la paliza, fundamentalmente).

Y bueno, no sé, me voy quedando sin fuelle. Mejor me callo. Sólo una cosita más y ya me voy : léanlo. A Celso digo, y por orden: el afinador primero y las astillas después). Si luego me quieren partir la cara, perfecto, cojan número y lo arreglamos algún día, pero una oportunidad deberían dársela porque de verdad (de la buena) que vale la pena (dentro de lo que son las lecturas amenas e interesantes -nada de obra maestra): una voz diferente en el panorama y no tiene quince años, oh god. Fíjense si me gustó que estoy pensando en hacerme una pajilla con el recuerdo de su lectura. Así de tanto. O más.



martes, 8 de noviembre de 2011

“Sobre el teatro: artículos y cartas” de Antón P. Chéjov



“Se ha descubierto el remedio contra los críticos molestos. Si un crítico le elogia, preséntese e invítelo a cenar en Casa Velde; por el contrario, si le increpa, rómpale la cara. En definitiva, retribuya sus méritos y castigue sus vicios, sin desestimar inocentes recursos como el cogotazo o el rodillazo”. (Anton Chéjov) 



Antes de empezar les prevengo: esto va a ser un poco aburrido. Va de Chéjov, de teatro… esas cosas. Lo digo por si prefieren saltársela y evitarse la innecesaria agonía. Ustedes verán. 

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El cuerpo me pide contarles con todo lujo de detalles cómo llegué a este libro pero soy consciente de que los relatos de este tipo que a uno le parecen tan apasionantes (es un decir) a los demás les resultan por lo general bastante tediosos cuando no directamente insufribles y de ahí que no vaya a ser más que un mero apunte dentro de la reseña. Si es que tampoco tiene nada de especial. Lo descubrí por casualidad en el catálogo de Libros del Silencio. Mi única experiencia con el teatro de Chéjov había sido un completo desastre. Animado por la amistad había leído sin demasiado entusiasmo y muchas prisas “El jardín de los cerezos” que directamente debo confesar que no sólo no me dijo nada sino que me espantó de mi propósito inicial de hacerme un recorrido mayor por este tipo de teatro o por el teatro de este tipo. El caso es que como era de esperar hubo quien me llamó la atención; me vino a decir que debía leer más despacio: aprender a leer teatro (grosso modo esto): educarme. Por el bien de ustedes me saltaré ahora las escenas gratuitas de sexo para seguir en el momento en que creí que este libro podía ser una buena manera de acercarme a la obra de Chéjov sin tener que volver a pasar por el mal trago de regresar a los cerezos de marras. Y efectivamente, así fue; no sólo me reconcilió con Chéjov (definitivamente, además) sino me ha permitido disfrutar de una de las mejores y más gratificantes lecturas del año (y estoy haciendo la comparación con un volumen considerable de ellas.) 

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“Sobre el teatro: artículos y cartas” es exactamente lo que parece: una cuidada y en apariencia (me tengo que fiar de la intuición) más que acertada selección de artículos y cartas -o extractos de cartas- de aquello que él escribió y tenía que ver única y exclusivamente con el teatro. Eso no quiere decir que no mencione de vez en cuando y muy de pasada cosas que tienen más que ver con los relatos aunque esto en realidad  ocurra para explicar el mejor modo de crear un personaje, resaltar los defectos o proponer trucos narrativos que puedan tener utilidad dentro y  fuera del escenario.

Ahora podría aburrirles con el casi medio centenar de párrafos que fui destacando durante la lectura y disertar sobre ellos hasta la extenuación -me encantaría- pero saldría un texto más largo que el propio libro y ninguno queremos eso. Para evitar hacernos daño mutuamente lo vamos a dejar en un par de apuntes que sirvan para dar una idea general del contenido. El primero tuvo lugar al comienzo, durante el prólogo de Lluis Pascual, cuando éste confiesa que había en sus primeras lecturas del teatro de Chéjov algo que se le escapaba. “Me parecía no entenderlo”, confiesa, “y por supuesto no lo entendía. En realidad no me di cuenta de su grandeza hasta que estuve dentro, hasta que en el Teatre Lliure, prácticamente al empezar, nos atrevimos con una obra maestra como Las tres hermanas”. Por lo que se ve esto de no sólo nos ocurre a mí (lo cual es un consuelo) o al amigo Pascual sino también -agárrense- al propio Chéjov. Vean lo que dice en un momento determinado: “Por lo general no entiendo las obras que no veo representadas y por eso no me gustan, pero leeré “El judío” con atención, supliré el escenario con la imaginación y quizás saque algo en claro de la lectura” (Pág.359). Y es que no se lo creerán, pero Chéjov odiaba (o eso decía) el teatro.

El libro gira un poco en torno a esa idea: que el teatro teatro es y que la correcta interpretación del texto pasa por su representación lo cual no quiere decir ni remotamente que podamos arreglarlo con un par de sesiones. Lo cierto es que si algo me ha quedado claro es que debe ser dificilísimo (por no decir imposible) dar con una obra que recoja exactamente lo que el escritor quería transmitir. Sus cartas (impagables todas ellas) recogen multitud de quejas, protestas y aclaraciones acerca de cómo deben o deberían ser los personajes, los actores, sus matices, las inflexiones de su voz… todo, hasta el menor de los detalles. No le servía cualquier actor para cualquier papel ya que había muchos que por los vicios adquiridos en su trayectoria artística no daban el perfil adecuado. Chéjov no parece contentarse nunca con nada y resulta más divertido cuanto más crítico se vuelve (“El señor Ivánov-Kozelski se pasa el primer acto gimoteando. Hamlet no sabía gimotear. Las lágrimas de los hombres son caras, y las de Hamlet no digamos.” (Pág.43)) aunque para darse una idea de hasta dónde es capaz de llegar nada mejor que repasar la primera parte, aquella que recoge algunas (pocas, en mi opinión) críticas a las obras de otros y en las que además de despiadado resulta tremendamente divertido. 

“Los actores no lo entienden, dicen tonterías, no escogen el papel que les conviene, y me peleo porque creo que, si la obra no se monta con la distribución de papeles que yo he hecho, será un fracaso total. Si no la hacen tal como yo quiero, habrá que retirarla para evitar la vergüenza. En general, la situación es molesta y muy desagradable. De haberlo sabido, no me habría metido en esto.” 



La traducción de todo esto es que no sé hasta qué punto es acertado (entendiendo esto como “suficiente") LEER a Chéjov. Y lo que es peor: tampoco puedo (sabiendo ahora lo que sé) conformarme con su representación. Es decir, que no tengo la más remota idea de sí algún día seré capaz de interpretar correctamente sus obras de teatro pero lo que sí tengo claro es que de volver a intentarlo tendrá que ser utilizando este libro como manual de lectura (lo cual es todo un cumplido porque yo no me compro cualquier libro y este encabeza la lista).


jueves, 6 de octubre de 2011

“Mi madre es un pez” (VV.AA.)


He estado dándole vueltas y he llegado a la siguiente conclusión:  tiene que ser imposible reseñar un libro de 33 relatos escritos por 33 escritores diferentes -por más que versen sobre el mismo tema- sin pecar de algo. Hacerlo globalmente sería injusto con ellos mientras que hacerlo individualmente lo sería con los demás (ustedes, por ejemplo, y yo mismo). Creo que voy a inclinarme por la opción intermedia de comentar los que más me han gustado. Advierto que no he tomado notas ni pintarrajeado el libro y que todo lo que diga será fruto de mi deficiente y traicionera memoria. Disculpen de antemano los errores en que supongo incurriré.
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De la primera parte, “Mortal y Rosa”, destacaría los siguientes cuentos: “La sustitución de los cuerpos”, de Rodrigo Fresán que me gustó bastante porque al igual que el protagonista yo también siento una particular debilidad por “La invasión de los ladrones de cuerpos” (como lo demuestra haberme tragado "El año de la plaga") y tuve también mi momento de locura por la ciencia ficción americana de los años cincuenta. “Todos mis hijos” de Alberto Olmos, un relato absorbente con un peculiar y un tanto cabrón padre de familia. El inquietante “La posesión” de Jordi Soler, un magnífico cuento de terror. “Soy el hijo de Sue” de Juan Terranova es sencillamente genial: presenta a los Richards (los de Los 4 Fantásticos) como una típica familia moderna, esto es: con sus cuernos, sus divorcios y sus abandonos del hogar. 

Segunda parte: “La metamorfosis”: “Alas de murciélago” de Javier Calvo es fácil de recordar porque tiene mucha violencia y mucho sexo y mucho sexo con violencia y drogas, alcohol, cuerpos esculturales y muchachas fuera de control. Muy bestia, como me gustan a mí. “Piel de escamas” de Paula Lapido es un  “fantástico” en el amplio sentido del término. Un relato terrible sobre el miedo y la vergüenza llevada al extremo. Desolador. Esto sí que es sentirse diferente en el colegio y no lo de otros. “Chuchos” de Oscar Gual me recordó mucho a uno de los relatos de Antonio Orejudo incluido en “Ventajas de viajar en tren” (un libro genial que no deberían perderse ahora que va a ser reeditado por Tusquets). Un cuento muy desagradable que al igual que el de Javier Calvo destaco por su facilidad para fijarse en la retina. 

Tercera parte: “La Geometría del Amor”: “Prueba de amor” de Jon Bilbao está entre mis favoritos. La aparente normalidad de un acto puede ser interpretado de muchos modos diferentes pero no será hasta el final del cuento, cuando ya creíamos saberlo todo, que Bilbao nos descubre que también aquí las apariencias engañan. “Omnívoros” de Mercedes Cebrian es un cuento muy divertido que se centra, atención, en una nevera. Es una historia de amor filial, por si no ha quedado claro. “La Hostería” de Mariana Enriquez es de fantasmas pero no lo parecerá hasta que ya los tengamos encima. Más que la historia en sí me ha gustado el estilo de la escritora. Y por último y no por ello menos importante sino más bien todo lo contrario, “la situación” de Celso Castro, que ha sido todo un descubrimiento. No conocía la existencia de este escritor (y eso que es de mi tierra) pero ha sido un amor a primera vista. Me gustó mucho su forma de escribir, me gustó su cuento y me gustó sobre todo que ponga el estilo al servicio de la historia y no la historia al servicio y para lucimiento del estilo. Espero leer pronto alguna novela suya. 

Mención aparte para Eduardo Mendoza que pone el colofón con un retrato de familia ideal de muerte. Hay otros que no quiero dejar de nombrar. El primero es Camilo de Ori a quien tenía nada más que por poeta y que me ha sorprendido positivamente por la formalidad con que ha escrito su cuento y el segundo Gabriel Sofer por un poco más de lo mismo: su cuento, una ficción documental, está entre lo mejor del libro aunque me temo que el final no esté a la altura de lo esperado. 

El resto de los relatos están escritos por los siguientes seres humanos y aunque hay algunos que no me han gustado absolutamente nada (recuerdo nada más que un abandono y dos lecturas diagonales pero no me pregunten cuales porque alguno ya lo he borrado de la memoria) la calidad media no es en absoluto despreciable: Katya Adaui · Manuel Astur · Javier Avilés · Matías Candeira · Fernando Cañero · Paula Cifuentes · Fernando Clemot · Aixa de la Cruz · Alfonso Fernández Burgos · Esther García Llovet · Manuel Jabois · Andrea Jeftanovic · Sergio Lifante · Berta Marsé · Ricardo Menéndez Salmón · Javier Moreno · Antonio Ortuño · Carlo Padial · David Ventura 

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En general -y a pesar de que al colocar en una balanza los pros y los contras parezcan salir ganando los segundos- creo que merece algo merece algo más que un simple aprobado, siendo este el cumplido menos bueno que puedo hacerle y teniendo en cuenta que no estoy valorando la calidad "literaria" sino el interés de los muchos argumentos. No es que me haya partido en dos de gozo pero sí fue un libro que leí con interés creciente desde el primer minuto y al que me gustó ir volviendo a ratos durante la semana larga que fui demorando voluntariamente su lectura por aquello de alargar lo que tenía de placentero.